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Ver productosLa presencia del Príncipe Felipe en Cataluña ha despertado un profundo eco en el espíritu del pueblo. El frecuente uso del catalán, no sólo en los discursos, sino también en las conversaciones informales y amistosas, le granjeó la simpatía de las personas que le rodeaban. Sencillez y cordialidad que le permitió hablar con el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, «clar i catalá», con franqueza abierta, mirando al futuro y a los jóvenes anunciando que: «figurarán, figuraremos todos, entre los protagonistas máximos de este fin de siglo...».
1 Jul 1990 - 21min.
Comenzaré este artículo por el final. A la postre, lo escribo después del viaje oficial del Príncipe Felipe de Borbón a Cataluña, entre el 20 y el 23 de abril próximo pasado. La Generalitat llevó a cabo, a la mañana siguiente, una encuesta para conocer, incluso de forma matemática, los efectos de la visita entre la población catalana. Se trata de un documento confidencial, pero… Cabe decir que, muy pronto, se había constatado que a medida que el Príncipe hablaba -fue ya decisiva su salutación en catalán emitida por televisión antes de su llegada- y se movía, se ganaba la opinión y hasta la adhesión populares. Su aplomo, sus palabras, su sonrisa, su uso del catalán, sorprendieron y encantaron. La encuesta objetivó la impresión.
Su realización corrió a cargo de «Producciones 5», que consultó a 1.600 ciudadanos, como decía, de Cataluña y el mismo día 24. El 67,74 por 100 de ellos declaró tener una «buena» o «muy buena» opinión de la visita del Príncipe, mientras sólo desagradó al 8,99. En Tarragona, ¡a donde la Generalitat había suspendido el viaje por miedo a la protesta de los pueblos afectados por un plan de residuos industriales violentamente rechazado!, es donde más estaban con el heredero de la Corona: el 86,42 por 100. Le sucedían, por este orden, Lérida, Gerona y Barcelona. A la vez, el 65,62 de catalanes había seguido el viaje a través de los medios de comunicación, los cuales desde luego tuvieron una enorme importancia al difundirlo con profusión.
El uso de la lengua catalana por Felipe de Borbón, que la empleaba exactamente en la mitad de todos los discursos, fue considerado positivo por el 83,80 por 100 de los entrevistados, siendo criticado sólo por un 7,88. Antes del viaje, el porcentaje de quienes valoraban en bien la posibilidad de que hablara catalán era menor: un 75,11. He encontrado a personas que normalmente están contra el uso del catalán al mismo nivel que el castellano y que no deseaban que el Príncipe lo empleara, que después del viaje les parecía una maravilla que Felipe de Borbón hubiera hecho incluso explícitamente suyo el idioma… Dos aspectos favorables destacaba la encuesta: el contenido de los discursos, que además sigue siendo comentado por sectores de opinión, y la compostura, el temple, demostrados por el heredero de la Corona. Lo que menos gustaba eran las medidas de seguridad, consideradas excesivas.
Y que se debían al clima creado en torno a los propósitos manifestados por unos grupos independentistas y algún pequeño partido. Anunciaban que harían imposible la estancia del Príncipe, que la estorbarían. Y días antes habían volado un busto del Rey en San Cugat del Vallés, cerca de Barcelona, y habían puesto tres bombas en Gerona, felizmente, sin víctimas. Una vez Felipe de Borbón en Cataluña, no ocurrió nada, salvo las pintadas y pitadas de rigor, y jamás excesivas, contando incluso la ruidosa protesta de un grupo de afectados por el citado plan de residuos, que «se sumó» a los actos. ¿Había sido sobrevalorada la fuerza o la influencia de los grupos hostiles? ¿El cordón de seguridad los había disuadido? En todo caso, insisto, pronto se confirmó que el Príncipe conectaba con la población, borrándose el clima de inquietud. Y en la encuesta, la Generalitat -con el polémico Lluis Prenafeta, entonces en sus últimos días de Secretario General de la Institución, como primer responsable de la organización- recibía un 66,81 por 100 de adhesiones por haber montado el viaje.
