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Otra noche del cometa

Título: «El final de la tierra».
Autores: Frederik Pohl y Jack Williamson.
Editorial: Edaf. Madrid, 1990 (original 1988).
Precio: 1.200 pesetas.


Pohl y Williamson son dos autores habituales del género de ciencia-ficción, autor el primero de obras importantes de este género que ha merecido los premios Hugo y Nebula, como Hombre Plus (traducción de Man plus), La marcha del borracho y Nave de esclavos, aunque sus principales obras han sido publicadas en colaboración con C. Kornbluth, como Búsqueda en el cielo. También Williamson es un autor conocido de cuya obra se dijo sirvió de fuente de inspiración de la primera Guerra de las galaxias del director cinematográfico Lukas.

El final de la tierra es una reciente novela fruto de la colaboración de estos dos escritores, maestros ambos en el arte de entretener, tejer una acción imaginaria y desarrollar con desenvoltura una trama verosímil a partir de presupuestos no verosímiles, una de las condiciones que Aristóteles precisó en su Retórica como constituyentes del arte narrativo.

El tema de «el final de la tierra» ha sido frecuente en la literatura de ciencia-ficción y tiene antecedentes literarios importantes como La peste escarlata de Jack London y, más recientemente, La tierra permanece de Stewart, una novela fascinante; Limbo, de Wolfe, posiblemente una de las cumbres de la ciencia-ficción moderna; ¡Ay Babilonia!, que desarrolla el tema de la supervivencia tras una tercera guerra mundial u On the beache de Shute que fue llevada al cine y titulada en castellano como La hora final.

El final de la tierra desarrolla, pues, el tema de la supervivencia tras la aproximación de un cometa a la Tierra cuyos restos, después de ser destruido por medio de bombas nucleares, al caer sobre la atmósfera, destruyen la capa de ozono que matiza el efecto de los rayos ultravioletas solares ocasionando un «verano ozónico» (aunque tal vez habría que denominarlo un verano «no» ozónico). La acción entretenida y salpicada de efectos imaginativos, propios de este tipo de literatura, no defraudará al lector aficionado ni tampoco al ocasional. La intriga urdida por la colaboración de Pohl y Williamson es original y no refleja las influencias de otros tratamientos narrativos.

Difícil transición en Nicaragua

Hasta hace pocos años, Centroamérica, la antigua Capitanía General de Guatemala del Imperio español, constituía una serie de países sometidos al imperialismo inevitable de los Estados Unidos. Esa era la imagen estereotipada difundida en el mundo, especialmente en Europa, donde la pretendida soberanía de aquellos pueblos del llamado «Tercer Mundo» era una mera ficción más de la política internacional de nuestro tiempo. Aunque toda Hispanoamérica, a la postre, fuera considerada como «el patio trasero» del coloso del Norte, Centroamérica representaba la prolongación más clara de los Estados Unidos, como lo ponía en evidencia no sólo la dependencia económica de estos países respecto de la Unión americana, sino también y, sobre todo, las reiteradas intervenciones militares yanquis en el área.

No es cuestión de debatir aquí y ahora la exactitud de esta consideración global de sumisión y enfeudamiento, ni la de tercer- mundismo, que ignora tanto los valores propios de unas culturas autóctonas —co- mo la maya y la nahuatl, que gozan de cre- ciente valoración hoy en día— como el pos- terior fenómeno de transculturación produ- cido, se quiera o no, en virtud de la con- quista y colonización hispana, a consecuen- cia del cual Centroamérica está radicalmen- te incardinada en el Occidente.

Cierto es que a partir de los años sesenta se inicia en toda la región un proceso revolucionario de signo marxista-leninista, apoyado por Cuba y la URSS, de suerte que se pone en jaque a los diversos regímenes locales, tradicionalmente aliados de los Estados Unidos, cuyos intereses estratégicos, así como los de la Alianza Atlántica, se ven directamente amenazados por la intervención continental, aunque sea solapada, del Imperio soviético.

La amenaza estratégica

A este respecto, conviene recordar que durante la II Guerra Mundial, dos tercios del abastecimiento a Europa vino de los Estados Unidos a través del Mar de las Antillas y que en caso de un nuevo conflicto en el Viejo Continente ese mar seguiría teniendo igual valor para las fuerzas de la OTAN.

En consecuencia, una vez que en Nicaragua, tras la caída en 1979 de la dictadura dinás- tica y corrupta de los Somoza merced a la rebelión de la mayor parte del pueblo nicaragüense, se establece un régimen comunista y no el sistema constitucional y pluralista de tipo occidental por el cual había luchado toda una generación de nicaragüenses, la amenaza indicada anteriormente ad- quirió una dimensión concreta y mayor.

Centroamérica representaba la prolongación más clara de los Esta dos Unidos, como lo ponía en evidencia no sólo la dependencia económica de la Unión americana, sino también y, sobre todo, las reiteradas intenciones yanquis en el área

Cuba ya no estaba sola. Tenía una cabeza de puente fenomenal en Centroamérica. Con el visto bueno de sus protectores soviéticos, Fidel Castro convirtió a Nicaragua en un feudo, prevalido de su ascendiente personal e ideológico sobre los nueve comandantes que iban a tomar las riendas del poder en Managua. Fidel era el verdadero amo, quien daba las consignas, asignaba los cargos e impartía los castigos. Para ello montó todo un dispositivo propio, militar y político, que invadió silenciosamente el país. Mandó, entre otros, al famoso general Arnaldo Ochoa para que montara un ejército gigantesco, más poderoso que el de todas las naciones centroamericanas juntas. Se iba a pasar los fines de semana a Montelimar, la antigua finca de Somoza en el Pacífico. Contó, además, con la ayuda de miles de «internacionalistas» de las más diversas procedencias: montoneros, tupamaros, etarras…, chilenos, libios, palestinos, coreanos, alemanes, búlgaros, etc.

Una vez consolidada la estructura de po- der del Frente Sandinista de Liberación Na- cional (FSLN) —poder absoluto, a pesar de las engañosas referencias constitucionales a la economía mixta, el pluralismo y la no alienación— con las ayudas referidas, el Gobierno de Managua, al dictado de Castro, se lanzó a la aventura expansionista en Centroamérica. Pero no lo hizo directamente, pues eso hubiera significado la intervención muy probable de los Estados Unidos, sino de forma encubierta, apoyando a las guerrillas de El Salvador, Guatemala y Honduras, con la vista puesta siempre en el norte, ya que el gran objetivo de los comunistas es la conquista de México, para controlar la misma «panza» de lo que ellos llaman «el Imperio».

Rebelión del pueblo

Pero la jugada no les ha salido por una causa con la cual los sandinistas y sus padrinos no contaban: la rebelión del propio pueblo nicaragüense. En efecto, para controlar todos los resortes del poder el FSLN impuso un sistema marxista-leninista en toda la línea. Así, una vez desprendidos de los diversos sectores burgueses, cuyo protagonismo fue fundamental en la liquidación del «somozato», con Violeta Barrios viuda de Chamorro y Alfonso Robelo a la cabeza, confiscados sus bienes, clausurados los medios de comunicación independientes, empezando por el de mayor influencia, «la Prensa», despojaron también a miles de campesinos propietarios de sus tierras, atacaron a los indios miskitos, sumos y ramas, establecieron el monopolio estatal del comercio, y, «last but not least», arremetieron contra la Iglesia Católica en un país católico, cuyos pastores sufrieron persecución y exilio, culminando la operación con el insólito intento de «reventar» la visita de Juan Pablo II a Nicaragua. Para más inri, al tiempo que establecían un Estado-policía que lo controlaba todo de acuerdo con los cánones de la Cuba de Castro, sometían al pueblo nicaragüense a una hambruna histórica e incomprensible en un país rico, como saben quienes de verdad conocen la tierra de Rubén Darío.

Se echaron, pues, un gran enemigo: el propio pueblo, el cual apoyó, primero, masivamente a las fuerzas de la Resistencia y, después, cuando se abrió la puerta de las elecciones, a los partidos de la oposición agrupados en la UNO. Su proyecto totalitario quedó frustrado por la rebelión armada, se reconozca o no, que les impidió concentrarse en sus objetivos expansionistas, y, posteriomente, en las elecciones del 25 de febrero, cuyo resultado constituyó una sorpresa mayúscula para Ortega y sus huestes, pues de haber previsto la derrota no hubieran convocado las elecciones. Tal como le dijo Fidel Castro al propio Daniel Ortega, «si se convocan elecciones es para ga- narlas…». (Un corresponsal en Centroamérica de un importante periódico español anunció la derrota sandinista, ya que tenía información de primera mano de una encuesta encargada por Oscar Arias, la cual pronosticaba el triunfo de Chamorro-Godoy. Pero el diario no dio crédito al vaticinio y se perdió el «Scoop…»)

Pactos secretos

Resulta indiscutible que, al igual que en su día la caída de Somoza y la subsiguiente toma del poder por el FSLN tuvo una repercusión política inmediata en toda Centroamérica, ahora sucederá lo mismo. Los asuntos en el área, como señalé al principio, están íntimamente conectados y la suerte de un país tan estratégico como Nicaragua afecta al futuro de una región que demanda a gritos la unidad para resolver los graves problemas planteados por tantos años de lucha fraticida. Ahora bien; la cuestión está en saber si, a pesar de los resultados electorales concluyentes, los sandinistas van a entregar realmente el poder a doña Violeta Chamorro y a su nuevo equipo, o, solamente, como se encargan de decir los propios dirigentes sandinistas a sus afines, «cederán el Gobierno, transitoriamente además, pero el poder, jamás».

Estos piratas sandinistas cobran el rescate y se quedan. La tragedia es que doña Violeta no tiene cómo controlarlos porque carece de recursos, de tropas leales, y hasta de un sólido respaldo partidista

Para conservarlo se han quedado de mo- mento con el mando del Ejército, cuyo jefe sigue siendo Humberto Ortega —hermano de Daniel—, uno de los más radicales defensores del marxismo-leninismo, que ha tomado bajo su jurisdicción, además, a las fuerzas de seguridad que dependían del temido ministro de Defensa, Tomás Borge; se han repartido los bienes públicos, en una auténtica «piñata», dejando las arcas del Estado vacías y, para colmo, nada más producirse el traspaso oficial del Gobierno, han desencadenado una serie de huelgas y manifestaciones con el fin de paralizar la Administración. Todo ello ha generado un clima de desconfianza nacional e internacional, agudizando la crisis social y económica de un país en quiebra.

