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Sociedad civi, Garantía de libertad

El auge y decadencia de naciones e imperios es un misterio que desde siempre ha fascinado a filósofos e historiadores, incitándolos a albergar grandiosas visiones de un espectral demiurgo que dirige los acontecimientos, como en el caso de Hegel, o de algún drama wagneriano de desafío y respuesta, de purificación y heroísmo, como ocurre con Arnold Toynbee.

¿Cómo explicar la repentina reunión de fuerzas que impulsa a un pueblo a imponer su poderío a través de océanos y continentes y después yacer exhausto -quizá para nunca volverse a levantar- como el imperio de los asirios, en el Cercano Oriente, o como los mongoles, que para el siglo XIV habían conquistado China y extendido su dominio a lo largo de Eurasia hasta el Danubio, sólo para derrumbarse? Las historias de Occidente suelen comenzar con el auge y decadencia de Roma y, tras un largo intervalo, el cambio de fuerzas del Mediterráneo al litoral del Atlántico, con el repentino nacimiento y muerte de los imperios holandés, español y portugués y, más cerca de nuestra época, la enorme expansión y después contracción del poderío británico mundial.

Aunque no existe una sola teoría que sea del todo persuasiva, no podemos perder de vista el hecho sorprendente de que cada nación, cuando empieza a reunir sus fuerzas (militares, políticas y económicas) para hacer una aparición decisiva en el escenario de la historia, se define a sí misma en términos de su singularidad. Y luego, cuando empiezan a aparecer indicios de mortalidad, surge la cuestión (y la esperanza) de una exención de la decadencia, de un «excepcionalismo». En los USA siempre ha habido una fuerte creencia en el caso excepcional norteamericano. Desde el principio, los estadounidenses han creído que el destino ha señalado a su país distinguiéndolo de todos los demás; que los USA son, en la maravillosa frase de Lincoln, «una nación casi escogida». La grandeza norteamericana se asemejaba a un campo magnético que moldearía los contornos de la nación de un mar al otro, y la expansión a través de un vasto continente pareció confirmar ese destino manifiesto. El poderío norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los USA surgieron como la suprema potencia mundial, pareció definir el «siglo norteamericano».

Pero ahora, al acercarse a su fin ese siglo, surgen dudas sobre si los USA pueden conservar su grandeza, si puede estar cerrándose el telón tras el acto principal del episodio norteamericano. Así surge la siguiente pregunta: ¿cuán excepcional es, en realidad, el caso excepcional de los USA?

En estas especulaciones y debates se entremezclan tres diferentes cuestiones históricas que deseo destacar.

La primera y más espectacular es la que abordé al principio: el enigma del auge y decadencia de los imperios, y su posible aplicación a los USA hoy. En el último año o dos, varios libros han hecho hincapié en el tema de la decadencia norteamericana: Mortal Splendor, de Walter Russell Mead; Beyond American Hegemony, de David P. Calleo, y The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000, de Paul Kennedy.

La evaluación de la importancia de la decadencia nacional se complica por la posibilidad de que las naciones sean cada día menos las unidades pertinentes de análisis a medida que surgen diferentes estructuras en la sociedad mundial; por ejemplo, un conjunto internacional e integrado de mercados para el capital y la inversión. También en la cultura observamos un creciente sincretismo en que la comunicación y los mercados en masa moldean la cultura popular—especialmente la de los jóvenes y la cultura convencional en todas partes. De tal suerte, si las fuerzas económicas y sociales están debilitando las fronteras nacionales, ¿qué queremos decir por «auge y decadencia» de las naciones o imperios nacionales?

Definición de estilos nacionales

La segunda y muy distinta cuestión es la de la singularidad de cada nación o cultura. Aquel sabio psicólogo de Harvard, Henry A. Murray, hizo notar en cierta ocasión que cada uno de nosotros es en algunos sentidos como todos los demás y en otros sentidos como nadie. Lo que es válido para los individuos también es válido para las naciones. Todas las sociedades se enfrentan a los problemas de ejercer la autoridad, de organizar y distribuir los recursos. Muchas sociedades se parecen en cuanto son, digamos, democráticas o partidarias del libre mercado. Y cada sociedad tiene una historia idiosincrásica, determinada por su topografía y ubicación geográfica, sus tradiciones y cultura, y aquel menos definible elemento de esprit o moeurs que vuelve característicos su cultura y su pueblo. Ese contorno idiosincrásico—llamémoslo estilo nacional—es con frecuencia la principal característica que debe identificarse a fin de entender la historia, la política o el carácter de un país.

Pero unicidad no es sinónimo de excepción. Todas las naciones son en cierta medida únicas en un sentido o en otro. La idea de la excepción, tal como se ha usado para describir la historia y las instituciones estadounidenses, supone no sólo que los USA han sido distintos de otras naciones, sino que son excepcionales en el sentido de ser ejemplares («una ciudad sobre una colina»): una luz para las naciones, inmune a los males sociales y la decadencia que han aquejado a todas las demás repúblicas en el pasado, una nación exenta de las leyes sociales del desarrollo que todas las naciones a la postre obedecen. Es esta idea del «excepcionalismo» como tema histórico bien determinado, y no la «unicidad» o el «auge y decadencia», la que deseo desarrollar.

Un aspecto persistente y manifiesto de la doctrina del «excepcionalismo norteamericano» se desprende de la convicción, heredada de los Padres Fundadores, de que los USA son la nación providencial, aquella cuya consagración a la libertad y a la dignidad del individuo sienta las bases para un mundo nuevo y mejor. Los Fundadores creían que los estadounidenses evitarían la decadencia y degeneración de repúblicas anteriores ya que la nueva nación sería moralmente superior a cualquiera que hubiera existido antes, y que la moralidad serviría de fundamento a su orden político. Así interpretó Madison a Montesquieu, especialmente en lo que toca al destino de Roma; y así interpretó John Adams al historiador italiano Davila en lo referente a los resultados de la revolución.

Esta creencia en la excepción no era del todo descabellada. Deístas como Jefferson veían en los USA el designio de Dios realizado en una tierra virgen y paradisíaca. Otros, como el más mundano y escéptico Franklin, contemplaban la posibilidad de que los USA fueran ejemplares y, por tanto, una esperanza para el futuro. Pero, ¿acaso todo esto se ha ido a pique? En la esfera internacional, el idealismo wilsoniano ha resultado ser ineficaz ante el realismo del Viejo Mundo, y las tiranías del Tercer Mundo. En el terreno político, la moralidad parece haber dado paso al simple moralismo y al oportunismo político.

Sin embargo, aunque el futuro de los USA tal vez sea más incierto que en cualquier momento de los últimos 200 años, aún existen algunos perdurables valores de carácter e incluso una poderosa veta de idealismo. Intuimos, al reflexionar sobre la historia estadounidense, que hubo algo excepcional en la historia de la nación y el carácter nacional que creó; excepcional no necesariamente en el sentido de estar exenta de cualesquiera «leyes» de evolución social que puedan existir, sino en el sentido de ofrecer una «gracia salvadora» (el término teológico es apropiado) que tal vez siga haciendo de ella un ejemplo para otras naciones.

Dos revoluciones

Al meditar sobre los 200 años de historia estadounidense, inevitablemente surge la comparación con Francia, que acaba de celebrar el bicentenario de su revolución. El concepto tradicional, como el de Hannah Arendt en su libro On Revolution, es que los franceses, o al menos los jacobinos, intentaron una revolución social que inauguraría un maravilloso orden nuevo y encarnaría «la religión de la humanidad»; y que, dada la naturaleza del hombre, ese intento estaba destinado al fracaso. Los USA, por contraste, intentaron una revolución política que, por ser más limitada en sus objetivos, podía tener éxito (quizá al no intervenir en el orden social, ofreciendo así a la gente la posibilidad de dar salida a sus pasiones mientras el orden político hacía las veces de mediador en la consecución de sus intereses).

Hay mucho de verdad en esta comparación. Pero la fácil división entre lo político y lo social oculta el hecho de que se intentó un nuevo tipo de orden social en este continente. En realidad, este orden puede ser la causa del «éxito» de la sociedad norteamericana, y por esto entiendo el establecimiento de una base institucional que ha protegido las libertades individuales y ha proporcionado cierto grado de continuidad y consenso, y por lo mismo una estabilidad social, sin paralelo en la historia.

En los años veinte y los treinta un gran número de regímenes parlamentarios europeos—Italia, Portugal, Austria, Alemania, España—se derrumbó y se volvió fascista o autoritario. En el último siglo, casi toda América Latina ha tenido dictaduras militares o autoritarias intermitentes. Las sociedades de un solo partido abundan en la mayor parte de las «sociedades estables» del mundo. Empero el Reino Unido, desde el final de su guerra civil en el siglo XVII, y los USA (con excepción de su guerra civil en la década de 1860), más un puñado de naciones más pequeñas (Suiza y los países escandinavos), han alcanzado la estabilidad política. ¿Cómo se logró esto?

Me gustaría concentrarme en el Reino Unido y los USA. Existen algunos factores comunes obvios, de manera particular el aislamiento geográfico. Inglaterra no ha sido invadida desde 1066. Los USA no han sido invadidos desde 1814, y sus guerras tuvieron lugar fuera de sus fronteras. Además, al desarrollarse ambos países, hubo diversas válvulas de escape para personas potencialmente descontentas, así como una creciente riqueza. En la Gran Bretaña hubo puestos administrativos o militares en el imperio para «segundones» y en Australia para los convictos; en los USA hubo las granjas gratuitas de las leyes Homestead, educación pública gratuita, nuevas y florecientes industrias y la promesa inalterada de oportunidades para las generaciones venideras.

Otro factor común a la Gran Bretaña y los USA ha sido menos obvio: el sistema legal. En contraste con el sistema legal continental, con sus poderosos magistrados inquisitivos, el procedimiento legal angloamericano es antagonista y hace hincapié en los derechos. El sistema legal continental busca descubrir la verdad; el sistema angloamericano trata de establecer la culpabilidad. El poder del estado está restringido por las facultades que creó el derecho consuetudinario y la Constitución.

