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Ver productosStuart Medina, MBA por la Darden School de la Universidad de Virginia, y Juan Ramón Rallo, profesor de Economía en la Universidad Francisco Marroquín y en la IE University, debatieron sobre la Teoría Monetaria Moderna en una sesión del ciclo Inflación y política monetaria, de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
Medina sostuvo, entre otras cosas, que “el déficit público necesariamente genera ahorro financiero neto para el sector privado”; y Juan Ramón Rallo recordó que “la moneda fiat es deuda del Estado que se amortiza a través del cobro de impuestos, y lo paga el sector privado al sector público”. Se trata de un seminario de reflexión académica, organizado por Nueva Revista, y dirigido y moderado por Francisco Cabrillo, catedrático emérito de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid. En la sesión también intervino Eva Asensio, vicedecana de la Facultad de Empresa y Comunicación de UNIR.

Stuart Medina indicó que la Teoría Monetaria Moderna parte de “la constatación de un hecho trascendental: el abandono por parte de la Administración Nixon, en 1971, del patrón oro, del sistema de Bretton Woods, y desde entonces los países recurren a moneda fiduciaria o moneda fiat”. Dicha corriente de pensamiento económico mantiene la tesis de que “un Estado independiente puede emitir su moneda fiduciaria y pagar con ella, que es comprada por el Banco Central”
“El sistema de moneda fiduciaria obliga a repensar la secuencia lógica del flujo monetario y tributario”
El experto explicó que «el sistema de moneda fiduciaria obliga a repensar la secuencia lógica del flujo monetario y tributario”. En ese esquema, “el Estado, que tiene el monopolio de la fuerza, tiene necesidad de aprovisionarse de trabajo, bienes y servicios; impone tributos denominados en moneda, de la cual es el emisor en exclusiva”. Y en el sector privado nace “la demanda de moneda, único objeto útil para pagar los impuestos, y una oferta equivalente de trabajo, bienes y servicios”. Finalmente, “los ciudadanos venden trabajo, bienes y servicios al Estado a cambio de moneda útil para pagar los impuestos; además la utilizan como medio de pago interno. Y la moneda no utilizada para pagar los impuestos es acumulada como ahorro neto (agregado)”.

Para Medina y los defensores de esa teoría, el punto de partida es que “el dinero es una creación del Estado, es decir, que el Estado tiene un monopolio de emisión de moneda, por lo que nunca puede ser insolvente”. Además -añadió- “no tiene que hacerse con dinero antes de gastar», al ser el «emisor en exclusiva».
Eso no quiere decir que “el Estado pueda crear toda la moneda que quiera si no quiere generar inflación, pero sí tiene todos los elementos suficientes para evitar un proceso inflacionista.”
El experto subrayó “la identidad entre el ahorro del sector privado y el déficit público; de forma que si el Estado consiguiera el milagro de equilibrar sus cuentas el sector privado no podría ahorrar”. Señaló que en 2005-2007 el Estado español consiguió un superávit fiscal por primera vez en muchos años, pero “aquello socavó la posición financiera de hogares y empresas y fue la antesala de la crisis financiera de 2008. En crisis como esa o la de la pandemia, solo el agente que puede crear dinero como es el Estado puede introducir poder de compra para sacarnos de una situación de deflación”.
“Frente a lo que afirma la teoría monetaria tradicional de que la deuda pública debería producir un aumento de los tipos de interés, ocurre exactamente lo contrario”
El Banco Central -argumenta Stuart Medina- “pastorea el tipo de interés en el mercado bancario utilizando las operaciones de mercado abierto, retirando tipos de deuda pública del mercado secundario e inyectando reservas”. De forma que “frente a lo que afirma la teoría monetaria tradicional de que la deuda pública debería producir un aumento de los tipos de interés, ocurre exactamente lo contrario». Puso el ejemplo de Japón. “¿Como puede ser que con un endeudamiento público tan elevando tuviera tipos de interés cero o negativo? Y la razón es que ese déficit introduce unas reservas que el sistema bancario no necesita y por tanto el tipo de interés se cae a cero”.
Concluyó diciendo que “la política monetaria no es excesivamente útil para gestionar el ciclo económico”. Y que la política realmente eficaz para gestionar el ciclo económico es “la política fiscal, que ejecuta el gobierno a través del gasto público y la tributación y es la que añade activos financieros netos al sector privado”.
Ante la pregunta del moderador sobre si ¿cree que España debería salirse del euro?, Medina señaló que “fue un error entrar en la Unión Monetaria sin la Unión fiscal”; y aunque actualmente “el euro es sostenible”, hay “una fijación excesiva en reglas de gasto y déficit que dificultan que los Gobiernos puedan reaccionar eficazmente ante las crisis económicas y financieras, a diferencia de Estados Unidos, que tiene más capacidad de recuperarse económicamente”. Stuart Medina publicó en 2006 el libro El Leviatán Desencadenado. Siete propuestas para el pleno empleo y la estabilidad de precios, veintiuna razones para salir el euro
Por su parte, Juan Ramon Rallo, autor del ensayo Contra la Teoría Monetaria Moderna (Deusto), se mostró crítico con la misma, argumentando que tiene “riesgos inflacionistas reales” y recordando que “la deuda pública la pagan los ciudadanos”.

Sobre si existe una secuencia a la hora de pagar en la economía, indicó que “un Estado puede pagar al contado si necesita recaudar dinero antes de pagar y también puede pagar a crédito, cuando emite moneda fiat… pero ahí no hay ninguna distinción entre una familia y una empresa, más allá de que la deuda del Estado tenga una aceptación más amplia, porque está respaldada por su capacidad fiscal”.
Señaló que sobre que un Estado nunca está constreñido financieramente a la hora de gastar, eso es así “siempre que consiga que su población le acepte la moneda fiat que crea; y para que la acepte el Estado tendrá que establecer un sistema fiscal suficientemente amplio y agresivo como para los ciudadanos estén compelidos a aceptar esa moneda”.
Juan Ramón Rallo discrepa de Stuart Medina respecto al papel del Estado y los supervisores sobre los precios. Manifestó que «no es cierto que el Banco Central tenga el poder de controlar el valor del dinero. Porque existe demanda de moneda fiat que no es una demanda para pagar impuestos; y si esa demanda cambia, el valor de la moneda fiat cambiará al margen de lo que decida el Estado. Y porque además el sector privado también crea su propio dinero, y esa oferta privada de dinero influye sobre los precios, generando inflación o deflación”.
“No es correcto afirmar que el Banco Central controla o fija los tipos de interés, porque no hay un único tipo de interés en la economía, hay múltiples”
Tampoco es “correcto afirmar que el Banco Central controla o fija los tipos de interés, porque no hay un único tipo de interés en la economía, hay múltiples”. La entidad emisora tiene capacidad para controlar el tipo de interés a corto plazo, pero “que ese tipo influya en los tipos de interés a medio y largo plazo es otra historia, porque depende de la actividad del sector bancario privado para endeudarse a corto plazo”.
Y subrayó que «el tipo de interés a corto plazo será cero en la medida en la que nos desentendamos de la inflación. Porque una forma que tiene el Estado de controlar la inflación es justamente a través de la fijación de los tipos de interés a corto plazo para limitar la financiación que le proporciona al sector bancario para que éste, a su vez, restrinja el crédito que oferta al sector privado».

Eva Asensio, por último, apuntó que “la Teoría Monetaria Moderna está en contraposición de la neoclásica en el control de la cantidad de dinero”. Añadió que la Teoría le concede “el carácter endógeno al dinero y a la creación del dinero”. El Banco Central “está limitado en el control de la cantidad, pero por otra parte es un todo, esa parte de la oferta monetaria, y el descontrol monetario que se produce en momentos especulativos, como los que hemos vivido, en que hay un crecimiento enorme de la masa monetaria, vía dinero oficial y bancario”.
REFERENCIAS
-Sobre la Teoría Monetaria Moderna: http://www.redmmt.es/libros/
–Staff Working Paper No. 883 Does quantitative easing boost bank lending to the real economy or cause other bank asset reallocation? The case of the UK. Simone Giansante, Mahmoud Fatouh and Steven OngenaAugust 2020
–Quarterly Bulletin 2014 Q1 Money creation in the modern economy. Michael McLeay, Amar Radia and Rylan Thomas of the Bank’s Monetary Analysis Directorate March 2014
-MEDINA, Stuart. La moneda del pueblo. El Viejo Topo, 2018.
-RALLO, Juan Ramón. Contra la Teoría Monetaria Moderna. Deusto. 2017.
«La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases», escribían Engels y Marx en 1848 en el Manifiesto del Partido Comunista. La afirmación sigue siendo pertinente, pero tengo la tentación de reformularla de la siguiente manera como resultado de esta investigación: la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de las ideologías y de la búsqueda de la justicia.
La historia del siglo XX y del desastre comunista obliga hoy a un estudio minucioso de los regímenes desigualitarios y de sus respectivas justificaciones
Dicho de otro modo, las ideas y las ideologías cuentan en la historia. La posición social, por muy importante que sea, no basta para forjar una teoría de la sociedad justa, una teoría de la propiedad, una teoría de las fronteras, una teoría de la fiscalidad, de la educación, de los salarios o de la democracia. Sin respuestas concretas a estas cuestiones complejas, sin una estrategia clara de experimentación política y de aprendizaje, las luchas sociales no conducen a un resultado político definido; en ocasiones pueden conducir, una vez en el poder, a construcciones políticas e ideológicas todavía más opresivas que las que se pretendía dejar atrás.
La historia del siglo XX y del desastre comunista obliga hoy a un estudio minucioso de los regímenes desigualitarios y de sus respectivas justificaciones, sobre todo de los mecanismos institucionales y de los modos de organización socioeconómica que permiten realmente la emancipación individual y social. La historia de la desigualdad económica no se reduce a la eterna confrontación entre los opresores del pueblo y sus orgullosos defensores.
De un lado y de otro, la historia de la desigualdad se apoya en construcciones intelectuales e institucionales sofisticadas que no siempre están exentas de cierta hipocresía y de la voluntad, por parte de los grupos dominantes, de perpetuarse. A diferencia de la lucha de clases, la lucha de ideologías está basada en el conocimiento y las experiencias compartidas, en el respeto al otro, en la deliberación y en la democracia. Nadie tendrá jamás la verdad absoluta sobre cómo se define la riqueza justa, las fronteras justas, la democracia justa, la fiscalidad justa o la educación justa. La historia de las sociedades humanas es también la historia de la búsqueda de la justicia. Solo el análisis minucioso de las experiencias históricas y personales, abierto a la más amplia deliberación, puede hacer que se progrese en esa dirección.
Estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el federalismo social
Ahora bien, la lucha de las ideologías y la búsqueda de la justicia pasan también por la manifestación de posiciones claramente definidas y de antagonismos asumidos. Partiendo de las experiencias analizadas en este libro [Capital e ideología], estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el federalismo social.