Lo grave del caso es que la permanencia de Ortega al frente del Ejército forma parte de unos pactos concluidos por algunos asesores directos de doña Violeta, como su yerno Antonio Lacayo y Alfredo César, antiguo sandinista y ex dirigente también de la Residencia Nicaragüense, sedicente socialdemócrata, millonario, muy amigo de Carlos Andrés Pérez.

La operación, fraguada antes de las elecciones, fue pensada dando por inevitable la victoria de los sandinistas y de ella forma parte también la maniobra que César, aspirante fallido a la presidencia de la Asamblea Nacional, urdió junto con Sergio Ramírez para que la lista completa de la UNO para los puestos fundamentales del Parlamento —con la excepción de la presidenta, Miryan Argüelles— se los repartieran la facción de César con los sandinistas.

Este nuevo Kupia-Kumi, expresión miskita equivalente a contubernio, levantó como no podía ser menos un gran escándalo entre las restantes fuerzas de la UNO, encabezadas por el vicepresidente de la República, Virgilio Godoy Reyes. También consternó al sector empresarial, agrupado en el COSEP, cuyo presidente, Gilberto Cuadra, renunció a formar parte del nuevo Gobierno, al igual que lo hizo Jaime Cuadra alegando, con criterio que le honra, que él, como enviado de doña Violeta en las negociaciones para que la Resistencia entregue las armas, les había dado su palabra de que Humberto Ortega no seguiría en el Ejército.

Porque ésta es a la postre la gravedad de la cuestión. Ortega queda al frente del poderoso Ejército Sandinista, en contra de las declaraciones públicas de doña Violeta, hasta que la Resistencia se desmovilice, etc., y ésta dice que mientras aquél esté al mando de la milicia no entrega las armas, ya que no existe seguridad personal, según han podido comprobar con la pérdida de sus vidas numerosos combatientes que confiaron en los acuerdos de pacificación. Con todo, conviene darle un margen de confianza al nuevo Gobierno, cuya tarea es abrumadora. Aunque resulte difícil de encajar que se negocie con los sandinistas, como si no se hubiera producido la rotunda victoria del 25 de febrero, confiándoles responsabilidades medulares como el propio mando de las Fuerzas Armadas, quizá todavía se pueda enmendar el tropezón, despejando en defi- nitiva la incertidumbre que hoy se cierne sobre el pueblo nicaragüense.

El desastre económico de la administración sandinista

Del 19 de julio de 1979 al 25 de abril 1990/ La década perdida.

Al tipo de cambio oficial Córdobas vs. US$ Dólares.

T. C. Oficial 19 julio 1979 = $10.00 xVs. $1.00.

(NOTA: 1: el 14 de febrero de 1988 los sandinistas llevan a cabo una Reforma mo- netaria $1.00 Córdoba «nuevos» = $1.000.00 Córdobas viejos (1979).

T. C. 25 abril 1990 = $53.800.00 Córdobas «nuevos».

Equivalentes a (x $1000.00).

$53.800.000.00 Córdobas viejos (1979).

O sea, reciben el tipo de cambio a $10.00 xUS$ 1.00 y entregan el tipo cambio $53.800.000.00 x US$ 1.00.

Lo que equivale a decir que al momen- to de entregar el poder los sandinistas y gracias a su gestión administrativa, se ne- cesitan $5.380.000.00 córdobas de 1990 para adquirir $1.00 córdoba de 1979 cuan- do los sandinistas subieron al poder; y es- to a tipo de cambio oficial.

Y lo más sorprendente de todo es que en Nicaragua post-sandinista ningún medio (Radio, TV, Periódico) haya tocado es- te tema tan doloroso para el consumidor nicaragüense.

Los Estados Unidos y Cuba: ¿Qué nos depara el destino?

Las relaciones de los EE. UU. con Cuba, o mejor, la falta de ellas, durante casi treinta años ya, ha constituido una de las mayores anomalías de la historia de la diplomacia reciente. Es una situación todavía más paradójica a la vista del papel de Cuba como la nación latinoamericana más estrechamente alineada políticamente con los Estados Unidos y, también, la más profundamente influenciada por su cultura y el hecho de la proximidad geográfica. La revolución de Castro supuso una sorpresa total para la mayoría de los americanos (y, en su vertiente anti-americana, probablemente para la mayoría de los cubanos también); todavía más inesperada fue la entrada de pleno derecho en la alianza soviética, aunque una vez tomada la decisión de oponerse a los Estados Unidos en todos sus frentes, esto lógicamente -quizá inevitablemente sucedería.

Sin la guerra fría, por supuesto, ahora la revolución cubana sería un episodio más, olvidado en la historia de las relaciones EE. UU.-Latinoamérica, algo parecido al conflicto entre los Estados Unidos y el México revolucionario. La particularidad de Cuba, por supuesto, fue que su revolución no fue en contra (o incluso principalmente en contra) de los derechos de los inversores americanos sobre los yacimientos del subsuelo, sino el papel internacional de una pequeña isla caribeña (o mejor aún, de su dictador y sus seguidores). Al introducir lo que podía haber sido simplemente una cuestión bilateral dentro del conflicto mayor entre Este-Oeste, Castro se aseguró que el antagonismo tendría una extraordinariamente larga vida propia, y de hecho, tan larga que incluso hoy, con el declive de la guerra fría, ha to comunidad política). Este fue el caso respetado una razón independiente de sus orígenes.

Es verdad que, durante muchos años, no ha existido un consenso real entre los dirigentes de la política exterior americana sobre lo que hacer con Cuba. Ha habido diferencias de opinión considerables, por ejemplo, en la importancia estratégica efectiva de Cuba, en Centroamérica y en el resto del mundo, y por consiguiente sobre amenaza que representa para los intereses americanos; intensos debates además sobre los hechos del auténtico compromiso cubano en teatros específicos; y finalmente, si una política de «detente» podría no servir mejor los intereses americanos que una de aislamiento y hostilidad.

Pero el punto importante que un lector de política exterior debe considerar es que esta discusión tiene muy poco que ver con la misma Cuba. Al contrario, las preocupaciones se han resuelto en ideas discrepantes sobre cómo llevar la política exterior americana -la ruptura entre «liberales» y «conservadores», «halcones» у «palomas», entre defensores de la «conciliación y el diálogo» y partidarios del interés nacional- la cual comenzó durante la guerra del Vietnam hace ya más de veinte años y sólo ahora está empezando a aclararse.

Hoy, por supuesto, el ambiente en la política exterior de los Estados Unidos se caracteriza por un grado mayor de consenso del que ha habido en muchos años. No obstante, no es probable que beneficie a Fidel Castro. El que ofrezca esperanza para Cuba como una nación y un pueblo- depende, por supuesto, de acontecimientos cuyo resultado no se puede pronosticar actualmente.

Antes de enjuiciar las relaciones cubano-americanas, para una audiencia española podría ser útil comenzar comentando aquí que en la práctica diplomática americana ningún país posee el derecho automático al reconocimiento. Es cierto que la mayoría de los países son de hecho, reconocidos, incluyendo aquéllos cuyo gobierno es desaprobado de corazón, por los Estados Unidos (o de todos modos, por una gran parte de su to a la España de Franco y el Portugal Salazar en los cincuenta y los sesenta, y, más recientemente con Sudáfrica y Chile. Obviamente, la desaprobación no se puede ejercitar con naciones grandes tan fácilmente como con las pequeñas, pero tal vez valga la pena recordar aquí que, incluso así, no hubo intercambio de embajadores entre la Unión Soviética y los Estados Unidos entre 1919 y 1933, o entre la República Popular de China y los Estados Unidos entre 1949 y 1978. Además de Cuba, los EE. UU. actualmente no mantienen relaciones con Libia, Vietnam y Kampuchea; por el contrario, jamás ha reconocido la «transferencia» de las repúblicas bálticas a la Unión Soviética (las tres mantienen «embajadas» fantasmas con Washington).

En el caso de países en desarrollo, el asunto de la desaprobación política es una cuestión particularmente sensible, porque el reconocimiento de los EE. UU. casi inevitablemente transmite una serie entera de especiales beneficios comerciales, así como intercambios educacionales, misiones de ayuda, y así sucesivamente. (En teoría no existe ninguna razón por la cual esto debería ser así necesariamente, pero así son las cosas; es la razón principal por la que muchos países -particularmente países africanos en los que los Estados Unidos no tienen un interés predominante- se salen de la norma al mantener sus misiones en Washington). Desde la perspectiva americana, a menos que uno esté preparado para acreditar algo más que un frío intercambio de notas diplomáticas, es mejor no abrir una embajada en absoluto.

Más aún, en lo que al asunto de la desaprobación política se refiere, la posición de Castro respecto al ciudadano americano probablemente nunca haya estado más baja. Por supuesto, en los Estados Unidos Castro jamás ha sido auténticamente popular (excepto en los primeros días de su régimen, cuando su ideología verdadera no había sido revelada aún), aunque a través de los años ha ejercido cierta fascinación en políticos individuales, figuras de la cultura, periodistas, y clérigos. Durante los rebeldes años sesenta, Castro representó la última figura anti-autoritaria, y, durante un período breve en la década siguiente (cuando «revolucionario» en los regímenes del Tercer Mundo era el máximo de la moda cultural en los Estados Unidos y en otras partes), Cuba se convirtió en el centro de peregrinaje político.

El cambio crucial para Castro no ha sido tanto en el ambiente político de los Estados Unidos el cual, obviamente, se ha vuelto considerablemente más conservador en los últimos diez años- sino en la idea de Cuba sostenida por la comunidad cultural americana y la intelectualidad liberal, cuyas opiniones se filtran a los medios de comunicación y a las instituciones de gobierno. En una palabra, los aspectos represivos del régimen cubano, son ahora generalmente conocidos, y Castro ya no es objeto de admiración por parte de intelectuales y artistas «progresistas». Su decadencia con este sector clave empezó probablemente con el caso Padilla, que se difundió ampliamente en publicaciones literarias, y continuó con el éxodo del Mariel en 1980, la situación en deterioro de los derechos humanos en general, las películas de Néstor Almendros (particularmente Conducta impropia), la publicación de Contra toda esperanza, de Armando Valladares, y para colmo, la negativa de Castro a seguir el camino de Gorbachov en la reforma económica y política.

Esta desilusión es evidente en muchas áreas: el apoyo, por ejemplo, a Radio Martí (y ahora TV Martí) por prestigiosos líderes liberales en la política americana, como los senadores Edward Kennedy, Christopher Dodd y John Kerry; el deseo de editoriales mayorquinas en publicar literatura de escritores cubanos disidentes; un informe muy crítico de los derechos humanos en Cuba por la organización liberal de izquierdas Americas Watch, y, recientemente, el análisis devastador del juicio del general Arnaldo Ochoa en The New York Times Book Review, por Julia Preston. Este artículo, que sugiere que Ochoa fue ejecutado no por tráfico de drogas sino por conspirar un cambio político en Cuba, fue escrito no por un periodista emigrado a Miami, sino por la antigua corresponsal de The Washington Post en Centroamérica, y publicado en lo que correctamente es considerada como el órgano de la izquierda intelectual en los Estados Unidos.

