Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosComenzaré este artículo por el final. A la postre, lo escribo después del viaje oficial del Príncipe Felipe de Borbón a Cataluña, entre el 20 y el 23 de abril próximo pasado. La Generalitat llevó a cabo, a la mañana siguiente, una encuesta para conocer, incluso de forma matemática, los efectos de la visita entre la población catalana. Se trata de un documento confidencial, pero… Cabe decir que, muy pronto, se había constatado que a medida que el Príncipe hablaba -fue ya decisiva su salutación en catalán emitida por televisión antes de su llegada- y se movía, se ganaba la opinión y hasta la adhesión populares. Su aplomo, sus palabras, su sonrisa, su uso del catalán, sorprendieron y encantaron. La encuesta objetivó la impresión.
Su realización corrió a cargo de «Producciones 5», que consultó a 1.600 ciudadanos, como decía, de Cataluña y el mismo día 24. El 67,74 por 100 de ellos declaró tener una «buena» o «muy buena» opinión de la visita del Príncipe, mientras sólo desagradó al 8,99. En Tarragona, ¡a donde la Generalitat había suspendido el viaje por miedo a la protesta de los pueblos afectados por un plan de residuos industriales violentamente rechazado!, es donde más estaban con el heredero de la Corona: el 86,42 por 100. Le sucedían, por este orden, Lérida, Gerona y Barcelona. A la vez, el 65,62 de catalanes había seguido el viaje a través de los medios de comunicación, los cuales desde luego tuvieron una enorme importancia al difundirlo con profusión.
El uso de la lengua catalana por Felipe de Borbón, que la empleaba exactamente en la mitad de todos los discursos, fue considerado positivo por el 83,80 por 100 de los entrevistados, siendo criticado sólo por un 7,88. Antes del viaje, el porcentaje de quienes valoraban en bien la posibilidad de que hablara catalán era menor: un 75,11. He encontrado a personas que normalmente están contra el uso del catalán al mismo nivel que el castellano y que no deseaban que el Príncipe lo empleara, que después del viaje les parecía una maravilla que Felipe de Borbón hubiera hecho incluso explícitamente suyo el idioma… Dos aspectos favorables destacaba la encuesta: el contenido de los discursos, que además sigue siendo comentado por sectores de opinión, y la compostura, el temple, demostrados por el heredero de la Corona. Lo que menos gustaba eran las medidas de seguridad, consideradas excesivas.
Y que se debían al clima creado en torno a los propósitos manifestados por unos grupos independentistas y algún pequeño partido. Anunciaban que harían imposible la estancia del Príncipe, que la estorbarían. Y días antes habían volado un busto del Rey en San Cugat del Vallés, cerca de Barcelona, y habían puesto tres bombas en Gerona, felizmente, sin víctimas. Una vez Felipe de Borbón en Cataluña, no ocurrió nada, salvo las pintadas y pitadas de rigor, y jamás excesivas, contando incluso la ruidosa protesta de un grupo de afectados por el citado plan de residuos, que «se sumó» a los actos. ¿Había sido sobrevalorada la fuerza o la influencia de los grupos hostiles? ¿El cordón de seguridad los había disuadido? En todo caso, insisto, pronto se confirmó que el Príncipe conectaba con la población, borrándose el clima de inquietud. Y en la encuesta, la Generalitat -con el polémico Lluis Prenafeta, entonces en sus últimos días de Secretario General de la Institución, como primer responsable de la organización- recibía un 66,81 por 100 de adhesiones por haber montado el viaje.
Dichas consignas independentistas en contra de la presencia de Felipe de Borbón eran acogidas favorablemente por 21,45 por 100 de los consultados en Barcelona, un 16,43 en Tarragona, un 12,90 en Lérida y ¡con únicamente un 4,54 en Gerona, donde en la calle más éxito tuvieron o se esperaba que tendrían los grupos hostiles! Los cuales, por otra parte, en general llegaban a cada sitio en autocar, es decir, eran siempre aproximadamente los mismos. Vi a uno, muy reducido, en la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, el 23 de abril, festividad de Sant Jordi, la calle un hervidero de rosas y libros, que el Príncipe pudo conocer antes de irse. Gritaba «¡botifler!» contra Pujol. La gente que llenaba el recinto observaba y, en voz baja, lo juzgaba con duros comentarios.
Detengámonos en este «botifler». Según el diccionario de Pompeu Fabra, el gramático codificador del catalán moderno, es «la palabra con que en la guerra de Sucesión se designaba a los partidarios de Felipe V», y, por extensión, con que después se ha denominado «al que va con los enemigos de la patria», léase el españolista y hasta el español. Un colaboracionista, vamos. En Gerona, mientras el Príncipe Felipe rendía visita a la ciudad, un grupo de chicos insultaba «¡botiflers, botiflers!» dirigiéndose al alcalde, al presidente de la Generalitat y al del Parlament. Aunque también había un grupo de chicas que gritaba con entusiasmo «¡Felip, Felip!», mientras la mayoría ciudadana allí congregada aplaudía tranquila. Esto era el día 21 -Felipe había llegado la tarde anterior-, en que El Periódico de Barcelona realizaba otra encuesta, en la que un 77,6 por 100 de catalanes se declaraba a favor de la visita del Príncipe, un 9,6 en contra y un 12,8 pasaba de ella.
Bien, Jordi Pujol, en su discurso de bienvenida al Príncipe en la cena de gala de la Generalitat, recordó que hasta que él lo hizo ante Don Juan Carlos, ningún presidente de la Generalitat, desde Martín el Humano, o sea, desde el año 1400 y algo, se había podido dirigir al rey en catalán, y desde incluso antes al Príncipe heredero. Y añadió el presidente Pujol que tampoco, desde entonces, un rey o su primogénito habían usado la lengua catalana. Todo el mundo, incluidas las autoridades que recibían a Su Alteza Real con discursos oficiales, rememoraba que fue Juan Carlos I quien, apenas accedió al trono, abrió la puerta a la España de las nacionalidades y a la recuperación pública y oficial de la lengua catalana, usándola ya brevemente en un discurso del Salón del Tinell, en Barcelona.
Lo hizo después en alguna otra ocasión, y señaladamente el 22 de abril de 1988, al celebrarse el Milenario de Cataluña, con un resonante discurso en parte en catalán en el Palacio de la Generalitat, diciendo entre otras cosas lo siguiente, que resume el espíritu de su parlamento: «La variedad de lenguas es enriquecedora, y más todavía la variedad de los pueblos y de las personas. Hace siglos que esta lengua (catalana) es la viva expresión de una gran cultura, siempre abierta a España y a Europa. Los pueblos tienen que mantenerse fieles a sus orígenes para poder comprender mejor su presente, y proyectarse con firmeza hacia el futuro».
Partiendo de todo ello, resultaba que el 77,6 por 100 de catalanes de una encuesta y el 83,80 de la otra no eran en modo alguno «botiflers», sino todo lo contrario, partidarios de quienes estaban con los defensores de la patria: el alcalde gerundense, el presidente Pujol y el del Parlament. Por lo demás, que alguien considerase a estos tres políticos, absolutamente ligados al más genuino catalanismo, como «botiflers», adquiría un aire grotesco, hilarante. Otra cosa hubiera sido que el Príncipe se hubiera presentado sin hablar catalán y esgrimiendo consignas centralistas. Entonces los reducidos grupos hostiles hubieran hecho mella en la conciencia de una ancha franja de la ciudadanía que, siendo profundamente catalana y hasta catalanista, no alberga ninguna clase de odio contra España, y menos aún contra la España democrática.
En la citada cena de gala de la Generalitat, Bibís Samaranch, la esposa de Juan Antonio Samaranch, me decía que estando en Suiza había visto, en el telediario intereuropeo que en diversos países se emite en distintos idiomas, cómo el espacio español daba íntegra la mencionada salutación televisiva en catalán del Príncipe. Con lo que tenemos que la primera vez que en Europa habrá sonado más y de modo más inequívoco nuestra lengua, habrá sido por boca de Felipe de Borbón. Ironicemos: ¿se va a convertir «botifler» en la palabra que designe a los patriotas? La semántica, el valor histórico de las palabras, es por naturaleza variable.
En este caso, lo es también la misma Historia. Jordi Pujol ha dicho, con razón: «Felipe V acabó con la Generalitat de Cataluña y las leyes propias, en 1714. Fue a la caída de la Monarquía, en 1931, cuando pudimos recobrarla. Pero ahora ha sido Juan Carlos I, descendiente de Felipe V y de Alfonso XIII, quien ha hecho posible el restablecimiento de nuestro autogobierno, del Estatut». Si se estaba contra aquel primer Borbón por unas razones muy concretas, por coherencia metodológica y realidad política se tiene que estar con el actual monarca, que ha obrado exactamente a la inversa. Salvo que estemos anquilosados, que pensemos que la Historia quedó eternamente fijada en 1714.
Por otra parte, Felipe de Borbón, pese a ser conocidísimo, era poco menos que una incógnita «profesionalmente» hablando. Y se creía que era un joven tímido porque, país de charlatanes gesticulantes como es el nuestro, se le veía sosegado. Pero ha resultado que el joven Príncipe posee una tranquila serenidad, una reflexiva naturalidad, de pronto iluminada por la viva sonrisa de sus labios, de sus ojos.
Se ha observado cómo soportaba con atenta cortesía, sin la menor fatiga, un apretadísimo programa, y mantenía un diálogo a múltiples bandas sin perder un ápice de su compostura, de su sencilla cortesía. Causó una admirativa impresión, además, que el Príncipe no sólo usara mucho y francamente bien el catalán, sino que también sus discursos fueran lingüística y conceptualmente exigentes, sin apenas concesiones al convencionalismo.
Ya he aludido antes al gran interés que despertaron las palabras del heredero de la Corona. Se basaban en una idea, en una operación en el fondo muy simple: leyó, recitó, la Constitución y el Estatut d’Autonomia, donde consta explícitamente desde el término «nacionalidad» que aplicó a Cataluña hasta la oficialidad de la lengua catalana, pasando por la herencia dinástica que se remonta a los antiguos reyes del Casal de Barcelona, en virtud de la cual es también el heredero de la Corona, siendo igualmente por todo ello otro catalán.
Eso sí: hizo su «lectura» con ganas, con generosidad. Cosa que con harta frecuencia olvidan muchos de nuestros significados gobernantes, que interpretan la Constitución con dura avaricia. En esto el joven Felipe ha demostrado algo esencial: que se prepara a conciencia para ser el jefe del Estado, el Rey, lo que en verdad no puede ser sin serlo de todos los españoles. De todos los catalanes, en este caso. Don Juan Carlos comenzó su reinado recalcando que sería el Rey de todos los españoles. Lo ha cumplido. No puede extrañar que su hijo siga sus pasos, que incluso los amplíe en una u otra dirección como le permite su función de heredero, mientras el Monarca se encuentra lógicamente más condicionado.
Una frase del Príncipe, inserta en su primer discurso, el pronunciado en el Parlament -donde sólo tres diputados abandonaron educadamente el hemiciclo cuando Su Alteza Real se levantó para hablar-, suscitó un vasto eco, levantó polémicas, pues los hubo que la interpretaron como una aceptación de la autodeterminación, lo que para unos resultaba indignante y para los otros inesperadamente bienvenido. Era esta frase: «Cataluña es lo que los catalanes quieren que sea». Para entenderla correctamente bastaba con leer las primeras líneas del Preámbulo de la Constitución: «La nación española (…) en uso de su soberanía, proclama su voluntad de…» Naturalmente, la inmensa mayoría de la población comprendió muy bien que Felipe de Borbón lo que hacía era estimular a Cataluña a ser ella misma. El Príncipe, con la Constitución en la mano, confiaba en todo y por todo en Cataluña, en la gente, en la nación española y catalana.
Un discurso significativo del Príncipe fue el pronunciado en Cervera, aunque sus principales piezas oratorias serían las de Barcelona, en el Parlament y en la Generalitat. Pero el de Cervera revela, por su específica conflictividad histórica, hasta qué punto el Príncipe jugó sus cartas con franqueza y realismo, con visión de futuro. Después de la guerra de Sucesión, Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, borró institucionalmente la lengua catalana, suprimió la Universidad de Barcelona y, al fin, consintió en abrir otra en Cervera. Con ello, la Universidad de Cervera ha quedado como estigma «colonial», «colaboracionista», «castellanista». Este hecho, y muchos otros, no eran jamás evocados en actos oficiales con presencia institucional no catalana. Pero Felipe de Borbón no sólo apela al suceso sin que nadie le haya presionado para ello, sino que lo supera con su canto a la cultura y a la libertad, como puede verse en cuadro aparte.
El viaje, de esta manera, se constituyó en auténtico viaje de Estado, quedando en segundo término su motivación oficial, la visita a las poblaciones catalanas ligadas a los títulos que ostenta Felipe de Borbón: Príncipe de Gerona, duque de Montblanc, conde de Cervera y señor de Balaguer. Ni siquiera fue a tomar, digamos, posesión de dora de aquel imperio mediterráneo en el que, según proclamaba el expresivo cronista Ramón Muntaner, hasta los peces lucían la bandera de las cuatro barras.
Si un lector de Madrid tuviera que juzgar el viaje de Su Alteza Real por las primeras crónicas que publicaron sus periódicos, ocurriría como pasó en su día, que pareció como si los diarios capitalinos hablaran de un hecho por completo distinto al que relataba la prensa catalana.
Esta calibró enseguida no sólo el implícito significado que encerraban el uso del catalán por parte del Príncipe y cuanto decía, sino que
también supo el efecto que causaría sobre la población. Los diarios de Madrid, en cambio, llegaban presionados por la ya descrita atmósfera de sobrevalorada hostilidad, se enfrascaban detrás de las medidas de seguridad, desconocían qué elementos subterráneos originaban rápidamente el cordón umbilical que uniría a Cataluña con el heredero de la Corona.
Josep Tarradellas, en el exilio, era absolutamente negativo respecto al Rey. Pero cuando éste lo recibió en La Zarzuela, cambió al instante e inauguró una magnánima política institucional.
Así, escribieron, por ejemplo, que para Felipe de Borbón «salir al balcón era jugársela», que «el corazón del joven Príncipe guardará con tristeza, seguramente por mucho tiempo, el recuerdo de…». Otro periódico daba en portada como única foto la de unos policías golpeando a un hombre. «Sí, es cierto -me dijo su Alteza Real-, yo vi esta escena y la deploro. Ha sido la única de este tipo que he presenciado.»
Si es evidente que después del viaje del Príncipe las relaciones entre la Corona y la Generalitat serán mucho más cordiales y estrechas, no lo es menos que antes eran ya excelentes. En ocasiones se ha insistido en las discrepancias entre la Cataluña institucional y España. Vale la pena precisar que han sido entre dichas instituciones y el Gobierno del Estado.
Josep Tarradellas, en el exilio, era absolutamente negativo respecto al Rey. Pero cuando éste lo recibió en La Zarzuela, cambió al instante e inauguró una magnánima política institucional. A la par que la Corona, consciente de que la España real se hallaba también en las genuinas instituciones catalanas, abrió esta puerta hasta el máximo. Recuérdese que, en la época, el Rey tenía poderes poco menos que absolutos. Su actitud fue, cara a Cataluña, pragmática, de mano tendida. Lo decía más arriba. Luego, Convergència o CiU entran en la Generalitat. Estas relaciones no cambian, pero cobran otro matiz. La casi coincidente llegada al poder de Pujol y González, las discrepancias entre sus partidos, la existencia en Cataluña del Partit dels Socialistes Catalans, el desgraciado problema de Banca Catalana, han alejado absolutamente de Cataluña, salvo en periodo electoral, al presidente del Gobierno. Mientras el Rey viene a menudo, como parte con más peso después de Madrid que es Cataluña en España. Lo que, en la práctica, ha situado a Jordi Pujol, anfitrión del Monarca, en una situación casera de, digamos, primer ministro. Situación acorde con la política pujolista -ajena a cualquier intencionalidad de la Casa Real- de aceptar el marco institucional con la Corona como suprema encarnación del Estado, mientras los pleitos se mantienen con el Gobierno central. De esta forma, además, la Generalitat cobra en Cataluña un puesto de hecho semejante al del Gobierno central en España. Es aquí fundamental recordar que la Constitución consagra a los presidentes de las Comunidades Autónomas como a los representantes del Estado, del Jefe del Estado, del Rey.
La citada y solemne inauguración del Milenario, con los Reyes y su conclusión, con la Reina-, constituyó la culminación de este juego de esferas que en sí es complejo, pero cuyos efectos no pueden resultar más positivos para todos. Y que puede albergar, además, proyecciones de singular importancia. No debe confundirse a Corona, Gobierno, Autonomías. Forman el Estado, pero sus esferas son obviamente diferentes. Y si el Estado de las Autonomías tiene que cobrar toda su capacidad, si el Senado llega a convertirse en auténtica Cámara territorial, la política de Pujol o los discursos de Felipe de Borbón constituirán puntos clave de referencia. Lo que nadie duda es que la Corona, que la acción del Rey Juan Carlos, han situado a la España real, una y diversa y hoy democrática, en su mayor armonía institucional de los últimos tres o cuatro siglos.
Jordi Pujol resumió en sus discursos esta relación histórica y actual Cataluña-Corona-España: una reivindicación incluso agria de los agravios catalanes antiguos y modernos, una oferta de pacto inequívocamente español y, por último, una llamada hacia un futuro de progreso y de unidad en España y en Europa.
Jordi Pujol, resumió en sus discursos esta relación histórica y actual Cataluña Corona-España: una reivindicación incluso agria de los agravios catalanes antiguos y modernos, una oferta de pacto inequívocamente español y, por último, una llamada hacia un futuro de progreso y de unidad en España y en Europa. Discurso este que era el que había ya inaugurado el Príncipe Felipe, asumiendo el pasado como totalidad en su grandeza y en sus problemas, para instalarse en el presente y partir resuelto hacia el mañana en Cataluña, en España y en Europa. Desde la perspectiva de la juventud, de las cuestiones actuales, de la creatividad, de una comunidad de sangre y de intereses.