Dichas consignas independentistas en contra de la presencia de Felipe de Borbón eran acogidas favorablemente por 21,45 por 100 de los consultados en Barcelona, un 16,43 en Tarragona, un 12,90 en Lérida y ¡con únicamente un 4,54 en Gerona, donde en la calle más éxito tuvieron o se esperaba que tendrían los grupos hostiles! Los cuales, por otra parte, en general llegaban a cada sitio en autocar, es decir, eran siempre aproximadamente los mismos. Vi a uno, muy reducido, en la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, el 23 de abril, festividad de Sant Jordi, la calle un hervidero de rosas y libros, que el Príncipe pudo conocer antes de irse. Gritaba «¡botifler!» contra Pujol. La gente que llenaba el recinto observaba y, en voz baja, lo juzgaba con duros comentarios.
Detengámonos en este «botifler». Según el diccionario de Pompeu Fabra, el gramático codificador del catalán moderno, es «la palabra con que en la guerra de Sucesión se designaba a los partidarios de Felipe V», y, por extensión, con que después se ha denominado «al que va con los enemigos de la patria», léase el españolista y hasta el español. Un colaboracionista, vamos. En Gerona, mientras el Príncipe Felipe rendía visita a la ciudad, un grupo de chicos insultaba «¡botiflers, botiflers!» dirigiéndose al alcalde, al presidente de la Generalitat y al del Parlament. Aunque también había un grupo de chicas que gritaba con entusiasmo «¡Felip, Felip!», mientras la mayoría ciudadana allí congregada aplaudía tranquila. Esto era el día 21 -Felipe había llegado la tarde anterior-, en que El Periódico de Barcelona realizaba otra encuesta, en la que un 77,6 por 100 de catalanes se declaraba a favor de la visita del Príncipe, un 9,6 en contra y un 12,8 pasaba de ella.
Bien, Jordi Pujol, en su discurso de bienvenida al Príncipe en la cena de gala de la Generalitat, recordó que hasta que él lo hizo ante Don Juan Carlos, ningún presidente de la Generalitat, desde Martín el Humano, o sea, desde el año 1400 y algo, se había podido dirigir al rey en catalán, y desde incluso antes al Príncipe heredero. Y añadió el presidente Pujol que tampoco, desde entonces, un rey o su primogénito habían usado la lengua catalana. Todo el mundo, incluidas las autoridades que recibían a Su Alteza Real con discursos oficiales, rememoraba que fue Juan Carlos I quien, apenas accedió al trono, abrió la puerta a la España de las nacionalidades y a la recuperación pública y oficial de la lengua catalana, usándola ya brevemente en un discurso del Salón del Tinell, en Barcelona.
Lo hizo después en alguna otra ocasión, y señaladamente el 22 de abril de 1988, al celebrarse el Milenario de Cataluña, con un resonante discurso en parte en catalán en el Palacio de la Generalitat, diciendo entre otras cosas lo siguiente, que resume el espíritu de su parlamento: «La variedad de lenguas es enriquecedora, y más todavía la variedad de los pueblos y de las personas. Hace siglos que esta lengua (catalana) es la viva expresión de una gran cultura, siempre abierta a España y a Europa. Los pueblos tienen que mantenerse fieles a sus orígenes para poder comprender mejor su presente, y proyectarse con firmeza hacia el futuro».
Partiendo de todo ello, resultaba que el 77,6 por 100 de catalanes de una encuesta y el 83,80 de la otra no eran en modo alguno «botiflers», sino todo lo contrario, partidarios de quienes estaban con los defensores de la patria: el alcalde gerundense, el presidente Pujol y el del Parlament. Por lo demás, que alguien considerase a estos tres políticos, absolutamente ligados al más genuino catalanismo, como «botiflers», adquiría un aire grotesco, hilarante. Otra cosa hubiera sido que el Príncipe se hubiera presentado sin hablar catalán y esgrimiendo consignas centralistas. Entonces los reducidos grupos hostiles hubieran hecho mella en la conciencia de una ancha franja de la ciudadanía que, siendo profundamente catalana y hasta catalanista, no alberga ninguna clase de odio contra España, y menos aún contra la España democrática.