Si el ambiente político e intelectual es desfavorable para Castro, así, también, lo es el económico. La mayoría de las compañías americanas que perdieron propiedades en Cuba, hace ya mucho que se arreglaron con sus compañías aseguradoras y han desechado sus pérdidas. No hay esperanzas en el lobby de corporaciones americanas interesadas en reclamar propiedades en Cuba, o con ansias de comenzar un negocio allí. Ni tampoco los americanos quieren ni necesitan nada que Cuba tiene o produce -ni verduras de invierno, ni las playas, ni la exportación más importante antes de 1959, azúcar.

La cuota cubana en el mercado americano hace ya mucho que se ha dividido entre otros países latinoamericanos y las Filipinas. Mientras tanto, el azúcar mismo se ha convertido en algo parecido a una droga en el mercado mundial, e incluso la compra a los países más o menos favorablemente colocados en la política (El Salvador, las Filipinas) está siendo no obstante reducida a medida que el consumo americano continúa bajando. Y finalmente, Cuba ya no representa un potencial mercado importante para las exportaciones americanas, ya que su nivel de vida es varias veces más bajo que en 1959, y ha agotado todas las fuentes de crédito comercial occidentales.

Incluso la base de la Navy en Guantánamo no es necesaria para los Estados Unidos, ya que en principio se construyó para abastecer un tipo de navío que ya no existe, y con toda probabilidad será abandonada, esté o no Castro, cuando el tratado existente expire en el año 2000 (al extremo que Guantánamo se podría ver adicionalmente como una base desde donde proteger los accesos al Canal de Panamá, que, también, será menos relevante después del año 2000, cuando el Canal y su zona adjunta se devuelvan en su totalidad al gobierno de la República de Panamá, como lo acordaron los tratados Carter-Torrijos de 1978).

El incentivo negativo para «dialogar con Castro», a saber, el intentar persuadirle para que desista de su papel como paladín de la revolución en el hemisferio occidental, del mismo modo está desapareciendo. La razón es obvia: Castro ya no representa una amenaza seria para los intereses americanos en Latinoamérica. La respuesta americana a la revolución cubana hace treinta años, fue dictada principalmente por temores políticos, en este caso, a que ciertas variantes del nacionalismo latinoamericano podrían ser utilizadas para los intereses soviéticos en el hemisferio occidental; eso, y la idea de que la revolución cubana se podría extender a otras partes de la región, de nuevo, con implicaciones importantes en el conflicto Este Oeste. En otras palabras, lo que Washington temía en 1959 y 1960 no fue Castro, sino el castrismo -la posibilidad de que el imperio soviético adquiriera nuevos estados por medio de guerrillas latinoamericanas sustitutas del Ejército Rojo. Hoy es fácil ver en qué medida se exageraron estos temores en aquel tiempo: pero una lectura atenta del manual de la guerra de guerrillas de Ché Guevara parecía justificarlas, como también lo hizo las actividades de misiones cubanas y centros de espionaje en el extranjero.

Sin los soviéticos, sin embargo, el «castrismo» se convierte en nada más que una doctrina política bastante desagradable (una combinación de personalismo, fascismo, y una economía de dirección centralizada, algo parecido al sistema de la Rumania de Ceaucescu) practicado en este caso por el gobierno de una isla caribeña. En cuanto a la izquierda armada en Latinoamérica, sus perspectivas actuales son algo menos brillantes, e incluso si ése no fuera el caso, los Estados Unidos ya no tienen una razón convincente para preocuparse sobre la orientación política de cualquier país latinoamericano con la posible excepción de México, el único país de la región cuya soberanía Castro (por razones propias) siempre ha respetado.

Todo esto sugiere que las relaciones de los Estados Unidos con Cuba no tienen ningún futuro, y probablemente no lo tengan, al menos tan lejos como podemos ver en el presente. Ciertamente éste será el caso mientras el mismo Fidel Castro esté a la cabeza del poder, ya que el dictador -que ahora está alcanzando ese punto en la vida de un hombre cuando debe considerar sus hazañas- ha llegado a ver su papel histórico en términos puramente negativos. En este caso, es el haber liberado a Cuba de su dependencia de Estados Unidos. Una vez aceptado esto como un justificante suficiente para todo, no queda nada por discutir. Este por ejemplo, es un extracto de un intercambio entre Castro y un periodista cubano transmitido recientemente en la televisión de allí:

Periodista. «Tal vez pueda decirnos también qué condiciones pone Cuba para la normalización de las relaciones. Ellos no son los únicos que imponen…»

Castro (interrumpe). «No nos importa a nosotros. Todo es un problema de hipocresía y una mentira. No hay nada honrado en ello. No nos creemos nada. No esperamos nada de los imperialistas, no queremos nada de ellos (golpea la mesa una vez). Todos tenemos que esperar sólo cosas de nosotros. Tenemos que creer en nosotros mismos.»

Las declaraciones recientes de Castro en sus visitas a Ecuador, Venezuela y Brasil sugieren, de hecho, que está volviendo al nacionalismo continental latinoamericano del cual se salió con objeto de convertirse en marxista-leninista. Esto se debe en parte, sin duda, al colapso de la idea marxista en Europa del Este y su atenuante radical en la Unión Soviética, pero también representa un intento por hallar para sí mismo un lugar nuevo en el escenario mundial. Por ejemplo, en Brasil dijo recientemente a los entrevistadores de televisión:

«Hemos dicho muchas veces que el problema número uno de América Latina no es la construcción del socialismo. El problema número uno en América Latina es la independencia y la soberanía de los países latinoamericanos…»

«Si no unimos nuestras fuerzas… no tendremos ningún futuro en el año 2000… volveremos a ser indios… Aunque nos pongamos trajes, aunque nos pongamos ropa, y tengamos unas pocas cosas modernas, los Estados Unidos nos tratan como indios. Cualquiera que esté informado sabe el tipo de relaciones que los EE.UU. han desarrollado con América Latina. Nos desprecian… ni siquiera se acuerdan de nosotros».

Esta es la voz de un Fidel Castro joven que pilló a Latinoamérica por sorpresa en 1959, ahora con un filo ligeramente más malévolo, y tan intransigentemente antiamericano como para desechar toda posibilidad de diálogo. La diferencia es significativa; en 1959, a pesar de todas su críticas a los Estados Unidos, solicitaba un ambicioso programa de ayuda económica para la región; hoy aconseja a los latinos que corten sus lazos con los Estados Unidos juntos y creen su propio bloque económico. De nuevo, en el contexto actual éstos no son ideales que con probabilidad vayan a asustar a los Estados Unidos, pero claramente establecen que Castro no desea, y probablemente no pueda permitir, normalizar las relaciones con los Estados Unidos. (Como dice el embajador Vernon Walters, que ha tratado con él frecuentemente: «No tenemos nada que quiera; si tuviéramos unas relaciones normales con él, no sería de mayor relevancia en el mundo que el presidente de la República Dominicana»).

Por supuesto, el mismo Castro no es eterno, y algún día otro líder cubano estará en su lugar. Una vez que esto ocurra, ambos países tendrán que echarle otro vistazo a su relación, o mejor, a su relación, o mejor, a su «no-relación». Pero esto podría tardar veinte años más; los dictado- res tienen una duración notablemente larga, y un Castro de ochenta y uno u ochenta y dos años gobernando Cuba todavía no es, de ningún modo, algo impensable. Además, la sucesión establecida con el hermano de Fidel, Raúl, jefe de las fuerzas armadas cubanas, el siguiente en la línea por el poder- no inspira mucha confianza en las posibilidades de aplicarse allí el «pensamiento nuevo» de Gorbachov. Esto es así porque se sabe que Raúl es mucho más estalinista que su hermano, y con razón carece de cualquier atractivo político independiente propio.

Presumiblemente, la actual línea de sucesión se podría romper con algún acontecimiento inesperado -un asesinato, o un golpe de palacio-. Pero el mismo Castro obviamente lo ha pensado, y ha tomado precauciones para prevenir cualquiera de los dos. Además, la mayoría de las personalidades con posibilidad para desafiar su liderazgo o están muertas (Camilo Cienfuegos, Ché Guevara, general Arnaldo Ochoa) o están en el exilio (Huber Matos, general José del Pino). De hecho, la mera proximidad de la isla a los Estados Unidos, y el fácil acceso que cualquier desertor de alta graduación tiene (a los EE.UU.), provee automáticamente de una ruta conveniente para escapar, la cual elimina al mismo tiempo la perspectiva de un desafío serio al sistema desde dentro.

Las posibilidades de una versión cubana glasnost bien sea bajo otro líder, son en cualquier caso problemáticas

Las posibilidades de una versión cubana de la glasnost, bien sea bajo Castro o bajo otro líder, son en cualquier caso bastante problemáticas. No hay aspectos especiales en la relación cubano-americana que hagan pensar en suave una transición dulce más difícil que lo que podría ser en otras partes del mundo socialista. Considerando, por el contrario, la situación en Europa Oriental: Polonia, Alemania del Este y Hungría no se convirtieron en países socialistas porque quisieran evitar el caer en, digamos, la esfera de la influencia alemana. El punto de la reforma allí fue (y es) eminentemente político y económico en vez de cultural. El caso de Cuba está complicado por la incompatibilidad de una reforma política y económica con el propósito de Castro de independencia total de los EE.UU.

En otras palabras, la única manera que Cuba tiene de preservar su aislamiento de la influencia americana, es mantener su economía de dirección centralizada y su represivo aparato policial. La glasnost, en cualquier forma, amenaza con socavar el sistema, que está basado en el racionamiento, la escasez, y la disciplina militar; una mayor libertad de movimiento es posible incluso que lleve a un nuevo éxodo de cubanos a los Estados Unidos. Como mínimo, representa una amenaza a la moral del régimen, y también a la razón fundamental de su misma existencia. Una vez comience el progreso, no se puede decir dónde podría parar. Castro reconoce el hecho y, desde su estricto punto de vista propio, su rigidez permanente tiene sentido.