Discurso este que era el que había ya inaugurado el Príncipe Felipe, asumiendo el pasado como totalidad en su grandeza y en sus problemas, para instalarse en el presente y partir resuelto hacia el mañana en Cataluña, en España y en Europa.
…Y satisfacción de encontrarme en Cataluña, de la que sois vosotros los dignos representantes, para visitar las ciudades de las que se derivan los títulos que me corresponden como heredero de la Corona. Caminaré por esta tierra sabiendo que lo hago por mi tierra.
Pero quiero añadir a este acontecimiento otra referencia histórica, de esta profunda conciencia histórica que impregna todo el ser catalán. Son las palabras de uno de los más altos monarcas que ha conocido este país, uno de los más significados del árbol genealógico que me ha precedido: Jaime el Conquistador. El cual en una ocasión dijo: «Nos hacemos la primera cosa por Dios, la segunda por la patria
da para salvar a España, la tercera que nos y vos tengamos tan buen aprecio y tan gran nombre que por nos y por vos sea salvada España».
…Por ello, además de dirigirme a vosotros, y en consecuencia a Cataluña entera, quiero hacerlo especialmente a los jóvenes, a mis compañeros de generación, que en buena medida figurarán, figuraremos todos, entre los protagonistas máximos de este fin de siglo en el que desaparecen las barreras ideológicas y en el que los hombres y los pueblos se encuentran de igual a igual.
…Practicaremos aquel «aprendizaje y heroísmo» que propugnaba un ilustre filósofo catalán, Eugenio d’Ors. El aprendizaje y heroísmo que ejercitados durante años sin desmayo nos han llevado a la Constitución, al Estatuto, a la renovada existencia de esta Cámara que conjuga espléndidamente la pluralidad y la identidad catalanas.
Y que nos reúne en este diálogo tan institucional como colectivo en vuestra lengua, que es también mi lengua como lo fue la de tantos antecesores míos. La unión de España es la unión de los españoles. Cataluña es lo que los catalanes quieren que sea. Esto es lo que fundamentalmente quiero decir, desde mi condición y siempre a vuestro lado.
No olvidemos jamás que hay unas verdades básicas, que está lo que nos habla nues- tro corazón, que existe la honda sabiduría del hombre que camina por la calle, que on- dea la clara bandera de la libertad. Catalanes, todo esto es nuestro. Cojámoslo y caminemos.
Habláis, honorable señor presidente, de los años, de los siglos, en el curso de los cuales un presidente de la Generalitat, y por tanto de Cataluña en su plenitud institucional, no pudo dirigirse y además en catalán, al Rey o al príncipe heredero, o que incluso ni siquiera existieron, la Generalitat erradicada, y lamentáis esta grave insuficiencia.
Os comprendo porque siento lo mismo que vos y también lamento que el «hilo de oro de la Historia», como dice un gran poeta catalán, Jacint Verdaguer, haya sido en un tiempo desovillado al revés, y que en consecuencia unas coyunturas que se convirtieron en estructuras impidiesen que el Rey, el príncipe heredero, pudiesen dirigirse en catalán a las legítimas autoridades y a la generosa ciudadanía de Cataluña.
Pero la mejor forma de demostrar las cosas no son las palabras que podamos aplicarles, sino los hechos que pueden cambiarlas, como nos ha demostrado desde el primer día Su Majestad el Rey, mi padre. Ahora estamos aquí vos y yo, honorable señor presidente, dialogando «clar i català», como dice esta expresión tan genuina. Y éstos son los hechos que, como también subrayáis, al fin importan.
…El pasado puede sin duda ser juzgado, pero lo decisivo radica en que, si queremos, puede ser enmendado. Primero, por razones de voluntad, pues los hombres y los pueblos son lo que desean ser, y precisamente ahí está Cataluña, esta Cataluña en la que felizmente estamos, para demostrar que no existe una adversidad que no pueda ser vencida por la fe en uno mismo, por la fuerza del trabajo, por la profunda implicación del hombre en la Tierra. Somos también nuestros propios proyectos.
…Se equivocan quienes todavía contemplan la España Autonómica como un problema, pues lo que en verdad ha hecho ha sido articular una realidad de muy positivos resultados: las autonomías han liberado y han suscitado energía e imaginación, iniciativa y participación. No hallaríamos en la España moderna un periodo más abierto del que vivimos, más implicado en un panorama de horizontes más esperanzadores.
Y ahora quiero invocar yo también la enseñanza de la Historia. Cataluña se caracteriza por cinco grandes períodos, que a la corta han influido de forma extraordinaria en ella misma y muy pronto en España entera, y a la larga nos han proyectado a todos con peso decisivo más allá de las fronteras.
Son los períodos, primero, de la Marca Hispánica, bastión meridional del imperio carolingio y firme línea divisoria entre el cristianismo y el islam. Después, como forjadora de aquel imperio mediterráneo en el que, según proclamaba el expresivo cronista Ramón Muntaner, hasta los peces lucían la bandera de las cuatro barras.
En tercer lugar, constituyendo Cataluña una llave fundamental de la unión de los reinos de España por medio de la audaz figura de quien entonces ceñía la Corona de Aragón, Fernando el Católico. Después, como puerta del impulso y materialización de la revolución industrial, con la que Cataluña nos ha introducido de lleno en la dinámica occidental.
Por último, por último en esta breve enumeración que de ninguna manera puede ser exhaustiva, Cataluña ha actuado como portavoz de la idea de la España de las nacionalidades, de las culturas, en su variedad y en su unidad. La cual es, a la postre, la que con la democracia define el Estado, nos proporciona el marco que, perfilando el conjunto del cuadro, resalta sus características, su fuerza.
Habéis citado la Universidad de Cervera. Buen motivo, buen momento, para pergeñar una reflexión cultural. Fue un centro que nació en circunstancias adversas, ha sido polémicamente considerada.
Pero también, como ha escrito un ilustre historiador hijo de Cervera, Agustí Durán y Sanpere, pese a que la Universidad «sólo tuvo un siglo y cuarto de vida académica (…) su actividad fue muy densa por haber tenido ilustres profesores, entre los cuales cabe recordar a Gallisá, Dorca, Larraz, Aymerich, Queralt, Dou, Balmes, y, especialmente, a Josep Finestres, el mejor representante científico de la Universidad».
En otras palabras, la cultura pugna, la cultura asciende, la cultura se esparce, por encima de circunstancias históricas del signo que sean y de decisiones políticas o personales. Si no se pueden poner puertas al campo, menos aún es posible encerrar la cultura en ningún reducto, ni siquiera en los que se proclaman específicamente culturales. La cultura es el fruto más espléndido que surge de la mente humana, de la potestad creadora del hombre.
Por ello, cultura y libertad son sinónimos. Y por lo mismo, la cultura constituye la herramienta más útil, más capaz para transformar la realidad existente, y ¡ay de aquellos gobernantes que pretendan mediatizarla! Cultura equivale a indagación, a prospección, a imaginación. En la cultura confluyen todos los torrentes del saber que nos ha precedido y se forja la sociedad que vamos configurando. La cultura es la gran puerta del futuro.
…Esta ha sido la capital del Condado de Urgel, una de las piedras angulares de la Cataluña de la Edad Media, con sus días de gloria y de tristeza. La historia de los pueblos constituye un ardoroso mosaico. Aquí, también, nació otro de los mayores monarcas que conoció la Corona de Aragón, un hombre señero del Casal de Barcelona: Pere el Cerimoniós o del Puñalet. Apasionado, pugnaz, guerreó en la tierra y en el mar con un auténtico espíritu imperial.
Si el Condado de Urgel enlazaría a Balaguer con la Cataluña interior, con la «ferma» tierra leridana, el rey Pedro nos llevaría en su flota por la Cataluña mediterránea, la que desembocaría en el Imperio español mediterráneo. El catalán posee tanto la virtud del enraizamiento como la del universalismo. Hoy, igualmente, Cataluña se proyecta, como en el pasado, en tres grandes espacios: el español, el europeo y el mediterráneo.
…En efecto, el deporte y la tecnología constituyen dos de los más atractivos y decisivos polos de la sociedad actual y del futuro. Las extraordinarias expectativas que en todos los órdenes han suscitado los Juegos Olímpicos son una buena prueba de ello. Yo mismo me entreno, intentando ser uno de sus participantes, al menos el más entusiasta. Pero los Juegos, además, remueven y potencian el urbanismo, la economía, la ilusión colectiva. Y moldea el deporte, con su sana competitividad, el temple de la juventud, suscita en todos las más límpidas emociones.
No dudo que Barcelona podrá convertirse en nuestra gran capital, en la gran capital del Mediterráneo, este espacio emergente, complejo, pero provisto de una honda vitalidad traducida en unas formas de vida que se han convertido en las más placenteras de nuestro tiempo. ¿Quién no sueña en vivir o como mínimo pasar unas vacaciones junto al Mediterráneo? La Europa del Sur, en la que España tiene tanto que decir, es una de las grandes Europas.
Que mi viaje termine donde Cataluña sintetiza su apuesta tecnológica, abre más que ninguna otra cosa la simbólica puerta por la que desde el fin de siglo entraremos en el siglo XXI. Sí, estos centros de vanguardia de Sant Cugat, como dijo uno de los primeros poetas en lengua catalana, Joan Alcover, son «donde fermenta la levadura del tiempo futuro».
El sistema mataba cualquier posibilidad de incentivar a los trabajadores. No es, pues, extraño que la productividad fuese baja. Pero desde el momento que el pueblo germano-oriental compruebe que se puede comprar algo mas que coles, entonces no sólo trabajarán las horas legales sino que además harán horas extraordinarias.>>>
Así se expresaba recientemente en Frankfurt, Erwin Rohoe, profesor de la Universidad Humboldt, de Berlin Este, y especialista en temas de economía capitalista. Como buen conocedor de la situación económico-social de la República Democrática Alemana, sus opiniones sobre las consecuencias de la unión monetaria entre las dos Alemanias, son dignas de tenerse en cuenta. Su optimismo en cuanto al futuro refleja la postura cada vez más extendida, de que Alemania saldrá airosa de ese impresionate reto.
El pasado 18 de mayo, cuando apenas nueve meses antes la República Democrática Alemana aparentaba estar sustentada sobre un régimen inalterable, se firmaba en el Palacio Schaumburg de Bonn el Tratado Estatal de la RFA y RDA. A lo largo de 33 páginas se formulaba la unión económica y monetaria de los dos estados alemanes. La Alemania del Este, que había celebrado el año anterior su 40 aniversario con la pompa y fanfarria habitual, cedía un atributo esencial de su soberanía a favor de la República Federal: la emisión de moneda. El triunfalismo de tantos discursos y manifestaciones orquestadas, que daba reducido a la realidad de un país económicamente arruinado. Era imprescindible dar este paso previo, económico, antes de afrontar la unificación política.
Dentro de cien años, tanto el 18 de mayo como el 1 de julio de 1990, día de la implantación del sistema fiscal de la RFA en la RDA, serán fechas imprescindibles en los manuales de Historia. El 2 de julio se produjo la conversión automática del marco oriental por el occidental.
¿Quién podía imaginarse, hace ahora un año o incluso cuando se abrió el mure, el pasado mes de noviembre, un tratado de tanta trascendencia? No es probable que en la historia haya ocurrido algo semejante o comparable: que un estado adopte, no precisamente por la fuerza de las armas sino mediante un contrato, otro sistema económico tan distinto; otra moneda hasta ahora oficialmente vituperada como símbolo capitalista, pero eso sí envidiada; otro sistema social tan contrapuesto. Un borrón y cuenta nueva impresionante, ya que la política monetaria de la República Democrática Alemana se hace, desde julio, en el bundesbank con sede en Frankfurt.
Tampoco tiene precedente en la historia, la responsabilidad financiera que asume la República Federal. El gobierno de Bonn echará sobre las espaldas del Estado alemán occidental, todas las lagunas presupuestarias del Estado alemán oriental. La cantidad prevista supone el doble de la ayuda global concedida por los Estados Unidos a los países de Europa, mediante el Plan Marshall. Y esa cantidad no será la única, ya que la reconstrucción económica de la RDA necesitará mucho dinero en los próximos años. Entre otras cosas, Bonn garantizará el pago de las jubilaciones de los ciudadanos del este.
El 2 de julio -Día D, de Deutsche Mark- los alemanes del este han podido hacer realidad su sueño de tantos años de penuria. Han podido cambiar sus marcos, legalmente, por marcos occidentales con verdadero poder adquisitivo. Se ha puesto en marcha el Tratado Estatal, que supone un extraordinario experimento económico. Han podido cambiar 4.000 marcos orientales por idéntica cantidad de marcos occidentales. El resto de sus ahorros los han cambiado, en la proporción de dos suyos por uno de la otra Alemania.
Muchos alemanes rememorarán aquella conversión monetaria de 1948, tres años después de finalizada la II Guerra Mundial. El Reichmark, tan devaluado, fue sustituido por el Deutsche Mark. Un canje también histórico ya que aquella reforma monetaria fue el pistoletazo de salida que culminó en el milagro alemán. Una reforma que no alcanzó a toda la Alemania vencida. Los aliados occidentales intentaron hasta el último momento llegar a un acuerdo con la Unión Soviética. Pero fracasó. La reforma monetaria sólo tuvo validez en las zonas de ocupación occidentales. La zona soviética, que posteriormente se convirtió en la RDA, quedó marginada. Ahora, a los 42 años, una nueva reforma completa aquella otra. Por fin los alemanes de uno y otro lado, pueden contar con una moneda única. ¿Pistoletazo de salida para otro milagro alemán?
Aunque los economistas y las autoridades monetarias de la RFA no aconsejaban la paridad de un marco por otro, se no era tan descabellada como algunos afirmaron en mayo. Lógicamente, la unión monetaria repercutirá en la masa dineraria, que aumentará un 10 por 100. Pero no afectará a la estabilidad de los precios ni influirá excesivamente en la inflación o en el ahorro.
Naturalmente, la estructura económica de la RDA se tendrá que adaptar a la de la RFA. Eso significa que el 20 por 100 de las empresas tendrán que cerrar. Por otra parte, el acceso a la propiedad privada significará un incentivo a la inversión. La competencia se intensificará. Las empresas que produzcan artículos de mala calidad irán a la bancarrota. La reconversión es inevitable.
Hace un par de meses, cuando se firmó el Tratado Estatal, la economía de mercado empezó ya a implantarse en la RDA. Un par de zapatos que costaban 110 marcos orientales, se podían adquirir por 34 marcos. Los automóviles Trabis, con fecha de entrega dentro de quince años, se podían retirar inmediatamente con una rebaja de 3.000 marcos. Pero nadie los compraba, ante la perspectiva de adquirir uno mucho mejor de marca occidental.
¿Y cuál será el coste social de esta unión económica y monetaria? No parece que sea muy dramático si pensamos en las anchas espaldas de la RFA. Como decía en Luxemburgo, Theo Wagel, ministro de Finanzas de la República Federal, ante sus colegas de la CEE, «mi país ha exportado 120.000 millones de marcos en cada uno de los diez años anteriores; ahora una parte de esa cantidad se necesitará dentro».
El crecimiento anual de la RDA podría alcanzar entre un 8 y un 10 por 100, con lo que se igualaría el de Japón en los años 60. Mientras que el crecimiento de una Alemania uni- ficada, aumentaría hasta un 4 por 100. En fin, como ha afirmado Alexei Siedenberg, economista del Deutsche Bank, «todo esto se puede comparar al hallazgo de una mina de oro, pero hay que trabajar duro para sacarlo a la superficie».
Trabajo duro por ambas partes y ayuda de la RFA con la meta política de la unificación. Pero que por otra parte va a poner en movimiento un potencial económico, que estaba neutralizado y paralizado por «el sistema». Puede que todo haya ido muy rápido. Pero sólo una vez coinciden tantas circunstancias favorables para lograr la ansiada unidad alemana.
Si, días históricos para ser estampados en los libros de historia.
El intento de pasar del despotismo a la democracia mediante una revolución desde arriba recuerda a la política española tras la muerte de Franco. El mundo aplaudió con razón la destreza y el coraje de mostrados por Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos al vencer los considerables obstáculos que se interponían en su camino. Pero tanto el uno como el otro tenían ante sí un claro modelo desde un principio; a saber: la democracia liberal pluripartidista. Ni ellos ni la minoría rectora de España dudaban sobre el objetivo a alcanzar.
El caso de Gorbachov es bien distinto. Incluso ahora, su compromiso para establecer una democracia multipartidista es equívoco, y lo que en él resulta cierto lo es aún más si nos referimos a la mayoría de los prohombres del Partido Comunista. Las dudas ideológicas son todavía muy importantes pues la Unión Soviética es el país fundador y dirigente del campo anti-capitalista y anti-parlamentario. Por ello, establecer una democracia liberal supone un tremendo cambio de la panacea ideológica, sin contar con el hecho de que para muchos nacionalistas rusos la total adopción del modelo político occidental resulta ofensivo. Después de todo, una de las fuerzas del comunismo soviético ha sido siempre el haber defendido la idea de que Rusia debería seguir un camino distinto al del resto de Europa, concepto éste muy querido tanto para los conservadores como para muchos radicales de la Rusia prerrevolucionaria.
La reforma radical iniciada desde arriba en 1985 ha desatado una revolución popular desde abajo que representa una gran amenaza para la supervivencia del Partido Comunista, de Gorbachov e incluso de la propia Unión Soviética
Por otra parte, ni la sociedad ni el pueblo rusos son un terreno tan fértil para que nazca la democracia liberal como lo era la España legada por Franco a sus sucesores. Es importante distinguir entre el autoritarismo franquista y el totalitarismo de Brezhnev, incluso en su última época cuando ya empezaba a desmoronarse. En España existía una sociedad civil que sólo esperaba ser rematada por un edificio político. Por el contrario, en Rusia la sociedad estaba todavía luchando para recuperar un cierto grado de autonomía del Estado. Además, la sociedad rusa estaba mucho más aislada del mundo moderno que la española. Los fuertes valores colectivistas e igualitarios del pueblo prerrevolucionario, reforzados por la revolución y por el gobierno comunista, no sólo sobrevivieron sino que no fueron desafiados durante 70 años. Así, era fácil que la distribución de la riqueza a través del mercado provocara un resentimiento popular intenso, y que no se aceptara de buen grado ni la flexibilidad, ni el trabajo duro, ni la inseguridad ni el riesgo inherentes a toda economía capitalista. Al llegar a este punto la política se va transformando en economía, y los problemas de transformar la economía estalinista se yerguen amenazadores ante nosotros.
