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Ver productos1 Jul 1990 - 5min.
El sistema mataba cualquier posibilidad de incentivar a los trabajadores. No es, pues, extraño que la productividad fuese baja. Pero desde el momento que el pueblo germano-oriental compruebe que se puede comprar algo mas que coles, entonces no sólo trabajarán las horas legales sino que además harán horas extraordinarias.>>>
Así se expresaba recientemente en Frankfurt, Erwin Rohoe, profesor de la Universidad Humboldt, de Berlin Este, y especialista en temas de economía capitalista. Como buen conocedor de la situación económico-social de la República Democrática Alemana, sus opiniones sobre las consecuencias de la unión monetaria entre las dos Alemanias, son dignas de tenerse en cuenta. Su optimismo en cuanto al futuro refleja la postura cada vez más extendida, de que Alemania saldrá airosa de ese impresionate reto.
El pasado 18 de mayo, cuando apenas nueve meses antes la República Democrática Alemana aparentaba estar sustentada sobre un régimen inalterable, se firmaba en el Palacio Schaumburg de Bonn el Tratado Estatal de la RFA y RDA. A lo largo de 33 páginas se formulaba la unión económica y monetaria de los dos estados alemanes. La Alemania del Este, que había celebrado el año anterior su 40 aniversario con la pompa y fanfarria habitual, cedía un atributo esencial de su soberanía a favor de la República Federal: la emisión de moneda. El triunfalismo de tantos discursos y manifestaciones orquestadas, que daba reducido a la realidad de un país económicamente arruinado. Era imprescindible dar este paso previo, económico, antes de afrontar la unificación política.
Dentro de cien años, tanto el 18 de mayo como el 1 de julio de 1990, día de la implantación del sistema fiscal de la RFA en la RDA, serán fechas imprescindibles en los manuales de Historia. El 2 de julio se produjo la conversión automática del marco oriental por el occidental.
¿Quién podía imaginarse, hace ahora un año o incluso cuando se abrió el mure, el pasado mes de noviembre, un tratado de tanta trascendencia? No es probable que en la historia haya ocurrido algo semejante o comparable: que un estado adopte, no precisamente por la fuerza de las armas sino mediante un contrato, otro sistema económico tan distinto; otra moneda hasta ahora oficialmente vituperada como símbolo capitalista, pero eso sí envidiada; otro sistema social tan contrapuesto. Un borrón y cuenta nueva impresionante, ya que la política monetaria de la República Democrática Alemana se hace, desde julio, en el bundesbank con sede en Frankfurt.
Tampoco tiene precedente en la historia, la responsabilidad financiera que asume la República Federal. El gobierno de Bonn echará sobre las espaldas del Estado alemán occidental, todas las lagunas presupuestarias del Estado alemán oriental. La cantidad prevista supone el doble de la ayuda global concedida por los Estados Unidos a los países de Europa, mediante el Plan Marshall. Y esa cantidad no será la única, ya que la reconstrucción económica de la RDA necesitará mucho dinero en los próximos años. Entre otras cosas, Bonn garantizará el pago de las jubilaciones de los ciudadanos del este.
El 2 de julio -Día D, de Deutsche Mark- los alemanes del este han podido hacer realidad su sueño de tantos años de penuria. Han podido cambiar sus marcos, legalmente, por marcos occidentales con verdadero poder adquisitivo. Se ha puesto en marcha el Tratado Estatal, que supone un extraordinario experimento económico. Han podido cambiar 4.000 marcos orientales por idéntica cantidad de marcos occidentales. El resto de sus ahorros los han cambiado, en la proporción de dos suyos por uno de la otra Alemania.
Muchos alemanes rememorarán aquella conversión monetaria de 1948, tres años después de finalizada la II Guerra Mundial. El Reichmark, tan devaluado, fue sustituido por el Deutsche Mark. Un canje también histórico ya que aquella reforma monetaria fue el pistoletazo de salida que culminó en el milagro alemán. Una reforma que no alcanzó a toda la Alemania vencida. Los aliados occidentales intentaron hasta el último momento llegar a un acuerdo con la Unión Soviética. Pero fracasó. La reforma monetaria sólo tuvo validez en las zonas de ocupación occidentales. La zona soviética, que posteriormente se convirtió en la RDA, quedó marginada. Ahora, a los 42 años, una nueva reforma completa aquella otra. Por fin los alemanes de uno y otro lado, pueden contar con una moneda única. ¿Pistoletazo de salida para otro milagro alemán?
Aunque los economistas y las autoridades monetarias de la RFA no aconsejaban la paridad de un marco por otro, se no era tan descabellada como algunos afirmaron en mayo. Lógicamente, la unión monetaria repercutirá en la masa dineraria, que aumentará un 10 por 100. Pero no afectará a la estabilidad de los precios ni influirá excesivamente en la inflación o en el ahorro.
Naturalmente, la estructura económica de la RDA se tendrá que adaptar a la de la RFA. Eso significa que el 20 por 100 de las empresas tendrán que cerrar. Por otra parte, el acceso a la propiedad privada significará un incentivo a la inversión. La competencia se intensificará. Las empresas que produzcan artículos de mala calidad irán a la bancarrota. La reconversión es inevitable.
Hace un par de meses, cuando se firmó el Tratado Estatal, la economía de mercado empezó ya a implantarse en la RDA. Un par de zapatos que costaban 110 marcos orientales, se podían adquirir por 34 marcos. Los automóviles Trabis, con fecha de entrega dentro de quince años, se podían retirar inmediatamente con una rebaja de 3.000 marcos. Pero nadie los compraba, ante la perspectiva de adquirir uno mucho mejor de marca occidental.
¿Y cuál será el coste social de esta unión económica y monetaria? No parece que sea muy dramático si pensamos en las anchas espaldas de la RFA. Como decía en Luxemburgo, Theo Wagel, ministro de Finanzas de la República Federal, ante sus colegas de la CEE, «mi país ha exportado 120.000 millones de marcos en cada uno de los diez años anteriores; ahora una parte de esa cantidad se necesitará dentro».
El crecimiento anual de la RDA podría alcanzar entre un 8 y un 10 por 100, con lo que se igualaría el de Japón en los años 60. Mientras que el crecimiento de una Alemania uni- ficada, aumentaría hasta un 4 por 100. En fin, como ha afirmado Alexei Siedenberg, economista del Deutsche Bank, «todo esto se puede comparar al hallazgo de una mina de oro, pero hay que trabajar duro para sacarlo a la superficie».
Trabajo duro por ambas partes y ayuda de la RFA con la meta política de la unificación. Pero que por otra parte va a poner en movimiento un potencial económico, que estaba neutralizado y paralizado por «el sistema». Puede que todo haya ido muy rápido. Pero sólo una vez coinciden tantas circunstancias favorables para lograr la ansiada unidad alemana.
Si, días históricos para ser estampados en los libros de historia.