Esto pasa principalmente por desarrollar un régimen de propiedad social y temporal que repose, por una parte, en la limitación y la distribución (entre accionistas y asalariados) de los derechos de voto y de poder en las empresas y, por otra parte, en una fiscalidad fuertemente progresiva sobre la propiedad, en una dotación universal de capital y en la circulación permanente de la riqueza. También pasa por la fiscalidad progresiva sobre la renta y por un sistema de regulación colectiva de las emisiones de carbono que contribuya a la financiación de los seguros sociales y de una renta básica, así como por la transición ecológica y un sistema educativo verdaderamente igualitario.
ORGANIZAR LA MUNDIALIZACIÓN DE OTRA MANERA
La superación del capitalismo y la propiedad privada también pasa por organizar la mundialización de otra manera, con tratados de cooperación al desarrollo que giren en torno a objetivos cuantificados de justicia social, fiscal y climática, cuyo cumplimiento condicione el mantenimiento de los intercambios comerciales y de los flujos financieros. Una redefinición del marco legal como esta exige la retirada de un cierto número de tratados en vigor, en particular los acuerdos de libre circulación de capitales puestos en marcha desde los años 1980-1990 y su sustitución por nuevas reglas basadas en la transparencia financiera, la cooperación fiscal y la democracia transnacional.
Algunas de estas conclusiones pueden parecer radicales. En realidad son una continuación del movimiento hacia el socialismo democrático que se inició a finales del siglo XIX y que ha supuesto una profunda transformación del sistema legal, social y fiscal. La fuerte reducción de las desigualdades observada a mediados del siglo XX fue posible gracias a la construcción de un Estado social basado en una relativa igualdad educativa y en un cierto número de innovaciones radicales, como la cogestión germánica y nórdica o la progresividad fiscal a la anglosajona.
La revolución conservadora de la década de 1980 y la caída del comunismo interrumpieron este movimiento y contribuyeron a que el mundo entrase, a partir de los años 1980-1990, en un período de fe indefinida en la autorregulación de los mercados y casi de sacralización de la propiedad. La incapacidad del movimiento socialdemócrata para superar el marco del Estado nación y renovar su programa, en un contexto caracterizado por la internacionalización de los intercambios comerciales y por la terciarización educativa, también ha contribuido al hundimiento del sistema izquierda-derecha que permitió la reducción de las desigualdades durante la posguerra.
Frente a los desafíos que plantean tanto el aumento histórico de la desigualdad como el rechazo a la mundialización y el desarrollo de nuevas formas de repliegue identitario, la toma de conciencia de las limitaciones del capitalismo mundial desregulado se ha acelerado tras la crisis financiera de 2008. Las reflexiones orientadas a poner en marcha un nuevo modelo económico, que sea equitativo y al mismo tiempo sostenible, han retomado su curso. Los elementos reunidos en este libro bajo la etiqueta de socialismo participativo y de federalismo social en gran medida no hacen más que retomar las transformaciones en curso en diferentes partes del mundo y ubicarlas en una perspectiva histórica más amplia.
El riesgo de una nueva oleada de competencia exacerbada y dumping fiscal y social es desgraciadamente real, con un posible endurecimiento del repliegue nacionalista e identitario
La historia de los regímenes desigualitarios muestra hasta qué punto esas transformaciones políticas e ideológicas no deben abordarse de manera determinista. Siempre son posibles diferentes trayectorias, en función de los equilibrios de fuerza entre, por una parte, el curso de los acontecimientos en el corto plazo y, por otra, los cambios de mentalidad de más largo plazo (que a menudo surgen como verdaderos catálogos de ideas en los momentos de crisis). El riesgo de una nueva oleada de competencia exacerbada y dumping fiscal y social es desgraciadamente real, con un posible endurecimiento del repliegue nacionalista e identitario, que es visible tanto en Europa y en Estados Unidos como en la India, Brasil o China.
(Extracto del libro Capital e ideología. Editorial Deusto).
Hace poco más de cien años, en un contexto muy diferente del actual, escribía Joseph A. Schumpeter su conocido ensayo sobre La crisis del estado fiscal (1918). En él señalaba que solo en aquellas economías donde la búsqueda del beneficio individual actúa como motor tienen sentido los impuestos, solo allí puede existir el Estado como un fenómeno real, como un poder diferenciado. La aparición de las demandas sociales que con los tributos se trataba de satisfacer fueron «el primer signo de vida» del Estado moderno. Pero, advertía, el Estado «vive como un parásito económico» cuyo alimento depende del vigor de una fuerza propulsora que es el interés individual.
Y concluía Schumpeter: «Si la voluntad del pueblo pide gastos cada vez más elevados», si se abandonan los fundamentos sobre los que descansa la economía capitalista, «entonces el Estado fiscal habrá completado su curso y la sociedad tendrá que depender de otras fuerzas motrices de su economía, distintas del propio interés. Este límite, y con él la crisis a la que el Estado fiscal no podría sobrevivir, ciertamente puede llegar a alcanzarse. Sin duda alguna, el estado fiscal puede derrumbarse».
La democracia liberal y el modelo social europeo son solo una de las fórmulas que acompañan al capitalismo contemporáneo
A comienzos del siglo XXI, el éxito del capitalismo en el mundo es innegable. Entendido como un sistema fundado en la propiedad privada, el protagonismo del mercado como marco para el intercambio voluntario entre sujetos independientes y la búsqueda del beneficio como motor de la actividad económica, es la fórmula más extendida en el planeta y ha proporcionado unas ganancias de bienestar material inimaginables no hace mucho tiempo. El capitalismo triunfante se ajusta, sin embargo, a realidades políticas y sociales muy diferentes; precisamente en su adaptabilidad está la raíz de su extensión y de su éxito. La democracia liberal y el modelo social europeo son solo una de las fórmulas que acompañan al capitalismo contemporáneo, y sus logros y sus dificultades son, en buena medida, estrictamente regionales.
REDISTRIBUIR RIESGOS
No existe un modelo único de Estado de bienestar en Europa pero resulta indudable que, en sus diversas variantes, se ha convertido en una seña de identidad de nuestro continente. A mediados del siglo XIX se habían generalizado en los países en proceso de industrialización las leyes de lucha contra la pobreza sobre cuya conveniencia ya había escrito, décadas antes, Adam Smith. Su nacimiento partió de una inquietud ética de raíces cristianas y de una necesidad histórica, la de hacer posible el crecimiento económico garantizando un entorno de estabilidad política y social. Los objetivos, mucho antes que económicos, fueron políticos y morales, en un momento de constantes convulsiones derivadas, primero, de los movimientos de construcción nacional y, más adelante, de las manifestaciones de contestación social. Su principal función ha sido y sigue siendo la de redistribuir riesgos sociales y, en particular, el riesgo de sufrir una pérdida de ingresos por razones de enfermedad, desempleo o edad. Pero los Estados de bienestar europeos difieren significativamente en el peso, los instrumentos y los recursos públicos destinados a cada una de estas políticas y, en consecuencia, se diferencian significativamente en sus niveles de protección y redistribución.
No existe un modelo único de Estado de bienestar en Europa pero, en sus diversas variantes, se ha convertido en una seña de identidad de nuestro continente
Habitualmente se distinguen tres modelos de Estado de bienestar: el liberal-anglosajón con una intervención pública más limitada y dirigido solo a las personas con mayores necesidades; el nórdico o socialdemócrata con coberturas generales basadas en derechos de ciudadanía; y el continental o conservador, heredero del modelo bismarckiano de base corporativista. Con todas sus dificultades de sostenibilidad financiera y sus exigencias de reforma, no puede afirmarse con rigor que ninguno de estos modelos hubiera colapsado antes de 2008. Solo la variante mediterránea del modelo continental, la menos redistributiva de todas, con mercados laborales rígidos y fragmentados, sistemas de pensiones relativamente potentes y ligados a la vida laboral efectiva, modelos educativos ineficaces y redes familiares de protección robustas, se había mostrado financieramente vulnerable y, tras las crisis, ofrece dudas fundadas de viabilidad. Si solo nos fijamos en las democracias altamente endeudadas del sur de Europa, entonces sí podemos hablar con plena propiedad de la crisis del Estado de bienestar.
GANANCIA AGREGADA DE PRODUCTIVIDAD
Dos hechos están cambiando radicalmente el entorno en el que se desenvuelve la actividad económica. La globalización y la revolución digital han alterado en un breve plazo una realidad relativamente estable desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, un marco de crecimiento sólido y sostenido que había sido el ámbito natural de desenvolvimiento del Estado de bienestar. Ambos procesos tienen efectos muy positivos sobre la productividad, pero disruptivos sobre el empleo y, en consecuencia, sobre la distribución. La ganancia agregada de productividad y, en definitiva, el beneficio económico neto derivado de ambos fenómenos es un dato, pero la existencia de un reparto asimétrico de costes y beneficios entre los individuos que integran cada comunidad política –también entre los distintos países– no es solo un problema teórico, es también una realidad tangible que no se puede ignorar.
El dilema político es buscar un equilibrio entre dejar discurrir libremente este proceso schumpeteriano de destrucción creativa, con las perturbaciones sociales y territoriales que pueda causar en el corto y medio plazo, o intervenir con recursos y políticas públicas para alterar la asignación resultante del libre funcionamiento del mercado, con el coste de ineficiencia que eso puede suponer. Ignorar este problema o plantear soluciones erróneas es lo que abona el terreno a las respuestas populistas y, en general, a todo tipo de movimientos iliberales.
Si solo nos fijamos en las democracias altamente endeudadas del sur de Europa, entonces sí podemos hablar con plena propiedad de la crisis del Estado de bienestar
A todo lo anterior se ha unido una circunstancia adicional. En apenas una década, el mundo desarrollado ha visto tambalearse en dos ocasiones los cimientos de su modelo económico, y en ambas crisis la respuesta ha sido una intervención de los Estados en la economía hasta extremos antes desconocidos en tiempos de paz. Sin duda, ambas crisis –financiera y COVID– han alterado la percepción social sobre la necesidad y la tipología de la intervención pública en la economía, un cambio que se ha venido a sumar a las dificultades percibidas en el modelo social europeo antes de ambas crisis.
La tarea ahora es hercúlea, sobre todo en el sur de Europa. Las reformas repetida e irresponsablemente aplazadas deberán afrontarse bajo la presión de un elevadísimo endeudamiento público en unas sociedades donde los perjudicados por las crisis y las transformaciones están ya al límite de su resistencia. Pero conviene no perder de vista que la solución aparente en el corto plazo, la redistribución mediante impuestos y transferencias, busca paliar las consecuencias inmediatas de esta situación, pero no atiende a sus causas. Y estas están, sustancialmente, en las diferencias de capital humano con las que se accede a un mercado de trabajo poco eficiente e inequitativo, en los excesos regulatorios que frenan la innovación y en la persistencia de mercados escasamente competitivos, cosas que poco o nada tienen que ver con el volumen del gasto público.
En definitiva, la digitalización y la globalización obligaban, antes de que se produjese crisis alguna, a rediseñar el contrato político subyacente al modelo social europeo y a reformar elementos esenciales del mismo; ahora se acumulan las tareas. Será preciso incorporar, además, una visión intergeneracional hasta ahora muy postergada. Pensiones, mercado de trabajo, endeudamiento público y conservación del medioambiente son, entre otros, desafíos sociales que merecen algo más que respuestas cortoplacistas.
CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN
El futuro inmediato va a poner a prueba la calidad institucional de nuestros países. Su capacidad de adaptación a una realidad cambiante, concitando acuerdos sociales que legitimen democráticamente las reformas necesarias, es una exigencia ineludible. El capitalismo europeo, y sus altas cotas de bienestar, están midiendo sus fuerzas frente a otros modelos que, haciendo un uso alternativo de la eficacia de los mercados, hace años ya que exhiben triunfantes una gran potencia económica creada al margen de la democracia. Solo alcanzando las más altas cotas de excelencia será posible mantener las posiciones adquiridas.
Recordado casi siempre como economista, Schumpeter fue un completo científico social. En una de sus obras más conocidas, Capitalismo, socialismo y democracia (1942), introdujo la teoría competitiva de la democracia, una entonces novedosa perspectiva de análisis económico de la política que ha tenido una notable influencia hasta nuestros días a través de la Escuela de la Elección Pública.
Allí estableció sus «condiciones para el éxito del método democrático», entre las que cabría destacar la calidad del factor humano de la política, la limitación de la esfera de decisión colectiva, la necesidad de una burocracia capaz y la autodisciplina de ciudadanos y parlamentos para resistir la tentación obstruccionista.
En el futuro más inmediato asistiremos a una batalla donde las democracias europeas tendrán que demostrar, más allá de su superioridad ética, su capacidad para introducir las reformas necesarias para hacer sostenible su modelo de economía social de mercado. Solo así será posible mantener los niveles de bienestar alcanzados.
La conversación arranca con un cortés intercambio de cumplidos. Philippe Aghion (París, 1956) me felicita por mi francés, tan raro en un periodista español, y yo por su liberalismo, tan raro en un economista francés. Ninguno de los dos tenemos, sin embargo, la culpa. A mí mis padres me enviaron al Liceo Francés de Madrid y lo suyo fue sobrevenido, no espontáneo.
–En mi juventud fui muy militante –empieza a contarme.
–Muy militante, ¿de qué? –le interrumpo.
–Militante comunista. Pero eurocomunista –se apresura a puntualizar–.
Era un admirador de Enrico Berlinguer [secretario general del Partido Comunista Italiano]. Con él se podía discutir. En Francia, el Partido [Comunista] era estaliniano. Te echaban en cuanto discrepabas de la línea oficial.
Aghion no tardó en concluir que «el socialismo no funcionaba». Podía proveer un nivel de vida decoroso, pero los regímenes prósperos de verdad eran todos capitalistas
Aghion se había acercado al marxismo porque le preocupaba la situación obrera, pero no veía que hubiera consenso sobre cómo mejorarla y decidió estudiar economía para ver quién llevaba razón.
No tardó en concluir que «el socialismo no funcionaba». Podía proveer un nivel de vida decoroso, pero los regímenes prósperos de verdad eran todos capitalistas. ¿Por qué? El modelo que se enseñaba entonces en las universidades atribuía el crecimiento a la acumulación de capital. Por ejemplo, un agricultor equipado con un azadón tarda días en labrar un terreno, pero cuando le das un tractor termina en horas. Esta ganancia de productividad se traslada a los precios y abarata el coste de los alimentos. En eso consiste la riqueza: no en que tenemos cada vez más dinero, sino en que compramos cada vez más con el mismo dinero.
El inconveniente de esta explicación es que el capital está sujeto a rendimientos decrecientes. Al agricultor otro tractor no le sirve de nada, porque no puede conducir los dos y, así como el primero multiplica su cosecha, el impacto del segundo será nulo. Incluso si, como plantea la Economipedia, le «regalan diez tractores más […] tendrá que destinar parte de su huerto para aparcarlos [y] la producción se verá reducida».
Esta ley económica se atribuye a David Ricardo, aunque ya la había enunciado el napolitano Antonio Serra años atrás. No era, de todos modos, más que un postulado teórico hasta que en 1956 Robert Solow corroboró en un artículo, por el que recibiría el Nobel, que la acumulación de capital apenas justificaba el 20% del aumento de la renta per cápita estadounidense en el siglo XX.
«La clave era la innovación», dice Aghion, y eso aclaraba por qué a la URSS le había ido tan mal. «Salvo en defensa, ingeniería espacial y matemáticas, había hecho pocas aportaciones».
Lo que movía el capitalismo, decía Schumpeter, eran los emprendedores que discurrían nuevos bienes o métodos de producción que sustituían «como un vendaval» a los anteriores
De lo que Solow no decía una palabra era de los factores qué estimulaban esa innovación. «Hacía falta un enfoque radicalmente nuevo», cuenta Aghion, y no tardó en dar con la obra de Joseph Schumpeter. Este economista austriaco había popularizado en Capitalismo, socialismo y democracia (1942) el concepto de destrucción creativa. Lo que movía el capitalismo, decía, eran los emprendedores que discurrían nuevos bienes o métodos de producción que sustituían «como un vendaval» a los anteriores. Así había arruinado Thomas Edison a los fabricantes de bujías y así había acabado Henry Ford con los coches de caballos.
Tanto Edison como Ford reaccionaban a los incentivos del sistema. En la Rusia soviética habría sido más complicado que hubieran descubierto nada, porque el Estado se quedaba con cualquier beneficio. En América, por el contrario, te hacías millonario gracias a la propiedad privada y el derecho de patentes.
A pesar de ello, Schumpeter no era optimista sobre el futuro del capitalismo. Decía que requería una actitud osada y visionaria, poco compatible con el bienestar material alcanzado, que invitaba a llevar una vida más muelle. «El romanticismo de las antiguas aventuras comerciales está desapareciendo», observó con melancolía.
La progresiva mecanización de la industria, ¿no condenaba a millones de personas al paro? ¿No iba concentrando, además, la riqueza en un puñado de compañías colosales?
Por otra parte, esta lucha darwiniana permitía avanzar como colectivo, pero ¿qué ocurría con las víctimas individuales? La progresiva mecanización de la industria, ¿no condenaba a millones de personas al paro? ¿No iba concentrando, además, la riqueza en un puñado de compañías colosales? ¿Y no llegaría un momento en que estas fueran tan poderosas que asfixiaran cualquier competencia?
«Nuestra respuesta», sostienen Aghion y sus colaboradores Céline Antonin y Simon Bunel en El poder de la destrucción creativa (Debate, 2021), «es que es posible superar esta contradicción […] salvando al capitalismo de los capitalistas».

EL IMPACTO DE LA TECNOLOGÍA EN EL EMPLEO
«Me sucede a menudo», dice Aghion, «que en una investigación parto de una tesis que la realidad desmiente. A algunos colegas no les importa y prescinden de los datos que no encajan, pero yo siempre me pongo del lado de los datos».
Ese fue el caso del impacto de la tecnología en el empleo. En principio, se da un efecto sustitución muy visible. Cuando en 1589 William Lee diseñó una tejedora de medias, Isabel I le prohibió que la explotara. «Considere», le dijo, «lo que su invención podría hacerles a mis súbditos». Y en fecha tan reciente como 1930, John Maynard Keynes manifestaba su preocupación por la «enfermedad del desempleo tecnológico».
«La historia de las revoluciones tecnológicas enseña que ninguna dio lugar a una destrucción masiva de puestos de trabajo»
Tanto Isabel I como Keynes habían pasado por alto un segundo efecto mucho menos visible. «La automatización», dice Aghion, «vuelve a la empresa más productiva, lo que le permite bajar sus precios. Al vender más barato, su demanda aumenta y, para atenderla, necesita contratar más». ¿Y qué efecto prevalece al final: el de sustitución o el de productividad? «La historia de las revoluciones tecnológicas enseña que ninguna dio lugar a una destrucción masiva de puestos de trabajo», y no parece que ahora vaya a ser diferente: los países con más robots son también los que menos paro sufren.
¿Y qué ocurre con la desigualdad? Aghion reconoce que los estudios de Thomas Piketty son incontestables y que los ingresos del 1% más rico han crecido mucho más deprisa que los del 99% restante, pero se trata de una consecuencia lógica del proceso innovador. Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Page o Sergey Brin están recogiendo los frutos de sus ideas, igual que antes lo habían hecho Edison o Ford.
«A mí no me molestan los ricos», argumenta Aghion. «Lo que me subleva es la pobreza», y la innovación es indispensable para combatirla. «Aparte», añade, «de que otros indicadores como el Gini mundial revelan que la desigualdad mundial no se ha agravado. Al contrario, se está reduciendo».
Lo verdaderamente grave es que los millonarios se confabulen para que nadie más lo sea. «Yo siempre distingo entre Steve Jobs y Carlos Slim [el presidente de la operadora Telmex]». El primero amasó una fortuna fabricando unos dispositivos que millones de consumidores deseaban. El segundo, extrayendo rentas del «disfuncional mercado mexicano de las telecomunicaciones», como la OCDE denunció en 2012. «Hacen falta zonas de exclusión aérea para evitar que los poderosos dominen todo el espacio», dice Aghion. «El problema no es que haya un Bill Gates; el problema es que nadie más pueda serlo».
LAS CONSECUENCIAS EN LA SALUD
Aunque la destrucción creadora es «una fuerza extraordinaria» en el largo plazo, queda el inconveniente no menor de su impacto en el corto plazo. Aghion, Antolin y Bunel cuentan en su libro que las investigaciones realizadas en Estados Unidos revelan un «rápido incremento de las muertes por desesperación» entre «los individuos menos cualificados», que son «los mismos cuyos ingresos desestabiliza la innovación». Y se preguntan si es posible «romper el círculo vicioso» de desempleo y enfermedad.
La respuesta es afirmativa. De hecho, «cuando un país cuenta con buenas redes de seguridad social, el despido no tiene consecuencias negativas en la salud».
Alexandra Roulet, una profesora de la escuela de negocios Insead, llevó a cabo un estudio en Dinamarca en el que comparaba indicadores como el consumo de antidepresivos y analgésicos entre unos asalariados cuyas empresas habían cerrado y otros cuyas firmas seguían activas, y no encontró diferencias significativas. El motivo es un modelo de relaciones laborales introducido en 1993 y que responde al espantoso neologismo de flexiseguridad: flexi, porque permite a los directivos incorporar tecnología con total flexibilidad, sin preocuparse de los trabajadores despedidos, y seguridad, porque estos cuentan con generosos subsidios y cursos de reciclaje que evitan que pasen más tiempo del deseable en el dique seco.
«Los países escandinavos son la prueba de que se puede tener innovación e inclusión», sentencia Aghion
«Los países escandinavos son la prueba de que se puede tener innovación e inclusión», sentencia Aghion.
El crecimiento es un fenómeno muy reciente. Durante la mayor parte de la historia, la población mundial subsistió con unos dos dólares diarios, que es lo que el Banco Mundial considera el umbral de la pobreza. «En las naciones desarrolladas, la muerte por hambre o hipotermia se ha erradicado casi totalmente, cuando hasta finales del XIX era habitual», escriben Aghion, Antolin y Bunel.
