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Ver productosLos primeros títulos de la colección «Clásicos Universales» de la Universidad de Sevilla son los siguientes: El arpa de Birmania, de Michio Takeyama, en traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala; el libro II de las Epistulae ex Ponto, de Ovidio, espléndidamente editado, traducido y comentado por mi querida amiga Ana Pérez Vega, y, en tercer lugar, la Alexiada, de Ana Comneno, traducida por primera vez a nuestra lengua por Emilio Díaz Rolando.
De este tercer título, galardonado en 1990 con el Premio Nacional de Traducción, me propongo hablar brevemente. Yo hubiese preferido la forma con acento, Alexíada (prefiero Ilíada a Iliada), y Ana Comnena en vez de Ana Comneno, pero ésos son detalles sin importancia. Lo cierto es que por fin podemos leer en español una de las obras más relevantes de las letras bizantinas, traducida del griego original a casi todas las lenguas europeas, pero nunca a la nuestra antes de ahora. En las páginas de la revista Erytheia (vol. 9, 1988, pp. 23-33) exponía Emilio Díaz Rolando los criterios seguidos para la transcripción de nombres propios en esta versión princeps castellana de la Alexiada, problema éste peliagudo siempre. Pedro Bádenas de la Peña lo dejó visto para sentencia en lo que al griego moderno se refiere («La transcripción del griego moderno al español», Revista de la Sociedad Española de Lingüística, vol. 14, 1984, pp. 271-289). Mi llorado maestro Manuel Fernández-Galiano fijó las normas para la transcripción del griego clásico. El griego bizantino continúa presentando numerosas dificultades a este respecto, pero esfuerzos como el
Por Luis Alberto de Cuenca de Díaz Rolando contribuyen no poco a la deseable tarea de normalización, una labor difícil y arriesgada que el mencionado Bádenas se propone llevar a término.
Bernard Leib editó pulcramente y tradujo al francés el texto de la Alexiada en la «Collection Byzantine» de la Société d’Edition «Les Belles Lettres» (tomos I-III, París 1937-1945). P. Gautier enriqueció la obra en 1976 con un cuarto y último volumen que incluía un extenso índice de nombres. Se trata de la edición que Díaz Rolando ha adoptado para llevar a cabo su versión castellana. En inglés circula, dentro de la popular serie «Penguin Classics», una cuidada traslación de E. R. A. Sewter, con unos cuantos mapas muy útiles (Harmondsworth, Middlesex, 1969). Eran las dos Alexiadas más asequibles para el lector español antes de la aparición del libro sevillano que hoy saludamos, de cuya oportunidad cultural no cabe dudar, pues significa poner al alcance de todos una de las obras maestras de la literatura bizantina y, por qué no decirlo, de las letras universales.
Alguien podría preguntarse por qué hablo de Ana Comnena y su Alexiada en mi sección de «Literatura Fantástica». Y estaría en su derecho de hacerlo. La Alexiada no es una obra fantástica stricto sensu: canta las hazañas de un héroe histórico, el emperador Alejo I Comneno; no intercala en la narración episodios maravillosos; se limita a mentir de una manera práctica, por motivos políticos, sin que llegue jamás a plantearse en ningún momento el concepto de mentira como pretexto de la obra. Pero la atmósfera en que se sitúan los hechos y se mueven los personajes es de una evanescencia tan rigurosa, de un esfumado tan sutil, que creemos hallarnos en un espacio mágico que transfigura la realidad y embriaga los sentidos, soñando el sueño altivo y astuto de Ana Comnena.
K. Dieterich, en su delicioso librito Figuras bizantinas (traducción española de Emilio R. Sadia, Madrid, Revista de Occidente, 1927), dedica una veintena de páginas, las últimas del tomo, a la princesa Ana. Cuenta que hace exactamente 200 años, en septiembre de 1789, Federico Schiller confesaba en carta a los hermanos Lengefeld lo siguiente: «La traducción de la princesa Comnena, de la cual sólo me han correspondido algunos pliegos, me ha cansado mucho; el estilo es pésimo y de un gusto falso; el contenido tiene poco interés». Corrían malos tiempos para el aprecio de lo bizantino. El ideal ético individualista de la humanidad veía entonces en la Antigüedad Clásica la cumbre del verdadero humanismo, sin hacer ningún caso de la Edad Media europea, y mucho menos de la oriental. Schiller no podía valorar en su justa medida a un personaje como Ana, digno sin duda de haber inspirado una de sus tragedias. Pero la Historia es así de arbitraria. Hoy, en esta agonía del siglo XX, estamos asistiendo a un auténtico revival del mundo bizantino, y estoy seguro de que ninguno de los grandes escritores de nuestro presente formularía un juicio tan desfavorable como el de Schiller acerca de la autora de la Alexiada.
