Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

El fracaso de la política económica en la transición

A mediados del pasado verano las autoridades económicas llegaron a la conclusión de que tenían que enfriar la economía casi al precio que fuese. El continuado papel expansivo del gasto público y el aumento nominal de los salarios habían dejado en solitario a la política monetaria. Solución: la más drástica que se pueda imaginar: el racionamiento del crédito. Pero si el observador se queda en el corto plazo, corre el riesgo de no detectar los profundos males de fondo, origen de los graves desequilibrios económicos que padecemos de modo cíclico e intenso. Los desaciertos de la política económica en los últimos veinte años encuentran un campo abonado en tres actitudes de la sociedad española:

  • La primera, una acusada tendencia -prácticamente superior a cualquier país europeo- a esperar que sea el Estado quien le resuelva los problemas;
  • La segunda, una opinión o una sensación que nos hizo vivir suspirando por el Estado de Bienestar nuestro modelo era Suecia, pero con más sol- en el que pensiones, sanidad, infraestructura, educación, etc., tenía que proporcionárnoslo el Estado;
  • Y la tercera, la herencia intervencionista, con tonos paternalistas en el campo social, del régimen franquista.

En este contexto en el que la «sociedad civil» si bien no estaba muerta sí languideciente, quizá sólo haya un momento en el que se produjo una cierta luz y en la dirección adecuada. Nos referimos al Plan de Estabilización y a la mentalidad desintervencionista e incentivadora de la competencia que lo caracterizaba. Pero eso duró muy pocos años. Nuestra desgraciada manía de copiar de los franceses nos introdujo en la etapa de los planes de desarrollo -que sin duda tuvieron logros muy positivos- pero que contribuyeron a agudizar todavía más esa relación de dependencia de la sociedad con relación al Estado. El propio «slogan» de los mismos: «vinculante para el sector público e indicativo para el sector privado», refleja bien la realidad y la mentalidad en las que se movió la economía española desde la década desarrollista hasta hoy. Dos años antes de la muerte del anterior Jefe del Estado un hecho aparentemente sencillo: la subida del precio del barril de petróleo, quiebra y trastoca no sólo el desarrollo posterior de la economía española sino los planteamientos de todas las economías desarrolladas o no. A diferencia del resto de los países europeos -que proceden a un profundo y rápido ajuste- optamos por la opinión de que la crisis del petróleo tenía un marcado carácter coyuntural y transitorio, siguiendo las tesis de un técnico de la OCDE, incorporado por Fernández Ordóñez al Ministerio de Hacienda de Barrera de Irimo.

El período de tensión política que se abre con el asesinato de Carrero Blanco se prolonga prácticamente hasta el segundo Gobierno de Adolfo Suárez, en el que se hace cargo de la economía el profesor Fuentes Quintana. Es la época en que están al frente del Ministerio de Hacienda Villar Mir y Carriles. Como no podía ser de otra manera, entre 1974 y 1977 la economía española entra en una fase de profundos desequilibrios de precios y de balanza de pagos que hacen imposible un crecimiento económico sostenido. En 1976 y la primera parte de 1977 la tasa anual de inflación llevaba camino de superar el 26 por ciento y algo parecido ocurría con las tasas de aumento de los salarios. El déficit comercial se intensificaba -algo inevitable dado el fortísimo deterioro de la relación real de intercambio que produjo la crisis del petróleo, las reservas disminuían a ritmos muy fuertes y la peseta era una moneda a la que nadie le veía otras perspectivas que la devaluación. Esto sucedía en un mundo en el que acababa de desaparecer el sistema de paridades fijas para ser sustituido por otro de cambios flotantes, más o menos limpios o más o menos intervenidos.

El vuelco de 1977

Evidentemente, era necesario dar un giro de ciento ochenta grados y acometer un ajuste que pusiese fin a aquella situación cuasi iberoamericana. Esta fue la dura cirugía a que sometió a la economía española el vicepresidente Fuentes Quintana en julio de 1977: fuerte devaluación del tipo de cambio de la peseta -la anterior del 10 por ciento realizada por Villar Mir había resultado inútil, cuando no perjudicial, por no verse acompañada de las medidas fiscales y monetarias oportunas- cierta contención del gasto público y un endurecimiento fortísimo de la política monetaria. Desde hacía unos años la instrumentación de la política monetaria española, diseñada por el profesor Angel Rojo, se había puesto en línea con las que se instrumentaban en los países más avanzados. Su núcleo consistía en dotar al Banco de España de instrumentos de control del crecimiento a la cantidad de dinero, actuando sobre los Activos Líquidos bancarios mediante el coeficiente de caja.

Las limitaciones eran grandes tanto por el sistema de coeficientes y por la falta de libertad de tipos de interés como por la resistencia de un sistema financiero acostumbrado a otros hábitos. Con el paso del tiempo se potenciarían los mercados monetario e interbancario y se diseñarían instrumentos adecuados tanto para retirar como para inyectar liquidez. Así surgen los primeros Pagarés, de eficacia efímera, los CRM y otros instrumentos similares que, dentro de un laberinto de limitaciones legales, luchan por hacer posible la aplicación de esa política. Pronto aparecerá en escena otro factor: el déficit público, cuya financiación será origen de auténticos quebraderos de cabeza. En una primera fase se atenderá a esa financiación mediante el recurso al Banco de España; y en una fase posterior mediante la deuda emitida por el Tesoro.

Simultáneamente, Fernández Ordóñez elabora su reforma fiscal para luchar contra el fraude y aumentar el nivel de ingresos, ante un gasto público condenado a un ritmo creciente, dada la fuerte demanda social de prestaciones públicas de bienes y servicios. Demanda que se hacía más intensa porque en el fervor de la democracia recién estrenada se consideraba, consciente o inconscientemente, que la venida de la misma iba a ser una especie de bálsamo de Fierabrás. La reforma es profunda -especialmente por el lado de la imposición directa- y sus apoyaturas doctrinales siguen el Informe Carter, que las teorías hacendísticas ya habían hecho bastante «viejo». Encima, en el caso del IRPF se queda en el tintero la doble tarifa que establecía dicho Informe-una alta y otra baja- para incorporar a la Ley únicamente la que más perjudicaba a la familia.

Sería injusto decir que esa reforma no supuso un avance. Buena parte de la sociedad tomó conciencia de sus deberes fiscales y afloraron ingresos ocultos. Sin embargo, a la vista de la evolución de la doctrina y de la opción, dominante desde hace años en los países desarrollados, de frenar la participación del sector público en el PIB, su vida debió ser bastante más corta. El tiempo descubrió sus dos grandes defectos: incapacidad para erradicar el fraude fiscal (hoy hay unos cinco billones de pesetas de dinero negro en Pagarés del Tesoro; más lo oculto en inversiones inmobiliarias); y el injusto peso sobre las rentas más nobles de la persona: las del trabajo dependiente. Actualmente, en torno al 70 por ciento de la base imponible del IRPF corresponde a esas rentas; y sólo el 30 por ciento restante a las de profesiones liberales, del capital y de empresarios individuales. Ciertamente, tenía razón una alta personalidad política de aquel Gobierno horas antes de presentar la reforma a la prensa: «La reforma fiscal tiene defectos y está mal hecha». Una institución a la que no se puede acusar de frivolidad el Banco de España- insistía, hace ya tres años, en algo conocido: la excesiva presión fiscal sobre las familias tiene un doble efecto negativo: induce a los asalariados a exigir mayores incrementos salariales nominales, ante la disminución que experimenta su renta disponible; y segundo, consecuencia inevitable de lo anterior, empuja al alza tanto los costes empresariales como la tasa de inflación. Un razonamiento parecido se podría hacer en el caso de la imposición directa sobre las rentas del capital. El cuadro sobre «tipos de interés reales netos de impuestos» que acompaña a estas líneas es la confirmación empírica de lo que decimos.

En este punto si es conveniente aclarar algunas cuestiones, dada la fuerte tensión sindicatos-empresas y salarios-precios que estamos viviendo. En primer lugar, que -salvo circunstancias excepcionalísimas- los sueldos, salarios y pensiones deben mantener su capacidad adquisitiva, sin olvidar su relación con la productividad. En contrapartida, es igualmente exigible la racionalidad en la fijación de los márgenes empresariales y en el destino de los beneficios. Grave error la carrera en la prensa del «yo más beneficios que nadie». Y menos en un contexto -como el que vivimos desde hace unos años de enriquecimientos súbitos, información privilegiada y cataratas de informaciones periodísticas sobre corrupción, tráfico de influencias y luchas público-privadas en determinados sectores. La falta de ética bate «récords». Finalmente, si bien hay que racionalizar y defender el derecho a un trabajo estable, ello no puede llevar, como sistema, ni al contrato laboral indefinido ni al temporal o precario.

La combinación de la devaluación, de la política monetaria restrictiva y la reforma fiscal constituyó el contexto en el que se desarrollaron los Pactos de la Moncloa. Sería muy largo, y tampoco tendría mucho sentido, recordar con detalle su contenido. Ciñéndonos a lo sustancial digamos que su fruto económico más efectivo fue el descenso de la tasa de aumento de los salarios desde el 26 por ciento hasta los alrededores del 20 por ciento. Pero esto, que en aquel momento pudo ser un éxito, también fue un error, ya que se inauguró así la vía de una política económica gradualista y de ajuste lento. Una voz prestigiosa insistió entonces en que esa reducción debía ser mucho mayor. Razón no le faltaba. En 1979, ante la segunda crisis del petróleo, los costes laborales en España eran tan altos que los empresarios preferían reducir mano de obra que importaciones de petróleo, a pesar de sus elevados precios.

El pánico económico de los políticos

Pero había más problemas. Fuentes Quintana estaba muy preocupado por la Seguridad Social. Los gastos de sanidad y de pensiones en un contexto de tasas de natalidad aceleradamente decrecientes-planteaban la cuestión difícil de su financiación a largo plazo. Al mismo tiempo, se palpaban las consecuencias negativas de las luchas en el seno de la UCD-agravadas por la intransigencia de los sindicatos y del PSOE y de la indecisión y temores del Gobierno a la hora de exigir eficacia en algunos Ministerios clave: Obras Públicas, Vivienda, Industria y Trabajo. Hoy, más de diez años después, la generalidad de los políticos, tanto del Gobierno como de la oposición, claman por nuestro evidente déficit de infraestructuras, por los precios desorbitados de las viviendas y alquileres y por el futuro de una Seguridad Social que, a pesar del elevado ritmo de crecimiento de sus Presupuestos, se ve sumergida en el caos sanitario y en la vergüenza de una pensión media del orden de las 35.000 pesetas mensuales.

Ejemplos hay unos cuantos. En la segunda parte de 1977 encontramos ya uno que inicia la hipoteca del futuro proceso de reconversión industrial, confirmando la línea de ajuste suave y progresivo pero más costosa en términos económicos y de desempleo a medio y largo plazo, como los hechos han confirmado emprendida por la política económica. Se trata de la crisis de Babcock Wilcox. La solución más lógica habría sido proceder a una reestructuración de la misma, aunque ello implicase la reducción drástica de buena parte de sus actividades y el desempleo de un alto porcentaje de sus trabajadores. No se hizo así. La explicación que conseguí por aquellas fechas de la decisión adoptada era que ni el presidente ni parte del Gobierno querían enfrentarse a tres mil obreros manifestándose por las calles de Bilbao. Años después conoceríamos manifestaciones de decenas de miles de obreros y situaciones de auténtica guerrilla urbana. Pero el precedente para aplicar a otras empresas o sectores industriales en crisis estaba sentado. Esta actitud de avestruz ante situaciones políticas y sociales delicadas reforzadas por la intransigencia cerril del PSOE, UGT Y CC. OO.- sería casi una constante en la política económica de los Gobiernos futuros.

Es el caso de la crisis bancaria. Advirtamos, antes de nada, que el Banco de España carecía de los instrumentos legales suficientes para encauzar la misma, como demuestra la precipitada creación de la Corporación Bancaria primero y del Fondo de Garantía de Depósitos, después. Pues bien, hubo un momento en el que se pudo haber orientado la resolución de esa crisis por un camino completamente distinto. Después de la crisis de los Bancos de Navarra, Cantábrico, y Meridional se presentó la del Banco de Valladolid. Tal como publicó un editorial de Diario 16, el Banco de España aconsejó al Gobierno que dicho banco suspendiese pagos. Lamentablemente, el Gobierno no aceptó esta solución. De seguirla, habría significado que los titulares de cada cuenta en el Banco de Valladolid habrían percibido como máximo la cantidad fijada por las normas del Fondo de Garantía de Depósitos. Evidentemente, esto habría supuesto un perjuicio importante para muchos depositantes; pero no es menos cierto que los más perjudicados habrían sido los que se beneficiaban de una práctica ilegal: el cobro de extratipos. En aquellos meses -y a la vista de lo que podía venir- autoridades económicas, monetarias y bancarias -recordemos los frecuentes avisos de Termes- alertaban a los depositantes sobre el riesgo que corrían cuando se dejaban atraer por extratipos ofrecidos por cualquier banco, sin fijarse ni en la solvencia de la entidad ni en la ejecutoria de sus directivos.

Pero se optó por el procedimiento de salvamento de bancos de todos conocido y cuyo coste-recuperable o no, en proporción que se desconoce- se acerca hoy día a los dos billones de pesetas. Las cuentas exactas las tiene el Banco de España y están en el Informe del Tribunal de Cuentas sobre el Fondo de Garantía de Depósitos. No conviene engañarse -haya sido cual haya sido el coste- sobre quién ha pagado: hemos pagado los españoles como contribuyentes y como clientes bancarios, al ingresar el Tesoro menos beneficios del Banco de España; y, en la medida en que la banca privada viese reducidos sus beneficios por los costes de aportación al Fondo de Garantía, al trasladar esos costes a sus tipos de activo y de pasivo, retribuyendo menos los ahorros y elevando los tipos de interés de los créditos.

Y con los socialistas… más gradualismo

Con el comienzo de la década de los ochenta va tomando cuerpo una realidad que los mejores economistas veían como un hecho inevitable: que el desequilibrio entre ingresos y pagos presupuestarios adoptaría un signo claramente creciente. Ese cambio se puede situar en octubre de 1982. En contra de lo que los socialistas habían reclamado desde la oposición, en contra de todas sus posturas y declaraciones públicas y en contra de su propio programa electoral, la llegada al poder con Miguel Boyer en el Ministerio de Economía y Hacienda les inculcó tales dosis de pragmatismo que, por fortuna, rápidamente quedaron en el olvido muchas o buena parte de sus posiciones en materia económica. La responsabilidad inherente al poder, tener que solucionar los problemas sin la demagogia de que hacían gala en la oposición y el estrepitoso fracaso de la política económica de los socialistas franceses en el año y medio que llevaban gobernando, obligó a Boyer y a la mayoría de los miembros del Gobierno a poner los pies en el suelo.

Ante la baja tasa de crecimiento económico, la resistencia de la inflación a continuar descendiendo y el desequilibrio del sector exterior, el Gobierno socialista decidió una devaluación de la peseta. Paralelamente, endureció la política monetaria y realizó una operación -la amenaza era «mirar debajo de la alfombra» para situar en el nivel que ellos consideraban correcto el déficit del sector público. Así, de los alrededores del 2 por ciento del PIB se pasó a las proximidades del 5 por ciento. Es verdad que la operación no fue del todo ortodoxa, ya que para elevar el porcentaje al alza todo lo posible, se adelantaron pagos a diciembre y se retrasaron algunos ingresos al siguiente mes de enero. Aunque parte de la operación parecía válida, el maquillaje resultó tan exagerado que el propio Banco de España, en su Boletín económico, puso los puntos sobre las íes, para aclarar un salto tan fuerte en las cifras del déficit público.