En la citada cena de gala de la Generalitat, Bibís Samaranch, la esposa de Juan Antonio Samaranch, me decía que estando en Suiza había visto, en el telediario intereuropeo que en diversos países se emite en distintos idiomas, cómo el espacio español daba íntegra la mencionada salutación televisiva en catalán del Príncipe. Con lo que tenemos que la primera vez que en Europa habrá sonado más y de modo más inequívoco nuestra lengua, habrá sido por boca de Felipe de Borbón. Ironicemos: ¿se va a convertir «botifler» en la palabra que designe a los patriotas? La semántica, el valor histórico de las palabras, es por naturaleza variable.
En este caso, lo es también la misma Historia. Jordi Pujol ha dicho, con razón: «Felipe V acabó con la Generalitat de Cataluña y las leyes propias, en 1714. Fue a la caída de la Monarquía, en 1931, cuando pudimos recobrarla. Pero ahora ha sido Juan Carlos I, descendiente de Felipe V y de Alfonso XIII, quien ha hecho posible el restablecimiento de nuestro autogobierno, del Estatut». Si se estaba contra aquel primer Borbón por unas razones muy concretas, por coherencia metodológica y realidad política se tiene que estar con el actual monarca, que ha obrado exactamente a la inversa. Salvo que estemos anquilosados, que pensemos que la Historia quedó eternamente fijada en 1714.
Por otra parte, Felipe de Borbón, pese a ser conocidísimo, era poco menos que una incógnita «profesionalmente» hablando. Y se creía que era un joven tímido porque, país de charlatanes gesticulantes como es el nuestro, se le veía sosegado. Pero ha resultado que el joven Príncipe posee una tranquila serenidad, una reflexiva naturalidad, de pronto iluminada por la viva sonrisa de sus labios, de sus ojos.
Se ha observado cómo soportaba con atenta cortesía, sin la menor fatiga, un apretadísimo programa, y mantenía un diálogo a múltiples bandas sin perder un ápice de su compostura, de su sencilla cortesía. Causó una admirativa impresión, además, que el Príncipe no sólo usara mucho y francamente bien el catalán, sino que también sus discursos fueran lingüística y conceptualmente exigentes, sin apenas concesiones al convencionalismo.
Ya he aludido antes al gran interés que despertaron las palabras del heredero de la Corona. Se basaban en una idea, en una operación en el fondo muy simple: leyó, recitó, la Constitución y el Estatut d’Autonomia, donde consta explícitamente desde el término «nacionalidad» que aplicó a Cataluña hasta la oficialidad de la lengua catalana, pasando por la herencia dinástica que se remonta a los antiguos reyes del Casal de Barcelona, en virtud de la cual es también el heredero de la Corona, siendo igualmente por todo ello otro catalán.
Eso sí: hizo su «lectura» con ganas, con generosidad. Cosa que con harta frecuencia olvidan muchos de nuestros significados gobernantes, que interpretan la Constitución con dura avaricia. En esto el joven Felipe ha demostrado algo esencial: que se prepara a conciencia para ser el jefe del Estado, el Rey, lo que en verdad no puede ser sin serlo de todos los españoles. De todos los catalanes, en este caso. Don Juan Carlos comenzó su reinado recalcando que sería el Rey de todos los españoles. Lo ha cumplido. No puede extrañar que su hijo siga sus pasos, que incluso los amplíe en una u otra dirección como le permite su función de heredero, mientras el Monarca se encuentra lógicamente más condicionado.
Una frase del Príncipe, inserta en su primer discurso, el pronunciado en el Parlament -donde sólo tres diputados abandonaron educadamente el hemiciclo cuando Su Alteza Real se levantó para hablar-, suscitó un vasto eco, levantó polémicas, pues los hubo que la interpretaron como una aceptación de la autodeterminación, lo que para unos resultaba indignante y para los otros inesperadamente bienvenido. Era esta frase: «Cataluña es lo que los catalanes quieren que sea». Para entenderla correctamente bastaba con leer las primeras líneas del Preámbulo de la Constitución: «La nación española (…) en uso de su soberanía, proclama su voluntad de…» Naturalmente, la inmensa mayoría de la población comprendió muy bien que Felipe de Borbón lo que hacía era estimular a Cataluña a ser ella misma. El Príncipe, con la Constitución en la mano, confiaba en todo y por todo en Cataluña, en la gente, en la nación española y catalana.