En el tránsito del siglo XI al XII, mientras Guillermo de Aquitania inaugura la lírica moderna en Occidente con su «Farai un vers de dreyt nien», dos cónyuges escritores surgen en el Imperio Oriental: Nicéforo Brienio (1062-1137), valeroso estratego, rival, en 1097, de Godofredo de Bouillon, y su esposa Ana Comnena (1083-¿1150?), hija del emperador Alejo I Comneno (1081-1118). Si Brienio narra en su Floresta de la Historia las vicisitudes de la familia de los Comnenos en un estilo que compite en sencillez con el de Jenofonte, Ana, dotada de una vastísima cultura, refiere en la Alexiada la vida y las hazañas de su padre, al que demuestra gran afecto y admiración, así como desprecio y odio hacia los bárbaros y presuntuosos latinos. La obra, compuesta en un convento tras múltiples y vanas tentativas de obtener la corona imperial para su marido en detrimento de su hermano, el emperador Juan II Comneno (1118-1143), anuncia ya en su título, casi de epopeya, la intención de glorificar a Alejo. Sirviéndose de numerosos documentos extraídos de los archivos y de recuerdos personales, la autora traza el panegírico de su padre aludiendo a sucesos históricos y militares, pero también introduciéndonos, muy femeninamente, en el mundo de la corte imperial de Bizancio, con sus complejas ceremonias, sus intrigas, sus fiestas, sus continuas habladurías. El estilo intenta reproducir el de Tucídides, con una elegancia retórica no exenta de eficacia. Hay pasajes, como la descripción de la toma de Jerusalén por los cruzados, que se han hecho famosos por su inexactitud histórica, su furibundo partidismo, sus extraordinarios valores narrativos y su delicadísima ironía.
Si conseguimos olvidar los defectos formales del libro que alberga la versión española princeps de la Alexiada: márgenes mínimos, desigual entintado de las páginas, carencia de cursiva en las notas, etc., llegaremos a disfrutar mucho con su lectura. En cualquier caso, la tarea del traductor, que es asimismo autor de un erudito estudio preliminar (con bibliografía), de un nutrido acervo de notas y de un índice de nombres propios, se me antoja muy meritoria. Gracias a Emilio Díaz Rolando la voz de Ana Comnena suena por vez primera en castellano.
Va a hacer ahora dos años que las autoridades económicas españolas decidieron enfriar el ritmo de actividad económica. El crecimiento de la demanda interna era excesivo y ello se manifestó claramente entonces mediante el rebrote de la inflación que tuvo lugar en el verano de 1988 y en el acelerado ritmo de deterioro de las balanzas comercial y corriente. Salvo algunas medidas fiscales tendentes a incrementar los ingresos, todo el grueso de la política de desaceleración se basó en la política monetaria.
Un año después, en el verano de 1989, se comprobaba con disgusto que la inflación continuaba creciendo y que sólo se había reducido ligeramente el ritmo de deterioro de los déficits exteriores. Dado que la peseta había entrado en el SME, la subida indefinida de los tipos de interés para frenar el crecimiento de la cantidad de dinero se encontraba con la barrera de una apreciación de la peseta, que venía limitada por la banda de fluctuación en dicho SME. Ante la ausencia de moderación salarial y dado el comportamiento expansivo del sector público, la salida desesperada que se adoptó fue el racionamiento del crédito.
Un año más tarde de tomar esa decisión, nos encontramos con que la tasa anual de crecimiento del IPC continúa situada por encima del 6 por 100 y que, si bien el ritmo de deterioro se había desacelerado, íbamos a registrar un nuevo déficit corriente excesivamente elevado. A estas dificultades había que añadir un descenso demasiado lento de la demanda de consumo, unos aumentos de los salarios en convenio del orden del 8 por 100 y la previsión de que el gasto público volvería a crecer este año, como mínimo, en términos nominales tanto como el PIB.