Por ser la Unión Soviética la sociedad socialista más vieja del mundo, tanto las instituciones como los valores que sostienen la economía socialista están profundamente arraigados. En Polonia o en China, por poner un ejemplo, los campesinos siempre han dominado la agricultura. En todos los antiguos satélites soviéticos se recuerda la existencia del capitalismo. Pero no es éste el caso de la URSS donde la experiencia que tiene la mayoría de la gente de la empresa privada se limita al mercado negro de la era Brezhnev. El empresario furtivo y casi delincuente, preocupado sólo por la obtención de rápidos beneficios, es el producto de esta clase de capitalismo y a menudo se pone de manifiesto en el nuevo sistema cooperativo. No es por ello la mejor propaganda del capitalismo. En el paso de una economía planificada a otra de mercado están implicados problemas técnicos ingentes, así como graves cuestiones sociales y políticas que a veces recuerdan a la lucha que existió en los primeros años de la Europa contemporánea entre el capitalismo y los valores aristocráticos y religiosos establecidos.
Para colmo de males está la cuestión de la descolonización. Hasta cierto punto es justo conceder a la Unión Soviética el calificativo de ser un imperio sui generis y no una mera variante rusa de los imperios europeos. Es mucho más fácil consolidar y defender una masa continental sólida que los imperios marítimos del pasado. Incluso ahora los rusos son algo más de la mitad de la población y los recursos industriales, naturales y humanos de Rusia dan una base más firme para mantener un imperio que lo que ocurrió con Inglaterra, Francia o los Países Bajos. Los valores y las creencias socialistas facilitan una fuente potencial de unidad sin parangón en otros imperios coloniales, en los que una nación gobernaba abiertamente sobre las demás. Se llegó a decir que las relaciones económicas entre Rusia y las demás repúblicas no se basaban en la explotación y que sólo este hecho era suficiente para denegar a la URSS el título de Imperio.
Algunos de estos argumentos convencen más que otros. Es importante que la URSS sea tanto una masa de tierra contigua como una potencia militar formidable y que no haya ningún país vecino lo suficientemente valiente como para suministrar las bases necesarias para lanzar un movimiento de «liberación nacional» que opere en territorio soviético. Hasta 1985 las realidades geopolíticas eran un factor importante para generar consentimiento en el poder soviético, incluso entre pueblos que detestaban el gobierno de Moscú. La inercia y el miedo producidos por el recuerdo del terror estalinista y la experiencia contemporánea de una policía estatal aún más ruda, que todo lo invadía, eran también de capital importancia. Es mucho más fácil para un sistema despótico gobernar un imperio que para una democracia. Con Brezhnev defender abiertamente el nacionalismo parecía tan inútil como suicida.
Sin embargo la ideología comenzó a perder terreno cuando las realidades del mundo contemporáneo pusieron de manifiesto la falta de adecuación de los dogmas marxistas-leninistas y cuando las formas corruptas e hipócritas de la vida soviética demostraron que la jactancia del Kremlim no era más que un fraude. ¿Cómo era posible sentirse orgulloso de pertenecer a un Imperio que se encontraba en semejante lío y que además se estaba quedando muy atrás de sus rivales internacionales más importantes? ¿Cómo se podía negar la existencia de un imperialismo si se impulsaba a los emigrantes rusos a entrar a raudales en el Báltico y se imponía un monocultivo de algodón desastroso en Asia Central? El régimen necesitaba durar mucho más de siete décadas para crear un auténtico hombre soviético, y la cultura ruso-soviética necesitaba ser tan superior a la de los no rusos como lo fue la romana respecto a sus tribus súbditas. Asimismo era necesario que la Unión Soviética se mantuviera al margen de las corrientes anti-imperialistas dominantes en el mundo exterior y que el propio régimen continuara mostrándose inflexible y no desgarrara periódicamente sus entrañas denunciando primero las dos décadas de dictadura estalinista y después los 18 años de Brezhnev; en otras palabras, el grueso de la historia soviética.
Pero aquí estaba el quid de la cuestión. El precio del Imperio fue la negación a los rusos de los derechos civiles y políticos. Siendo los no-rusos menos de la mitad de la población y estando divididos en infinidad de grupos, lo más probable era que la mayor amenaza contra el Imperio viniera de una sublevación de la propia Rusia contra el despotismo. Después de todo, el zarismo había sido debilitado en sus últimos años por el descontento de las minorías nacionales y la expansión de la revolución tras marzo de 1917 fue acelerada por los movimientos nacionalistas: pero la clave de la caída de los Romanov estuvo en la revuelta en las calles de Rusia. Hoy se dan las mismas circunstancias. La libertad de los rusos pasa por la secesión de aquellas repúblicas cuyas gentes no toleran el gobierno de Moscú.
Sin embargo, la actual crisis de las nacionalidades no ha sido puesta en marcha por una rebelión rusa sino más bien por un proceso de reforma iniciado desde arriba que minó la inercia, suprimió el miedo y creó las instituciones a través de las cuales podía movilizarse el descontento nacional. Quizá si el Politburó hubiera estado más informado sobre los rencores reprimidos de los no rusos y menos constreñido por la propaganda del propio régimen, habría sido más cauto al soltar el freno y embarcarse en semejante reforma.
Pero la minoría dirigente política también había pagado un precio por el despotismo, aunque no tan severo como el pedido por la mayoría de la población rusa. La generación más joven del apparatchiki solía estar a menudo mejor educada y más al tanto de lo que ocurría en el mundo exterior que Brezhnev y sus amigotes. La licenciatura en derecho de Mikhail Gorbachov por la Universidad de Moscú y su famoso viaje a Francia con Raisa como primer secretario del Obkom (Comité Regional) simbolizan este hecho. Resultaba difícil para cualquiera con inteligencia, patriotismo y autoestima no hacer comparaciones dolorosas entre la realidad soviética y la extranjera y no sentirse herido en su orgullo. La tenacidad, valentía y honradez con las que se ha llevado a cabo la reforma desde arriba desde 1985 demuestra que a los miembros de la minoría gobernante no les falta ni el patriotismo, ni la inteligencia ni el deseo de mejorar la vida soviética. Y lo que es aún más importante, el despotismo semitotalitarista tan eficaz desde un punto de vista político, fue un auténtico desastre económico. Desde las grandes reformas de 1860 Rusia había luchado para alcanzar el nivel conseguido por Occidente tras la revolución industrial y estuvo a punto de lograrlo en 1960, pero con la desgracia de encontrarse muy mal equipada para competir en el nuevo mundo de la revolución científico-técnica. A corto plazo corría el riesgo de perder su status de superpotencia, pues el poder económico era un componente vital para influir en la sociedad internacional. A largo plazo el fracaso económico iba a minar la defensa, la legitimidad del régimen e incluso la estabilidad política interna.
La reforma radical iniciada desde arriba en 1985 ha desatado una revolución popular desde abajo que representa una gran amenaza para la supervivencia del Partido Comunista, de Gorbachov e incluso de la propia Unión Soviética. Pocos podían haber previsto esto en 1985 y, a buen seguro muy pocos politólogos occidentales lo hicieron. Las lealtades políticas entre los sovietólogos occidentales desempeñaron un papel importante en esta cuestión. La derecha rara vez habría aceptado que la minoría rectora soviética pudiera dar un dirigente tan radical y honrado como Gorbachov. La izquierda habría negado que el descontento fuera tan profundo o que la sociedad soviética contuviera errores y debilidades tan evidentes. La publicación por el propio gobierno soviético de hechos y opiniones que eran antes consideradas una mera propaganda de la guerra fría ha supuesto un duro golpe para algunos.
Las fuertes presiones en las universidades occidentales para incluir los estudios soviéticos en conceptos más generales de ciencia política, aunque a veces fue útil, exigieron pagar un precio, pues estos conceptos van siempre unidos a la experiencia e instintos políticos anglo-americanos. Basándose en estas concepciones los sovietólogos solían subestimar de forma radical el papel del miedo y de la coerción en política, algo que nunca hicieron ni Leonard Shapiro ni Hugh Seton-Watson, miembros de una generación más vieja y menos «científicos», pero con más sentido común y con una gran experiencia personal de lo que fue la Europa fascista y belica. La mayoría de los politólogos no estaban preparados para asumir o bien el poder inherente a la posición del secretario general, o bien los efectos espectaculares de la política de liberalización de Gorbachov, ya que se educaron en la era Brezhnev, de tan pocos logros, y estaban condicionados por la idea de que la sociedad soviética, una vez superada la supuesta «crisis universal de modernización», necesitaba una buena dirección y no un liderazgo radical. Con frecuencia el conocimiento de la historia rusa era muy vago e incluso a veces se evitaba estudiarla a propósito, pero los treinta años de política soviética desde la muerte de Stalin ofrecían una base insegura para hacer generalizaciones sobre un régimen político relativamente ingobernable y carente de sistema, o para entender las grietas que yacían bajo la superficie de la aparente estabilidad política de la era Brezhnev.
Pero para ser justos con el observador occidental hay que señalar que era difícil predecir que un dirigente soviético se embarcaría en cambios que iban a minar el orden de la posguerra europea, el gobierno del Partido Comunista en la Unión Soviética e incluso la integridad territorial del país. Tanto la historia rusa como la soviética enseñan que una reforma radical en el corazón de Rusia iba a socavar la estabilidad política en los pueblos fronterizos donde la legitimidad del régimen era débil. La rebelión polaca de 1863 y la revolución húngara de 1956 fueron pruebas de este hecho. Una vez que Gorbachov se hubo embarcado en su liberación interna, era fácil imaginar que tendría que permitir que los satélites soviéticos volaran libremente. Hacerlo de otro modo significaba condenar a la Unión Soviética a una desesperada estrategia a largo plazo de conceder subsidios permanentes y realizar intervenciones militares periódicas a fin de mantener regímenes ilegítimos y economías ineficaces; suponía también comprometer la reputación de los dirigentes reformistas tanto en el interior como en el exterior de la URSS y estirar las finanzas soviéticas hasta extremos insoportables. Pero excepto a corto plazo siempre era probable que la democratización en Polonia y en Hungría desestabilizara el resto de Europa Oriental, especialmente Alemania del Este, un Estado que no era nación y que compartía una historia, lengua y cultura comunes con un vecino mucho más extenso y poderoso y que era el ejemplo del capitalismo que más éxito había alcanzado en Europa.
También desde un punto de vista interno había razones para temer que la reforma pudiera no ser detenida a mitad de camino. Hace muchos años Alexander Solzhenitsyn escribió que bastaba con que la gente dijera la verdad para que el régimen soviético se hundiera. Para aquéllos que se tomaron sus palabras medio en serio permitir que los intelectuales se expresaran libremente gracias a la glasnost era muy arriesgado, sobre todo porque el régimen tenía muchas vergüenzas que ocultar y había reprimido numerosos conflictos potenciales. Cuando en 1989 y 1990 la democratización, encarnada en unas elecciones parlamentarias semilibres, se sumó a la glasnost, se corrió el riesgo de que las esclusas se abrieran.
Está claro que en 1985 Gorbachov no había previsto que la reforma política llegaría tan lejos. Se hizo más radical a fin de seguir las corrientes democráticas cuyo ímpetu no había sospechado. Pero hay que reconocerle el mérito de haber aumentado su compromiso con un Estado regido por el derecho y basado en el consentimiento a medida que crecía el desafío democrático a las autoridades. En 1987 e incluso en 1988 se podía todavía utilizar la represión para eliminar el descontento, pero tal medida fue descartada de modo rotundo. La víctima principal de la política reformista de Gorbachov ha sido el sector conservador del aparato del PCUS, y sigue siendo sorprendente que su oposición a dicha reforma haya sido tan ineficaz. Aunque, por supuesto, no del todo ineficaz: el fracaso de las reformas radicales agrícolas anteriores a este año se debe con toda seguridad al compromiso tradicional de los burócratas del partido con la granja colectiva.
En parte, el fracaso de los conservadores se debió a que no ofrecían alternativas creíbles a la política de Gorbachov. El sistema de Brezhnev era inaceptable porque representaba el fracaso económico y la corrupción, algo que el austero Yegor Ligachov detesta tanto como Gorbachov. El estalinismo tampoco es una opción no sólo porque es inaceptable desde un punto de vista moral y peligroso para la propia minoría dirigente (por ejemplo, miembros de la familia de Ligachov fueron asesinados por Stalin) sino también porque no ofrece soluciones a los problemas económicos contemporáneos.
Sin embargo el apparatchiki conservador fue también la víctima de una cultura política de partido que acentúa la unidad monolítica y la lealtad al dirigente. Si bien es verdad que la caída de Kruschov pone de manifiesto que esta lealtad dista mucho de ser absoluta. Gorbachov no repitió el error de su predecesor de enemistar a los dirigentes del partido sin crear una base de poder con la que pudiera contar. Movilizando el apoyo popular contra el aparato e institucionalizando dicho apoyo a través del Soviet Supremo, del que era presidente, Gorbachov redujo en gran medida su vulnerabilidad con respecto a los oponentes del Partido. De producirse una ruptura en el seno del mismo, algo que se ha venido anunciando desde hace tiempo, puede resultar que los conservadores sean los más beneficiados por ello. En la actualidad el apparatchiki conservador es muy impopular, en parte debido a que todavía se les considera responsables de los errores de una economía que de hecho controlan cada vez menos. De dividirse el Partido y desmoronarse su aparato, los conservadores gozarán de mayor libertad para criticar al presidente y a los Soviets por su incapacidad para enderezar el deterioro económico, reducir el crimen y detener la desintegración de la Unión. Las tradiciones anticapitalistas, igualitarias y colectivistas de las masas rusas darían a los conservadores un gran apoyo popular en el caso de que los radicales y Gorbachov, aliados, trataran de implantar políticas de libre mercado.
Si el aparato del Partido ha fracasado en su intento de bloquear las reformas de Gorbachov, ¿por qué no hemos oído más de la KGB y del Ejército? El fracaso de estas dos importantes instituciones para obstaculizar el proceso de democratización sugiere que el secretario general del Partido y sus partidarios son mucho más poderosos de lo que creyeron los intelectuales que en los años 70 pretendían que la política soviética giraba en torno al conflicto de varios grupos de interés institucionales, entre los cuales el Politburó y su dirigente no eran más que meros árbitros y agentes.
Además es claro que hasta ahora Gorbachov ha llegado a un acuerdo con elementos de la KGB, cuya vida interna e intereses institucionales se han visto mucho menos afectados por el proceso de democratización que en el caso del aparato del Partido y del Ejército. Si el cuidado con que Gorbachov ha tratado a la KGB se debe en parte a consideraciones políticas, puede también reflejar su deseo de no socavar el mecanismo de frenado de la pesada caravana que está intentando conducir prudentemente a través de un camino abrupto y tortuoso.
Ni la sociedad ni el pueblo ruso son un terreno tan fértil para que nazca la democracia liberal como lo era la España legada por Franco a sus sucesores.
La incapacidad de la KGB para detener el proceso de reforma está también condicionada por las debilidades introducidas en la policía de seguridad de forma deliberada por el liderazgo soviético. Desde que la policía purgó y aterrorizó al Partido por orden de Stalin, el Politburó ha tenido mucho cuidado en mantener en cintura a la KGB. Sobre todo, la policía de seguridad no cuenta con unidades paramilitares a gran escala por miedo a que a su jefe se le pasara por la imaginación utilizar su ejército privado para tomar el poder, como ocurrió con Beria en 1953. Para reprimir graves desórdenes en las calles, por no hablar de pretender dar un golpe de estado, la KGB necesitaría contar con el apoyo del ejército. Desde 1985 el ejército ha sufrido una serie de golpes que habrían bastado para sacar los carros a las calles en muchos países: reducciones unilaterales de armas estratégicas, retirada de Europa Central y Oriental, una guerra perdida en Afganistán, una participación no deseada en el mantenimiento del orden en las calles soviéticas, la deshonra del general Rodionov tras la matanza de Tblisi, el hundimiento del prestigio del ejército en la sociedad soviética, inmensas dificultades para lograr el reclutamiento forzoso, reducciones a gran escala en el cuerpo de oficiales y una gran crisis de alojamiento y privación material para muchos oficiales y suboficiales.
La inactividad del ejército puede deberse en parte al hecho de que ningún militar sensato querría gobernar la Unión Soviética en las actuales circunstancias. Más aún, aunque las 110.000 tropas de paracaidistas, marines y Spetsnaz (comandos especiales), aliados con una operación de la KGB para «quitar» a los dirigentes de la oposición, pudieran controlar las calles de las ciudades soviéticas más importantes durante algún tiempo, no pasaría mucho antes de que estallara una violencia incontrolable. Los suboficiales del ejército son en su mayoría reclutas mientras que un 38 por 100 de sus soldados en 1988 fueron sacados de Transcaucasia y Asia Central. Mantener la disciplina se está convirtiendo en un gran problema, habiéndose «perdido», sólo en 1989, 250.000 armas.
Con toda probabilidad un golpe de la policía militar conduciría a la desintegración tanto del ejército como de la nación. Pero sobre todo el ejército no ha intervenido debido a su deseo tradicional de distanciarse de la política. El último golpe de estado que tuvo éxito en Rusia fue el dado por Peter Pahlen en 1801 contra Pablo I. En su forma actual el ejército data de los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando la profesionalización convirtió al antiguo cuerpo de oficiales nobles en un cuerpo de expertos militares resentidos por la interferencia civil pero ansiosos de no verse mezclados en la política interna. Desde entonces los graduados de la Academia General que dominan el ejército han seguido siendo expertos en especialidades militares muy concretas. Están muy motivados por los valores patrióticos rusos, pero son extremadamente ingenuos e ignorantes sobre cualquier cuestión política.
