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Ver productosCuando uno se distancia de los dramas que están teniendo lugar casi a diario en la Unión Soviética e intenta ver, desde una perspectiva histórica más amplia, los problemas a los que se enfrenta el Gobierno de ese país, es difícil ser optimista. La carga que se abate sobre Mikhail Gorbachov parece estar más allá de la capacidad de aguante del ser humano. Se enfrenta a tres tareas básicas: ha de transformar un sistema político fundado en el miedo y en la inercia en uno basado en el consentimiento; tiene asimismo que sustituir la economía estalinista más antigua y arraigada de la tierra; finalmente, preside el último de los grandes imperios europeos en vísperas de comenzar su propia era de descolonización. Una a una, cualquiera de estas tareas pondría a prueba la inteligencia de un gran hombre de Estado. Juntas, influyendo unas en otras, resultan formidables.
1 Jul 1990 - 24min.
El intento de pasar del despotismo a la democracia mediante una revolución desde arriba recuerda a la política española tras la muerte de Franco. El mundo aplaudió con razón la destreza y el coraje de mostrados por Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos al vencer los considerables obstáculos que se interponían en su camino. Pero tanto el uno como el otro tenían ante sí un claro modelo desde un principio; a saber: la democracia liberal pluripartidista. Ni ellos ni la minoría rectora de España dudaban sobre el objetivo a alcanzar.
El caso de Gorbachov es bien distinto. Incluso ahora, su compromiso para establecer una democracia multipartidista es equívoco, y lo que en él resulta cierto lo es aún más si nos referimos a la mayoría de los prohombres del Partido Comunista. Las dudas ideológicas son todavía muy importantes pues la Unión Soviética es el país fundador y dirigente del campo anti-capitalista y anti-parlamentario. Por ello, establecer una democracia liberal supone un tremendo cambio de la panacea ideológica, sin contar con el hecho de que para muchos nacionalistas rusos la total adopción del modelo político occidental resulta ofensivo. Después de todo, una de las fuerzas del comunismo soviético ha sido siempre el haber defendido la idea de que Rusia debería seguir un camino distinto al del resto de Europa, concepto éste muy querido tanto para los conservadores como para muchos radicales de la Rusia prerrevolucionaria.
La reforma radical iniciada desde arriba en 1985 ha desatado una revolución popular desde abajo que representa una gran amenaza para la supervivencia del Partido Comunista, de Gorbachov e incluso de la propia Unión Soviética
Por otra parte, ni la sociedad ni el pueblo rusos son un terreno tan fértil para que nazca la democracia liberal como lo era la España legada por Franco a sus sucesores. Es importante distinguir entre el autoritarismo franquista y el totalitarismo de Brezhnev, incluso en su última época cuando ya empezaba a desmoronarse. En España existía una sociedad civil que sólo esperaba ser rematada por un edificio político. Por el contrario, en Rusia la sociedad estaba todavía luchando para recuperar un cierto grado de autonomía del Estado. Además, la sociedad rusa estaba mucho más aislada del mundo moderno que la española. Los fuertes valores colectivistas e igualitarios del pueblo prerrevolucionario, reforzados por la revolución y por el gobierno comunista, no sólo sobrevivieron sino que no fueron desafiados durante 70 años. Así, era fácil que la distribución de la riqueza a través del mercado provocara un resentimiento popular intenso, y que no se aceptara de buen grado ni la flexibilidad, ni el trabajo duro, ni la inseguridad ni el riesgo inherentes a toda economía capitalista. Al llegar a este punto la política se va transformando en economía, y los problemas de transformar la economía estalinista se yerguen amenazadores ante nosotros.