¿Por qué esta resistencia de la economía española, especialmente por el lado de la demanda, a desacelerarse? Simplemente, por la desacertada política económica que ha seguido el Gobierno prácticamente en toda la década pasada: aumento acelerado de la presión fiscal y participación creciente del sector público en el PIB. En otras palabras, nos movíamos en un sistema fiscal -que sigue vigente en la actualidad y en una política presupuestaria -que también sigue vigente que llevaba a los agentes económicos privados especialmente a las familias- a incrementar su propensión al consumo y a reducir su propensión al ahorro, dada la práctica falta de rentabilidad del mismo, por el efecto combinado de una inflación elevada y de un crecimiento acelerado de la presión fiscal.
En esta situación nos coge la invasión de Kuwait y la consiguiente crisis del petróleo. Ello ha significado que en pocas semanas el precio del barril ha pasado de unos 18 dólares hasta alcanzar cotas de 32 dólares. Ciertamente, es imposible adivinar qué va a ocurrir con el precio del petróleo, pero en lo que la generalidad de los especialistas está de acuerdo es en que nos debemos hacer a la idea, en la mejor de las hipótesis, de que su precio no bajará de los 25-26 dólares en las próximas semanas y quizá en los próximos meses. Esto en el supuesto de que los países productores mantengan su palabra de compensar la desaparición del mercado de los crudos de Irak y de Kuwait. Efectos inmediatos: el mayor precio del petróleo supondrá una transferencia real de renta hacia los países exportadores, lo que podría resumirse diciendo que pasamos a ser «menos ricos»; aumento del IPC previsto para el año actual que muy bien podría acercarse -según las propias estimaciones de las autoridades económicas- al 7 por 100; incremento del déficit comercial y todavía mayor del déficit corriente, debido a la peor evolución del saldo positivo de la balanza de servicios; menor crecimiento y menor creación de empleo.
Es decir, si hace un mes cada vez se veía más inevitable la necesidad de un ajuste económico, ahora se ha hecho absolutamente imprescindible. Pero dada la política económica seguida por los socialistas, lo que se puede hacer de aquí a finales de este año es más bien poco. Por el lado de las rentas salariales, no se puede hacer nada; por el lado de los tipos de interés, el margen de actuación sigue condicionado por los topes de fluctuación de la peseta dentro del SME; por el lado de la renta disponible de las familias, las cosas empeorarán, ya que se verá aumentada por la deflactación de la tabla de retenciones desde septiembre y, sobre todo, por la devolución de las declaraciones negativas del IRPF. La única posibilidad sería que todas las administraciones públicas redujesen las tasas de aumento previstas para el gasto público en el año actual; pero, si somos realistas, la dificultad de que esto lo haga el Estado y la Seguridad Social se transforma casi en una utopía a la vista de la trayectoria del gasto de las Comunidades Autónomas y de los Ayuntamientos.
Evidentemente, algo hay que hacer. Y en ese sentido consideramos muy acertados los consejos del gobernador del Banco de España para 1991: presupuestos muy restrictivos, especialmente por el lado del gasto; mantenimiento de la política encaminada a controlar la cantidad de dinero, y moderación salarial. Ahora bien, habrá que esperar a ver en qué consiste esa contención del gasto público en los Presupuestos del próximo año. Si la moderación salarial se pretende hacer por la vía de pactos o acuerdos, no creemos que se llegue a ninguna parte dada la actitud de UGT y CC.OO. Sería ésta, por tanto, una buena ocasión para que cada empresario negociase con sus trabajadores el incremento de los salarios en convenio colectivo, a la vista de la situación de cada empresa. Pero se haga lo que se haga, todas las medidas resultarán cogidas con alfileres -nuestros compromisos cara al Mercado Unico el 1 de enero de 1993 siguen en pie- si no llevamos a cabo con toda urgencia una reforma de nuestro sistema fiscal y una liberalización acelerada del sistema financiero.
Resultará un agravio para los que hemos pagado correctamente los impuestos una amnistía fiscal para el dinero negro; pero como la realidad se impone, esta amnistía debería hacerse cuanto antes, al tiempo que permitiría poner al día nuestro sistema fiscal sin un costo elevado para la recaudación. Igualmente -realizadas la reforma fiscal y esa amnistía-, debería adelantarse la fecha de entrada en vigor de la libertad de movimientos de capitales con los demás países de la CEE, desinterviniendo al máximo el sector financiero para que sus principales instituciones -bancos, cajas de ahorros, seguros, fondos de pensiones, etc.- se encuentren en condiciones de competitividad el 1 de enero de 1993, frente a similares instituciones comunitarias que podrán establecerse libremente en nuestro país.
