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Ver productos1 Sep 1990 - 5min.
Los occidentales que expresan su reconocimiento por las gestas históricas del pueblo polaco diciendo: «Vds. han sufrido mucho, pero al fin y al cabo han demostrado una extraordinaria fortaleza espiritual», no sospechan seguramente que hacen un flaco servicio a la joven y aún frágil democracia polaca. Y no por lo falsa que es esta afirmación, sino precisamente por lo que tiene de verdad. Las reflexiones que siguen pretenden, quizá de un modo un tanto provocativo, explicar el porqué.
La desaparición del último de una serie de enemigos históricos de la identidad nacional polaca, el comunismo, ha devuelto a Polonia a su propio devenir histórico. Aunque la influencia de poderosos factores externos, como la difícil vecindad de Rusia, todavía soviética, y de una Alemania unida, seguirá pesando sobre la mentalidad y la política polaca, no es menos cierto que los polacos han recuperado la fundamental, y tan ansiada, libertad para determinar las formas y el contenido de su existencia como nación y como Estado. Pero la reconquista de la libertad, además de ser el cumplimiento del sueño, significa una pesadilla: la de tener que enfrentarse consigo mismo, como en un espejo.
El comunismo ha ejercido una peculiar función terapéutica sobre la mentalidad de los polacos, sirviendo de coartada para la conciencia colectiva e individual. En especial, los defectos y las debilidades, los pecados y las miserias, se relativizaban gracias a la justificadora presencia del «mal encarnado». Desaparecido éste, las virtudes y las miserias están ahí, al desnudo. La democracia polaca ha de enfrentarlos.
El dilema que se plantea sonará familiar a los españoles, a quienes un Unamuno o un Ortega y Gasset han querido acostumbrar a remover su pasado y su identidad -las dos Españas- con el de las dos Polonias.
La primera es una Polonia nostálgica e irreflexiva, que tiene la mirada puesta en el pasado y sus ideas ancladas en los clichés preservados durante los años de la opresión. Es la mentalidad que cree en una Polonia «distinta» y singular, y que desea configurar su presencia en el mundo moderno en torno a unos valores y aparentes axiomas, que durante toda una época han servido como eficaces armas de defensa frente a la agresión comunista. Es una Polonia que, al mirarse en el espejo de su historia, de una «nación víctima que se basta a sí misma», pero, al mismo tiempo, incurre en la incongruencia de solicitar trato de preferencia, por parte del mundo exterior. Para ser más drástico todavía, es una Polonia acomplejada y provinciana, que pretende sublimar su complejo y su atraso en la prédica del «patio predilecto de Dios». Porque lo que ha sido fuente de la indudable fuerza espiritual frente al régimen totalitario, se convierte, en la realidad del mundo de la civilización moderna, en una debilidad y hasta indefensión frente a los desafíos que, cruelmente, plantea la reintegración en Europa. En términos prácticos, la mentalidad aquí descrita acusa un miedo a la libertad y a la economía de mercado, un miedo que procura ahogar con viejos lemas nacionalistas y providencialistas. El derrumbe del comunismo ha destapado una caja de Pandora de la que asoman el chauvinismo, el nacional-catolicismo excluyente, el antisemitismo y las tentaciones a recurrir al gobierno de una mano dura.
La desaparación del último de una serie de enemigos históricos de la identidad nacional polaca, el comunismo, la devuelto a Polonia a su propio devenir histórico. Aunque la influencia de poderosos factores externos, como la difícil vecindad de Rusia, todavía soviética, y de una Alemania unida, seguirá pesando sobre la mentalidad y la política polaca.
La otra Polonia es una Polonia sobria y realista que se niega a atrincherarse en los tópicos del pasado. Esta otra mentalidad, contempla sin falsas ilusiones la dura realidad, asume tanto las glorias como las miserias nacionales pero, en su empeño autocrítico se muestra ajena y hostil a todo autoengaño de la «suerte singular». Apuesta por la democracia parlamentaria y la economía de mercado, aun cuando conseguirlas exija deshacerse de una parte del pasado y suponga revisar la identidad nacional.
La división de «Solidarnosc» -que precisamente ha representado la síntesis de las dos Polonias, gracias a la presencia del enemigo común: el comunismo- ha puesto al descubierto el hecho de que estas dos mentalidades están ya enfrentadas. Para el espectador occidental, los frentes no están tan claramente delimitados, porque los criterios políticos clásicos, por ejemplo la derecha versus la izquierda, no captan la naturaleza del momento actual.
La lucha que se está librando en la cúpula del poder de la Polonia de hoy, refleja de algún dilema. Lech Walesa y los más destacados de sus partidarios que le apoyan, en su enfrentamiento con el gobierno de Tadeusz Mazowiecki, no son ciertamente ni chauvinistas ni ideólogos de una intolerancia nacionalista o religiosa. Pero por muy pragmáticos que sean, buscando cumplir sus ambiciones de poder, queriéndolo o no, han alentado y encabezado un peligroso mecanismo de un resarcimiento moral y material de millones de polacos castigados en el pasado y hoy cansados y decepcionados con los escasos resultados palpables de la transición. El recurso a la recompensa por los perjuicios y a la mano dura para atajar el camino hacia el bienestar, pone en marcha una lógica política al término de la cual las facturas hay que pagarlas.
Polonia no corre el peligro de una reincidencia comunista totalitaria. Pero, en algunas mentes, está arraigada la idea de que no sería nada malo probar un régimen «firme», autoritario pero «nuestro», nacional, para quitar de en medio a algunos elementos «ajenos» y recorrer más rápidamente el camino hacia el bienestar. Pero los atajos no suelen conducir a las metas deseadas.