¿Pero, qué decir de los USA mismos? ¿Existe un elemento distintivo en su historia y configuración sociológica que haya contribuido a su estabilidad? Me parece que sí lo hay, y la respuesta comienza, curiosamente, con ese extraordinario metafísico alemán, G. W. Friedich Hegel.

La tierra del deseo

Para Hegel, los USA fueron siempre la encarnación de la modernidad, «la tierra del futuro… la tierra del deseo para todos aquellos que están cansados del histórico cuarto de trastos de la vieja Europa». Empero, Hegel también dijo, en la introducción a sus conferencias sobre la filosofía de la historia, que los USA eran aún sólo un sueño, y al seguir la huella de las vicisitudes de la evolución histórica, en que lo racional continuamente trataba de convertirse en lo real, se retiró «al Viejo Mundo, el escenario de la historia mundial». En la actualidad, si tenemos presente lo que es aun cuando no sea racional- tenemos que ocuparnos de los USA, que son el actor principal de la historia del mundo. El siglo XX sigue siendo el siglo norteamericano. Los USA son la primera potencia militar y tecnológica, y el dólar representa los incómodos cimientos de la economía mundial. Los USA son el centro de los medios de información así como el mercado cultural (si no el centro cultural) del mundo. Lo más importante es que siguen siendo, con el Reino Unido, una de las pocas naciones del mundo que conservan su estabilidad institucional, de suerte que los inversionistas, nacionales y extranjeros, siguen considerándolo un refugio seguro.

¿Cuál es, pues, el rasgo distintivo de los USA, el que ha constituido su fuerza a todo lo largo de su historia? Es, sencillamente, que los USA han sido la sociedad civil completa (para emplear un término hegeliano), quizá la única en la historia política. Hegel pensaba que Inglaterra, como nación burguesa, ejemplificaba su concepto de la sociedad civil por su énfasis en el interés individual y en el modo utilitario de pensamiento. Pero Hegel (y Marx, que vivió en Inglaterra durante casi toda su vida adulta) jamás entendió el carácter denso de Inglaterra: el simbolismo de la Corona, la fuerza de las clases hacendadas, la posición central de una iglesia establecida, el deseo de la burguesía (o de sus hijos) de pasar a formar parte de la pequeña aristocracia, el peso de la clase dirigente y el atractivo de títulos y honores; la realidad básica de que Inglaterra era una sociedad en que el orden social hereditario dominaba los órdenes político y económico.

Los USA jamás tuvieron semejante orden social. Más bien, fueron construidos por una abigarrada diversidad de novi homines, vagabundos, aventureros, convictos, caballeros desposeídos y protestantes disidentes desde cuáqueros hasta puritanos, reforzados en el siguiente siglo por una inundación de inmigrantes de todos los países de Europa. Eran una sociedad abierta. Cada hombre era libre de «hacerse a sí mismo» y de forjar su fortuna. Marx advertía constantemente a los radicales alemanes que no fueran a los USA, pues sentía que la atmósfera democrática e igualitaria estadounidense suplantaría las viejas creencias socialistas engendradas en Europa. Para estos inmigrantes, la atracción del futuro no era alguna idea cósmica y universal, sino el anhelo de ser tratados como personas y el deseo de oportunidades y progreso: característica que Marx mismo reconoció, pero sólo en las notas al pie de página de Das Kapital (El capital), donde escribió con asombro sobre el número de personas que podían moverse libremente y cambiar de ocupación «como quien cambia de camisa, por Dios».

En el sentido de Hegel, no había «estado» en los USA: ninguna voluntad unificada, racional, que se expresara en un orden político, sino sólo el interés individual y una pasión por la libertad. En todas las naciones europeas (con la excepción parcial de la Gran Bretaña), el Estado regía la sociedad, ejerciendo un poder unitario o cuasiunitario respaldado por un ejército y una burocracia. Paradójicamente, incluso sin tomar en cuenta la Guerra Civil, los USA tal vez experimentaron más violencia interna y más lucha de clases que la mayor parte de los países de Europa: las luchas agrarias contra los intereses de las clases adineradas y, más particularmente, los conflictos de los trabajadores con los capitalistas. Pero éstos no fueron intentos por tomar el «poder del estado». Fueron primordialmente conflictos económicos contra determinadas sociedades anónimas y en las grandes acciones sindicales de los treinta en los renglones de la hulla, el acero, la fabricación de autos y el caucho- contra industrias enteras. De hecho, las tremendas acciones de organización contra el poder económico empresarial de los treinta fueron emprendidas con el apoyo de la Administración Roosevelt.

Si no había un Estado, ¿qué había entonces? Para hacer una distinción semántica pero también real, había un gobierno. Este gobierno era un mercado político, un campo en que los intereses competían entre sí (no siempre con igualdad) y en que podían hacerse tratos. Casi por azar, el Tribunal Supremo se convirtió en el árbitro final de las disputas y el intérprete de las reglas que permitían el funcionamiento del mercado político, con la única salvedad de que hubiera una enmienda a la Constitución, que de nuevo era interpretada por el Tribunal. La Constitución y el Tribunal se convirtieron en la base de la sociedad civil.

El tema filosófico subyacente de la Declaración de Independencia es el de los derechos inalienables con que el Creador dotó a todos los hombres. Estos derechos fueron conferidos a individuos, no a grupos, y se crearon instituciones para representarlos y protegerlos. La Constitución fue un contrato social aceptado por el pueblo soberano. Ha sido el contrato social más atinado de la historia, en gran medida por la debilidad o incluso la ausencia del Estado.

Viaje hacia el populismo

Detrás de la Constitución se erguía una cultura política distintiva. En los primeros años de la formación del país, los estadounidenses se sabían ciudadanos de «la primera nación nueva»; no la nueva utopía cuasirreligiosa proclamada en la revolución francesa, sino una república nueva y libre fundada mediante el recurso a los principios básicos de gobierno. Paralelamente al fuerte acento republicano había una preocupación cívica (ajena al estatismo) por una especie de virtud republicana, derivada de reflexiones sobre la historia de la república romana y el deseo de evitar las enfermedades degenerativas -lucha civil engendrada por las facciones, el uso de un ejército de mercenarios y no de ciudadanos y la concentración arbitraria del poder- que habían dejado inválidas a repúblicas anteriores. Vemos esta doble preocupación -evitar tanto los peligros centrífugos de la facción como los riesgos centrípetos del poder centralizado- en The Federalist (El federalista), con sus ecos de Montesquieu, y en los escritos de John Adams.

Se creó intencionalmente una base intelectual para este «nuevo orden». Pero a medida que la nación creció y surgieron partidos políticos -eventualidad no deseada ni prevista por los Fundadores- la competencia política estimuló el igualitarismo y el populismo que han sido las características distintivas de la política norteamericana desde 1830. Hubo un cambio del intelectualismo y el pensamiento (el énfasis lockeano, en cierto sentido) al sentimiento y la emoción (un extraño rasgo rusoniano), pues mientras el intelectualismo implica una pretensión al mando basada en la sabiduría o el conocimiento, el pensamiento afirma el igualitarismo al apelar a un sentimiento común entre todos los hombres. Este cambio se reflejó también en un alejamiento del pasado y de Europa y un acercamiento a las tierras inexploradas del Oeste, cuyos límites se desplazaban continuamente. Todo esto estuvo simbolizado en la elección, en 1828, del general Andrew Jackson de Tennessee, el primer presidente «del Oeste» (y la apertura de la Casa Blanca al pueblo).

El otro elemento transformador de la política norteamericana fue el imperio del dinero. Con el surgimiento de la plutocracia, el dinero pudo emplearse con facilidad para obtener influencia e inducir a una franca corrupción (situación que llegó a su apogeo durante la Administración de otro héroe de guerra, el general Ulysses S. Grant, en 1870).

El resultado de estos cambios es la extraña estructura de la política norteamericana interna de hoy, que pocos extranjeros, y no muchos estadounidenses, comprenden. El orden político norteamericano tiene dos niveles: el presidente es escogido en un referéndum plebiscitario, en que la persona, no el partido, es el centro de la identificación y el juicio, el foco de las pasiones de las masas; al Congreso, sin embargo, se le elige para responder a los intereses de grupo, aunque hoy no necesariamente los intereses del dinero.

No es casualidad que tantos presidentes hayan sido héroes de guerra, muchos de ellos generales (desde Washington hasta Eisenhower), casi siempre elegidos inmediatamente después de una guerra, en un país que hasta hace poco nunca había tenido un gran ejército permanente. Se consideraba a los héroes como individuos «por encima» del partido, mientras que durante los períodos de normalidad los presidentes han sido hombres sosos e incoloros como McKinley, Harding o Coolidge. (El único intelectual reconocido, Woodrow Wilson, profesor de ciencia política y antiguo presidente de la Universidad de Princeton, fue elegido en 1912 en virtud de la única división triple de la fórmula que haya tenido importancia en la historia de los USA, y su reelección, durante la guerra en Europa se dio porque se pensaba que podría mantener a los USA alejados del conflicto.) Presidentes del período posterior a la Segunda Guerra Mundial como Truman, Nixon, Carter y Reagan han sido abiertamente populistas, contendiendo contra lo que ha dado en llamarse la «clase dirigente».

La mentalidad populista también caracterizó la cultura de las ciudades pequeñas (no la cultura moderna de los medios de información), que era en gran medida religiosa: protestante, moralizadora y fundamentalista. También era, dado su énfasis en la verdad literal de la palabra bíblica, antiintelectual y antiinstitucional. Desde luego, no había tradición aristocrática o herencia artística fuerte; las artes eran trabajos manuales: simples, sencillos y utilitarios. Y la tradición católica -que en Europa dio una base intelectual firme a la teología y la dogmática, belleza a la letanía y la liturgia, y estilos distintivos a la arquitectura y la escultura, todo lo cual se fusionó con una alta cultura histórica estuvo representado en los USA por la iglesia irlandesa, compuesta en su mayor parte de inmigrantes y hombres que habían triunfado por su propio esfuerzo.

Así, encontramos una sociedad muy individualista y populista cuya fluida modernidad era moldeada por la vasta extensión del territorio y el imperio del dinero, y cuyas riquezas llegaban a manos de individuos vigorosos y decididos a perseguir sus propios fines. El Gobierno no ponía trabas ni al ambiente ni a la economía. En efecto, de 1870 a 1930 el Tribunal Supremo frustró muchos esfuerzos de legislación social y reglamentación, con la única excepción de las leyes antimonopolio. La libertad se definía principalmente en términos económicos individualistas. Ese era el consenso. Ese era el marco de la sociedad civil norteamericana.