Un discurso significativo del Príncipe fue el pronunciado en Cervera, aunque sus principales piezas oratorias serían las de Barcelona, en el Parlament y en la Generalitat. Pero el de Cervera revela, por su específica conflictividad histórica, hasta qué punto el Príncipe jugó sus cartas con franqueza y realismo, con visión de futuro. Después de la guerra de Sucesión, Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, borró institucionalmente la lengua catalana, suprimió la Universidad de Barcelona y, al fin, consintió en abrir otra en Cervera. Con ello, la Universidad de Cervera ha quedado como estigma «colonial», «colaboracionista», «castellanista». Este hecho, y muchos otros, no eran jamás evocados en actos oficiales con presencia institucional no catalana. Pero Felipe de Borbón no sólo apela al suceso sin que nadie le haya presionado para ello, sino que lo supera con su canto a la cultura y a la libertad, como puede verse en cuadro aparte.
El viaje, de esta manera, se constituyó en auténtico viaje de Estado, quedando en segundo término su motivación oficial, la visita a las poblaciones catalanas ligadas a los títulos que ostenta Felipe de Borbón: Príncipe de Gerona, duque de Montblanc, conde de Cervera y señor de Balaguer. Ni siquiera fue a tomar, digamos, posesión de dora de aquel imperio mediterráneo en el que, según proclamaba el expresivo cronista Ramón Muntaner, hasta los peces lucían la bandera de las cuatro barras.
Si un lector de Madrid tuviera que juzgar el viaje de Su Alteza Real por las primeras crónicas que publicaron sus periódicos, ocurriría como pasó en su día, que pareció como si los diarios capitalinos hablaran de un hecho por completo distinto al que relataba la prensa catalana.
Esta calibró enseguida no sólo el implícito significado que encerraban el uso del catalán por parte del Príncipe y cuanto decía, sino que
también supo el efecto que causaría sobre la población. Los diarios de Madrid, en cambio, llegaban presionados por la ya descrita atmósfera de sobrevalorada hostilidad, se enfrascaban detrás de las medidas de seguridad, desconocían qué elementos subterráneos originaban rápidamente el cordón umbilical que uniría a Cataluña con el heredero de la Corona.
Josep Tarradellas, en el exilio, era absolutamente negativo respecto al Rey. Pero cuando éste lo recibió en La Zarzuela, cambió al instante e inauguró una magnánima política institucional.
Así, escribieron, por ejemplo, que para Felipe de Borbón «salir al balcón era jugársela», que «el corazón del joven Príncipe guardará con tristeza, seguramente por mucho tiempo, el recuerdo de…». Otro periódico daba en portada como única foto la de unos policías golpeando a un hombre. «Sí, es cierto -me dijo su Alteza Real-, yo vi esta escena y la deploro. Ha sido la única de este tipo que he presenciado.»
Si es evidente que después del viaje del Príncipe las relaciones entre la Corona y la Generalitat serán mucho más cordiales y estrechas, no lo es menos que antes eran ya excelentes. En ocasiones se ha insistido en las discrepancias entre la Cataluña institucional y España. Vale la pena precisar que han sido entre dichas instituciones y el Gobierno del Estado.
