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Ver productosNo es difícil entender por qué la ética suscita en algunos ambientes periodísticos un claro rechazo o, al menos, una cierta sospecha. Tal vez planea en nuestra memoria histórica el recuerdo de unos años sin libertad pero con la palabra ética constantemente en los labios. Otras veces, es la experiencia profesional la que advierte —no sin razón— que la ética se invoca, en ocasiones, desde el poder político para intentar recortar el vuelo de libertad de los periodistas o para arrojar una cortina de humo sobre la escena informativa que alivie la presión de los informadores sobre puntos dolorosos y oscuros de la vida pública.
Pero tampoco es extraño que los ciudadanos de éste o de cualquier otro país —sin ninguna nostalgia por los sistemas autoritarios— empujen constantemente a los medios informativos a vivir mejor su ética; pidan para los periodistas toda la libertad que la función de informar necesita, pero exijan al mismo tiempo que eleven las cotas de calidad y responsabilidad de su trabajo informativo. Y todo esto —libertad, calidad y responsabilidad— es precisamente la ética.
El paraguas de la libertad debe ser tan amplio que permita cobijar hasta aquellos medios —la prensa sensacionalista, amarilla, calumniadora, o hipócrita— que viven en los aledaños de la marginación periodística.
La ética, por otra parte, no puede ser, en ningún caso, un pabellón para proteger mercancías informativas averiadas. Es más: la calidad informativa, lo mismo que la técnica informativa, son elementales exigencias éticas. Trabajar poco, trabajar mal, trabajar sin la técnica o la calidad exigida por la naturaleza de la información, es el primer ataque a la élica informativa. Como también lo es —no se olvide— pagar poco o mal a los informadores.
La ética pide, finalmente, que cada palo aguante su vela, es decir, lo contrario de esa curiosa transferencia de responsabilidades que, en ocasiones, se observa en algunos circuios periodísticos. Cuando se interpela a los informadores sobre las exigencias éticas a veces responden diciendo —lo que es cierto— que ellos son unos asalariados y que la pregunta hay que ha- cérsela a su empresa. Si se interpela a la empresa, a veces, responde que bastante difícil resulta ya obtener beneficios y que lo mejor seria hacer periódicos sin periodistas. Y al final, cuando periodistas y empresarios agotan sus recíprocos argumentos y autoexculpaciones, suelen derivar la responsabilidad hacia el público: la información que suministran —dicen entonces— es precisamente la que el público les pide… Se cierra así el cirulo vicioso de la transferencia de responsabilidad.
Quizá es la hora de la ética, de la ética de ta empresa informativa, no sólo de las redacciones. Libremente formulada, libremente exigida, fruto de la convicción proesional. Los delicadísimos valores que entraña el derecho a la información no se salvaguardan únicamente con el Derecho. El Derecho siempre es un mínimo. Toda la gama de grises, entre el blanco y el negro, precisamente lo que da relieve y profundidad a las situaciones, cae en el campo de la élica. ¿Cómo se puede regular jurídicamente que un periodista cumpla con su deber de ser sincero y coherente con sas propias ideas y opiniones? ¿Cómo se puede evitar jurídicamente la autocensura arbitraria e injusta de empresarios y periodistas? ¿Puede el Derecho entrar en la conciencia?
En lodo caso, la urgente y necesaria vivificación de la ética informativa no se puede producir en un clima de hostigamiento, coacción o menosprecio del periodismo. Sólo hay una forma de ser ético y es serlo libremente. Lo que amenaza la libertad es, por supuesto, la política sin ética, no la prensa. Pero también lo que amenaza la libertad es la información sin ética, no el legítimo pluralismo político.
La designación de revistas de opinión, sobre las que versa este comentario, no aparece recogida en la Guía de los medios, el compendio que más se ha interesado por razones de utilidad directa, en ofrecer una clasificación de las publicaciones no diarias. Tampoco se recoge esta expresión en registros ni hemerotecas. Sí figuran, sin embargo, expresiones temáticas como «culturales», «literatura» y «política», que podrían coincidir, en parte, con la noción de «revistas de opinión», aunque no puedan servir estrictamente como sinónimos.
Un sinónimo, tampoco utilizado pero sí representativo y usado, sería el de revistas «de pensamiento». Esta identificación temática no podría dar cuenta de la variedad pero sí expresa un mínimo de referencia común. Aceptando este criterio podrían distinguirse dos tipos de publicaciones de periodicidad mensual o más amplia: revistas de pensamiento y culturales, cuyo conjunto podría, más o menos, quedar englobado en el ámbito de revistas de opinión aunque temáticamente la noción de «opinión» sea más próxima a la de «pensamiento» que a la de «cultura».
Habría que distinguir todavía las revistas de opinión de otras publicaciones especializadas de periodicidad similar, es decir, mensual o superior. También habría que separarlas de revistas de prestigio, cuya periodicidad las separa de las de información de actualidad, pero cuya función no se dirige a la expresión de ideas en el ámbito del pensamiento y de la cultura sino a servir de soporte publicitario y atender las necesidades de mantenimiento y renovación del liderazgo en una rama definida de la actividad empresarial, mercantil o profesional. Las principales revistas de este tipo están relacionadas con el ámbito financiero. Se pueden enumerar Futuro, Elites, Dinero, Europyme, Dirigentes, Ranking. Hay que excluirlas, a pesar de coincidir en su periodicidad y en contenidos temáticos, de las revistas de opinión.
Más próximas y, en un sentido amplio coincidentes, merecen consideración específica las «literarias y culturales». Algunas de ellas llegaron a tener cierta importancia después de la guerra. Cabría destacar Acento, y especialmente La Estafeta Literaria, de carácter oficial, en la que se publicaban comentarios ensayísticos culturales, críticos e ideológicos, aunque no políticos. Indice de artes y letras tuvo también gran interés y acogió una temática más comprometida. De vocación específicamente literaria, Insula, la revista de Enrique Canito, se distinguió por importantes contribuciones selectivas y publicación de inéditos. El panorama actual refleja una crisis en esta clase de publicaciones orientadas al comentario de las corrientes de opinión cultural y estética. Guadalimar, El Urogallo, tal vez Ajo Blanco, Quimera, El Paseante son exponentes de esa especie de revistas.
En el último año, el interés se ha desplazado a las revistas de pensamiento y cultura en sentido más estricto. Se trata de ediciones oficiales o privadas orientadas a la exposición y crítica del pensamiento político, moral y, en términos amplios, ideológico. Muchas veces vinculadas a partidos políticos, de cuyo presupuesto, bien directamente o bien a través de fundaciones, se mantienen. Junto a éstas, se pueden tratar revistas oficiales, propagandísticas, financiadas directamente por el presupuesto público de Comunidades o grandes Ayuntamientos. Prescindimos en la relación, que luego presentaremos, de estas publicaciones. No así de las que expresan ideologías partidistas.
Las más numerosas son de inspiración socialista. Sistema, Leviatán, Cuadernos de Alzate y El Socialismo del futuro, esta última de recentísima aparición, son las más afianzadas. La fundación Cánovas del Castillo edita Veintiuno, de orientación conservadora con incursiones liberales.
Las revistas independientes, o privadas, tienen su más paradigmático exponente en Revista de Occidente, editada por la fundación Ortega y Gasset y dirigida por Soledad Ortega. Ha perdido el tono que la convirtió en luminaria intelectual en su primera época, pero sigue conservando, al cabo de tres cuartos de siglo, la prestancia y seriedad de sus orígenes. Acaba de iniciar también su segunda época, Atlántida, editada por Rialp. Revista de pensamiento fundada por Pérez Embid y, actualmente, dirigida por el filósofo Ricardo Yepes. De vocación conservadora, Razón Española, no rehúye matices integristas. Cuenta y Razón dejó de aparecer en el último año después de una larga presencia. El Ciervo, dirigida por Lorenzo Gomis y Rosario Bofill, es una ya afianzada revista de pensamiento y cultura enfocada también al comentario del fenómeno religioso.