Sólo si se produjera el colapso de la autoridad política en Rusia y se desintegrase la Unión sería posible que los generales fueran persuadidos para asumir la carga de la responsabilidad política. Sin embargo, para que su gobierno fuera eficaz tendrían que retrasar su maniobra hasta que la desintegración hubiera creado en las masas rusas un gusto por el orden, la autoridad y el nacionalismo.
Por el momento la crisis soviética debe ser superada por medios políticos. Tanto en la economía como en el gobierno la mayoría de los problemas provienen del hecho de que ésta es una era de transición en la que las instituciones tradicionales y los mecanismos se están hundiendo antes de que otros estén en condiciones de sustituirlos. Por poner un ejemplo, las disciplinas de la economía planificada aún no han sido reemplazadas por las del mercado competitivo; por ello, las empresas pueden cobrar precios monopolísticos por sus productos para a continuación repartir asignaciones salariales inflacionarias como medio de suavizar la medida. Dado que los precios industriales están creciendo más aprisa que los precios estatales de adquisición de alimentos, se prevé la aparición de una crisis de las tijeras que recuerda a la de agosto de 1916. La aplicación de políticas radicales para liberalizar los precios produciría una subida vertiginosa en el coste de la comida, el transporte y el alojamiento, corriéndose el riesgo de que estalle una revolución callejera. El deseo del primer ministro Nikolai Ryzhkov de apoyarse temporalmente en lo que queda del sistema administrativo controlado no carece de mérito. Pero las instituciones que está utilizando hoy saben que mañana se enfrentan a su desaparición. La tentación de ir despacio o de sabotear las políticas de reforma es muy fuerte.
El desmembramiento del aparato del Partido Comunista está destruyendo la institución que desde la muerte de Stalin ha formulado la política y ha actuado de coordinador, supervisor e impulsor del resto de las burocracias a través de las que se ha gobernado la vida soviética. Se está produciendo un enorme vacío que sólo puede ser llenado a medias por una presidencia fuerte. Los nuevos cuerpos legislativos no pueden manejar los asuntos gubernamentales del día a día, carecen de experiencia y no cuentan ni con los arribistas nombrados por el poder, ni con la disciplina de partido que dotaron de estructura a los parlamentos británicos en la época anterior y posterior a 1832, respectivamente. En las repúblicas y en las regiones el declive del partido implica que el poder tiene que recaer faute de mieux en la burocracia ministerial cuya falta de coordinación e incompetencia son notorias.
Se necesita tiempo para reorganizar las instituciones y sus relaciones, pero el desconcierto gubernamental en un momento de crisis socioeconómica creciente resulta alarmante. La mayor amenaza inmediata para el gobierno viene del deterioro vertiginoso del mecanismo para intercambiar y distribuir los bienes. Años de muy baja inversión unidos al relajamiento de la disciplina obrera y a las huelgas y bloqueos en el Caúcaso están haciendo estragos en los ferrocarriles. La producción de materias primas y energía así como su transporte están empezando a bajar. Las fábricas están amenazadas con una reducción del tiempo del trabajo. Al aumentar la democracia local las centrales eléctricas y las fábricas contaminantes son cerradas produciendo una serie de efectos que dejan huella en la economía. Cada vez hay más presiones para que se implante una autarquía económica en las regiones, siendo Leningrado el ejemplo más conocido de una ciudad que prohibe a los forasteros la entrada en sus tiendas. Si este proceso no es controlado se corre el riesgo de que se produzca el hundimiento de la economía y la radicalización de la opinión pública hasta el extremo de que el país sea ingobernable.
La incapacidad de la KGB para defender el proceso de reforma está también condicionada por las debi- lidades introducidas en la policía de seguridad de forma deliberada por el li- derazgo soviético
El problema de las nacionalidades ejerce también una gran presión para que se establezca la autarquía económica. Incluso los dirigentes de las repúblicas más conservadoras están determinados a arrebatar a Moscú su control sobre los asuntos económicos locales. Sin embargo, el auge del nacionalismo está creando muchos más problemas en el ámbito político que en el económico. 60 millones de personas, más de un quinto de toda la población soviética, vive fuera de su patria étnica, y si en verdad el imperio se desintegrase la posibilidad de que estallara un conflicto violento sería inmensa. Casi todas las repúblicas contienen minorías significativas y muchas de ellas sienten un resentimiento hacia la «raza dominante» local tan fuerte como el que ésta siente hacia Moscú. Casi todas las fronteras entre las repúblicas pueden ser discutidas.
Incluso en las repúblicas bálticas, donde los movimientos nacionalistas están dirigidos por las cabezas más frías, los lituanos se muestran reacios a conceder un cierto grado de autonomía a la minoría polaca allí establecida. Muchos estonios preferirían morir antes que ver cómo Nerva, con su mayoría eslava, caía en manos de Rusia en caso de producirse la secesión de Estonia. Si Letonia se independizase, ¿qué sería de la mayoría rusa establecida en Riga, capital de la república? Pero si el proceso de disolución se generaliza la cuestión báltica parecería nimia comparada con otros problemas nacionalistas.
En el paso de una economía planificada a otra de mercado están implicados problemas técnicos ingentes, así como graves cuestiones sociales y políticas que a veces recuerdan a la lucha que existió en los primeros años de la Europa contemporánea entre el capitalismo y los valores aristocráticos y religiosos establecidos
De hecho, la anarquía está empezando a surgir de forma amenazadora en el Asia Central, donde la pobreza y la enfermedad están creando un desesperado ambiente de xenofobia que se reflejó en los pogroms realizados contra varias comunidades no indígenas, incluyendo la rusa, durante los pasados nueve meses. Aun así, los musulmanes de Asia Central no están en modo alguno unidos y probablemente el mayor conflicto potencial de la zona esté en la lucha entre uzbekos y tajiks para poseer las ciudades de Samarcanda y Bokhara. Pero incluso la solución a este conflicto parecerá cosa de coser y cantar en caso de que el auge del secesionismo en Ucrania desencadene un conflicto sobre el destino de los 11 millones de rusos que viven en Ucrania oriental. En último término, de la desintegración surgiría allí un estado anejo ruso que incorporaría enclaves rusos como Narva, el norte del Kazakhstán o el este de Ucrania, pero la inestabilidad mortífera y duradera que seguiría al colapso de la Unión Soviética podría incluso ensombrecer los resultados de la partición de la India británica.
Estas perspectivas tan pesimistas, ¿están condenadas a hacerse realidad? Ciertamente, no. Gorbachov ha demostrado una gran habilidad para manejar las dificultades y en su nuevo papel de presidente puede ser una fuente de estabilidad para los problemas que crea una era de transición. El Congreso del Partido que se celebrará en julio de 1990 debería transformar el liderazgo local del partido permitiendo un modus vivendi con los soviets locales que pueda garantizar una transferencia ordenada del poder desde el Partido a las instituciones estatales.
En caso de que el PCUS se divida el reducto radical sería el núcleo de un partido reformista que incorporaría la fuerza democrática de los soviets. Estos a su vez podrían sentar las bases para que apareciera un gobierno con la legitimidad suficiente como para introducir medidas económicas dolorosas. La legislación de marzo de 1990 sobre la propiedad y la empresa individual ofrece un marco adecuado para avanzar en el proceso de implantación de una economía de mercado. Sólo con que se pudiera detener el declive de la economía, la posibilidad de mejorar la política y la economía a mediados de 1990 se haría real. Uno puede animarse con el pobre resultado obtenido por la derecha racista en las elecciones rusas celebradas en marzo de este año y confiar en que la espantosa historia de violencia de la Unión Soviética en este siglo sea un poderoso freno para no extremar los conflictos políticos.
Incluso el problema de las nacionalidades no es desesperado. La secesión rara vez tiene sentido desde un punto de vista económico, y sus costes políticos potenciales son evidentes para muchos. En la actualidad, probablemente un secesionismo total sólo atrae a una mayoría en el Báltico, Azerbaiján y Georgia. Igualmente, los rusos inteligentes entienden que mantener en la Unión a repúblicas no rusas contra su voluntad no beneficia a nadie. Es posible encontrar soluciones parciales para todos los problemas incluso para el de las nacionalidades; siempre y cuando se pueda ganar tiempo y que las crisis nacionalista, económica e institucional no se aúnen para hacer de la Unión Soviética un país ingobernable en un futuro próximo.
Las relaciones entre las repúblicas deben ser reguladas mediante tratados y diferir de una región a otra. Se tiene que permitir que el Báltico se encamine a una independencia amparada tan sólo en lazos no más fuertes que los que unen a los países miembros de la Commonwealth británica. Es necesario alcanzar un «acuerdo histórico» entre Kiev y Minsk similar al establecido entre Viena y Budapest en 1867: se tiene que combinar la existencia de una zona común de libre cambio y una serie de acuerdos defensivos con una gran autoridad en las demás cuestiones. Por el momento, ha de mantenerse el gobierno ruso en Asia Central, ya que la alternativa es un caos absoluto. Sin embargo, con el tiempo los rusos deben intentar quitarse de en medio de una zona que de lo contrario exigirá el envío de subsidios masivos y de fuerzas de mantenimiento de la paz, y cuya inmensa población musulmana influirá de forma decisiva en el resultado de cualquier elección genuinamente democrática que se celebre en toda la Unión hacia el año 2000.
La inactividad del Ejército puede deberse en parte al hecho de que ningún militar sensato querría gobernar la Unión Soviética en las actuales circunstancias
Todo esto es posible, y no cabe duda que tanto a los rusos como a los no rusos y al resto del mundo les interesa que la actual crisis soviética sea resuelta por medios pacíficos, y que surja un régimen estable desde un punto de vista político y económico en esta inmensa zona del planeta.
Pero es imposible disipar las dudas y eliminar los temores. Esperemos que esta sensación se deba tan sólo a que los terribles acontecimientos de este siglo están proyectando en el proceso, de forma innecesaria, una sombra deprimente que distorsiona mi exacta valoración del panorama contemporáneo. De ser así, quizá sea tan sólo el producto de un defecto profesional del historiador: su incapacidad para olvidar el pasado.
Hace relativamente poco tiempo que el mundo financiero se vio desagradablemente sorprendido por la caída de la Bolsa de Tokio. Nuevamente se puso de manifiesto que la economía mundial es cada vez más interdependiente y esto es una condición que se menciona con harta frecuencia y que, sin embargo, se olvida con facilidad.
Una serie de circunstancias simultáneas dieron lugar al descalabro del índice nikkei y a la caída del poderoso yen. Por un lado, los valores japoneses estaban desproporcionadamente altos (se manejaban índices P.E.R. de dos a cuatro veces los de Nueva York o Londres), por otro, los valores mobiliarios están en Tokio vinculados, como en ningún lado al precio del suelo, que allí alcanza valores exorbitantes. Ello en sí supone una situación delicada que puede ser explosiva. Además de estos factores bursátiles, coincidieron factores políticos derivados del desgaste del partido gobernante, salpicado de públicos y notorios escándalos y también del enfrentamiento de las autoridades comerciales con los Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea, por incumplimientos arancelarios y restricciones japonesas a productos de importación. Si a ello le añadimos un detonante explosivo, como fue el enfrentamiento entre el Banco Emisor y el Ministerio de Economía, en cuanto al criterio que debía imperar en política monetaria, tenemos los ingredientes que en mayor o menor grado causaron la convulsión. La sorpresa en Occidente fue mayúscula, pues el fenómeno se inició precisamente en el mercado japonés, que tenía acostumbrado a los financieros occidentales a jugar con red de seguridad, a ser menos sensible a la histeria y a salir antes del túnel, como así se demostró en el famoso crack de octubre de 1987, al ser el primer mercado que inició la recuperación de una situación que no alcanzó allí la gravedad que tuvo en Nueva York o Europa.
No es el propósito de este artículo analizar el peso específico que tuvieron cada una de las causas enumeradas, ni tampoco sus efectos directos e indirectos, inmediatos o a más largo plazo. Sin duda alguna, muchas empresas que habían iniciado su apertura hacia el Japón, se han visto afectadas por la caída del yen. Otras que dependían en su financiación de la moneda japonesa, han tenido que variar su estrategia, pero todo entra dentro del quehacer económico y financiero empresarial, que cada día es más sofisticado.
La pregunta alrededor de la cual pretendemos elaborar unas reflexiones es si es sólo coyuntural el fenómeno japonés, o subyacen causas más profundas que afectan a la vida, y no sólo económica, de los ciudadanos de ese gran y aún enigmático país. Indudablemente, los países al igual que los individuos, pueden «padecer» de un exceso de salud, de vitalidad, de productividad, de ahorro que no sabe dónde ir, y esto le pasa al Japón. Pero le ocurre eso y no sólo eso. Los japoneses y japonesas son cada vez más conscientes de que están en el umbral de cambios que los separan de sus padres y abuelos más profundamente que sus homólogos de Norteamérica y Europa. Se van despojando de complejos muy arraigados, son cada vez más conscientes de su fuerza, de su importancia en el mundo moderno, se van abriendo al exterior y como síntoma más visible, van aceleradamente adquiriendo un hábito en el que iban muy a la zaga de otros países ricos: el consumismo.
Pocos países ofrecen contrastes tan grandes en una superficie tan exigua. Osaka en su región Kansai, ha cedido de mala gana el protagonismo a la región de Tokio, la antigua Edo, que domina desde el 1600 la escena japonesa, despegándose del resto, que resulta provinciano a su lado. Es sorprendente para un occidental, y más para un español, descubrir los fracasos de planificación y de ingeniería de un pueblo que tenemos por modelo de eficacia y buen hacer. El aeropuerto de Narita, el de Osaka, los tres puentes de Shikoku, el túnel de Seikan, el famoso Centro Comercial de Osaka, son rotundos fracasos, técnicos y comerciales, tanto como industrialmente lo fueron el proyecto de utilización de energía nuclear para la fabricación de acero, donde enterraron 110 millones de dólares, y bastantes otros menos relevantes.
El fenómeno de Tokio es casi irrepetible, en el mundo actual, y al igual que París es indiscutiblemente la ciudad de la moda. Tokio lo es de la electrónica, y, especialmente, de la electrónica de consumo.
La formidable base industrial japonesa, complejísimo maridaje de Gobierno, el poderoso MITI, los Bancos (entre los 20 mayores del mundo, 13 son japoneses) y las grandes compañías industriales, aseguran que el país ocupará un puesto de vanguardia en el mundo del siglo XXI. Y ello solamente con un dato: Japón invierte en valor absoluto en investigación y desarrollo más que los Estados Unidos. Y lo que es más importante: esta investigación no se dirige solamente a mejorar productos y procesos, sino a productos totalmente nuevos. Japón es un laboratorio del futuro con clara vocación práctica. En ciertos sectores, como en el de los semiconductores, el dominio japonés es tan abrumador como preocupante.
Conviene mencionar al mismo tiempo que las luces, también las sombras: por supuesto su dependencia de materias primas importadas es una, que ellos superan a base de productividad fabril y mano de obra muy trabajadora y barata, pero tienen otras que son igualmente perturbadoras. Por ejemplo, sorprende observar una agricultura tan pobre y raquítica, y tan cercana a centros tan avanzados y da que pensar lo que, si no hubiera barreras políticas, históricas y étnicas, podría ser el verdadero peligro amarillo de que nos hablaron hace ya muchos años: una alianza chino-japonesa: el espacio, los recursos aliados con la inteligencia y la técnica.
Invirtiendo bien en distribución, se logra éxitos como vender BMW en el país de Toyota, Nissan y Mitsubishi
La infraestructura es una infraestructura de contrastes, coexisten ejemplos de vanguardia con aspectos muy atrasados y no olvidemos que la infraestructura, para ser verdaderamente útil, debe ser armónica en su mayor grado. Pero, independientemente de fallos agrícolas y algunos de infraestructura, lo que más sorprende y afecta para negociar con Japón y penetrar el mercado japonés son dos facetas que no se sienten hasta toparse con ellas: la primera son las escasas, raquíticas y, a veces inexistentes redes de distribución, en donde apoyar una operación de marketing; la segunda, una compleja e ilógica legislación, dificilísima de entender, que regula las actividades financieras, comerciales, técnicas, inmobiliarias y de todo tipo. Son dos caballos de batalla, sin los cuales no se puede negociar con el Japón moderno.
Mayor calidad de vida y yutori, o «tranquilidad de espíritu», son las aspiraciones para los años noventa
Los grandes industriales tienen sus propias redes de distribución en exclusiva; así, por ejemplo, Matshushita, gran fabricante de productos de electrónica de consumo, tiene nada menos que 30.000 puntos de venta en todo el país. Ello constituye una barrera casi insuperable para un competidor. Por ello, la penetración en el mercado japonés, que ya supone un esfuerzo económico y de tiempo importante, sólo es aconsejable si antes se realiza concienzudamente una preparación intensa y se establece lo que podríamos calificar como una estrategia implacable. Aquellos empresarios europeos que en una gira organizada por cualquier institución se asoman al Japón, verán, sin duda, cosas interesantes y volverán quizá llenos de entusiasmo, pero están muy lejos del camino a seguir para establecer una base operativa eficaz allí. Hay, sin duda, ejemplos de buen hacer comercial, acompañados generalmente de gran inversión, en redes de distribución; tal es el caso de BMW, que demuestra que en el país de los toyota, nissan, mitsubishi, se puede tener éxito vendiendo coches. Otros grandes europeos y americanos van penetrando en el mercado: Hoechst, Unilever, Philips y muchas más; se ven aparatos de electromedicina no japoneses, ciertas máquinas herramientas, maquinarias para la industria de la impresión, y todo el mundo habla de la penetración de Electrolux con sus aspiradoras. Pero donde las marcas europeas ocupan la vanguardia es en los productos de lujo: Dunhill, Cartier, Dior, Vuitton… El precio no importa, y hablando de precios, Tokio es, sin duda, una de las ciudades más caras del mundo. Todo resulta caro allí.