Por ser la Unión Soviética la sociedad socialista más vieja del mundo, tanto las instituciones como los valores que sostienen la economía socialista están profundamente arraigados. En Polonia o en China, por poner un ejemplo, los campesinos siempre han dominado la agricultura. En todos los antiguos satélites soviéticos se recuerda la existencia del capitalismo. Pero no es éste el caso de la URSS donde la experiencia que tiene la mayoría de la gente de la empresa privada se limita al mercado negro de la era Brezhnev. El empresario furtivo y casi delincuente, preocupado sólo por la obtención de rápidos beneficios, es el producto de esta clase de capitalismo y a menudo se pone de manifiesto en el nuevo sistema cooperativo. No es por ello la mejor propaganda del capitalismo. En el paso de una economía planificada a otra de mercado están implicados problemas técnicos ingentes, así como graves cuestiones sociales y políticas que a veces recuerdan a la lucha que existió en los primeros años de la Europa contemporánea entre el capitalismo y los valores aristocráticos y religiosos establecidos.
Para colmo de males está la cuestión de la descolonización. Hasta cierto punto es justo conceder a la Unión Soviética el calificativo de ser un imperio sui generis y no una mera variante rusa de los imperios europeos. Es mucho más fácil consolidar y defender una masa continental sólida que los imperios marítimos del pasado. Incluso ahora los rusos son algo más de la mitad de la población y los recursos industriales, naturales y humanos de Rusia dan una base más firme para mantener un imperio que lo que ocurrió con Inglaterra, Francia o los Países Bajos. Los valores y las creencias socialistas facilitan una fuente potencial de unidad sin parangón en otros imperios coloniales, en los que una nación gobernaba abiertamente sobre las demás. Se llegó a decir que las relaciones económicas entre Rusia y las demás repúblicas no se basaban en la explotación y que sólo este hecho era suficiente para denegar a la URSS el título de Imperio.
Algunos de estos argumentos convencen más que otros. Es importante que la URSS sea tanto una masa de tierra contigua como una potencia militar formidable y que no haya ningún país vecino lo suficientemente valiente como para suministrar las bases necesarias para lanzar un movimiento de «liberación nacional» que opere en territorio soviético. Hasta 1985 las realidades geopolíticas eran un factor importante para generar consentimiento en el poder soviético, incluso entre pueblos que detestaban el gobierno de Moscú. La inercia y el miedo producidos por el recuerdo del terror estalinista y la experiencia contemporánea de una policía estatal aún más ruda, que todo lo invadía, eran también de capital importancia. Es mucho más fácil para un sistema despótico gobernar un imperio que para una democracia. Con Brezhnev defender abiertamente el nacionalismo parecía tan inútil como suicida.
Sin embargo la ideología comenzó a perder terreno cuando las realidades del mundo contemporáneo pusieron de manifiesto la falta de adecuación de los dogmas marxistas-leninistas y cuando las formas corruptas e hipócritas de la vida soviética demostraron que la jactancia del Kremlim no era más que un fraude. ¿Cómo era posible sentirse orgulloso de pertenecer a un Imperio que se encontraba en semejante lío y que además se estaba quedando muy atrás de sus rivales internacionales más importantes? ¿Cómo se podía negar la existencia de un imperialismo si se impulsaba a los emigrantes rusos a entrar a raudales en el Báltico y se imponía un monocultivo de algodón desastroso en Asia Central? El régimen necesitaba durar mucho más de siete décadas para crear un auténtico hombre soviético, y la cultura ruso-soviética necesitaba ser tan superior a la de los no rusos como lo fue la romana respecto a sus tribus súbditas. Asimismo era necesario que la Unión Soviética se mantuviera al margen de las corrientes anti-imperialistas dominantes en el mundo exterior y que el propio régimen continuara mostrándose inflexible y no desgarrara periódicamente sus entrañas denunciando primero las dos décadas de dictadura estalinista y después los 18 años de Brezhnev; en otras palabras, el grueso de la historia soviética.
Pero aquí estaba el quid de la cuestión. El precio del Imperio fue la negación a los rusos de los derechos civiles y políticos. Siendo los no-rusos menos de la mitad de la población y estando divididos en infinidad de grupos, lo más probable era que la mayor amenaza contra el Imperio viniera de una sublevación de la propia Rusia contra el despotismo. Después de todo, el zarismo había sido debilitado en sus últimos años por el descontento de las minorías nacionales y la expansión de la revolución tras marzo de 1917 fue acelerada por los movimientos nacionalistas: pero la clave de la caída de los Romanov estuvo en la revuelta en las calles de Rusia. Hoy se dan las mismas circunstancias. La libertad de los rusos pasa por la secesión de aquellas repúblicas cuyas gentes no toleran el gobierno de Moscú.