Es interesante señalar la aparición de nuevas publicaciones específicamente consagradas al ensayo y la manifestación de ideas: Claves de la razón práctica, dirigida por el filósofo Fernando Savater y el publicista Javier Pradera, y NUEVA REVISTA.
Quedan fuera de revistas de pensamiento, las publicaciones científicas, incluso las que versan sobre ciencias sociales ligadas a institutos oficiales o universidades, o las revistas especializadas en asuntos políticos, como política internacional o economía y afines.
En todo caso, se observa en la prensa semanal una considerable pérdida del contenido de opinión, cualidad que caracterizó a algunos semanarios que llegaron a alcanzar gran difusión como Triunfo, Destino, La Actualidad Española y Gaceta Ilustrada, todas ellas semanarios ilustrados de actualidad. Aunque algunos semanarios actuales acogen el comentario periodístico, la pérdida de contenido intelectual es patente.
1- Hay una real complementariedad y coexistencia entre la prensa escrita y los medios audiovisuales o, por el contrario, está a punto de producirse la asfixia del periodismo escrito?
Juan Pablo de Villanueva
Entre la prensa escrita y la radio existe una real complementariedad. En cuanto a la televisión, estamos todavía estrenando la implantación de tres canales privados en régimen de concesión administrativa, coexistiendo con los de titularidad pública. Resulta difícil pronosticar lo que va a ocurrir. No ha habido aún tiempo para el acoplamiento. Pero debería ser el mercado quien asignara finalmente los recursos de cada medio: prensa escrita, radio y televisión. Para esto haría falta que la televisión llegara a ser al menos tan libre y tan plural como la radio. Y, en mi opinión, debería suprimirse-privatizarse- toda emisora de radio o televisión de titularidad pública.
Juan Luis Cebrián
La complementariedad de los medios de comunicación es un hecho, a mi modo de ver, fuera de discusión. Es cierto que la multiplicación de medios comporta dosis de competencia, tanto en su definición y contenidos, como en audiencia y obtención de recursos publicitarios. Pero la competencia es buena para los medios y, sobre todo, para los lectores, oyentes o telespectadores. Los profesionales de la comunicación tenemos que felicitarnos de las posibilidades que nos brindan las nuevas tecnologías de ampliar y mejorar la difusión de nuestro producto, que es la información. Y puesto que la información es un mecanismo social de difusión del poder, debemos concluir que la multidifusión es una conquista de las sociedades modernas, que precisa, eso sí, de soluciones empresariales adecuadas. Las empresas multimedia son, en este sentido, una constatación de esa complementariedad y una respuesta a esta cuestión.
Alejandro Echevarría
Hoy por hoy no se ha logrado una «real» complementariedad entre prensa y medios audiovisuales. Estamos, me refiero a España, en una fase de tanteo porque la oferta de TV privada no está consolidada y aún la mayoría de los periódicos no están persuadidos de que empresarial e informativamente hay que tomar posiciones frente a los audiovisuales. A mi juicio existe esa posible complementariedad, como se demuestra en países, tanto de nuestro entorno (Francia, Italia, Gran Bretaña) con una oferta de TV extraordinaria, como más alejados (caso de EE. UU.). Es cierto, sin embargo, que hemos vivido -y todavía estamos viviendo en cierta medida- un «boom» publicitario que está financiando iniciativas de prensa escrita que serán muy problemáticas cuando el fenómeno publicitario se reduzca a dimensiones de normalidad. Las TV privadas van a succionar (lo comienzan a hacer) una buena parte de la publicidad. Especialmente de las grandes campañas. Ello dañará especialmente a los periódicos de ámbito y difusión nacional cuyo número actual parece demasiado elevado. La mejor situación corresponderá a los diarios locales-regionales que hayan tenido la previsión de cuidar y potenciar la publicidad de su zona de difusión que, por sus características, no aspira a alcanzar los medios audiovisuales y, concretamente, la TV. Si además es publicidad local-regional se concibe, no sólo como un puro instrumento de financiación, sino como un contenido informativo y de servicios, no veo riesgos imprevisibles para el futuro en cuanto se refiere a la prensa local-regional. Soy más pesimista respecto de la de difusión nacional.
Luis Apostua
Existe esa complementariedad y no habrá estrangulamiento de la prensa escrita. Aunque sólo sea por lo que llamamos periodismo de servicio; es decir, siempre será necesario un medio informativo que ofrezca la bolsa, la cartelera, anuncios por palabras y farmacias de guardia.
Justino Sinova
El sector audiovisual todavía está configurándose, pero, en todo caso, no acabará con el periodismo escrito. Hace lustros que se viene anunciando la muerte de la prensa y lo que ocurre es que cada día aparecen más publicaciones. La televisión difícilmente quitará lectores a los periódicos -en un mercado tan raquítico como el español, leen prensa los verdaderamente interesados-, pero sí puede impedir la incorporación de nuevos lectores.
2- En los próximos años, ¿qué camino seguirá el periodismo escrito para diferenciarse competitivamente del periodismo de radio o de TV?
Juan Pablo de Villanueva
La prensa escrita debe de seguir el camino de hacerse más analítica y explicativa. Ofrecer un segundo nivel informativo a los que ya conocen las noticias a través de la radio y la televisión. Explicar las causas y las consecuencias de las informaciones conocidas.
También puede preparar a los telespectadores para que disfruten más de las retransmisiones en directo o de los espectáculos a los que pueden asistir a través de la pequeña pantalla.
En España además está por desarrollar todavía una prensa de carácter muy local. Publicaciones para pequeñas comunidades o ediciones especiales de los diarios locales para esas comunidades menores.
Juan Luis Cebrián
Todavía hoy sigue vigente, en su valor relativo, la afirmación de que el medio es el mensaje y la prensa escrita es un mensaje en sí misma. Por eso la Galaxia Gutenberg goza de tan buena salud. En lo sustancial, el camino de diferenciación ya está recorrido y si los periódicos son buenos periódicos, es decir, si dan noticias contrastadas y bien documentadas, seguirán siendo una referencia obligada para los medios audiovisuales. El periodismo escrito debe seguir definiendo la actualidad y los medios audiovisuales son los llamados a dramatizarla. No es menos cierto que los medios audiovisuales son y seguirán siendo los que dan las noticias y los escritos, los que las interpretan. Por otra parte, frente al contenido genérico y ligero de los audiovisuales, al medio escrito se le ofrece el camino de la profundidad y la especialización.
Alejandro Echevarría
El camino para competir con los medios audiovisuales está ya descubierto. Frente a la rapidez de radio y TV, análisis y profundidad en las noticias, informaciones y opiniones con textos accesibles y no necesariamente largos; despolitización de los diarios con apertura a los temas sociales, culturales, espectáculos, artes, salud, consumo, ecología, informática etc.; periódicos diseñados con modernidad introduciendo el color correctamente, cuidada edición gráfica, infografía e ilustración; más vasta y mejor red de distribución. Y dos cuestiones capitales: hay que ir hacia periódicos útiles, o en otras palabras, de servicios que sirvan a los lectores y, por fin, tienen que ser periódicos que conduzcan al lector a través de la oferta de los medios audiovisuales (programación, crítica, selección de programas etc.).
Por otra parte, hay que pensar no sólo en competición, sino también en lo que ya se denomina comunicación integral. El futuro del periodismo escrito se garantiza mejor en sociedades multimedia que en las que se dedican al monocultivo de una forma única de comunicación. El reto está en establecer la sinergias audiovisuales-prensa y viceversa. Cuestión nada fácil, pero no imposible.