Se ha dicho que si se quiere analizar el futuro económico de un país, se examine su demografía. En Japón se dan dos características muy generales, pero que allí son mucho más acusadas: el envejecimiento de la población y la incorporación de la mujer al trabajo y, en general, a la vida. Ello conducirá, por un lado, a que se utilicen sus gigantescas reservas monetarias, a invertir en paí- ses más jóvenes y a que sus hábitos se orientarán hacia un mayor consumo en viviendas, productos para el hogar, modas, artículos de lujo, etc.
Los japoneses van aprendiendo lentamente a practicar lo que llaman yutori, que se puede traducir por tranquilidad de espíritu. Se van percatando de que la gigantesca riqueza del país no se corresponde con la relativa pobreza de su pueblo. Si el famoso MITI fijó como objetivo para los años sesenta la industria del acero y los astilleros, si después de 1970 entraron de lleno en el automóvil y la electrónica de consumo y en la década de los ochenta en la informática y comunicación, ahora parecen orientados a elevar su nivel de vida. Los horarios laborales, que han sido de 2.110 horas/año en 1989, pasarán a 1.800 horas/año en el 93. Se reducirán las horas extras y la semana de 48 horas pasará a 40. Y ello también en la pequeña empresa, que tanto empleo genera. El MITl se propone destinar cuantiosas inversiones a los pequeños industriales para que puedan trabajar menos horas, aumentando su productividad. ¡Por fin los japoneses disfrutarán de un fin de semana de dos días completos!
En cuanto a la otra barrera que hemos señalado como objeto de penetración, la compleja y enervante regulación, es, sin duda, una barrera, y con razón se han quejado y se vienen quejando americanos y europeos. Lo que sí es cierto es que es una barrera que les afecta a ellos mismos. Hay un ejemplo que es ilustrativo: la presión de cierta banca americana y europea, para conseguir la implantación de ciertos productos y servicios financieros, fue enorme, y fue apoyada por gran parte de la banca japonesa, que sufría de un oligopolio establecido precisamente por los primeros bancos americanos y europeos que establecieron sus bases allí. El libro de Akio Morita, presidente de Sony, y Shintaro Ishira, miembro del Parlamento, The Japan that can say no, es un reflejo de la mentalidad del nuevo Japón. Es una cierta réplica a la corriente antijaponesa tan extendida en Occidente y puesta de manifiesto por personalidades tan relevantes como lacocca. La acusación es que no juegan limpio comercialmente hablando. A ello contestan los autores, ¿y por qué debemos cambiar las especificaciones nosotros? ¡Que cambien ellos! ¡Que fabriquen con nuestra calidad! Naturalmente, la razón absoluta no está en ninguna de las dos partes, pero a la gran presión occidental, Japón está cediendo lentamente, si bien es cierto que después de una implantación que no fue fácil de admitir, sobre todo por Estados Unidos. Ahora bien, los empresarios japoneses se han dado perfectamente cuenta de que la época de plantas de montaje en el exterior con poco valor añadido y aptas para recibir componentes y partes fabricados en Japón, se ha acabado. Tienen que ir a invertir y a invertir de verdad, a intercambiar componentes fabricados fuera del Japón, e incluso a realizar en Europa y Estados Unidos lo que seguramente les costará más hacer: la investigación.
Japón invirtió en el extranjero el pasado año más de 67.000 millones de dólares. Esta cifra representa más del 40 por 100 que la correspondiente al año anterior. Las inversiones se dirigieron no sólo a la compra de empresas, sino también al sector inmobiliario y, desde luego, la compra del Rockefeller Center fue una de las que más publicidad recibió, pero no la de más alta cuantía.
Norteamérica atrajo aproximadamente el 50 por 100 de los yenes que salieron al exterior, pero Europa atrajo una creciente cuantía, destacándose Inglaterra como el país donde más invirtieron los empresarios nipones, con una cifra de 10.500 millones de dólares, más que todos los otros miembros de la Comunidad juntos. Le sigue Holanda, con 5.500 millones de dólares y Luxemburgo, con 4.500 millones de dólares (inversión financiera). España figura en el sexto lugar, con algo más de 1.000 millones, siguiendo a Francia, con 1.700 millones. Las inversiones más cuantiosas y las que más destacaron fueron las que han hecho en el sector del automóvil, pero, desde luego, no fueron las únicas.
El ritmo de inversión japonesa en Europa aumenta a medida que se estabiliza en USA. En el sector no automotriz destacan, entre otras, las inversiones de Minolta, que acaba de celebrar su 25 aniversario de presencia europea. Aunque su producto estrella es la máquina fotográfica, sus líneas de producción incluyen óptica, electrónica y equipos para oficina. Desde su base en Hamburgo cuenta con 15 compañías europeas subsidiarias y 4.000 personas de plantilla. Se propone penetrar en los países del Este, y entrar dentro del campo del R + D europeo. Compite con otra japonesa, también instalada en Alemania, la Olympus Optical Europa, cuyo presidente, el Dr. Werner Teuffel, se precia de que entre los 7.900 empleados de la compañía no se encuentre un solo japonés.
Olympus produce también en USA, y realiza exportación e importación de sus productos y componentes entre Europa y los Estados Unidos. En un sector casi reservado a los americanos, y que es el de las grandes máquinas de movimiento de tierras y excavación, y donde Caterpillar es, sin duda, el primero del mundo, nos encontramos a Komatsu que ocupa justamente las instalaciones que abandonó Caterpillar en Birtley (Chester, Reino Unido). Están en plena expansión, pues consideran poco mecanizado el mercado de la obra pública en Europa. Entre otras, podríamos citar también a Hitachi (también en el Reino Unido), en donde tienen además un gran centro de investigación y desarrollo; Ricoh (automatización de oficinas), Seiko, famosa por sus relojes, fabricando «al gusto europeo» en Holanda; más nombres y nombres japoneses, que van siendo cada vez más conocidos, Cannon, Mitsubishi, Hamada, Sony…
Pero es en el mercado del automóvil donde se ve un despliegue, una actividad asombrosa. Nissan, por ejemplo, está construyendo y ampliando sus fábricas en Inglaterra y en España (Barcelona). Dispondrá de un gran centro de investigación en Derby, dónde quiere desarrollar el coche de lujo que se propone competir con Mercedes, Porsche, Bentley
El acuerdo de Honda con Rover es otro ejemplo, y Toyota, desde su base en Alemania, se ha independizado casi totalmente de suministros del Japón; se podría seguir con el campo de las motocicletas y de los componentes, como lo es la inversión de Nippondenso y Valeo, para fabricar equipos electrónicos de ignición en Barcelona.
Sí. No hay duda, Japón tiene asegurado un puesto seguro en el pelotón de cabeza de países líderes del siglo XXI. Además, los japoneses, y ello más en Europa que en USA, son muy dados a integrarse en las comunidades donde viven y tienen un gran sentido de sus obligaciones cívicas. Atrás van quedando los viejos complejos: su presencia industrial y financiera se ve complementada con su creciente preocupación por el medio ambiente y por su creciente interés por la cultura y las humanidades. Al mismo tiempo que el Japón era noticia, por lo que se temió un retroceso en el mundo financiero y que comentamos en el principio de este artículo, un japonés, el señor Sito, compraba el Van Gogh y Renoir más caros del mundo, y la Galería Kobayashi hubiera pagado aún más, según declaró al conocer la compra. Al fin y al cabo, es una traslación de la historia, de lo que hicimos los españoles en los siglos XV y XVI, los Borbones franceses y el Imperio de Napoleón, en el XVIII, la poderosa Inglaterra Isabelina y Victoriana, cuando el dinero y el poder estaban en España, Francia o Inglaterra. Ahora le toca también al Japón.
No es cierto el ingenioso título del libro que hace furor en el Japón, del autor Bill Emmot, The Sun also sets (El sol también se pone). El sol brilla y brillará en el país del Sol naciente.
A. Fontán. Es un honor para NUEVA REVISTA recibir la visita del actual ministro de Asuntos Exteriores, don Francisco Fernández Ordóñez y del primer ministro de Asuntos Exteriores de la Monarquía restaurada, don José María de Areilza. Representan dos momentos capitales de la presencia de la España democrática y de la Corona en la vida política internacional, el del inicio y el de la plenitud actual. El ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, realiza la plena incorporación a la comunidad de países occidentales de la España democrática y de la Monarquía restaurada. En aquellos años esa operación política tan brillante es fundamentalmente atribuible a él. Esa operación fue refrendada por el aplauso y la asistencia de la inmensa mayoría de los españoles políticamente conscientes y responsables.
Después se normalizó nuestro sistema democrático, se acordó establecer la Constitución, se formalizaron los partidos políticos y adquirió plena vigencia el sistema político español. Durante los primeros años, lo que parecía ser un logrado consenso o acuerdo nacional para la devolución de España a la comunidad internacional, pasa por momentos de dificultades y de tensiones que se centran, probablemente, en torno al momento de la entrada en la OTAN.
Pero los tiempos han cambiado. Ahora se piensa otra vez en una política de Estado que esté por encima de los partidos políticos. Y esa voluntad de conseguir una presencia del Estado español en el mundo actual, la representa la política que está desarrollando el ministro Fernández Ordóñez.
Areilza: «La tendencia federativa que tenga la constitución de Europa unida de aquí a dos o tres años puede ser un tema interesante para consolidar el tono no separatista de los nacionalismos existentes.»
Creo que estos dos puntos, el de arranque y el actual, en las relaciones exteriores son los que justifican y dan lugar a este coloquio.
Tanto Alberto Míguez como el marqués de Tamarón, Sucre Alcalá y yo mismo, iremos planteando cuestiones a ambos ministros que ilustren a la opinión pública y pueda recogerse este coloquio sucintamente, resumido, como es habitual en las páginas de la NUEVA REVISTA.
Tal vez Alberto Míguez quiera plantear alguna pregunta, o prefieren los señores ministros decir algo como introducción.
Alberto Míguez. —No, yo creo que el embajador Areilza podría hacer tal vez algún comentario a lo que ha dicho el señor Fontán. Cuál fue, por ejemplo, su experiencia en aquel momento, si le resultó verdaderamente fascinante abrir España al mundo…
José María de Areilza. —Efectivamente yo recuerdo las horas dramáticas de aquel momento histórico en que, desaparecido el general Franco, entraba a regir el país el Rey Juan Carlos. Don Carlos Arias, que era el presidente del Gobierno, recibió el encargo de incorporar a determinadas personas dejando a otras para que hubiese una continuidad en el tiempo de aquel Gobierno.
Tengo que decir que Carlos Arias no me puso ningún inconveniente en la gestión de la política exterior. Incluso, me dejó hacer de una manera casi, casi, para mí mismo exagerada. Manifestaba un escaso interés por las cosas exteriores. Me decía que aquél no era su terreno, que él no sabía bien cómo estaban planteadas las cuestiones y que avanzara con el criterio que le había manifestado. Y cuando despaché con el Rey en dos o tres ocasiones en los primeros días (era a finales del año 75) don Juan Carlos me manifestó una entera confianza y debo decir que a él debo el haber tenido verdadera carta blanca para poder hacer los viajes que hice y llevar a cabo todas las gestiones que llevé a cabo, porque sabía que estaba respaldado, cuál era el alcance, el propósito y el límite de la evolución democrática de España.
Recuerdo que un periódico que me combatía mucho, cuyo nombre no quiero recordar, decía: «Areilza, el ministro de Asuntos Exteriores, ha ido a vender a Europa una mercancía que no existe: la monarquía democrática». Era verdad, pero creo que se trataba de una buena venta, al decir lo que había que hacer, lo que se iba a legalizar. Yo en aquellos meses porque estuve solamente desde noviembre o diciembre del 75 hasta junio del 76-, primero despaché los asuntos urgentes, había cuatro o cinco, que con gran gentileza y sinceridad Pedro Cortina me advirtió que no podían esperar, que necesitaban arreglo. Y entre esos asuntos, estaba el evitar por completo el riesgo de incidente militar grave en el Sáhara, algo que no podía ser bueno para el estreno de un sistema nuevo. También el que hiciésemos las paces, por decirlo así, con Portugal. Era algo que Portugal deseaba y Melo Antunes (entonces ministro de Asuntos Exteriores) me pidió que fuera hasta Guarda, una localidad que está cerca de la frontera, para poder establecer allí las bases de un compromiso y rectificar todo lo que había ocurrido. El tercer asunto urgente eran las relaciones con la Santa Sede, que habían quedado en un punto muerto y existían unas tensiones muy graves originadas por ciertos malentendidos. Y, finalmente, había otro punto también interesante: la necesidad que teníamos de concluir un acuerdo con los Estados Unidos, algo que había tropezado con una especie de resistencia a ultranza del Ministerio, de mi antecesor Pedro Cortina y de los americanos. Había una serie de puntos de fricción algunos de ellos muy graves que dificultaban la renovación de los acuerdos que estaban prorrogados pero no habían sido renovados.
Marqués de Tamarón. ¿Fue entonces cuando inició aquel programa tan intenso de viajes?
J. M. A. —Bueno, todo lo anterior eran misiones urgentes e hice 11 viajes en esos seis meses. Manifesté mi deseo de, ante todo, viajar a los países con los que teníamos cuestiones pendientes. Por ejemplo, tuve una conversación con Kissinger en París, muy interesante. Como yo conocía a Kissinger de mis años en Estados Unidos y sabía que era un hombre inteligente, duro, implacable, sobre todo cuando tenía un interlocutor enfrente que no sabía bien lo que quería, le dije:
—Yo sé muy bien lo que quiero, si usted me permite decirlo.
—¿Qué quiere usted?
—Un Tratado con los Estados Unidos.
—¿Cómo un Tratado?
—Sí, no un convenio ejecutivo, sino un Tratado. En primer lugar, un texto que haya sido aprobado por el Senado. En segundo lugar, contrapartidas del orden de 1.000 millones de dólares para hacer frente a nuestras necesidades de carácter urgente.
—Muy bien, ¿qué más?
—Y tercero, que se ponga un límite a la estancia en España de armas nucleares, una fecha, no sé si es el año 78 o 79, pero que se ponga una fecha tope en el texto.
—¿Tiene usted los expertos?
—No hay más expertos que un señor que me acompaña y yo. Y él sacó entonces una batería tremenda de expertos en París. Y me dijo-:
—Bueno, estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo.
—Yo le enviaré un recado a Madrid, etc. Firmamos en el mes de enero. Con todo ello, logramos una cosa muy importante: unas relaciones amistosas estables con la potencia número uno de lo que podríamos llamar el bando democrático.
Fernández Ordóñez: «En mi período hemos ganado un poco el consenso otra vez, que se había perdido anteriormente mucho. En este momento vivimos un consenso atenuado.»
A. M. —Posteriormente se produjo la «ofensiva europea»…
J. M. A. —Sí, después fui a visitar uno por uno a todos los países de la Comunidad, que eran seis, para plantearles el problema de que España deseaba en su día entrar en la Comunidad, aunque no tenía en aquel momento una situación democrática establecida. También les dije que esperábamos que eso se produjera cuando España tuviera una Constitución, se celebraran elecciones libres y contase con un Parlamento pluripartidista. Estuve en Bruselas, en Holanda, en Copenhague, en Dublín y en Luxemburgo. Fui a ver al señor Callaghan en Londres, estuve con Wilson también y saludé a la señora Thatcher, que acababa de ser nombrada jefe del partido conservador. Recuerdo que estuvo amabilísima, muy efusiva y que me dijo que era partidaria de ayudarnos en el proyecto que entonces estábamos iniciando. Y además conocí a lo que podríamos llamar el «equipo alemán».
Fue el país que nos dio la más calurosa acogida. Conocí a Genscher, a Kohl, a Schell, que eran los tres hombres que manejaban entonces la política alemana y también a Strauss. Realmente, me convencí de que allí teníamos un sólido apoyo para toda nuestra operación de política democrática. Luego hice un viaje a Roma, donde visité largamente al presidente Rumor, que me había invitado.
También vi a Pablo VI, y estuve con Cassaroli. Allí tracé las bases de lo que sería el conjunto de los acuerdos futuros. La única cosa que me pidió Pablo VI, es que convenciésemos al Rey de que renunciara a los derechos que tenía sobre la presentación de obispos. Así se hizo. Bennelli era un hombre que, como decía no sé quién, se parecía bastante a un ratón campesino que asomaba la cabeza, desaparecía y reaparecía por la otra punta del despacho, con otro argumento. Yo me divertí mucho con él, le hice rabiar un poco, pero también encontré que había unas presiones tremendas por parte de elementos muy conservadores, no tanto de la Iglesia española, que se portó muy bien en todo aquel proceso, sino de grupos que algunos de ustedes conocen bien. Se trataba de que no se llevaran a cabo ninguna de esas reformas que quedaron casi como estaban.
Esto fue la sustancia de lo que hicimos en primer lugar, junto con una idea que le propuse al Rey: puesto que era el Segundo Centenario de la Constitución Americana, convendría aprovechar una invitación de tipo general que estaba pendiente para que don Juan Carlos fuera a EE. UU. Acordamos que antes hiciera una escala técnica —prácticamente fue de unas horas nada más— en la República Dominicana, por aquello de ser la primera Fundación española en el Nuevo Mundo. Y efectivamente, tuvimos allí una cordialísima acogida. El Rey declaró que su primer viaje al extranjero había sido para pisar tierra iberoamericana. Y desde allí nos fuimos a Washington, donde estuvo tres días. Fue una visita muy importante. El Rey me preguntó si debía hablar en inglés o en castellano. Yo le dije: «Estuve en muchas ocasiones en estos actos en Washington cuando fui embajador durante seis años y es evidente que un discurso pronunciado en el Congreso, ante el Senado y la Cámara de Representantes en inglés en vez de en lengua vernácula siempre llega primero y mejor». El Rey hizo un gran discurso. Dijo unas palabras terminantes: «Yo me comprometo a que el sistema democrático en España vaya hasta la pluralidad de partidos y también me comprometo a que en la nueva Constitución el partido que obtenga la mayoría de votos de la Cámara se encargará de formar Gobierno». Fue como un anticipo de lo que vendría después. Aquello puso en pie al Congreso de Estados Unidos, porque entendían todos que el Rey se había comprometido ante la opinión pública del país más importante del mundo libre.