Cuando hace más de dos décadas, el catedrático de historia contemporánea, Javier Tusell, comenzó su carrera docente e investigadora, en España se había producido una decisiva transformación cual era la configuración de una cultura política democrática en la mayor parte de la sociedad española. Si los españoles comenzaban a superar la herencia de la guerra civil, no se podía afirmar lo mismo del régimen dictatorial del general Franco.
En esa coyuntura se explica el interés de Tusell por analizar las causas que habían impedido la democratización del régimen monárquico parlamentario de Alfonso XIII o que, igualmente, habían conducido al fracaso de la experiencia republicana. Para todo ello, las técnicas de la sociología histórica, en su vertiente electoral, ofrecían la oportunidad de la renovación metodológica de la historia política de la España del siglo XX. Con este tipo de estudios, apenas comenzados al final de los anos sesenta, parecía posible no sólo el conocimiento de la vida política de un espacio geográfico limitado, sino un retrato de la sociedad en la que se desarrollaba la competencia electoral.
De este modo, los primeros libros del profesor Tusell estudiaron el comportamiento electoral de los madrileños durante el primer tercio del presente siglo. Sin embargo, la elección de una unidad geográfica predominantemente rural, como era Andalucía, para su tesis doctoral, conllevó un replanteamiento de su línea de investigación. En efecto, fenómenos como el caciquismo y la desmovilización, habituales en la práctica política del sistema de la Restauración, resultaban esenciales para una cabal comprensión de la evolución de la política en Andalucía desde la implantación del sufragio universal masculino en 1890 hasta la Segunda República.
Posteriormente, una vez finalizada la dictadura, el centro de atención de Tusell se dirigió hacia esa etapa de nuestra historia que constituía ya nuestra más estricta contemporaneidad. Sus estudios sobre la política interior y las siempre escasas relaciones exteriores del régimen de Franco durante la primera mitad de su trayectoria supusieron un indiscutible avance de la historiografía y un estímulo para las últimas promociones universitarias de historiadores.
Si en la investigación las monografías del catedrático barcelonés han profundizado numerosas parcelas de la historia contemporánea de España, utilizando la metodología de las ciencias sociales para renovar la historia política y ampliando la frontera de la historiografía hasta los años sesenta, en la divulgación y en el ensayo interpretativo una de las características de Tusell es la capacidad de síntesis y la maestría de las caracterizaciones.
De este modo, ya en 1975 publicó un libro que reunía estas condiciones, La España del siglo XX, y que consiguió gran difusión. Un decenio más tarde, Tusell abordaba una interpretación general de la guerra civil y del franquismo con sus obras Los hijos de la sangre y La dictadura de Franco. Aunque ya existían ensayos interpretativos sobre esta difícil etapa de la historia española, era una de las primeras ocasiones que lo hacía un historiador que previamente hubiera realizado investigación monográfica, basada en fuentes de archivo, sobre el periodo.
La obra que nos ocupa constituye, pues, una especie de tercera y más completa tentativa de conjugar la síntesis sobre el «estado de la cuestión», de divulgar los avances de la historiografía más reciente, con la interpretación global del período que delimita el inicio de los reinados de Alfonso XII I y de Juan Carlos I.
Por ello, y pese al título, este voluminoso trabajo no es simplemente un manual de historia de España, dirigido a alumnos de tos primeros cursos de carrera, sino que puede satisfacer la curiosidad de cualquier lector medio. En este sentido, la editorial Historia 16 y Javier Tusell, coordinador de esta historia general de España en seis volúmenes, aciertan ofreciendo a los españoles una obra, no dirigida exclusivamente a los especialistas, que prosigue iniciativas similares, coordinadas hace ya algunos lustros, de los profesores Miguel Artola y Manuel Tuñón de Lara.
La historia política del reinado de Alfonso XIII , del régimen republicano y de la dictadura de Franco constituye el hilo conductor de un texto en el que también encuentran cabida epígrafes dedicados a la sociedad, la economía y la cultura españolas del siglo XX .
La narración es fluida, y el objetivo didáctico del manual se refuerza con un apéndice bibliográfico para cada uno de los períodos en que está dividida la obra, una extensa cronología y una relación de los gobiernos que sucedieron entre 1902 y 1975.