Pero la evolución positiva de la economía no comienza a percibirse hasta finales de 1984, si bien antes desciende la inflación y se reequilibra el sector exterior.

El Gobierno socialista no fue menos gradualista que los Gobiernos de la UCD. Su ideología y los compromisos electorales le llevaron a una carrera desenfrenada del gasto público, de la presión fiscal y del déficit público. Consecuentemente, entran en una escalada de la deuda pública que de casi nada llega hoy al 48 por ciento del PIB. Si se exceptúa la flexibilidad laboral en 1984 -mediante la implantación de un abanico de contratos temporales- se podría decir que el grueso de su política económica discurre por unos cauces en los que el gasto público pasa desde el 28 por ciento de media entre 1974-81 del PIB hasta el 41 por ciento hoy; y que la presión fiscal lo hace desde el 22 por ciento hasta el 34 por ciento del PIB. Se lucha contra el fraude fiscal -aunque sólo con éxito relativo- y se exprimen hasta el máximo los ingresos procedentes de las rentas del trabajo dependiente.

Pero en lo relativo a la modernización de la Seguridad Social, a las infraestructuras, y a la reconversión industrial o no se avanza nada inicialmente o, en el caso de la reconversión industrial, se opta por el gradualismo y por la política de debilidad. Algo que se materializará en unos costes económicos más o mucho más elevados que los previstos, en una pérdida de tiempo y en una desaparición de empresas y de puestos de trabajo superior o muy superior a la que habría tenido lugar con una política de ajuste duro y rápido. También aquí hay ejemplos claros. El entonces ministro de Industria-que tuvo el acierto de considerar imposible la creación de los 800.000 puestos de trabajo netos en el plazo que se había fijado el PSOE- no fue capaz de adoptar, o no le dejaron, una postura firme en la crisis de Altos Hornos del Mediterráneo. Se reforzaba así el precedente de debilidad y de soluciones parcheadas al proceso de reconversión industrial que años antes había tenido lugar en el caso Babcock Wilcox.

En igual línea gradualista y débil están los procesos de reconversión en los sectores naval, siderúrgico y, especialmente, de aceros especiales. Si cuando se hace frente a la reconversión de la siderurgia el ministro Solchaga y/o el Gobierno no ceden a las pretensiones de los sindicatos, la reconversión habría sido más rápida, se habrían salvado más empresas, y a medio y largo plazo no habría aumentado tanto el desempleo. La resistencia de los sindicatos a la resolución definitiva de los contratos laborales del empleo excedente, hizo que el Gobierno aceptase sólo la resolución suspensiva. Ello implicaba que, en cuanto las empresas se recuperasen, deberían volver a hacerse cargo de la mano de obra. Resultados de esta política: piensen quién es el principal acreedor de Altos Hornos de Vizcaya, en los costes enormes que ha supuesto Ensidesa y en la desaparición masiva de importantes empresas de aceros especiales que han terminado fundidas en «Acenor», cuyo principal acreedor, con enorme diferencia sobre los demás, no es otro que el Banco de Crédito Industrial. En el caso de la construcción naval, nadie como este banco conoce el enorme costo de la misma. En números redondos, medio billón de pesetas, en subvenciones y créditos del Ministerio de Industria, sin computar las contribuciones del INI a sus empresas.

La conversión de los socialistas

Una de las características del período de gobierno de los socialistas ha sido el predominio-si bien no en todas las cuestiones- del pragmatismo sobre la ideología. El carácter radical de muchas de las posturas e ideas del PSOE quedó plasmado en algunas cuestiones de la Constitución. Aunque sólo sea de pasada, merece la pena recordar las tesis federalistas defendidas por los socialistas en aquellos años; la inclusión del concepto de nacionalidades y el título 8.º de la Constitución; la cuña sobre una posible planificación general de la actividad económica, la excesiva presencia y competencia del Estado en materia de educación, sanidad, etc. Personas que con el tiempo formarían parte de los Gobiernos de Felipe González defendían a mediados de la década de los setenta, e incluso más tarde, la nacionalización de los sectores eléctrico, siderúrgico, químico, del grueso de la Banca y de las Cajas de Ahorro.

Dejando a un lado las cuestiones no económicas -educación, derecho de familia, derecho a la vida, etc. la realidad hizo, como ya señalábamos antes, que el PSOE descendiese a un pragmatismo en materia económica que muy poco tenía que ver con sus congresos más recientes, menos aún con el «programa máximo», y ni siquiera con el programa electoral con el que ganan abrumadoramente las elecciones de 1982. Si resulta ilustrativo consultar la documentación en torno a las discusiones para elaborar la Constitución, no lo es menos acudir al Diario de Sesiones del Congreso y repasar las intervenciones en materia económica de Felipe González, Alfonso Guerra, Lluch o Solchaga, por no alargar excesivamente la lista de nombres. A la vista de esas intervenciones, es fácil sostener que muy pocas veces se han visto loas más encendidas a las bondades del déficit público que las realizadas por los diputados socialistas citados.

Naturalmente, no le iban a la zaga ni los miembros de UGT, diputados socialistas, ni otros líderes de UGT que no estaban en el Parlamento ni mucho menos Comisiones Obreras y el Partido Comunista. Sus tópicos y lugares comunes en materia económica son de sobra conocidos para enumerarlos ahora. Sin embargo, sí conviene recordar que la labor de oposición parlamentaria y la de los sindicatos fue tan dura y drástica que los Gobiernos de Suárez primero y de Calvo Sotelo después, bien podrían escudarse en ese radicalismo a la hora de explicar por qué no adoptaron una política económica de ajuste más rápida y eficaz.

Un resumen sucinto del comportamiento de la economía española desde 1983 hasta el final de la década podría dividirse en dos grandes períodos, prescindiendo, como es lógico, del ciclo coyuntural a corto plazo. El primero, en el que se inicia el saneamiento lento, conduce paulatinamente a la mejora de los desequilibrios fundamentales y registra crecimientos del PIB bajos e incluso más bajos que los correspondientes a la media de la CEE. En esta primera fase, la inversión no reacciona, el consumo privado tampoco y el crecimiento del PIB procede casi exclusivamente de la aportación de la demanda exterior. En el segundo, esta aportación de la demanda exterior se estabiliza, comienza a descender -estamos en torno a 1986- y tiene lugar un crecimiento continuado de las tasas de aumento del PIB, gracias al despegue de la inversión -plan Boyer de 1985- y del consumo privado (el consumo público creció siempre entre 1982 y 1989) y gracias también a la caída de los precios del petróleo, de las materias primas y a las altas tasas de crecimiento de la economía mundial. Desde 1982 hasta 1988 la tasa de inflación fue reduciéndose paulatina y lentamente. En 1986, se inicia un fuerte crecimiento de las importaciones que renueva nuestro sistema productivo- pero que nos hará pasar de un déficit corriente del 1 por ciento del PIB en 1988 a otro del 3 por ciento en 1989; y en el verano del primero de esos años rebrota la inflación desde algo menos del 4 por ciento hasta el 7 por ciento de diciembre último.

Hubo y hay contrapartidas. El lado positivo hay que centrarlo en las fuertes tasas de crecimiento económico de los tres últimos años; y en el intenso ritmo de creación de empleo que tuvo lugar en 1988 y 1989. La evolución de las rentas salariales no ha sido tan negativa como señalan los sindicatos —ha crecido el poder adquisitivo de los salarios aunque no puede decirse lo mismo ni de los sueldos ni de las pensiones.

En el lado del pasivo hay que colocar un nivel de desempleo que llegó a los tres millones de parados —seguimos a la cabeza de la OCDE— y el cierre de decenas de miles de empresas. El coste social y el económico evidente de este proceso habría sido bastante más bajo si el ajuste económico se hubiese hecho más pronto, más duro y más rápido. Y esto fue así porque ni los gobiernos populistas de Adolfo Suárez —con todos los atenuantes que hemos señalado de tener enfrente a una oposición política y sindical que dificultaba al máximo la labor de Gobierno— ni los gobiernos socialistas de Felipe González fueron capaces de perder el miedo, los primeros, a las reacciones sociales y de renunciar, los segundos, a unos tics ideológicos, defensores del Estado de Bienestar. A pesar de ello, el seguro de desempleo sólo cubre al 37 por ciento de los parados, con un coste para el INEM, desde 1980, de 6,8 billones de pesetas.

El «leit motiv» de los socialistas ha sido el crecimiento constante del gasto público en educación, sanidad, pensiones, empresa pública, etc., y la necesidad de incrementar la progresividad fiscal, negando el trato que le corresponde a la sociedad en aquellas materias. Al fracasar en la lucha eficaz contra el fraude fiscal, el aumento de los impuestos ha recaído, básicamente, sobre las personas que no practicaban el fraude. Dejando a un lado los casos de las primas únicas y de las transferencias de activos, la impotencia del Gobierno socialista ante la apremiante necesidad de financiar un déficit público alarmantemente creciente, le condujo a un grave contrasentido político, ideológico y ético: el invento de los Pagarés del Tesoro, fiscalmente opacos, con lo que en la práctica reservaron para el Estado la exclusividad de la utilización del dinero negro, a un coste irrisorio.

Una obsesión socialista: No hay alternativa

La cerrazón de los gobiernos socialistas a modificar su política económica —su tesis es que no hay otra alternativa— hizo que la basasen en medidas monetarias y en la moderación salarial. El fracaso de esta política nos ha metido en el actual callejón de difícil salida. Después de pasar de un gasto público del 28 por ciento al 40 por ciento del PIB, la pensión asistencial se quedará en 26.000 pesetas mensuales; la pensión media ronda las 37.000; la tasa de cobertura del seguro de desempleo no alcanza más allá del 38 por ciento de los parados; la situación de la sanidad pública exime de todo comentario; y el deterioro de la calidad de la enseñanza a todos los niveles está fuera de duda. En el camino se han quedado centenares de centros escolares privados y cerca de 300 clínicas particulares. Las preguntas son muchas y tan sencillas como, por ejemplo, éstas. Si con un sector público que representa ya el 40 por ciento o el 41 por ciento del PIB la situación de esos servicios públicos —por no hablar de los ferrocarriles, correos, teléfonos, etc.— es la que es, ¿hasta qué porcentaje del PIB tiene que crecer nuestro sector público para atenderlas de un modo mínimamente digno? ¿Qué porcentaje del PIB necesita nuestro sector público para que la pensión asistencial o media se sitúe en torno a las 70.000 pesetas mensuales? Y así, sucesivamente. La imposibilidad de seguir por esta vía es y se hace cada día más evidente.

No terminan aquí los problemas. La resistencia de los Gobiernos socialistas a modificar el sistema tributario —hay estudios rigurosos del año ¡1981! sobre el injusto tratamiento fiscal de la familia— ha potenciado la economía sumergida —a lo que han contribuido las elevadas cotizaciones a la Seguridad Social— y ha creado auténticos bunkers de fraude, de los que el único beneficiario —aparte de los defraudadores— ha sido el Estado. El caso del IRPF es ilustrativo. Su progresividad ha sido creciente, con más o menos parcheos; prácticamente en ningún año se ha deflactado este impuesto; y su efecto final no ha sido otro que aumentar la propensión al consumo en serio detrimento de la propensión al ahorro. La negativa sistemática del Gobierno socialista a enterrar un sistema fiscal caduco, tanto en sí mismo como en comparación a los que rigen en los países más desarrollados de Occidente —Suecia, incluida— sólo ha encontrado un pequeño alto en la famosa sentencia del Tribunal Constitucional.

Aun así, la ley provisional del IRPF ahora en vigor, muestra tal pánico a perder ingresos fiscales que de nuevo ha sido recurrida ante el Tribunal Constitucional. Ahora, las autoridades españolas se han comprometido a una reforma fiscal en profundidad que se orientará hacia una disminución de la presión fiscal directa y un aumento de la indirecta, aunque algunos síntomas apuntan a que de nuevo prevalecerá la obsesión recaudatoria. Pero esta decisión, más que un mérito del Gobierno socialista será consecuencia del Acta Unica. Por la vía de hecho o de derecho tendremos que armonizar nuestro sistema fiscal con el de la CEE, reducir a cero los aranceles, liberalizar el sistema financiero, e implantar la libertad de movimientos de capitales y de establecimiento de instituciones financieras —bancos, cajas, compañías de seguros, fondos de pensiones, etc. de y en cualquier país de la Comunidad.

Peligroso desafío

Naturalmene, junto a un sistema fiscal que tienda a igualar la presión —o los costes fiscales como prefiera llamárseles—, es necesario buscar una fórmula para dar salida a los billones de pesetas de dinero negro, colocados básicamente en Pagarés del Tesoro y al impuesto adicional que supone para la empresa española las cotizaciones a la Seguridad Social. En otras palabras, teniendo en cuenta que si se cumplen los plazos a que nos hemos comprometido, nuestro límite temporal termina el 31 de diciembre de 1992, no hay duda en afirmar —cualquiera que sea la evolución coyuntural de la economía— que el verdadero desafío para el sector público y para la empresa privada española comenzará el 1.º de enero de 1993. Desafío que será tanto más arriesgado y peligroso cuanto menos decididamente y menos rápidamente se afronten las reformas institucionales que se han vuelto inevitables. En otras palabras, cuanto más se retrase el cambio de política económica.

¿Hay alguien ahí?

Sobre los filósofos y las máquinas

Esta pregunta no sólo es un caso particular del tipo de inquietudes que asaltan en momentos de turbación y perplejidad al ciudadano medio (y que se supone ocupan el tiempo de los filósofos) sino que tiene la peculiaridad de que se suscita con cierta facilidad cuando tratamos de estar al día en los progresos de la Inteligencia artificial y materias conexas. En realidad, semejante cuestión es tanto una pregunta con pasado como una interrogación que inevitablemente nos planteará el futuro.

Un reciente libro de Roger Penrose —un importante físico y matemático inglés, coautor con el famosísimo Hawking de algunas notables aportaciones a la Cosmología actual— tiene la extraordinaria virtud de examinar esta cuestión con el debido espesor y con la mayor claridad que un empeño tan arduo permite.

La exposición de Penrose tiene, junto a la virtud de su originalidad, el atractivo adicional de cierta heterodoxia filosófica; su libro podría haber sido escrito por un clásico: la ortodoxia del momento es muy circunspecta respecto a lo que se puede decir y a lo que debemos callar. Para valorar la aportación del autor, parece conveniente situar el problema en sus coordenadas fundamentales.

1. Historia de una ilusión

Desde los tiempos de Leibniz —y desde los aún más lejanos del mallorquín Raimundo Lulio— los pensadores de orientación matemática han acariciado la idea de encontrar un «ars combinatoria» que pudiera resolver sus dudas y cavilaciones, un sistema que permitiera reducir la ignorancia mediante el cálculo.

«Calculemos», pensaba Leibniz que se podría decir una vez construida esa maravilla. Toda verdad podría ser deducida y demostrada sin posibilidad de error ni de duda: la mente del hombre se vería así liberada de la servidumbre del error, de su unión a un cuerpo que, como ya viera Descartes, era la auténtica causa de sus desvaríos.

Una versión de esta clase de sueño es la convicción contemporánea de que se pueden construir máquinas que piensen, artefactos que pueden ser vistos como «mentes» al menos con tanta propiedad como las personas pueden serlo.