En el último medio siglo han surgido en los USA los lineamientos de un Estado -instituciones para moldear y hacer cumplir una voluntad unitaria por encima de los intereses particulares comenzando con el «Nuevo Trato» de Franklin D. Roosevelt. Por lo general, el «Nuevo Trato» ha sido interpretado ideológicamente (por la izquierda) como la salvación del capitalismo o (por la derecha) como la institución de un «socialismo progresivo». Aunque hay algo de verdad en ambos argumentos, ninguno es muy satisfactorio. El surgimiento del Estado en la nación estadounidense no fue planeado ni ha sido en modo alguno sistemáticamente ideológico. Fue una respuesta, concebida en tiempo de crisis, a tres cosas: aumentos en la escala de la sociedad, alineamientos políticos cambiantes y la lógica de la movilización para una guerra total.

El crecimiento del Gobierno

El problema de la escala fue fundamental. Para los treinta los USA se habían convertido en una sociedad nacional: de 1900 a 1930 las sociedades anónimas habían empezado a operar en mercados nacionales.

Pero el poder político contrarrestante estaba ineficazmente distribuido entre los Estados. Cuando la economía se vino abajo durante la Gran Depresión, la Administración Roosevelt respondió en primer lugar con la Administración Nacional de Recuperación Industrial, estableciendo códigos a nivel nacional y fijando precios a las industrias más importantes. Adoptó, de hecho, los principios del Estado corporativista, como lo habían pedido con insistencia muchos capitalistas. Cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional esta medida, el Nuevo Trato empezó a alejarse de la planificación corporativista y a depender más de los mecanismos de reglamentación para controlar los mercados. El «Nuevo Trato» se convirtió así en una «igualación de escalas», creando instituciones políticas nacionales y reglas políticas nacionales para igualar el poder económico nacional.

La lógica de la estabilización y el control condujo a una creciente dependencia respecto al código fiscal para orientar la inversión privada, y el naciente Estado asumió la responsabilidad de promover el crecimiento económico e influir sobre la distribución de los recursos. Además, el realineamiento político interno, en que los trabajadores, los agricultores y las minorías pasaron a formar parte de la columna democrática, condujo a subsidios agrícolas nacionales y a la protección de los grupos menos privilegiados. Más ampliamente, condujo a la idea de prestaciones sociales y a un Estado benefactor concebido para proteger a la gente de riesgos económicos y sociales.

El tercer gran impulso que recibió el estatismo fue la guerra y la política exterior. La guerra ha sido siempre y en todo lugar un motivo decisivo para crear un Estado. Enfoca las emociones contra un enemigo peligroso y requiere energía y unidad; obliga al Estado a movilizar los recursos humanos y materiales de la sociedad.

Significativamente, las presiones externas de política exterior y los factores nacionales internos no estaban entrelazados. La política de gran potencia que caracterizaba las relaciones exteriores norteamericanas no era una respuesta refleja a las presiones nacionales (pese a los rumores de un «complejo militar-industrial»), aunque algunas regiones y empresas inevitablemente se beneficiaron. La expansión de los subsidios y las prestaciones sociales durante la Administración Johnson no dependió de la movilización para la defensa. De hecho, al intensificarse las presiones presupuestarias, ambos tipos de gasto empezaron a competir cada vez más entre sí, lo que permitió a la Administración Reagan reducir la reglamentación, los subsidios y las prestaciones sociales en la esfera nacional, y al mismo tiempo aumentar considerablemente el presupuesto de defensa.

Así, jamás hubo en realidad un Estado nacional unitario.

Todas estas actividades se reflejan en el crecimiento del Gobierno, del empleo en el sector público, de los impuestos, de la proporción del producto nacional bruto iniciada en el sector público (incluida la defensa) y -especialmente en la última década- del déficit del presupuesto federal y la deuda nacional. El nuevo estatismo se refleja también en descontentos cada día mayores. En muchas sociedades, los impuestos se consideran una adquisición de servicios públicos que los individuos no pueden comprar por sí mismos; en los USA, sin embargo, muchas personas toman a mal los impuestos, sintiéndolos como «nuestro» dinero que «ellos» toman. La creciente reglamentación de todas las áreas de la vida económica y social ha creado resentimiento contra la intrusión del Gobierno.

Una sociedad civil moderna

Es evidente que el problema del «Estado» se ha vuelto vital para la teoría y la práctica políticas, tanto en los USA como en el extranjero. La cuestión de las relaciones Estado-sociedad, del interés público y el…

apetito privado, será claramente el problema descollante del Gobierno en las décadas venideras. Y con la expansión de la escala de las actividades económicas y políticas, el Estado nacional se ha vuelto demasiado pequeño para los «grandes» problemas de la vida (por ejemplo, las marejadas de los mercados de capital y divisas) y demasiado grande para los «pequeños» problemas (por ejemplo, los de vecindad y comunidad). La política exterior, que una vez forjó la unidad, ahora incita a desacuerdos pues la idea de un interés nacional sistemático ha perdido fuerza, en tanto que las pasiones ideológicas siguen emergiendo y decayendo. La idea de una economía administrada ha perdido credibilidad ante las dificultades de la «sintonía fina», y ha habido un regreso a los mecanismos del mercado. En la mayoría de las sociedades, las burocracias se han vuelto demasiado centralizadas y onerosas. En forma creciente, los individuos desean ocuparse del bienestar social, el ambiente y la calidad de vida en un nivel en que puedan controlar las decisiones. De hecho, resulta notable que en un país tras otro la idea de que la sociedad civil, y no el Estado, debe constituir el ámbito principal de las actividades políticas ha pasado a ser un tema importante de estudio y debate, ahora que las viejas ideologías han desaparecido.

En los últimos años vemos, pues, el retorno de la idea de la sociedad civil. Pero, ¿de qué tipo? Para Hegel, la sociedad civil se caracterizaba por un interés propio anárquico: un individualismo económico que había destruido las instituciones tradicionales de la familia y el pueblo, pero no podía remplazarlas con Moralität, las abstractas creencias racionales en una voluntad unificada y universal. Hegel se equivocó en su romántico y exagerado contraste entre el tradicionalismo sin mediación y el utilitarismo egocéntrico y apetitivo; contraste que sólo un Estado podía dominar. Sin embargo, este romanticismo ha corrido como un hilo escarlata por el pensamiento alemán. En las ciencias sociales nos ha dado la sencillez de la dicotomía Gemeinschaft/Gesellschaft (comunidad/sociedad). En filosofía y política nos ha dado la visión, encarnada en la lealtad de Heidegger hacia los nazis, de un heroico Volkstum y Staatstum en orden de batalla contra el odiado comercialismo de la sociedad burguesa. (En alemán, se emplea un solo término para designar a la sociedad civil y a la «sociedad burguesa»: bürgerliche Gesellschaft.)

La demanda de un retorno a la sociedad civil es la demanda de un retorno a una escala manejable de vida social, particularmente en aquellos aspectos en que la economía nacional ha quedado inmersa en un marco internacional y la política nacional ha perdido cierto grado de independencia. Hace hincapié en las asociaciones voluntarias, las iglesias y las comunidades, argumentando que las decisiones deben tomarse a nivel local y no deben estar controladas por el Estado y sus burocracias. ¿Utópico? Tal vez, pero más probable ahora gracias a las nuevas tecnologías, con su promesa de una industria descentralizada y empresas más pequeñas.

Este concepto de una sociedad civil no significa una vuelta a la idea europea tradicional de humanismo cívico o virtud republicana. La virtud republicana clásica (que no es el republicanismo de Adams o Jefferson) se basaba en la idea de que la comunidad tenía siempre preferencia sobre el individuo. El bien común era un bien unitario. Pero una sociedad civil moderna —heterogénea y con frecuencia multirracial— tiene que establecer reglas diferentes: el principio de tolerancia y la necesidad de que las comunidades plurales convengan en reglas que rijan los procedimientos dentro del marco del constitucionalismo.

Todos estos temas ocupan hoy a los filósofos políticos. Sin embargo, la existencia real de la sociedad civil ha sido un fenómeno distintivamente norteamericano, moldeado en sus inicios por los variados impulsos del individualismo vigoroso y el populismo radical. Empero, en la medida en que se requiere una renovada apreciación de las virtudes de la sociedad civil a fin de definir un nuevo tipo de orden social que limite al Estado y realce los propósitos individuales y de grupo (alcanzando por ello los objetivos del liberalismo), se trata también de un episodio más en la larga historia de la excepción norteamericana.

Daniel Bell, uno de los más distinguidos sociólogos estadounidenses, ha enseñado desde 1969 en Harvard, donde ahora es profesor de Ciencias Sociales. Es autor de muchos libros, entre ellos, El fin de las ideologías y El advenimiento de la sociedad postindustrial. Ha sido editor de The New LeaderFortune y The Public Interest, de donde se extractó este artículo.

LOSE, sin consenso y con tensiones

1. Los apoyos al señor ministro

El ministro aceptó el consejo y en los días siguientes se reunió con diversos grupos sociales y partidos políticos. Terminada esta ronda de conversaciones, en una dócil entrevista en el telediario de la noche del 2.º canal declaraba:

«He encontrado mayor comprensión, mayor solidaridad y mayor apoyo en los sectores más comprometidos con el progreso del país. Lo creo sinceramente. He de pedir a los que no se sienten comprometidos con esta reforma, que hagan un esfuerzo de generosidad por elevar el tono del debate, porque lo que aquí estamos tratando es de jugarnos el futuro de nuestros jóvenes, de España. Que no estemos discutiendo sobre cosas menores, sobre frases hechas, que nos enfrentemos con el sentido profundo que tiene la reforma.»

El bloque progresista, al que el ministro se refería, eran los grupos de ideología afín al PSOE, UGT, CCOO y los sindicatos de estudiantes.