A pesar de su carácter, la lectura de las páginas de este libro de historia invitan a la reflexión. Tusell se interroga reiteradamente acerca de los determinantes políticos y sociales que impidieron la consolidación de una alternativa política reformista y democrática, de una tercera vía moderada, que permitiera superar el enfrentamiento entre las «dos Españas». Quizá la mejor explicación resida en la comparación del abismo cultural que separa a la sociedad española actual con la de comienzos de siglo, dibujada por el autor en las páginas introductorias.





La publicación el 16 de junio pasado de una declaración del disidente cubano Gustavo Arcos Bergnes en el diario El Nuevo Herald, de Miami, suplemento en castellano del The Miami Herald, desencadenó una verdadera tempestad en los círculos del exilio cubano, sobre todo entre los más veteranos e intransifentes. La declaración de Gustavo Arcos (ex embajador de Castro en Bruselas, ex preso político y actualmente secretario general del Comité Cubano pro-Derechos Humanos) estaba fechada en La Habana y en ella se proponía una «concertación pacífica» entre el régimen castrista, los disidentes y exiliados «interiores» y los exiliados del exterior. «Bajemos cada uno de nuestros viejos burros —decía Arcos en su declaración— y efectuemos de manera civilizada, honesta y respetuosa la próxima conferencia de cubanos en Cuba, invitándose a todas las organizaciones de las distintas corrientes de opinión que están dentro y fuera». En su declaración, Arcos reconocía que «alimentar a todos los ciudadanos con las calorías necesarias para vivir, asegurar la atención médica y la educación escolar gratuita y otros logros sociales sobresalientes para un país de América Latina no es suficiente». También reconocía: «Es cierto que hay en Cuba una parte considerable del pueblo que respalda al Gobierno cubano y a sus dirigentes», algo que muy pocos disidentes y ningún exiliado se había atevido a decir abiertamente en el pasado.
Como era de esperar, la declaración del embajador Arcos provocó reacciones encontradas, casi todas hostiles, en el exilio cubano, sobre todo el asentado en Estados Unidos. Abrió fuego el poeta y ex preso político Armando Valladares con una declaración publicada en el Diario Las Américas, también de Miami. Valladares hacía gravísimas acusaciones contra Arcos —compañero suyo de presidio durante años— e incluso llegaba a señalar que su propuesta de diálogo era una traición sugerida por el propio régimen castrista para desbaratar la unidad de acción del exilio y de la oposición interna. La declaración de Valladares fue seguida de una carta abierta firmada por la española Mary Paz Martínez Nieto, presidenta de la Coalición Europea pro-Derechos Humanos en Cuba y dirigida al también disidente y exiliado, Ricardo Bofill, que apoyó la tesis de Arcos.
La Asociación de Municipios Cubanos, en el Exilio, los médicos cubanos en el exilio, «Cuba Independiente y Democrática» (la organización que dirige el comandante Huber Matos), la «Junta Patriótica Cubana» que encabeza Manuel Antonio de Varona, Alfa 66 y un largo etcétera de organizaciones, grupos, tendencias y «sensibilidades» del exilio histórico cubano, reaccionaron con inquina y despego a la iniciativa porque «no es posible negociar con asesinos»:
Pero hubo también importantes grupos y personalidades del exilio cubano que han expresado su apoyo a la idea del «encuentro» de Arcos. El comandante Gutiérrez Menoyo, el profesor Aguilar León, el escritor Alberto Müller, la embajadora Marta Frayde, entre otros, declararon su simpatía por cualquier proyecto de reconciliación «entre cubanos» sea cual sea su ideología. Se trata, según todas estas personalidades, de «evitar que Cuba sea una nueva Rumanía», algo en lo que coinciden también los disidentes y opositores del interior.
El régimen castrista reaccionó, por su parte, con la intransigencia acostumbrada, en primer lugar, , despreciando al promotor de la idea que, según Roberto Robaina (dirigente de las Juventudes Comunistas de Cuba), «cuenta apenas con unos cuantos familiares» en su organización de derechos humanos. La posibilidad de que en el diálogo o «encuentro» participasen también representantes del exilio fue tajantemente rechazada por otros portavoces castristas, utilizando la fraseología acostumbrada de «gusnos, peones del imperialismo yanqui», etc.