Después ocurrieron una serie de cosas que no tienen nada que ver con la política exterior y en la renovación del Gobierno, cuando se produjo la crisis de julio de 1976, yo mismo recomendé que nombraran a Marcelino Oreja por ser el hombre que llevaba el «día a día» a la perfección y además era subsecretario mío.
A. F. —A mí me consta que realmente Areilza fue el ministro de Asuntos Exteriores de la Monarquía, no el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno, de aquel Gobierno. Yo supe, antes de que aquel Gobierno se constituyera, de una fuente absolutamente fidedigna, que el ministro de Asuntos Exteriores iba a ser don José María de Areilza. La designación fue una manifestación de confianza de la Jefatura del Estado, de la Corona, hacia la personalidad política del entonces embajador Areilza.
Efectivamente, ése fue el momento de la introducción de España en lo que se llamó el concierto internacional, puesto que antes ocupábamos una posición marginal, apenas se nos toleraba en ciertos foros internacionales.
Ahora el ministro Fernández Ordóñez se encuentra con otros problemas que, en el fondo, acaban siendo los mismos.
A. M. —Enlazando con lo que decía el embajador Areilza, me da la impresión de que una de las prioridades de su gestión fueron las relaciones con los EE. UU. Partiendo de este principio, me gustaría preguntarle al ministro Fernández Ordóñez si verdaderamente estas relaciones con el gran país constituyeron también para él un grave problema. ¿Cómo se desarrollaron en los últimos tiempos? ¿Había alguna herencia difícil de superar en un determinado momento?
Francisco Fernández Ordóñez. —Creo que sí porque, claro, heredamos un convenio enormemente polémico por muchas y diversas razones.
Primero, porque estos convenios arrancan de la época de Franco y por tanto desde el punto de vista de la opinión pública resultan muy distintos de los que tienen los Estados Unidos con otros países de Europa. Era un convenio pre-democrático, con el que se había polemizado y se sigue polemizando. Por tanto, efectivamente, ésa fue una operación que ha complicado mucho las relaciones con los Estados Unidos. Por eso tengo que decir que el reciente convenio que se ha hecho para ocho años no fue a petición de los americanos. Yo, personalmente, lo propuse al presidente del Gobierno porque me parecía que el negociar cada cuatro años era muy complicado y, hasta cierto punto, inútil. Creo que efectivamente ese convenio que en un momento cumplió unas funciones, que luego cumplió otras y que ahora cumple otras más normales, fue siempre un problema. Yo espero que en este momento deje de serlo.
A. M. —Otro tema. Cuando el señor Areilza llega al Ministerio, casi se puede hablar de consenso en política exterior. Casi todas las fuerzas políticas, legales o ilegales, apoyaban una apertura total de España al mundo. Por parte de los grupos sociales, parece ser que había también un consenso generalizado: integración en Europa, buenas relaciones con los EE. UU., etc., etc. ¿Cuándo se empieza a romper ese consenso, señor Areilza?
J. M. A. —Yo creo que ése es un problema ajeno a la política exterior. Quiero decir que lo que se produjo con aquel primer Gobierno, fue curiosamente que había una falta de orientación directa: no se sabía muy bien hacia dónde íbamos. En otras palabras, yo hacía esos viajes, vendía mi mercancía, hablaba de entrar en el Mercado Común, me entrevistaba con el secretario general del Consejo de Europa, etc., etc., convencido de que para eso era necesario tener un aval democrático establecido. Y, en cambio, en las reuniones de los Consejos de Ministros -dicho sea con todos los respetos a mis compañeros, sin excepción- había una porción de discusiones sobre temas puntuales que no tenían nada que ver con el verdadero problema: ¿hasta dónde, cómo y cuándo iba a empezar la transición? Y eso duró casi todo el tiempo del Gobierno Arias. Por ejemplo, un día que yo sacaba a colación una conversación con Pablo VI, se la empezaba a contar a Carlos Arias, y él me cortaba y cambiaba de tercio, porque le parecía que ese tema era secundario. En cambio, hablábamos del precio que se iba a establecer para la remolacha, de unos cultivos, de unas semillas de no sé dónde. Yo trataba de reintroducir la cuestión y decía: «Bueno, pero debemos tener un día una conversación para lograr un acuerdo o un desacuerdo con lo que todavía subsiste del Movimiento Nacional», el Consejo Nacional, el Consejo del Reino y las Cortes franquistas, y entonces se me contestaba: «Sí, sí, se hará una reunión mixta…, ya veremos lo que pasa en ella…». Pero no había un plan, no había un proyecto. O, mejor dicho, existía pero nunca se planteó en el Consejo de Ministros.
En aquel ámbito yo era un señor que vendía unas ilusiones exteriores basadas en un supuesto sobre el que no se deliberaba. Resultado: que al cabo de seis meses se detectó un clima tremendamente enrarecido porque, curiosamente, había una auténtica campaña contra el Gobierno por ser demasiado aperturista.
A. F. —El aperturismo se limitaba al Ministerio de Asuntos Exteriores.
J. M. A. —¡Cómo vamos a negar, por supuesto, que estaban Adolfo Suárez, Osorio, Calvo Sotelo y Fraga! Pero el problema era que no se había planteado el cambio como el asunto más importante y único. Debíamos haber tenido reuniones todos los días diciendo: «Ahora vamos a hablar del proceso de transición». Pero no fue así. En contra de eso, estaban latentes las amenazas, todo hay que decirlo, de determinados grupos militares que actuaban, conspirando o publicando documentos en un determinado periódico. Era algo obvio y estaba a la luz del día. Y claro, cuando se producía alguna de estas pequeñas escaramuzas en el Gobierno, ¡se decía cada cosa! Un ministro, por ejemplo, aseguró que para resolver una determinada huelga había que hacer «como en Barcelona antes de subir al poder Primo de Rivera» con hombres armados, con la policía, etc., etc. Eso lo decía no en broma, sino proponiendo una solución verosímil. Debo decir que el que más me ayudó fue Antonio Garrigues, ministro de Justicia, que tenía muy buen sentido.
Era muy difícil vender la apertura exterior cuando no se quería llevar a cabo la apertura interior. Entonces, claro, yo no podía seguir.
F. O. —Creo que entonces Areilza hizo algo más que vender un producto que no existía y como él no lo dice, creo que lo debo de decir yo. Comprometió con su acción exterior la propia política interna. A veces pensamos que el ministro de Asuntos Exteriores nunca afecta a la política interna: eso es un error, sí que la afecta. Cuando yo estoy en Europa diciendo que España juega a favor de la unión política europea y a favor de las cesiones de soberanía, tal vez no nos damos cuenta de que van a cambiar muchas cosas aquí dentro. Toda aquella política, aquellas declaraciones, acabaron comprometiendo y empujando como una bola de nieve al propio proceso.
A. F. —Además, era un punto en donde el ministro Areilza sabía bien que tenía el respaldo y la confianza de la Corona. Actuaba como apoderado del Rey.
J. M. A. —Quizá no deba decirlo, pero es verdad. También contribuí de una manera decisiva a la legalización del Partido Comunista. Cuando fui a París en uno de los viajes, se organizó una rueda de prensa y un periodista francés me dijo:
—¿Qué van a hacer ustedes con el señor Carrillo?
—¿Con Santiago Carrillo?
—El señor Carrillo está aquí y ha presentado una petición para que le den un pasaporte e ir a España. ¿Cuál va a ser la decisión?
Yo respondí:
—Como ministro de Asuntos Exteriores puedo decirle que la posición va a ser darle un pasaporte, porque este señor tiene la ciudadanía española vigente, aunque sea un exiliado, aunque sea comunista. Que luego tenga al llegar a España que rendir cuentas de determinadas cosas que pueden ser todavía objeto de sanción penal, es otro problema. Ese es su problema. Pero nosotros no podemos negar a un ciudadano español, en ningún caso, su condición de hombre que tiene derecho a poseer una documentación legal. Eso fue muy criticado por mis compañeros en el Parlamento franquista.
A. F. —Por lo que ha dicho el ministro Fernández Ordóñez, efectivamente el Ministerio de Areilza condicionó la política española, comprometió a España, a una España que por otra parte quería comprometerse, fue la voz de los sin voz y la voz de las instituciones supremas. ¿Ocurre ahora igualmente en la experiencia del día a día en la política del Ministerio de Asuntos Exteriores?
F. O. —Sin duda.
A. F. —Ha hecho referencia el ministro Fernández Ordóñez al tema de la unión política europea, pero hay también temas relacionados con la Europa del Centro y del Este, con Centroamérica, con América del Sur…
Fernández Ordóñez: «Cuando yo estoy en Europa diciendo que España juega a favor de la Unión Política Europea y a favor de las cesiones de soberanía, tal vez no nos damos cuenta de que van a cambiar muchas cosas aquí dentro.»
F. O. —Sí, yo creo que -y me parece que era Alberto Míguez quien lo planteaba al principio- el problema del consenso siempre es un tema recurrente en política exterior. En realidad, nunca hay un consenso total como es lógico y hemos pasado, como apuntaba Antonio Fontán, por fases de consenso y de menos consenso. Hay en el mundo varios ejemplos curiosos sobre este tema.
Por un lado, tenemos un ejemplo de disenso absoluto que es el Reino Unido. La política exterior de la señora Thatcher es contestada absolutamente por el partido laborista.
Por otro lado, están los EE. UU. que tienen una política exterior bastante consensuada, incluso hasta asuntos tan controvertidos como la invasión de Panamá.
Hay otros países, por ejemplo Dinamarca, que tienen antes de cada reunión del Consejo Europeo, incluso del Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores, que pedir permiso al Parlamento. Advierten: «Vamos a votar la autorización para que los coches japoneses entren». El ministro va completamente atado.
Luego está el modelo italiano. Como en Italia prácticamente todos los partidos están en el Gobierno, el consenso es más fácil. Es un modelo especial y genial, como son los italianos.
Y luego está el modelo español. Yo creo que en mi periodo hemos ganado un poco el consenso otra vez, que se había perdido anteriormente mucho. Se ha ganado por mil cosas y yo diría que en este momento vivimos un consenso atenuado. Si recorremos las grandes líneas de la política exterior, veremos que en el tema de Europa hay un cierto consenso y también en la política comunitaria. En Latinoamérica, también lo hay en general. En ciertos casos, como el de Cuba, tampoco parece que haya mucho disenso. Hubo alguna crítica por la política con Nicaragua, pero eso ha pasado y ahora se está ayudando a Violeta Chamorro casi más que a los sandinistas. En la política de paz y seguridad, se superó lo de la OTAN que era un poco más difícil, y que fue quizá el momento de máximo disenso. Luego, en la renovación de las bases había algunos partidos, concretamente el CDS y también Izquierda Unida, que eran reticentes, pero ahí hubo un acuerdo con el Partido Popular e incluso esa oposición del CDS parece que ha terminado. CSCE, OTAN, UEO, todo ese conjunto, política de desarme, etc., etc. está más o menos consensuada y en materia de derechos humanos también. Queda al final el Mediterráneo y también ahí hay consenso. Creo que en este momento hay una cierta serenidad. Quizá porque existen más problemas en otras áreas de la política.
M. T. —El ministro Fernández Ordóñez ha abordado este asunto tan importante del consenso, lo que ha dicho en el fondo nos tranquiliza a todos, pero hay aspectos que pueden extrañarnos, a mí por lo menos me extrañan. España es el único país de Europa en donde el consenso sobre Europa, precisamente, es absoluto y total. Donde no hay ni un solo político, que yo sepa, que esté en contra de la tesis del Gobierno. El consenso sobre el Mercado Común, como bien ha dicho el señor Fernández Ordóñez es absoluto. Eso arranca, yo creo, de la época del señor Areilza e incluso de antes. ¿A qué se debe esa singularidad española que quizá se produce, pero en mucho menor grado, en algún otro país mediterráneo y que no existe en absoluto en el norte de Europa?
F. O. —¿Sobre la marcha hacia la unión europea?
M. T. —Sí, y en general esa devoción por la Comunidad Económica Europea que abarca a todo el llamado arco parlamentario.
F. O. —Las reuniones que hemos promovido con la Comisión de Exteriores del Congreso y del Senado fueron para explorar y distinguir entre los acuerdos y los desacuerdos. Por ejemplo, si yo propongo que se elija un presidente del Consejo de Europa cada dos años, pues se puede estar de acuerdo o no, pero eso da lo mismo porque ése es un tema menor. Yo diría que el tema de fondo es el siguiente: ¿estamos o no de acuerdo en ir a una confederación europea o como la queramos llamar? Yo creo que en España sobre ese punto hay un cierto acuerdo. Aunque me parece -y también debo decirlo-, que hay menos entusiasmo en la derecha, en el Partido Popular probablemente que en el Partido Socialista. Hay un mayor nacionalismo, si puedo emplear la palabra. Sobre la unión económica monetaria, que es un tema importante, el Partido Popular no estaba de acuerdo. Es una decisión importante de orden económico que no está consensuada. Sin embargo, yo he planteado el otro día en el Congreso un tema muy importante. ¿Estamos o no de acuerdo en que la política económica sea dirigida totalmente desde Bruselas, hasta el punto de que la Comunidad Europea nos diga cuál es el tipo de cambio, cuál es la inflación que podemos tener, y cuál es el déficit presupuestario máximo? Si a un ministro de Hacienda le imponen estos elementos, poco margen le queda. Yo apuesto por esto, porque pienso que España es un país que necesita que alguien nos ayude a establecer un elemento de racionalidad. Claro, es una opinión, la mía, absolutamente discutible y casi de política interior. ¿Hasta qué punto está de acuerdo el Partido Popular en estos temas…? Pues no lo sé, posiblemente ésos sean puntos opinables, polémicos.
Lo que sí es verdad y tiene toda la razón, es que en España hay mayor entusiasmo y esto se ve en todas las encuestas sobre Europa, más que en otros países. La razón es que hemos estado tanto tiempo sintiéndonos fuera de Europa, del mundo, que hay como una necesidad psicológica. Yo lo estoy viendo ahora, por ejemplo, con los checoslovacos, con los polacos, que dicen: ¿Cuánto tardaremos en entrar en el Mercado Común? La ilusión que tienen esos países por entrar, no ya en el Mercado Común, sino en el Consejo de Europa, es algo que nos parece a nosotros enternecedor. Yo creo que hay algo todavía de eso. Pero probablemente las generaciones más jóvenes son menos europeístas, la cuestión europea la asumen con menos romanticismo, lo que tal vez no sea malo del todo.
A. F. —En cierto modo, eso es una especie de garantía de consolidación del sistema.
J. M. A. —Al hilo de lo que ha dicho el ministro, creo que si efectivamente se va a producir una aceleración del proceso de unificación europea por la vía monetaria, fiscal, etc., es evidente que va a haber también en ese momento una tendencia a nombrar en una etapa de dos a cuatro años, un presidente de la Comunidad Europea que puede ser una especie de presidente del Consejo de Ministros de la Comisión Europea y ése puede ser un gran paso hacia adelante. Todo eso expresado en tono retórico, que no es mi estilo. Pero lo digo para simplificar. Se trata de un pequeño barrido en la soberanía de cada una de las naciones en el sentido federativo. He visto que Mitterrand no se atrevió a utilizar la palabra entera federación sino tendencia federativa. Bueno, si vamos a una tendencia federativa de Europa y las soberanías van a ser un poco, digamos, rebajadas de grado, tendremos una especie de unificación europea de tipo económico, monetario, fiscal, etc., etc. Y en ese momento el «tirón» federativo puede incidir de varias maneras distintas en los temas españoles regionales, y en los temas ingleses, franceses, alemanes, e incluso en Italia. Y no digamos nada los países del Este si ellos entran un día en la Europa comunitaria. Hay minorías étnicas en Checoslovaquia, hay otras húngaras en Rumanía, hay otras turcas en Bulgaria, hay tres o cuatro en Yugoslavia, etc., etc. Y entonces se producirá, tal vez no un rebrotar de los nacionalismos pero sí una manera para adecuarlos a una nueva realidad. Por ejemplo, el problema catalán, muy desarrollado económicamente, con un verdadero despliegue mundial de su autonomía, con la moderación en los textos, pero con una insistencia grande, adquirirá una significación muy especial. Pujol ha ido a Japón a vender productos catalanes, a Sudamérica y a muchas partes. Pero ha ido como presidente de Cataluña. Los vascos también están pensando en que, unidos con los navarros, pueden llegar a tener una presencia europea, dado que el puerto de Bilbao se ha convertido en uno de los más importantes de Europa. Creo que ése es un tema para resolverlo con vistas al futuro. Si efectivamente hay una tendencia federativa y una pequeña rebaja en el grado de las soberanías, habrá un momento en que lo federativo puede servir para dar una cierta satisfacción moral a esas etnias, para que puedan tener una relevancia auténtica o histórica. Creo que en algún momento lo va a tener que plantear la propia Comunidad. Qué duda cabe que la federación alemana ha funcionado muy bien. Ahí está el caso de Baviera que es ultraalemana, sus ciudadanos se sienten bávaros y es evidente que son de una auténtica autonomía. Creo que en España no debemos olvidarnos de estos temas porque, aunque haya cambiado mucho la opinión pública, hay un cierto fervor por el «mito>> europeo, en el que yo me honro de haber sido uno de los modestos partícipes desde hace mucho tiempo y que estaba mal visto entonces. Yo creo que la tendencia federativa que tenga la construcción de Europa Unida de aquí a dos o tres años puede ser un tema interesante para consolidar el tono no separatista de los nacionalismos existentes.