Guantánamo ya no es necesaria para los Estados Unidos y con toda probabilidad será abandonada

Hay otra diferencia por la que Cuba no se parece a Europa Oriental, y es la existencia justo al otro lado del Estrecho de Florida de una comunidad de emigrantes numerosa, bien organizada y próspera centrada en la ciudad de Miami y en sus alrededores. En la prensa americana ha habido recientemente mucha especulación sobre el posible papel que esta comunidad podría desempeñar en una Cuba post-Castro, y de hecho han circulado incluso algunos informes de que se está formando allí un nuevo gobierno en el exilio (pero con planes para regresar pronto a la isla).

La mayoría de los observadores consideran estas expectativas cuando menos prematuras. Ciertamente desde el punto de vista de los recursos económicos, la existencia de esta comunidad podía ser de bastante importancia en una Cuba post-Castro. Pone al país en una condición mucho más favorable que Panamá, Nicaragua o El Salvador, en realidad, que la mayoría de los países latinoamericanos, en el sentido de que por sí misma podría disponer de un fondo privado para la reconstrucción, en vez de tener que competir con Europa del Este, etc., en el Congreso de los Estados Unidos. También tendría una comunidad política bien organizada en posición de presionar para la restauración de al menos la antigua cuota cubana en el comercio de los EE.UU.

Por otra parte, la mayoría de los niños cubano-americanos no tienen recuerdos de la isla, y tampoco deseo de regresar allí (excepto de visita). Por lo tanto la idea de un desplazamiento en masa de la población (o para este asunto, la transferencia de las clases dominantes) no parece probable. Pero de nuevo, Castro no se equivoca al ver su propio régimen amenazado por esta gente, y el mundo de prosperidad que representan, o incluso más, su capacidad obvia para negociar un nuevo entendimiento entre su viejo país y uno nuevo.

A la luz de la reducción reciente de la ayuda de Europa Oriental a Cuba (y la posibilidad de que la URSS siga eventualmente el mismo camino muchos analistas políticos han comenzado a especular si es posible que el régimen de Castro se colapse por la falta total de recursos. Ciertamente, el propio Castro ha sido franco con su pueblo sobre las perspectivas severas que afrontarán en el futuro; al mismo tiempo, ha extendido la posibilidad de una represión intensificada para los disidentes. Por otra parte, la supervivencia política del régimen jamás ha estado condicionada por el éxito económico; de haber sido así, habría desaparecido hace tiempo. Por supuesto, nadie conoce con exactitud cuál es el nivel de tolerancia del pueblo cubano; ¿se les puede comparar con Rumania o Corea del Norte? Es un problema interesante de ciencia política que lleva a valiosas consecuencias humanas. Uno sólo puede esperar que se resuelva pronto, y para el beneficio del pueblo cubano. A uno no le gusta la perspectiva de que Castro se convierta en lo que ya le ha llamado el ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias: «El Kim II Sung del Caribe».

El porvenir, entonces, de la relación cubano-americana es prácticamente el mismo de hoy. Si hay un cambio de liderazgo, o en la naturaleza del régimen (es difícil imaginar lo uno sin lo otro), entonces por supuesto, otros muchos factores entrarían en juego-la historia, la geografía y la existencia de una enorme comunidad cubana en Florida del Sur-. Incluso así, la nueva Cuba cualquiera que sea su configuración política real- tendría que competir con Panamá, Nicaragua, El Salvador y otros países de la cuenca del Caribe en el proceso de pérdida de interés norteamericano en toda el área. Por lo tanto, la revolución cubana, un drama que alcanzó su punto más alto con el enfrentamiento nuclear entre las dos grandes superpotencias, puede terminar eventualmente de una forma bastante banal. Pero hasta que su protagonista abandone la escena, podemos esperar que el futuro de las relaciones cubano-americanas continuará en su mayor parte recordando al pasado.

El riesgo de la entropía demográfica

El teniente de «El Poder y la Gloria» ahogado por el calor tropical pensaba con tristeza en el enfriamiento que habrá de sobrevenir cuando el sol, al quedarse sin aliento, se extinguiera. El final de un sistema físico consiste precisamente en eso, en la entropía, en el «todo igual», todo insignificante. Nos hallamos en un punto de la cosmogénesis en el que pensamos que el riesgo no es inmediato y que la humanidad habrá desaparecido ya cuando el sol, dentro de cinco mil millones de años y antes de convertirse en una «enana blanca», entre en una fase de excitación tal que, si todavía estuviéramos en la tierra, literalmente nos asaríamos, para helarnos enseguida después y hundirnos en las noches. Los riesgos que nos amenazan son a plazo notablemente más corto.

A plazo más corto, y desde un punto de vista menos estrictamente occidental de lo que puede creerse, me siento tentado a evocar, entre otras varias, tres cuestiones que enfrentan a nuestro destino con nubarrones de naturaleza y dimensiones muy diferentes: las sacudidas del mundo islámico, el proceso iniciado en el mundo comunista y -una amenaza verdadera- la implosión demográfica planetaria. Si ésta se prolongara siguiendo las tendencias actuales, conduciría prácticamente al fin del fenómeno humano hacia el año 2450, según cálculos míos de 1979, confirmados por Jean Bourgeois-Pichat en 1988. Salvo que una catástrofe, en el sentido que dan al término los matemáticos (los griegos decían metanoia), destruya a tiempo las estructuras de la implosión y nos dé una nueva oportunidad, que es la hipótesis más verosímil. La demografía, en efecto, no es más que una consecuencia de lo que pasa en nuestros cerebros. La única referencia que cuenta es la referencia a Dios.

El comunismo y el islam es lo que está más cerca. Los sistemas comunistas no son más que una perversión del sistema occidental. Raymond Aron lo había analizado con pertinencia. Estaba pensando en un Marx del que nos ha privado la muerte. Lo sorprendente no es la reacción ante el elevado coste de la revolución industrial en su fase de despegue. Si a la larga la ventaja es enorme, en lo inmediato el crecimiento se paga. De ahí la idea de romper el mercado y de controlar los flujos de recursos mediante un sistema burocrático centralizado. El sistema establecido en Rusia es tan absurdo, tan contrario al buen sentido y a la experiencia, y su fracaso global tan aplastante que uno se pregunta cómo ha podido crear ilusiones en el Oeste. Porque donde no ha producido ilusión nunca es donde detenta el poder de sumir a la gente en la miseria y en la esclavitud.

Un conjunto de razones históricas -los agravios por las insoportables injusticias de algunos momentos del siglo XIX, las heridas de dos guerras y la intolerable aberración nazi en el curso de la segunda, más una hábil utilización de estas listas de agravios- es lo que explica lo inexplicable. Lo inexplicable no es el mantenimiento y la penetración de lo irracional por la fuerza de la policía y del ejército, por la propaganda, la pereza, la impunidad y la deseducación. Lo que resulta difícilmente explicable es que esas mentiras hayan podido ser creídas por un sector de intelectuales que tenían acceso a todas las fuentes de información. Ahí es donde reside el misterio insondable de una estupidez que es la única cosa conocida que es capaz de dar una idea de lo infinito. Hasta el punto de que los que se contaron entre los primeros intoxicados desintoxicados se han encontrado sin salida dentro de la ratonera de un viaje sin retorno.

Nunca hay que decir jamás y nunca hay que decir siempre. El sistema comunista está quebrantado. Y todavía hay más: a los que habían apostado por los satélites, por la palabra, por la imagen…, y por el «gap» tecnológico no les ha faltado razón. Solamente les ha faltado razón al omitir al mayor desestabilizador del comunismo, Dios, que, aparentemente, está con mejor salud en el Este que en el Oeste, dentro de la tradición cristiana.

¿Quién podría dejar de alegrarse, aunque fuera tímidamente y con prudencia, ante lo que no es más que un retorno a la razón, al derecho, a un principio de sumisión a la soberana y hermosa naturaleza de las cosas? Pero uno puede alegrarse y temer. El debilitamiento del aparato comunista y la reducción de la amenaza ponen a prueba el deteriorado sistema inmunitario de Occidente.

El aparato comunista introducía una oposición, un quiasmo, en el mundo industrial y técnico. Esta oposición puede volver a producir una tensión entre un polo de crecimiento rápido y una periferia que arrastra los pies, entre los que arrastran y los arrastrados.

La debilitación del aparato comunista, la reducción de la amenaza, pone a prueba el sistema inmunitario de Occidente.

No se ha terminado de hacer la suma de los estragos. En el momento de la descolonización, esta tensión ha anticipado, ha precipitado por demagogia veinte, treinta y hasta cuarenta años al deseable curso óptimo de las cosas. El actual deterioro de África es un regalo indirecto de esas tensiones envenenadas. Incluso China, que no ha sido nunca verdaderamente comunista, sin la revolución cultural no se habría visto tentada por el autogenocidio planificado del hijo único obligatorio, un crimen al lado del cual todos los maestros de la materia, todos los Landrús de la política han sido inocentes monaguillos.

Ciertamente no hay que lamentarse. Hay que constatar, sin embargo, que el retroceso del aparato comunista comporta el riesgo de un aumento de entropía en dirección a un mundo que de momento no es capaz de reproducirse, el de la ideología soft del hedonismo del instante.

Afortunadamente queda el islam para dar miedo. Son mil millones, lo reconozco, y serán muchos más mañana, porque en este punto y hora el mundo musulmán es el único que sigue reproduciendo la vida. Después de la deserción de la América latina, del África negra amenazada por la pandemia del «sida», no hay más que esta «media luna» para hacerse cargo de los continentes enfermos.

El crecimiento del islam.

¿Sobre qué fundamentos se apoya la inevitable potencia del islam? Es la potencia del número. Un hecho único en la historia va a ser que en menos de veinte años y nada puede ya impedirlo- habrá en el mundo más musulmanes que cristianos de todas las confesiones y de todas las tradiciones olvidadas juntas: dos mil millones frente a mil doscientos o mil trescientos.

El fulgurante éxito de la conquista árabe-musulmana no ha dejado nunca de causar asombro. En cuarenta años cayó la mitad de la cuenca mediterránea, el viejo corazón del mundo inteligente. ¡Qué diferencia con la moderada lentitud del cristianismo en sus principios! Es cierto que la expansión del islam, a diferencia de los primeros siglos cristianos, estuvo asociada a una conquista. En relación con los «débiles» imperios bizantino y sasánida, la conquista árabemusulmana procedió como la «Conquista» hispánica de América en el siglo XVI, mediante la decapitatio et captatio de poderosas estructuras preexistentes. Añádanse las dificultades religiosas y el combate duro y a veces doloroso entre la ortodoxia (Trinidad y dos naturalezas) de los griegos y el monofisismo de las poblaciones semitas del Imperio. Era como si la teología de la presencia de lo Trascendente en la inmanencia de la Encarnación repugnara a los que habían sido los primeros, y por mucho tiempo los únicos, portadores del mensaje religioso central de la Trascendencia. ¿Y si el califa se mostraba más clemente que el basileus?