Todo indica, sin embargo, que hay sectores del régimen castrista para quienes el «modelo rumano» resulta excesivo. O dicho en otras palabras, no están dispuestos a desaparecer junto con el fundador y líder máximo, Fidel Castro. Estos sectores —»tecnócratas», según la terminología de Castro— parecen más dispuestos a iniciar un diálogo en el que, naturalmente, el mayor peso correspondería a los disidentes y opositores del interior. Castro, sus generales y sus policías parecen dispuestos, sin embargo, a descabezar de un tajo a quienes «quieren pactar con la gusanera». El recuero del general Ochoa, fusilado por su participación en una imaginaria operación de narcotráfico, sigue pesando sobre la clase política del régimen.
Aspecto importante de esta polémica es, sin dunda, la postura de Estados Unidos. Hasta ahora tanto el presidente Bush como el Departamento de Estado habían rechazado la eventualidad de cualquier negociación, diálogo o transacción con el régimen castrista. Pero las cosas parecen estar cambiando. El presidente Bush se mostró recientemente mucho más cauto a cualquier «encuentro» entre opositores y castristas peor dijo también que está deseoso de que se le planteen alternativas nuevas para que Cuba salga de la dictadura y se encamine hacia un régimen representativo. Algo está cambiando, pues, en las entrañas del establecimiento político norteamericano con respecto a Cuba- Mientras tanto, un grupo de personalidades de todo el mundo acaba de solicitar el Premio Novel de la Paz para Gustavo Arcos.
Reproducimos un texto de 1984 del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, sobre Gustavo Arcos, uno de los compañeros de Castro en el asalto al cuartel de Moncada. Posteriormente, Arcos se enfrentó al propio Castro, que fue encarcelado durante años, y hoy encabeza un movimiento que postula la lucha cívica en contra del dictador, encaminada a conseguir un proceso de transición similar al de otros países comunistas. El texto fue publicado por la Comisión Pro Derechos Humanos en Cuba, Delegación en Europa, cuyo gran impulsor fue, precisamente, Armando Valladeres.
Conocí a Gustavo Aros cuando era embajador de Cuba en Bélgica, a donde llegué como agregado cultural en octubre d 1962. Residía entonces en Bruselas, en la avenida Brugmann, cerca de la vieja sede de la Embajada en Avenida Moliére. Allí, en el edificio de la Avenida Brugmann, donde yo también viviría, tenía su residencia de embajador: un modesto estudio de una sola habitación, baño y cocinilla. Gustavo, hombre religioso y callado, era la imagen viva del revolucionario en el exilio. Pero esas virtudes las ponía por entonces enteramente al servicio de la revolución, pacería que fuera enviado de Loyola más que de Castro. Sin embargo, no había nada jesuítico en Arcos, ni comunista tampoco. Gustavo era un hombre franco, incapaz de intrigas porque no las necesitaba o tal vez porque no sabía cómo. Gustavo Arcos era un genuino héroe de la revolución. Esas virtudes fueron la causa de su eclipse y caída final.
Había visto a Gustavo Arcos en La Habana antes, cuando lo visité en el antiguo Hospital Ortopédico. Fui con Carlos Franqui, que ya había empezado a militar en el Movimiento 26 de julio que era, por supuesto, clandestino entonces. Gustavo convalecía en el hospital y la visita tuvo un carácter fugaz, que participaba de la clandestinidad permitida de la policía política de Batista como caridad precaria. A los pocos días, Gustavo, semiinválido, se escapó del hospital (Franqui, creo, no fue ajeno a su fuga). Capturado de nuevo, fue enviado esta vez al presidio Modelo de Isla de Pinos. Ya estaba preso Fidel Castro, uno de los líderes del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Fue en esa acción de guerra donde Gustavo resultó herido de extrema gravedad. Que se salvara de su herida en el combate tanto como de la represalia del ejército batistiano es un quite que pertenece más al azar que a la mera historia. Fue también un desenlace increíble y, como todo acontecimiento histórico cruento, está teñido de una ironía salvaje y refinada. Uno de los agentes de ese juego irónico es el general Ramiro Valdés, ahora ministro del Interior de Cuba. Entonces el general Valdés se apodaba Ramirito, no usaba barba y era lo que se llamaba en Cuba un mulato ruso. El adjetivo correcto es, por supuesto, rufo, pero no hay duda de que el vocabulario popular tiene sus presciencias. Valdés era y es ruso.