La pregunta por el pensar se refiere ahora a la máquina. A. M. Turing, uno de los fundadores de la inteligencia artificial, analizó en un célebre artículo de 1950 cuáles habrían de ser los criterios que llevaran a decidir la respuesta válida a la pregunta de si una máquina puede pensar. El llamado Test de Turing es la concreción práctica de dichos criterios: podremos decir que una máquina piensa cuando sea capaz de mantener una conversación con una persona, sin que ésta pueda descubrir que está hablando con una máquina.

El desarrollo de la inteligencia artificial no se ha orientado a fabricar sistemas capaces de superar el Test de Turing entre otras razones porque, como en toda tecnología, los designios de la investigación han sido más prácticos que filosóficos. Por lo demás, el test podría ser superado, en ciertas condiciones, por programas relativamente simples —por ejemplo, por aquellos que imitan la conversación de algunos psicoterapeutas— y no podría ser ni siquiera planteado si exigiéramos a la máquina algo más sustancial que un diálogo de compromiso.

La bibliografía sobre si las máquinas piensan es ingente y continúa creciendo. Tan sólo hace unos meses, Scientific American (y su edición española Investigación y Ciencia) recogía una polémica sobre el particular: el filósofo J. R. Searle argumenta en contra de la identificación entre mentes y programas (amparándose en la distinción entre sintaxis y semántica), mientras que Paul B. Churchland y Patricia Smith Churchland, sostienen lo contrario (las máquinas pueden pensar, y lo acabarán haciendo, especialmente aquellas que imiten el modo de funcionamiento —en paralelo y no en serie— del cerebro humano).

Sobre esta cuestión de la mente gravita buena parte de la historia del pensamiento desde Parménides y Platón: no es extraño que muchos autores hayan sucumbido a las dificultades que plantea y la den por imposible. Tampoco debiera extrañarse nadie de que abunden las rectificaciones y los cambios de opinión. El filósofo Hilary Putnam, que ha dedicado al tema varias y valiosas contribuciones, advierte en el prólogo de un libro de 1988 que va a criticar algunas opiniones corrientemente sostenidas, entre otros, por él mismo.

¿Puede pensar una máquina? La respuesta depende, entre otras cosas, de qué entendamos por pensar y por máquina. Si partimos de un concepto tan amplio, que el hombre pueda ser considerado como una máquina, entonces, evidentemente, hay máquinas que piensan. Si, por otro lado, llamamos pensar, simplemente, a manipular símbolos, entonces, hasta una calculadora de bolsillo es un notable caso de pensador.

Las dificultades se presentan sólo cuando las definiciones de pensamiento y máquina son más estrictas, cuando se acercan más a las intuiciones comunes que sobre ellas tenemos.

2. Los argumentos

Los hombres, sin duda, piensan. Pero ¿piensan con sus mentes o con sus cerebros? ¿Pensar es una actividad que requiera instrumentos? ¿Se «piensa-con» o simplemente «se piensa»? Podríamos multiplicar los interrogantes sin ninguna dificultad pero, también, sin mucha ganancia, puesto que lo que se discute es cuáles son las preguntas pertinentes. El primer problema que se ha de afrontar, y que muchas veces se olvida, es, por supuesto, el que plantea el pensamiento humano. Las doctrinas al respecto son el dualismo, que no está de moda (precisamente porque fue «doctrina oficial» en un pasado relativamente reciente), y el materialismo. Los dualistas mantienen que la mente humana es algo distinto del cerebro y que interactúa con él (en formas y modos difíciles, cuando menos, de precisar), y los materialistas opinan que mente y cerebro son una y la misma cosa (con distintas apariencias debidas a nuestro modo de conocer e, incluso, a nuestro modo de hablar).

Los dualistas, que no creen que el cerebro piense, se sienten muy poco inclinados a conceder que las máquinas lo hagan. Los materialistas están, al respecto, más divididos: los que creen que lo que hace al cerebro pensar es su carácter biológico dudan que una máquina no fisiológica pueda llegar a nada semejante. Los que creen que «pensar» es algo que los cerebros hacen, pero algo que también podrían hacer otras entidades, creen que las máquinas llegarán a pensar cuando sean suficientemente complejas.

El segundo problema, que también se olvida en ocasiones, es, en cierto modo, más peliagudo aún que el primero: ¿cómo sé yo que alguien piensa?, ¿cómo sé que hace o siente o ve aquello que yo hago, siento y veo cuando digo que pienso? Yo supongo que mis semejantes piensan porque hacen cosas análogas a las que yo hago cuando pienso; puesto que no tengo experiencia inmediata del pensamiento ajeno, o bien hago caso del Test de Turing e identifico pensamiento con «conducta inteligente», o bien separo una cosa de otra y entonces puedo llegar a suponer que tal vez hasta las piedras piensen. ¿Qué clase de conciencia tienen los animales? ¿Cómo es ser un murciélago?, son algunas de las preguntas que la dificultad que puede llevar al Solipsismo obliga a plantear. Así pues, careciendo de criterios para decidir, en base a la experiencia, si algún sujeto piensa o no ¿qué decir acerca de si piensan o no las máquinas?

Un tercer problema, siempre presente, es el de la relación entre conciencia y pensamiento o, dicho de otro modo, el de la relación entre la conciencia y el argumento de un pensamiento en tanto puede ser objetivado (escrito, comunicado, demostrado por una máquina etc.) Una última dificultad, es la planteada por la relación entre el ser consciente y su constitución propia en cuanto parte de un mundo o en cuanto presente, como tal, ante otros seres conscientes (que observan no la inaccesible conciencia, sino la inmediata corporalidad).

Las distintas doctrinas sobre el pensamiento abordan los problemas anteriores (y una gran variedad de cuestiones derivadas) con diversas estrategias. A riesgo de simplificar (lo que es siempre excesivo) se puede decir que tales estrategias dependen, en último término, de la preferencia por alguno de los siguientes argumentos, de su jerarquía y de la interpretación que de ellos se haga:

  • a. La conciencia es una propiedad natural que la evolución ha ido perfeccionando en la escala animal asociándola a la complejidad.
  • b. La conciencia en tanto posee propiedades intencionales (esto es, se refiere a objetos que parecen independientes de ella) es irreductible al tipo de propiedades comunes a los objetos físicos en cualquier forma que éstos se le presenten.
  • c. La conciencia es libre respecto a las leyes que puede descubrir en el mundo de los objetos que conoce.
  • d. La conciencia es el resultado de la interacción entre ciertas formas de realidad cuyo estudio corresponde por un lado a la Física y la Fisiología (relación mundo-cerebro) y por otro a la Lógica y la Psicología (relación entre subsistemas cerebrales y núcleos de conceptos y perceptos).

Aceptar o rechazar estos argumentos, en las distintas formas en que puede hacerse, da lugar a todo el surtido de teorías de la mente con alguna vigencia y determina la respuesta a la cuestión sobre pensamiento y máquinas.

3. La posición de Penrose

Nuestro autor aborda la cuestión por sí solo y desde fuera de la controversia filosófica tal como ahora está planteada. Además, Roger Penrose es un físico y no precisamente un físico muy convencional: está acostumbrado a vérselas con cuestiones harto difíciles en Cosmología y en Mecánica cuántica y a sugerir hipótesis tan originales y atrevidas como su teoría del twistor o los teoremas de la singularidad.

Su obra es, en cierto modo, un homenaje a las preguntas profundas de los niños que aún no han sucumbido a la ruda disciplina de los pseudoproblemas. El prólogo y el epílogo insisten en ello: sin duda hay cuestiones profundas que pueden hacer reír a los que se tienen por sabios. Su libro es, también, una reacción frente a las suposiciones de algunos de los «profetas» más atrevidos de la inteligencia artificial. El texto está lleno de agudas observaciones (por ejemplo: tal vez los filósofos que sólo usan palabras en sus discursos tienden a exagerar el papel del lenguaje en el pensamiento) y no puede ser, ni de lejos, resumido en unas pocas palabras (es obvio que, a veces, sí se puede resumir un libro de 500 páginas).

Penrose comienza por analizar el problema en los claros términos escogidos por Turing; a partir de ahí, va tirando de un hilo que atraviesa por la mayor parte de las más abruptas regiones del conocimiento humano: qué es y qué no es un algoritmo, qué papel representa en el conocimiento matemático, cuáles son los fundamentos de éste; cuál es la naturaleza de la realidad física; cómo es la neurofisiología del cerebro, qué tiene que ver con los modelos de ordenador; Penrose está convencido de que nuestro conocimiento del cerebro y de cómo funciona la conciencia depende en muy buena medida de esas y otras cuestiones de la Física, la Psicología y la Filosofía.

Así, repasa los fundamentos de la Mecánica cuántica, su estructura y sus enigmas, las dimensiones principales de la Física clásica y relativista, de la Termodinámica y, por extraño que resulte, las andanzas del Big bang y los agujeros negros.

Nada sería tan fácil como perderse en una excursión tan complicada; pero Penrose tiene muy claro lo que busca y en ningún momento abandona el hilo de Ariadna. El lector puede seguirle y, si en algún caso no lo hace, está autorizado (por el autor) a pegar un pequeño salto hasta encontrar de nuevo la senda.

¿Cuáles son las aportaciones de Penrose? Hay que insistir en la necesidad de seguir

el libro para valorar la novedad y la coherencia de sus planteamientos; sin embargo hay unas cuantas nociones que Penrose introduce y que son susceptibles de análisis aislado; veámoslas:

En primer lugar, Penrose mantiene que el Test de Turing proporciona tan sólo una evidencia indirecta de lo que es la inteligencia aunque rechace la idea de que, por el solo hecho de que el computador esté construido con componentes inorgánicos, le sea imposible ser consciente; pero el Test de Turing no es un detector suficiente de la conciencia, según Penrose.

Tras examinar el argumento anti-Turing de Searle (un experimento mental conocido como «la habitación china») avanza una nueva opinión: ningún algoritmo, por complicado que sea, incluye por sí mismo genuino entendimiento; ni los algoritmos tienen mucho que ver con el conocimiento matemático, ni está claro que lo que los cerebros hacen sea ejecutar algoritmos. Penrose combate la presunción de que «todo es un computador digital» que se asienta en una deficiente apreciación de las propiedades que necesariamente ha de tener el hardware y en la supuesta equivalencia funcional de todas las máquinas de ese tipo.

Penrose entiende, como también el último Putnam, que el Teorema de Gödel (que acabó con la pretensión de formalizar y mecanizar toda la matemática) evidencia que la inteligencia humana trasciende toda fórmula concebible. Para Penrose, la conciencia tiene un ingrediente no algoritmico que se hace patente en la distinción entre intuición y cálculo de la Matemática. Penrose, que se confiesa geómetra, se refugia en la objetividad platónica para sugerir lo que es propiamente la inteligencia matemática.

Llegados a este punto se puede situar la principal novedad del análisis de nuestro autor: el ingrediente no algoritmico de la conciencia humana se debe a que el cerebro utiliza la física a un nivel cuántico y no, como suele suponerse, en un nivel meramente macrofísico y determinista. Esto hace que el cerebro no sea en realidad un ordenador sino más bien un ordenador que cambia de modo continuo su propia constitución física y su propia red de comunicaciones. Así, la mente consciente no puede ser un simple (por complicado que sea) programa aunque se sirva de muchos de ellos.

La sugerencia de Penrose no es nueva (3): lo nuevo es el modo de hacerla; muchos de sus argumentos son especulativos aunque otros son absolutamente incontestables. Así, entre demostraciones y especulaciones, se desarrolla la jornada penrosiana.

El libro consigue, en muy amplia medida, lo que motivó su escritura: mostrar que se necesita una teoría de la conciencia, y que la que por tal tenemos, es notoriamente insuficiente.

4. A modo de conclusión

Buena parte de los filósofos profesionales practica hoy una pudibunda ascética que les impide afrontar las viejas cuestiones en todo su selvático esplendor. Parece que el miedo a equivocarse inhibe la audacia intelectual hasta la más tautológica esterilidad: uno de los más temibles síndromes de esta curiosa dolencia es el del «rechazo del dualismo».

Penrose no ha debido oír hablar de esos peligros y si ha oído hablar de ellos no se los cree. El caso es que tanto su visión de lo que es la conciencia -algo científicamente describible, que no es puramente pasivo, sino que activamente «entiende»-, como su idea de lo que principalmente hace -formación de juicios como, por último, sus hipótesis acerca de cómo se relaciona todo ello con nuestro conocimiento de la naturaleza física, habrían hecho sonreír complacientemente al viejo Descartes, cuyo oficio principal comparte Penrose.

¿Cabe esperar que todo ello sirva para reavivar el debate sobre estas cuestiones y para bajar los humos a algunos materialistas un poco apresurados? Contestar afirmativamente supondría dominar las «variables ocultas» de la dinámica de la cultura, asunto casi tan difícil de suyo como la propia Mecánica cuántica o la mismísima teoría de la mente. Habent sua fata libelli gustaba de repetir Ortega, aunque no se debería seguir hablando de estas cosas sin leer a Penrose.

Cómo y por qué se desarrollan los pueblos

Hace muchos años el gran periodista Henry Hazlitt escribió un breve libro titulado Una lección de economía, en el cual volcaba una serie de observaciones inteligentes sobre cómo se crean las riquezas, cómo se malgastan y cómo se conservan. Hazlitt probablemente no sabía matemáticas financieras, pero haciendo uso del sentido común y de la capacidad de análisis que había podido desarrollar a lo largo de muchos años como comentarista del Wall Street Journal, del New York Times y por último de Newsweek, consiguió concretar una docena de criterios fundamentales que deberían inscribirse en los despachos de todos los empresarios y hombres públicos que de alguna manera participan destacadamente en el proceso económico. Por supuesto, estoy citando a Hazlitt para acogerme a este precedente, y realizar ciertas reflexiones sobre el desarrollo económico.

En efecto, ¿por qué, por ejemplo, Singapur crece este año nada menos que al 9 por 100, mientras la economía de Argentina probablemente decline varios puntos porcentuales?

Los recursos naturales

Y la mención de los dos países que acabo de citar nos lleva de la mano al primer elemento que hay que tomar en cuenta para explicarnos el crecimiento y desarrollo de los países, aunque sólo sea para descartarlo de inmediato: los cacareados recursos naturales. No hay duda de que Argentina es el gigante mejor dotado de América Latina. Toda la Comunidad Económica Europea cabe cómodamente en su superficie de casi tres millones de kilómetros cuadrados. Los recursos argentinos, su capacidad como país agricultor y productor de minerales, sus infinitos pastos, adecuados como pocos para la ganadería, su rica plataforma marina, sus costas, sus ríos navegables, todo favorece a la Argentina, y ya sabemos la descorazonadora situación en la que ese país se encuentra.

Pero en el otro extremo de la balanza nos encontramos con un pequeño enclave, atiborrado de personas, cuya superficie total probablemente sea menor que la ciudad de Buenos Aires, y sin embargo los singaporenses, sin petróleo, sin agricultura, sin riquezas naturales, triplican la renta per cápita de los argentinos y mantienen unos niveles de prosperidad de rango europeo.

No es necesario aducir una docena de ejemplos de parecidas características para demostrar que los recursos naturales no son, ni con mucho, el elemento clave del desarrollo. Sin embargo, sería necio negar que esos recursos naturales, empleados de una manera correcta por la sociedad, multiplican tremendamente la capacidad de desarrollo. Si Argentina, en los últimos 30 años, se hubiera conducido como Singapur, hoy sería, probablemente, el país más rico del planeta. Las suyas, como las de todas las naciones, son riquezas potenciales, no «habas contadas». A las habas siempre hay que cosecharlas.