El islam es, por naturaleza, más rígido que el cristianismo, pero también más fácil de asimilar

Vladimir Soloviev veía en el gran retroceso del cristianismo bizantino menos exceso de celo que desazón y concesiones. En el momento en que Heraclio trata de reconciliar ortodoxia y monofisismo en un monoteísmo, es cuando las poblaciones monofisitas se inclinan por el invasor. «Se quería… reconducir a la unidad al Egipto y al Asia, pero Egipto y Asia prefirieron la afirmación árabe al artificial expediente bizantino».

El islam es por naturaleza más rígido que el cristianismo y también más fácil de asimilar. La presencia de lo Trascendente, que el cristianismo ve realizada en la persona de Cristo, el islam la obtiene por medio de la letra increada del Corán. Por eso el Corán no puede ser objeto de una exégesis simbólica como la Biblia. El islam introduce un orden político y religioso original. Al principio funda una comunidad de fe, inicialmente árabe, en la que reina la igualdad de derechos entre los creyentes. (Un poco más ventajosa para los árabes que dominan la lengua del Corán, es decir, la única lengua en que es posible dirigirse a Dios). No hay que exagerar la intolerancia, de la que no están exentos los cristianos en régimen de cristiandad, ni la igualdad de derechos entre los creyentes de las tres religiones del Libro. «De hecho, hay tres desigualdades fundamentales que estructuran las sociedades islámicas: la del amo y del esclavo, la del hombre y la mujer, la del creyente y del no creyente», dentro de un sistema que no ha podido hasta ahora concebir ni aceptar la distinción entre los dos reinos (una musulmana, por ejemplo, no puede casarse con uno que no sea musulmán). Hay que partir, pues, de dos sumisiones que se compendian en una sola: sumisión al conquistador y a la regla social y religiosa del islam.

Esta regla gobierna la relación con el exterior. La cruzada es un accidente, un momento. La Yijad, la guerra santa, es la forma normal de relación con los infieles, aunque la práctica pueda aconsejar prudencia. Se ha podido observar que es en el seno de un movimiento europeo salido de la Ilustración, o sea de valores cristianos aunque laicizados, «cuando el mundo musulmán podía esperar hallar el inasequible secreto del poder occidental sin comprometer por ello sus creencias y tradiciones religiosas». Pero, ¿acaso el islam tiene el talento prometeico de robar el fuego sin quemarse?

«La impotencia del islam para adueñarse de ese poder» de que tienen el secreto los occidentales «se explica por la potencia misma del islam». «Ya en vida de su fundador el islam era el Estado.>> Lo que la cristiandad llega a ser difícilmente y de modo provisional, el islam lo es de golpe, desde el principio de su historia. Se comprende, pues, que un hombre haya podido dividir su vida entre una primera fidelidad a Stalin… y después una segunda al islam. A este le faltan el pecado original y las causas segundas… El Dios creador cristiano concede al hombre el don de la suprema dignidad, que es el de ser una libertad creadora, prolongación de la libertad originaria, absoluta, creadora de Dios su creador, pero que es capaz de oponerse a ella.

A la angustiosa pregunta de ¿cómo es posible, y de hecho ocurre, que el infiel sea el más fuerte?, se responde que «Dios, queriendo poner a prueba momentáneamente a sus fieles, ha dado la tierra el rumí pero nos ha dejado a nosotros el cielo». Es la bendita quiebra que puede permitir un momento de fructuosas cohabitaciones, en tanto que el que no puede pretender el cielo sepa que su legitimidad proviene de su fuerza y que la conservará sin complejos para actuar según un principio de justicia. La manifiesta violación de la justicia y la debilidad desencadenarán así y con el mismo título la ruptura conflictiva. La violación de la justicia y el complejo de autoculpabilización del Occidente han sido de modo sucesivo causa de los conflictos de ayer, de hoy y, por algún tiempo todavía, de mañana. Naturalmente siempre pueden producirse encuentros apaciguadores en la cumbre.

El islam y la izquierda de Occidente

El islam fue percibido ayer en Occidente como el aliado objetivo de las fuerzas de la izquierda, mientras lo que éstas trataban de combatir era lo que recordaba y servía de fundamento a la tradición judeo-cristiana en los campos de la cultura, de la sociedad y del Estado, es decir, lo que ha constituido nuestra identidad y ha asegurado nuestro éxito. El frente táctico común de la izquierda atea y de la izquierda cristiana, social y mística en tiempos de los «viajantes» de la descolonización, se ha disuelto. Hoy la izquierda atea militante se inquieta al comprobar que el islam era algo que ellos habían ignorado y a fortiori algo que ellos no pueden comprender ni amar, a saber, el islam, fuerza social y fuerza espiritual capaz de coherencia y con un fuerte potencial de reacción. La ignorancia puede resultar huraña y la estupidez militante. Se ven aparecer extrañas coaliciones. El miedo al islam pudo ser visto como un factor momentáneo de débil cohesión en el Occidente de la ideología soft, con los ojos tapados y algodón en los oídos.

A los que temen —los más valientes en público y los más numerosos en el fondo de su corazón— una Europa occidental cubierta el día de mañana de una invasión de mezquitas, yo les respondo, ¡ay!, que yo no creo que tengan que temerlo.

Esta observación conduce al peligro más grave, al único peligro que de verdad amenaza realmente a esta bella aventura comenzada ayer que todavía no ocupa más que algunos minutos del tiempo cósmico, el peligro de la implosión generalizada.

Los largos plazos permiten la previsión. Es difícil ser hipermétrope en un mundo miope. El riesgo de una implosión existe en Occidente desde 1960. El vuelco total se produjo en 1964. Hace un cuarto de siglo que algunos tratan de burlarse de mí, porque anuncio, como una cosa segura, lo que hoy es ya visible y que se producirá mañana.

La inversión que rompe todas las amarras con el pasado de sociedades enteras a las que se ha arrojado por debajo del umbral absoluto de la falta de reemplazo (menos de 2,1 hijos por mujer) es irreversible. El umbral de reemplazo de la población está en 2,1 hijos por mujer.

17 millares de nacimientos (1.988 a 2.400, 2,1 hijos por mujer fértil), se produjo en 1967 en Alemania y se extendió en siete años al conjunto del mundo industrial.

Alemania mostró el camino de la inversión

Tengo a la vista un sorprendente texto de Charlotte Höhn, directora del Bundesinstitut für Bevölkerungsforschung. Leyéndolo, se comprende inmediatamente cómo el mayor autogenocidio de la historia ha podido perpetrarse sin que nada turbe el sueño de nadie. «La República Federal de Alemania, se nos dice, es un país pionero en materia demográ- fica. Entre 1972 y 1986 ha mostrado la fecun- didad más débil del mundo (enseguida, aña- do yo, Italia se puso por delante y Portugal y España casi a la par), con un indicador co- yuntural del orden de 1,5 en los años 1970, un mínimo de 1,28 en 1985 y una ligera re- cuperación a partir de entonces (1,4 en 1987).» Alemania muestra el camino. El mundo entero, en Europa y fuera de Europa, va detrás marcando el paso detrás, incluso Italia se adelanta. Nótese que este camino es el de la extinción total de la especie en cuatro siglos. La pequeña oscilación de 1987 ha sido objeto de tantos comentarios como la caída anterior de 2,5 a 1,28. «Este retroceso no constituye más que una segunda acelera- ción secular que se esbozó, además, en Euro- pa durante el último cuarto del siglo XIX.»

Difícilmente se puede retorcer más eficazmente la verdad en tan pocas palabras, con tanta tranquilidad. Aunque sea accesorio, hay que preguntar por qué el último cuarto del siglo XIX. En Francia la desaceleración comienza en el segundo cuarto del siglo XVIII. Y es de un carácter completamente distinto. Hasta el fatal vuelco posterior a 1964, los demógrafos pueden hablar de transición, es decir, de un movimiento perfectamente sano de alineación progresiva de un cierto retroceso de la fecundidad con el de la mortalidad.

Este movimiento es totalmente diferente del que se produce por todas partes a partir de los años 1967-1969 y 1972-1975 una vez que se ha franqueado el listón de la total no reproductibilidad (2,1 hijos por mujer). A partir de ese umbral ya no hay convergencias, sino que entran en divergencia todas las curvas. Se produce en ellas un bucle implosivo, que muy pronto es irreversible y no autorregulable. Al actual ritmo europeo, con el que van camino de alinearse por bloques sucesivos y muy rápidamente los demás mundos, la autoeliminación de la humanidad en cuatro o cinco siglos se encadena en un movimiento que hace pensar en el destino de una estrella, de la supernova de agujero negro. Nosotros lo habíamos entrevisto en 1978 y 1980. Jean Bourgeois-Pichat lo ha calculado con más precisión, en 1988.

El caso de la señora Charlotte Höhn no es una caricatura, sino que es representativo de la ideología de «Morgen ist auch ein Tag». ¿Cómo la información, cuando es tan sesgada, puede ser transmitida y aceptada por sabios de esta categoría con un nivel de representación oficial, en el sentido de los deseos tanto del microcosmo de los «medios» como de una gran parte del cuerpo social?

Por otra parte, el sistema de los «medios» no hace más que reforzar una corriente muy poderosa, lo que los españoles llaman «llevar hierro a Vizcaya». Durante largo tiempo, nuestras sociedades, con sus valores cristianos filtrados por la Ilustración, se han proyectado en el sentido de la duración, orientándose como con avaricia hacia el futuro. Para combatir mejor la incoercible angustia de la muerte, asociaban la esperanza cristiana con el viejo sentido tribal de la continuidad de los linajes: ver a los hijos de sus hijos y saber que después de uno el hogar, (el «ostal» se dice en la lengua de oc), la patria, en una palabra, que fue la tierra amada de los padres, será la de los hijos. La prueba que sufrió el patriarca Abraham es la peor de las perspectivas, morir sin descendencia. Cuando la espera cristiana del presente eterno en la luz (la visión beatífica) se envolvía en brumas, cuando la fe sobrenatural vacilaba, quedaba esa esperanza grosera, terca, de una vida cómodamente asentada en la sucesión de las generaciones.

Las sociedades postindustriales creen asegurado su porvenir material. Deja, por ello, de estar en juego. Se ha recorrido el camino en sentido inverso. Del primer guijarro partido por un hombre hasta el día de ayer, el instante vivido había conquistado la duración. Ahora, de golpe, la duración se ha reflejado sobre el instante. Lo que cuenta es el disfrute de este instante. La información televisada no va más allá; infantiliza la duración y la desarticula en una polvareda de instantes. ¡Qué importa el 2020! La demografía de la señora Höhn es una demografía de adultos que calculan las primeras anualidades de sus pensiones; la que nosotros proponemos es una demografía de padres cuidadosos del porvenir de sus hijos: se comprende sin dificultad que no tiene ninguna posibilidad de deslizarse entre las redes capilares del gran complejo de los «medios».