La bienintencionada defensa del statu quo impedía la difusión del conocimiento y frenaba el progreso, en ocasiones con disposiciones radicales. En Gremios en la Edad Media, George Renard describe una ley veneciana de 1454: «Si una persona llevara consigo un arte o artesanía a otro país en detrimento de la República, se le requerirá para que vuelva; si desobedeciera, se encarcelará a su pariente más cercano». Y si persistiera en su actitud, «se tomarán severas medidas para matarlo allí donde se encuentre».
AVERSIÓN AL MERCADO LIBRE
Esta aversión más o menos extrema al mercado libre se mantuvo hasta bien avanzadas las distintas revoluciones industriales y, aún en pleno siglo XX, tenía fama de ser feroz, «incluso en Suecia», puntualiza Aghion.
Por suerte, «las luchas lideradas por la sociedad civil» han vuelto más humano el capitalismo. Aghion lo compara con un caballo brioso, que se desboca fácilmente, pero «si sujetamos las riendas con firmeza, va hacia donde deseamos».
Son palabras más propias de un socialdemócrata y quizás a alguien le parezca un exceso que lo felicitara antes por su liberalismo, pero tampoco mi francés es perfecto.
(Esta entrevista fue publicada inicialmente en Actualidad Económica)
«La influencia de América Latina debería crecer en el mundo, con España como valedor» afirmó Trinidad Jiménez, exministra de Asuntos Exteriores en una sesión del seminario América Latina en el escenario global 2021, celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
A pesar de la pandemia y de crisis coyunturales, la región conserva “estandares democráticos” -añadió la exministra-. Comparada con África u Oriente Medio tiene “un gran potencial, con tres países en el G 20 -Brasil, México y Argentina-”, y “la Unión Europea debería recoger las riendas de una asociación estratégicam, contando con España como interlocutor”.
El ciclo de conferencias está organizado por el Consejo Social de UNIR, que preside el exministro Jordi Sevilla, con la colaboración de Nueva Revista; y está dirigido por la propia Trinidad Jiménez, actualmente directora de Estrategia Global de Asuntos Públicos de Telefónica.
En la sesión, dedicada a la relación de España con América, participó José Antonio Gacía Belaunde, exministro de Relaciones Exteriores de Perú y embajador en España; y estuvo moderada por el catedrático emérito de Sociología Emilio Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Lamo de Espinosa expuso algunos de los problemas políticos, económicos y de integración de América Latina, sintetizándolos en la percepción de que se encuentra “como muy ensimismada en sí misma. Vista desde fuera parece estar muy volcada en su interior”.
Trinidad Jiménez explicó que se están produciendo “algunas quiebras de la institucionalidad democrática en América Latina”
Trinidad Jiménez destacó que “el mundo está cambiando y la forma de la ciudadanía de manifestarse”. Pero que “el cuestionamiento de los gobernantes, la crisis de los partidos políticos tradicionales y el malestar social y político no son exclusivos de América Latina sino que también se dan en el resto del mundo”.
Explicó que se están produciendo “algunas quiebras de la institucionalidad democrática en América Latina”. «Me preocupa -afirmó- que en el último Latinobarómetro de 2021, la inmensa mayoría de los ciudadanos dicen que no les importaría tener un sistema totalitario, si con ello soluciona sus problemas«.
“La pandemia -agregó- ha agravado algunas tendencias y ha paralizado procesos económicos” en esos países. Y en el contexto internacional, “China ha ocupado el lugar de Estados Unidos en América Latina”. El gigante asiático ha pasado de “comprar materias primas a hacer inversiones en energía y telecomunicaciones”. Y “la UE tampoco demuestra gran interés por la región”. Tradicionalmente ha cerrado algunos acuerdos con América Latina pero la ratificación del tratado de Mercosur lleva tiempo paralizada.
Consideró la exministra que España no puede renunciar a su papel de interlocutor para establecer alianzas estratégicas con la UE, ya que es el país que mejor puede entender a la región y viceversa. Citó al escritor mexicano Carlos Fuentes y su idea de que si se quiere entender a España, hay que conocer América Latina.
A pesar de todo, la región cuenta con “mimbres y potencial” que invitan al optimismo. Jiménez argumentó que se le abren “oportunidades en el mundo multipolar y globalizado”.
“Con la revolución digital, América Latina puede sumarse ahora al tren de la historia”
“No tiene buenas infraestructuras físicas pero sí digitales; y el comercio y la educación serán digitales; cuenta con una población joven, concentrada en las grandes ciudades; y con la revolución digital puede sumarse ahora al tren de la historia, que perdió en la revolución industrial”.
Para ello es preciso analizar “qué elementos han propiciado determinadas disrupciones; y buscar una agenda común, dejando de lado los prejuicios ideológicos” apostilló Trinidad Jiménez.
José Antonio García Belaunde, por su parte, señaló que América Latina “venía acumulando desigualdades muy grandes (en pobreza, educación…), lo cual generó malestar social. Y la corrupción y la pandemia terminaron de debilitar las estructuras de la región». Recordó un dato significativo: “con el 8% de la población mundial, Latinoamérica cuenta con más del 30% de las víctimas mortales confirmadas por la COVID-19”.
El gran problema es que la región “carece de una agenda común, a diferencia de lo que ocurría en los años 70″
El gran problema es que la región “carece de una agenda común, a diferencia de lo que ocurría en los años 70″, en que a pesar de “las diferencias políticas -con gobiernos de izquierda y de derecha- mantenía una cierta posición común que tenía que ver con el acceso a los mercados de los países ricos”.
Otro problema era creer que “América Latina tiene solo un interlocutor válido: el país más grande, Brasil. Pero no es así, porque Brasil tampoco quiere serlo”.
INTEGRACIÓN EDUCATIVA Y DE CONECTIVIDAD
A la hora de plantearse la integración, García Belaunde añadió que sería bueno fijarse no solo en “la comercial sino también en otros ámbitos, como el energético, el educativo y el de la conectividad”.
El exministro peruano coincidió con Trinidad Jiménez en subrayar la similitud histórica entre Latinoamérica y Europa: «Europa y América son los continentes más afines y deberíamos trabajar en agendas comunes«.
El hombre conforma una sociedad que le define y condiciona. Le define porque sus obras nos permiten conocerle. Le condiciona porque sus circunstancias son el contexto en el que vive. El conocimiento de la sociedad del siglo XXI huye de toda representación mitológica, subjetiva, teórica y, supuestamente, ideológica. Para alcanzar un retrato exacto de los vínculos humanos se opta por la estadística, por su aparente fotografía objetiva de los fenómenos y por sus cuentas sin cuentos. El dato se ha convertido en el nuevo valor deseado y para producirlo se procede a la medición de todo: pulsaciones, pasos, precios, duraciones, velocidades, calorías, temperaturas, etc.
Se pretende que la combinación de todos los datos permita crear modelos de conducta exactos que pronostiquen el futuro. Supone la eliminación de modelos teóricos y subjetivos. La razón, la experiencia y la ciencia ejecutan las resoluciones sin que sea necesaria la toma de decisiones. El protagonismo del conocimiento se traslada del conocedor a la idea medida de lo conocido. Este giro implica un cambio hacia un nuevo paradigma donde el sujeto y el objeto pasan a ser automatizados y manipulados a partir del cúmulo de datos en que se han convertido. El saber es producido por y para máquinas.
El objetivo de la universidad no es convertir en aplicados y competentes robots a los estudiantes para que ejecuten de manera automatizada una serie de procesos ya fijados en un determinado sistema
El conocimiento a partir del mero almacenamiento de datos supone la renuncia a la búsqueda de sentido, a la causalidad, a la verdad, a la diversidad y a la libertad. De este cálculo exacto se despeja toda variable, teoría, individualidad y acontecimiento. La acumulación masiva de datos bloquea la capacidad de atención y análisis del hombre, que acaba mecanizándose por su ineptitud para distinguir y seleccionar. La paradoja está en que los resultados que ofrecen las máquinas solo representan un momento del presente, realmente ya pasado, y pretendemos que reflejen el futuro.
¿UNIVERSIDAD PARA LAS EMPRESAS?
En este contexto se reclama que la universidad esté “más cercana” a la sociedad. En concreto se pide que nutra de empleados al nuevo mercado laboral y satisfaga los requerimientos del tejido empresarial. Se demanda que los centros superiores de enseñanza dejen atrás la teoría, se empreserialicen y formen parte de la cadena de producción. Esto implica hacer cada vez más prácticas, fomentar las horas de taller y trasladar la docencia a las oficinas. También supone la transformación del régimen universitario al modelo empresarial: externalización de servicios, multiplicación de trabajadores temporales y burocratización para asegurar el control. En concreto, en esta visión, la misión de la universidad sería proporcionar eficaces operarios y convertirse en el departamento de formación de personal de las empresas.
La universidad debe participar en la preparación profesional de los jóvenes, pero eso no significa que se convierta en su fin. Su objetivo no es convertir en aplicados y competentes robots a los estudiantes para que ejecuten de manera automatizada una serie de procesos ya fijados en un determinado sistema. Frente a la tendencia hacia una universidad centrada en la instrucción técnica para proporcionar al mercado laboral graduados, cabe recordar sus orígenes de educación para la humanidad libre. A un despertador se le pide que active una alarma, pero no le dejamos fijar la hora, al autobús le pedimos que nos transporte, pero no que decida dónde. A la universidad se le puede pedir que fomente la reflexión, pero no que moldee para determinado trabajo práctico.
La universidad no tendría que formarnos exclusivamente para un trabajo: sería restrictivo y empobrecedor enseñar a hacer las cosas como ya se hacen. No se trata de enseñar a hacer algo, sino cuestionar si vale la pena hacerlo. La universidad podría ayudarnos a entender el mundo, a nuestros contemporáneos, de forma que seamos creativos a la hora de aportar soluciones a los problemas actuales. Hoy más que nunca la universidad tendría que ayudar a las personas a descubrirse, a reflexionar, a formular preguntas, más que a aportar respuestas. Dirigir la universidad a adiestrar operarios es inútil en un tiempo de cambio de paradigma continuo. Un entorno como el que estamos viviendo, volátil, incierto, complejo y ambiguo, debería servir a los estudiantes para ser flexibles y reflexivos, contemplativos y conscientes. En fin, debería enseñar a usar la brújula más que dar rutas fijas, dar más importancia a cómo conocemos que a la información como producto.
Quienes conciben la universidad como preparación para el empleo consideran que la tradición es un peso muerto que ralentiza el progreso. Son Ícaros en caída libre que piensan que el peso de las alas les impide volar más alto. La universidad ha dado mucho en sus casi diez siglos de historia y puede dar mucho más si sigue cuestionando las caprichosas tendencias sociales, fomentando el pensamiento crítico y creando nuevos paradigmas. Para ello no precisa estar en el centro de la rabiosa actualidad, sino continuar desenvolviéndose en los límites. La universidad ofrece una perspectiva desde la periferia. Las distintas disciplinas que engloba y su autonomía le permiten atender a los fenómenos desde las zonas fronterizas y poner en duda lo que aparentemente es aceptado por muchos (incluidos los algoritmos).