Luis Apostua
El periodismo escrito debe administrar mejor sus páginas. Debe dar menos cantidad de noticias, pero las que seleccione tienen que estar muy documentadas, muy bien explicadas y con el apropiado comentario o sugerencia orientativa.
Justino Sinova
El periodismo escrito debe ganar en profundidad y en solvencia. Frente al espectáculo pasajero de la televisión, el periodismo informativo realizado con rigor y ampliado con la reflexión. Los medios escritos disponen de técnicas que nunca podrán ser utilizadas por la televisión. Además, la televisión ha de ser un importante argumento informativo para la prensa.
3- ¿Es usted partidario de una normativa legal para evitar la competencia desleal de los medios de titularidad pública en la captación de publicidad? ¿Considera conveniente alguna forma de proteccionismo económico o fiscal a favor de las empresas editoras de publicaciones periódicas?
Juan Pablo de Villanueva
Soy contrario a la existencia de medios de titularidad pública. En mi opinión deben desaparecer, es decir, ser privatizados. Tampoco soy partidario del proteccionismo económico de las actividades empresariales y los medios de comunicación no deben ser una excepción. Otra cosa distinta son las ayudas a la difusión de productos culturales en un país tan necesitado como el nuestro. Pero las ayudas deben ir a los consumidores y no a las empresas periodísticas. Un IVA reducido me parece una buena solución.
Juan Luis Cebrián
El juego de la competencia da sus mejores resultados en un clima de igualdad de condiciones. En el caso español y en lo que se refiere a los medios de titularidad pública lo menos que habría que pedir es el respeto a esta norma, no contemplada en la legislación actual. En lo que respecta a la televisión y la publicidad, las privadas están sometidas a limitaciones legales, cuando las públicas pueden emitir cuanta publicidad autoricen sus consejos de administración. Pero el debate de fondo tendría que ir más lejos y plantear cuál debe ser la función de una televisión pública, que, en el caso español, se comporta como una televisión comercial con la ventaja que aporta la doble caja, es decir: la publicidad y el respaldo del dinero público.
No considero conveniente niguna fórmula de proteccionismo sobre la industria editorial. Creo en cambio que la política fiscal debería tener en cuenta el valor social de la actividad editorial y no grabarla como si se tratara de una actividad puramente lucrativa.
Alejandro Echevarría
Soy partidario de que las emisoras de TV públicas dejen de perpetrar un atentado a la leal competencia. Si la TV se concibe legalmente como un «servicio público», el Estado y las CC. AA. deben actuar en coherencia y dejar de disputarse el mercado publicitario. Sencillamente: porque no son empresas «normales». Si las cosas les van bien, ganan dinero. Si les va mal, es lo mismo: los presupuestos están ahí para cubrir huecos. La competencia así es desigual y desleal. El mercado está distorsionado. Eso tiene que suprimirse de forma radical.
Mientras esta situación persista será difícil que las TV privadas salgan adelante y se seguirán drenando hacia sociedades de protección estatal o públicas o autonómicas unos recursos financieros que tendrían que afluir para sostener las iniciativas privadas.
También soy partidario de un tratamiento diferente al actual por parte del Estado a la prensa. Hay muchos modelos en Europa que podrían servirnos de orientación. Pero la cuestión previa es ésta: los poderes públicos en España no han asumido que los medios de comunicación en general son factores sociales de educación y formación; de equilibrio político y de madurez democrática. En otras palabras: que cumplen un papel esencial en un sistema de libertades. Si así se asumiese, impulsar determinadas medidas fiscales y de protección a la industria de la comunicación sería natural.
Luis Apostua
Creo que ya es imposible desterrar de los medios informativos públicos, como las televisiones estatal o autonómicas, la tentación publicitaria. Creo una tontería legislar sobre lo imposible.
Justino Sinova
Yo creo que debemos llegar a la racionalidad de que la televisión pública no emita publicidad ni base su objetivo en disputar telespectadores a la televisión privada al coste que sea. La televisión pública debe ser competitiva en el aporte cultural, en la abundancia intelectual, en la excelencia. Y debe dejar vivir a los demás medios, que bastante tienen con las dificultades del mercado como para ocuparse además de las chinas que pone en su camino el Estado. El Estado, por el contrario, debe ocuparse en restar problemas, en eliminar escollos, a las empresas editoras de publicaciones periódicas, que tienen demasiados. En vez de repartir unas ayudas más o menos equitativamente, el Estado debería preocuparse de promocionar la lectura de medios impresos -olvidándose el Gobierno de turno de si los periódicos están con él o contra él, que eso no es un planteamiento correcto en una sociedad libre. Aquí ningún Gobierno se ha preocupado de animar a los ciudadanos a leer periódicos. Ha podido más el egoísmo de protegerse ante la crítica, sin reparar en que la libertad se ensancha con la información.
4- ¿Es aceptable para usted el nivel de calidad ética del periodismo español? Sugiera, por favor, alguna fórmula para mejorar la situación actual.
Juan Pablo de Villanueva
El nivel ético es muy desigual de unas publicaciones a otras. Pienso que en términos generales no se respeta suficientemente el honor y la fama de las personas. También me preocupa la falta de rigor de muchas informaciones que se publican o difunden sin contrastar las fuentes y en las que se mezclan con excesiva ligereza hechos o, a veces, rumores con las opiniones personales de los que las redactan. Pero este problema, más que una insuficiencia ética tiene su origen muchas veces en la escasez de recursos económicos y humanos de la mayor parte de las redacciones de los medios de comunicación españoles.
No me atrevo a sugerir una receta general para mejorar la situación actual. Pienso que el empeño con resultados más prácticos lo han de realizar las propias redacciones. Algunas ya se han autodotado de códigos éticos de comportamiento profesional, como es práctica habitual en la prensa de calidad anglosajona.
Juan Luis Cebrián
Ni en el mejor de los mundos posibles, que no es el caso del periodismo español, deberíamos aceptarlo sin una reflexión crítica. No cabe generalizar. Tomando como baremo el respeto al lector, en España se practica periodismo bueno y malo. A mi modo de ver hay escasa información, un exceso de opinión y un abuso de la confianza que los lectores depositan en los periodistas, al convertirse muchos de ellos en protagonistas de los acontecimientos o en el acontecimiento mismo. No hay soluciones que no estén ya contempladas. A saber: respeto al lector, verificación de la realidad, atribución de fuentes y contraste de opiniones. Hay que asumir que el periodismo no es una licencia para matar, difamar o tergiversar. El periodismo debe responder ante la sociedad y por tanto, o se exige a sí mismo y se regula por propia iniciativa, o la sociedad impondrá esa regulación.
Alejandro Echevarría
El nivel ético no sólo es aceptable, sino bueno. No puede juzgarse la salud ética de los medios de comunicación en función de coyunturas tan especiales como la actual, ni puede generalizarse determinadas actitudes estridentes para llegar a la conclusión de que en España hayamos caído en el amarillismo. No soy partidario, por lo tanto, de ninguna regulación jurídico-pública sobre los medios de comunicación. En cambio, sí lo soy de una reflexión conjunta para valorar la situación actual. En la que pueden apreciarse apuntes muy concretos que suscitan preocupación. La fuerte competencia de periódicos está propiciando, creo yo, una cierta pérdida del siempre necesario sentido de la proporción y ponderación. Las dificultades para mantener, por ejemplo, un determinado número de semanarios en un segmento de lectores reducido, hace que las publicaciones exploren fórmulas llamativas en las que el rigor y la seriedad quedan a veces lesionados. Insisto, sin embargo, que esta situación no es generalizada ni debería sorprendernos. Si acaso debería impulsar a un examen dentro del empresariado de la comunicación y dentro también de la profesión periodística. Una medida sí creo que se va imponiendo: hay que potenciar tanto cuanto se pueda el bagaje formativo de los profesionales. Ese es el mejor camino para preservar los valores éticos en la comunicación y prestigiarla.