No obstante su limitadísima influencia, y sólo con el ánimo de eliminarla, empiezo por la riqueza natural, porque se trata del único elemento concreto entre los que determinan, aunque sea potencialmente, el grado de intensidad del desarrollo. Pero a partir de este factor, el resto de las causas fundamentales de la prosperidad de los pueblos se inscriben en el territorio de la imaginación. Nosotros no podemos inventar una bolsa carbonífera, o un territorio apto para la siembra de maíz, pero sí podemos crear, con nuestra fantasía, con nuestras emociones, con nuestra inteligencia y con nuestras destrezas, el resto de los elementos que determinan el grado de riqueza que ostentan las naciones. De la conjugación de estos factores, de la suma, la resta y del orden en que se articulan, depende la gradación que observamos en el planeta entre los niveles de desarrollo que exhiben las diferentes sociedades y pueblos.

El marco jurídico

Pero ¿cuál parece ser entonces el primer gran requisito para que sean posibles la prosperidad y el desarrollo? Si ya hemos desechado los recursos naturales, ¿acaso el número de personas educadas sería lo primordial? Me temo que no. Y precisamente vuelve a ser Argentina el caso que mejor demuestra el escaso peso relativo del capital humano como causa directa y primordial del desarrollo. Probablemente no hay pueblo en América Latina mejor instruido que el argentino. Casi con toda seguridad no hay graduado universitario en nuestro continente mejor formado que los naturales de ese país. Y, sin embargo, los resultados están a la vista.

Para hallar respuesta a esta pregunta quizá la fórmula más sencilla sea preguntarnos ¿qué distingue y qué tienen en común las naciones más desarrolladas del planeta? Evidentemente, no es la raza, porque los singaporenses y los habitantes de Hong Kong son asiáticos, mientras los suizos y norteamericanos se inscriben en esa clasificación extraña de «caucásicos». También pudiéramos añadir que son los negros trinitarios, de Trinidad y Tobago, los ciudadanos que en América, al margen de Canadá y Estados Unidos, han conseguido un mayor índice de desarrollo. De manera que debemos rechazar la raza como condición para escalar los primeros puestos del planeta.

Tampoco parece muy aceptable aquella explicación que hace unas cuantas décadas diera Max Weber sobre el origen religioso de las diferencias económicas. En su momento pareció una propuesta acertada e inteligente, pero una mirada profunda nos revela que no hay gran diferencia entre los alemanes protestantes y los católicos, y sí la hay, sin embargo, entre los propios católicos del norte de Italia y los del sur.

Y es que, probablemente, el primer rasgo que emparenta a las naciones más desarrolladas es de otro tipo: es el jurídico. Digámoslo un poco más elaboradamente: el ingrediente básico en la consecución de la prosperidad es el Estado de Derecho y la estabilidad política e institucional que éste sea capaz de fomentar. Sólo se puede alcanzar un alto grado de riqueza si existe un marco jurídico adecuado, con leyes que se respetan, con tribunales que velan por el cumplimiento de las normas, con sentencias que se ejecutan y con un marco constitucional, claro, sólido y al margen de los vaivenes políticos.

Es muy sencillo de entender: las actividades económicas no son otra cosa que transacciones que se realizan y viven en la atmósfera del derecho. Se produce, se vende, se compra, se trabaja, se proyecta bajo la protección de un manto jurídico, de una red hecha de leyes justas y de instituciones capaces de administrarlas correctamente. Si ese fascinante mundo de la imaginación es firme, equitativo y funcional, la atmósfera tendrá todos los elementos nutritivos necesarios para que los demás factores que entran en juego en el proceso productivo se conjuguen adecuadamente y generen un monto creciente de riquezas. Eso, precisamente, es lo que tienen en común Estados Unidos, Suiza, Alemania, Suecia y cualquiera de los países que han conseguido un alto grado de desarrollo económico.

No puede olvidarse que el crecimiento es siempre el producto de un ciclo de ahorro e inversión que se debe suceder ininterrumpidamente a lo largo de extensos períodos. No es posible el enriquecimiento fulminante de la sociedad. Estados Unidos -por citar el caso más conocido- a lo largo del siglo XIX, cuando comenzó a asentarse su supremacía, creció al modesto ritmo del 2 por 100 anual. Incluso, el súbito despegue de los pequeños Países de Nueva Industrialización -los cuatro famosos dragones de Asia-, es el producto de unas cuantas décadas de ininterrumpida gestión económica y de estabilidad política, aunque esa estabilidad, en el caso de Corea, sólo sea parcial y discutible.

De manera que es el marco jurídico lo que alienta las transacciones económicas de lenta maduración, porque la confianza en el futuro hace posible las ilusiones y concede los necesarios períodos para que los más caros sueños de las personas consigan llevarse a cabo.

Es tal la mentalidad que llega a prevalecer en el ciudadano que tiene la dicha de vivir en un Estado de Derecho absolutamente consolidado, que no me resisto a relatar una anécdota que me sucedió hace muchos años y que, de forma parecida, también le ha ocurrido a infinidad de cubanos que emigraron a los Estados Unidos.

Alguna vez, intentando explicarle a un azorado norteamericano -que nada entendía de cuestiones políticas- cómo la revolución de Castro despojó violentamente de un laboratorio de productos farmacéuticos a la familia de mi esposa, empresa que con gran esfuerzo habían conseguido levantar, mi apiadado interlocutor me preguntó, sin la menor dosis de sorna: «¿Y por qué no llamaron a la policía y denunciaron lo que estaba sucediendo?».

En aquel momento yo pensé que mi amigo norteamericano era casi un idiota, pero con los años he descubierto que esa reacción no era del todo extraña en una persona que había tenido el privilegio de vivir permanentemente protegida por leyes que no cambiaban arbitrariamente y que no estaban sujetas a ese flagelo de la prosperidad, el desarrollo y la armonía que son las revoluciones.

Causas morales

El Estado de Derecho constituye, pues, lo que pudiéramos calificar de verdadera atmósfera en la que es posible que germinen el desarrollo y la prosperidad. Sin embargo, aun cuando ese marco jurídico sea común a todas las naciones desarrolladas, esa circunstancia no garantiza por sí misma que las naciones consigan enriquecerse.

Existen, además, causas morales, valores que contribuyen a determinar el éxito o el fracaso de los grupos humanos. Porque, si bien es cierto que el Estado de Derecho es la condición sine qua non, ¿cómo explicarnos la diferencia que existe, por ejemplo, en el grado de desarrollo que exhiben los suizos con relación, digamos, a los italianos? Incluso, seamos más precisos y observemos que dentro de la misma Suiza podemos ver diferentes niveles de desarrollo entre los cantones alemanes, los franceses y los italianos. Y estamos hablando de un país que ostenta un marco jurídico común, mas, sin embargo, se observan diferencias perceptibles entre los distintos grupos que lo forman. Algo similar pudiera decirse con relación a España. En el norte de España los catalanes y los vascos tradicionalmente han tenido un grado mayor de prosperidad que sus conciudadanos andaluces o extremeños. ¿Por qué?

Eso quiere decir algo bastante obvio que no suele aparecer en los manuales de economía: eso quiere decir que los grupos humanos producen y trabajan con arreglo a ciertos valores y creencias, y que éstos varían sustancialmente, modificando, de paso, la cantidad y la calidad del trabajo que se desarrolla.

Hay grupos humanos en los que son muy importantes la seriedad, la puntualidad, la vocación por la excelencia, la curiosidad científica, la capacidad de trabajar en equipo, el orgullo de realizar a conciencia las tareas encomendadas y otra docena de virtuosas actitudes. Por supuesto, no todas las personas de esos grupos ostentan las mismas características, pero sí un número lo suficientemente grande como para determinar el signo final de desarrollo de la comunidad.

Ahora bien, esto no implica la menor dosis de determinismo biológico. No me estoy refiriendo a los genes, sino a valores que se trasmiten dentro de las sociedades por mecanismos muy complejos y sutiles, a veces asociados con la educación, a veces con la familia, y a veces con la cultura juvenil o con los mitos que sustentan los adultos, y que de alguna manera construyen una determinada cosmovisión.

Es una generalización casi banal afirmar que los alemanes, los japoneses, los ingleses o los norteamericanos que son, a un tiempo, alemanes e ingleses, además de otras muchas cosas son laboriosos y disciplinados, y que, por el contrario, los latinoamericanos carecen de esos rasgos; pero aunque se trate de una generalización un tanto vulgar, es probable que estemos ante una observación lamentablemente cierta. Y si esto resulta ser una correcta apreciación, no puede extrañarnos que haya una diferencia sustancial entre el producto del trabajo que se genera al norte del Río Grande o a su dramático sur.

Como es inevitable, esta reflexión me lleva a debatir un problema moral de la mayor trascendencia: ¿hasta qué punto es válido intentar la modificación de nuestros valores con el objeto de conseguir unos más altos niveles de rendimiento laboral y, por lo tanto, de acumulación de riquezas?

Al fin y al cabo, el ademán con que se trabaja —ya sea la disciplinada severidad de los alemanes o la menos rigurosa de los pueblos hispanos— es algo que pertenece a la entraña misma de eso que llamamos idiosincrasia. El trabajo, la forma en que lo realizamos, el perfil de nuestro quehacer, es una expresión tan genuina de nuestra naturaleza como los modos que tenemos de divertirnos, las peculiaridades con que expresamos nuestras creencias religiosas o con que nos vestimos.

No sé si es necesario aclarar que, ante la propuesta de intentar la modificación de nuestros valores para convertirnos en criaturas más productivas, me parecería perfectamente legítimo que se alzaran voces de protesta que expresen su disgusto por estos esfuerzos de cambiar algo tan sustancial e íntimo.

Sin embargo, debemos admitir que si nosotros proclamamos nuestro derecho a continuar trabajando de la forma en que lo hacemos, simultáneamente nos vemos obligados a aceptar que el producto de nuestro esfuerzo sea menor, y por lo tanto, nosotros seamos más pobres que los ciudadanos de otras naciones. Pero lo que no podemos esperar es producir de acuerdo con una cierta idiosincrasia complaciente y, al mismo tiempo, pretender los frutos de quienes producen y crean riquezas con mayor eficacia.

Porque no es por suerte o por hurto que hay ciertos pueblos más ricos que otros en el planeta. En líneas generales, las riquezas que poseen son producto de la cantidad y la calidad de lo que se produce. El automóvil lujoso, el aire acondicionado, o la vivienda confortable son el resultado de un determinado esfuerzo, aunque nuestros trasnochados revolucionarios no se cansen de repetir que son la consecuencia del robo doméstico e internacional.

Ese esquema es casi siempre falso. En las sociedades prósperas se puede fácilmente comprobar cómo, aunque aumente el número de ricos, e incluso de millonarios, simultáneamente mejoran las condiciones de vida de los pobres y de las clases medias, lo que quiere decir que las riquezas de los más afortunados no salieron de los bolsillos de los más pobres.

Y en el orden internacional se puede decir exactamente lo mismo. Las naciones más prósperas y desarrolladas del planeta realizan la mayoría de sus transacciones comerciales entre ellas, mientras todas se desarrollan simultáneamente. Incluso, puede decirse que en ese gran circuito comercial el enriquecimiento y el empobrecimiento se hace de consuno, y de consuno también se producen los períodos de crisis.

Por otra parte, sería ridículo pensar que la riqueza alemana se debe al despojo de Namibia, o la de Estados Unidos al saqueo de Haití o de México. Ese tipo de razonamiento, que supone que los centros capitalistas se han enriquecido a costa de la periferia subdesarrollada, pertenece a la más desacreditada mitología tercermundista, aunque —lamentablemente— todavía es posible escuchar semejante disparate o verlo escrito en papeles que pretenden ser serios y objetivos.

Pero ese pueblo, lejos de amilanarse ante lo que le proponían los cañones del militar norteamericano, decidió jugar la carta de la occidentalización y adaptar sus costumbres y su modo de producir al nuevo modelo de sociedad que, casi por la fuerza, le estaban imponiendo.

Cuarenta años más tarde los japoneses ya lanzaban la gran reforma de la era Meiji, y cuando despuntaba el siglo, ya habían sido capaces de crear una impresionante marina, vencedora del imperio ruso, y de apoderarse de una buena parte del «know how» de la época. En 1905 Japón ya había alcanzado el modelo de desarrollo occidental.

La educación

Vuelvo al asunto focal de la relación entre valores morales e intelectuales y la capacidad de producción, pero ahora analizándolo desde otro ángulo. Supongamos que una parte sustancial de nuestros ciudadanos decide que sí es necesario entrar en el universo de los valores y modificarlos hasta el punto en que nuestra capacidad productiva sea similar a la de otros pueblos líderes del planeta.

Hay muchos argumentos para tomar esa decisión. Y uno de ellos pudiera ser el ejemplo japonés. A nosotros nos admira que ese archipiélago sin recursos naturales y atestado de gente ha logrado convertirse en la segunda economía del mundo, y probablemente será la locomotora económica más enérgica y poderosa del siglo XXI. Pues bien, a mediados del siglo pasado, Japón era todavía un imperio medieval, de lotos, sombrillas y samurais, movido por pura tracción animal. Producían como se producía en Europa en los siglos XIV o XV, y vivían de no muy diferente manera. Era un país de tradiciones milenarias arraigadísimas, con la vista puesta en el pasado.

Pero un día de 1853 el comodoro Perry ancló su flotilla en una bahía del sur de Japón y reclamó la apertura de esos puertos al comercio internacional. Fue una bárbara imposición de Occidente. Fue una terrible violación de la soberanía japonesa. Fue un atropello tremendo a la cultura japonesa.

Ese ejemplo debe ser tomado en cuenta por los latinoamericanos, puesto que no podemos, a un tiempo, admirar la tremenda creatividad y productividad del pueblo japonés, y reclamar para nosotros nuestro derecho a no cambiar de actitudes, valores, creencias y metas. Una de dos: o es bueno copiar sin temor el modelo de los pueblos avanzados, aunque tengamos que recurrir a una especie de cirugía ética, o es perjudicial, y entonces lo que han hecho Japón, Singapur o Hong Kong es censurable.

Admitamos, como hipótesis de trabajo, que es conveniente y deseable buscar el mayor grado de desarrollo, aunque tengamos que modificar ciertos aspectos de nuestra idiosincrasia. En ese caso, lo que hay que preguntarse es si esto es posible, y si lo es, cómo conseguirlo.

Creo que sí es posible lograr la transformación de la conducta laboral de una sociedad, aunque admito que debe tratarse de una tarea tan larga como difícil. Sin embargo, hoy sabemos, con toda certidumbre, que es posible enseñar valores y actitudes, y que para ello tanto la escuela como los medios de comunicación pueden ser extraordinariamente útiles. Si una sociedad cualquiera llega a creer en ciertas cosas fundamentales, y esas creencias se convierten en artículo de fe o en revelaciones casi axiomáticas, seguramente tendrán consecuencias en el comportamiento de ese grupo humano.

De manera que aquí sí está muy claro que el huevo precede a la gallina. Y el huevo es la creencia: tan pronto como estemos convencidos de que el camino más corto y recto hacia el triunfo es el del cambio sustancial en nuestra escala de valores, de lo que se tratará entonces es de crear los mecanismos educativos para que esa creencia se convierta en un modo de comportamiento.

Por ejemplo, si nosotros creemos que es imprescindible la consolidación de un marco jurídico previo para que la productividad aumente y la convivencia sea pacífica y grata, no hay duda de que tenemos que educar ciudadanos respetuosos de las leyes y de las normas democráticas. ¿Se hace esto en nuestra sociedad? ¿Se educa a nuestros niños y jóvenes en el culto al respeto a las normas y en la práctica del ejercicio democrático? ¿Se les enseña, desde pequeños, a votar por cosas simples y a respetar los resultados de la elección?