Sin embargo, la actual crisis de las nacionalidades no ha sido puesta en marcha por una rebelión rusa sino más bien por un proceso de reforma iniciado desde arriba que minó la inercia, suprimió el miedo y creó las instituciones a través de las cuales podía movilizarse el descontento nacional. Quizá si el Politburó hubiera estado más informado sobre los rencores reprimidos de los no rusos y menos constreñido por la propaganda del propio régimen, habría sido más cauto al soltar el freno y embarcarse en semejante reforma.
Pero la minoría dirigente política también había pagado un precio por el despotismo, aunque no tan severo como el pedido por la mayoría de la población rusa. La generación más joven del apparatchiki solía estar a menudo mejor educada y más al tanto de lo que ocurría en el mundo exterior que Brezhnev y sus amigotes. La licenciatura en derecho de Mikhail Gorbachov por la Universidad de Moscú y su famoso viaje a Francia con Raisa como primer secretario del Obkom (Comité Regional) simbolizan este hecho. Resultaba difícil para cualquiera con inteligencia, patriotismo y autoestima no hacer comparaciones dolorosas entre la realidad soviética y la extranjera y no sentirse herido en su orgullo. La tenacidad, valentía y honradez con las que se ha llevado a cabo la reforma desde arriba desde 1985 demuestra que a los miembros de la minoría gobernante no les falta ni el patriotismo, ni la inteligencia ni el deseo de mejorar la vida soviética. Y lo que es aún más importante, el despotismo semitotalitarista tan eficaz desde un punto de vista político, fue un auténtico desastre económico. Desde las grandes reformas de 1860 Rusia había luchado para alcanzar el nivel conseguido por Occidente tras la revolución industrial y estuvo a punto de lograrlo en 1960, pero con la desgracia de encontrarse muy mal equipada para competir en el nuevo mundo de la revolución científico-técnica. A corto plazo corría el riesgo de perder su status de superpotencia, pues el poder económico era un componente vital para influir en la sociedad internacional. A largo plazo el fracaso económico iba a minar la defensa, la legitimidad del régimen e incluso la estabilidad política interna.
La reforma radical iniciada desde arriba en 1985 ha desatado una revolución popular desde abajo que representa una gran amenaza para la supervivencia del Partido Comunista, de Gorbachov e incluso de la propia Unión Soviética. Pocos podían haber previsto esto en 1985 y, a buen seguro muy pocos politólogos occidentales lo hicieron. Las lealtades políticas entre los sovietólogos occidentales desempeñaron un papel importante en esta cuestión. La derecha rara vez habría aceptado que la minoría rectora soviética pudiera dar un dirigente tan radical y honrado como Gorbachov. La izquierda habría negado que el descontento fuera tan profundo o que la sociedad soviética contuviera errores y debilidades tan evidentes. La publicación por el propio gobierno soviético de hechos y opiniones que eran antes consideradas una mera propaganda de la guerra fría ha supuesto un duro golpe para algunos.
Las fuertes presiones en las universidades occidentales para incluir los estudios soviéticos en conceptos más generales de ciencia política, aunque a veces fue útil, exigieron pagar un precio, pues estos conceptos van siempre unidos a la experiencia e instintos políticos anglo-americanos. Basándose en estas concepciones los sovietólogos solían subestimar de forma radical el papel del miedo y de la coerción en política, algo que nunca hicieron ni Leonard Shapiro ni Hugh Seton-Watson, miembros de una generación más vieja y menos «científicos», pero con más sentido común y con una gran experiencia personal de lo que fue la Europa fascista y belica. La mayoría de los politólogos no estaban preparados para asumir o bien el poder inherente a la posición del secretario general, o bien los efectos espectaculares de la política de liberalización de Gorbachov, ya que se educaron en la era Brezhnev, de tan pocos logros, y estaban condicionados por la idea de que la sociedad soviética, una vez superada la supuesta «crisis universal de modernización», necesitaba una buena dirección y no un liderazgo radical. Con frecuencia el conocimiento de la historia rusa era muy vago e incluso a veces se evitaba estudiarla a propósito, pero los treinta años de política soviética desde la muerte de Stalin ofrecían una base insegura para hacer generalizaciones sobre un régimen político relativamente ingobernable y carente de sistema, o para entender las grietas que yacían bajo la superficie de la aparente estabilidad política de la era Brezhnev.