Luis Apostua
Falta un escalón en la profesión periodística para cumplir los niveles éticos públicamente exigidos. Ese escalón es que debemos aceptar sobre nosotros los mismos controles que nosotros exigimos sobre los gobernantes y diputados. En Estados Unidos ya tienen esas reglas en algunas corporaciones de periodistas y eso no daña su libertad y refuerza su autoridad moral.
Justino Sinova
En términos generales, sí. A veces se echa de menos una atención adecuada a los lectores. Por ejemplo, en el periodismo español se rectifica poco y no precisamente porque los errores sean escasos.
Título: «Ética del quehacer educativo».
Autor: Carlos Cardona.
Editorial: Rialp. Madrid., 1990. 179 páginas.
Precio: 950 pesetas.
El hombre, como ser humano completo, necesita recibir una educación que le permita adquirir plenamente su capacidad de ser persona. Se trata de un largo proceso que se inicia con el nacimiento y se prolonga hasta el final de la vida. Nadie duda de la importancia de ese proceso, especialmente en las fases de infancia, adolescencia y juventud. Por tanto, parece importante estudiar cuáles son los contenidos de la educación, el sistema utilizado, los criterios generales de los educadores y los principios que los inspiran. Este es el propósito del filósofo, doctor Cardona, en su obra Etica del quehacer educativo, en el que somete a examen el enfoque general del problema, partiendo de la realidad presente, para luego exponer, a través de preguntas y respuestas, algunas conclusiones válidas en el intento de ofrecer elementos racionales sobre la cuestión.
El autor fija su posición en torno al concepto que tiene del individuo, al que llama «sujeto receptor» en ese proceso educativo: «Sujeto receptor, que es la persona que debe ser educada», destinataria de los conocimientos. Y esa persona es, para él, «radicalmente unitaria». Sobre algo tan obvio, de sentido común, va a girar el fundamento del análisis posterior. En efecto, si la persona humana -hombre o mujer- es radicalmente unitaria, necesita de acuerdo con su naturaleza recibir los conocimientos de forma integradora, coherente y no dispersa, unitaria y no fragmentada en compartimentos estanco.
Es decir, todo lo contrario de como se lleva a cabo hoy la tarea educadora, caracterizada por la especialización de los conocimientos científicos en parcelas aisladas, buscando la eficacia y el rendimiento inmediato antes que la formación global de la persona. Las consecuencias de este planteamiento educativo erróneo son éstas: la persona, ante la fragmentación inconexa de enseñanzas a la que habitualmente es sometida, se desorienta y paraliza intelectualmente, primero y prácticamente, después.
Ante el fenómeno generalizado de la educación fragmentaria que produce en la persona unitaria que es el ser humano los efectos negativos expuestos, parecería razonable proponer un sistema integrador de los conocimientos. Sí, pero ¿cuál sería ese sistema? ¿Cómo lograr una visión orgánica y coherente de todo aquello que constituye el contenido de la educación?
Según el autor, el único modo radical y definitivamente válido para conseguir superar la fragmentación del proceso educativo sería «la recuperación de la metafísica, del saber del ser y acerca del ser: de su consistencia, de su origen, de su fin».
Dentro del panorama abiertamente antimetafísico que caracteriza el pensamiento moderno, el profesor Cardona reconoce que la tarea propuesta -considerada indispensable- no será fácil de llevar a la práctica: el daño es muy profundo y el filósofo debe ser realista. Ante la urgencia del problema, que no admite la demora, se propone ofrecer soluciones inmediatas. ¿Cuáles serían éstas? El desplazamiento de los fundamentos de la actividad educativa hacia el ámbito de la ética. Así, recomienda a los educadores -pero a todos, padres, maestros, profesores- que en su labor y dadas las circunstancias de la vida presente, no pueden «perder de vista que su meta es formar hombres íntegros, personas, restituyendo a la norma ética su primacía». Porque -continúa el autor- la actitud ética es la primera condición requerida para el buen conocer, y, por tanto, para el mismo conocimiento sapiencial integrador.
Esta preocupación, que late a lo largo del denso y elaborado trabajo del profesor Carlos Cardona, se resuelve finalmente en la exposición de una ética fundamental «ontológica y no puramente descriptiva en perfecta continuidad con la ética espontánea de la recta conciencia», y pensada en función de la libertad de la persona, rectamente entendida.
Pese a la precisión en el lenguaje y a la dificultad de ciertos conceptos filosóficos, Calos Cardona consigue exponer su tesis con meridiana claridad, mostrando las raíces del problema que tanto preocupa —con toda razón— a los teóricos de la educación, obcecados en conseguir soluciones «técnicas», parciales y sectoriales, en lugar de buscar la visión integradora de los conocimientos que van a coincidir en la personalidad, única e irrepetible, del sujeto receptor.
Los diálogos, que constituyen la forma práctica de exponer sus teorías, permiten al autor sentar las bases de una ética especialmente concebida para educadores, desde los padres de familia, con derecho-deber de ser los primeros, frente al Estado y cualquier otra institución, pasando por los profesionales de la enseñanza.
Gran lucidez muestran las respuestas dadas a las preguntas sobre el modo de concebir la libertad. Los educadores adquieren la responsabilidad de hacerles comprender a los receptores el ámbito de la libertad verdadera, hecha de actitud generosa de servicio a los demás, fuera del egoísta: soy libre cuando hago lo que me da la gana. Esa no es la libertad, sino el descenso a lo no-racional, es decir, la animalización, la cesión a las apetencias, a los instintos.
El autor ha conseguido sintetizar, no un conjunto de fórmulas «eficaces», sino un amplio panorama de principios y actitudes basadas en la ética espontánea de la recta conciencia, con sólido anclaje en el sentido común.
Título: «El Conde Duque de Olivares. El político en una época de decadencia.»
Autor: John H. Elliot. Traducción de Teófilo de Lozoya.
Editorial: Crítica, Madrid, 1990, 714 páginas.
Precio: 4.980 pesetas.
Si el nombre de Elliot era ya familiar a muchos como entusiasta de la causa española en los estudios del siglo XVI-XVII europeo y autor de importantes ensayos (Imperial Spain. 1469-1716 (1963); Europe divided. 1559-1598 (1968); The Revolt of the Catalans (1963); Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares (1978-1980); A Palace for a King (1980); Richelieu and Olivares (1984)), la presentación de la versión española de su monumental biografía del Conde Duque de Olivares (1986) le ha valido un reciente homenaje como máxima figura del hispanismo internacional.
Culminan en este libro todos los anteriores y muchos años de larga documentación sobre el personaje. Elliot cuenta en los preliminares su estupor ante la negligencia y la poca generosidad con que la Historia ha tratado al que estuvo durante más de 20 años al mando de una España todavía predominante en el mundo, y el olvido de una figura tan imponente hasta que Cánovas del Castillo lo rescató del montón de condenas y de calumnias que lo habían sepultado tras su caída en 1643. Reconoce también el mérito fundamental de Gregorio Marañón en la recuperación histórica de Olivares, mediante su ya clásico ensayo sobre la personalidad del Conde Duque. Faltaba, sin embargo, una biografía política que presentase al personaje en el escenario nacional e internacional de su tiempo: Elliot subtitula su enorme estudio «El político en una época de decadencia» y emprende un análisis de su mandato que apunta siempre a las intenciones de Olivares, por lo que tienen de reveladoras sobre los problemas del poder y la política del siglo XVII europeo.