Josep Tarradellas, en el exilio, era absolutamente negativo respecto al Rey. Pero cuando éste lo recibió en La Zarzuela, cambió al instante e inauguró una magnánima política institucional. A la par que la Corona, consciente de que la España real se hallaba también en las genuinas instituciones catalanas, abrió esta puerta hasta el máximo. Recuérdese que, en la época, el Rey tenía poderes poco menos que absolutos. Su actitud fue, cara a Cataluña, pragmática, de mano tendida. Lo decía más arriba. Luego, Convergència o CiU entran en la Generalitat. Estas relaciones no cambian, pero cobran otro matiz. La casi coincidente llegada al poder de Pujol y González, las discrepancias entre sus partidos, la existencia en Cataluña del Partit dels Socialistes Catalans, el desgraciado problema de Banca Catalana, han alejado absolutamente de Cataluña, salvo en periodo electoral, al presidente del Gobierno. Mientras el Rey viene a menudo, como parte con más peso después de Madrid que es Cataluña en España. Lo que, en la práctica, ha situado a Jordi Pujol, anfitrión del Monarca, en una situación casera de, digamos, primer ministro. Situación acorde con la política pujolista -ajena a cualquier intencionalidad de la Casa Real- de aceptar el marco institucional con la Corona como suprema encarnación del Estado, mientras los pleitos se mantienen con el Gobierno central. De esta forma, además, la Generalitat cobra en Cataluña un puesto de hecho semejante al del Gobierno central en España. Es aquí fundamental recordar que la Constitución consagra a los presidentes de las Comunidades Autónomas como a los representantes del Estado, del Jefe del Estado, del Rey.
La citada y solemne inauguración del Milenario, con los Reyes y su conclusión, con la Reina-, constituyó la culminación de este juego de esferas que en sí es complejo, pero cuyos efectos no pueden resultar más positivos para todos. Y que puede albergar, además, proyecciones de singular importancia. No debe confundirse a Corona, Gobierno, Autonomías. Forman el Estado, pero sus esferas son obviamente diferentes. Y si el Estado de las Autonomías tiene que cobrar toda su capacidad, si el Senado llega a convertirse en auténtica Cámara territorial, la política de Pujol o los discursos de Felipe de Borbón constituirán puntos clave de referencia. Lo que nadie duda es que la Corona, que la acción del Rey Juan Carlos, han situado a la España real, una y diversa y hoy democrática, en su mayor armonía institucional de los últimos tres o cuatro siglos.
Jordi Pujol resumió en sus discursos esta relación histórica y actual Cataluña-Corona-España: una reivindicación incluso agria de los agravios catalanes antiguos y modernos, una oferta de pacto inequívocamente español y, por último, una llamada hacia un futuro de progreso y de unidad en España y en Europa.
Jordi Pujol, resumió en sus discursos esta relación histórica y actual Cataluña Corona-España: una reivindicación incluso agria de los agravios catalanes antiguos y modernos, una oferta de pacto inequívocamente español y, por último, una llamada hacia un futuro de progreso y de unidad en España y en Europa. Discurso este que era el que había ya inaugurado el Príncipe Felipe, asumiendo el pasado como totalidad en su grandeza y en sus problemas, para instalarse en el presente y partir resuelto hacia el mañana en Cataluña, en España y en Europa. Desde la perspectiva de la juventud, de las cuestiones actuales, de la creatividad, de una comunidad de sangre y de intereses.
Discurso este que era el que había ya inaugurado el Príncipe Felipe, asumiendo el pasado como totalidad en su grandeza y en sus problemas, para instalarse en el presente y partir resuelto hacia el mañana en Cataluña, en España y en Europa.
…Y satisfacción de encontrarme en Cataluña, de la que sois vosotros los dignos representantes, para visitar las ciudades de las que se derivan los títulos que me corresponden como heredero de la Corona. Caminaré por esta tierra sabiendo que lo hago por mi tierra.
Pero quiero añadir a este acontecimiento otra referencia histórica, de esta profunda conciencia histórica que impregna todo el ser catalán. Son las palabras de uno de los más altos monarcas que ha conocido este país, uno de los más significados del árbol genealógico que me ha precedido: Jaime el Conquistador. El cual en una ocasión dijo: «Nos hacemos la primera cosa por Dios, la segunda por la patria
da para salvar a España, la tercera que nos y vos tengamos tan buen aprecio y tan gran nombre que por nos y por vos sea salvada España».
…Por ello, además de dirigirme a vosotros, y en consecuencia a Cataluña entera, quiero hacerlo especialmente a los jóvenes, a mis compañeros de generación, que en buena medida figurarán, figuraremos todos, entre los protagonistas máximos de este fin de siglo en el que desaparecen las barreras ideológicas y en el que los hombres y los pueblos se encuentran de igual a igual.