Pero para ser justos con el observador occidental hay que señalar que era difícil predecir que un dirigente soviético se embarcaría en cambios que iban a minar el orden de la posguerra europea, el gobierno del Partido Comunista en la Unión Soviética e incluso la integridad territorial del país. Tanto la historia rusa como la soviética enseñan que una reforma radical en el corazón de Rusia iba a socavar la estabilidad política en los pueblos fronterizos donde la legitimidad del régimen era débil. La rebelión polaca de 1863 y la revolución húngara de 1956 fueron pruebas de este hecho. Una vez que Gorbachov se hubo embarcado en su liberación interna, era fácil imaginar que tendría que permitir que los satélites soviéticos volaran libremente. Hacerlo de otro modo significaba condenar a la Unión Soviética a una desesperada estrategia a largo plazo de conceder subsidios permanentes y realizar intervenciones militares periódicas a fin de mantener regímenes ilegítimos y economías ineficaces; suponía también comprometer la reputación de los dirigentes reformistas tanto en el interior como en el exterior de la URSS y estirar las finanzas soviéticas hasta extremos insoportables. Pero excepto a corto plazo siempre era probable que la democratización en Polonia y en Hungría desestabilizara el resto de Europa Oriental, especialmente Alemania del Este, un Estado que no era nación y que compartía una historia, lengua y cultura comunes con un vecino mucho más extenso y poderoso y que era el ejemplo del capitalismo que más éxito había alcanzado en Europa.
También desde un punto de vista interno había razones para temer que la reforma pudiera no ser detenida a mitad de camino. Hace muchos años Alexander Solzhenitsyn escribió que bastaba con que la gente dijera la verdad para que el régimen soviético se hundiera. Para aquéllos que se tomaron sus palabras medio en serio permitir que los intelectuales se expresaran libremente gracias a la glasnost era muy arriesgado, sobre todo porque el régimen tenía muchas vergüenzas que ocultar y había reprimido numerosos conflictos potenciales. Cuando en 1989 y 1990 la democratización, encarnada en unas elecciones parlamentarias semilibres, se sumó a la glasnost, se corrió el riesgo de que las esclusas se abrieran.
Está claro que en 1985 Gorbachov no había previsto que la reforma política llegaría tan lejos. Se hizo más radical a fin de seguir las corrientes democráticas cuyo ímpetu no había sospechado. Pero hay que reconocerle el mérito de haber aumentado su compromiso con un Estado regido por el derecho y basado en el consentimiento a medida que crecía el desafío democrático a las autoridades. En 1987 e incluso en 1988 se podía todavía utilizar la represión para eliminar el descontento, pero tal medida fue descartada de modo rotundo. La víctima principal de la política reformista de Gorbachov ha sido el sector conservador del aparato del PCUS, y sigue siendo sorprendente que su oposición a dicha reforma haya sido tan ineficaz. Aunque, por supuesto, no del todo ineficaz: el fracaso de las reformas radicales agrícolas anteriores a este año se debe con toda seguridad al compromiso tradicional de los burócratas del partido con la granja colectiva.