Añádase, además, que no votan los niños ni a fortiori los fetos, sino los ancianos, los retirados de todas clases cada vez más numerosos. Philippe Bourcier de Carbon, uno de los mejores demógrafos franceses, al que se mantiene apartado por su independencia de espíritu y su preocupación por el bien común, en un libro implacable, irónico y sabio, demuestra cómo todo el sistema social se ha inclinado por los ancianos con detrimento de los niños, que son los más jóvenes, y funciona en provecho de ellos. Con una suerte de humor negro habla de una «ley newtoniana de la gravedad demográfica», y de los «efectos de la dinámica demo-económica» sobre las sociedades industriales del siglo XX.

Al salir de la guerra en 1945 perdimos la ocasión de instaurar el único voto equitativo, el voto familiar, que habría permitido una representación de los niños por medio de sus familias y habría frenado los factores económicos que conducen a «socializar las ventajas del niño y a privatizar su costo», a pagar el aborto, a hacer que el hijo del pobre sin pensión pague la pensión del rico sin hijos, a preferir el niño muerto al niño vivo, porque cuesta aparentemente menos caro matarlo que hacerlo vivir y educarlo.

Hasta ayer, el instante vivido había conquistado la duración. Ahora la duración se ha replegado sobre el instante

Es posible que antiguamente los clérigos de las iglesias hayan hablado mal de la muerte. Es seguro, como prueban las estadísticas, que ahora todos tienen la boca cerrada. Nunca ha sido más perniciosa la angustia de la muerte que cuando cualquier discurso significativo sobre ella se ha visto alcanzado por la interdicción. Rechazada, hace más daño. Pero resulta que más allá del gozo del instante, el niño evoca el implacable curso de la duración. El niño, por tanto, recuerda que más allá de este instante viene el instante de la caída eterna en lo que es totalmente «Otro», en la sima de lo Desconocido, Dios o la Nada. ¿La Nada? Esa palabra inconcebible, ese algo cuyos lazos ha desmontado Bergson. El niño, pues, amenaza perturbar lo que la sociedad «liberada» cree haber encontrado para ocupar el instante, el placer sexual, estrechamente asociado antes a la transmisión de la vida, que las nuevas técnicas han mutilado del riesgo de dar la vida.

He ahí por qué, salvo que sobrevengan profundos desgarros, nada humanamente previsible parece capaz de modificar el curso implacable del destino que nosotros hemos escogido sin verlo.

Yo he seguido desde hace un cuarto de siglo las reacciones de los responsables de la economía y de la política en Francia. Se alegraron de la primera inflexión de la fecundidad. No vieron en ella más que un alivio inmediato de las cargas. En todo caso, los comienzos de la informática y las ilimitadas perspectivas de la inmigración de los países pobres les aseguraban una mano de obra abundante y dúctil.

Implosión por un lado, explosión por otro

Pero después la inmigración ha dado miedo. Se ha entrado en la era de la máxima apertura de las tijeras: implosión por un lado, explosión por el otro. Los inmigrantes son numerosos, vienen de lejos, se infiltran. Y sus estilos de vida y lo que les queda de creencias son difícilmente compatibles con nuestras tranquilas jubilaciones. Ese era el peligro de ayer, pero yo constato que todavía hoy la conciencia de los peligros no va más allá del temor a la astenia y a la sumersión.

La resistencia no puede venir de fuera. Hay que buscarla alrededor de nosotros. Todavía queda hidrógeno en el sol so implacable del destino que nosotros hemos escogido sin verlo.

El cabo siguiente será difícil de franquear. Y la sumersión es un riesgo serio: lo concedo. Pero es un riesgo muy pequeño al lado del que las tendencias actuales han programado ya. Antes de quince años, al ritmo actual, América latina estará por debajo del nivel de reemplazamiento de la población. La política oficial china es la del autogenocidio. Los cálculos de Jean Bourgeois-Pichat son irrefutables. Jean Legrand y yo los habíamos esbozado en un libro de 1979 y yo había introducido precisiones en otro de 1980. Lo que está en vías de realizarse es la hipótesis más sombría de la implosión generalizada que yo había entrevisto en esos libros. Añado ahora que ninguna proyección ha tomado en cuenta los espantosos efectos de la pandemia del «sida», sobre todo en África, contra la cual la ideología soft prohíbe el elemental reflejo defensivo, a la espera del fruto de una investigación todos azimuts.

El islam inquieta no sin razón: es la única masa que está todavía en crecimiento demográfico rápido. El islam es tanto más agresivo cuanto más enfermo está. Desde hace tres o cuatro años se ha iniciado en él la fase preliminar de la inversión. Esto es particularmente claro en la segunda generación de las colonias de inmigrantes en territorio francés. Las mujeres que habían venido a Europa tenían más hijos que las que se habían quedado en su país por la mejor higiene. Pero la generación nacida en Europa es frecuentemente más estéril que la población ambiente. Con unas estructuras familiares parecidas a las de la Italia del sur, se puede prever una evolución comparable a la que ha conducido de la Mamma a la Cicciolina. Se me permitirá que no me alegre de ello.

Está claro que la yuxtaposición de los dos polos demográficos opuestos durante algún tiempo todavía, contribuye a la incomodidad en el espacio mediterráneo.

Hoy, en efecto, se ve brotar, franca o inconfesadamente, el temor de un ascenso del Sur y el de una sumersión del Norte. Es claro que las condiciones para una buena integración de los inmigrantes están sobrepasadas en todas partes. Hoy se dan juntos todos los indicios que permiten afirmar que las amenazas de implosión existen ya en tierras del islam y que sin duda se desarrollarán todavía más rápidamente que en los otros lugares donde se desencadene el proceso.

En efecto, hace diez años las colonias musulmanas infiltradas en Europa mantenían su fecundidad. Se dilataban grandemente, pero con la segunda generación, como ya he dicho, no es igual. Las sociedades que se infiltran no construyen una sociedad islámica en el seno de las mallas de nuestras ciudades; vienen a engrosar un subproletariado de desarraigados. Pesan sin enriquecer. La hipótesis del choque frontal es la menos probable de todas. La más favorable sería la de un proceso de evolución que produjera un poco lo que fue la emancipación del judaísmo en Europa a fines del siglo XVIII y a principios del XIX. Para eso sería preciso un islam en buen estado de salud capaz de soportar el choque. La llamarada del integrismo chiita hace pensar en el reflejo defensivo de una conciencia atormentada que se siente insidiosamente seducida.

Las grietas de la fecundidad ya en tierras del islam y la contaminación de los inmigrantes por nuestro sistema permiten prever un proceso, tan rápido y tan destructor por lo menos que el de América latina y que el que hará vacilar a China sobre un pie de barro carcomido si se mantiene el autogenocidio del hijo único obligatorio en la parte del territorio efectivamente controlada por uno de los poderes más demenciales jamás aparecidos sobre la superficie de la tierra.

Hasta ahora, menos de 90 mil millones de seres humanos

Si se prolongan las tendencias actuales, 17 mil millones de seres humanos vendrán a añadirse a los 89 mil millones que han existido ya, y la trayectoria, calcada sobre la de una estrella, se acabaría en cuatro u ocho siglos, tras la explosión de la supernova, no en una «enana blanca», sino en un agujero negro. De todas las hipótesis, la de la implosión generalizada, en la medida en que está en vías de realizarse, es la menos probable. Eso no es una prospectiva, sino la proyección matemática de lo que hemos hecho y celebrado como si fuera una victoria desde hace veinte años.

No se producirá, porque la sociedad técnica y prometeica que lleva dentro de sí ese retrovirus de muerte será rápidamente aniquilada -el germen, junto con los portadores del germen-, antes de que desaparezca la especie. La única amenaza verdadera es la de una inmensa regresión. Nuestros escasos descendientes sólo habrían perdido la memoria. Siempre habrá en un rincón una cepa resistente y la tentación de volver a empezar.

He dicho que no se puede esperar la corrección más que de un cambio radical, una metanoia, es decir, una «catástrofe» en el sentido que da a este término el matemático René Thom.

La sociedad de resistencia no puede venir de fuera. Hay que buscarla alrededor de nosotros. Tal vez está en trance de formación en los intersticios de esos tejidos fofos en estado de putrefacción de nuestras sociedades «mortícolas», en el esbozo de un rechazo radical del asesinato del sentido de la vida y de la felicidad.

En el momento de la implosión del Occidente, que arrastrará por bloques a los otros mundos, durante esa implosión se continuará sin saberlo, porque triunfa y triunfará por histéresis durante varios decenios más.

El salmista dice: «Levanto mis ojos hacia las montañas. ¿De dónde me vendrá el socorro?» No me vendrá de otra parte, porque no existe esa otra parte.

El Occidente es un Occidente sin orillas. Ha extendido su cultura por el planeta en- tero. Jamás ha sido tan elevada la entropía cultural. Una sola cosa es absolutamente segura: será más fuerte mañana. Los viajeros de otras regiones arrojan sus equipajes al agua para venir a juntarse más pronto con nosotros. Acaban por no tener nada más que lo que nosotros abandonamos en nuestros cestos de basura.

¿Es razonable todo lo que se ha produci- do durante tres millones de años en el ter- cer planeta de nuestra «enana amarilla? De seguro que no. Que no se me pida entonces una conclusión razonable. A corto plazo to- do está comprometido. Todo ha estado siempre comprometido. Lo que las técnicas de la comunicación ha deshecho pueden a fortiori ellas mismas rehacerlo.

Recobrar el pensamiento de la Transendencia

Entre todos los pensamientos que han ali- mentado nuestras inteligencias y nuestros corazones, ¿hay alguno más esencial que el de una Trascendencia, presente por obra de la memoria en todos los instantes que nos ha sido dado vivir? Algunos dirán que se nos ha escapado. Tal vez éste es el momento de recobrarlo. Salvo que esa Trascendencia nos haya atrapado ya.

¡Y si la vida tuviera un sentido, lo que implica un más allá de la apariencia y del tiempo, la posibilidad de apostar por la du- ración, la amistad de los padres para con los hijos! Los que hayan recuperado la raíz del sentido sobrevivirán. «Afortunadamen- te la esterilidad no es hereditaria.» Todavía queda un poco de hidrógeno en el sol. Yo tengo la convicción de que es en el interior del más viejo de los mundos, en el interior de nuestras ciudades, donde se construye la nueva ciudad, igual que, a partir de este instante, Dios está labrando el instante eter- no de su reino.

