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Ver productosEn la Europa central el cambio político no resuelve todos los problemas. Los nuevos gobiernos han de enfrentarse con situaciones difíciles. En Centroeuropa y en América latina se vislumbra una nueva época.
1 de mayo de 1990 - 3min.
En Grecia, Hungría, RDA, Perú, Yugoslavia, Costa Rica, Checoslovaquia, Nicaragua, las fuerzas de centro-derecha han logrado en los últimos meses victorias electorales. Cualquier observador debería preguntarse tal vez si a nivel mundial no sopla un fuerte vendaval conservador, irreversible. Se dice que el gran cambio en el Este y la desastrosa experiencia del socialismo real condujo directamente a la derrota de las fuerzas del pasado, púdicamente ocultas ahora por etiquetas socialdemócratas o progresistas. La reacción de la inmensa mayoría, cuando pudo expresarse con toda o relativa libertad, ha sido contundente.
Hasta el punto de que un comentarista centroeuropeo ha podido escribir: «El aliado objetivo de la nueva derecha europea es el marxismo-leninismo, es decir, lo de ayer».
El «miedo al pasado» está provocando en Centroeuropa la reacción y revolución. La práctica desaparición de los desacreditados partidos comunistas locales, reflejo de los años de hierro y sangre, del vasallaje soviético o de la corrupción, han sufrido en Hungría, RDA, Checoslovaquia y Eslovenia derrotas espectaculares. Lo mismo puede suceder en el futuro en Rumanía —pese a las características muy especiales de la sangrienta transición en este país— o en Bulgaria. La clave del triunfo está en el pasado. Pero puede ocurrir que el futuro no sea tan radiante como algunos, en un exceso de confianza histórica, se empeñan. Votar a derecha, es decir, hacia el Oeste, ni significa obligatoriamente asumir los valores y, sobre todo, el sistema de Occidente. La decepción puede ser tremenda en estos países porque no hay fórmulas milagrosas ni instantáneas.
El expediente de exorcizar el ayer antagonizándolo con los votos se comprende aunque no obtenga obligatoriamente resultados. Los nuevos gobiernos, de derecha, centro o izquierda, deberán en Centroeuropa iniciar un nuevo rumbo en condiciones nada favorables.
Los casos de Grecia y Perú resultan necesariamente muy distintos. En la república helena la corrupción del socialismo gobernante y la inestabilidad de la fórmula sucesoria (una «catarsis» coyuntural) condujo a una mayoría suficiente y, también, a un gobierno de reconstrucción. Los problemas que Mitsotakis deberá enfrentar, no son leves. Se hace cargo del país en la peor coyuntura y sin esperanza de que Papandreu y sus epígonos asuman sin acritud el papel de oposición leal. ¿Será eso posible?
En cuanto a Perú, gane cualquiera de los candidatos en la segunda vuelta de junio, el modelo político que ambos ofrecen tiene semejanzas estremecedoras. Vargas Llosa parece llevar la peor parte ante un adversario que concilia tecnocracia, populismo y ambigüedad. Y que, además, cuenta con el apoyo —fruto más del resentimiento que de la convicción— de la izquierda. Si Alberto Fujimori ganase, la tendencia generalizada en América Latina hacia la «cultura de la libertad» se mantendría, pero probablemente las dificultades que encontraría en el camino serían mucho más serias que si fuese Vargas Llosa el elegido.
De todos modos, en Centroeuropa o en América Latina, se vislumbra una nueva época. Los mitos de la izquierda redentora están derrumbándose a ritmo acelerado. La planificación centralizada, el burocratismo estatal, el populismo (o, si se prefiere, el modelo «nacionalpopular») sufren la permanente erosión de los votos. Asistimos, finalmente, a la liquidación de una mitología que ha durado casi un siglo. La revisión de la geografía ideológica se impone.
La derecha ¿es Jaruzelski o Fujimori? ¿Quién es más conservador, Papandreu o Havel?