En parte, el fracaso de los conservadores se debió a que no ofrecían alternativas creíbles a la política de Gorbachov. El sistema de Brezhnev era inaceptable porque representaba el fracaso económico y la corrupción, algo que el austero Yegor Ligachov detesta tanto como Gorbachov. El estalinismo tampoco es una opción no sólo porque es inaceptable desde un punto de vista moral y peligroso para la propia minoría dirigente (por ejemplo, miembros de la familia de Ligachov fueron asesinados por Stalin) sino también porque no ofrece soluciones a los problemas económicos contemporáneos.
Sin embargo el apparatchiki conservador fue también la víctima de una cultura política de partido que acentúa la unidad monolítica y la lealtad al dirigente. Si bien es verdad que la caída de Kruschov pone de manifiesto que esta lealtad dista mucho de ser absoluta. Gorbachov no repitió el error de su predecesor de enemistar a los dirigentes del partido sin crear una base de poder con la que pudiera contar. Movilizando el apoyo popular contra el aparato e institucionalizando dicho apoyo a través del Soviet Supremo, del que era presidente, Gorbachov redujo en gran medida su vulnerabilidad con respecto a los oponentes del Partido. De producirse una ruptura en el seno del mismo, algo que se ha venido anunciando desde hace tiempo, puede resultar que los conservadores sean los más beneficiados por ello. En la actualidad el apparatchiki conservador es muy impopular, en parte debido a que todavía se les considera responsables de los errores de una economía que de hecho controlan cada vez menos. De dividirse el Partido y desmoronarse su aparato, los conservadores gozarán de mayor libertad para criticar al presidente y a los Soviets por su incapacidad para enderezar el deterioro económico, reducir el crimen y detener la desintegración de la Unión. Las tradiciones anticapitalistas, igualitarias y colectivistas de las masas rusas darían a los conservadores un gran apoyo popular en el caso de que los radicales y Gorbachov, aliados, trataran de implantar políticas de libre mercado.
Si el aparato del Partido ha fracasado en su intento de bloquear las reformas de Gorbachov, ¿por qué no hemos oído más de la KGB y del Ejército? El fracaso de estas dos importantes instituciones para obstaculizar el proceso de democratización sugiere que el secretario general del Partido y sus partidarios son mucho más poderosos de lo que creyeron los intelectuales que en los años 70 pretendían que la política soviética giraba en torno al conflicto de varios grupos de interés institucionales, entre los cuales el Politburó y su dirigente no eran más que meros árbitros y agentes.
Además es claro que hasta ahora Gorbachov ha llegado a un acuerdo con elementos de la KGB, cuya vida interna e intereses institucionales se han visto mucho menos afectados por el proceso de democratización que en el caso del aparato del Partido y del Ejército. Si el cuidado con que Gorbachov ha tratado a la KGB se debe en parte a consideraciones políticas, puede también reflejar su deseo de no socavar el mecanismo de frenado de la pesada caravana que está intentando conducir prudentemente a través de un camino abrupto y tortuoso.
Ni la sociedad ni el pueblo ruso son un terreno tan fértil para que nazca la democracia liberal como lo era la España legada por Franco a sus sucesores.
La incapacidad de la KGB para detener el proceso de reforma está también condicionada por las debilidades introducidas en la policía de seguridad de forma deliberada por el liderazgo soviético. Desde que la policía purgó y aterrorizó al Partido por orden de Stalin, el Politburó ha tenido mucho cuidado en mantener en cintura a la KGB. Sobre todo, la policía de seguridad no cuenta con unidades paramilitares a gran escala por miedo a que a su jefe se le pasara por la imaginación utilizar su ejército privado para tomar el poder, como ocurrió con Beria en 1953. Para reprimir graves desórdenes en las calles, por no hablar de pretender dar un golpe de estado, la KGB necesitaría contar con el apoyo del ejército. Desde 1985 el ejército ha sufrido una serie de golpes que habrían bastado para sacar los carros a las calles en muchos países: reducciones unilaterales de armas estratégicas, retirada de Europa Central y Oriental, una guerra perdida en Afganistán, una participación no deseada en el mantenimiento del orden en las calles soviéticas, la deshonra del general Rodionov tras la matanza de Tblisi, el hundimiento del prestigio del ejército en la sociedad soviética, inmensas dificultades para lograr el reclutamiento forzoso, reducciones a gran escala en el cuerpo de oficiales y una gran crisis de alojamiento y privación material para muchos oficiales y suboficiales.