El esplendor de las tertulias

Florecen las tertulias radiofónicas como antaño florecían las charlas de café. En tiempos de Ramón y Cajal, la charla de café era un pasatiempo de proyectos, políticos e intelectuales, dramaturgos y poetas venidos a más, que podían permitirse el lujo de entretener el ocio en el Ateneo, o en la glorieta de Bilbao, para luego expresar los comentarios en forma de máxima ilustrada. Algunas semblanzas literarias quedan como testimonio de que también los barceloneses eran vulnerables a esos placeres del espíritu. No hay más que hojear algunas páginas de Ignacio Agustí para detectar que la afición a la tertulia era compatible con las virtudes de la burguesía ascendente.

Los tiempos han cambiado desde el advenimiento del socialismo a la democracia, y la tertulia ha dejado de ser un encuentro personal entre jubilados humanistas, conspiradores cortesanos, burgueses con aficiones políticas, y sabios más o menos ilustres para convertirse en un género periodístico peculiar, tecnificado por la división del trabajo intelectual entre especialistas en el comentario de actualidad. Ser contertulio era tanto como tener condición para departir amigablemente entre azucarillo y azucarillo una tras otra taza de café humeante y, probablemente, colonial. Hoy ser contertulio es tener un oficio, remunerado por un medio de información que ofrece a su audiencia la oportunidad de participar o degustar la capacidad de análisis técnico de un equilibrado equipo de intérpretes que hacen de inspectores de la actualidad. Todo lo que ocurre a flor de piel merece ser investigado por debajo.

La democracia en la época socialista posee una dura epidermis bajo la cual pueden esconderse las más inverosímiles frutas prohibidas. Ya que nadie puede estar seguro de hablar en privado sin temor a que algún meritorio policía le haya pinchado el teléfono, puede con creces compensar esa zozobra escuchando lo que se cuece en la trastienda, se pica en la espuela o se comenta entre protagonistas. La radio y la televisión compiten para sustituir la sobremesa de comedor por sobremesa televisual o radiofónica. A través de los medios de difusión, el país se ha convertido en una fragmentaria yuxtaposición de tertulias que sustituyen las posibilidades de participación directa por la intoxicación indirecta y las escuchas ilegales por las legalizadas.

La tertulia se ha convertido no sólo en centro de opinión sino también en grupo de presión. Hay que compensar la tertulia de una tendencia con otra de signo contrario. Así nacen las de oposición y crecen las oficialistas, las independientes del presupuesto y las dependientes del gasto público. Los tránsfugas de partidos hacen su agosto convirtiéndose en tertulianos pues cumplen mejor con su oficio de servidor público rindiendo pleitesía en público que facilitando informaciones privadas. En general, los tránsfugas pueden proseguir su oficio como comentaristas de tertulia, la cual, como definía el viejo Diccionario de Autoridades no es sino «la junta de amigos y familiares para conversación, juego y otras diversiones honestas». Como se ve, en las tertulias de hoy queda muy poco del candor original.

Polonia: el difícil camino desde una nación hacia una sociedad

A finales de la década del setenta corrió por España una frase que daba cuenta de la decepción de un sector de la opinión pública ante la realidad posfranquista: «No es eso, compañeros, no es eso». Hay indicios de que algo parecido ocurre en la transición democrática polaca.

Los claros contornos políticos de signo izquierdista, de la fase inicial de la transición comienzan a borrarse. Mientras palidece la imagen del régimen comunista que durante decenios ha sido La Causa de las miserias del país, adquiere cada vez más cuerpo la realidad objetiva; la ruina material y moral en la que está sumido el pueblo polaco y la magnitud del esfuerzo que tiene que realizar para conseguir su máximo objetivo: regresar a Europa. La poesía de la lucha ha cedido paso a la prosa del trabajo y el sacrificio.

En Polonia la decepción no responde a una ideología preconcebida de signo izquierdista, sino a una fe irracional en que bastaba quitar a los comunistas para que todo se arreglara

A los polacos no les falta razón cuando dicen que los europeos occidentales lo han tenido fácil al no haber tenido que soportar, resistir y vencer al sistema totalitario. Los pasados 40 años de resistencia al comunismo les han dado a los polacos una gran fuerza moral. Pero esta misma experiencia les ha desarmado frente a los desafíos de la civilización occidental moderna. El recurso a una identidad colectiva, nacional—imprescindible en cuanto arma frente al todopoderoso y omnipotente régimen opresor—ha enterrado muy profundamente el fundamento de la mentalidad occidental: la identidad del individuo, la libertad pero también la responsabilidad individual. Al desaparecer el enemigo que daba cohesión a la nación polaca quedan cada vez más al descubierto millones de polacos que han de construir una sociedad civil. La ética de una resistencia colectiva y una defensa de ideales nobles ha de ceder paso a una ética de la construcción de una convivencia de intereses muchas veces conflictivos.

«Solidarnosc»

Una buena ilustración de esta crisis del alma colectiva es la suerte del legendario movimiento «Solidarnosc». De los 10 millones de miembros que tenía en los años 1980-1981 «Solidarnosc» se ha visto reducido a unos escasos dos millones. Pero además, de aquel torbellino de cerebros, ideas y personalidades que era en sus años heroicos hace una década, la organización ha pasado a ser—como lo ha demostrado su segundo congreso nacional celebrado el pasado mayo en Gdansk—una fuerza pasiva y desorientada. «Solidarnosc» es hoy mucho menos de lo que ha sido, es decir el eje de la resistencia nacional frente al comunismo, y todavía bastante más de lo que inevitablemente será dentro de poco, es decir, un sindicato. Sus mejores líderes se han ido al gobierno y al Parlamento. Han quedado quienes dudaron del éxito del pacto con los comunistas o quienes no tuvieron la lucidez o el temperamento para embarcarse en la aventura política. Si «Solidarnosc» es hoy un símbolo un tanto opaco ha sido porque ha dado todo su brillo a la política de la transformación del país. Y no es de extrañar que su máximo líder Lech Walesa esté pensando en irse del sindicato para instalarse en el palacio presidencial de Belvedere.

Lo importante no es que Lech Walesa sea o no presidente. Lo esencial es que los polacos no confundan esta cuestión con esta otra: si no se ayudan a sí mismos no les va a ayudar nadie

Durante los pasados ocho meses el centro de la vida pública en Polonia se ha desplazado al gobierno encabezado por uno de los más íntimos colaboradores de Lech Walesa a lo largo de los últimos 10 años, Tadeusz Mazowiecki. El gobierno contó desde el comienzo de su gestión con un gran apoyo popular. Pero la naturaleza de este apoyo es eminentemente «patriótica» y nacional. El gobierno de Mazowiecki se convirtió desde el principio en la personificación de la esperanza nacional. El gobierno respondió a este «romántico» origen suyo con un extremado realismo y pragmatismo. Les dijo a los polacos toda la amarga verdad: el país está en ruinas y levantarlo costará sangre. A pesar de ello, los índices de popularidad siguieron un ininterrumpido aumento hasta alcanzar en diciembre de 1989 el inusitado 85 por 100. El gobierno pasó de las palabras a los hechos el pasado 1 de enero imponiendo un programa de saneamiento de la economía que fue un terremoto para los polacos. En un solo mes el nivel de vida descendió en un 30 por 100. Pasados cinco meses de la implementación del programa la inflación parece ahogada (del 75 por 100 en enero se redujo al escaso 6 por 100 en abril) pero la gente sigue viviendo mal. Los índices de popularidad del gobierno han comenzado a descender, pero no tanto como hubiera sido lógico en el caso de cualquier otro gobierno en un país normal que hubiese reducido en un tercio el nivel de vida de sus ciudadanos.

Protesta campesina

Pero la hora de la verdad se está acercando. Cuanto más lejos está el recuerdo del punto de partida: el estancamiento comunista, menos importancia tendrá la motivación patriótica de los polacos y menos tiempo tendrá el gobierno para lucir los primeros éxitos. Cada vez irán adquiriendo más peso los intereses terrenos de diversos grupos y estratos sociales. Los primeros avisos ya han llegado. Los campesinos, con su particular apego al provecho palpable y contable, han protestado contra lo que califican una política anticampesina porque no quieren seguir sufriendo más sacrificios después de haber sido la bestia negra de los comunistas a lo largo de los 45 años.

En algunos círculos hay quien habla de una nueva «nomenclatura» de «Solidarnosc». No importa que quienes lo dicen confunden a los gobernantes con los gobernantes impunes y todopoderosos de la época comunista. Lo que importa es la reacción en sí que refleja un desencanto y una impaciencia ante el hecho de que el camino hacia la «norma europea» no sea un camino de rosas. La diferencia con aquel «No es eso» español es que en Polonia la decepción no responde a una ideología preconcebida de signo izquierdista, sino a una fe irracional en que bastaba quitar a los comunistas para que todo se arreglara.

Lech Walesa no ha tardado en reaccionar frente al ambiente de desánimo. Lo ha convertido en un móvil para cumplir su máxima aspiración política: convertirse en presidente de Polonia. Porque la decepción se vuelca en primer lugar sobre los supervivientes del régimen comunista salvados gracias al pacto de la «mesa redonda», que cada vez más voces califican de obsoleto. El objetivo más a la vista es el presidente—general Jaruzelski—. Pero aunque sean comprensibles los motivos emotivos y psicológicos de quienes piden la dimisión de Jaruzelski, más importante parece ser un nuevo espejismo en el que caen al creer que Jaruzelski es el obstáculo que basta con quitar de enmedio para despejar el camino hacia un futuro mejor.

Porque los problemas que enfrenta hoy Polonia no consisten en que exista un enemigo público que no deja hacer. Al enemigo principal los polacos lo llevan dentro de sí mismos. Es esa «sovietización mental» que denuncian algunos al advertir esa potente necesidad de una autoridad externa que arreglara los problemas y esa búsqueda, que es como la otra cara de la misma moneda, de causas externas de todos los males ajenas al impecable ego colectivo.