F. O. —Al tema que plantea José María me referí yo también en Copenhague recientemente y es muy extenso, de una dimensión enorme. Me gustaría hacer dos o tres reflexiones al respecto. En primer lugar, que Alemania tiene ese modelo, lo que pasa es que todos hablan alemán y todos se sienten profundamente alemanes. Por lo tanto, Alemania no tiene la enfermedad separatista, lo que es la enfermedad de un nacionalismo muy fuerte. Me temo que en una Europa de donde han desaparecido ya casi todas las ideologías, parece que la única que queda viva es la del nacionalismo. Eso me preocupa y no sólo porque pueden sobrevivir sino también porque se manifiesten en formas distintas. Una de ellas, que da mucho miedo, el nacionalismo expansivo, aunque afortunadamente parece que no está sobre la mesa. Ahí están, sin embargo, los viejos Estados que quieren volver a ser independientes: los Países Bálticos, los países Estados de la Unión Soviética. ¡Hasta en Mongolia Exterior quieren recuperar al Gengis Khan que es del siglo XIII! Estamos yendo aguas arriba de la historia. Tenemos además el modelo de Yugoslavia que es catastrófico: porque ilustra cómo un país puede desintegrarse en la irracionalidad absoluta, con gente obsesionada en separarse en vez de unirse. Parece que volvemos a la Europa de comienzos de siglo. Ante esto, creo que hay que hacer tres cosas: primero, crear un estatuto, si se quiere llamar así, en el cuadro general paneuropeo. Esa es la propuesta española y de muchos otros en Copenhague. Y crear incluso un mecanismo para prevenir los problemas, afianzando la idea de la Confederación dentro de ese esquema. También hay que establecer una red de acuerdos, de pactos. Uno para la confederación europea del futuro más estrecha y otro, más ancho, que incluya al resto de los países. Eso permitirá dar salida a una serie de energías que están ahí, porque me dicen que en la Comunidad hay ya más de 100 regiones. En Europa, a medida que exploras, aparecen lenguas, culturas, etnias. Este es uno de los grandes temas.
J. M. A. —Otra pregunta. Si realmente hay una disolución o transformación total del llamado Pacto de Varsovia, es evidente que será difícil mantener la idea abstracta de la Alianza Atlántica, que se creó específicamente contra la interpretación stalinista de la victoria en la Guerra Mundial. Suponiendo que desaparezca el Pacto de Varsovia y se subsuma en una especie de pacto del Centro y Este de Europa dentro de la conferencia de Helsinki, será difícil mantener la idea actual de la Alianza Atlántica, que ha sido muy eficaz y que probablemente es la responsable del actual deshielo del Este. Pero es evidente que está basada en la idea de un enemigo hereditario, que era el que alimentaba todo, desde los planes de rearme al equilibrio de terror nuclear y la guerra de galaxias. Ahora ya no existe esa noción activa, no existe ese enemigo. Mi pregunta es si, desaparecida la guerra fría y el concepto del enemigo hereditario, si el Pacto de Varsovia no tiene la misma vigencia que tiene ahora, ¿es posible seguir manteniendo el mito de la OTAN como estaba concebido cuando se fundó?
A. F. —Yo creo que el ministro Fernández Ordóñez tiene experiencia sobre lo que están ahora mismo pensando sus colegas de los distintos países.
F. O. —Sí, hay una cierta confusión en Europa, eso es evidente. El punto clave que se está discutiendo ahora, es si la Alemania unificada va a pertenecer a la OTAN o no. Sin embargo, la pregunta no es si Alemania unificada estará en la OTAN, sino ¿a qué OTAN debe pertenecer la Alemania unificada y, sobre todo, para defenderse de quién? Tenemos que aceptar que la construcción de Europa ahora hay que hacerla a lápiz, al menos al principio, no tenemos más remedio. Aceptar lo que decía Brzezinski hace poco cuando hablaba del manejo de lo imprevisible. No podemos hacer ya grandes planes para la OTAN a 10 años vista. No es posible. La señora Thatcher en un discurso que pronunció en Escocia dijo: «Bueno, esos países han escogido la libertad, pero esto es como si por el hecho de que prendiéramos en un barrio peligroso a unos cuantos ladrones, tuviéramos que eliminar a la policía». Es decir que no todo el riesgo está eliminado, porque no ha terminado todavía el proceso de cambio en la Unión Soviética. Por tanto de momento vamos a dejar las cosas como están. Y ésa es la posición británica.
Desde luego, cuando se hizo el Tratado de Washington en 1949 se vio que la OTAN tenía un papel importante y lo sigue teniendo. Si en algo estamos de acuerdo en Europa es que, por ahora, no es bueno que se vayan los norteamericanos. Y la OTAN, de momento, sirve para legitimar el que no se vayan.
S. A. —El Gobierno español ha tomado la iniciativa para la celebración de una Conferencia de Seguridad de los países del Mediterráneo. ¿En qué fase se encuentra este proyecto, a qué Estados se va a invitar, y cuándo se celebrará?
F. O. —El proyecto está en marcha, pero todavía no sabemos quiénes participarán. Queremos, en todo caso, que la Conferencia se celebre en 1991.
Bautizado con el nombre del insigne astrónomo Edwin Hubble, quien en los años 20 descubrió que el universo se encuentra en expansión, este telescopio representa la primera oportunidad de mirar al cielo con una visión nítida y no obstruida por la siempre cambiante atmósfera terrestre.
La idea de un observatorio espacial no es nueva. Por ejemplo Oberth, en 1923, identifica algunas ventajas de un futurible observatorio espacial. Esta idea fue, sin embargo, casi olvidada hasta que poco después de la fundación de la Agencia Espacial Norteamericana (NASA), la construcción de un observatorio espacial fue señalado como uno de los proyectos lógicos en los que NASA debería embarcarse tarde o temprano. Hoy el Telescopio Espacial Hubble es ya realidad. Puede decirse que el Telescopio Espacial Hubble es uno
de los proyectos más ambiciosos en la historia de la astronomía. El éxito de este proyecto se debe en gran medida a la comunidad científica, quien unió fuerzas en los años 70 para convencer a la NASA y al Congreso norteamericano de la conveniencia y de las grandes posibilidades de un telescopio en órbita fuera de la atmósfera terrestre. El proyecto siempre se desarrolló de modo muy abierto, con la NASA favoreciendo la participación de la comunidad científica y de la industria interesada en el desarrollo tecnológico que se preveía. Cada paso adelante estuvo abierto a la competición de ideas, competición para proponer tipos de instrumentos, para diseño y construcción del telescopio, para identificar prioridades científicas, etc.
El proyecto sufrió diversos cambios a lo largo de su historia, siendo quizá el más significativo el debido al cambio en la estrategia de lanzamiento de satélites de la NASA, que en los años 70 decidió desarrollar un sistema de vuelos frecuentes y de bajo costo (el actual transbordador espacial). Consecuencia de este cambio fue, por ejemplo, la reducción del tamaño del espejo del telescopio desde los 3 metros originalmente propuestos a los 2,4 metros finales, tamaño máximo del espejo que podía albergarse en la bodega de carga del transbordador.
La historia más reciente del telescopio espacial, ha estado plagada de problemas técnicos y de cortes presupuestarios, que provocaron una serie de retrasos desde la fecha originalmente prevista para su lanzamiento, noviembre 1982, hasta 1986. El desastre del transbordador Challenger y la posterior cancelación cautelar de vuelos decretada por la NASA, tuvo como consecuencia que hasta abril de este año no se pusiera el Telescopio Espacial finalmente en órbita.
Las primeras imágenes captadas por el Telescopio Espacial Hubble ya se están recibiendo (ver figura). Tras unos días de ansiedad ante diversos problemas encontrados durante las primeras órbitas del satélite, la confianza ha vuelto al Instituto Científico del Telescopio Espacial, con sede en Baltimore (USA), centro desde el que se monitorizan y planifican las observaciones científicas a realizar por el Telescopio Espacial. De hecho, las primeras imágenes distribuidas son ya de una calidad considerable, aun cuando el telescopio todavía no está funcionando al límite de su capacidad.
Los astrónomos siempre han soñado con la posibilidad de observar el universo sin el efecto, perjudicial para la observación astronómica, de la atmósfera terrestre sobre la luz (radiación electromagnética) que nos llega de los diversos objetos astronómicos.
Todo cuanto se sabe sobre las diversas fuentes astronómicas (estrellas, galaxias, etc.) está basado en el estudio de la radiación electromagnética (luz) procedente de ellos y que se hace llegar a los diversos instrumentos de medida colocados en un observatorio.
La gran mayoría de las fuentes astronómicas emiten lo que llamamos un amplio espectro de radiación electromagnética, aunque cada objeto particular emite la mayor parte de su energía en torno a una determinada longitud de onda. Dicha longitud de onda depende de la temperatura de la fuente de emisión. Por ejemplo, una estrella muy caliente (~40.000°) emite principalmente luz ultravioleta (longitud de onda muy corta), mientras que una estrella como nuestro sol (~5.500°) emite principalmente luz visible, y una estrella fría (2.000°) emitirá principalmente luz infrarroja (longitud de onda larga). Otros objetos astronómicos, como las galaxias, las nubes moleculares en las que se originan las estrellas o los planetas y asteroides, tienen temperaturas en general más bajas. Este amplio margen de temperaturas que nos presenta la naturaleza se traduce, por tanto, en un amplio rango de longitudes de ondas en los que los diversos astros emiten principalmente su energía.
La atmósfera terrestre sólo es capaz de transmitir la radiación visible (nuestra visión se ha adaptado a ella y, por consiguiente, nuestros ojos sólo ven este tipo de radiación), mientras que la radiación infrarroja es absorbida casi en su totalidad por el vapor de agua y otras moléculas de la atmósfera. La naturaleza es, sin embargo, más rica de lo que nuestra atmósfera nos deja ver, siendo, en ocasiones extremadamente difícil para la astronomía de tierra el estudio de aquellos objetos que, por ser muy calientes, o muy fríos emiten principalmente en los rangos ultravioleta o infrarrojo.
La atmósfera terrestre es también responsable de una degradación en la calidad de la imagen que un telescopio puede formar de un objeto astronómico. Lo que a un observador casual de las estrellas puede parecer un hermoso centelleo, para un astrónomo es una insalvable confusión o difuminación de la luz. En efecto, la luz procedente de una estrella o galaxia pasa por diversas capas de la atmósfera antes de llegar al telescopio que forma su imagen. Normalmente, estas capas atmosféricas, sobre todo las más bajas, están en constante turbulencia debido a cambios de temperatura y presión. Esta turbulencia atmosférica hace que la imagen obtenida por el telescopio aparezca borrosa y que, por ejemplo, fuentes puntuales (estrellas) muy próximas entre sí, como es el caso de estrellas dobles o múltiples, se vean confundidas y sea imposible su separación en componentes individuales.
Vemos, pues, el interés de la comunidad astronómica por situar un telescopio en órbita, fuera de la atmósfera terrestre, que no sólo posibilitaría la observación en otros rangos espectrales, como ultravioleta o infrarrojo, inaccesibles desde tierra, sino que también añadiría una clara ganancia en la calidad y nitidez de la imagen, sólo condicionada en el espacio por la calidad óptica del mismo telescopio.
El telescopio puesto en órbita lleva un espejo primario de 2,4 metros de diámetro. Un tamaño considerado como grande cuando se iniciaron los estudios del proyecto que hoy en día no resulta demasiado llamativo ya que telescopios ópticos de 4 metros son habituales en la actualidad. Además, en estos momentos se está contruyendo o diseñando una nueva generación de telescopios ópticos con diámetros de 10 y hasta 16 metros. La gran innovación del Telescopio Espacial Hubble es, sin embargo, que opera desde fuera de nuestra atmósfera.
La construcción del Telescopio Espacial Hubble ha constituido toda una cadena de logros tecnológicos. La primera meta propuesta era clara: diseñar y fabricar un espejo de un tamaño apreciable con una precisión óptica hasta entonces inalcanzada. Recordemos que el límite a la nitidez de las imágenes en el caso del Telescopio Espacial Hubble está dado por la calidad de sus superficies ópticas. Se trataba pues, de construir un telescopio capaz de funcionar en lo que se llama el límite de difracción. El límite de difracción de un instrumento óptico es un concepto teórico que nos dice el poder de resolución máximo alcanzable por dicho instrumento. Los telescopios de tierra nunca se habían acercado a este valor, ya que era inútil hacer un instrumento perfecto si después la atmósfera impone su propio límite que es, en el mejor de los casos, un par de órdenes de magnitud peor que el límite teórico de difracción. Por el contrario, en ausencia de la atmósfera sí que vale la pena apostar por llegar a este límite teórico. Con esta idea en mente, el espejo fue fabricado usando nuevas tecnologías de pulido controladas por ordenador. (Diré que simultáneamente se construyó un espejo de repuesto mediante métodos tradicionales, para el caso de que algo fuera mal.) La perfección alcanzada en las superficies ópticas del Telescopio Espacial Hubble es tal, que si lo escalásemos hasta las dimensiones de la Tierra, no se verían en él picos o valles mayores de unos pocos centímetros. La estructura del telescopio a su vez es de grafito y resina, que le confieren la rigidez y el poco peso necesarios para el el proyecto.
El observatorio espacial se completa con una serie de instrumentos científicos, que son los encargados de manipular las imágenes producidas por el telescopio y de tratar la luz recibida de modo que sea útil para el astrónomo. Este complemento instrumental consta, en el caso del Telescopio Espacial Hubble, de cinco instrumentos, desarrollados por diversas instituciones y centros de investigación. Dichos instrumentos capacitan al telescopio espacial para obtener imágenes digitales de objetos astronómicos, así como para realizar espectroscopía y fotometría de los mismos. Es decir, toda la versatilidad de las técnicas de observación usadas en un observatorio terrestre convencional. Por otra parte, en la actualidad se desarrolla una nueva generación de instrumentos que serán instalados en el telescopio espacial en el futuro, llevados hasta él por el transbordador espacial (Space Shuttle).
Dichos instrumentos científicos son dos cámaras, dos espectrómetros y un fotómetro. Cada uno de estos instrumentos está diseñado con una capacidad especial. La Cámara Planetaria y de Amplio Campo, desarrollada en el Instituto Tecnológico de California (Pasadena), es sin lugar a dudas el instrumento que más se usará durante la vida útil (15 años) del Telescopio Espacial Hubble. Esta cámara se usará en su modo Planetario para el estudio del sistema solar, incluyendo planetas y sus satélites, cometas, asteroides, etc. Y lo que es más, será capaz de detectar cambios en las superficies de los planetas debidos por ejemplo a actividad volcánica o actividad atmosférica en general. En su modo de Amplio Campo, se usará para hacer imágenes de grandes extensiones de cielo en búsqueda de nuevos objetos o para hacer mapas de grandes galaxias… Dicha cámara será capaz de observar estrellas o galaxias 40 veces más débiles que las que se pueden observar con los telescopios existentes hoy en día.
La otra cámara a bordo del Telescopio Espacial Hubble es la llamada Cámara de Objetos Débiles, desarrollada por la Agencia Espacial Europea en su centro tecnológico de Noordvijk (ESTEC), en Holanda. Su misión es obtener imágenes de los objetos más débiles, proporcionando información sobre los objetos más lejanos del universo. Esta cámara, sin embargo, tiene un campo de visión reducido, pero posee mayor resolución espacial que la Cámara de Amplio Campo, lo que significa que será capaz, por ejemplo, de distinguir los detalles más insignificantes en núcleos de galaxias distantes u observar galaxias en formación en los albores del universo.
Los dos espectrógrafos a bordo del Telescopio Espacial Hubble son, al igual que las dos cámaras descritas más arriba, mutuamente complementarios. Uno, el llamado Espectrógrafo de Objetos Débiles, desarrollado en la Universidad de California en San Diego, es capaz de obtener espectros en el rango óptico y ultravioleta de objetos muy distantes y muy poco luminosos. Un problema que se presenta a menudo y que imposibilita la observación de objetos muy débiles es la presencia próxima al objeto que se desea observar de otro objeto muy brillante. Es un fenómeno similar al que experimentamos cuando tratamos de ver algo a contra luz, o con el sol detrás. Para evitar este problema, el espectrógrafo de objetos débiles está capacitado de unos dispositivos que permiten bloquear parte de su campo de visión, por ejemplo, para obtener espectros de objetos débiles muy próximos a otros objetos brillantes. Si la luz de los objetos brillantes no pudiera evitarse, ésta cegaría el instrumento, que se vería imposibilitado para captar la luz de los objetos más débiles. Esta capacidad se usará, por ejemplo, para el estudio de anillos de gas muy débiles en torno a estrellas muy brillantes, o para el estudio de estrellas débiles en galaxias muy brillantes.
El segundo espectrógrafo, llamado Espectrógrafo de Alta Resolución de Goddard, desarrollado en Goddard Space Flight Center (Greenbelt, Maryland), permite obtener espectros de alta resolución en el rango ultravioleta. Dicho espectrógrafo es similar en funcionamiento al Espectrógrafo de Objetos Débiles, pero posee un mayor poder resolutivo en el ultravioleta, de modo que producirá espectros mucho más detallados aunque, a cambio, no podrá observar objetos tan débiles ni producirá un espectro de rango tan amplio (ultravioleta y óptico) como produce el Espectrógrafo de Objetos Débiles. La decisión de usar uno u otro instrumento recae sobre el astrónomo, que conoce las necesidades de su proyecto de investigación y necesitará hacer balance entre poder resolutivo deseado, rango espectral y brillo de la fuente luminosa a observar.
El quinto instrumento es el llamado Fotómetro de Alta Velocidad, que es el más simple de los instrumentos científicos a bordo del Telescopio Espacial Hubble. No posee partes móviles, lo que lo hace más resistente a posibles fallos. El instrumento es, sin embargo, suficientemente versátil gracias a la gran precisión con que el telescopio es capaz de apuntar. Diferentes combinaciones de filtros y detectores para distintos tipos de medidas son posibles sin más que reposicionar el telescopio, de modo que la luz del objeto en estudio penetre por la abertura y filtros deseados. Este instrumento es capaz de medir la luz que le llega de un objeto y detectar fluctuaciones en su intensidad en intervalos de tiempo del orden de microsegundos. Este tipo de resolución temporal también está limitado por la turbulencia de la atmósfera terrestre, en el caso, de observaciones desde la tierra. El fotómetro de alta velocidad permitirá, pues, estudiar fenómenos como rotaciones rápidas que se dan en estrellas de neutrones, estrellas binarias, discos de acreción de agujeros negros, etc.
