Polonia: el difícil camino desde una nación hacia una sociedad

Catorce meses después del pacto sin precedentes entre el régimen comunista y la oposición democrática, doce meses después del memorable triunfo electoral de «Solidarnosc» que acarreó un nuevo «milagro» político: la formación del primer gobierno no comunista en toda la posguerra, y cinco meses después de que dicho gobierno pusiera en práctica un draconiano programa de transición desde una economía comunista hacia una economía liberal, Polonia está afrontando un nuevo examen.

Maciej Stasinski

A finales de la década del setenta corrió por España una frase que daba cuenta de la decepción de un sector de la opinión pública ante la realidad posfranquista: «No es eso, compañeros, no es eso». Hay indicios de que algo parecido ocurre en la transición democrática polaca.

Los claros contornos políticos de signo izquierdista, de la fase inicial de la transición comienzan a borrarse. Mientras palidece la imagen del régimen comunista que durante decenios ha sido La Causa de las miserias del país, adquiere cada vez más cuerpo la realidad objetiva; la ruina material y moral en la que está sumido el pueblo polaco y la magnitud del esfuerzo que tiene que realizar para conseguir su máximo objetivo: regresar a Europa. La poesía de la lucha ha cedido paso a la prosa del trabajo y el sacrificio.

En Polonia la decepción no responde a una ideología preconcebida de signo izquierdista, sino a una fe irracional en que bastaba quitar a los comunistas para que todo se arreglara

A los polacos no les falta razón cuando dicen que los europeos occidentales lo han tenido fácil al no haber tenido que soportar, resistir y vencer al sistema totalitario. Los pasados 40 años de resistencia al comunismo les han dado a los polacos una gran fuerza moral. Pero esta misma experiencia les ha desarmado frente a los desafíos de la civilización occidental moderna. El recurso a una identidad colectiva, nacional—imprescindible en cuanto arma frente al todopoderoso y omnipotente régimen opresor—ha enterrado muy profundamente el fundamento de la mentalidad occidental: la identidad del individuo, la libertad pero también la responsabilidad individual. Al desaparecer el enemigo que daba cohesión a la nación polaca quedan cada vez más al descubierto millones de polacos que han de construir una sociedad civil. La ética de una resistencia colectiva y una defensa de ideales nobles ha de ceder paso a una ética de la construcción de una convivencia de intereses muchas veces conflictivos.

«Solidarnosc»

Una buena ilustración de esta crisis del alma colectiva es la suerte del legendario movimiento «Solidarnosc». De los 10 millones de miembros que tenía en los años 1980-1981 «Solidarnosc» se ha visto reducido a unos escasos dos millones. Pero además, de aquel torbellino de cerebros, ideas y personalidades que era en sus años heroicos hace una década, la organización ha pasado a ser—como lo ha demostrado su segundo congreso nacional celebrado el pasado mayo en Gdansk—una fuerza pasiva y desorientada. «Solidarnosc» es hoy mucho menos de lo que ha sido, es decir el eje de la resistencia nacional frente al comunismo, y todavía bastante más de lo que inevitablemente será dentro de poco, es decir, un sindicato. Sus mejores líderes se han ido al gobierno y al Parlamento. Han quedado quienes dudaron del éxito del pacto con los comunistas o quienes no tuvieron la lucidez o el temperamento para embarcarse en la aventura política. Si «Solidarnosc» es hoy un símbolo un tanto opaco ha sido porque ha dado todo su brillo a la política de la transformación del país. Y no es de extrañar que su máximo líder Lech Walesa esté pensando en irse del sindicato para instalarse en el palacio presidencial de Belvedere.

Lo importante no es que Lech Walesa sea o no presidente. Lo esencial es que los polacos no confundan esta cuestión con esta otra: si no se ayudan a sí mismos no les va a ayudar nadie

Durante los pasados ocho meses el centro de la vida pública en Polonia se ha desplazado al gobierno encabezado por uno de los más íntimos colaboradores de Lech Walesa a lo largo de los últimos 10 años, Tadeusz Mazowiecki. El gobierno contó desde el comienzo de su gestión con un gran apoyo popular. Pero la naturaleza de este apoyo es eminentemente «patriótica» y nacional. El gobierno de Mazowiecki se convirtió desde el principio en la personificación de la esperanza nacional. El gobierno respondió a este «romántico» origen suyo con un extremado realismo y pragmatismo. Les dijo a los polacos toda la amarga verdad: el país está en ruinas y levantarlo costará sangre. A pesar de ello, los índices de popularidad siguieron un ininterrumpido aumento hasta alcanzar en diciembre de 1989 el inusitado 85 por 100. El gobierno pasó de las palabras a los hechos el pasado 1 de enero imponiendo un programa de saneamiento de la economía que fue un terremoto para los polacos. En un solo mes el nivel de vida descendió en un 30 por 100. Pasados cinco meses de la implementación del programa la inflación parece ahogada (del 75 por 100 en enero se redujo al escaso 6 por 100 en abril) pero la gente sigue viviendo mal. Los índices de popularidad del gobierno han comenzado a descender, pero no tanto como hubiera sido lógico en el caso de cualquier otro gobierno en un país normal que hubiese reducido en un tercio el nivel de vida de sus ciudadanos.