Presidente

El ejemplo más flagrante de esta actitud es la desproporción de las pasiones que despierta el relevo personal en la presidencia frente al desinterés general por las primeras elecciones municipales libres celebradas el pasado 27 de mayo. Y no se trata de que la ascensión de Lech Walesa a la presidencia carezca de lógica política y de que el interesado no se lo merezca. Lo grave es que muchos polacos no se interesan por la elección de sus más directos y auténticos representantes a nivel local de los consejos de barrio o municipio o aldea. Lech Walesa presidente no podrá atraer el capital occidental que Polonia necesita para reavivar su economía. No podrá convencer a los acreedores occidentales acerca de la conveniencia de reducir la deuda exterior polaca. No podrá hacer nada para que el grueso de las empresas polacas—propiedad del Estado, es decir de nadie—comiencen a obrar tal como lo requieren las reglas del mercado. No podrá acelerar el proceso de su privatización que, además de la falta de inversiones extranjeras, tropieza con la falta de capital nacional. Y menos si el líder de «Solidarnosc» asciende a la presidencia del país llevado por la marea del descontento popular.

De los diez millones de miembros que tenía en 1990-1981, «Solidarnosc» cuenta hoy con unos escasos dos millones.

El gobierno de Mazowiecki se da cuenta de todo esto. Al tiempo que procura frenar el populismo de Walesa intenta convencer a los polacos de que sólo su esfuerzo individual multiplicado por millones podrá realmente cambiar las cosas en Polonia.

Lo importante no es que Lech Walesa sea o no presidente de Polonia. Lo esencial es que los polacos no confundan esta cuestión con esta otra: si no se ayudan a sí mismos no les va a ayudar nadie. El dilema polaco ha dejado de ser el de cómo ser una nación en un ambiente hostil, a pesar de una dictadura comunista. Hoy lo es cómo edificar una sociedad basada en la convivencia de los intereses de grupos e individuos y en una ética de la libertad y la responsabilidad del individuo.

Comentarios sobre la Orquesta Filarmónica de Berlín y la Orquesta de Cámara de Stuttgart

Gustav Mahler

Canciones del compañero errante. (Lieder eines fahrenden Gesellen).
Canciones de la trompa maravillosa del muchacho. (Lieder aus Des Knaben Wunderhorn.)
Dietrich Fischer Dieskau, barítono.
Orquesta Filarmónica de Berlín. Daniel Baremboim.
SONY CLASSICAL SK 44935 DDD.


El nuevo sello discográfico SONY CLASSICAL pone en marcha la más reciente e innovadora tecnología de grabación: el sistema 20 bits o sonido digital de alta definición en este doble compacto de canciones de Mahler, y que coincide en ser la última grabación realizada por Fischer Dieskau. Esta técnica perfecciona las características del sistema digital (ausencia de ruido de fondo o distorsiones, mayor amplitud dinámica, etc.) consiguiendo un mayor realismo, calidad, espaciosidad y fidelidad a las fuentes originales, lo que redunda en un resultado más natural y más musical en la reproducción sonora.

Los lieder aquí recogidos datan de épocas distintas en la creación de Mahler. Las Canciones del compañero errante (1883-85), con textos del propio autor, son lieder de juventud que él mismo describía como un ciclo en el que un compañero artista que ha sufrido una grave decepción, parte hacia el ancho mundo y yerra sin rumbo. De carácter autobiográfico, son canciones canciones que van más allá de la pura nostalgia y sufrimiento románticos, para describir más bien la angustia del espíritu expresionista. Lo mismo ocurre con las 24 Canciones del ciclo La trompa maravillosa del muchacho (1892-1901) de las que aquí hay 12, tomadas de la antología de poemas de Achim vom Arnim y Clemens Brentano que Mahler conocía desde su infancia como un monumento de la cultura alemana.

Entre la parodia, la ironía y la verdadera tragedia, pasando por la cancioncilla de corte popular, este ciclo transforma la canción romántica alemana de carácter íntimo en un género casi teatral de gran exuberancia orquestal y vocal. En los lieder con orquesta, Mahler pone de manifiesto su gran talento de orquestador, al que los estrechos límites de lied servían de estímulo para crear sonoridades extremadamente sutiles. La gran variedad de matices y contrastes que se aprecian en estos dos ciclos de canciones presentan en síntesis los mismos logros sonoros que obtendría Mahler en el campo más amplio de la sinfonía. La gran variedad de matices y contrastes que se aprecian en estos dos ciclos de canciones presentan en síntesis los mismos logros sonoros que obtendría Mahler en el campo más amplio de la sinfonía.

Dietrich Fischer Dieskau es un gran intérprete que posee una preciosa voz. Su versatilidad le permite dar la entonación adecuada en cada momento, ya sea representado con distintos timbres los personajes que dialogan en los poemas, ya sea en las canciones de aire marcial o en las de tono más trágico.

La Orquesta Filarmónica de Berlín es un magnífico instrumento. Daniel Baremboim contribuye desde el podium orquestal a crear ese clima grandioso típicamente mahleriano; grandiosidad que huye de lo espectacular, y que profundiza en la expresión a través de los juegos tímbricos.

Juan Sebastian Bach

Pasión según San Mateo. BWV. 244.
E. Ameling, M. Höffgen, P. Pears, F. Wunderlich, H. Prey, T. Krause. Stuttgarter Hymnus-Chorknaben. Stuttgarter Kammerorchester. Karl Münchinger.
DECCA 414057-2 ADD.


Se ha reeditado en compacto la grabación de la Pasión según San Mateo de Bach realizada por Karl Münchinger en 1964. Münchinger es un entusiasta de la música del barroco y muy especialmente de la de J. S. Bach. Sus versiones de Bach se caracterizan por una extremada nitidez, que hace que se escuchen perfectamente cada una de las voces contrapuntísticas. Pero además, Münchinger interpreta esta música con ternura, mimándola, acariciándola casi. Aunque esta aparente facilidad y sencillez en los resultados evidencian una seria profundización. Los solistas participan aquí del mismo concepto interpretativo de la música de Bach, imprimiendo ese carácter cálido y tierno aun tratándose de un tema religioso y grave.

La orquesta de Stuttgart, creada por Münchinger y dirigida por él desde el principio, no sólo es excelente sino que ha alcanzado un grado muy alto de compenetración con él, lo que les hace conseguir los mejores resultados.

La grabación ofrece también una particularidad: la disposición especial de los coros, solistas y orquesta situados en un círculo como si estuvieran en un enorme escenario. Cada uno tiene su acústica particular, para facilitar el seguimiento de la narración, y también de la música.

Novedades discográficas

Gustav Mahler. Canciones del compañero errante

Gustav Mahler.
Canciones del compañero errante. (Lieder eines fahrenden Gesellen).
Canciones de la trompa maravillosa del muchacho. (Lieder aus Des Knaben Wunderhorn.)
Dietrich Fischer Dieskau, barítono.
Orquesta Filarmónica de Berlín. Daniel Baremboim.
SONY CLASSICAL SK 44935 DDD.


Un nuevo sello discográfico SONY CLASSICAL pone en marcha la más reciente e innovadora tecnología de grabación: el sistema 20 bits o sonido digital de alta definición en este doble compacto de canciones de Mahler, y que coincide en ser la última grabación realizada por Fischer Dieskau. Esta técnica perfecciona las características del sistema digital (ausencia de ruido de fondo o distorsiones, mayor amplitud dinámica, etc.) consiguiendo un mayor realismo, calidad, espaciosidad y fidelidad a las fuentes originales, lo que redunda en un resultado más natural y más musical en la reproducción sonora.

Los lieder aquí recogidos datan de épocas distintas en la creación de Mahler. Las Canciones del compañero errante (1883-85), con textos del propio autor, son lieder de juventud que él mismo describía como un ciclo en el que un compañero artista que ha sufrido una grave decepción, parte hacia el ancho mundo y yerra sin rumbo. De carácter autobiográfico, son canciones que van más allá de la pura nostalgia y sufrimiento románticos, para describir más bien la angustia del espíritu expresionista. Lo mismo ocurre con las 24 Canciones del ciclo La trompa maravillosa del muchacho (1892-1901) de las que aquí hay 12, tomadas de la antología de poemas de Achim vom Arnim y Clemens Brentano que Mahler conocía desde su infancia como un monumento de la cultura alemana.

Entre la parodia, la ironía y la verdadera tragedia, pasando por la cancioncilla de corte popular, este ciclo transforma la canción romántica alemana de carácter íntimo en un género casi teatral de gran exuberancia orquestal y vocal. En los lieder con orquesta, Mahler pone de manifiesto su gran talento de orquestador, al que los estrechos límites de lied servían de estímulo para crear sonoridades extremadamente sutiles. La gran variedad de matices y contrastes que se aprecian en estos dos ciclos de canciones presentan en síntesis los mismos logros sonoros que obtendría Mahler en el campo más amplio de la sinfonía.

La gran variedad de matices y contrastes que se aprecian en estos dos ciclos de canciones presentan en síntesis los mismos logros sonoros que obtendría Mahler en el campo más amplio de la sinfonía.

Dietrich Fischer Dieskau es un gran intérprete que posee una preciosa voz. Su versatilidad le permite dar la entonación adecuada en cada momento, ya sea representado con distintos timbres los personajes que dialogan en los poemas, ya sea en las canciones de aire marcial o en las de tono más trágico.

La Orquesta Filarmónica de Berlín es un magnífico instrumento. Daniel Baremboim contribuye desde el podium orquestal a crear ese clima grandioso típicamente mahleriano; grandiosidad que huye de lo espectacular, y que profundiza en la expresión a través de los juegos tímbricos.

Juan Sebastian Bach. Pasión según San Mateo. BWV. 244.

Juan Sebastian Bach.
Pasión según San Mateo. BWV. 244.
E. Ameling, M. Höffgen, P. Pears, F. Wunderlich, H. Prey, T. Krause. Stuttgarter Hymnus-Chorknaben. Stuttgarter Kammerorchester. Karl Münchinger.
DECCA 414057-2 ADD.


Se ha reeditado en compacto la grabación de la Pasión según San Mateo de Bach realizada por Karl Münchinger en 1964. Münchinger es un entusiasta de la música del barroco y muy especialmente de la de J. S. Bach. Sus versiones de Bach se caracterizan por una extremada nitidez, que hace que se escuchen perfectamente cada una de las voces contrapuntísticas. Pero además, Münchinger interpreta esta música con ternura, mimándola, acariciándola casi. Aunque esta aparente facilidad y sencillez en los resultados evidencian una seria profundización. Los solistas participan aquí del mismo concepto interpretativo de la música de Bach, imprimiendo ese carácter cálido y tierno aun tratándose de un tema religioso y grave.

La orquesta de Stuttgart, creada por Münchinger y dirigida por él desde el principio, no sólo es excelente sino que ha alcanzado un grado muy alto de compenetración con él, lo que les hace conseguir los mejores resultados.

La grabación ofrece también una particularidad: la disposición especial de los coros, solistas y orquesta situados en un círculo como si estuvieran en un enorme escenario. Cada uno tiene su acústica particular, para facilitar el seguimiento de la narración, y también de la música.