Como sabemos, la axiología nos enseña que los valores son duales. A cada valor positivo le corresponde uno negativo. Y no puede concebirse la pasión por la puntualidad o por el rigor sin aprender a rechazar, simultáneamente, la impuntualidad o la dejadez.

Todo eso y mucho más tendrían que enseñarlo en las escuelas y proclamarlo a los cuatro vientos los medios de comunicación, hasta conseguir que nuestras sociedades se comporten de otro modo, y que de una manera espontánea y natural acaben produciendo con mayor eficacia.

No obstante, como último epígrafe de estos papeles, conviene acercarse a lo que quizá se parezca más a una reflexión típicamente económica. ¿Qué tipo de organización económica le conviene más a las sociedades empeñadas en producir más y mejor?

¿Es preferible optar por los esquemas socialdemócratas que proclaman que el objetivo del Estado es procurar un grado mínimo de bienestar social para la mayor parte de los ciudadanos, y que no vacilan en intentar corregir mediante leyes y decretos lo que ellos consideran que son «distorsiones» del mercado?

¿O es preferible optar por una economía liberal en el sentido europeo del término, y en la cual se subrayen las responsabilidades individuales, se limite al mínimo la injerencia del Estado en la vida de los ciudadanos, y se deje al libre mercado todo el juego de transacciones económicas, aun a sabiendas de que es posible que en ese proceso se produzcan desigualdades notables entre los miembros de la sociedad?

Personalmente me inclino a pensar que la opción liberal suele producir un mayor grado de riqueza que la socialdemócrata.

Como principio general, me parece que todo lo que entorpece el libre juego del mercado acaba por ser antieconómico. Sin embargo, estoy dispuesto a admitir que las sociedades prósperas, después que han creado una cierta cantidad de riquezas, pueden permitirse el lujo de ser menos eficientes, con el objeto, a cambio de esto, de proteger los intereses de los más débiles. Sólo que cuando los Estados pobres —por ejemplo, los de América Latina— se proponen y se exigen asignar a los menos favorecidos bienes y prestaciones para los que no existen recursos disponibles, se producen la inflación, el empobrecimiento, la mutilación de la capacidad de desarrollo de las empresas y, en consecuencia, se agrava aún más la situación de los pobres. Esa tragedia la hemos visto muchas veces en América Latina por la manifiesta incapacidad de los demagogos y políticos populistas, empeñados en repartir una riqueza que aún no ha sido creada.

Como todos habrán podido comprobar, ni siquiera me he detenido a analizar el modelo marxista. En 1990, tratar de ponderar sus virtudes, tras el colapso de los regímenes de Europa del Este y de la tambaleante Unión Soviética, me parece una broma de mal gusto, y especialmente ahora, cuando los derrotados marxistas admiten el fracaso de su ideología y descubren que la libertad es también un componente en la lucha por el desarrollo y la prosperidad.

Imagen de Pedro/Pere Gimferrer

Pere Gimferrer ocupa una posición singular, privilegiada y «rara», entre los ex-Novísimos. Vive en una cuadrícula privilegiada del Ensanche barcelonés. Tres manzanas al norte tiene la Filmoteca, para sumergirse en los mundos de celuloide; una al este, la Librería Francesa; una al sur, Edicions 62, donde asesora las colecciones de poesía y de traducciones de literatura universal al catalán; una manzana al oeste, más editoriales: Ariel, Seix-Barral y Planeta. El imperio de papel. Al sur, el mejor videoclub de la ciudad y las librerías de viejo donde encuentra pasto para sus lecturas que rehúyen la normalidad. Vive en un cubículo provisto de televisión, forrado de libros, y escribe en la cama como, naturalmente, Marcel Proust.

Y, de forma parecida al «flaneur» que en tiempos de Baudelaire tenía su mesa de trabajo en los cafés, su biblioteca en los quioscos, su negocio en el deambular de la gente; ahora Gimferrer también fisga y husmea, desde el puesto de observación privilegiado de su hogar (TV y biblioteca), o desde los centros de poder de la comunicación (editoriales, revistas y periódicos, librerías). En consonancia con el mundo que le ha tocado vivir, se siente atraído por muy diversos y heterogéneos medios de expresión: cine, literatura, pintura abstracta. Ello facilita la constitución de su actividad pública a partir de un personaje, polifacético y multiforme, compartimentado en diversos «yoes».

Es característico de Gimferrer un uso de la personalidad como pantalla; tras la multiplicación de voces, adivinamos un ejercicio de heteronimia, pero sin cambiar los nombres: sabemos que estamos leyendo a autores diversos, y complementarios, según la materia del libro. Además, esta compartimentación en distintas personalidades está regida por una sintaxis muy efectiva. En ella privan las opciones lingüísticas -español o catalán-; de género y técnica literarias -verso o prosa, poesía, narrativa o ensayo-; y cronológicas: se puede seguir su evolución, a través de esta alternancia de sus distintas personalidades: desde la rebeldía del poeta «novísimo» hasta la seriedad y empaque del flamante «académico de la lengua» que aboga ante los poderes públicos para obtener un poco de clemencia ante la crueldad impositiva del temible «IVA». Pasando, claro está, por el cinéfilo incorrompible, o el comentarista distinguido de arte abstracto. Todo ello le permite introducir sutiles diferencias en su uso de la literatura, a través del ejercicio de sus distintos personajes. Es su contribución a la reconstrucción del ser, esa indagación de la personalidad, como expresión de la «otredad», en la que, como indicó Octavio Paz, está inmerso el poeta contemporáneo.

Nos sorprende una aparente dispersión. Pero es una dispersión centrípeta, que en círculos concéntricos nos aproxima a un núcleo central. La obra de Gimferrer se construye a partir de una recomposición de fragmentos, esas piezas aparentemente dispares que encuentra el lector ante sí. Es un autor «de obra», más que «de obras», lo cual supone una dificultad distinta a la que presentan otros escritores para su captación global. El lector se ve forzado a un esfuerzo de reconstrucción para poder captar en toda su intensidad el resultado de este inmenso puzzle literario. La incorporación de voces ajenas, la aparente dispersión contribuye a la consideración del conjunto como un atractivo, y peligroso, juego de espejos. En su obsesión por las vanguardias y en la atención por el instante y lo fragmentario ha aprovechado la lección de los mejores maestros de las letras peninsulares: J. V. Foix y Vicente Aleixandre.

Gimferrer no se limita a una consagración de su instante, sino que manifiesta una predilección por captar otros instantes, por su carácter revelador intrínseco. La tarea del escritor en la adaptación de este principio no se limita a una tarea de memorialista tout court, sino que indaga en la constitución multidimensional del instante, en las facetas poliédricas que le deparan una interpretación fenomenológica del problema del ser, como reflejos de un espejo inmenso del que ha/hemos podido reconstruir algunos fragmentos.

Obra poética y en prosa, en español y catalán, desde una perspectiva impersonal o con accesos a la intimidad, son fragmentos de ese espejo fragmentado, esquirlas en las que se atisba a sí mismo -Narciso, y a nosotros lectores, copartícipes en el gran drama del ser y del conocimiento.

Enric Bou es doctor en Filosofía y letras por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha enseñado literatura en Francia y Estados Unidos. Actualmente es profesor titular en la Universidad de Barcelona. Se interesa por la literatura castellana y catalana, de los siglos XIX y XX. Su último libro se titula Poesía i sistema. La revolució simbolista a Catalunya (1989).

ACTE

Un monstre d’or, una mascara
al pom de laca de la nit:
un drac de sofre guixa el llit
amb la bengala que no para
de sebollir l’espurnegi: ara,
violentament, el crit
dels dos cossos en creu a l’ara
on el goig cremarà el sentit.
Un estaborniment d’esclats.
als pavellons incendiats
de la pell que el plaer arrasa:
als cossos molt temps enllaçats,
com a la pira encesa als blats,
la llum hi dibuixa una espasa.

ACTO

(De El vendaval)
Versión de Justo Navarro

Monstruo de oro, trazo oscuro
sobre laca de luz nocturna:
dragón de azufre que embadurna
sábanas blancas en un puro
fulgor secreto de bengalas.
Ahora, violentamente, el grito
de dos cuerpos en cruz: el rito
del goce quemará las salas
del sentido. Torpor de brillos:
la piel -hangares encendidos-,
por la delicia devastada.
Fuego en los campos amarillos:
en cuerpos mucho tiempo unidos
la claridad grabó una espada.

VIGILIA

I no poder ja mai més dir
la copa, el casc, aquella cosa
llençada als vidres, una nosa
d’imatges inútils d’ahir.
Cap estavellament de lli
no dirà el color de la rosa
que aixafa a la pupilla closa
el triomf de llum d’un clarí.
No poder ja dir aixó mai més,
no poder veure a l’inrevés
el tremolar de la pell clara,
el llavi, els sucs, el ventre, el bes,
l’assalt dels cossos, i després
no poder dir tot això encara!

VIGILIA

(De El vendaval)
Versión de Jaime Siles

Y no decir más, no poder,
la copa, el casco, aquella cosa
arrojada a los vidrios, traba umbrosa
de imágenes inútiles de ayer.
Ni el estallido de ningún jardín
dirá el color de aquella rosa
que aplasta en la pupila ansiosa
el triunfo de luz de algún clarín.
¡No poder nunca más ya decir eso,
no poder ver en el revés
el temblor claro de la piel,
el labio, el jugo, el vientre, el beso,
el asalto de los cuerpos, y después
no poder decir aún todo eso!

La nueva ley de sociedades anónimas

Este interés no está injustificado pues la citada ley incide en uno de los aspectos más relevantes del entramado socio-económico de cualquier país, cual es el de la organización y regulación del empresario social.

El iter legislativo de la ley no tiene parangón con el seguido en la elaboración de otras leyes, a juzgar por el gran número de borradores, anteproyectos y proyectos elaborados, y por los constantes cambios de criterio que en ellos se observa.

Publicada la ley, el Real Decreto Legislativo 1564/1989, de 22 de diciembre, aprobó el Texto Refundido de la Ley de Sociedades Anónimas, y el Real Decreto 1597/1989 de 29 de diciembre, aprobó el Reglamento del Registro Mercantil. Y ha sido un hecho muy llamativo, casi anecdótico, el que apenas unos días después de ser publicados estos textos, apareciesen sendas correcciones de errores que llenaban varias páginas del BOE.

Necesidad

La ley pretende reformar nuestro Derecho de Sociedades y adaptarlo a las directivas comunitarias, pero como ha dicho algún insigne mercantilista, en rigor, en muchas cuestiones cuando reforma no adapta y cuando adapta no reforma.

Con todos sus autores merecen nuestro agradecimiento y reconocimiento por la ardua labor realizada, ya que, evidentemente, la ley era necesaria.

La práctica española, en materia de sociedades anónimas, evidenciaba cierta falta de rigor y seriedad. Gran número de sociedades anónimas se constituían muy a la ligera, sin apenas control de sus datos esenciales, algunos de tanta importancia como el del domicilio o el del capital social.

La ley tiene un propósito loable, exigir una mayor seriedad y mayores garantías en el funcionamiento de las sociedades de capital, homologándonos con la práctica comunitaria. Lo que ocurre es que la nueva normativa adolece, en ocasiones, de precipitación y de falta de concreción. La realidad a la que la ley se aplica es muy rica en matices y la aplicación literal de la nueva ley de sociedades anónimas y del Reglamento Mercantil puede dar lugar a consecuencias tal vez no queridas por el legislador.

No es éste el lugar apropiado para efectuar un análisis pormenorizado de la ley. Lo único que nos proponemos, aquí y ahora, es hacer hincapié en determinados aspectos de la nueva normativa que provocan algunas consecuencias prácticas, más o menos llamativas.

Porque, los que hemos hecho de la aplicación del Derecho nuestra profesión, al explicar y aplicar la nueva ley, somos testigos de la reacción de sorpresa y, a veces, de preocupación que esta ley provoca en las gentes. Sintetizando el impacto popular de la ley, podríamos delimitar tres planos o niveles:

  • El impacto de la nueva ley en el ciudadano de a pie.
  • El impacto de la nueva ley para la pequeña y mediana empresa.
  • Y el impacto de la nueva ley para las grandes empresas.

Sorpresas

El ciudadano de a pie, que acudía, en ocasiones, a la fórmula de la sociedad anónima, para organizar su actividad económica y su patrimonio, y que era poco respetuoso con las obligaciones formales inherentes a toda sociedad (libros de actas, convocatorias de junta, balances, etc…) hoy tiene que pensárselo dos veces antes de lanzarse a la aventura de fundar una sociedad anónima, y si opta por fundarla, se verá obligadamente a contar con la colaboración de un asesor que se encargue de la llevanza de los libros y de las cuentas de la sociedad.

La sociedad anónima, además, ya no será para este ciudadano tan anónima, pues si desea, como es lo normal, controlar las transmisiones de las acciones, y tener un derecho de adquisición preferente, dichas acciones deberán ser nominativas. Y al final del ejercicio, las cuentas se depositarán en el Registro Mercantil, en donde cualquier interesado puede consultarlas.

Habrá problemas con la venta del exceso de autocartera, que forzosamente debe realizarse en el plazo de un año y se prevé un incierto futuro de la emisión de obligaciones convertibles en acciones.

Cuando es un matrimonio el que pretende hoy fundar, con un hijo o un tercero, una sociedad anónima aportando algún dinero y, por ejemplo, un piso de su propiedad, la primera sorpresa se la lleva la esposa cuando ve que tiene que revelar su edad, reseñándose en la escritura la fecha exacta de su nacimiento. La segunda sorpresa se la lleva, normalmente, el esposo cuando se entera de que para aportar el dinero y el piso tiene que superar una auténtica carrera de obstáculos que le retrasarán notablemente en su pretensión de poner en funcionamiento la sociedad.

En efecto, para aportar dinero, una de dos, o lo deposita al notario para que éste, a su vez, lo ingrese en una cuenta abierta a nombre de la sociedad en constitución, en una entidad de crédito, o presenta, en el momento de la firma de la escritura una certificación acreditativa de que el dinero está ingresado en dicha cuenta corriente, lo que, entre otras cosas, le plantea al banco y al aportante la duda de si tal dinero es indisponible hasta la firma de la escritura o si, por el contrario, puede disponer de parte para hacer frente a los gastos indispensables previos a dicha firma.

Si el banco, adoptando una postura de prudencia, considera el depósito indisponible, el fundador tendrá que pagar de su bolsillo los gastos previos, lo que, aunque sea como adelanto a cargo de la futura sociedad, le supone, de entrada, tener que contar con una mayor suma de dinero que la prevista inicialmente para destinarla a la sociedad.

Peritaje

En cuanto a la aportación del piso, la sorpresa del interesado es aún mayor cuando se entera de que para poder firmar la escritura fundando la sociedad debe antes acudir al Registro Mercantil para que se le designe un perito, que tras aceptar el encargo, tiene 30 días para elaborar un informe técnico, tasando el piso. Y si el valor que le atribuye el perito es menor, en más de un 20 por 100, del asignado por sus propietarios al aportarlo a la sociedad, verán éstos frustrados sus deseos y no procederá la inscripción de la escritura de constitución.

Pero lo que produce auténtica conmoción en el particular es la existencia de parecidos obstáculos cuando lo que pretende aportar, al menos en parte, son acciones negociables en el mercado, por ejemplo, de uno de los seis grandes bancos del país.