La inactividad del ejército puede deberse en parte al hecho de que ningún militar sensato querría gobernar la Unión Soviética en las actuales circunstancias. Más aún, aunque las 110.000 tropas de paracaidistas, marines y Spetsnaz (comandos especiales), aliados con una operación de la KGB para «quitar» a los dirigentes de la oposición, pudieran controlar las calles de las ciudades soviéticas más importantes durante algún tiempo, no pasaría mucho antes de que estallara una violencia incontrolable. Los suboficiales del ejército son en su mayoría reclutas mientras que un 38 por 100 de sus soldados en 1988 fueron sacados de Transcaucasia y Asia Central. Mantener la disciplina se está convirtiendo en un gran problema, habiéndose «perdido», sólo en 1989, 250.000 armas.
Con toda probabilidad un golpe de la policía militar conduciría a la desintegración tanto del ejército como de la nación. Pero sobre todo el ejército no ha intervenido debido a su deseo tradicional de distanciarse de la política. El último golpe de estado que tuvo éxito en Rusia fue el dado por Peter Pahlen en 1801 contra Pablo I. En su forma actual el ejército data de los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando la profesionalización convirtió al antiguo cuerpo de oficiales nobles en un cuerpo de expertos militares resentidos por la interferencia civil pero ansiosos de no verse mezclados en la política interna. Desde entonces los graduados de la Academia General que dominan el ejército han seguido siendo expertos en especialidades militares muy concretas. Están muy motivados por los valores patrióticos rusos, pero son extremadamente ingenuos e ignorantes sobre cualquier cuestión política.
Sólo si se produjera el colapso de la autoridad política en Rusia y se desintegrase la Unión sería posible que los generales fueran persuadidos para asumir la carga de la responsabilidad política. Sin embargo, para que su gobierno fuera eficaz tendrían que retrasar su maniobra hasta que la desintegración hubiera creado en las masas rusas un gusto por el orden, la autoridad y el nacionalismo.
Por el momento la crisis soviética debe ser superada por medios políticos. Tanto en la economía como en el gobierno la mayoría de los problemas provienen del hecho de que ésta es una era de transición en la que las instituciones tradicionales y los mecanismos se están hundiendo antes de que otros estén en condiciones de sustituirlos. Por poner un ejemplo, las disciplinas de la economía planificada aún no han sido reemplazadas por las del mercado competitivo; por ello, las empresas pueden cobrar precios monopolísticos por sus productos para a continuación repartir asignaciones salariales inflacionarias como medio de suavizar la medida. Dado que los precios industriales están creciendo más aprisa que los precios estatales de adquisición de alimentos, se prevé la aparición de una crisis de las tijeras que recuerda a la de agosto de 1916. La aplicación de políticas radicales para liberalizar los precios produciría una subida vertiginosa en el coste de la comida, el transporte y el alojamiento, corriéndose el riesgo de que estalle una revolución callejera. El deseo del primer ministro Nikolai Ryzhkov de apoyarse temporalmente en lo que queda del sistema administrativo controlado no carece de mérito. Pero las instituciones que está utilizando hoy saben que mañana se enfrentan a su desaparición. La tentación de ir despacio o de sabotear las políticas de reforma es muy fuerte.
El desmembramiento del aparato del Partido Comunista está destruyendo la institución que desde la muerte de Stalin ha formulado la política y ha actuado de coordinador, supervisor e impulsor del resto de las burocracias a través de las que se ha gobernado la vida soviética. Se está produciendo un enorme vacío que sólo puede ser llenado a medias por una presidencia fuerte. Los nuevos cuerpos legislativos no pueden manejar los asuntos gubernamentales del día a día, carecen de experiencia y no cuentan ni con los arribistas nombrados por el poder, ni con la disciplina de partido que dotaron de estructura a los parlamentos británicos en la época anterior y posterior a 1832, respectivamente. En las repúblicas y en las regiones el declive del partido implica que el poder tiene que recaer faute de mieux en la burocracia ministerial cuya falta de coordinación e incompetencia son notorias.