La postura de los estudiantes era la más radical. Días antes, el 22 de marzo, habían convocado una huelga, bastante secundada, y una manifestación ante el ministerio a la que tan sólo asistieron unos mil estudiantes. Declaraban que se oponían a la letra pero no al espíritu de la LOSE, y exigían: escuela pública en abierto enfrentamiento con la privada, supresión de los conciertos, desaparición de la selectividad y eliminación de la religión de los currículos escolares. No parece que así se elevara «el tono del debate» tal como pedía el ministro.

Con ese concepto de progreso, se excluía a los amplios sectores de la sociedad española que, en estos días, pedían una educación de calidad que forme integralmente a los hombres que tendrán que acceder al trabajo en la comunidad europea. Le han pedido estos grupos, precisamente, «enfrentarse al sentido profundo que tiene la reforma» -en palabras del ministro- que supone cumplir el mandato constitucional: «La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales» (art. 27.2).

2. Las tensiones con el Episcopado

En la citada entrevista televisiva le preguntaba el locutor sobre la postura del bloque confesional, y el ministro respondía:

«He hablado en múltiples ocasiones tratando de aproximar posiciones. Bien es verdad que con escaso éxito. Algunos de los planteamientos del bloque confesional no responden a la realidad del país desde el punto de vista de su orden jurídico. España es constitucionalmente aconfesional. Cualquier sistema educativo debe ser respetuoso con esa aconfesionalidad contenida en la Constitución.»

Pero lo que precisamente han exigido los obispos es el cumplimiento del art. 27.3 de la Constitución, que señala: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones».

Más bien parece que el bloque confesional, que está de acuerdo con la necesidad de la reforma, exige ser escuchado para que este cambio esté al servicio de toda la sociedad española. Todavía puede estarse a tiempo de dialogar si se impone el buen sentido.

El cardenal Suquía, presidente de la Conferencia Episcopal, declaraba (ABC 25.3.90): «En nuestras valoraciones, los obispos habíamos destacado hasta ahora los aspectos positivos y negativos de la LOSE. La Administración Pública, sin embargo, insistía por todos los medios que la Iglesia estaba de acuerdo con la globalidad del anteproyecto de ley. En la última plenaria, nos pareció conveniente destacar los puntos oscuros de la LOSE y afirmar con nitidez nuestro desacuerdo sustancial con la misma». Y añadía: «La Iglesia critica la LOSE defendiendo el derecho constitucional a educar en la escuela, sea esta tal o de iniciativa social, de acuerdo con las creencias de los padres. Lejos de querer obligar a todos a la formación religiosa en la escuela, como ha dicho el Ministerio de Educación, la Iglesia reclama una libertad de enseñanza que permita a los alumnos recibir la formación religiosa que los padres deseen».

Mientras tanto, en esos días, Luis María Zavala, director general de asuntos religiosos declaraba: «La crisis de la LOSE es la más grave de los últimos años entre el Episcopado y el Gobierno».

El proyecto de ley

El Consejo de Ministros del 30 de marzo, acuerda remitir a las Cortes un proyecto de ley, que según manifiesta el ministro de Educación ha recogido algunas de las consideraciones del Consejo Escolar del Estado y del de Formación Profesional, y de los sindicatos UGT y CCOO, que son los mayoritarios en el sector de la enseñanza. Eran los apoyos del ministro, el bloque progresista al que nos hemos referido.

Las modificaciones introducidas respecto al anteproyecto son muy escasas, no afectan a los aspectos fundamentales solicitados por el llamado bloque confesional y algunos partidos políticos.

La exposición de motivos, que ha variado sustancialmente, establece que: «El objetivo primero y fundamental de la educación es el de proporcionar a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo, una formación plena que les permita conformar su propia y esencial identidad, así como construir una concepción de la realidad que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma». Este buen propósito, que no figuraba antes, no tiene, sin embargo, ningún reflejo directo en el articulado de la ley.

Aparece una Memoria Económica que dice acompaña al texto normativo y que deberá influir en los próximos presupuestos.

En los principios de la actividad educativa incluye ahora: «La colaboración de las familias para contribuir a la mejor consecución de los objetos educativos», y en la educación infantil reconocerá: «…la responsabilidad fundamental de los padres en esta etapa educativa». Se inicia así el camino solicitado del necesario reconocimiento del papel prioritario de los padres en la educación de sus hijos.

Se incluyen también como principios: la autonomía pedagógica de los centros y la formación en la igualdad entre los sexos y el rechazo a todo tipo de discriminación.

La posibilidad que se concede a los alumnos de permanecer un año más en el mismo ciclo se supedita a las necesidades de los alumnos y no a las generales de la enseñanza, como ocurría en el anteproyecto. Introduce además, para aquellos alumnos que no alcancen los objetivos de la educación secundaria obligatoria «programas específicos de garantía social» que les proporcionen una formación que permita se incorporen a la vida activa o prosigan sus estudios.

En el poco definido bachillerato se han incluido al menos las materias comunes.

Se establece la organización modular de la Formación Profesional y se subsana una deficiencia importante del anteproyecto, al establecer la posibilidad de acceso desde el grado medio de estos estudios, a los de grado superior, mediante las oportunas convalidaciones entre estas enseñanzas y las de bachillerato. También se abre la posibilidad de acceder desde el grado medio al bachillerato.

Para facilitar el acceso de los alumnos a las enseñanzas de música o danza, se establece la posibilidad de creación de centros integrados de estas enseñanzas y las del régimen general.

El pacto con los sindicatos, ha llevado al Gobierno a variar los artículos referentes a los cuerpos de profesores. Se establece el cuerpo único para englobar a los profesores agregados y a los catedráticos de la enseñanza secundaria, las artes plásticas y las de idiomas, respetándose ambos cuerpos, sin que se conozca la causa, en las enseñanzas de música y artes escénicas. Las organizaciones profesionales se han manifestado ya en contra de esta medida.

Otra concesión a los sindicatos, ha sido el establecer un período de los años 1991 al 1996, para que puedan solicitar la jubilación voluntaria los funcionarios docentes que tengan cumplidos los 60 años con 15 años de servicios.

Se concede, como única mejora a las condiciones exigidas a los centros privados, la ampliación de dos a cinco años en el plazo para realizar las adaptaciones que resulten necesarias. Nada es para lo que se ha pedido, si quiere hablarse de respetar la libertad de enseñanza.

Se han incluido las necesarias disposiciones derogatorias que las prisas anteriores para sacar el anteproyecto, les hicieron olvidar.

No se había logrado el consenso, y no se tenían en cuenta las propuestas de los partidos políticos que, según el señor Solana: «Se dejan para el debate parlamentario». El ministro aplazó también para las Cortes el intento de paliar las que reconocía ahora como «diferencias sustanciales» que existían con la Iglesia y con los sectores confesionales. Con este planteamiento, y la necesidad de obtener los dos tercios de los votos, por tratarse de una ley orgánica, es previsible un debate parlamentario tenso, que ojalá sea también profundo.

Claves para el debate parlamentario

Los aspectos fundamentales, a los que nos referíamos en el artículo de esta revista de abril, no han sido incluidos en el proyecto de ley. Recordémoslos:

  • La inclusión en los fines de la educación de la formación moral y religiosa, según exige el art. 27.3 de la Constitución.
  • La necesidad de situar la formación religiosa-moral en los currículos escolares de cada nivel, es decir en el articulado de la ley y no en una vergonzante disposición adicional, que quiere dar el carácter de concesión a lo que es un derecho escolar, pues se trata de formar una dimensión fundamental de la persona humana.
  • La aceptación de los centros de iniciativa social, cumpliendo las exigencias de la libertad de enseñanza, con todas las garantías, para que pueda ampliarse el servicio educativo a la sociedad española y como un reconocimiento del derecho de los padres a elegir el centro educativo para sus hijos de acuerdo con sus convicciones.

Elecciones: vista a la derecha…

En Grecia, Hungría, RDA, Perú, Yugoslavia, Costa Rica, Checoslovaquia, Nicaragua, las fuerzas de centro-derecha han logrado en los últimos meses victorias electorales. Cualquier observador debería preguntarse tal vez si a nivel mundial no sopla un fuerte vendaval conservador, irreversible. Se dice que el gran cambio en el Este y la desastrosa experiencia del socialismo real condujo directamente a la derrota de las fuerzas del pasado, púdicamente ocultas ahora por etiquetas socialdemócratas o progresistas. La reacción de la inmensa mayoría, cuando pudo expresarse con toda o relativa libertad, ha sido contundente.

Hasta el punto de que un comentarista centroeuropeo ha podido escribir: «El aliado objetivo de la nueva derecha europea es el marxismo-leninismo, es decir, lo de ayer».

El «miedo al pasado» está provocando en Centroeuropa la reacción y revolución. La práctica desaparición de los desacreditados partidos comunistas locales, reflejo de los años de hierro y sangre, del vasallaje soviético o de la corrupción, han sufrido en Hungría, RDA, Checoslovaquia y Eslovenia derrotas espectaculares. Lo mismo puede suceder en el futuro en Rumanía —pese a las características muy especiales de la sangrienta transición en este país— o en Bulgaria. La clave del triunfo está en el pasado. Pero puede ocurrir que el futuro no sea tan radiante como algunos, en un exceso de confianza histórica, se empeñan. Votar a derecha, es decir, hacia el Oeste, ni significa obligatoriamente asumir los valores y, sobre todo, el sistema de Occidente. La decepción puede ser tremenda en estos países porque no hay fórmulas milagrosas ni instantáneas.

El expediente de exorcizar el ayer antagonizándolo con los votos se comprende aunque no obtenga obligatoriamente resultados. Los nuevos gobiernos, de derecha, centro o izquierda, deberán en Centroeuropa iniciar un nuevo rumbo en condiciones nada favorables.

Los casos de Grecia y Perú resultan necesariamente muy distintos. En la república helena la corrupción del socialismo gobernante y la inestabilidad de la fórmula sucesoria (una «catarsis» coyuntural) condujo a una mayoría suficiente y, también, a un gobierno de reconstrucción. Los problemas que Mitsotakis deberá enfrentar, no son leves. Se hace cargo del país en la peor coyuntura y sin esperanza de que Papandreu y sus epígonos asuman sin acritud el papel de oposición leal. ¿Será eso posible?