Además, el Telescopio Espacial Hubble está provisto de tres sensores para guiado, de una gran precisión. Su misión es mantener el Telescopio Espacial Hubble fijamente apuntando en una dirección determinada mientras alguno de los instrumentos antes mencionados lleva a cabo una medida. Dos de estos sensores son suficientes para mantener el telescopio apuntando con la precisión que se requiere, por lo que el tercer sensor puede, por tanto, usarse para medir la posición de otras estrellas vecinas al campo en que se esté trabajando.
Este tercer sensor puede, pues, usarse como un instrumento astrométrico que proporcionará medidas de las posiciones de las estrellas con precisiones del orden de 0,003 segundos de arco (algo equivalente a medir distancias desde Madrid entre dos puntos situados en Barcelona con una precisión mejor que un centímetro).
La vida prevista del telescopio espacial es de 15 años. Es de esperar por tanto, que los instrumentos científicos hoy en día a bordo del telescopio espacial queden obsoletos. Es más, debido a los continuos retrasos que el proyecto ha sufrido hasta su puesta en órbita, los instrumentos actuales están ya relativamente anticuados, lo que no significa que no pueda hacerse buena y mucha ciencia con ellos. Sí significa que, en un futuro no muy lejano, serán reemplazados por otro conjunto de instrumentos con tecnología más avanzada. Esto implicará nuevos retos tecnológicos, pues el cambio de instrumentación habrá de hacerse en órbita por la tripulación del transbordador espacial. Esta posibilidad de acceder al Telescopio Espacial Hubble, usando algún vuelo del transbordador, ha estado contemplada desde el principio en el desarrollo del proyecto del telescopio espacial. Se ha previsto, por ejemplo, la posibilidad de usar el transbordador también para labores de mantenimiento y de reparación si fuese necesario.
Con el Telescopio Espacial Hubble en órbita, y una vez que pasen los primeros meses dedicados a probar los diversos instrumentos y modos de operación, empezará a fluir una incesante cantidad de imágenes y datos astronómicos que habrán de ser interpretados por los científicos. La velocidad con que estos datos se van a recibir es tal, que con ellos podría llenarse una enciclopedia de 30 volúmenes en menos de una hora.
En Estados Unidos, la NASA se ha dado cuenta del problema que se avecina a la hora de tratar semejante cantidad de datos, y se ha puesto en marcha un programa para dotar a los centros que vayan a manejar datos del Telescopio Espacial Hubble de personal y de facilidades de computación suficientes.
En Europa el eco entre las autoridades científicas ha sido menor que en USA. La Agencia Espacial Europea, que ha participado en el proyecto construyendo la Cámara de Objetos débiles y los dos paneles solares que proveen de energía al satélite, recibe a cambio un 15 por 100 del tiempo de observación para astrónomos europeos. Existe, sin embargo, la preocupación de que la comunidad científica europea pueda no ser capaz de aprovechar al máximo este tiempo que le corresponde si no se reacciona a tiempo.
La llamada «revolución verde», que dio lugar a una renovación de las técnicas agrícolas y ha multiplicado, en las últimas décadas, las producciones agroalimentarias, se encuentra en estos momentos en una situación crítica. Si bien es verdad que las cosechas, con la introducción de las nuevas variedades y el progreso de la agronomía, han aumentado sorprendentemente sus producciones, también lo es que el empleo de abonos, el uso de semillas seleccionadas y la creciente utilización de biocidas, ha encarecido notablemente la práctica agrícola con notable perjuicio, como siempre, para los países en desarrollo, mientras las empresas multinacionales de semillas, abonos, maquinaria agrícola y productos fitosanitarios, radicadas en los países industrializados, han visto incrementados notablemente sus beneficios.
Esta crisis se intenta combatir, en algunos países, incrementando las superficies dedicadas al cultivo, con la esperanza de aumentar la producción poniendo nuevas tierras en regadío y convirtiendo pastizales y zonas marginales en terrenos agrícolas, que van siendo más escasos, pues hasta ahora se han venido utilizando los más fértiles, los de climas más favorables y los de más fácil acceso. Lo que queda, ya vale poco, a no ser que se pongan en marcha preocupantes proyectos gigantescos, como el riego de las regiones áridas de Kazakhstán y Uzbekistán, en la URSS, desviando los ríos iberianos Istych y Ob y el Amu Darya hacia el mar de Aral, o la desviación de las aguas del Yangtsé para regar las tierras del norte de China. Ambos con consecuencias ecológicas muy difíciles de prever, por lo que su puesta en marcha está, por el momento, en punto muerto, y es dudoso que alguna vez se reanude.
Es un hecho evidente que la puesta en cultivo de amplias superficies disminuye la diversidad biológica, con la consiguiente pérdida del potencial genético natural. Esta situación condujo, hace ya más de un siglo, al establecimiento de parques nacionales, lugares en los que se conservaba el medio natural sin más intervención humana que la necesaria para mantener una estricta vigilancia, tanto sobre las acciones provenientes del exterior, como la propia degradación del medio por acciones intrínsecas.
Sin embargo, los parques nacionales, situados en lugares elegidos por su belleza natural y por la singularidad de su fauna y flora se han mantenido (y se siguen manteniendo algunos), como museos estáticos, donde el hombre se limita a observar paisajes ya desaparecidos casi totalmente, o que se encuentran en trance de desaparición, en actitud de mero espectador, quedando, en muchos casos, las poblaciones locales marginadas, sin desempeñar ningún papel constructivo.
Cuesta mucho trabajo, probablemente, que los nativos de muchos países entiendan la conveniencia de mantener áreas, a veces muy extensas, dedicadas a la protección, donde casi toda actividad se encuentra prohibida o, por lo menos, sometida a severas restricciones. De todos son conocidos los problemas planteados al Parque Nacional de Doñana, especialmente en los primeros años de su establecimiento, debido a que una buena parte de los moradores de las comarcas circundantes veían el área protegida con un grave impedimento para el desarrollo de la comarca. Las cosas no han cambiado mucho con los años, y ahora mismo se debate la conveniencia de construir una urbanización en sus aledaños que, sin duda, contribuirá, si llega a establecerse, a deteriorar todavía más el entorno del parque, pero creando multitud de oportunidades, por otra parte, de dudosa estabilidad.
El programa Mab (El hombre y la biosfera) de la UNESCO, consciente de la necesidad de modificar y ampliar el concepto de «conservación», creó en 1971 las «reservas de la biosfera», designación que se atribuye a regiones o comarcas que ofrecen buenos ejemplos de armonización y desarrollo. El término «biosfera» indica que la zona está vinculada al programa MAB y el de «reserva», que en el territorio designado existen espacios protegidos. La intención del MAB, a largo plazo, es crear una red mundial de reservas de la biosfera que representen los principales ecosistemas de la Tierra, las diversas formas de utilización y las formas de adaptación del hombre, como un elemento más del ecosistema y no limitado a su posición de espectador. Estos conceptos eliminan ya, de hecho, que las reservas tengan que ser lugares pintorescos aptos para fotografías espectaculares destinadas a ilustrar calendarios, sino que pueden ser lugares áridos, desiertos, islas apartadas, sin aparente belleza, pero con especies diversas, costumbres insólitas, aprovechamientos ingeniosos y modos especiales de conservación que merezcan integrarse dentro de este programa.
Los objetivos de las reservas de la biosfera pueden resumirse en tres: a) conservación de los ecosistemas de especial interés; b) establecimiento en ellas de áreas de demostración y estudio para la explotación permanente de las tierras y de los recursos naturales, y c) mantenimiento de la investigación y actividades de educación y formación en materia de conservación y desarrollo.
Todo esto no puede conseguirse si no existe una colaboración entre los gestores de recursos, científicos y la población nativa, todos los cuales deben buscar acuerdos en los problemas fundamentales y prioritarios.
La Red Internacional de Reservas de la Biosfera de la UNESCO cuenta con cerca de 283 espacios declarados como tales, distribuidos en más de 72 países. En España, entre 1977 y 1986, se solicitó la nominación de diez espacios que fueron aceptados, y que, por orden cronológico, son los siguientes: Parque Nacional de Ordesa-Viñamala (Huesca), Sierra de Grazalema (Cádiz), Parque Natural de Montseny (Barcelona), Parque Nacional de Doñana (Huelva), La Mancha Húmeda (Ciudad Real), Sierras de Cazorla y Segura (Jaén), Marismas del río Odiel (Huelva), El Canal y los Tiles (Isla de la Palma), Urdaibai (Vizcaya) y Sierra Nevada (Granada).
Reconozcamos, sin embargo, que no todos estos espacios protegidos, sino más bien los menos, reúnen las condiciones y dirigen sus actividades a cumplir los objetivos fijados por la UNESCO. Las reservas de la biosfera necesitan de estructuras administrativas locales que promuevan la colaboración entre los administradores y los propietarios en los diversos problemas que afectan al espacio protegido. Y esto, en la mayoría de los casos, no se hace, limitándose a un funcionamiento como parque nacional y atendiendo exclusivamente, a la conservación del medio natural. Y fijando, en muchas de ellas, una placa metálica advirtiendo que el lugar fue declarado en su día por la UNESCO como reserva de la biosfera. Algo es algo.
Luis Rosales, ¡qué bonito nombre para un poeta o un torero!, escribió Ricardo Gullón. Pablo Neruda dijo de él que era «mortal antipolítico, grave poeta, exacto definidor, señor de idioma». Y el celebérrimo retrato de Dámaso Alonso: «Luis Rosales está hecho de una prolongada, densa sucesión de retrasos, discusiones, ternura, teorías, ilusiones, ensayos, delicadeza, ceceos, inteligencia inventora, tabaco negro y coñac». Ahora Rosales, al filo de los ochenta, no bebe ni fuma. Una trombosis cerebral, acaecida hace cuatro años, le retuvo mudo y paralítico. Se ha recuperado espléndidamente, y su conversación fluye entre exactas definiciones y los meandros de su memoria.
«La palabra del alma es la memoria» es un verso suyo. Y la memoria de Rosales atesora buena parte de la mejor poesía española, además de nombres y épocas que para la inmensa mayoría de los españoles son historia. El trató personalmente a los hombres del 98 y del 27. Fue secretario de la revista Escorial, que en la inmediata posguerra dirigiera Dionisio Ridruejo, quien agrupó a su alrededor a algunos de los intelectuales más valiosos y liberales del régimen de Franco: aquellos que no sólo querían la victoria, sino la reconciliación.
Rosales ha escrito algunos libros de erudición y crítica singulares: Góngora y Cervantes, Villamediana y Quevedo y otros muchos autores señeros han sido estudiados por él con rigor científico y pasión poética. Pero Rosales ha sido y es, ante todo, poeta. Quizá el más alto poeta lírico de la llamada Generación del 36, que es aquella que se agrupó en 1936 en torno a la conmemoración del centenario de Garcilaso, al igual que la «Generación del 27» se agrupara para celebrar el centenario de Góngora.
—Ha sufrido usted una enfermedad muy grave, pero le veo en plena forma.
—Tuve una trombosis cerebral y me quedé prácticamente paralítico. Al principio no podía mover la mano. Ni parte del cuerpo. Pero que un escritor no pueda mover la mano… No poder hablar mientras se oye a los demás… Cuando pude mover la mano, empecé a escribir poemas por la noche. De esos poemas sólo me acuerdo que formaban una serie, y cada uno de ellos era un episodio de esa serie. Llevaba quince días escribiendo, y mi hijo se acercó a mí para decirme: «Ya que no puedes hablar y es el cumpleaños de mamá, escríbele una felicitación». Yo lo hice, y al hacerlo tenía la seguridad de que estaba escribiendo lo que en ese momento pensaba. Pero al terminar, cuando leí lo que había escrito, me di cuenta de que aquello no estaba en ninguna lengua. Sí, era mi letra, aunque un poco más débil.
Por primera vez supe de verdad que hay algo que une la intuición, el lenguaje y la escritura. Yo había dicho muchas veces que hasta que no la expresas en palabras no se completa una intuición. Sin palabras, una intuición no es más que una claridad que orienta. En ese momento me di cuenta de que los cables que unen la intuición con el lenguaje también lo unen con la escritura. Por eso, lo que había escrito era ilegible. La intuición es tan deslumbradora que ese mismo deslumbramiento hace difícil fijarla.
—Usted pertenece a la «Generación del 36», que tiene diferencias sustantivas con la del 27.
—El 27, en sus comienzos, consideraba la poesía como un juego. Nosotros, los del 36, consideramos que la poesía tenía una misión más honda que cumplir. Qué es el mundo, la libertad, el hombre… ésas eran las grandes y eternas preguntas que nos preocupaban. Y luego está la religión. Cuando los del 27 comenzaron a escribir, se consideraba la religión como «el opio del pueblo». Consecuentemente, los autores del 27, que eran descreídos, quisieron devolverle la libertad a la poesía en todos los terrenos. Pero los del 36 (Miguel Hernández, los Panero, Ridruejo, Muñoz Rojas…) todos somos creyentes. Y eso es una diferencia fundamental.
—¿Qué recuerda con más agrado de sus relaciones con los poetas del 27?
—Muchas cosas… Cuando llegué a Madrid desde mi Granada natal, llevaba una carta de presentación de Federico García Lorca para Jorge Guillén. El leyó mis versos, y llamó por teléfono a Pedro Salinas, quien qui- so conocer mis poemas. Se los leí a él y a su mujer en su casa. En cuanto a Lorca, era no sólo un poeta, sino también un inventor de poesía. Lorca había leído mucho a Lope, a los clásicos, pero sus saberes quedaban siempre sumergidos bajo esa capa de inventor. Nos hacía, por ejemplo, una descripción de la procesión de San Acapucio, que era un santo inventado por él, o quizá, vaya usted a saber, un nombre raro de esos que figuran en el santoral. Pues al hacer la descripción, nos retrataba con una inventiva creadora extraordinaria a las personas que en ese momento estábamos con él, como si estuviéramos en la procesión. Lorca creía en Dios y en el pueblo, y esas creencias eran la solera de su vida. Yo ya debería tener una estatua con Federico, y la tendré fuera de España. (Alude aquí Rosales a la calumnia que le hizo culpable de la muerte de Lorca cuando, como la Historia ha demostrado, ayudó en lo que pudo y en más de lo que pudo a Federico).
Pero uno, con los años, vuelve a los abuelos. Quiero decir que en mis comienzos poéticos yo estaba mucho más receptivo a la poesía del 27. Con los años, me siento más próximo a la generación anterior: los Machado, Unamuno…
—Hábleme de ellos.
—Juan Ramón fue el Papa y el presidente, todo junto, para los del 27. Lo que ocurre es que es el primero que convierte la poesía en belleza, y eso no deja de ser un juego. La memoria es una balanza que pesa todo lo que piensas, y fíjese, estamos citando versos de los Machado en esta conversación, de Lorca, de muchos poetas, pero no de Juan Ramón. Y cuando éste dijo de Campos de Castilla que estaba cerca de lo «castúo»… Bueno, yo me indigné. ¿Recuerda esos versos de A orillas del Duero?: <<Castilla miserable, ayer dominadora,/envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora>>. ¿Quién los ha mejorado? Desde un punto de vista sobre la poesía del imperio, me refiero, que es la tradición en la que están incardinados, algo que todavía nadie ha sabido ver bien.
—¿Conoció personalmente a Antonio Machado?
—Poco, pero en unas circunstancias excepcionales. Bergamín lo citó para ofrecerle la coordinación de los escritores antifascistas dos o tres meses antes de la Guerra Civil, y Bergamín, no sé por qué, quiso que yo le acompañara como testigo. Antonio Machado era entonces un hombre guapo, digno, con una dignidad casi inexpresiva, como una estatua. Sus ojos eran castaños, y resultaba sumamente parco en el hablar. Yo no hice más que escuchar. Don Antonio pronunció pocas, pero decisivas palabras. Casi todo lo dijo Bergamín. Se trataba de una toma tajante de partido, y lo primero que contestó don Antonio fue: <<<¿Y usted cree que tiene edad suficiente para no arrepentirse de esa pregunta?>> Ante la insistencia de Bergamín, respondió: <<Ese puesto a quien se lo debe ofrecer es a Miguel de Unamuno, y si no acepta, a Ortega>>. Como Bergamín volviera a la carga, él todavía respondió: <<Ofrézcaselo a Juan Ramón Jiménez>>. Y es que para don Antonio éstos eran los tres mejores escritores de España, precisamente en el orden decreciente de su respuesta.
—¿Manuel Machado?
—De Manuel Machado se ha dicho que es un poeta menor. Pero la elegancia y la gracia no son cualidades precisamente menores. <<Tu calle ya no es tu calle/que es una calle cualquiera/camino de cualquier parte.>>> ¿Es que eso se puede mejorar? El mal poema es el libro más original de poesía que se ha publicado en nuestro siglo y en nuestra lengua. Su originalidad consiste en su manera de tratar a la poesía. Yo diría que en su avecindamiento a la poesía, que no lo ha tenido ningún poeta. Todos los poetas al escribir versos tratan de abrillantar su voz. Manuel Machado, no. Él demuestra prácticamente en un memorable poema que la poesía, como todo, es «conforme y según».
En Burgos, en 1936, nos reuníamos en una partida de tresillo los domingos Manuel Machado, el marqués de Zayas, el actor Ricardo Calvo, y yo. Manuel jugaba bien. Ricardo Calvo y yo éramos unas medianías, y Zayas una calamidad. Qué bien recuerdo aquella serenidad de don Manuel, tras la cual no podía esconderse la mentira. Era como una cariátide romana. Donde estuviera se daba a entender. Hablaba mucho y bien. Quería mucho a Eulalia, su mujer.
—Don Luis, usted siempre ha afirmado su fe en la poesía.
—La poesía es lo necesario inexistente. Ese pequeño título al que nadie le da valor, que es el de ser poeta, yo no he dejado nunca que me lo arrebaten.