Se necesita tiempo para reorganizar las instituciones y sus relaciones, pero el desconcierto gubernamental en un momento de crisis socioeconómica creciente resulta alarmante. La mayor amenaza inmediata para el gobierno viene del deterioro vertiginoso del mecanismo para intercambiar y distribuir los bienes. Años de muy baja inversión unidos al relajamiento de la disciplina obrera y a las huelgas y bloqueos en el Caúcaso están haciendo estragos en los ferrocarriles. La producción de materias primas y energía así como su transporte están empezando a bajar. Las fábricas están amenazadas con una reducción del tiempo del trabajo. Al aumentar la democracia local las centrales eléctricas y las fábricas contaminantes son cerradas produciendo una serie de efectos que dejan huella en la economía. Cada vez hay más presiones para que se implante una autarquía económica en las regiones, siendo Leningrado el ejemplo más conocido de una ciudad que prohibe a los forasteros la entrada en sus tiendas. Si este proceso no es controlado se corre el riesgo de que se produzca el hundimiento de la economía y la radicalización de la opinión pública hasta el extremo de que el país sea ingobernable.
La incapacidad de la KGB para defender el proceso de reforma está también condicionada por las debi- lidades introducidas en la policía de seguridad de forma deliberada por el li- derazgo soviético
El problema de las nacionalidades ejerce también una gran presión para que se establezca la autarquía económica. Incluso los dirigentes de las repúblicas más conservadoras están determinados a arrebatar a Moscú su control sobre los asuntos económicos locales. Sin embargo, el auge del nacionalismo está creando muchos más problemas en el ámbito político que en el económico. 60 millones de personas, más de un quinto de toda la población soviética, vive fuera de su patria étnica, y si en verdad el imperio se desintegrase la posibilidad de que estallara un conflicto violento sería inmensa. Casi todas las repúblicas contienen minorías significativas y muchas de ellas sienten un resentimiento hacia la «raza dominante» local tan fuerte como el que ésta siente hacia Moscú. Casi todas las fronteras entre las repúblicas pueden ser discutidas.
Incluso en las repúblicas bálticas, donde los movimientos nacionalistas están dirigidos por las cabezas más frías, los lituanos se muestran reacios a conceder un cierto grado de autonomía a la minoría polaca allí establecida. Muchos estonios preferirían morir antes que ver cómo Nerva, con su mayoría eslava, caía en manos de Rusia en caso de producirse la secesión de Estonia. Si Letonia se independizase, ¿qué sería de la mayoría rusa establecida en Riga, capital de la república? Pero si el proceso de disolución se generaliza la cuestión báltica parecería nimia comparada con otros problemas nacionalistas.
En el paso de una economía planificada a otra de mercado están implicados problemas técnicos ingentes, así como graves cuestiones sociales y políticas que a veces recuerdan a la lucha que existió en los primeros años de la Europa contemporánea entre el capitalismo y los valores aristocráticos y religiosos establecidos
De hecho, la anarquía está empezando a surgir de forma amenazadora en el Asia Central, donde la pobreza y la enfermedad están creando un desesperado ambiente de xenofobia que se reflejó en los pogroms realizados contra varias comunidades no indígenas, incluyendo la rusa, durante los pasados nueve meses. Aun así, los musulmanes de Asia Central no están en modo alguno unidos y probablemente el mayor conflicto potencial de la zona esté en la lucha entre uzbekos y tajiks para poseer las ciudades de Samarcanda y Bokhara. Pero incluso la solución a este conflicto parecerá cosa de coser y cantar en caso de que el auge del secesionismo en Ucrania desencadene un conflicto sobre el destino de los 11 millones de rusos que viven en Ucrania oriental. En último término, de la desintegración surgiría allí un estado anejo ruso que incorporaría enclaves rusos como Narva, el norte del Kazakhstán o el este de Ucrania, pero la inestabilidad mortífera y duradera que seguiría al colapso de la Unión Soviética podría incluso ensombrecer los resultados de la partición de la India británica.