En cuanto a Perú, gane cualquiera de los candidatos en la segunda vuelta de junio, el modelo político que ambos ofrecen tiene semejanzas estremecedoras. Vargas Llosa parece llevar la peor parte ante un adversario que concilia tecnocracia, populismo y ambigüedad. Y que, además, cuenta con el apoyo —fruto más del resentimiento que de la convicción— de la izquierda. Si Alberto Fujimori ganase, la tendencia generalizada en América Latina hacia la «cultura de la libertad» se mantendría, pero probablemente las dificultades que encontraría en el camino serían mucho más serias que si fuese Vargas Llosa el elegido.

De todos modos, en Centroeuropa o en América Latina, se vislumbra una nueva época. Los mitos de la izquierda redentora están derrumbándose a ritmo acelerado. La planificación centralizada, el burocratismo estatal, el populismo (o, si se prefiere, el modelo «nacionalpopular») sufren la permanente erosión de los votos. Asistimos, finalmente, a la liquidación de una mitología que ha durado casi un siglo. La revisión de la geografía ideológica se impone.

La derecha ¿es Jaruzelski o Fujimori? ¿Quién es más conservador, Papandreu o Havel?

Las tres partes de Europa

Con la revolución de 1989 Europa ha quedado dividida en tres partes, como la Galia de Julio César. Durante el casi medio siglo que siguió a la Guerra Mundial, las partes de Europa habían sido dos, y enfrentadas, con lo cual era todo más sencillo y era, además, lo que había pasado siempre, desde que los germanos invadieron el imperio de Roma hasta que las democracias y la URSS libraron la guerra contra el Eje, pasando por todas las incontables dicotomías europeas de quince siglos de historia: políticas, religiosas, étnicas, militares, liberacionistas, bélicas, etc.

Cuando los grupos humanos que se oponen, o que se comparan, son dos, es fácil distinguir los goodies de los badies, aunque varíen estas designaciones según quien las aplique. De un lado la CE, la OTAN, la OCDE, etc., en una palabra, los sistemas políticos democráticos y de economía liberal (con los que se alinearon durante algún tiempo ciertas dictaduras vocacionalmente transitorias, como la que había en España). Dentro de ese mundo y de los conceptos que lo inspiran, caben los estatutos de neutralidad de Suecia, Suiza o Austria y hasta la peculiar situación de Finlandia, con la cabeza y el corazón en una parte e importantes intereses de todo orden, en el otro bloque con el que comparte una larguísima frontera.

Frente a estas naciones, el Pacto de Varsovia, el Comecon o CAME, los regímenes comunistas que se llamaban a sí mismos «del socialismo real» o, si se quiere, la URSS y sus satélites.

La indispensable reconversión de las nuevas democracias

Ahora, al desorbitarse el sistema de los Estados que giraban en torno al sol del Kremlin, ha tomado cuerpo un tercer segmento del continente, el de la Europa Central, que quiere desplazarse cultural, política y económicamente de un lugar a otro. De momento está en medio, en el curso de un proceso que, más que transicional, es revolucionario, y para el que resulta difícil encontrar precedentes en la historia, y más en esas proporciones.

Porque no es que Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumanía y la RDA (a las que pronto habrá que sumar la frágil Yugoslavia y la terca Albania) se hayan sacudido una ocupación militar o una situación colonial, o hayan abandonado una alianza, que son cosas que han pasado muchas veces y se sabe más o menos cómo ocurren, sino que a consecuencia de la revolución política que han experimentado, se encuentran ante un proceso de reconversión que ha de abarcar tantos elementos de sus estructuras y tantos aspectos de su vida, que es casi imposible enumerarlos. El conjunto de los seis -u ocho- Estados, además, comprende 1.200.000 kilómetros cuadrados con una población de 150 millones de habitantes, de la mitad de los cuales, por lo menos, se puede decir que, hace medio siglo, no tenían nada que envidiar en niveles de cultura y capacidad económica y tecnológica a los de los países europeos del Occidente.

La Europa Central y del Este que ahora se incorpora al campo de la libertad comprende ciento cincuenta millones de habitantes: la mitad de los que hay en la CEE.

La reconversión ha de ser total y ha de extenderse a casi todos los terrenos. No se puede limitar a la política y a la vida económica y social, sino que ha de alcanzar a los hábitos sociales, a las aspiraciones personales y colectivas, en fin, a las mentalidades de las gentes.

La vuelta a la comunidad cultural de unos pueblos antiguos

Los partidos políticos se crean pronto, porque entre otras cosas basta con aplicar los modelos occidentales y obtener el concurso de cierto número de voluntades. Pero hay que inventar un verdadero mercado, y un sistema económico en que la producción esté regulada por la demanda en un régimen de competencia, en vez de estar determinada por un «plan» de espaldas a la realidad, hay que crear, casi de la nada, unas estructuras financieras y bancarias, y hay que hacer operaciones tan elementales como determinar de quién es cada cosa y cuánto vale a precios de verdad.

Es preciso hacer posibles las libertades que ahora se proclaman, y convertirlas en realidad en todos los órdenes del pensamiento, la expresión, de la prensa, de la circulación de personas y mercancías, aunque de momento sea dentro del ámbito del propio Estado. Hay que dotar a los países de infraestructuras de autopistas, carreteras, transportes, etc. Hacen falta periodistas y maestros que no sean profesionales del adoctrinamiento o de la propaganda. Hay que hacer, en fin, tantas cosas, que parece que se estuviera ante una problemática de imposible solución.

España también tiene algo que hacer

Por eso, esta nueva tercera parte de Europa, que en el orden cultural y en el de la historia ha estado habitualmente alineada con el Occidente, aparece en el horizonte de los europeos de este lado, de los «beati possidentes» de las libertades y del bienestar, como una empresa que, lejos de ser ajena, constituye un imperioso deber, no por razones de beneficencia transnacional o por solaridad de vecinos de continente, sino por verdaderos intereses políticos, económicos e ideológicos. Hasta por egoísmo nacional o de bloque. Las naciones civilizadas tienen sobrada experiencia de que cada vez más, en la época actual, el bien de los demás repercute en el bien propio. Esas viejas y ahora esperanzadas naciones europeas, no podrán llevar a término la gran transformación que necesitan sin la cooperación de los demás pueblos del continente, que deben estar movidos a prestársela por razones morales y de conveniencia propia.

Lo que en estas condiciones se pregunta uno muchas veces, es si en España el Gobierno, los partidos de la oposición, y los políticos, más los empresarios, los industriales y en general la gente, se ha dado cuenta de ello y va a obrar en consecuencia. Los signos que se observan resultan poco alentadores. Este país necesita no sólo que vengan de fuera (capitales, inversiones, empresas, turistas, visitantes, etc.); sino salir nosotros.

Casi 40 millones de españoles, con las posibilidades económicas y culturales de esta nación, tienen algo que hacer también fuera y no quedarse aquí a la espera de vender a las transnacionales más parcelas de la riqueza del país.

No se puede tratar desigualmente a los iguales, ni es de recibo que los gobernantes, aunque sean regionales o autonómicos, maltraten a los gobernados o los injurien prevaliéndose de su poder. El peso de la púrpura impone peculiares responsabilidades a quienes la llevan sobre sus hombros.

Estamos al comienzo de una legislatura, Gobierno y oposición son parlamento y son, por lo tanto, hasta constitucionalmente, poder. Es preciso que los unos y los otros estén a la altura de su función. Sin olvidar, el magisterio de estilo y de moral -ética y estética- que los dirigentes políticos tienen con su pueblo. Pero la responsabilidad del Gobierno es siempre mayor, porque ha de gobernar para todos, al servicio del interés general, que es el de todos, aunque le hayan votado en contra.

Sin mayoría absoluta hay que gobernar de otra manera

Digo esto último, no a humo de pajas, sino por la penosa e inevitable pesadumbre con que se contemplan determinados aspectos de la vida nacional. Al Gobierno y a su partido parece que le costara especial esfuerzo reconocer que en la situación actual, disfruta de una relativamente cómoda mayoría práctica o funcional, pero que no responde a la mayoría política del país. Tendría que gobernar con una permanente disposición al compromiso con las otras fuerzas políticas, en los asuntos que son de interés común, aplazando las cuestiones más espinosamente conflictivas, que, por otra parte, no suelen ser las urgentes.

No se debe hacer, en esas condiciones, una ley de educación que no esté negociada de verdad con sectores importantes del país, directamente interesados en la materia: es decir, los padres y los «enseñantes», entre los que hay porcentajes muy elevados que, además de tener razón, se declaran insatisfechos y dispuestos a hablar en el Parlamento y en la sociedad.

Estamos al comienzo de una legislatura

Es praxis normal de los sistemas democráticos que la oposición diga habitualmente que no o que sea ésa su actitud más frecuente. Pero hay dos maneras de hacerlo y de que la oposición cumpla los compromisos con los electores que le otorgaron su confianza. Una es el no profesional y sistemático, tan inclinados son muchos españoles de tertulia, que nada más llegar a un grupo y antes de enterarse de que se estaba hablando se declaran en contra sólo por haberse dado cuenta de quién era el que estaba en el uso de la palabra. La oposición tiene tanta obligación de presentar constantemente proyectos como el Gobierno. Este en el Parlamento, aquella, también en el Parlamento con sus proposiciones o con los razonamientos en que se apoyan sus enmiendas, pero sobre todo y, asiduamente, ante la opinión.

Estamos casi en el comienzo de una legislatura, Gobierno y oposición son parlamento y son, por lo tanto, hasta constitucionalmente, poder. Es preciso que los unos y los otros estén a al altura de su función. Sin olvidar, el magisterio de estilo y de moral —ética y estética— que los dirigentes políticos tienen con su pueblo. Pero la responsabilidad del Gobierno es siempre mayor, porque ha de gobernar para todos, al servicio del interés general, que es el de todos, aunque le hayan votado en contra.