Efectivamente, en este caso, aunque es principio constante en nuestra legislación, tanto mercantil como fiscal, que tales acciones tienen un valor equivalente al precio de cotización, sea el del día o la media del último trimestre, no obstante, la literalidad de la ley, si quien puede no lo remedia, obligará a respetar el mismo procedimiento aplicable a toda aportación no dineraria, y será preciso, como en el caso del piso, acudir al informe del perito. Informe que, por otra parte, es de suponer que se limitará a señalar el precio de cotización media, ya que es ilusorio pensar que se le vaya a permitir tener acceso a los datos reales a través de los cuales pueda llegar a conocer la situación de la empresa, en nuestro ejemplo, el banco, cuyas acciones cotizan en el mercado de valores.

Todos estos problemas, relativos a las aportaciones, desaparecen si los interesados descartan la fórmula de sociedad anónima y optan por fundar una sociedad de responsabilidad limitada. De suyo, el nuevo régimen está «invitando» a estas personas a acogerse a la fórmula de la S. L., más idónea para las sociedades familiares.

Para entender España

Opte por constituir una S. A. o una S. L., otorgada la escritura, el modesto fundador comprueba extrañado que al acudir al Registro solicitando la inscripción de su sociedad, de entrada se le pide determinada provisión de fondos, que no es para la práctica del correspondiente asiento sino para su posterior publicación en el nuevo Boletín Oficial del Registro Mercantil (BORME) lo que es correcto y necesario, dentro de la pretendida adaptación a las normas comunitarias, pero que no deja de ser también una desagradable sorpresa para el sufrido ciudadano.

Pymes

Para el pequeño y mediano empresario la ley ha supuesto la necesidad de contar con un mayor capital para proceder a fundar S. A., al fijar en 10 millones el capital mínimo. Teniendo en cuenta que el 80 por 100 de las Pymes tienen un capital que no excede del millón de pesetas, el impacto va a ser importante ya que estas empresas tienen que decidir si aumentan el capital, adaptándose a las nuevas exigencias legales, o se transforman en S. L., cuyo capital mínimo es el de 500.000 pesetas.

Por otra parte, el empresario está acostumbrado a funcionar en el marco de la economía libre de mercado y necesita de unas leyes de gran flexibilidad que le permitan desarrollar su iniciativa y su vocación empresarial. Por ello la reacción de las Pymes ha sido de recelo y desconfianza ante una ley que parece dirigida a facilitar el intervencionismo del Estado en el mundo empresarial, mediante la exigencia de determinados requisitos y controles, que van desde la comentada obligatoriedad de acudir al informe de peritos y expertos independientes, en materia de aportaciones no dinerarias en la fundación de la empresa social o en el aumento de capital, hasta la citada obligación de presentación y depósito de las cuentas anuales en el Registro Mercantil, pasando por el nuevo régimen de nombramiento de auditores de cuentas.

En este sentido puede decirse que la ley viene a poner de moda la profesión de experto contable, y, por otra parte, puede iniciar una época de vacas gordas para las peritaciones.

Grandes empresas

Para las grandes empresas, la ley implica también una mayor complejidad y rigor. A lo dicho podría añadirse, por ejemplo, la obligación de presentar, en su caso, las cuentas consolidadas por la junta de la sociedad dominante, para su depósito en el Registro Mercantil, a través de la oportuna certificación, adjuntando un ejemplar de dichas cuentas, así como el informe de gestión consolidado y el informe de los auditores de cuentas del grupo.

Pero de destacar dos cuestiones concretas que hoy preocupan, a escala de gran empresa, destacaríamos las dos siguientes:

  • El incierto futuro de la emisión de obligaciones convertibles en acciones.
  • Y el problema de la venta del exceso de autocartera, que forzosamente debe realizarse en el plazo de un año, según la Disposición Transitoria novena de la ley (octava del Texto Refundido).

Respecto de la emisión de obligaciones convertibles en acciones, la cuestión estriba en dilucidar si es posible hacerla estableciendo una relación de canje abierta, es decir, en función del valor de cotización que la acción tenga en el momento en que deba procederse a su canje. Si se sostiene, como parece deducirse de la ley, con una interpretación rigurosa, que la relación de canje debe ser cerrada, de manera que al acordarse la emisión de las obligaciones ya debe quedar perfectamente determinada, la emisión de obligaciones convertibles será inviable ya que una alteración sobrevenida del precio de cotización podría provocar consecuencias desastrosas para la sociedad emisora, al estar obligada a entregar a cambio de las obligaciones unas acciones de un valor notablemente superior al de aquéllas.

En lo tocante a la venta forzosa del exceso de autocartera, se plantea el problema de la repercusión que puede tener en el precio de cotización, la salida al mercado, forzosamente y en un breve periodo de tiempo, de un paquete importante de acciones, lo que, presumiblemente, puede provocar una bajada espectacular de dicho precio.

Por otra parte, dado que la venta del exceso de autocartera es un efecto obligado de la ley, podría pensarse que las plusvalías que afloren gozan de la exención de impuestos que reconoce la Disposición Transitoria octava (séptima del Texto Refundido) para los actos y documentos legalmente necesarios para que las sociedades constituidas con arreglo a la legislación anterior puedan dar cumplimiento a lo establecido en la nueva ley.

En principio parece razonable el admitir la aplicación de dicha exención, por diversas razones: por el argumento literal, ya que el texto legal habla de actos necesarios para dar cumplimiento a lo establecido en la ley, y la venta del exceso de autocartera es sin duda uno de esos actos; y por el argumento lógico, de la ratio de la norma, que no es otra que la misma imposición legal, pues parece obvio que tratándose de un acto no voluntario sino forzoso, el sujeto compelido a realizarlo no debe soportar las mismas consecuencias fiscales que soportaría en caso de actuación voluntaria.

No obstante, conociendo los criterios restrictivos que utiliza la Administración en materia de impuestos, a la hora de reconocer la aplicación de una exención, mucho nos tememos que la cuestión origine en la práctica algún que otro disgusto hasta que los Tribunales resuelvan lo más conforme a derecho.

En suma, podemos terminar como empezábamos, esto es, con la afirmación de que la reforma de las sociedades de capital tiene y tendrá durante toda la década de los noventa una enorme importancia en nuestra realidad socio-económica.

El error de los medios

Perdí las elecciones en Nicaragua. Pero no hice nada que los demás no hicieran. En mi caso fue debido a que el Gobierno sandinista se negó a dejarme entrar. La explicación para los demás es más complicada.

En realidad hubo dos temas en las elecciones nicaragüenses. Uno fue la notable, incluso revolucionaria victoria de la coalición opositora. El otro fue el hecho de que prácticamente todos los eruditos, cadenas informativas y empresas encuestadoras americanas, y los expertos en América Latina daban como cierto que los sandinistas ganarían con un amplio margen. La coincidencia de estos dos sucesos nos dice tanto acerca de Nicaragua como de nosotros mismos.

El 12 de febrero, una vez más, me convertí en un incordio para mis amigos al predecir una derrota sandinista en el New York Times. Ello provocó el habitual aluvión de cartas amargas de los profesores.

No fue mi intuición lo que explica por qué ellos se equivocaban y yo estaba en lo cierto. Las señales estaban allí para cualquiera que tuviera ojos para ver. Los sandinistas habían protagonizado la destrucción económica de Nicaragua: una arruinada economía de exportación; un descenso del 90 por 100 en el nivel de vida; desempleo masivo y hambre; el éxodo de casi una quinta parte de la población, incluyendo la mayoría de los trabajadores especializados y los profesionales (un gran bloque de votantes perdido para la oposición). Pero es un error pensar que la derrota sandinista fue principalmente un asunto de economía.

Hace ya tiempo que se hizo evidente que los sandinistas habían perdido su otrora unánime apoyo popular. Antes de que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca y los contras estuvieran en el campo de batalla, los sandinistas empezaban a extender un gran temor por toda Nicaragua, asaltando e intentando desmembrar todos y cada uno de los elementos de la sociedad civil: los sindicatos, la Iglesia, la prensa, la familia, el sector privado, los pequeños granjeros («kulaks», los llamaban), la comunidad india de la costa atlántica. Los sandinistas se convirtieron en el enemigo del pueblo.

En agosto de 1984, a raíz de un importante y entusiasta mitin en Chinandega en apoyo al potencial candidato opositor Arturo Cruz, parecía que Nicaragua estaba al principio del mismo tipo de reacción política en cadena —un mitin fortaleciéndose en el anterior, a medida que el pueblo vencía sus temores— que produjo la elección, el domingo 25, de Violeta Chamorro. Pero el Gobierno suprimió las noticias del evento y puso obstáculos en el camino de la oposición, obstáculos que algunos políticos de la oposición juzgaron demasiado grandes para ser superados. Esos recalcitrantes, aparentemente sostenidos por la CIA, crearon situaciones que propiciaron a los sandinistas el pretexto para impedir a la oposición ir a las elecciones.

En junio de 1985 cientos de miles de nicaragüenses desafiaron al Gobierno al negarse a dispersarse mientras esperaban el retorno, procedente de Roma, de su recientemente investido cardenal. Su eminencia Miguel Obando y Bravo, el ciudadano más popular de Nicaragua, también había desafiado al Gobierno por la negociación con los contras. En 1984 y, de nuevo, en 1987 antes de que terminase la ayuda militar norteamericana, los contras habían establecido una fuerte presencia a lo largo de todas las zonas agrarias de Nicaragua y estaban recibiendo un amplio apoyo de la población local. Y este invierno los mítines de la oposición aumentaron al tiempo que los campesinos y los trabajadores recorrían a pie millas para apoyar a la candidata de la oposición Violeta Chamorro.

Pero al lector y al espectador en general puede ciertamente perdonársele el haberse visto sorprendido por el éxito de Chamorro. Las pocas noticias que daban cuenta de esos acontecimientos fueron sepultados por informes que atestiguaban la popularidad de los sandinistas y el aislamiento de sus oponentes.

Ningún periodista americano pronosticó la derrota sandinista, si bien algunos, como Mark Uhlig del New York Times, y Juan Vázquez, de la CBS, señalaban a sus lectores y espectadores que las encuestas norteamericanas no estaban contando toda la historia. En la semana anterior a las elecciones un informe de ABC/Washington Post daba a los sandinistas el triunfo con un margen de 3 a 2. Al presentar el informe, Peter Jennings salmodiaba que eso demostraba «el fracaso de la política estadounidense». En los días anteriores a la elección la ABC y la NBC predijeron una victoria sandinista «con un amplio margen».

Una «exclusiva» de la NBC originada en Managua pero «confirmada» en Washington, reveló unas «negociaciones» totalmente ficticias entre la Administración Bush y el Gobierno sandinista. Ted Koppel montó su programa Nightline del viernes por la noche no sobre las elecciones sino acerca de la normalización de las relaciones entre Nicaragua y Estados Unidos tras la victoria sandinista. Su invitado, Jimmy Carter, tuvo que recordarle que todavía no se habían celebrado las elecciones y que las encuestas no eran necesariamente precisas en un país en donde la gente «tiene miedo de expresar sus opiniones a los extranjeros».

Al igual que explicó el congresista Stephen Solarz, uno de los pocos políticos con visión clara y valentía suficiente para ir contracorriente, en el show de MacNeil Lehrer, también muchos americanos parecían pensar que Nicaragua era tan transparente como Iowa, y que en un sufragio nicaragüense, al igual que en uno norteamericano, el candidato que cuenta con el coraje y la organización puede confiar en la victoria. Pero los millones de los sandinistas (procedentes de México y otros lugares) y sus validos no fueron suficientes para convencer a los nicaragüenses por haber destrozado su sociedad. La elección se convirtió en un referéndum sobre una década de dictadura.

Pero lo realmente singular sobre la comparación etnocéntrica de Nicaragua y Iowa fue que afligía a muchos de aquellos que durante años han venido diciéndonos cuán irrelevante es la «democracia al estilo americano» para lugares como Nicaragua. Los medios se equivocaron en este tema porque nunca se molestaron en revisar sus propias presunciones después de lo de Panamá y la Europa del Este. En su lugar lo que prevaleció fue, en palabras de Shirley Christian, «los resultados inevitables del Cuarto Poder».

Christian estaba escribiendo acerca de la descripción de los sandinistas que daban los medios antes de que alcanzasen el poder —como pluralistas, pragmáticos y patriotas en vez de los acérrimos marxistas-leninistas que siempre fueron. Muchos periodistas enfocaron las elecciones en Nicaragua con el mismo espíritu. No era el último episodio de una guerra republicana contra Nicaragua, una repetición de Vietnam.

Pero junto con la nomenklatura sandinista y Fidel, la gran perdedora en las elecciones fue la corriente de «liberalismo» americano post-Vietnam. Legiones de profesores juiciosos dijeron a la prensa que los nicaragüenses culpaban a los Estados Unidos de su situación desesperada, que los nicaragüenses consideraban a la oposición como a una marioneta de los EE. UU. sacada del mismo retrete que los contras mercenarios, etcétera. Pero el mito «liberal» contemporáneo de que los Estados Unidos son detestados universalmente por la gente común de Latinoamérica debería haber sido destrozado por las reacciones hacia las tropas americanas del pueblo de Granada y de Panamá. Y la idea de que la «democracia al estilo americano» sólo es atractiva para países industriales avanzados debería haber sido jubilada por Polonia, Rumanía y la Plaza de Tiananmen.

Los medios de comunicación no acertaron a enfocar este asunto adecuadamente. Pero también debe decirse que sin los medios, las encuestas y los observadores la nueva revolución nicaragüense nunca habría tenido lugar. Ellos transmitieron el mensaje desde la Europa del Este y Panamá. Y ellos pusieron la atención pública en los sandinistas de la cual no pudieron esconderse.

Nicaragua: todo será mejor

Hace años el jesuita padre Astorqui, de la Universidad Centroamericana de Managua, llevaba a cabo experiencias biológicas con voraces pirañas. Mientras conversaba con un amigo común trajo unos guapotes extraídos del río Tipitapa, cuyo destino era servir de alimento a las terribles pirañas. Ante el asombro de ambos, esa especie de besugos de río se revolvieron contra las pirañas y dieron buena cuenta de ellas. Aquello fue el origen de una comunicación científica del jesuita, pero para mi amigo fue un signo de nefastos presagios. Mientras me contaba lo sucedido exclamó a modo de conclusión… «de un país en el que los guapotes se comen a las pirañas hay que salir huyendo.»

Después vino el terremoto que arrasó Managua, la rapiña de los Somoza prosiguió con más intensidad su obra depredadora y, por último, expulsado el tirano y destruida su odiada guardia, la revolución sandinista inició su camino inexorable hacia la destrucción de las libertades de los que habían puesto su esperanza en la democracia como marco político de la paz y el trabajo.

Las numerosas trabas puestas a la oposición y el apoyo masivo al FSLN con los recursos públicos no impidió la victoria electoral de la UNO

Toda esta historia pasó velozmente por mi memoria mientras probaba con unos colegas europeos en Granada, al borde del lago Nicaragua, la deliciosa carne de unos guapotes a la brasa el día, histórico para ese pequeño país, en el que algo más de un millón setecientos mil nicaragüenses estaban decidiendo terminar con una época de frustración y enfrentamiento civil.

¿Será verdad que los guapotes comienzan a comerse a las pirañas? pensé mientras intentaba pergeñar un paralelismo entre biología y política. Terminado el ágape subimos a nuestro destartalado microbús y proseguimos las visitas a varias juntas receptoras de votos en pueblitos del área comprendida entre Managua y Granada.