El libro se basa preferentemente en fuentes manuscritas de numerosos archivos españoles y extranjeros. Junto a los testimonios de los cronistas de la época y de los embajadores en la corte de Felipe IV, especial atención se presta a los escritos del propio Olivares. A partir de aquí, Elliot pasa revista a las grandes líneas de un proyecto de renovación nacional, acompañando, en cada caso, la exposición de los intentos de reforma con el examen de las causas que determinaron su fracaso. Del mismo modo, la prioridad otorgada por Olivares a la política exterior se corresponde con un minucioso análisis del desarrollo de los asuntos españoles fuera de la Península Ibérica. Elliot se mueve con lucidez en los distintos focos de conflicto, sobre un complejo panorama de guerras europeas contemporáneas que la didáctica histórica ha agrupado con la etiqueta de los Treinta Años.
El retrato del Conde Duque supera los límites de la actividad política mediante el interés por otros aspectos de la vida del personaje. Así, el autor subraya con particular insistencia la filiación intelectual de Olivares, sus amplias lecturas y su gusto por la compañía de hombres cultos. Frente a la imagen del tirano tosco que Marañón también combatió, aparece en estas páginas dibujado con trazo firme el protector de las letras que forma en torno de sí un círculo de adeptos a su causa, una familia intelectual que en diálogo con los clásicos discute los problemas de la política moderna: Alamos de Barrientos, el Conde de la Roca, Baltasar de Zúñiga, Virgilio Malvezzi, Francisco de Quevedo… Elliot reúne datos preciosos para los estudios literarios del siglo XVII español y sus correlaciones europeas, al advertir en la «Academia» de Olivares el parentesco de una generación antimaquiavélica, lectora de Séneca y de Tácito a través de Justo Lipsio, su editor moderno y padre del neoestoicismo europeo.
A la hora de hacer balance de su carrera, destaca el biógrafo lo estimable de su programa de reformas: frente a la escasa o nula previsión frecuente hasta entonces -y tantas veces luego-, estamos ante el primer político que piensa en términos globales. ¿Cómo se explica entonces tan estrepitoso fracaso? Si bien es cierto que las circunstancias le fueron adversas, Elliot atribuye una parte de las causas a sus insuficiencias como gobernante. A pesar de su enorme capacidad de trabajo, Olivares da con frecuencia la impresión de luchar contra lo imposible; junto a la conciencia de lo prioritario, revela una ingenuidad de fondo, como si no advirtiera el alcance y la complejidad de sus proyectos o decisiones: lo que puede implicar, por ejemplo, un bloqueo económico, o el despliegue de tropas y flotas en grandes espacios y poco tiempo. Peca, en fin, de falta de habilidad política en el tratamiento de algunos problemas como el grave levantamiento de Cataluña en 1640, capítulo en el que tanto Marañón como Elliot lo culpan de haber querido imponer a las regiones el modelo castellano como obligación.
No resulta, con todo, negativa la semblanza del valido de Felipe IV, sino que la lectura contagia la simpatía del historiador por el personaje. No por haber caído en desgracia se le debe negar su excepcional dimensión histórica. Elliot le hace justicia en los estudios del Siglo de Oro con una obra fundamental.
Hay que resignarse a concebir el teatro como un arte selectivo. Posiblemente lo haya sido toda manifestación artística (o estética), y no haya razón para reclamar para el teatro un pedestal más amplio que sea, a la vez, más alto. Lo que ocurre es que habitualmente se conjugan dos nociones contiguas, pero no idénticas: la condición de espectáculo que recae sobre determinadas clases de actividad artística, generalmente, aquéllas que requieren un escenario. No todo lo que tiene categoría y en muchos casos calidad de espectáculo puede ser clasificado como arte. Por ejemplo, no lo son los espectáculos deportivos. Tampoco todas las actividades artísticas reúnen la condición de espectáculo: por ejemplo, las exposiciones de pintura o escultura. Pero en la tradición literaria y cara al público, el teatro retuvo durante mucho tiempo el privilegio de ser un espectáculo artístico casi exclusivo. El arte de la escenificación teatral no tenía competencia, prácticamente, hasta el siglo XX. La danza y la ópera tenían una función más minoritaria y selectiva.
El cine, la industria del vídeo y la popularización de los espectáculos deportivos han contribuido a arrebatar ese privilegio. Por esta razón el teatro ha quedado arrinconado tanto en su condición de espectáculo como en la de vehículo de expresividad estética, y, más concretamente, literaria. Cuando ya se viene de vuelta del impulso de la modernidad, tiene poca utilidad concebir la actividad literaria, sea o no teatral, como una búsqueda experimental de nuevos modos de expresión. La expansión del postmodernismo significa, en el ámbito literario, la toma de conciencia de que ya es inútil intentar encontrar un valor expresivo en la novedad por el mero hecho de ser nueva. La vía experimental ya ha agotado sus senderos. Estamos en el ciclo del retorno, de la mirada hacia lo clásico, y de la administración de las formas ya experimentadas. Seguir buscando cuando se ha franqueado el horizonte de la búsqueda tiene poco sentido.
Con seguridad ésta es la razón por la que se extiende el sentimiento de que el teatro —como probablemente también la ópera— es una forma clásica del arte escenográfico, de contenido preferentemente literario —cosa que no es el cine, donde la palabra no suele conservar su función ornamental— y escénicamente formal y limitado —cosa en la que también se distingue del cine. Tales son las condiciones ambientales y de predisposición psicológica del espectador aficionado, al cual ya poco puede decirle el afán de novedad, o la intención de sorprenderle mediante el recurso a procedimientos inhabituales, o la mezcla experimental de pretensiones literarias y aficiones populistas. Lo importante no es, pues, la mezcla, ni el afán de sorpresa y novedad, ni la simbiosis de elementos discontinuos. A estas alturas lo importante es la obra bien hecha, el texto bien expresado, la coreografía estudiada y definida, el movimiento, la dicción de los personajes, en fin, la dirección, más o menos ascética o ampulosa del conjunto, y, por supuesto, la coordinada mesura de los elementos expresivos en juego. El mundo ya está de vuelta del valor de las fórmulas. La expresión corporal tiene sus límites. La ascética teatral puede ser tan útil y eficaz como la ampulosidad o el experimento.
Así, pues, no es que se imponga el clasicismo, sino que el teatro es ya un espectáculo artístico clásico. También lo nuevo se resuelve, en la imaginación creadora, conforme a patrones clásicos, incluso en los ejemplos en que puede hablarse de teatro moderno o experimental. Degustando las últimas manifestaciones teatrales del fin de temporada en la escena madrileña hubo oportunidad de comprobar cómo el paso del tiempo, 25 años para ser más exactos, ha contribuido a convertir en una manifestación clásica, literaria-mática en sí misma es ya clásica, lo que originalmente se concibió como un instrumento de novedad, experimentalismo y provocación de las conciencias. En la II Muestra de Teatro Madrileño volvió a comparecer ante el aficionado público, Ángel Facio, uno de los principales impulsores del «teatro independiente» durante el decenio de los sesenta, y director del antaño bien conocido grupo de Los Goliardos. Entonces la provocación experimental consistía en representar las obras del iconoclasta Arrabal, hoy convertidos ya, sus «arquitectos» y «emperadores asirios» o sus «ceremoniales para negros», asesinados o no, en auténticas piezas de museo. Y no es preciso interpretar lo de «pieza de museo» de modo despectivo, sino al modo que ha quedado antes expuesto y que retiene un valor específico: el sabor clásico se degusta en museos o se transmite y comunica mediante técnicas de conservación. Cuando Los Goliardos estaban en el vértice de su actividad, coincidiendo con el mayo del 68, Sartre conservaba todavía la frescura de servir de aliento al movimiento universitario. Casi un cuarto de siglo después, la puesta en escena de A puerta cerrada no resulta menos tradicional que una representación de Ibsen o de Anouilh. Fue Sartre, tal vez en homenaje a lo que el filósofo dramaturgo pudo representar entonces, lo que Facio presentó ahora en la II Muestra de Teatro Madrileño que se celebró durante el mes de junio en los teatros Albéniz, Olimpia y Centro Cultural Galileo.