Observatorio: mayo 1990

EL PAPA CON CHECOS Y ESLOVACOS

Con los cambios políticos en la Europa Central, y en algunos países de la del Este ribereños del mar Negro, son cinco los estados que se han agregado al mundo libre, más la República alemana que se llamaba democrática, sin serlo, que está a punto de caer en los brazos de sus fuertes y poderosos hermanos occidentales. La frágil e inestable federación yugoslava pronto ha de seguir la misma senda, aunque estuviera desvinculada del Pacto de Varsovia. La Europa democrática (CEE y los neutrales más Noruega e Islandia), que comprendía 3.560.000 kilómetros cuadrados y una población de 370 millones, ve incrementada su superficie en un 35 por 100 (1.250.000 kilómetros cuadrados) y sus habitantes en 140 millones. La mitad de estos europeos liberados de los regímenes comunistas son católicos y casi todos ellos cristianos, de religión o al menos de cultura.

El Papa viajero, Juan Pablo II, ha acudido a abrazar a esos pueblos en una breve y multitudinaria visita a checos y eslovacos. Él también es eslavo y centroeuropeo y hasta hace 12 años vivía entre la gente de su etnia, sometido al sistema que entonces reinaba allí, sobre cuyos principios ideológicos y práctica política ha pronunciado una vez más, en esta ocasión, severísimas palabras. Desde el corazón de la Europa de los eslavos el Papa ha convocado a los obispos europeos a una asamblea extraordinaria que deberá consagrarse a una reflexión de todos sobre el cristianismo de Europa y su presencia espiritual y humana en esta nueva situación del continente y del mundo.

UN DIA SIN CORONA

La mayor parte de los jefes de Estado, sean reyes o presidentes, no participan del poder legislativo. Es frecuente que, por imperativo constitucional, le corresponda promulgar las leyes. Al hacerlo, certifican que los órganos legisladores, que de ordinario son las asambleas parlamentarias, han aprobado la norma de que se trata. El caso de Bélgica es peculiar. El artículo 26 de la Constitución establece que el rey es una parte del poder legislativo, igual que lo son las dos Cámaras. En relación con la ley que despenaliza el aborto en determinados supuestos, el rey Balduino ha estimado que, por razones de conciencia, él no podía dar su aprobación. Estaba en su derecho, lo mismo que los parlamentarios que habían votado en contra. Además, la propia constitución le brindaba un procedimiento para seguir su criterio sin dejar de respetar el acuerdo mayoritario de las cámaras.

El precepto constitucional belga que convierte a un rey de nuestra época en legislador, no es simplemente una pervivencia de otros tiempos. Las diversas comunidades históricas y culturales que componen Bélgica forman una nación gracias al vínculo de la Corona, y no son, como antes a lo largo de varios siglos, una o varias provincias de un imperio ajeno. Quizá por eso se suele decir que el rey es el único belga.

EXPO ’92, SALTO ADELANTE PARA SEVILLA

A dos años de la fecha en que debe inaugurarse la Exposición Universal de 1992 de Sevilla, todo lo que se relaciona con ella empieza a ser urgente. No faltan las voces agoreras de los que empiezan a ponerse nerviosos por lo ajustado del tiempo. Pero sólo con los preparativos, la ciudad y sus accesos se han convertido en una activísima columna de suelos levantados, estructuras que se alzan, como la del aeropuerto… Sobre todo en la llamada Isla de la Cartuja, sede de la Exposición. En la foto, una expresiva imagen de cómo debe quedar el principal recinto.

FIN DE CUMBRE EN LA SELVA NEGRA

Felipe González y el canciller alemán, Helmut Kohl, se reunieron durante dos días (20 y 21 de marzo) en la ciudad fronteriza de Constanza (RFA) para celebrar la anual cumbre hispano-alemana. Pero esta vez la reunión tuvo un interés añadido: veinticuatro horas antes se habían celebrado en la RDA elecciones legislativas y la coalición de centro-derecha, «Alianza por Alemania», había triunfado en toda la línea.

Kohl estaba eufórico en Constanza y tampoco le fue a la zaga González que, para agradar a su anfitrión, concedió todo lo concedible y llegó a decir que «el problema de la frontera Oder-Neisse constituye un problema doméstico alemán sobre el que nosotros no debemos opinar».

El canciller alemán tranquilizó a su huésped anunciando que la Alemania reunificada del futuro no recurrirá a los fondos estructurales de la Comunidad Europea ni a otros subterfugios para poner en marcha la economía de lo que es hoy la RDA. «Nos bastamos a nosotros mismos para ello», aseguró Kohl con una sonrisa probablemente suficiente.

Al final de la reunión, Kohl invitó a González a una curiosa excursión. Desde el lago Constanza ambos dirigentes volaron a la Selva Negra para visitar al anciano y gran escritor Ernst Jünger, amigo personal del canciller y una de las grandes figuras de la intelectualidad europea. El encuentro fue cordial aunque casi nadie supo que se había celebrado. Jünger charló con sus visitantes en la biblioteca «sobre todo de Europa y del futuro de Alemania».

LOS EXAMENES DE AZNAR

Al nuevo presidente del Partido Popular se le acumularán los exámenes como a un estudiante de junio. Tuvo que intervenir ante los diputados en el debate de totalidad de la Ley de Presupuestos, a los pocos días hubo de hacerlo ante los compromisarios de su partido en el congreso de Sevilla, y, casi en seguida, otra vez en el Parlamento, cuando el presidente del Gobierno presentó la cuestión de confianza, al cabo de esos seis meses que los españoles han tardado en enterarse de los resultados de las elecciones de octubre. A los ojos de la gran mayoría de los observadores y de la opinión pública ha superado todas las pruebas -y para muchos con buenas calificaciones-.

LA REVOLUCION CIENTIFICA DEL HUBBLE

El telescopio Hubble es, hasta ahora, el instrumento más perfecto inventado por el hombre para explorar el Universo. Sin la atmósfera, que absorbe la mayor parte de las radiaciones electromagnéticas que nos llegan desde el espacio exterior, el Hubble «verá» 10 veces mejor que cualesquiera de los telescopios terrestres. Además, hará posible la resolución en perfectas imágenes de objetos que, debido a su enorme distancia, hoy nos aparecen de forma difuminada. Podrá, también, observar objetos hasta ahora desconocidos, que se encuentran situados a una distancia cinco veces superior a la máxima hoy observable.

Durante los últimos 18 años, el presidente de la Asociación Astronómica Norteamericana, John Bahcall, ha luchado para conseguir que el Hubble fuese una realidad. En pesetas, ha representado una inversión de 170.000 millones.

Con una envergadura de 14 metros y una órbita con una inclinación respecto a la Tierra de 28,5 grados y a 600 kilómetros de altura, el Hubble ha tardado en ser construido unos 15 años. Lleva a bordo dos cámaras de formación de imágenes directas, dos espectrógrafos y un fotómetro. Dispone también de un espejo de 2,4 metros de diámetro y de tres sensores ultrasensibles de guiado, que garantizan la precisión en la localización de los objetos a observar hasta límites realmente insospechados.

Este telescopio espacial representa un auténtico hito en la historia de la ciencia, tal vez sólo comparable al invento del primer telescopio. Aportará nueva luz a las teorías sobre el origen y la edad del Universo. Sabemos, desde los años veinte, gracias a los trabajos de Edwin Hubble, que el Universo se encuentra en expansión. Pues, ahora, será posible medir con exactitud el ritmo de esta expansión. Problemas, como la densidad o la edad del Universo, podrán ser resueltos en esta década, gracias al Hubble, con una aproximación aceptable. Nos encontramos en un momento en el que puede cambiar nuestra visión y nuestras teorías sobre el Cosmos.

FELIPE DE GIRONA

El más destacado de los títulos catalanes de que ha sido investido el heredero de la corona española, el de Príncipe de Gerona, fue otorgado en 1386 por el rey Juan I de Aragón (conde de Barcelona y cabeza del Principado de Cataluña, rey también de Valencia, de Mallorca, de Nápoles, más duque de Atenas, etcétera), a su hermano y futuro heredero, Martín, llamado «el Humano», que luego reinaría con ese nombre y el ordinal Primero, y que sería el último monarca de la llamada dinastía catalana en la mitad oriental de la península. Ambos eran hijos del gran rey catalán Pedro IV (o III o II, según se le cuente por Aragón, por Cataluña o por Valencia y Mallorca). Las ciudades, tierras, castillos, lugares, veguerías, etcétera, que se adscribían al principado habían constituido desde 1350 el «ducado» de Gerona, que Pedro había ofrecido al futuro Juan I, cuando nació y parecía asegurar la sucesión. Comprendía el ducado entonces la ciudad de Gerona y gran parte de lo que ahora es su provincia, más otras localidades y tierras hoy barcelonesas. Don Martín era conocido como duque de Montblanch (provincia hoy de Tarragona), que había sido también el regalo con que el generoso rey Pedro había obsequiado, también en la cuna, a su hijo menor. El condado de Cervera (Lérida) había sido igualmente un señorío de don Juan, y ha pasado ahora a ser título del actual don Felipe.

Pero el viaje a Cataluña del heredero de la corona no ha sido una cabalgata por la historia o una evocación nostálgica de ilustres ancestros, ni una recogida de diplomas nobiliarios, sino una promesa de futuro y una llamada de responsabilidad para el presente. Ha mostrado además, a todos los españoles que el Príncipe es una institución esencial del Estado y que, además, se sabe muy bien su papel.

La crisis ecológica latinoamericana

En un sólo árbol, un conocido biólogo encontró en el Perú 43 especies de hormigas, diversidad equivalente a la que se ha podido inventariar en toda la Gran Bretaña. En El Salvador, el menor y más deteriorado de los países de la América continental, con una extensión territorial inferior a la de la Comunidad Valenciana, existen más especies de mamíferos y de aves que en toda Europa. El número de especies de aves registradas en Colombia o en el Perú es casi cuatro veces mayor que el correspondiente a Italia, país que disfruta la más variada de las avifaunas europeas. La diversidad de reptiles y anfibios americanos es por lo menos cinco veces superior a la de sus homólogos europeos.

Una biodiversidad excepcional

Algunas estimaciones fijan en 120 mil el número de especies de plantas con flores en América Latina y el Caribe; esta biodiversidad florística sería casi cuatro veces mayor que la detectada en el África tropical. La extensión boscosa correspondiente a las zonas tropicales de América Latina, incluyendo la todavía inmensa selva amazónica, representa casi la mitad de todos los bosques tropicales del mundo. Humedad y biodiversidad van a la par, y América Latina es la región con mayor promedio de humedad del mundo.