Atrás quedaba el inmediato recuerdo de la enorme manifestación de apoyo al Frente Sandinista -enorme para la dimensión demográfica de Managua y su área- el día del cierre de campaña de Daniel Ortega y Sergio Ramírez.

Para el FSLN el objetivo era superar la concentración de masas que Violeta había conseguido reunir, en el mismo lugar, dos días antes para el cierre de la campaña de UNO.

Yo no estaba todavía en Managua, pero colegas y testigos calculaban en unas 2.000 personas los seguidores de UNO que, pese a la desaparición ese día del transporte público en Managua, se reunieron en torno a Violeta Chamorro y Virgilio Godoy.

Un partido de béisbol, deporte nacional en Nicaragua, que tenía que haberse celebrado ese día en Estelí, fue trasladado a Managua por las autoridades deportivas que abrieron gratuitamente la entrada al estadio y colocaron el partido a la misma hora del mitin final de la UNO.

Ese 22 de marzo, mezclados con el pueblo llano que, sudoroso y, en ocasiones bulliciosos, se dirigía como riada hacia la plaza Carlos Fonseca, fuimos testigos de la mayor concentración de masas que recordará Managua. Como la presencia de los candidatos ganadores se retrasaba decidimos irnos a Masaya y escuchar el mitin final por nuestra radio de bolsillo.

Ganadores

«Ganadores» antes de la votación y «todo será mejor», era el fondo de los mensajes que difundía la propaganda sandinista con insistente seguridad. Las encuestas americanas y la prensa internacional concentrada en el centro Olof Palme -por cierto regalado a Nicaragua por Holanda- entraban en resonancia con el mensaje sandinista. La puesta en escena garantizaba un acta notarial colectiva levantada por más de 2.000 observadores internacionales y 1.500 periodistas que deberían certificar la limpieza del proceso de votación y escrutinio. El grupo Carter, la Internacional Demócrata Cristiana, el Parlamento Europeo, la OEA y asociaciones como «Veteranos por la Paz», o Americas Watch, la Internacional Socialista y otras varias organizaciones públicas o privadas estaban «tácitamente» invitadas como testigos de la victoria electoral sandinista. Sólo Gallup y la encuesta dirigida por Jean Zune, asesor de la campaña de la UNO daba la nota discrepante a unas previsiones que no concedían a la Unión Nacional Opositora más de un 28 por 100 de votos.

Algo impresionados por el ambiente callejero y el clima en el Olof Palme, llegamos a Masaya pasando antes por una siniestra y pequeña fortaleza abandonada en una colina que domina la ciudad. Allí las mazmorras hablan de historias de torturas llevadas a cabo por la Guardia Nacional somocista. Historias similares a las que oí de boca de dos torturados por la policía sandinista, que contaban su drama a la señora Vence, de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. Son historias de sevicias, torturas físicas y síquicas, acusaciones de contrarrevolucionarios, prisiones clandestinas y al fin, más suerte que otros que perecieron o desaparecieron, la libertad. Sin la presión de organizaciones internacionales probablemente no podrían estar allí para contarlo.

De vuelta hacia Managua la presentación de Ortega y Sergio Ramírez se había retrasado tanto que pudimos escuchar su intervención ya en el hotel.

En el camino de entrada a Managua, un espectáculo insólito. Camiones, autobuses y toda clase de vehículos en dos y tres filas, aparcados a los lados de varios kilómetros de carretera, esperaban para devolver a sus puntos de origen a miles de manifestantes; muchos de ellos, habiendo hecho acto de presencia en la plaza, esperaban ya tumbados en los camiones el regreso aún antes de que Sergio y Daniel se dirigieran a sus masas. Algo evidentemente no encajaba con la aparente espontaneidad de horas antes.

Trabas previas

Pese a las numerosas trabas puestas por el Gobierno durante todo el proceso preelectoral y a la utilización prepotente de los medios del Estado con apoyo del Frente Sandinista, había una especie de acuerdo tácito y generalizado de bendecir las elecciones con un certificado de limpieza. «Hasta ahora ha habido fallos, pero no invalidan el proceso electoral», nos declaró horas antes de las votaciones Monseñor Bosco Vivas, secretario de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, que afirmó también: «sobre todo en el campo no era fácil inscribirse, ya que las mesas de inscripción estaban muy lejanas y grandes colas de militares impedían que se cumpliera el plazo de inscripción». «Hicimos notar al Gobierno que la distribución del tiempo -se refería a los medios de información entre los partidos no gubernamentales era muy injusta.»

«La seguridad del Estado presionó a muchos candidatos opositores, sobre todo en zonas rurales, para que se retirasen. Se lo dijimos al Grupo Carter y al OEA y algo se logró pero la presión aún persiste.»

Un censo incierto, un procedimiento administrativo de inscripción dificultoso, unos medios informativos sometidos por ley al control del Gobierno y casi 700 mil nicaragüenses en el exilio (la cuarta parte de la población total) de los que, aproximadamente, 500 mil tendrían, en condiciones normales, derecho al voto, no son precisamente las mejores condiciones previas para un proceso electoral. Pero el hecho de haber admitido los sandinistas la posibilidad de unas votaciones y un escrutinio bajo control internacional fue suficiente razón para que nadie tuviera un interés especial en invalidar un proceso en el que estaban puestas las esperanzas de paz.

En este marco de victoria cantada, presión agobiante de la propaganda oficial, de opinión internacional convencida de la victoria sandinista y con 700 mil nicaragüenses viviendo en el exilio, había algunos hechos que no encajaban. De las muchas personas humildes con las que hablamos en las calles y mercados ninguna afirmó que fuera a votar por el Frente. El machacón y simple mensaje: «El 25 en la 5», repetido hasta la saciedad, no parecía haber calado en las gentes.

Nuestra personal e informal encuesta callejera tuvo su final en el Mercado Oriental donde la miseria y la suciedad no eran impedimento para espontáneas muestras de los signos de victoria de la ONU. La sensación era de que muchos, demasiados, habían perdido el miedo. Y el 25 de febrero muchos nicaragüenses no votaron en la casilla 5 como habían pedido en su mitin Daniel y Sergio a las masas traídas a Managua.

Escrutinio limpio

La votación y el escrutinio fueron de un gran orden y limpieza. Los observadores internacionales nos pudimos pasear por casi todos los rincones de Nicaragua. La emisión del voto fue realmente secreta y en secreto los nicaragüenses escogieron la libertad.

La noche siguiente al anuncio de la victoria de Violeta Chamorro fue muy agitada y llena de toda suerte de incertidumbres. La radio sandinista había hecho continuas y vibrantes llamadas para que nadie entregase las armas, convocando a los militantes sandinistas para que se concentraran en la plaza cercana al centro Olof Palme. Después de una prolongada reunión de los nueve comandantes con más de 1.000 cuadros sandinistas. Ortega iba a dirigirse a sus seguidores.

Paradójicamente, el Ejército Popular Sandinista, con su voto, ha ayudado a la entrega del poder a la UNO

Un capitán español de la misión de la ONU, que nos encontramos casualmente cerca del restaurante «The Plaza», comentó a Joaquín Carreras, de Unión Democrática de Cataluña, que consideraba el momento muy tenso y que podía pasar cualquier cosa.

El discurso de Ortega ante sus masas de fieles, menos numerosas que en el fin de campaña pero más espontáneas, fue más bien dirigido a Violeta Chamorro y a la Unión Nacional Opositora, a la que expuso las condiciones para la entrega del poder. Básicamente: mantenimiento del Ejército y del Ministerio del Interior en manos sandinistas; desarme de la «contra»; e intangibilidad de los «logros sociales» de la revolución, entre los que se encuentran -sin duda- las casas y fincas confiscadas que ahora disfrutan comandantes y administradores del poder revolucionario sandinista. Como, por ejemplo, la que habita el propio Daniel Ortega, confiscada a Jaime Morales Carazo, que nunca tuvo nada que ver con el somocismo.

A los que estuvimos como observadores o periodistas en Nicaragua se nos repite insistentemente esta pregunta: ¿Qué va a pasar ahora allí? Profetizar no es nuestra misión, pero se pueden establecer unos datos que son incuestionables.

La economía de Nicaragua está destrozada. Cuando por 60 dólares te dan unos tres millones de córdobas y un plato de carne en un restaurante medio vale 250.000 córdobas, no hace falta ser economista para sospechar que algo no funciona bien. Si un médico cobra 100 dólares al mes y un maestro de básica unos 25 dólares mensuales, no hace falta ser ama de casa nicaragüense para sentir angustía. Cuando una ciudad casi inexistente se convierte en una urbanización de chabolas hechas con planchas de madera maciza, que en Europa costarían una pequeña fortuna, y parece más bien un cementerio de increíbles automóviles, no hace falta ser un politólogo para sentir diez años de ineficiencia, incompetencia y guerra. Violeta Barrios de Chamorro se enfrenta a una situación económica desastrosa. Esta situación se agrava día a día antes de la entrega del poder a causa de la ola de rapiña desencadenada sobre los bienes públicos por unos administradores que intentan consolidar situaciones personales de hecho, que mañana no podrían justificar en nombre de una revolución que la mayoría de los nicaragüenses consideran traicionada.

Problema militar

Un ejército mastodóntico, alimentado durante años por Cuba y la Unión Soviética, plantea un doble problema: su mantenimiento absorbería unos recursos imprescindibles para la reconstrucción económica, y su rápida desmovilización agudizará a corto plazo las dificultades de inserción en la vida civil. A pesar de esto, nada más conocidos los resultados electorales ha habido numerosas deserciones en el ejército sandinista. ¿Serían la vanguardia de los Judas a los que se refirió Daniel Ortega en su discurso postelectoral? Uno de los aciertos de la campaña de Unión Nacional Opositora fue apoyarse en los deseos de paz de aquellos que han sido obligados al servicio de las armas. Ha sido precisamente el Ejército Popular Sandinista el que con su voto ha ayudado a la entrega del poder a la UNO. El resentimiento que esto ha producido entre los altos mandos militares ha desencadenado una investigación del Servicio de Inteligencia sobre quiénes han sido los miembros del Ejército que votaron contra el FSLN.

El problema político que los sandinistas tratan de imponer al exigir el mantenimiento y control del Ejército no es sostenible ni desde un punto de vista democrático ni en el actual contexto internacional. La institucionalización de las fuerzas armadas, para desvincularlas del FSLN, requiere una reforma constitucional.

Hablando personalmente antes de las elecciones con el comandante Bayardo Arce sobre la hipertrofía militar nicaragüense, éste justificaba la existencia de este aparato de guerra no sólo en la existencia de la «contra», sino también en la superioridad aérea de El Salvador (Aic) (Evidentemente Bayardo Arce debía querer referirse a Honduras).

Respecto al apoyo cubano a Nicaragua, Bayardo Arce reconoció que «si los cambios en el Este afectan a la economía cubana podría sufrir Nicaragua ciertas consecuencias». Evidentemente, en los cálculos del Gobierno no entraba la posibilidad de un triunfo de la UNO. De ahí el intento desesperado de conservar el poder real mediante la pretensión de seguir controlando el Ejército y el Ministerio del Interior.

Sería una fórmula ya puesta en práctica en otros tiempos y otros países iberoamericanos en los que una fachada democrática esconde el poder de tutela de unos militares omnipotentes. Situación a todas luces inaceptable por las fuerzas democráticas de Nicaragua.

La Unión Nacional Opositora es una coalición de 14 partidos que podríamos englobar en tendencias; socialdemócrata, liberal, conservadora, demócrata cristiana y socialista-marxista. Mantener la unidad en esta delicada fase es condición indispensable para la consolidación de la democracia.

La Internacional Socialista puede tener influencia en la UNO a través de Carlos Andrés Pérez, amigo personal de la familia Chamorro. La Internacional Liberal apoya a Virgilio Godoy, del partido liberal. Los tres partidos que forman la tendencia conservadora de la UNO están internacionalmente apoyados por la IDU y tratarán de influir en la presidencia a través del COSEP.

En este esquema los democristianos, corriente política de notable influencia en Centroamérica, están representados por tres partidos que paradójicamente no han sido apoyados por la Internacional Demócrata Cristiana. Esta última jugó la baza de Erik Ramírez, del Partido Social Cristiano, que intentó jugar un papel de tercero -de bisagra- en las elecciones. El electorado lo castigó dejándole fuera del Parlamento. Se supone que la Internacional demócratacristiana replanteará sus apoyos.

Cuba

Durante las siete horas de encierro esperando a «Iberia» en el aeropuerto de la Habana, de donde las autoridades cubanas no me autorizaron a salir, todavía no sé por qué, intenté comunicar con mi prima Aitana Alberti, que vive desde hace algunos años en Cuba. Ninguno de los teléfonos de la terminal del aeropuerto en la que Leda, una profesora belga nacida en Cuba y yo estábamos confinados, funcionaba. Leda, profesora en Lovaina, que había asistido a las elecciones nicaragüenses como observadora por la Internacional Demócrata Cristiana, no podía tampoco salir del aeropuerto. Su caso sí tenía una explicación: su nacionalidad belga no es reconocida por las autoridades de Cuba por haber nacido en la isla, así que se exponía a no poder regresar si salía del área internacional del aeropuerto.

Por tanto, tuvimos varias horas para repasar los acontecimientos vividos esos días en Nicaragua. El taxista que nos llevó a Managua desde el aeropuerto Sandino, sentenció: «gane quien gane estas elecciones, algo tiene que cambiar en Nicaragua». Se quedaba corto. Algo cambiará, sin duda, en Centroamérica.

La sólida cabeza de puente que Cuba y la Unión Soviética habían establecido en el continente americano está siendo separada del tronco que la alimentó. El flujo que a través suyo fluía a la guerrilla salvadoreña, desestabilizada Guatemala, amenazaba Costa Rica y Honduras, y alimentaba a Noriega, ha sido cortado por unas elecciones democráticas que los duros del sandinismo no han dejado de reprochar a Daniel Ortega. El paso dado hacia la consolidación de la democracia en Centroamérica acerca un poco más a esos países hacia un horizonte de paz y progreso.

AYUDA ECONÓMICA DE USA

El presidente Bush ha propuesto el siguiente programa de ayuda económica a Nicaragua.

  1. ACCIONES INMEDIATAS
    • Levantamiento de todas las sanciones económicas, incluyendo el embargo comercial.
    • Veintiún millones de dólares de fondos existentes para proveer ayuda de emergencia, que incluirá alimentos, apoyo a la transición democrática, ayuda a la repatriación y reintegración de la Resistencia y los refugiados.
    • Medidas para restablecer la cuota azucarera nicaragüense y ayudar al gobierno de Nicaragua a reunir los requisitos para disfrutar del Sistema Generalizado de Preferencias y la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, como así también de las facilidades ofrecidas por el Banco de Explotación e Importación y la Corporación de Inversiones Privadas en el Exterior.
  2. SOLICITUDES AL CONGRESO PARA EL AÑO FISCAL 1990
    • Estos fondos se usarán para:
    • Restablecer la productividad mediante la provisión de abastos agrícolas esenciales (semillas, fertilizante, equipo), petróleo y material médico (aproximadamente 60 millones de dólares).
    • Financiar programas de empleo de emergencia (aproximadamente 10 millones de dólares).
    • Proveer para la repatriación y reasentamiento de la Resistencia y los refugiados (aproximadamente 45 millones de dólares), proveer ayuda técnica para reestructurar la economía (aproximadamente 1 millón de dólares).
    • Ayudar a pagar los atrasos, por valor de 234 millones de dólares, con las instituciones financieras internacionales (aproximadamente 50 millones de dólares).
    • Proveer respaldo a la balanza de pagos para reestructurar la economía (aproximadamente 75 millones de dólares).
    • Ayudar a financiar proyectos de desarrollo (aproximadamente 60 millones de dólares). Las actividades incluirán: apoyo a las instalaciones democráticas, reparación y mantenimiento de la infraestructura básica, educación y salud.
  3. SOLICITUD AL CONGRESO PARA EL AÑO FISCAL 1991
    • Doscientos millones de dólares para ayuda económica a Nicaragua durante el año fiscal 1991.