…Practicaremos aquel «aprendizaje y heroísmo» que propugnaba un ilustre filósofo catalán, Eugenio d’Ors. El aprendizaje y heroísmo que ejercitados durante años sin desmayo nos han llevado a la Constitución, al Estatuto, a la renovada existencia de esta Cámara que conjuga espléndidamente la pluralidad y la identidad catalanas.
Y que nos reúne en este diálogo tan institucional como colectivo en vuestra lengua, que es también mi lengua como lo fue la de tantos antecesores míos. La unión de España es la unión de los españoles. Cataluña es lo que los catalanes quieren que sea. Esto es lo que fundamentalmente quiero decir, desde mi condición y siempre a vuestro lado.
No olvidemos jamás que hay unas verdades básicas, que está lo que nos habla nues- tro corazón, que existe la honda sabiduría del hombre que camina por la calle, que on- dea la clara bandera de la libertad. Catalanes, todo esto es nuestro. Cojámoslo y caminemos.
Habláis, honorable señor presidente, de los años, de los siglos, en el curso de los cuales un presidente de la Generalitat, y por tanto de Cataluña en su plenitud institucional, no pudo dirigirse y además en catalán, al Rey o al príncipe heredero, o que incluso ni siquiera existieron, la Generalitat erradicada, y lamentáis esta grave insuficiencia.
Os comprendo porque siento lo mismo que vos y también lamento que el «hilo de oro de la Historia», como dice un gran poeta catalán, Jacint Verdaguer, haya sido en un tiempo desovillado al revés, y que en consecuencia unas coyunturas que se convirtieron en estructuras impidiesen que el Rey, el príncipe heredero, pudiesen dirigirse en catalán a las legítimas autoridades y a la generosa ciudadanía de Cataluña.
Pero la mejor forma de demostrar las cosas no son las palabras que podamos aplicarles, sino los hechos que pueden cambiarlas, como nos ha demostrado desde el primer día Su Majestad el Rey, mi padre. Ahora estamos aquí vos y yo, honorable señor presidente, dialogando «clar i català», como dice esta expresión tan genuina. Y éstos son los hechos que, como también subrayáis, al fin importan.
…El pasado puede sin duda ser juzgado, pero lo decisivo radica en que, si queremos, puede ser enmendado. Primero, por razones de voluntad, pues los hombres y los pueblos son lo que desean ser, y precisamente ahí está Cataluña, esta Cataluña en la que felizmente estamos, para demostrar que no existe una adversidad que no pueda ser vencida por la fe en uno mismo, por la fuerza del trabajo, por la profunda implicación del hombre en la Tierra. Somos también nuestros propios proyectos.
…Se equivocan quienes todavía contemplan la España Autonómica como un problema, pues lo que en verdad ha hecho ha sido articular una realidad de muy positivos resultados: las autonomías han liberado y han suscitado energía e imaginación, iniciativa y participación. No hallaríamos en la España moderna un periodo más abierto del que vivimos, más implicado en un panorama de horizontes más esperanzadores.
Y ahora quiero invocar yo también la enseñanza de la Historia. Cataluña se caracteriza por cinco grandes períodos, que a la corta han influido de forma extraordinaria en ella misma y muy pronto en España entera, y a la larga nos han proyectado a todos con peso decisivo más allá de las fronteras.
Son los períodos, primero, de la Marca Hispánica, bastión meridional del imperio carolingio y firme línea divisoria entre el cristianismo y el islam. Después, como forjadora de aquel imperio mediterráneo en el que, según proclamaba el expresivo cronista Ramón Muntaner, hasta los peces lucían la bandera de las cuatro barras.
En tercer lugar, constituyendo Cataluña una llave fundamental de la unión de los reinos de España por medio de la audaz figura de quien entonces ceñía la Corona de Aragón, Fernando el Católico. Después, como puerta del impulso y materialización de la revolución industrial, con la que Cataluña nos ha introducido de lleno en la dinámica occidental.