La responsabilidad de los países latinoamericanos como custodios soberanos de la porción tal vez más significativa de la biodiversidad del planeta es, pues, sin lugar a dudas, abrumadora. La conciencia de esta responsabilidad se despierta en el momento en que la región se encuentra en las peores condiciones socioeconómicas para enfrentarla.

Hay que replantear con urgencia la relación entre naturaleza y desarrollo.

En las últimas décadas, la diversidad de los recursos biológicos americanos ha sufrido una merma que, si se examina desde una perspectiva temporal adecuada, equivale a un fenómeno de extinción masiva de especies. En los últimos 30 años, los bosques y las selvas de la región han perdido una extensión por lo menos equivalente a la totalidad del territorio mexicano, cuya superficie cuadruplica la de nuestro país. En la región, los procesos deforestadores se han desarrollado durante la década pasada a tasas que se acercan a los 50 mil km² por año, que representan casi el 60 por 100 de la deforestación mundial. No parece que se pudieran rectificar en un corto plazo estas tendencias, cuya persistencia conllevará la desaparición en la década que ahora se inicia, de alrededor del 15 por 100 del acervo florístico que había logrado sobrevivir hasta ahora en esta región del mundo.

Por razones tal vez más culturales que científicas, la atención internacional se ha fijado sobre todo en la Amazonia, y en particular en su sector brasileño, cuyas selvas han perdido ya un 10 por 100 de su extensión inicial, según estimaciones recientes. La magnitud del territorio amazónico — la Europa de los Doce cabría completa en lo que Brasil definió como «Amazonia Legal» — y la intensidad de sus procesos de transformación ecológica y productiva justifican desde luego la preocupación mundial. Pero esta fijación amazónica por parte de la opinión pública occidental ha hecho olvidar otras situaciones, como la destrucción de lo poco que queda de la selva húmeda centroamericana, la progresiva desaparición de los bosques tropicales subhúmedos o la degradación de áreas con notables endemismos, procesos que comprometen al futuro biótico americano tanto o más que la deforestación amazónica.

La atención interanacional se ha fijado sobre todo en la Amazonia, olvidando otras situaciones tanto o más importantes

La drástica reducción de la biodiversidad constituye tan sólo la manifestación de un deterioro ambiental grave y generalizado, que con creciente intensidad compromete la calidad de vida de los propios latinoamericanos y cancela algunas de las opciones para su desarrollo.

Algunos mitos persistentes

La percepción de los procesos ecológicos latinoamericanos está plagada de mitos que todavía hoy dificultan su comprensión cabal. La opinión pública parece haberse desembarazado ya del antiguo mito de la supuesta fertilidad extraordinaria de las tierras del trópico húmedo, pero se sigue haciendo referencia a la función de la Amazonia como «pulmón del mundo», como si un ecosistema en equilibrio, degradado o no, pudiera proporcionar más oxígeno del que consume. La cuenca amazónica desempeña un papel muy importante como almacén mundial de carbono. No es despreciable su función energética en lo que respecta a la circulación general de la atmósfera, pero no provee de oxígeno al planeta, al menos desde que se estabilizó el crecimiento de sus formaciones vegetales. La quema masiva de su biomasa inyectaría en la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono, que agravarían todavía más el ya preocupante efecto de invernadero.

Otro mito persistente tiende a atribuir la progresiva destrucción de la selva a su aprovechamiento maderero. En América Latina, menos de un 0,5 por ciento de su extensión boscosa o selvática padece algún tipo de manejo forestal, sostenible o depredador. En la región, los bosques y las selvas se eliminan, lisa y llanamente, por considerarse un estorbo para una utilización alternativa del suelo subyacente. Además de perderse el recurso, que se transforma en cenizas, se pierden así las múltiples funciones ecológicas gratuitas que desempeñaban las zonas boscosas.

Algunos mitos persistentes contienen una pequeña parte de verdad. Este sería el caso de la supuesta función depredadora del sector más pobre del campesinado latinoamericano, obligado a agotar los recursos disponibles para no morirse de hambre. Convendrá aclarar que, si bien esta situación se ha manifestado en ocasiones, sobre todo a raíz de la crisis de los últimos años, los campesinos tradicionalmente suelen ser en América Latina muy respetuosos de las condiciones ecológicas que confieren sustentabilidad permanente a sus prácticas agroproductivas. Las arraigadas culturas campesinas resultan ser casi siempre mucho más ecologistas que cualquiera de las empresas modernizadoras del agro.

Un mito peligroso, que podríamos denominar «el mito del Arca de Noé», consiste en confiar en la posible eficacia de los sistemas de áreas naturales protegidas (parques nacionales, reservas de la biosfera, etc.) para preservar en su conjunto la biodiversidad regional. No existe una información actualizada al respecto, pero hacia 1988 las áreas naturales con algún tipo de protección oficial sumaban en todo el subcontinente sudamericano — excluyendo pues, Centroamérica, México y el Caribe — unos 643 mil kilómetros cuadrados, es decir cerca de un 3,7 por ciento de la superficie subregional considerada. Un conocimiento somero de los principios derivados de la biogeografía de islas permite que, aun en el supuesto de que se duplicara la extensión territorial protegida y de que los mecanismos legales de protección adquirieran una milagrosa eficacia, el futuro biológico de América Latina dependerá mucho más de lo que suceda fuera de las áreas protegidas que del manejo conservacionista de estas últimas. El mito del Arca de Noé resulta pernicioso en la medida en que parece suministrar una coartada para barbaridades fuera de las reservas establecidas, con el ilusorio pretexto de que «todas las piezas bióticas sobrevivirían en el museo de las áreas protegidas».

El naufragio de un modelo de desarrollo

En América Latina y el Caribe, como en cualquiera de las regiones del mundo «en desarrollo», las consideraciones medioambientales sólo tienen cabida en el marco del análisis de las perspectivas del desarrollo mismo. La indisolubilidad del binomio ambiente/desarrollo se refuerza en los tiempos difíciles que se viven en la actualidad. En efecto, a principios de la década de los años ochenta se desencadenó en América Latina una crisis que comenzó manifestándose en el ámbito financiero, pero acabó presentando los rasgos de una verdadera crisis de civilización. Esta situación crítica, que todavía no toca fondo, puso en evidencia la insustentabilidad del modelo de desarrollo que logró una implantación casi generalizada en la región al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Las tres décadas que antecedieron al desencadenamiento de la crisis actual fueron de una bonanza no por desigual y selectiva menos real. La crisis de los años ochenta ha dado un nuevo impulso a la miseria latinoamericana, tanto urbana como rural, y ha profundizado las antiguas desigualdades sociales. En los últimos años ochenta, se calculaba que algo más de 160 millones de latinoamericanos, es decir, un 40 por ciento de la población regional, se encontraba por debajo del umbral de la pobreza; de ellos, 60 millones de personas podían considerarse indigentes, es decir, incapacitados para cubrir con efectividad sus necesidades alimentarias.

La singular «Mariposa Monarca» es capaz de emigrar desde el Sur de Canadá hasta el estado mexicano de Michoacán, recorriendo 5.000 Km. a una velocidad entre 16 y 18 Km/hora con seis horas diarias de vuelo

La relación que se establece con tanta frecuencia entre el aumento de la pobreza y el deterioro ambiental o el desgaste de la base de recursos suscita un posible malentendido. Desde nuestro punto de vista, miseria y deterioro ambiental constituyen efectos paralelos e interactuantes, derivados de un mismo proceso de desarrollo deformante que ha mediado entre el medio social y el biofísico, en perjuicio de ambos.

Algunas visiones alarmistas cargaron el acento sobre los efectos destructivos de la crisis sobre el espectro de los recursos naturales de la región, en función de las nuevas presiones exportadoras. A pesar de cuatro décadas de sustitución de importaciones y modernización industrial, las materias primas siguen desempeñando un papel preponderante en las exportaciones latinoamericanas. Sin embargo, la condición de frecuente saturación de los mercados mundiales se ha encargado de evitar, por la vía del desplome de precios, la tentación de salir de la crisis a costa del saqueo de los recursos propios; el caso del petróleo resulta paradigmático al respecto. Incluso se podría pensar que la crisis del modelo de desarrollo podría haber dado un respiro a los recursos naturales, a costa de agobiar a los recursos humanos, en la medida en que obligó a archivar muchos megaproyectos destructivos y a congelar o limitar las inversiones depredadoras previstas.

La realidad de la crisis es bastante más compleja, y el enfriamiento forzoso de una orientación económica insostenible ha desencadenado también procesos que hipotecan el futuro de la región, entre los que cabría destacar el posible desmantelamiento de los incipientes sistemas de educación superior e investigación científica, así como el decaimiento generalizado de la infraestructura construida.

La nueva oportunidad de diseñar el futuro

La crisis obliga a replantear con urgencia los términos de la relación entre la base de los recursos naturales y los procesos de desarrollo, para conferir a estos últimos una sustentabilidad ambiental de la cual carecían. Por primera vez desde la crisis de los años treinta, aparece en América Latina la necesidad y la oportunidad de replantear su futuro, diseñando un modelo de desarrollo más racional y menos depredador que el actual.

La crisis del modelo de desarrollo podría haber dado un respiro a los recursos naturales a costa de agobiar a los recursos humanos

En el ámbito del ordenamiento ecológico del espacio rural, algunos rubros merecen una atención especial. Este sería el caso del alarmante proceso de ganaderización regional, que asume aquí la mayor cuota de responsabilidad en la destrucción de las selvas tropicales. Se estima que cerca de un 60 por ciento de la superficie regional está hoy sometida a algún tipo de utilización ganadera, generando conflictos por un uso del suelo del cual tienden a beneficiarse tan sólo los sectores urbanos más favorecidos.

Las áreas urbanas latinoamericanas, que protagonizaron en los años sesenta y setenta el crecimiento más dinámico que se haya registrado en el mundo, necesitan un replanteamiento urgente en función de un deterioro socioambiental sin precedentes, que afectará en el año 2000 al 75 por ciento de la población regional.