La escenificación del teatro clásico supone un problema para la concepción del espectáculo teatral. Tal vez la idea subyacente que el director no deba perder de vista es ésa que he venido defendiendo: no perder la sensación de que, bien clásico en el sentido dorado de la expresión, bien modernista o experimental, toda la actividad dramática en sí misma es ya clásica, al menos mientras conserve una intencionalidad literaria, que suele ser lo habitual.
El hecho es que el espectáculo teatral se sostiene, al menos, en España gracias al patrocinio público. No es algo que deba censurarse ni siquiera compartiendo un purismo liberal, porque la conservación del patrimonio cultural y estético no podría probablemente asegurarse sin regular de algún modo las competencias del mercado. Lo que vale para los inmuebles urbanos ¿por qué no habría de valer para las obras del espíritu?
Pero, puestos a la faena, hay que tener una idea clara y coherente del modo y las formas. En Madrid, el Ministerio de Cultura, la Comunidad y el Ayuntamiento contribuyeron durante la pasada temporada como lo harán en la que empieza ahora de manera desigual, con aciertos, más o menos felices, y con fracasos no disimulables. La distribución de aciertos y fracasos coincide, precisamente —y eso es lo que interesa puntualizar—, con la adecuación del concepto escenográfico de la representación a un criterio clásico o a un afán de modernista espectacularidad. Incluso piezas del recientemente fallecido dramaturgo francés Bernard-Marie Koltés, cuya obra es testimonio de un teatro que hace dos o tres decenios se hubiera considerado «vanguardista» —hoy esa expresión ha dejado de tener sentido—, superaron la prueba porque Miguel Narros concibió coherentemente en Combate de negros y perros, la adecuación de la escenificación a sus posibilidades literarias. Guillermo Heras también salió airoso con más dificultad en la representación de otra obra de Koltés, En la soledad de los campos de algodón. Otras representaciones, como la de El vergonzoso en palacio y Las mocedades del Cid, más exigente la primera y más aligerada la segunda, dejaron impronta de cómo el teatro clásico puede ser modernamente representado para mostrar que la actividad teatral es una experiencia uniforme y común.
Posiblemente el fracaso de La Orestíada, a pesar del despliegue de medios, se debió a que ni el autor de la versión, Álvaro del Amo, ni el director escénico, José Carlos Plaza, guardaron las debidas proporciones entre el concepto de teatro y el de espectáculo literario. La iniciativa de llevar ante el público de Atocha, en un solar de la Ronda, ocupado por un edificio ruinoso hasta que se decidió instalar allí un centro de teatro nacional, nada menos que una versión innovadora de La Orestíada de Esquilo, quedó en un deshilvanado intento de compaginar lo literario con lo popular, lo trágico con lo vistoso, lo trascendente con lo pretencioso, lo innovador con lo deformador. La simbiosis entre el arte dramático y el rock requeriría de un talento que no queda al alcance de la mera intención de deslumbrar al vecindario o atraer al público a base de números desvirtuados.
No sé si todo el mundo conoce a Richard Dadd. Es uno de mis pintores favoritos. Vivió en Inglaterra, durante el período victoriano (1817-1886). Se pasó la vida internado en hospitales psiquiátricos. Su obra se reparte entre cuadros orientalistas, algún retrato delirante y, sobre todo, los lienzos dedicados a la «gente pequeña». ¿Y quiénes son la «gente pequeña»? Pues toda esa variopinta gama de hadas, elfos, duendes y geniecillos nocturnos que habita desde siempre en los bosques de Europa y, especialmente, en los británicos, la deliciosa fauna feérica que retratara Shakespeare en su comedia El sueño de una noche de verano (tan espléndidamente interpretada en imágenes por Füssli, otro de los pintores que prefiero). Un pueblo que el floklore céltico, desde sus orígenes más remotos hasta autores como Arthur Machen y J. R. R. Tolkien, se ha encargado de hacer famoso. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez de Oberón y Titania -los soberanos del bosque-, del simpático y travieso Puck y del sinfín de hadas aladas y sucintamente vestidas que alegran la noche silvestre con su aérea elegancia hecha de sueño arcaico? Parte de la frenética actividad de tan maravillosos personajes aparece reflejada en las pinturas de Dadd. Pueden admirarse algunas de las más célebres en la Tate Gallery de Londres. Muchos de los bocetos y dibujos previos a los lienzos se encuentran en los manicomios donde residiera el pintor, el Bethlem Royal Hospital y la casa de locos de Broadmoor (en cuyo cementerio está enterrado el artista). Existe sobre él una monografía escrita por Patricia Allderidge (Richard Dadd, Londres, Academy Editions, 1974), con numerosas ilustraciones y una selecta bibliografía.
Las hadas, elfos y duendes presentes en los cuadros de Dadd se identifican, en el ámbito cultural de griegos y latinos, con esa legión de divinidades secundarias que poblaban los bosques de la Europa meridional: las dríades, las náyades, las oréades, los centauros, los sátiros, las ninfas de toda índole. En este caso no son «gente pequeña», como en el Norte, porque ni a griegos ni a romanos les podía parecer bien que sus creaciones mitológicas más antiguas tuviesen el tamaño de un alfiler. Dioses itálicos de la vegetación como Vertumno y Pomona sustituyen en Roma a Oberón y a Titania en el trono del bosque secular.
Pues bien, acaban de aparecer en español dos novelas de Thomas Burnett Swann que refieren respectivamente su contenido al mundo de las hadas célticas (El mundo inexistente) y al de las ninfas mediterráneas (El Fénix verde), en su eterno conflicto con los humanos, quienes, en tanto que raza «reciente», suponen un peligro para los linajes antiguos de la selva europea.
De Swann conocíamos The Tournament of Thorns (edición ampliada de 1976), novela traducida al castellano por Enrique Hegewicz con el título de La mansión de las rosas (presentación de Carlo Frabetti, Barcelona, Bruguera, 1981). Un texto abreviado de esta novela, publicado en 1966 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction (revista aparecida por vez primera en USA en otoño de 1949) fue traducido al español en la segunda selección de ciencia ficción editada por C. Frabetti (Barcelona, Bruguera, 1971), primera aparición, que yo sepa, de Swann en la lengua de Cervantes. La acción de la novela se sitúa en la Inglaterra inmediatamente posterior a Ricardo Corazón de León, cuando en los bosques todavía resuena el nombre de Robin Hood. Nos cuenta el sanguinario enfrentamiento de hombres y de mandrágoras (aquí son las mandrágoras las representantes del bosque antiguo), y las extraordinarias aventuras de dos muchachos y una joven que viajan a Londres con idea de dirigirse a Tierra Santa para tomar parte en las Cruzadas.
