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Ver productos1 de junio de 1990 - 3min.
Florecen las tertulias radiofónicas como antaño florecían las charlas de café. En tiempos de Ramón y Cajal, la charla de café era un pasatiempo de proyectos, políticos e intelectuales, dramaturgos y poetas venidos a más, que podían permitirse el lujo de entretener el ocio en el Ateneo, o en la glorieta de Bilbao, para luego expresar los comentarios en forma de máxima ilustrada. Algunas semblanzas literarias quedan como testimonio de que también los barceloneses eran vulnerables a esos placeres del espíritu. No hay más que hojear algunas páginas de Ignacio Agustí para detectar que la afición a la tertulia era compatible con las virtudes de la burguesía ascendente.
Los tiempos han cambiado desde el advenimiento del socialismo a la democracia, y la tertulia ha dejado de ser un encuentro personal entre jubilados humanistas, conspiradores cortesanos, burgueses con aficiones políticas, y sabios más o menos ilustres para convertirse en un género periodístico peculiar, tecnificado por la división del trabajo intelectual entre especialistas en el comentario de actualidad. Ser contertulio era tanto como tener condición para departir amigablemente entre azucarillo y azucarillo una tras otra taza de café humeante y, probablemente, colonial. Hoy ser contertulio es tener un oficio, remunerado por un medio de información que ofrece a su audiencia la oportunidad de participar o degustar la capacidad de análisis técnico de un equilibrado equipo de intérpretes que hacen de inspectores de la actualidad. Todo lo que ocurre a flor de piel merece ser investigado por debajo.
La democracia en la época socialista posee una dura epidermis bajo la cual pueden esconderse las más inverosímiles frutas prohibidas. Ya que nadie puede estar seguro de hablar en privado sin temor a que algún meritorio policía le haya pinchado el teléfono, puede con creces compensar esa zozobra escuchando lo que se cuece en la trastienda, se pica en la espuela o se comenta entre protagonistas. La radio y la televisión compiten para sustituir la sobremesa de comedor por sobremesa televisual o radiofónica. A través de los medios de difusión, el país se ha convertido en una fragmentaria yuxtaposición de tertulias que sustituyen las posibilidades de participación directa por la intoxicación indirecta y las escuchas ilegales por las legalizadas.
La tertulia se ha convertido no sólo en centro de opinión sino también en grupo de presión. Hay que compensar la tertulia de una tendencia con otra de signo contrario. Así nacen las de oposición y crecen las oficialistas, las independientes del presupuesto y las dependientes del gasto público. Los tránsfugas de partidos hacen su agosto convirtiéndose en tertulianos pues cumplen mejor con su oficio de servidor público rindiendo pleitesía en público que facilitando informaciones privadas. En general, los tránsfugas pueden proseguir su oficio como comentaristas de tertulia, la cual, como definía el viejo Diccionario de Autoridades no es sino «la junta de amigos y familiares para conversación, juego y otras diversiones honestas». Como se ve, en las tertulias de hoy queda muy poco del candor original.