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Ver productos1 Jul 1990 - 7min.
Luis Rosales, ¡qué bonito nombre para un poeta o un torero!, escribió Ricardo Gullón. Pablo Neruda dijo de él que era «mortal antipolítico, grave poeta, exacto definidor, señor de idioma». Y el celebérrimo retrato de Dámaso Alonso: «Luis Rosales está hecho de una prolongada, densa sucesión de retrasos, discusiones, ternura, teorías, ilusiones, ensayos, delicadeza, ceceos, inteligencia inventora, tabaco negro y coñac». Ahora Rosales, al filo de los ochenta, no bebe ni fuma. Una trombosis cerebral, acaecida hace cuatro años, le retuvo mudo y paralítico. Se ha recuperado espléndidamente, y su conversación fluye entre exactas definiciones y los meandros de su memoria.
«La palabra del alma es la memoria» es un verso suyo. Y la memoria de Rosales atesora buena parte de la mejor poesía española, además de nombres y épocas que para la inmensa mayoría de los españoles son historia. El trató personalmente a los hombres del 98 y del 27. Fue secretario de la revista Escorial, que en la inmediata posguerra dirigiera Dionisio Ridruejo, quien agrupó a su alrededor a algunos de los intelectuales más valiosos y liberales del régimen de Franco: aquellos que no sólo querían la victoria, sino la reconciliación.
Rosales ha escrito algunos libros de erudición y crítica singulares: Góngora y Cervantes, Villamediana y Quevedo y otros muchos autores señeros han sido estudiados por él con rigor científico y pasión poética. Pero Rosales ha sido y es, ante todo, poeta. Quizá el más alto poeta lírico de la llamada Generación del 36, que es aquella que se agrupó en 1936 en torno a la conmemoración del centenario de Garcilaso, al igual que la «Generación del 27» se agrupara para celebrar el centenario de Góngora.
—Ha sufrido usted una enfermedad muy grave, pero le veo en plena forma.
—Tuve una trombosis cerebral y me quedé prácticamente paralítico. Al principio no podía mover la mano. Ni parte del cuerpo. Pero que un escritor no pueda mover la mano… No poder hablar mientras se oye a los demás… Cuando pude mover la mano, empecé a escribir poemas por la noche. De esos poemas sólo me acuerdo que formaban una serie, y cada uno de ellos era un episodio de esa serie. Llevaba quince días escribiendo, y mi hijo se acercó a mí para decirme: «Ya que no puedes hablar y es el cumpleaños de mamá, escríbele una felicitación». Yo lo hice, y al hacerlo tenía la seguridad de que estaba escribiendo lo que en ese momento pensaba. Pero al terminar, cuando leí lo que había escrito, me di cuenta de que aquello no estaba en ninguna lengua. Sí, era mi letra, aunque un poco más débil.
Por primera vez supe de verdad que hay algo que une la intuición, el lenguaje y la escritura. Yo había dicho muchas veces que hasta que no la expresas en palabras no se completa una intuición. Sin palabras, una intuición no es más que una claridad que orienta. En ese momento me di cuenta de que los cables que unen la intuición con el lenguaje también lo unen con la escritura. Por eso, lo que había escrito era ilegible. La intuición es tan deslumbradora que ese mismo deslumbramiento hace difícil fijarla.
—Usted pertenece a la «Generación del 36», que tiene diferencias sustantivas con la del 27.
—El 27, en sus comienzos, consideraba la poesía como un juego. Nosotros, los del 36, consideramos que la poesía tenía una misión más honda que cumplir. Qué es el mundo, la libertad, el hombre… ésas eran las grandes y eternas preguntas que nos preocupaban. Y luego está la religión. Cuando los del 27 comenzaron a escribir, se consideraba la religión como «el opio del pueblo». Consecuentemente, los autores del 27, que eran descreídos, quisieron devolverle la libertad a la poesía en todos los terrenos. Pero los del 36 (Miguel Hernández, los Panero, Ridruejo, Muñoz Rojas…) todos somos creyentes. Y eso es una diferencia fundamental.
—¿Qué recuerda con más agrado de sus relaciones con los poetas del 27?