La transdisciplinariedad convierte a las humanidades digitales en originariamente universitarias, frente a la tendencia a la hiper especialización, porque son una manifestación de la visión de conjunto y de la inclusión del contexto
En este sentido es un faro situado entre el mar y la tierra, lo líquido y lo sólido, lo teórico y lo práctico, lo antiguo y lo novedoso, lo analógico y lo digital, lo humanístico y lo tecnológico. Es un faro emplazado en un alto, con buena vista y a la vista. Es un lugar marginal, alejado de lo más obvio y frecuentado, donde se puede divagar, disponer de sí mismo y tomarse su tiempo. No es una torre de marfil, porque su aislamiento le aproxima a los marineros, a los riscos, a las zonas de peligro. Está emplazado para dar la voz de alarma con independencia. Sí, está enclavado en tierra firme y no se moja, no sufre los vaivenes de las olas, ni los azotes del viento (o no tanto como las embarcaciones), pero a cambio permanece en el lugar crítico, da luz a lo oscuro y voz a lo sordo, sin verse afectado por las corrientes del momento. La universidad es -o debería ser- el lugar de la mediación, del debate, donde no se acepta automáticamente lo nuevo por ser nuevo, sino que es filtrado, criticado y evaluado. Es una institución que no está cerrada al cambio, pero que no aprueba cualquier transformación por la simple argumentación del progreso.
RENACIMIENTO DIGITAL DE LAS HUMANIDADES
En la actualidad la universidad es empujada hacia el pragmatismo y la mercantilización en un contexto social en el que se incluye a los aparatos tecnológicos porque el hombre humaniza a las máquinas, habla con ellas y les pide compañía. Este paisaje pide la reforestación humanística del monte universitario y social. En este marco las humanidades se desenvuelven en unas circunstancias semejantes a las del Renacimiento.
En ambas épocas se dan cambios radicales en la sociedad, deseos de entender el nuevo mundo en el que viven, miradas desde otros puntos de vista a lo ya conocido, diversas aproximaciones al arte, diferentes formas de comunicación, invenciones tecnológicas, aplicación de innovadores métodos en la ciencia y búsqueda del lugar del hombre en estas novedosas circunstancias.
Así como entonces las humanidades fueron puente entre la edad antigua y moderna y recopilaron para la imprenta todo el acervo cultural anterior, hoy pueden ser continuadoras de toda la tradición y traductoras del bagaje clásico al lenguaje computacional. La tecnología no obnubila al studium humanitatis, le abre nuevas perspectivas. Gracias a los medios informáticos podemos extraer conclusiones a través de la comparación de múltiples obras textuales digitalizadas, contrastar similitudes y diferencias de miles de imágenes, obtener patrones musicales, etc. La imprenta favoreció la fijación, facilitó la consulta y difundió el saber. La digitalización ofrece la oportunidad de analizar al mismo tiempo muchos testimonios, crear bases de datos que facilitan búsquedas, acercar las fuentes del conocimiento a todos los terminales. Las humanidades hoy tienen la misión de trasladar la cultura antigua, medieval y moderna a la era digital. Hemos admirado todo lo que la imprenta ha conservado de la época manuscrita. También hemos lamentado la pérdida de muchas obras que no subieron al arca de la prensa. Es el momento de sacar experiencia para nuestro tiempo. Por eso trasladamos los contenidos humanísticos a la web semántica. La traducción de nuestro conocimiento del hombre y del mundo al lenguaje de las máquinas es un paso crucial. Ha tocado a esta época trasladar a la escritura digital los saberes adquiridos por el hombre hasta ahora.
Cuando parece que las ciencias puras son las únicas que pueden dar razón de las cosas, las humanidades digitales pueden convertirse en garantes de la condición humana
La práctica (la buena práctica) tiene una teoría previa que la fundamenta y diseña. La teoría necesita una práctica posterior que la pruebe. Y, finalmente, esta práctica necesita una teoría que la explique, analice y comunique. Una y otra se necesitan. La teoría está presente incluso en aquello que pueda parecer más exclusivamente práctico. No hay motivo para que la época de los datos sea pos-teórica ni pos-crítica, porque estos son una traducción del conocimiento y ya sabemos que las traslaciones conllevan cierto cambio semántico que necesita ser interpretado. Las representaciones de la realidad que se hacen a través de los datos tienen un contexto teórico de creación. Lo que hacemos no surge ex nihilo: está cargado de juicios previos, patrones preconcebidos y estrategias conocidas. Necesitamos la teoría para ser conscientes de la pre-teoría que trabaja en el desarrollo de datos, algoritmos, visualizaciones, etc. Esta teoría es heredera de la filosofía del conocimiento y de la ciencia. Las humanidades actuales deben aceptar el reto de reflexionar y proponer el aparato crítico que dé razón de nuestro tiempo.
No podemos dejar que los algoritmos saquen de la chistera de los datos masivos las supuestas soluciones. El almacenamiento de datos iguala y anula, son unos y ceros, por eso la memoria digital no olvida nada e ignora el acontecimiento inolvidable. La transformación digital merece una interpretación que dé razón de lo que se digitaliza, indexa y visualiza. Las humanidades pueden ayudar a encontrar, resaltar, seleccionar, destacar el grano de la paja. Esto forma parte de la reflexión sobre nuestro tiempo. Si no queremos pasar a la historia como la época invisible, tendremos que buscar la manera de preservar el inasible mundo digital. Si no queremos ser recordados tampoco como la época impasible, tendremos que ser críticos con el fenómeno digital. Las humanidades pueden favorecer el pensamiento crítico preciso para comprender nuestro mundo y la capacidad comunicativa para el diálogo.
HUMANIDADES DIGITALES
Nuestro tiempo plantea problemas nuevos y complejos que se nos presentan irresolubles porque no tenemos forma de entenderlos. Son necesarios nuevos espacios epistemológicos. Si no queremos que otros acaben haciendo el trabajo de historiadores, filósofos, filólogos, artistas, etc., tendremos que tomar las riendas de esta revolución digital en el campo humanístico. No podemos ser pasivos. Tendremos que dirigir los avances de nuestro campo de especialización. Tampoco se trata de bailar al son de la tecnología: somos los responsables y protagonistas del futuro de nuestra área. Este hueco está siendo cubierto por las humanidades digitales. En su naturaleza está un cierto carácter híbrido, el moverse en las periferias de distintas áreas de conocimiento, la mezcla de disciplinas, la recolección de lo clásico y lo innovador. Hasta ahora no existía una disciplina con estas características. Son muchos los planteamientos que han surgido en los últimos años en torno al concepto de humanidades digitales, pero es posible apuntar algunas características del campo como son la apertura, el replanteamiento de las normas de copyright, la redefinición de las comunidades científicas y la transdisciplinariedad.
Esta transdisciplinariedad es precisamente una de las principales dificultades para su definición pues es un paso más allá de la multidisciplinariedad y la interdisciplinariedad. La multidisciplinariedad conlleva trabajar simultáneamente, pero en paralelo, a un grupo de personas de diferentes disciplinas. La interdisciplinariedad favorece el trabajo en equipo compartiendo información y técnicas de dos o más campos de especialización. Sin embargo, la transdisciplinariedad aúna principios y métodos de distintas disciplinas y posibilita ir más allá de las disciplinas tradicionales. Además, esta característica convierte a las humanidades digitales en originariamente universitarias, frente a la tendencia a la hiper especialización, porque son una manifestación de la visión de conjunto y de la inclusión del contexto.
Las humanidades digitales se enfrentan a retos, problemas y cuestiones que sería imposible abarcar con los métodos tradicionales. Las actuales herramientas permiten analizar cantidades enormes de información digitalizada. Ahora sí se encuentran agujas en los pajares. Esto nos lleva a una nueva forma de entender la cultura (episteme) que genera nuevos conocimientos y técnicas para el control de la memoria (techne). Este nuevo lenguaje posibilita nuevas formas de colaboración entre los profesionales y a su vez genera la conexión de millones de datos que hasta ahora permanecían aislados.
A lo largo de la historia las humanidades han tratado de dar razón del pasado, definir el presente y anticipar el futuro. Las humanidades digitales son la respuesta de los estudios superiores a la era tecnológica actual. En la actualidad, cuando parece que las ciencias puras son las únicas que pueden dar razón de las cosas, las humanidades digitales pueden convertirse en garantes de la condición humana, pues tienen la capacidad de diseñar y desarrollar la tecnología a la medida y servicio del hombre.
La transformación digital y el éxito de las tecnologías han modificado de forma radical nuestras relaciones, nuestra conexión con el mundo y nuestra forma de comunicarnos. Las humanidades están llamadas a reflexionar, comprender, asimilar y criticar el nuevo paradigma cultural. Es cierto que gracias al desarrollo tecnológico se abren para el campo de las humanidades oportunidades inéditas en el análisis de la historia, la geografía, la literatura, la lingüística, el arte o la música, por mencionar solo algunas áreas humanísticas. Las potencialidades que ofrecen las nuevas herramientas o aplicaciones han supuesto la obtención de resultados y conclusiones inalcanzables con las metodologías tradicionales. Pero no es menos cierto que corremos el riesgo de dejarnos obnubilar por lo que son medios y terminar convirtiéndolos en fines. La tecnología y la ilusión de progreso continuo pueden acabar sumiendo al hombre en un bucle infinito de activismo deshumanizador. Por eso las humanidades digitales deben ofrecer los fundamentos de pensamiento crítico que posibiliten la adaptación a los cambios que auguran transformaciones sociales.
RAZÓN CRÍTICA DE LA TECNOLOGÍA DIGITAL
Conocer las tripas de los programas que utilizamos, dar razón crítica de su sentido, acabará con la opacidad de la tecnología digital. Además, adentrarnos en ella nos ayudará a entender mejor los resultados y afinar mejor en la utilización. Una buena teoría previa nos ayudará a formular las preguntas precisas a las máquinas. En el maremágnum de información actual y desinformación continua, necesitamos acertar con las preguntas para discernir lo verdadero. Si no, obtendremos respuestas correctas para preguntas vanas, erróneas o inexactas. Este giro crítico desarrollado desde las humanidades digitales situará a la tecnología en su función mediática, y no final, y al hombre como protagonista, principal actor, y no mero ejecutor autómata.
Desde 2011 la European Science Foundation, organización constituida por centros de investigación de ocho países, recomienda el impulso de los estudios de humanidades digitales
Una actitud distante por parte de los estudios humanísticos hacia la tecnología puede explicar la pasividad con que la mayoría usa estos medios. Somos generalmente usuarios, consumidores y dependientes de la tecnología. En Europa se están dando los primeros pasos para cambiar esto. Desde 2011 la European Science Foundation, organización constituida por centros de investigación de ocho países, recomienda el impulso de los estudios de humanidades digitales. Para el tramo 2021-2027 el programa de financiación Europa Digital propicia sistemas de educación y formación que afronten los desafíos de la digitalización, la ciberseguridad, la alfabetización mediática y la inteligencia artificial.