The Not-World data de 1975. Ha sido traducido a nuestra lengua como El mundo inexistente por César Vidal (Madrid, EDAF, 1990). Nos encontramos en Inglaterra, en el último tercio del siglo XVIII. Una novelista gótica, trasunto fantástico de las Clara Reeve y Anne Radcliffe que hicieron furor en la época, se dirige a Bristol con ánimo de vivir en el camino las emociones del bosque arcaico. Se llama Deirdre, tiene 30 años y unos psicosomáticos dolores en la espalda que mitiga con láudano; cojea al andar, aún es virgen y reprime sus pasiones a punta de pluma, como todos los escritores. El conductor del coche en que viaja Deirdre es un ex marinero sano, fuerte y dispuesto a solventar los problemas de su patrona. Su nombre es Dylan. Perdidos en el bosque, tropiezan con Thomas Chatterton (1752-1770), el poeta suicida que escribió versos de corte medieval en su nativa Bristol (sus antepasados fueron hereditariamente sacristanes de la iglesia de St. Mary Redcliffe, donde Thomas se apasionaría por el Medievo) y que se quitó la vida en Londres con arsénico al no obtener el éxito apetecido. ¿Quién no recuerda el drama Chatterton de Alfred de Vigny? Es el viaje de ida, pero habrá otro, el más importante, el de regreso a Londres. En él, que se efectuará a bordo de un globo avant la lettre, desempeñará un papel decisivo una tía de Deirdre, Adeline, gordísima cincuentona que come y come para olvidar un fracaso amoroso. Todos ellos (Chatterton ya está muerto, pero todo puede ocurrir en el bosque de las leyendas) coinciden en un bosque cercano a Bristol donde habitan enanos orgiásticos, peligrosísimas Desazones de la Noche y hasta la mismísima bruja Arachne, a quien quemaron hace años en la aldea de Dylan y que continúa post mortem enamorada de él. Adeline participa en una fiesta erótica con los enanos y, de ese modo, logra salvar a Dylan y Deirdre de las asechanzas de Arachne. La moraleja es que el cristianismo hizo muy mal aniquilando el paganismo (en este caso, es celtismo del que tanto y tan bueno ha escrito Javier Martin Lalanda, el autor de La canción de las espadas), porque, con él, aniquilaba el fundamental lado oscuro y dionisíaco de la vida. Vuelve, pues, en The Not-World la «gente pequeña» de Arthur Machen, pero en un contexto más feérico que terrorífico, amable siempre, tierno y un punto picante.
Green Phoenix se publicó por vez primera en 1972. El Fénix verde es el título con que ha aparecido en castellano (trad. César Vidal, Madrid, EDAF, 1990). Eneas y su hijo Ascanio (llamado Fénix por su padre) acaban de arribar a las bocas del Tíber. El Bosque Maravilloso es en esta ocasión el mediterráneo, con sus dríades, centauros y sátiros, y, como es natural, teme por su supervivencia ante la llegada de los troyanos. Melonia, una dríade, será la encargada de seducir y dar muerte a Eneas. Pero surge el ainor… Melonia se enamora de Eneas. De su encuentro amoroso nacerá un ser mitad moderno, mitad arcaico, llamado Halción o Cuco. Muerto Eneas, Ascanio coincide casualmente con su hermano Cuco en el bosque y, tras alguna peripecia, hereda como amante a Melonia (las dríades viven más de 500 años), a quien herederá a su vez Remo en Lady of the Bees, una continuación, no traducida aún al castellano, de la novela. Se funden así la raza «antigua» y el linaje de los hombres. «Sólo la noche cura», puede leerse hacia el final del libro. Se trata de una frase de H. D. que resume a la perfección el desamparo de Swann ante la luz precaria que nos rodea.
Thomas Burnett Swann (1928-1976) fue, además de novelista fantástico, poeta y profesor universitario. Nació en Florida, donde también enseñó Literatura Inglesa en la Florida Atlantic University, dedicándose de manera exclusiva a escribir ficción sólo a comienzos de la década de los sesenta. Murió de cáncer. Como erudito, publicó diversos trabajos sobre la poetisa norteamericana H. D. (Hilda Doolittle, 1886-1961, compañera de Joyce, D. H. Lawrence, Marianne Moore, Ezra Pound y William Carlos Williams en las filas del Imagism), entre ellos un libro: The Classical World of H. D. Su obra de ficción, inaugurada por «Winged Victory», relato publicado en 1958, está consagrada casi por entero a la reescritura del presunto conflicto entre prehumanos y humanos en la primitiva historia mítica de Europa.
Acerca de la Creta minoica versa su primera novela Day of the Minotaur (1966) y su secuela The Forest of Forever (1971). De la Roma mitológica trata Green Phoenix (1972) y su secuela Lady of the Bees (publicada en 1962 en Science Fantasy con el título de «Where is the Bird of Fire?», ampliada en 1976; la dríade Melonia se enamora de Remo y promete ayudarle a construir una «segunda Troya»). Swann desarrolla una narrativa de contraste entre las criaturas de la leyenda (ninfas, centauros, sátiros, hadas, elfos y duendes) y la insensible y triunfante Humanidad. El tono, elegíaco, ocasionalmente charmant y a veces sentimental, en el que son descritos semejantes encuentros, producía una cálida respuesta por parte de los lectores de fantasía y ciencia ficción de los sesenta y de los setenta, respuesta parecida a la que producen las obras de ciencia ficción de tipo ecológico en nuestros días. El tratamiento dispensado al género humano suscita en el lector una creciente inquietud ante la continua violación del orden natural del planeta por parte del hombre. Y esa inquietud ecológica presta interés y actualidad a la narrativa de Swann, 15 años después de la muerte del novelista.
Tradicionalmente los responsables del ambiente y los grupos de presión con un interés especial en la protección del medio ambiente en los Estados Unidos veían al sistema de mercado como un poderoso y potencialmente peligroso adversario. No obstante, el clima para negociar entre ambas partes ha mejorado considerablemente en los últimos años. No sólo los promotores del desarrollo han aprendido que en muchos casos los proyectos de ganancias a corto plazo que perjudican al ambiente, a la larga, resultan contraproducen tes, sino que los grupos ambientalistas se han dado cuenta de que la pobreza en sí es una gran amenaza para la conservación del ambiente.
Una propuesta que está despertando un gran interés es la conocida como Reglamenta ción ambiental por medio de incentivos económicos. Grupos y responsables han llegado a la conclusión de que al poder del mercado le pueden ser aplicadas políticas de incentivos económicos para la consecución de metas ambientales.
Este cambio de actitud ha si do provocado por el reconocimiento de que su antiguo adversario, el mercado, puede ser convertido en un poderoso aliado. Entre otras ventajas, los acercamientos basados en incentivos económicos pueden reducir el conflicto entre protec-
¿De qué forma se pueden usar los incentivos económicos para facilitar un desarrollo aceptable desde el punto de vista ambiental? Quizá el mejor modo de responder a esta pregunta es mostrar cómo se ha llevado a cabo en la práctica.
Un ejemplo es el utilizado para reducir la presión ejercida sobre un recurso natural renovable que estaba siendo sobreexplotado. Debido a su atractivo, y al tradicional y fácil acceso a los bancos de pesca, diversas especies de peces estaban extinguiéndose en la costa de Nueva Zelanda. Si bien la necesidad de aliviar la presión ejercida sobre estas especies era obvia, cómo conseguirlo no estaba tan claro.
Aunque era relativamente fácil impedir la entrada a los bancos de pesca a nuevos pescadores, resultaba más difícil reducir la presencia de aquéllos que habían estado pescando en la zona durante años o incluso décadas. Como la economía de escala es una característica de la pesca, no tendría mucho sentido reducir el volumen de pesca de cada uno proporcionalmente. Lo único que se conseguiría así sería aumentar los costos individuales y des perdiciar una gran parte de la capacidad pesquera, pues los barcos individuales estarían inactivos durante bastante tiem po.
Claramente, una solución mejor sería tener menos barcos pescando. De este modo, cada barco podría ser usado casi en toda su capacidad sin peligro de extinción para ninguna especie. Pero, ¿a qué pescador se le podría pedir que abando nara su medio de vida?
El sistema de incentivos económicos encaró este problema imponiendo cuotas de captura transferibles en toda la pesca recogida en los bancos. Los ingresos derivados de los beneficios anuales asociados a esas cuotas, se usaron para comprar la parte de aquellos pescadores que estaban dispuestos a concluir su actividad pesquera. Esencialmente, cada pescador declaró la oferta más baja que aceptaría por abandonar el negocio; los reguladores escogieron a aquéllos que presentaron ofertas más razonables, pagaron la cantidad estipulada con el dinero de las cuotas y les retiraron sus licencias.