En Bruselas intimé con Gustavo. Entre otras cosas porque debíamos vivir todos los diplomáticos cubanos en la nueva Embajada, una casona de 10 dormitorios que estaba, cosa casual, frente a la Embajada rusa. El edificio y los terrenos de la misión soviética quedaba (¿cosa casual?) donde había estado el cuartel general de la Gestapo e Bélgica. Tenía razón Chestertton: hay edificios cuya sola arquitectura es malvada. O atrae a los malvados. A veces, en esa Embajada cubana, que había sido un hotel burgués, durante las cortas noches de verano conversábamos Gustavo y yo hasta que amanecía. Gustavo me contó entonces su vida y milagros. Empezando, claro por donde comenzó su vida política y casi ocurrió su muerte: el asalto al cuartel Moncada y el milagro que salvó su vida.
Título: Una nueva ciencia de la vida. La hipótesis de la causación formativa.
Autor: Rupert Sheldrake.
Editorial: Kairós. Barcelona, 1990.
Precio: 2.500 pesetas.
El autor, Rupert Sheldrake, es un bioquímico británico de prestigio internacional, que ha sido asesor de Fisiología Vegetal en el Instituto de Investigación Agrícola de Hyderabad (India).
Las principales teorías, o mejor dicho, las únicas, que pretenden dar una explicación última de todos los fenómenos biológicos, o sea, de la vida, en suma, son: la mecanicista, la vitalista y la organicista u holística. La primera, la mecanicista, ha tenido y sigue teniendo éxitos espectaculares. Para ella, los seres vivos son máquinas fisicoquímicas y piensa que todos los fenómenos de la vida pueden ser explicados en términos físicos y químicos.
Para los vitalistas, la vida depende de un nuevo tipo de factor causal, desconocido por la Física y por la Química, pero que es capaz de interaccionar con los procesos fisicoquímicos de los seres vivos. Los organicistas, por su parte, niegan que todo pueda ser explicado a partir de lo más pequeño, o sea, según las propiedades de los átomos o de cualquier partícula subatómica. Introducen el concepto de «organismo», entendiendo por tal un sistema jerárquicamente organizado, con propiedades, que no pueden explicarse en función de las propiedades de sus partes separadas. El autor afirma, categóricamente, que las teorías vitalista y organicista han fracasado, porque han sido incapaces de originar predicciones demostrables.
El concepto de «campo morfogenético» es el más importante que ha engendrado la teoría organicista. Este concepto, según Sheldrake, es utilizado de forma ambigua, pues si bien parece señalar la existencia de un nuevo tipo de campo físico, que desempeña un papel en el desarrollo de la forma, esta idea es rechazada por otros biólogos que se niegan a sugerir la existencia de ningún tipo de campo, que no haya sido reconocido por la Física. En esta situación, interviene el autor, que sostiene la hipótesis de que «los campos morfogenéticos ejercen efectos físicos que pueden ser medidos». Y así se propone que determinados campos morfogenéticos son los «responsables de la organización y forma características de los sistemas a todos los niveles de complejidad». Es evidente que estos campos deben poseer estructuras características. Y he aquí, probablemente, lo más sugestivo de la hipótesis: estas estructuras proceden de los campos morfogenéticos asociados a sistemas similares previos. O sea, que los sistemas se organizan de una determinada forma porque, con anterioridad, sistemas similares se habían organizado de esa misma forma. Esta hipótesis se relaciona con la «repetición» de modelos de organización. «La cuestión del «origen» de estas formas y modelos queda fuera de su ámbito». Pues, esta hipótesis lleva el nombre de hipótesis de la causación formativa y pretende dar una interpretación totalmente distinta de muchos fenómenos físicos y biológicos.
El libro al que nos referimos ha sido comparado en importancia al Origen de las especies de Darwin. Por su parte, la revista Nature lo ha calificado como el mejor candidato a la hoguera en muchos años. No son de extrañar estas opiniones. La Biología «ha llegado a ser una ciencia indispensable en la discusión de todos los problemas humanos. Bien que procedan del orden social, moral o filosófico, ninguno puede abordarse sin ayuda de los conocimientos positivos que la Biología nos aporta». Estas palabras fueron escritas por Jean Rostand y reflejan el interés palpitante, que han despertado siempre y que despiertan, también hoy, las cuestiones biológicas.