La consecución de estos objetivos pretende hacer a los ciudadanos más activos y favorecer la cohesión de la sociedad gracias al allanamiento de brechas digitales. Por último, el programa de innovación e investigación Horizonte Europa, también para el tramo 2021-2027, pretende integrar las humanidades en los proyectos de desarrollo tecnológico. La próxima generación de profesores de humanidades fue educada en los métodos de la era predigital y serán los primeros docentes nativos digitales. Ellos terminarán de desarrollar un sistema de enseñanza que tenga en cuenta el elemento disruptivo que ha supuesto internet en la historia de la educación. Pero al igual que una persona que domine varios idiomas puede decir tonterías multilingües, un simplemente adiestrado tecnólogo puede resbalar en multicanal.
Hace unas décadas, los países se dieron cuenta de que la educación universitaria era fundamental para el éxito de sus ciudadanos. Creían que era la clave para una vida exitosa de alta productividad. Y la verdad es que sí, lo era. A medida que aumentanban las matriculaciones, el GDP [1] subía y la proporción de ingresos de los licenciados o graduados también. La educación superior estaba funcionando. La universidad tenía muchos problemas sistémicos, pero, para los que se formaban allí, funcionaba bien. Con el tiempo, ese contrato social entre la sociedad y sus universidades se rompió hasta el punto en el que nos encontramos hoy, en el que la matrícula de las universidades estadounidenses está estancada o en descenso desde 2019.
Las matrículas universitarias se han duplicado con creces en los últimos veinte años, mientras que los ingresos de los titulados universitarios empezaban a estancarse o a disminuir. Esta divergencia es especialmente cierta en Estados Unidos. De 1988 a 2008, el promedio de las matrículas y tasas de las universidades públicas aumentó un 130%, mientras que los ingresos medios de la clase media se estancaron o disminuyeron en el mismo periodo.
Figura 1

A finales de la década de 2000, las universidades trataron de aumentar el acceso mediante el lanzamiento de cursos masivos abiertos en línea (MOOC). Esto democratizó el acceso a contenidos de élite. Pero había un problema: menos del 8% completaba estos cursos, y quienes lo hacían no eran capaces de aplicar lo aprendido. Los bootcamps[2] entraron en el mercado como respuesta a los MOOCs, apostando fuerte por la formación guiada por la figura de un preparador o instructor. Estas escuelas demostraron que los graduados no necesitaban las titulaciones tradicionales para tener éxito. Hoy en día, el 40% de los responsables de contratación en el sector de la tecnología creen que los titulados en bootcamps tecnológicos están igual de cualificados para el trabajo que otros empleados. El 33% de esos directivos cree que están mejor cualificados que otros. Esta es la primera señal de la eliminación de los obstáculos tradicionales o intermediarios en la progresión de la carrera. La increíble demanda de puestos de trabajo en ingeniería de software ha obligado a los empresarios a aceptar empleados sin formación tradicional. Otros bootcamps se han creado sobre la base de otros puestos de trabajo relacionados con la tecnología y están teniendo éxito. La siguiente oleada de bootcamps está entrando en otros mercados de alta demanda, como el de los sistemas de climatización (HVAC)[3]. Con el tiempo, el mercado decidirá si esta aceptación de las titulaciones no tradicionales va más allá de los empleos altamente técnicos.
Hoy en día, el 40% de los responsables de contratación en el sector de la tecnología creen que los titulados en bootcamps tecnológicos están igual de cualificados para el trabajo que otros empleados.
El último paso de la educación se está produciendo ahora mismo con el auge de la creator economy o economía de los creadores de contenido[4].. Con más de 50 millones de creadores repartidos por plataformas como Youtube, Twitch o TikTok, dos millones de ellos con ingresos de más de seis cifras, es solo cuestión de tiempo que esto tenga su impacto en el ecosistema educativo. Al igual que los MOOCs democratizaron el acceso a los contenidos, la economía de los creadores está democratizando el acceso de los estudiantes a los instructores y de estos a los estudiantes. En este artículo seguiremos el camino desde la universidad hasta las vías de empleo en el mundo descentralizado de la educación alternativa y la economía del creador.
EL AUGE DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR EN EL SIGLO XX
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos decidió que la mejor manera de agradecer a sus soldados y hacer crecer la economía era a través de la educación superior. El gobierno federal pasó de financiar aproximadamente el 10% de las matrículas a más del 30%. Esto generó un gran aumento en la matriculación universitaria, que pasó de un 10% de jóvenes de 23 años con título de grado a más del 20%. Pero alrededor de 1960, la parte de la matrícula pagada por el gobierno federal disminuyó y los Estados tomaron el relevo. Se seguía pensando que enviar más estudiantes a las universidades era el secreto del crecimiento.
Figura 2

La última y más reciente etapa de la educación superior es la más preocupante. El aumento desde hace décadas en el número de titulados universitarios ha incrementado la oferta de graduados, lo que ha abaratado el valor de un título, creando una inflación de títulos. Cuando todo el mundo tiene un título, ¿qué es lo que marca realmente la diferencia de un empleado? Por ejemplo, el 67% de las ofertas de empleo para supervisores de trabajadores de producción exigen una titulación. Sin embargo, tan solo el 16% de quienes desempeñan ese trabajo en la actualidad tienen esa titulación. Si solo el 16% de los trabajadores actuales tienen el título, ¿por qué el 67% de los futuros empleados lo necesitan?
Al igual que cualquier otro tipo de inflación, esto creó un poderoso bucle de retroalimentación. Cada vez más puestos de trabajo necesitaban títulos, lo que llevó a más estudiantes a querer obtenerlos, lo que llevó a que más puestos de trabajo exigieran títulos. Las matriculaciones en la enseñanza superior siguieron disparándose. Esto podría haber sido algo aceptable mientras la matrícula estaba cubierta por el Gobierno, pero en 1980 la financiación estatal y federal comenzó a agotarse y la parte de los ingresos de la universidad procedente de la matrícula se disparó. Los estudiantes pagaban más por la universidad que seguía haciendo el mismo trabajo.
EL AUGE DE LOS MOOCS A PRINCIPIOS DEL SIGLO XXI
A principios de la década de 2010, las universidades comenzaron a recibir presiones para aumentar las posibilidades de acceso. Las matrículas habían subido un 130%, pero los salarios se habían quedado estancados. Esto llevó al nacimiento de los cursos masivos abiertos en línea. A través de diversas asociaciones y profesores de Harvard, MIT y Stanford se fundaron tres empresas que inauguraron esta tendencia: Udacity, Edx y Coursera. Estos cursos online ofrecían exactamente las mismas clases y tareas que los cursos impartidos en las principales instituciones por unos pocos dólares, en lugar de por decenas de miles de dólares. De repente, millones de estudiantes habían asistido a Harvard.
Los MOOCs revelaron que la mayor parte del valor de un título de formación universitaria no residía en el contenido. El valor de una universidad provenía de dejar esa marca en el currículum, del título en sí y de la comunidad de estudiantes
Los MOOCs revelaron algo fascinante sobre la educación. La mayor parte del valor de un título de formación universitaria no residía en el contenido. El valor de una universidad provenía de dejar esa marca en el currículum, del título en sí y de la comunidad de estudiantes. Esto significaba que las universidades podían lanzar estos cursos en línea que no otorgaban títulos sin que sus ingresos principales por matrícula se resintieran. Nadie dejaba de asistir a Harvard en Boston porque podía tomar los cursos en EdX. Esta tendencia llevó a una explosión de cursos basados en MOOCs en todo el mundo.
Sin embargo, estos MOOCs no llevaron a la gente a conseguir trabajo. El objetivo de una universidad es ayudar a las personas a progresar en su carrera y a crear mejores ciudadanos. Nadie estaba recibiendo la educación transformadora que prometían las universidades. Esto no solo se debió a la falta de conocimientos, sino a la falta de titulación. Solo un 4% de los estudiantes completaron el MOOC en el que se inscribieron. Los MOOC no eran la respuesta al aumento de los costes universitarios y al estancamiento de los salarios.
Y LOS BOOTCAMPS TECNOLÓGICOS TOMARON EL RELEVO
Los bootcamps vieron el crecimiento de los MOOCs y la falta de resultados y construyeron un nuevo sistema de educación centrado en los objetivos. En 2012 se fundaron bootcamps como Flatiron School y General Assembly en el ámbito de la ingeniería de software. En unos tres meses, estos bootcamps hicieron que los estudiantes pasaran de la nada a ser ingenieros de software empleables. A diferencia de los MOOC, los estudiantes tenían que completar un proceso de admisión para entrar y las clases solían costar unos 10.000 dólares. Los bootcamps lograban resultados. Más del 90% de los estudiantes se graduaban en los bootcamps y, de ellos, el 80% encontraba trabajo gracias a sus nuevas competencias. Estos bootcamps trajeron consigo algunas innovaciones diferentes: la reincorporación de profesores a la formación, la reducción de la duración y un amplio departamento de servicios profesionales. Al acortar la duración, los bootcamps se hicieron mucho más asequibles que volver a todo un programa de máster. Al reincorporar a los profesores a la educación, los estudiantes pudieron aprender de verdad el contenido y no abandonaban el curso. Con todo, la innovación clave fue el reforzamiento de los servicios de orientación laboral. Los bootcamps se centraron en ofrecer el resultado que querían los estudiantes: un trabajo. Para ello, la mayoría de los programas contaban con un amplio departamento de preparación para el empleo y de servicios profesionales.
Mientras que un graduado de forma individual puede no ser muy bueno a la hora de explotar su formación en el bootcamp, el equipo de comerciales de orientación laboral ya ha trabajado el terreno y obtiene una tasa de éxito mucho mayor
Esta fuerte inversión en servicios de orientación laboral funcionó, y provocó un cambio masivo en el mercado de trabajo. Los equipos de orientación de los bootcamps fueron los primeros en doblegar la curva de la inflación de títulos. Estos equipos cuentan con agentes comerciales encargados de encontrar empleadores que buscan contratar, estableciendo redes de contactos entre el bootcamp y el empresario. Mientras que un graduado de forma individual o por sí solo puede no ser muy bueno a la hora de explotar su formación en el bootcamp, el equipo de comerciales de orientación laboral ya ha trabajado el terreno y obtiene una tasa de éxito mucho mayor. Estas conversaciones previas llevan a establecer contactos y presentaciones entre el estudiante y el empleador y, finalmente, a ofertas de trabajo. Este movimiento que se aleja de la exigencia de títulos ha sentado las bases para la actual ola de educación transformacional.
Sin embargo, el modelo de bootcamp tocó techo en términos de escalabilidad. Funcionó bien para algunos de los estudiantes que trataban de acceder a su primera oportunidad de trabajo, pero aún no ha sido capaz de crecer al tamaño del mercado universitario. Aunque hay aproximadamente cuatro millones de estudiantes que se gradúan en la universidad cada año, el tamaño del mercado de los bootcamps está todavía por debajo de los 50.000. Además, a medida que los bootcamps crecen, se enfrentan a un dilema mucho mayor por lo que respecta a la proporción de alumnos/profesores/instructores. Para poder crecer, el tamaño de las clases tiene que ser mayor, y la calidad de la educación impartida se ve comprometida.