Por último, por último en esta breve enumeración que de ninguna manera puede ser exhaustiva, Cataluña ha actuado como portavoz de la idea de la España de las nacionalidades, de las culturas, en su variedad y en su unidad. La cual es, a la postre, la que con la democracia define el Estado, nos proporciona el marco que, perfilando el conjunto del cuadro, resalta sus características, su fuerza.
Habéis citado la Universidad de Cervera. Buen motivo, buen momento, para pergeñar una reflexión cultural. Fue un centro que nació en circunstancias adversas, ha sido polémicamente considerada.
Pero también, como ha escrito un ilustre historiador hijo de Cervera, Agustí Durán y Sanpere, pese a que la Universidad «sólo tuvo un siglo y cuarto de vida académica (…) su actividad fue muy densa por haber tenido ilustres profesores, entre los cuales cabe recordar a Gallisá, Dorca, Larraz, Aymerich, Queralt, Dou, Balmes, y, especialmente, a Josep Finestres, el mejor representante científico de la Universidad».
En otras palabras, la cultura pugna, la cultura asciende, la cultura se esparce, por encima de circunstancias históricas del signo que sean y de decisiones políticas o personales. Si no se pueden poner puertas al campo, menos aún es posible encerrar la cultura en ningún reducto, ni siquiera en los que se proclaman específicamente culturales. La cultura es el fruto más espléndido que surge de la mente humana, de la potestad creadora del hombre.
Por ello, cultura y libertad son sinónimos. Y por lo mismo, la cultura constituye la herramienta más útil, más capaz para transformar la realidad existente, y ¡ay de aquellos gobernantes que pretendan mediatizarla! Cultura equivale a indagación, a prospección, a imaginación. En la cultura confluyen todos los torrentes del saber que nos ha precedido y se forja la sociedad que vamos configurando. La cultura es la gran puerta del futuro.
…Esta ha sido la capital del Condado de Urgel, una de las piedras angulares de la Cataluña de la Edad Media, con sus días de gloria y de tristeza. La historia de los pueblos constituye un ardoroso mosaico. Aquí, también, nació otro de los mayores monarcas que conoció la Corona de Aragón, un hombre señero del Casal de Barcelona: Pere el Cerimoniós o del Puñalet. Apasionado, pugnaz, guerreó en la tierra y en el mar con un auténtico espíritu imperial.
Si el Condado de Urgel enlazaría a Balaguer con la Cataluña interior, con la «ferma» tierra leridana, el rey Pedro nos llevaría en su flota por la Cataluña mediterránea, la que desembocaría en el Imperio español mediterráneo. El catalán posee tanto la virtud del enraizamiento como la del universalismo. Hoy, igualmente, Cataluña se proyecta, como en el pasado, en tres grandes espacios: el español, el europeo y el mediterráneo.
…En efecto, el deporte y la tecnología constituyen dos de los más atractivos y decisivos polos de la sociedad actual y del futuro. Las extraordinarias expectativas que en todos los órdenes han suscitado los Juegos Olímpicos son una buena prueba de ello. Yo mismo me entreno, intentando ser uno de sus participantes, al menos el más entusiasta. Pero los Juegos, además, remueven y potencian el urbanismo, la economía, la ilusión colectiva. Y moldea el deporte, con su sana competitividad, el temple de la juventud, suscita en todos las más límpidas emociones.
No dudo que Barcelona podrá convertirse en nuestra gran capital, en la gran capital del Mediterráneo, este espacio emergente, complejo, pero provisto de una honda vitalidad traducida en unas formas de vida que se han convertido en las más placenteras de nuestro tiempo. ¿Quién no sueña en vivir o como mínimo pasar unas vacaciones junto al Mediterráneo? La Europa del Sur, en la que España tiene tanto que decir, es una de las grandes Europas.
Que mi viaje termine donde Cataluña sintetiza su apuesta tecnológica, abre más que ninguna otra cosa la simbólica puerta por la que desde el fin de siglo entraremos en el siglo XXI. Sí, estos centros de vanguardia de Sant Cugat, como dijo uno de los primeros poetas en lengua catalana, Joan Alcover, son «donde fermenta la levadura del tiempo futuro».