Protesta campesina

Pero la hora de la verdad se está acercando. Cuanto más lejos está el recuerdo del punto de partida: el estancamiento comunista, menos importancia tendrá la motivación patriótica de los polacos y menos tiempo tendrá el gobierno para lucir los primeros éxitos. Cada vez irán adquiriendo más peso los intereses terrenos de diversos grupos y estratos sociales. Los primeros avisos ya han llegado. Los campesinos, con su particular apego al provecho palpable y contable, han protestado contra lo que califican una política anticampesina porque no quieren seguir sufriendo más sacrificios después de haber sido la bestia negra de los comunistas a lo largo de los 45 años.

En algunos círculos hay quien habla de una nueva «nomenclatura» de «Solidarnosc». No importa que quienes lo dicen confunden a los gobernantes con los gobernantes impunes y todopoderosos de la época comunista. Lo que importa es la reacción en sí que refleja un desencanto y una impaciencia ante el hecho de que el camino hacia la «norma europea» no sea un camino de rosas. La diferencia con aquel «No es eso» español es que en Polonia la decepción no responde a una ideología preconcebida de signo izquierdista, sino a una fe irracional en que bastaba quitar a los comunistas para que todo se arreglara.

Lech Walesa no ha tardado en reaccionar frente al ambiente de desánimo. Lo ha convertido en un móvil para cumplir su máxima aspiración política: convertirse en presidente de Polonia. Porque la decepción se vuelca en primer lugar sobre los supervivientes del régimen comunista salvados gracias al pacto de la «mesa redonda», que cada vez más voces califican de obsoleto. El objetivo más a la vista es el presidente—general Jaruzelski—. Pero aunque sean comprensibles los motivos emotivos y psicológicos de quienes piden la dimisión de Jaruzelski, más importante parece ser un nuevo espejismo en el que caen al creer que Jaruzelski es el obstáculo que basta con quitar de enmedio para despejar el camino hacia un futuro mejor.

Porque los problemas que enfrenta hoy Polonia no consisten en que exista un enemigo público que no deja hacer. Al enemigo principal los polacos lo llevan dentro de sí mismos. Es esa «sovietización mental» que denuncian algunos al advertir esa potente necesidad de una autoridad externa que arreglara los problemas y esa búsqueda, que es como la otra cara de la misma moneda, de causas externas de todos los males ajenas al impecable ego colectivo.

Presidente

El ejemplo más flagrante de esta actitud es la desproporción de las pasiones que despierta el relevo personal en la presidencia frente al desinterés general por las primeras elecciones municipales libres celebradas el pasado 27 de mayo. Y no se trata de que la ascensión de Lech Walesa a la presidencia carezca de lógica política y de que el interesado no se lo merezca. Lo grave es que muchos polacos no se interesan por la elección de sus más directos y auténticos representantes a nivel local de los consejos de barrio o municipio o aldea. Lech Walesa presidente no podrá atraer el capital occidental que Polonia necesita para reavivar su economía. No podrá convencer a los acreedores occidentales acerca de la conveniencia de reducir la deuda exterior polaca. No podrá hacer nada para que el grueso de las empresas polacas—propiedad del Estado, es decir de nadie—comiencen a obrar tal como lo requieren las reglas del mercado. No podrá acelerar el proceso de su privatización que, además de la falta de inversiones extranjeras, tropieza con la falta de capital nacional. Y menos si el líder de «Solidarnosc» asciende a la presidencia del país llevado por la marea del descontento popular.

De los diez millones de miembros que tenía en 1990-1981, «Solidarnosc» cuenta hoy con unos escasos dos millones.

El gobierno de Mazowiecki se da cuenta de todo esto. Al tiempo que procura frenar el populismo de Walesa intenta convencer a los polacos de que sólo su esfuerzo individual multiplicado por millones podrá realmente cambiar las cosas en Polonia.

Lo importante no es que Lech Walesa sea o no presidente de Polonia. Lo esencial es que los polacos no confundan esta cuestión con esta otra: si no se ayudan a sí mismos no les va a ayudar nadie. El dilema polaco ha dejado de ser el de cómo ser una nación en un ambiente hostil, a pesar de una dictadura comunista. Hoy lo es cómo edificar una sociedad basada en la convivencia de los intereses de grupos e individuos y en una ética de la libertad y la responsabilidad del individuo.