LOS CBCS[5] HACEN SU APARICIÓN
Con los requisitos de titulación empezando a desaparecer, los bootcamps siguen actuando como su último bastión en la educación orientada a los resultados.
El CBC parece estar funcionando para los profesores, pero queda una pregunta abierta: ¿funcionará también para los estudiantes? Ahora mismo los CBC se centran simplemente en el aprendizaje de nuevas capacidades, no de nuevas carreras
Con la creación de cursos basados en cohortes (CBC), como Maven y altMBA, se elimina este último filtro de la formación. Los CBC reúnen a empresarios del sector de la educación con cohortes de estudiantes con el objetivo de aprender juntos. Combinan lo mejor de la comunidad de estudiantes que ofrecen las universidades con los profesores más comprometidos que ofrecen los bootcamps. Cualquiera que haya pasado por las aulas conoce la alegría y el poder de las amistades que surgen al aprender con otros. El CBC aporta ese poder a los cursos de formación continua de menor coste. Los campamentos de iniciación se esforzaron por ampliar esa comunidad, pero CBC está afianzando la ampliación de la comunidad de estudiantes.
Estos cursos están funcionando para los profesores. Solo cuatro meses después del lanzamiento de Maven, cuatro cursos ganaron 100.000 dólares. El CBC parece estar funcionando para los profesores, pero queda una pregunta abierta: ¿funcionará también para los estudiantes? Ahora mismo los CBC se centran simplemente en el aprendizaje de nuevas capacidades, no de nuevas carreras. Es un buen punto de partida, pero la verdadera transformación de la sociedad se producirá cuando cualquier persona pueda impartir un curso que le permita a otra conseguir un nuevo empleo. Para lograrlo, los CBC tendrán que añadir servicios de orientación laboral y algunos otros servicios complementarios. Estoy muy ilusionado por ver si los CBC son capaces de hacer la transición hacia resultados verdaderamente transformadores tanto para sus estudiantes como para sus profesores.
El futuro de la educación es apasionante. Han tenido que pasar décadas para que se establecieran las normas de la educación superior, y probablemente tendrán que pasar décadas para que estas normas vuelvan a cambiar. Los estudiantes están consiguiendo de forma constatada trabajos que les devuelven su inversión en la matrícula en cuestión de meses, en lugar de años. Así es como debería funcionar la economía. Las herramientas necesarias para tener éxito deben ser accesibles a un amplio abanico de personas. En un mundo en el que la educación postsecundaria o superior ya no está determinada por las universidades, ¿quién o qué la determinará?
NOTAS:
[1] GDP o Gross domestic product es el equivalente al PIB, Producto interior bruto
[2] El término bootcamp se refiere a un tipo de formación intensiva de tipo práctico y, generalmente, sobre programación enfocada a fomentar la empleabilidad en este sector y combatir la falta de personal cualificado. El nombre viene de los campos de entrenamiento militar americanos, caracterizados por su intensidad en tiempo y esfuerzo y por la presencia de un instructor.
[3] Un sistema HVAC (heating, ventilation and air conditioning) es un sistema de climatización y ventilación.
[4] La creator economy o economía de creadores de contenido permite a estos a través de diversas plataformas obtener ingresos de sus publicaciones o creaciones y a estas acceder a sus comunidades. Ejemplos de plataformas de economía de creadores incluyen OnlyFans, YouTube, Instagram, TikTok o Patreon.
Más info: https://www.cuadernosdeperiodistas.com/el-fenomeno-de-moda-la-economia-de-creadores/
[5] CBCs (cohort based courses) o cursos basados en cohortes se centran en agrupar alumnos de perfiles similares, interesados por un mismo tema y con objetivos compartidos. El mentor o instructor pierde importancia en detrimento del plan de estudios. El fin, que el estudiante se convierta en un candidato competitivo.
Charles Darwin, con su teoría de la evolución, demostró que todas las especies de seres vivos han ido cambiando con el tiempo mediante un proceso de selección natural. Solo sobreviven los más dotados para afrontar el complicado día a día. Si el siglo XIX estuvo marcado científicamente por esos descubrimientos, la época tecnológica que nos ha tocado vivir está tristemente protagonizada por la destrucción de empleos y por la dificultad para crear nuevos puestos de trabajo. Mientras no asumamos que el mundo laboral, como las especies de Darwin, está en plena evolución, no conseguiremos solucionar el problema de nuestro siglo.
Mientras no asumamos que el mundo laboral, como las especies de Darwin, está en plena evolución, no conseguiremos solucionar el problema de nuestro siglo
El teléfono tardó 75 años en alcanzar los 100 millones de usuarios, para que el móvil consiguiera esos datos apenas se necesitaron 16 años. Internet logró esos usuarios en siete años y Facebook solamente precisó de cuatro años. Instagram lo hizo en dos, pero la aplicación de videos Tik Tok lo ha hecho posible en solo uno. Esa rapidez para crecer tiene otra cara menos amable que es la increíble velocidad también para desaparecer. De las cinco primeras empresas del mundo en 2005, hoy solo queda una en ese listado. En 1964 el promedio de vida de las empresas del índice S&P500 era de 33 años, hoy es de 22 años y si nada cambia está previsto que en el 2027 sea de 12 años. Que nadie lo olvide en un sector como el universitario, que aun con más de 700 años de vida la educación puede desaparecer de un plumazo si deja de ser útil para los imprescindibles y urgentes procesos de recualificación, conocida como reskilling y upskilling en su terminología anglosajona. No es opinable, sin formación a lo largo de la vida no habrá espacio en el mercado de trabajo, y me temo que tampoco para la supervivencia de la actual educación superior.
La economía, fruto de la disrupción tecnológica, está viviendo el proceso más profundo y rápido de cambios de la historia reciente. Eso ha supuesto que el mercado laboral y sus exigencias estén cambiando vertiginosamente. Nuevas relaciones laborales, nuevas profesiones, nuevos nichos de empleo, nuevas formar de orientar las carreras profesionales y nuevas empresas son una muestra de ese darwinismo laboral. Además, la pandemia ha introducido desafíos para los que la sociedad no estaba aún lista y ha revelado lo poco preparadas que están las personas para desenvolverse en un mundo verdaderamente digitalizado.
Para el filósofo José Antonio Marina vivimos en una «sociedad del aprendizaje» regida por una ley impecable: «Para sobrevivir, las personas, las empresas y las instituciones deben aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia el entorno; además, si quieren progresar, habrán de hacerlo a más velocidad».
El aprendizaje continuo será clave para no quedarse descolgados del mercado laboral ante las exigencias de la revolución digital
En una graduación de alumnos de EDEM, la escuela promovida por el fundador de Mercadona, el padrino de la promoción, el presidente de Telefónica José María Álvarez Pallete afirmó que “el mercado laboral se ha transformado, han cambiado los procesos, la formas de comunicarse o cómo se desempeña el trabajo. La tecnología permite a uno ser más eficiente y eficaz”. Esta mejora de la productividad ya sucedió en revoluciones tecnológicas anteriores en la historia, que generaron contestación social por la destrucción de determinadas profesiones. En el futuro van a surgir muchas profesiones que hoy no sabemos cuáles son. El 60 por ciento de los niños que ahora están estudiando van a trabajar en ellas. Hay que hacer que esta transición laboral sea buena para todos a través de la formación.
TERCERA REVOLUCIÓN DE LA EDUCACIÓN
Es por ello por lo que muchos autores, entre ellos Jeffrey Selingo, defienden que estamos viviendo la tercera revolución de la educación. La primera ola, a principios del siglo pasado, tuvo que ver con la llegada de la enseñanza obligatoria que propició una educación masiva que brindó una capacitación a millones de personas en todo el mundo. Por ejemplo, en 1910, sólo el 9 por ciento de los jóvenes estadounidenses obtuvieron un diploma de escuela secundaria, en 1935 eran ya el 40 por ciento. La segunda revolución surgió en el último tercio del siglo XX en Estados Unidos, pero también en otros países como España (en este caso a raíz de la llegada de la democracia y la «universidad para todos»). En el año 1965 se matricularon en primer curso 75.000 personas en España, que han pasado a ser 1,5 millones en nuestros días. En 1970, en Estados Unidos había sólo 8 millones de universitarios matriculados y hoy día superan los 20 millones. Ahora, debido a las exigencias de la evolución tecnológica y su impacto en el mundo del trabajo, estamos en la tercera gran revolución de la educación. El nivel de preparación que funcionó en las dos primeras oleadas no parece suficiente en la economía del siglo XXI. Por eso, esta tercera ola estará marcada por la formación a lo largo de la vida para poder mantenerse al día en una profesión y adquirir habilidades para los nuevos trabajos que llegarán. De la educación universitaria se pasará a la educación empresarial, de los conocimientos a su aplicación. Gartner pronostica, por ejemplo, que la inteligencia artificial destruirá en los próximos cuatro años 1,8 millones de empleos a nivel global, pero generará 2,3 millones de nuevos puestos de trabajo.
Es probable que los trabajadores consuman este aprendizaje de por vida cuando lo necesiten y a corto plazo, en lugar de durante largos períodos como lo hacen ahora, dedicando meses o años para completar certificados y títulos. También, con esta tercera ola, vendrá un cambio en cómo los trabajadores perciben la formación, que es como una maldición por la que hay que pasar por exigencias de la empresa o, peor aún, algo a lo que se recurre tras un despido. Estamos entrando en una etapa en la que el reentrenamiento será parte de la vida cotidiana puesto que con vidas laborales tan largas y variadas, reinventarse y volver a capacitarse será muy normal. En los próximos lustros, será habitual volver con cuarenta, cincuenta o sesenta años a las aulas para estudiar un grado, programa o curso completamente diferente de la primera carrera. En general, el mundo laboral y el formativo estarán mucho más conectados: cruzar del uno al otro será lo normal y no hacerlo sinónimo de exclusión.
A su vez, la incertidumbre y la velocidad de los cambios tecnológicos exigirán planes de estudios flexibles, ya que lo que podría parecer un trabajo o habilidades de gran demanda hoy día podría no serlo para cuando alguien termine de capacitarse para un nuevo trabajo. Uno de los rasgos característicos de nuestra época es la aceleración del tiempo histórico. Todo sucede tan deprisa que, a menudo, cuando aún se está desarrollando una tecnología, ya ha aparecido la siguiente, que convierte la anterior en obsoleta. En este contexto de inmediatez, la educación, que por su propia naturaleza requiere planificación y tiempo, asume un gran reto. Los grados dobles, las titulaciones mixtas, los programas executive, híbridos, cursos de foco y experienciales, son algunas de las herramientas para obtener una formación de calidad, muy especializada y situar a los estudiantes de todas las edades ante problemas reales para que aprendan a tomar decisiones y solucionar problemas. En la prestigiosa escuela de negocios del MIT siempre se cita en las ceremonias de graduación la locución latina mens et manus, lema de su institución académica, para remarcar que los titulados por esta escuela -allá donde estén- han de ser líderes.