No pasó mucho tiempo hasta que se retiraran un número suficiente de licencias que aseguraba la protección de las especies en peligro. Como el programa era voluntario, los que abandonaron la industria sólo lo hicieron tras haber sido adecuadamente compensados. Mientras tanto, los que pagaron la cuota empezaban a darse cuenta de que su pequeña inversión les iba a suponer unos amplios beneficios tan pronto como la población empezara a recuperarse.
Los incentivos económicos se pueden usar no sólo para reducir el conflicto entre desarrollo económico y protección del ambiente; también pueden convertir al desarrollo económico en el instrumento necesario para alcanzar mayores éxitos en el campo de la protección del ambiente. A mediados de los años setenta, varias regiones geográficas de los Estados Unidos estaban violando la normativa de calidad del aire establecida para proteger la salud humana.
En ese momento, la ley impedía el establecimiento de nuevas industrias que emitiesen contaminantes que ya violaban los estándares. Incluso aquéllas que adoptasen los sistemas de control con tecnología más avanzada, añadirían algún elemento contaminador, y esto suponía un duro golpe para los ayuntamientos deseosos de aumentar la recaudación de los impuestos y de ofrecer más puestos de trabajo. ¿Cómo podrían fomentar el desarrollo económico y al mismo tiempo garantizar que la calidad del aire iba a ser mejorada gradualmente hasta alcanzar los niveles exigidos?
Los responsables del medio ambiente pusieron en marcha el método por incentivos económicos conocido como «sistema de compensación». Según este sistema, a las industrias ya establecidas en zonas contaminadas y que decidieran ejercer un control voluntario sobre sus emisiones, superior al requerido por las normativas, les sería reconocida toda reducción que hubieran conseguido, en forma de «créditos por reducción de la emisión. Una vez hecho esto, se reajustarían sus permisos para asegurar que las reducciones serían permanentes. Entonces, los créditos recibidos podrían venderse a industrias nuevas que estuviesen intere
sadas en establecerse en la zona, estipulando que la firma compradora adquiriría 1,2 créditos de reducción de emisiones por cada crédito que añadiese. De este modo, la calidad del aire se mejora cada vez que una nueva industria se establece en el área, algunas estimaciones indican que entre 2.000 y 2.500 transacciones de compensación se han llevado a cabo. Además se ha contribuido a disminuir la confrontación entre crecimiento económico y protección del medio ambiente. Las nuevas industrias no sólo pudieron establecerse en ciudades contaminadas sino que se convirtieron en uno de los principales medios de mejorar la calidad del aire. Se puede decir que el desarrollo económico facilitó, en vez de perjudicar, la mejora de la calidad del aire. No mucho después de este episodio, se vio clara la necesidad de controles mucho más rigurosos sobre las fuentes de contaminación ya establecidas en zonas que violaban las normativas. ¿Cómo se distribuiría el mayor control entre las diversas fuentes contaminantes? Debido a que había gran número de emisores, diversas tecnologías, y a que el staff de la Administración era demasiado escaso, la tarea no era fácil. ¿Cómo se podría resolver este problema de manera efectiva cuando se disponía de tan poca información al respecto?
La solución adoptada fue poner a trabajar al mercado para ellos, mediante lo que es conocido como el «sistema de la burbuja». Para empezar se impusieron niveles de emisión para las fuentes ya establecidas del modo más razonable posible, aunque muchos en la práctica lo encontrarían ilógico. Posteriormente se animó a las fuentes ya establecidas a crear «créditos por la reducción de emisión» para reducciones mayores que las exigidas por la normativa. Una vez quedaran reconocidos, los créditos podrían acumularse para su futuro uso en caso de que la empresa quisiera expandirse o podrían ser transferidos a otra fuente.
Aquellas fuentes capaces de controlar sus emisiones a bajo costo generalmente crearon y vendieron sus créditos, y las que se enfrentaban a altos costos compraban esos créditos en vez de instalar nuevo material extraordinariamente caro. Como resultado, los costos que suponían el respeto de las normativas ambientales fueron considerablemente inferiores a lo que hubieran sido si no se hubieran permitido las transferencias de créditos.
La razón por la cual este comercio de créditos hace posible la flexibilidad discutida en párrafos anteriores, es su capacidad para diferenciar la cuestión del control de la cuestión de quién paga a última hora por él. Esta característica es muy importante no sólo en el ámbito de política ambiental nacional, sino también en el de política del ambiente a nivel internacional.
Aunque no he considerado este aspecto a fondo, permítanme dejar caer algunas ideas que puedan desencadenar vuestros propios pensamientos. Supongamos, por ejemplo, que finalmente se alcanzan acuerdos internacionales que exigen una reducción en las emisiones crecientes de anhídrido carbónico. Una de las propuestas para conseguir dicha reducción contempla una versión del sistema de compensación para conseguir mantener el nivel actual de emisiones de gases del efecto invernadero.
Según esta propuesta, las nuevas fuentes importantes de gases del efecto invernadero estarían obligadas a contrarrestar los niveles actuales, acudiendo al reciclaje o retirando plantas ya antiguas. En el caso concreto del anhídrido carbónico, los nuevos emisores podrían, por ejemplo, invertir en plantaciones de árboles que tenderían a absorber el exceso de gas. Al crear un nuevo mercado de compensaciones se estaría estimulando e incentivando las inversiones en actividades relativas a la compensación. Mientras tanto, los altos precios asociados a la emisión de gases, debido a la necesidad de adquirir compensaciones, estimularía la búsqueda de nuevos métodos para reducir sus emisiones. Por lo tanto, este sistema de compensaciones animaría simultáneamente a un mayor control de las fuentes y a la creación de estrategias de mitigación.
Como el problema de los gases del efecto invernadero es de carácter mundial, existe la posibilidad de un mercado de compensaciones a nivel internacional. Así se podrían conseguir mayores ahorros en los costos. Aún más, al vender sus compensaciones, los países del Tercer Mundo podrían acometer proyectos ambientales rentables (tales como repoblación forestal) que serían respaldados económicamente por los países desarrollados.
Incentivos para motivar la acción pública son tan importantes como los de la privada. El sistema actual de cuentas nacionales proporciona un ejemplo de incentivo económico perverso. Si bien estas ventas nunca fueron pensadas para que sirvieran de referencia sobre el bienestar de una nación, en la práctica así se hace. La renta per cápita es una medida usual para evaluar la riqueza de los habitantes de un país. Sin embargo, el sistema actual proporciona datos engañosos. Más que reconocer el derrame de Valdez de Exxon por lo que era, una caída del valor de los recursos naturales del área, es registrado como un aumento de la renta nacional. El vertido dio un empujón al PIB.
Todos los gastos de limpieza sirvieron para incrementar la renta nacional, pero no se tuvo en cuenta la consecuente depreciación del ambiente natural. Con este nuevo sistema, los informes no hacen distinción entre un crecimiento debido a que el país está «explotando» sus recursos naturales, causando un daño irreparable en los mismos, y un crecimiento sostenido donde se intenta mantener el valor de los recursos. Son necesarias ciertas correcciones en la elaboración de estas cuentas para que los gobiernos puedan ser evaluados según criterios adecuados.
Vivimos en una época donde la necesidad de controles ambientales más estrictos es cada vez mayor, especialmente ante el descubrimiento de nuevos daños que la sociedad moderna está infligiendo en el Planeta. Pero la resistencia a controles adicionales es también creciente debido a su elevado coste. Si bien los sistemas de control del medio ambiente que usan incentivos económicos no son ninguna panacea, sí ofrecen, con frecuencia, un modo práctico de conseguir metas ambientales con más flexibilidad y a menor costo que otros sistemas regulatorios tradicionales y esto es ya una ventaja sustancial.