Hace falta una cooperación internacional

La región no contará con solución mágica alguna que provenga del exterior. Entre otros factores, las marcadas diferencias entre el conjunto de los sistemas naturales latinoamericanos y los de las regiones de mayor industrialización proscriben de antemano cualquier ingenua transferencia de modelos de otra índole. La superación de la crisis dependerá pues, sobre todo, de la inventiva y de los esfuerzos que desarrollen los propios latinoamericanos, pero la ingente tarea de diseñar un nuevo desarrollo que sea sustentable tanto desde el punto de vista social como ambiental, constituye un desafío que reclama la máxima confluencia de esfuerzos de cooperación internacional.

Rigoletto, «Giuseppe Verdi»

Rigoletto (1851) forma junto a La Traviata e Il Trovatore (1853), la popular trilogía que marca la etapa de plenitud creadora y afianzamiento en la obra de Giuseppe Verdi. La ópera Rigoletto, basada en el drama de Victor Hugo Le Roi s’amuse, fue el resultado del encargo hecho a Verdi por el Teatro La Fenice de Venecia para ser presentado durante el carnaval de 1851. La obra de teatro de Victor Hugo, inmediatamente de ser estrenada, fue considerada una inmoralidad y, tras grandes polémicas, fue prohibida su representación en Francia durante cincuenta años.

A Verdi le preocupaba mucho la censura, y de este modo, cambió el personaje del rey por el del duque y trasladó la escena de París a Mantua. De nuevo contó con la colaboración de Francesco Maria Piave para escribir el libreto. Y una vez terminado, según cuenta el compositor, se puso a «estudiarlo, a meditarlo profundamente hasta que tuve en mi mente la idea, la tinta musical», y así se dispuso a componer la ópera de un tirón en poco tiempo, consiguiendo una obra dotada de una gran unidad.

Verdi pensó Rigoletto como un todo, es decir, no es una obra entrecortada por arias y escenas como hasta entonces había sido el género. Según el propio compositor la concibió como «una serie interminable de dúos» empujado por necesidades dramáticas y narrativas. Pero no sólo este aspecto que pone de manifiesto una gran renovación estilística confiere a Rigoletto un valor fundamental, sino también la capacidad de Verdi al plasmar con su música la profundidad psicológica de los personajes y las pasiones humanas.

En doble compacto aparece en España esta nueva versión de Rigoletto dirigida por Riccardo Chailly al frente de la Orquesta y Coro del Teatro Comunale de Bolonia. Luciano Pavarotti, encabezando el reparto, realiza un muy convincente Duca di Mantova, libertino y frívolo, cantando con brillantez sus arias y baladas, como la célebre aunque superficial La donna è mobile que aparece en tres ocasiones en la ópera. Bellísima voz la de la soprano June Anderson en el papel de Gilda, y magnífica interpretación de este difícil personaje que ha de combinar estados de ánimo tan dispares desde la ingenuidad hasta la madurez para sobrellevar el sufrimiento y el dolor. Y Leo Nucci en Rigoletto, uno de los grandes papeles de barítono de todo el repertorio operístico, con grandes posibilidades expresivas y dificultades de interpretación. Nucci encarna a la perfección a este personaje contradictorio en plena transformación de principio a fin. El registro fue realizado en el propio Teatro Comunale de Bolonia en 1988 y el sonido es inmejorable.

Apuntes sobre la música en España

El comentario español estaba escrito por Antonio Moral, director de la revista Scherzo. La idea del artículo se podía resumir en la siguiente frase: «La fachada es bella: algunos de los mayores cantantes internacionales son españoles y las iniciativas espectaculares son numerosas. Pero más allá, ¡qué desorden!».

Conviene advertir, en favor de este suplemento, que los textos relativos a otros países eran igualmente críticos, aunque al otro lado de los Pirineos la cultura musical esté más ordenada, con interesantes ejemplos sobre lo que se debería y no se debería hacer en España.

La lectura atenta del suplemento produce un considerable sonrojo, porque resulta evidente que en todas partes hay lagunas, que en todas partes se realizan esfuerzos, que en todas partes hay un creciente apetito de música…, pero que España no se termina de tomar en serio esta asignatura, pese al empuje de muchas individualidades y grupos.

Por los datos que aporta el estudio se advierte que en España existen cuatro teatros de ópera y 14 orquestas sinfónicas para una población de 40 millones de habitantes. Esto es un teatro por cada 10 millones de personas y una orquesta por cada 2,8 millones de españoles.

  • En Francia, la relación es de un teatro por cada dos millones de personas y una orquesta por cada 1,9 millones de franceses.
  • En Gran Bretaña hay un teatro por cada 10 millones de habitantes y una orquesta por cada 5,6 millones de ingleses.
  • En Suiza hay un teatro por cada 1,1 millones de personas y una orquesta por cada 950.000 suizos.
  • En Bélgica hay un teatro por cada 9,8 millones de belgas y una orquesta por cada 2,4 millones de habitantes.
  • En Austria hay un teatro por cada 610.000 habitantes y una orquesta por cada 400.000 austriacos.
  • En Luxemburgo no hay ningún teatro de ópera para una población de 400.000 habitantes y hay una orquesta.
  • En Holanda hay un teatro para 12 millones de personas y una orquesta por cada millón de habitantes.
  • En Dinamarca hay un teatro por cada 1,25 millones de personas y una orquesta por cada 480.000 habitantes.
  • En Suecia hay seis teatros de ópera y 11 orquestas para una población de 8,5 millones de suecos.
  • En Italia hay un teatro por cada 5,7 millones de habitantes y una orquesta por cada 4,9 millones de italianos.
  • En Alemania hay un teatro de ópera por cada millón de habitantes y una orquesta por cada 620.000 alemanes.

De estas cifras se desprende que en todas partes hay una notoria insuficiencia musical. Queda un largo camino por recorrer, ya que la música está afortunadamente condenada a recibir la atención de un número cada día más numeroso de buenos oyentes. Pero de los datos anteriores se desprende asimismo que España ocupa una de las posiciones menos aventajadas de toda Europa.

La aparente peor situación de Italia o de Gran Bretaña se subsana, a favor de estos últimos, gracias a la calidad de las orquestas y de sus directores, con nombres de la categoría de la Academy of Saint Martin-in-the-Fields y Neville Marriner, la English Chamber Orchestra y Jeffrey Tate, la London Classical Players y Roger Norrington, la Academy of Ancient Music y Christopher Hogwood, la London Symphony Orchestra y Michael Tilson-Thomas, la Philarmonia y Giuseppe Sinopoli, etcétera, etcétera.

Críticas

Los españoles somos muy críticos con nosotros mismos. Extraordinariamente críticos, hasta el punto de que en ocasiones las críticas no se corresponden con la realidad.

¿Se puede ser menos crítico con la situación actual de nuestra música y de nuestros músicos? ¿Se debe?

La tentación es grande, pero no merece la pena caer en ella. Cuando menos, no hoy en estas líneas. Quizá mañana.

Los aficionados están de vuelta de las grandes promesas y de las pequeñas promesas. Aunque la situación ha mejorado. Pero también está mejorando la de Europa, de modo que existe un riesgo real de que aumente la diferencia de calidad/cantidad con otros países, ya que nadie cesa en el empeño de la mejora.

Jesús Aguirre, el duque de Alba, publicó hace algún tiempo sus memorias musicales, fruto de su paso por la dirección general de Música. El libro se lee de un tirón porque el pequeño volumen está salpicado de anécdotas y de despropósitos.

Se le leería mejor al duque si escribiera mejor o, por decirlo con mayor elegancia, si escribiese con un estilo menos barroco. Sujeto, verbo y predicado, como enseñaban en la escuela (y las filigranas para los maestros). Pero no es posible. Se ha dicho que cada hombre es su estilo…, aunque ésta no sea una verdad necesaria; es más un escudo que una verdad, con perdón. La lectura del libro, en cualquier caso, deja un regusto amargo, que no lo dulcifica el entretenimiento. El rosario de dislates, la autocomplacencia de algunos y la impotencia de otros causa finalmente un infinito fastidio al entretenido lector.

Incomprensión

También hay una posición crítica a las casas discográficas por el abandono en que tienen a la música española en general y a las nuevas creaciones en particular. Con las excepciones de rigor y no se me ocurre ninguna en este momento, apenas se edita nada de la obra musical de nuestros compositores, y apenas se defiende su difusión en el extranjero.

El desinterés mayoritario por la música contemporánea es un fenómeno incontestable a nivel internacional. Sin embargo, en todos los países se está impulsando a unos pocos privilegiados cuyos nombres traspasan las barreras geográficas y son reconocidos por algunos sectores del (gran) público.

En nuestro país apenas merecen presentación compositores de la talla de Boulez, Messiaen, Maxwell Davies, Benjamin, Gubaidulina, Lutoslawski, Arvo Pärt o Robert Simpson…, quizá porque sus discos les anteceden. Pero, ¿qué se conoce de verdad de Bernaola, Marco, Halffter o…? ¿Cuál es la apreciación de nuestros compositores en el extranjero?

A este propósito -y finalizo estas líneas con una anécdota-, recuerdo que hace un par de años la revista Ritmo concedió uno de sus premios anuales a la grabación del Concierto número 2 para violonchelo de Cristóbal Halffter en la versión de su inspirador Mstislav Rostropovich. La composición era verdaderamente excelente. Formidable.

Un par de meses más tarde, la prestigiosa revista británica Gramophone comentó el mismo disco y, contra todo pronóstico puramente musical, desestimó la obra como carente de interés.

En aquellas mismas fechas, Gramophone concedía uno de sus valiosísimos premios a tres obras de Harrison Birtwistle (Silbury Air, Secret Theatre y Carmen Arcadie Mechanicae Perpetuum), de muy difícil factura.

Pues bien, con dos años de retraso Birtwistle ha encontrado la horma de su zapato en la revista española Compact, a propósito de su obra Punch and Judy editada recientemente en CD. El comentarista discográfico, Jesús García Pérez, escribía el pasado mes de abril: «Musicalmente es una sucesión de llantos, aullidos, chillidos, bramidos, carcajadas sardónicas, encuadrados por suspiros estentóreos de los instrumentos… Esos climas de iluminismo falso poco o nada tienen que ver con la música. Al tiempo».

Componer es llorar. También. De forma que no es de extrañar que ni nos comprendan, ni comprendamos.