Título: El huerto del asistente. La irresistible ascensión del clan Guerra.
Autor: Ignacio Camacho.
Editorial: Planeta. Colección Espejo de España Hoy. Barcelona, 1990. 236 páginas
Precio: 1.200 pesetas.
Era inevitable, ineluctable, casi obligatorio. El escándalo de «los Guerra», la «guerra de los Guerra», «la irresistible ascensión del clan Guerra» tenían que motivar uno o varios volúmenes, además de haber desencadenado previamente una verdadera riada de «exclusivas» periodísticas, portadas, dossiers, informes confidenciales y hasta cassettes. He aquí el primer libro, producto del gran zafarrancho. Y no de los peores.
El periodista Ignacio Camacho ha escrito «una crónica» para «ser leída hoy». ¿Tal vez nos hallamos ante un libro de circunstancias, un texto amarrado a la oportunidad, coyuntural, «de consumo»? No completamente. Era difícil, tratándose de un tema de ardiente actualidad, prescindir de las anécdotas, evitar los chascarrillos y la guasa con que popularmente se asumió la increíble historia de Juan Guerra y sus enjuagues. El autor quiso ir más lejos y sin renunciar a esta crónica de situación, ha hecho historia de algunas cosas e incluso ha intentado la «digresión sociopolítica». Ni la anécdota ni el chascarrillo resultan, sinceramente, divertidos a fuerza de haberlos escuchado a todas horas y en todas partes durante meses. La digresión sociopolítica tiene, en cambio, más ambición y el análisis de una realidad proclive al enchufe y al compadreo me parece en muchos momentos memorable. La historia íntima y mal conocida del «clan sevillano» que hoy gobierna España, la biografía (también poco aireada) de Alfonso Guerra hasta llegar a la Moncloa, los hechos y dichos de los múltiples hermanos Guerra y, finalmente, la saga, tremenda de cómo un parado se convierte en millonario, tienen incomparablemente más interés que el nombre y ubicación de todos los negocios del «asistente» algo que, por cierto, tal vez nunca se llegue a conocer en su totalidad. Que nadie busque, pues, revelaciones sensacionales en estas páginas.
«La teoría más inteligente y sutil —escribe Camacho al final del libro— que los socialistas lanzaron desde el primer momento fue que Juan Guerra era un pícaro. Evidentemente, el personaje representa una de las más vivas versiones de esta figura en el mundo contemporáneo y la idea encajaba con espléndido atractivo en el marco de una Andalucía todavía tópica, a medio camino entre el siglo XIX y el XXI, entre la «Expo» y el subdesarrollo, entre el desempleo agrario y la más sofisticada industria agroalimentaria, una comunidad contradictoria, donde se da la peste equina y el PSOE gobierna mediante el voto sumiso de pensionistas y subsidiarios, una región donde aterrizan los especuladores al amparo del negocio fácil y los más listos medran, ejerciendo de exploradores y traficantes de influencias. En ese panorama encajaba de forma providencial la figura de un pícaro listo y hábil, tosco pero populista, que hacía favores gratis a los pobres y gestiones caras a los ricos.»
La cita anterior es larga, lo sé. Pero refleja a la perfección términos físicos y químicos. las intenciones del libro y del autor. A veces, la pasión política, cierto maniqueísmo, cierto moralismo desvirtúan estas intenciones y el cronista se convierte en predicador, profesión esta un tanto ingrata en la sociedad española. O se arriesga en previsiones, tan peligrosas como inútiles. Por ejemplo cuando escribe (como han hecho, ay, tantos colegas) que «en la historia reciente de España habrá ya un antes y un después del caso Juan Guerra». ¡Qué más quisieran muchos ciudadanos inocentes! Pero los comicios de Andalucía han extendido dudas razonables sobre el carácter «histórico» de esta comedia de costumbres. La historieta del «asesor» y su omnipotente hermano corre el riesgo de haber sido apenas una aurora boreal en el clemente invierno y la soleada primavera del año 90. Vinieron después los «naseiros» y los traficantes gallegos tomar el relevo en el interés público. ¿Quién se acuerda ya de Juan José Guerra González y sus apaños? Ni siquiera libros como el presente, que pretenden ante todo rescatar la memoria de un tiempo inglorioso, podrán evitar el olvido satisfecho y voluntario de la gran mayoría.