COMBINACIÓN DE CAPACIDADES TECNOLÓGICAS
El último libro de los profesores de la London Business School, Andrew J. Schott y Lynda Gratton, publicado en junio de 2021, explica que la combinación de capacidades tecnológicas fundamentales ha traído avances sin precedentes en inteligencia artificial que derivará en una nueva forma de trabajar, sectores inéditos, nuevas habilidades y en general un drástico cambio en el empleo existente. Nuevas profesiones surgirán por ejemplo vinculadas a la salud en las que la tecnología se hibridará con los cuidados tradicionales. O trabajos que hasta hoy no existían, como todo lo relacionado con el metaverso que nos sirve de ejemplo de esas nuevas carreras. Los primeros directivos de Microsoft y Facebook ya lo han detectado y aparecerán nuevas tareas a desarrollar en ese nuevo mundo de conjunción de lo analógico y el digital, un universo en el que lo presencial y lo virtual confluyen. Estos gigantes de Silicon Valley apuestan porque las reuniones, pero también los exámenes o el ocio y las compras, serán en un metaverso y profesionalmente desarrollarán sus trabajos en esa nueva industria.
La capacitación laboral deberá centrarse en disciplinas técnicas, pero también en las habilidades que la complementan, como la resolución de problemas, el trabajo en equipo y la comunicación
Al mismo tiempo los autores del libro La nueva longevidad defienden una nueva vida multietapas, en la que a las tres tradicionales (infancia, madurez y vejez) se le ha unido una segunda de millennials o juventud madura y una cuarta etapa en la que los mayores gozarán de la juvenescencia. Se acabaron los departamentos estancos y excluyentes. No tendrá sentido eso de que solamente los jóvenes asisten a las instituciones educativas, los mayores se jubilan y se dedican al ocio, mientras el resto se relaciona en el lugar de trabajo. Todos, con independencia de nuestra edad, disfrutaremos del ocio, tendremos que trabajar y seguiremos estudiando toda la vida.
PAÍSES FUERTES EN TALENTO
En 2020 se presentó el Índice de Competitividad por el Talento Global en el que España se situó en el puesto 32 de un total de 132 países analizados. En relación con el resto de los países europeos, nos colocamos en la posición 20 superando a naciones como Letonia, Lituania, Italia, Eslovaquia o Polonia. El informe señalaba que España obtenía su mejor nota en el grupo de variables de retención del talento con un desempeño superior a la media de los países de renta alta. La posición se debía al buen resultado obtenido en protección social y densidad de doctores. Pero también se lograba una puntuación positiva en variables claves para el talento como la matriculación en educación superior (puesto 6 de 132 países), calidad en gestión de los centros (10) y clasificación de universidades (23). Buenas noticias que no pueden ocultar que, desde hace unos años, se ha detectado un descenso en las vocaciones científicas/tecnológicas (STEM), especialmente en las mujeres. O que nos queda mucha tarea por delante para acercarnos al grupo líderes del talento global donde, según Adecco, Suiza se mantiene un año más en la primera posición, seguida de Estados Unidos, y Singapur. Sólo un país fuerte en talento podrá afrontar con garantías la reconstrucción post pandémica.
Al respecto de estas nuevas habilidades que se requerirán, hay que dejar claro que no todo será tecnología. La capacitación laboral deberá centrarse en varias disciplinas técnicas, pero también en las habilidades clave que la complementan, como la resolución de problemas, el trabajo en equipo y la comunicación. De la super especialización pasaremos a la capacidad de entrecruzar conocimientos de la llamada polimatía.
Debido a todo lo anterior, es evidente que los conocimientos adquiridos en la etapa vital de estudiante con 20 años no son válidos, por ejemplo, 40 o 50 años después. Esta afirmación podría suponer un debate antes de la llegada de la pandemia, hoy no hay duda de que si no seguimos formándonos toda la vida quedaremos obsoletos de inmediato.
Un sector como el universitario, con más de 700 años de vida, puede desaparecer de un plumazo si deja de ser útil para los imprescindibles y urgentes procesos de recualificación
La educación superior vive esta tercera revolución, y hoy en el pueblo más remoto del planeta, cualquiera con inquietudes puede formarse en inteligencia artificial o en manejo masivo de datos, todo ello certificado además por las escuelas más prestigiosas. El mundo hacia el que vamos obliga a descartar la idea de que la educación sea un pasaporte que se adquiere en la juventud para entrar en el mercado laboral y se abandona a continuación. Son muchos los retos por delante, pero hay algo que no cambiará. Además de constituir la llave para el mercado laboral, la educación seguirá siendo la herramienta más eficaz para formar ciudadanos, disminuir la desigualdad y garantizar la movilidad y la cohesión social. Los gobiernos y todos los agentes de la cadena de valor de la educación han de ejercer su responsabilidad de preparar a los ciudadanos para el mundo en el que van a vivir, y no para el que está en trance de desaparecer, de otro modo quedaremos al margen de todos los avances del futuro.
ORGANIZACIÓN DE TRÉBOL DE LA EMPRESA
En 1989, Hardy, un economista irlandés, predijo la llamada organización trébol en la empresa. Tres tipos de empleados y una sola compañía: un trébol de tres hojas, como el símbolo de su país. El empleo de las empresas solo se mantendría en un tercio porque el resto pasaría a estar fuera de la compañía, bien como colaboradores puntuales, bien como profesionales independientes que prestan sus servicios. Los informes de McKinsey y el World Economic Forum de los últimos años nos alertan de la desaparición de muchas profesiones, pero también de las empresas que no actualicen los conocimientos de sus profesionales. Sus vaticinios se están cumpliendo escrupulosamente.
En 2006 las cinco empresas más grandes del mundo eran, por este orden, la petrolera Exxon Mobil, General Electric, Microsoft, Citigroup y Bank of America. En la primavera de 2021, este mismo ranking solo mantiene a Microsoft, siendo la primera Apple y las siguientes Amazon y las matrices de Google y Facebook.
La velocidad de las innovaciones tecnológicas está provocando, como el Departamento de Trabajo de Estados Unidos ha puesto de manifiesto, que la mayoría de los trabajos de los próximos años aún no se haya inventado. A su vez las carreras profesionales evolucionarán de un modo hasta ahora desconocido. Varios empleos simultáneos, alternaremos contratos por cuenta ajena con el autoempleo y prestaremos nuestro talento a varias grandes y pequeñas empresas a lo largo de nuestra vida laboral. En muchas ocasiones priorizaremos nuestra vida personal y trabajaremos menos, desde casa, con horarios a medida o simplemente nos tomaremos un año sabático. Minijobs, freelance o startups serán términos habituales en el futuro cercano del trabajo.
El mercado de trabajo no está siendo capaz de mantener el ritmo de la revolución digital; como consecuencia, en los próximos años nos encontraremos con un déficit profesional para cubrir determinados puestos de trabajo que requieren de individuos con capacidades tecnológicas especializadas. Las vacantes crecerán al mismo tiempo que los desempleados.
Hace muy pocos años la Iglesia de Inglaterra pidió disculpas públicamente a Darwin por haber rechazado frontalmente su teoría del evolucionismo y alimentado a sus detractores. “Actuamos erróneamente desde las emociones y no desde el intelecto”, dijeron los anglicanos. Les ha costado más de 150 años aceptar que el mundo y la vida es puro cambio. Ojalá que no necesitemos tanto tiempo para asumir eso mismo, que el mercado laboral está evolucionando y que hay que actualizar la capacitación de la población activa. El aprendizaje continuo, conocido por su expresión en inglés –lifelong learning– será clave para no quedarse descolgados del mercado laboral ante las exigencias de la revolución digital. Reskilling y upskilling son los eslóganes de este proceso.
HABILIDADES DURAS Y HABILIDADES BLANDAS
De acuerdo con el informe Towards a Reskilling Revolution, realizado por el World Economic Forum (WEF) en 2019, a la hora de formar a sus empleados las empresas deben ocuparse tanto de las llamadas habilidades duras (hard skills) como de las habilidades blandas (soft skills). Las duras son aquellas habilidades técnicas de un trabajador que le permiten desempeñar una labor determinada, como el manejo de determinado software, mientras que las blandas se refieren a la inteligencia emocional, la capacidad de comunicación, la gestión del cambio y demás habilidades personales e interpersonales que ayudan a un trabajador a desenvolverse eficientemente en una empresa moderna. Para los investigadores del foro de Davos, entre las soft skills más demandadas por las empresas de hoy se encuentran el pensamiento crítico e innovador, el aprendizaje activo, la creatividad, la originalidad y la iniciativa, la capacidad para resolver problemas complejos, el liderazgo, la comunicación y la influencia social. En el lado opuesto, entre las habilidades blandas cada vez menos demandadas por el mercado laboral, ya que en un futuro quedarán relegadas a manos de la robotización y la automatización, estarán la destreza manual y la precisión, la gestión de recursos financieros y materiales o la coordinación y la gestión del tiempo entre otras muchas.
Cultura sólida, habilidades digitales, innovación estratégica, visión compartida y desarrollo sostenido son los aspectos que han de reforzarse en la fuerza laboral según los consejeros delegados de las grandes empresas. Llámese como quiera, upskilling o reskilling. El primero pretende enseñar a un directivo nuevas competencias para optimizar su desempeño; el segundo, entendido como reciclaje profesional, busca formar a un empleado para adaptarlo a un nuevo puesto en la empresa. Lo importante es saber que se necesitarán trabajadores más especializados –upskilling– y empleados más versátiles –reskilling-. Una fuerza laboral que en el primer supuesto crezca verticalmente y en el segundo horizontalmente. Ambos conceptos comparten la lucha contra la brecha digital en el seno de la empresa y la hacen más competitiva; mejoran los procesos de selección y, en consecuencia, los periodos de adaptación; ayudan a fidelizar y a retener el talento.
MEJORA DE LA REPUTACIÓN CORPORATIVA
Tampoco puede obviarse la necesidad de recualificarse para así entender al otro, formarse para dejarse contagiar de la corriente intergeneracional ¿Acaso no somos cada vez más, como los nativos digitales, impacientes? ¿O quién no aspira a tener la resiliencia de los seniors que acumulan crisis en sus espaldas sin rendirse?
Estos procesos de desarrollo a lo largo de la vida profesional, además, mejoran la reputación corporativa, puesto que siguen los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, concretamente los numerados como 8, 9 y 10. Así mismo promueven una cultura de empresa dinámica adaptada a un entorno en constante evolución. El World Economic Forum ha tasado en un aumento del PIB español de 6,7% de aquí al 2030 y una nada despreciable cifra de 230.000 nuevos trabajos si se mejorasen las competencias digitales.
Urge reinventar la universidad sin los corsés de las legislaciones educativas. Cuando las viejas universidades, por ejemplo, empiecen a introducir en sus temarios metodologías como el Scrum; apliquen nuevas fórmulas como las “clases invertidas” y sobre todo se tomen en serio la capacitación a lo largo de la vida, muchas de ellas volverán a ser imprescindibles para el imperioso proceso que tenemos por delante de recualificar nuestro país.
Como la legendaria canción de rock Another brick in the wall tendríamos que gritar los profesores, con los Pink Floyd, que no necesitamos esta educación sino una nueva y mejor.