—Muchas cosas… Cuando llegué a Madrid desde mi Granada natal, llevaba una carta de presentación de Federico García Lorca para Jorge Guillén. El leyó mis versos, y llamó por teléfono a Pedro Salinas, quien qui- so conocer mis poemas. Se los leí a él y a su mujer en su casa. En cuanto a Lorca, era no sólo un poeta, sino también un inventor de poesía. Lorca había leído mucho a Lope, a los clásicos, pero sus saberes quedaban siempre sumergidos bajo esa capa de inventor. Nos hacía, por ejemplo, una descripción de la procesión de San Acapucio, que era un santo inventado por él, o quizá, vaya usted a saber, un nombre raro de esos que figuran en el santoral. Pues al hacer la descripción, nos retrataba con una inventiva creadora extraordinaria a las personas que en ese momento estábamos con él, como si estuviéramos en la procesión. Lorca creía en Dios y en el pueblo, y esas creencias eran la solera de su vida. Yo ya debería tener una estatua con Federico, y la tendré fuera de España. (Alude aquí Rosales a la calumnia que le hizo culpable de la muerte de Lorca cuando, como la Historia ha demostrado, ayudó en lo que pudo y en más de lo que pudo a Federico).
Pero uno, con los años, vuelve a los abuelos. Quiero decir que en mis comienzos poéticos yo estaba mucho más receptivo a la poesía del 27. Con los años, me siento más próximo a la generación anterior: los Machado, Unamuno…
—Hábleme de ellos.
—Juan Ramón fue el Papa y el presidente, todo junto, para los del 27. Lo que ocurre es que es el primero que convierte la poesía en belleza, y eso no deja de ser un juego. La memoria es una balanza que pesa todo lo que piensas, y fíjese, estamos citando versos de los Machado en esta conversación, de Lorca, de muchos poetas, pero no de Juan Ramón. Y cuando éste dijo de Campos de Castilla que estaba cerca de lo «castúo»… Bueno, yo me indigné. ¿Recuerda esos versos de A orillas del Duero?: <<Castilla miserable, ayer dominadora,/envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora>>. ¿Quién los ha mejorado? Desde un punto de vista sobre la poesía del imperio, me refiero, que es la tradición en la que están incardinados, algo que todavía nadie ha sabido ver bien.
—¿Conoció personalmente a Antonio Machado?
—Poco, pero en unas circunstancias excepcionales. Bergamín lo citó para ofrecerle la coordinación de los escritores antifascistas dos o tres meses antes de la Guerra Civil, y Bergamín, no sé por qué, quiso que yo le acompañara como testigo. Antonio Machado era entonces un hombre guapo, digno, con una dignidad casi inexpresiva, como una estatua. Sus ojos eran castaños, y resultaba sumamente parco en el hablar. Yo no hice más que escuchar. Don Antonio pronunció pocas, pero decisivas palabras. Casi todo lo dijo Bergamín. Se trataba de una toma tajante de partido, y lo primero que contestó don Antonio fue: <<<¿Y usted cree que tiene edad suficiente para no arrepentirse de esa pregunta?>> Ante la insistencia de Bergamín, respondió: <<Ese puesto a quien se lo debe ofrecer es a Miguel de Unamuno, y si no acepta, a Ortega>>. Como Bergamín volviera a la carga, él todavía respondió: <<Ofrézcaselo a Juan Ramón Jiménez>>. Y es que para don Antonio éstos eran los tres mejores escritores de España, precisamente en el orden decreciente de su respuesta.
—¿Manuel Machado?
—De Manuel Machado se ha dicho que es un poeta menor. Pero la elegancia y la gracia no son cualidades precisamente menores. <<Tu calle ya no es tu calle/que es una calle cualquiera/camino de cualquier parte.>>> ¿Es que eso se puede mejorar? El mal poema es el libro más original de poesía que se ha publicado en nuestro siglo y en nuestra lengua. Su originalidad consiste en su manera de tratar a la poesía. Yo diría que en su avecindamiento a la poesía, que no lo ha tenido ningún poeta. Todos los poetas al escribir versos tratan de abrillantar su voz. Manuel Machado, no. Él demuestra prácticamente en un memorable poema que la poesía, como todo, es «conforme y según».
En Burgos, en 1936, nos reuníamos en una partida de tresillo los domingos Manuel Machado, el marqués de Zayas, el actor Ricardo Calvo, y yo. Manuel jugaba bien. Ricardo Calvo y yo éramos unas medianías, y Zayas una calamidad. Qué bien recuerdo aquella serenidad de don Manuel, tras la cual no podía esconderse la mentira. Era como una cariátide romana. Donde estuviera se daba a entender. Hablaba mucho y bien. Quería mucho a Eulalia, su mujer.
—Don Luis, usted siempre ha afirmado su fe en la poesía.
—La poesía es lo necesario inexistente. Ese pequeño título al que nadie le da valor, que es el de ser poeta, yo no he dejado nunca que me lo arrebaten.