Estas perspectivas tan pesimistas, ¿están condenadas a hacerse realidad? Ciertamente, no. Gorbachov ha demostrado una gran habilidad para manejar las dificultades y en su nuevo papel de presidente puede ser una fuente de estabilidad para los problemas que crea una era de transición. El Congreso del Partido que se celebrará en julio de 1990 debería transformar el liderazgo local del partido permitiendo un modus vivendi con los soviets locales que pueda garantizar una transferencia ordenada del poder desde el Partido a las instituciones estatales.
En caso de que el PCUS se divida el reducto radical sería el núcleo de un partido reformista que incorporaría la fuerza democrática de los soviets. Estos a su vez podrían sentar las bases para que apareciera un gobierno con la legitimidad suficiente como para introducir medidas económicas dolorosas. La legislación de marzo de 1990 sobre la propiedad y la empresa individual ofrece un marco adecuado para avanzar en el proceso de implantación de una economía de mercado. Sólo con que se pudiera detener el declive de la economía, la posibilidad de mejorar la política y la economía a mediados de 1990 se haría real. Uno puede animarse con el pobre resultado obtenido por la derecha racista en las elecciones rusas celebradas en marzo de este año y confiar en que la espantosa historia de violencia de la Unión Soviética en este siglo sea un poderoso freno para no extremar los conflictos políticos.
Incluso el problema de las nacionalidades no es desesperado. La secesión rara vez tiene sentido desde un punto de vista económico, y sus costes políticos potenciales son evidentes para muchos. En la actualidad, probablemente un secesionismo total sólo atrae a una mayoría en el Báltico, Azerbaiján y Georgia. Igualmente, los rusos inteligentes entienden que mantener en la Unión a repúblicas no rusas contra su voluntad no beneficia a nadie. Es posible encontrar soluciones parciales para todos los problemas incluso para el de las nacionalidades; siempre y cuando se pueda ganar tiempo y que las crisis nacionalista, económica e institucional no se aúnen para hacer de la Unión Soviética un país ingobernable en un futuro próximo.
Las relaciones entre las repúblicas deben ser reguladas mediante tratados y diferir de una región a otra. Se tiene que permitir que el Báltico se encamine a una independencia amparada tan sólo en lazos no más fuertes que los que unen a los países miembros de la Commonwealth británica. Es necesario alcanzar un «acuerdo histórico» entre Kiev y Minsk similar al establecido entre Viena y Budapest en 1867: se tiene que combinar la existencia de una zona común de libre cambio y una serie de acuerdos defensivos con una gran autoridad en las demás cuestiones. Por el momento, ha de mantenerse el gobierno ruso en Asia Central, ya que la alternativa es un caos absoluto. Sin embargo, con el tiempo los rusos deben intentar quitarse de en medio de una zona que de lo contrario exigirá el envío de subsidios masivos y de fuerzas de mantenimiento de la paz, y cuya inmensa población musulmana influirá de forma decisiva en el resultado de cualquier elección genuinamente democrática que se celebre en toda la Unión hacia el año 2000.
La inactividad del Ejército puede deberse en parte al hecho de que ningún militar sensato querría gobernar la Unión Soviética en las actuales circunstancias
Todo esto es posible, y no cabe duda que tanto a los rusos como a los no rusos y al resto del mundo les interesa que la actual crisis soviética sea resuelta por medios pacíficos, y que surja un régimen estable desde un punto de vista político y económico en esta inmensa zona del planeta.
Pero es imposible disipar las dudas y eliminar los temores. Esperemos que esta sensación se deba tan sólo a que los terribles acontecimientos de este siglo están proyectando en el proceso, de forma innecesaria, una sombra deprimente que distorsiona mi exacta valoración del panorama contemporáneo. De ser así, quizá sea tan sólo el producto de un defecto profesional del historiador: su incapacidad para olvidar el pasado.