PATENTE DE CORSO PARA EL FSLN

La Asamblea Nacional, de mayoría sandinista, recibió el llamado «paquete de leyes» del presidente Daniel Ortega, que trata de mantener intactas las estructuras del poder sandinista, después del traspaso de mando del 25 de abril.

Una de las leyes permite a cada persona que esté en su casa, considerarla como propia, sin necesidad de escritura pública. La medida tiende a favorecer a los nueve comandantes del directorio sandinista y a millares de miembros del partido que se encuentran ocupando casas que fueron confiscadas.

Otra ley otorga personería jurídica a los llamados «Comités de Defensa Sandinista» (CDS), a fin de que puedan seguir ejerciendo sus funciones de espionaje de la ciudadanía, en beneficio del partido sandinista, aún después del 25 de abril.

La Asamblea Nacional ha acordado también una disposición que concede «inmunidad de por vida» al presidente Daniel Ortega y al vicepresidente Sergio Ramírez, así como al presidente y vicepresidente entrante, aunque a éstos solamente durante su mandato. La medida beneficia también a altos dirigentes del Estado y el ejército nicaragüense, diputados, magistrados de la Corte Suprema y directores de las empresas del Estado. Solamente 3 diputados se han opuesto a estas medidas.

Las claves de la transición

En 1975 España era muy diferente del país de 40 años antes. Las circunstancias del mundo en torno también. Una ruptura revolucionaria era imposible y, además, no la quería nadie. La Corona era una institución nacional, independiente, solidaria con la historia y, a la vez, presente en España. Bajo su inspiración y guía pudieran realizarse los tres grandes pactos nacionales: el pacto social, el pacto político, el pacto de Estado.

Pocas veces en la historia ha habido gobernantes con un poder tan absoluto como el general Franco durante la mayor parte de su régimen.

Pero, como toda realidad humana, no podía carecer de algunas limitaciones. Las del poder de Franco eran las representadas por la Iglesia católica, sin cuyo beneplácito él quedaría reducido de la condición de «capitán de una cruzada» a la de general «pronunciado»; el portaestandarte del anticomunismo en el mundo, fuera alemán, como durante la guerra germano-soviética, o, como sucedió después, americano, y el testamento de Alfonso XIII. Los límites del poder de Franco, por lo tanto, procedían de su origen mismo y del «problema sucesorio», es decir, de lo que vendría después de él.

El régimen de Franco tenía que evitar eventuales problemas con la Iglesia católica y al mismo tiempo alinearse en las filas de cualquier alianza de signo anticomunista, bien la encabezara Hitler bien el presidente Eisenhower.

La guerra civil de 1936 había dejado un país erizado de resentimientos. Era muy difícil una pronta pacificación, que, por otra parte, no se intentó seriamente desde ninguna de las dos trincheras. Poco después de terminada la contienda, un joven y clarividente ministro de Franco, Pedro Gamero del Castillo, tuvo el valor cívico y la lucidez política de proclamar en un discurso, en Gerona, que si no se lograba una fórmula de reconciliación, lo que los vencedores entendían como una «gloriosa guerra de liberación» o una cruzada, resultaría no haber sido otra cosa que una matanza fratricida. Tras la sorpresa del primer día, esas palabras fueron silenciadas enseguida y el orador no tardó mucho tiempo en alcanzar la preciada condición de ex ministro.

Por eso, cuando en la década de los cincuenta floreció ya en todos los países occidentales la concordia entre cristianismo y democracia, y la Iglesia apadrinó ese abrazo histórico, no faltaron franquistas de buena fe que gritaban alarmados que se había instalado en el foro mayor de la cristiandad un nuevo caballo de Troya.

Eso también tiene algo que ver con la transición. Porque actualmente es la Iglesia la que no quiere un estado confesional y la que proclama la libertad de las conciencias y que ésta fue siempre un valor cristiano. En consecuencia, la libertad religiosa prima sobre la vieja ecuación de Iglesia y patria o la de Iglesia y soberanía. Todavía a mediados del siglo XVII se había hecho la paz en Europa en torno al principio «cuius regio eius religio», y parte de las colonias americanas, que luego darían origen a los Estados Unidos, se crearon en virtud de una tolerancia que consistía en que los no conformistas de Inglaterra tuvieran libertad de cultos, si bien al otro lado del Atlántico.

Pero la actitud de la Iglesia, concentrándose en su misión religiosa y de inspiración moral y dejando el reino de este mundo a la decisión ciudadana y a la realización de los políticos, no es una de las claves de la transición política española, porque es cronológicamente anterior. Significa, sin embargo, la remoción de algo que en los años inmediatos a la guerra civil constituía un obstáculo preliminar para la reconciliación nacional al pretender la identificación de la españolidad y la ortodoxia católica.

La sucesión del régimen

El «problema sucesorio» empezó a preocupar al general desde los comienzos mismos de su mandato. Necesitaba conjugar dos aspiraciones: no ser un «poder interino» y que los libros de historia emparedaran el nombre del «caudillo» entre un rey y otro rey, y no en una lista de generales como los del XIX, o, de paisanos de chaqué como Alcalá-Zamora y Azaña, con sombrero de copa y todo en las grandes ceremonias.

De la «interinidad» -y de la monarquía habló el propio Franco en declaraciones a Luca de Tena publicadas el 18 de julio de 1937, antes de que estuviera mediada la guerra civil: «Yo no puedo ser un poder interino», dijo textualmente. Al mismo tiempo afirmaba que sería preciso que el príncipe que viniera un día a ceñir la Corona de España no se hubiera visto personalmente mezclado en una guerra entre compatriotas.

Franco nunca compartió su «mando» con ninguna otra persona o institución. Asumió la jefatura de un partido, para que no hubiera partidos y para mantener sometidos a la disciplina política de una organización a los funcionarios y responsables territoriales del Gobierno. Al mismo tiempo garantizaba con ello la existencia de una infraestructura mínima y escasamente ideológica, pero eficiente para organizar los actos de masas que necesita un régimen en el que no hay libertades públicas ni se practica el sufragio. Pero, precisamente por eso, Franco tuvo que mantener la promesa, de una restauración de la monarquía, si bien aplazando su realización de modo indefinido mientras él pudiera resistir y trataba de que la Corona no incurriera en las «veleidades democráticas y liberales» del siglo XIX o de la Restauración y los dos Alfonsos.

Porque él no pensaba en una monarquía cualquiera, sino en la tradicional e histórica, tal como había sido, más que descrita, imaginada por el tradicionalismo corporativista de Mella y de Pradera. Pero si mantuvo el principio del carácter teóricamente electivo, restringido a personas de linaje real, al exigir la continuidad con los llamados «principios del movimiento», y una permanente ambigüedad en cuanto a la persona, Franco supo siempre que él se hallaba encerrado en el marco del «testamento de Alfonso XIII»: es decir, ante una dinastía que quedaba reducida a la familia del conde de Barcelona.

La habilidad del general Franco para conservar un poder indiscutido vino a confluir de hecho con el sentido de responsabilidad y el patriotismo del conde de Barcelona. En virtud del primero, don Juan no aceptó nunca ser sucesor de Franco, que era el titular de un régimen personal de imposible continuación en el siglo XX, y que se asentaba doctrinalmente en principios incompatibles con los propósitos de reconciliación nacional y restablecimiento de las libertades que don Juan consideraba función principal de la Corona. Pero existió la convergencia entre los intereses políticos y los condicionamientos o limitaciones de Franco y el sentido nacional y del deber que animaba a la dinastía.

Por eso se educó en España el príncipe don Juan Carlos. Si éste no llega a venir aquí siendo niño, y se hace aquí mozo y hombre, habría resultado un extranjero en la patria de los suyos. Por eso, también, otros posibles aspirantes al trono, desde un Otto de Habsburgo, que a Franco le resultaba por una parte extranjero y por otra demasiado intelectual para rey, hasta un Alfonso de Borbón, pasando por los demás que en algún momento hubo, no fueron nunca en serio los candidatos de Franco. Dejó que los utilizaran, y los utilizó él mismo, en ocasiones, como aviso o amenaza ante los desviacionismos ideológicos y, sobre todo políticos, de la única dinastía posible: la definida en el testamento de Alfonso XIII.

Ya su mero emplazamiento geográfico situaba a España, después de la Guerra Mundial, en el hemisferio dominado por la Alianza Atlántica. Este universo ideológico y político abrazaba a nuestro país por sus fronteras terrestres, todas las cuales, hasta la mínima raya de Gibraltar, eran con países de la OTAN; y por sus extensas costas, junto a las cuales se paseaban los navíos de la VI Flota americana.

Desde que empezó a cernirse sobre Europa el fantasma de la guerra fría, la política atlántica necesitaba evitar riesgos revolucionarios en el interior de su ámbito geográfico. Pese a la retirada de los embajadores, pronto hubo un pacto tácito entre el régimen imperante en España y las potencias occidentales, que en 1953 se transforma en un tratado público, manifiestamente desigual para los intereses españoles, pero políticamente muy rentable para el sistema. Se relajaron las formas más visibles de presión en el interior de España y nuestro país comenzó a entrar furtivamente en la sociedad internacional, escalando poco a poco las agencias especiales de las Naciones Unidas, la propia ONU y, finalmente, la OCDE, llegando hasta el Acuerdo con las Comunidades Europeas de 1970.

Rupturas imposibles

Todo este proceso político, desarrollado a lo largo de varios lustros, eliminaba del horizonte cualquier posibilidad de ruptura revolucionaria y auguraba un mínimo de continuidad formal después del régimen de Franco, haciendo imposible un retorno de la legalidad republicana anterior a la guerra civil. Por otra parte, el conde de Barcelona ya en el Manifiesto de Lausanne, de 19 de marzo de 1945, había puesto de relieve que existía la opción de la legitimidad histórica de la dinastía, a cuyo amparo España podía recuperar las libertades y la democracia, que caracterizan a la ideología y a las formas políticas de Occidente. Al mismo tiempo ganaba terreno en la opinión mundial la hipótesis de que el régimen duraría lo que viviera Franco, y los españoles de dentro -e incluso los que permanecían en el exilio desde la guerra civil- se acomodaban a la idea de que así iba a suceder.

De esta situación política internacional, cuyo punto de partida más que un planteamiento ideológico era una decisión de Realpolitik de la Alianza Atlántica, se derivaron fenómenos como la búsqueda de un comunismo con rostro humano, que, pasando por la actitud del PCE ante la invasión de Praga, llegaría hasta la formulación del eurocomunismo; la extinción de todo vínculo político efectivo entre el exilio y sus colegas republicanos y socialistas del interior; la encarnación del nacionalismo catalán en nuevos ensayos organizativos, culturales primero y finalmente políticos, pero no representado por la vieja Esquerra de Maciá y Companys; así como la progresiva aparición de organizaciones socialistas en el interior, en sectores estudiantiles desde finales de la década de los cincuenta, o en grupos intelectuales y aun políticos, desgajados o independientes de hecho del legítimo partido socialista exterior, en el que, por otro lado, desde la muerte de Prieto en 1962, no había ningún líder con capacidad de atracción o con significación histórica para agrupar en torno a él algún tipo de clientelismo indiscutible. Quizá el PNV fue la organización política de la España republicana que mantuvo una mayor continuidad y mejores contactos entre el interior y el exilio: pero era la excepción de la regla general y, además, durante bastantes años fue poco operativo.

Por el contrario, ganaba terreno también progresivamente la posibilidad de una solución monárquica. El franquismo combatía la que representaba el conde de Barcelona, mientras que alentaba y acariciaba la que en un momento determinado pudiera significar su hijo, el príncipe Juan Carlos. Parte de la izquierda interior, de tradición liberal, republicana y neo-socialista, empezó a tomar contactos, como se decía entonces, con Estoril. La más joven estaba a la espera. Los observadores diplomáticos y los representantes de los servicios de información empezaron ya desde la década de los sesenta a especular con la llamada solución príncipe o a apostar por ella. La incógnita residía en saber si la futura monarquía tendría la voluntad y el prestigio para cambiar un sistema político que, necesariamente, en el clima democrático del mundo alrededor, tendría que acabar con el final de la vida de la persona que le daba nombre. ¿Querría la Corona el cambio? En caso afirmativo, ¿permitirían las Fuerzas Armadas que se pusiera en práctica? Pero nadie que tuviera un mínimo de información y contemplara un mapa podía dudar de que el conjunto de naciones democráticas y atlantistas, y las demás de Europa occidental, no deseaban otra cosa, aunque no la creyeran fácil o posible. Por eso, a los pocos días de la proclamación de don Juan Carlos como Rey, y al menor gesto, le abrieron un amplio margen de crédito político.

Pero de todo esto volveré a ocuparme en otro momento de este ensayo. Baste con decir aquí que el propio emplazamiento geográfico de España en el seno de la Alianza Atlántica fue otra de las claves o condicionamientos que propiciaban un determinado sentido para la transición.

Cambios demográficos y sociales

El desplazamiento demográfico empezó a alcanzar volúmenes que lo convertían en un hecho cualitativo en la década de los cincuenta, acentuándose la migración en los 15 años siguientes. Salvo el islote que representa Madrid, la meseta se despuebla, así como Extremadura y Aragón. Hay un desplazamiento del centro a la periferia -y a Madrid, ciudad industrial por primera vez en su milenaria historia-, y de los pueblos a las capitales. Igualmente se produce un trasvase del sector primario, principalmente de la agricultura, a la industria y enseguida a los servicios, que a veces es más acelerado que el proceso educativo o de preparación tecnológica para los empleados que el «desarrollo» y la relativa prosperidad económica que la década de los sesenta pedían.

Al mismo tiempo, hay una enorme emigración exterior de mano de obra española a Europa. Durante algún período se rebasa la cifra del millón de españoles trabajando al norte de los Pirineos: ciudades alemanas, belgas, francesas, etc., conocen verdaderos barrios españoles.

Lo que ahora nos importa a efectos del análisis de la transición es que los españoles se han mezclado, los de unas regiones con otras, en grandes números; que hay una inversión de las proporciones respectivas de la población rural y de la urbana; y que existe también un desplazamiento de los sectores del trabajo a lo largo del que la agricultura pasa de ocupar casi la mitad de la población activa a menos del 20 por 100, mientras que los servicios alcanzan a más de un tercio de los empleos u oficios y profesiones. En una palabra, acaeció que, en contra de lo que decían los lemas de la propaganda del turismo, España no cambiaba de piel, sino de estructura y era cada vez menos diferente.

En este gran trasvase se produce una reacomodación de los habitantes en sus nuevos territorios. Gran parte de los pobladores de las regiones de inmigración, que pertenecen a los estratos más jóvenes, son ya nativos o han sido educados allí de primera generación, deseosos de una integración cultural en el medio o muy propicios a ella. Tarradellas, con su larga experiencia y su fino olfato político, advirtió el problema y, al dirigirse por primera vez al público desde el balcón de la Generalidad en la Plaza de San Jaime, no dijo «Catalanes», como habían hecho Maciá en 1931 y Companys en 1934, sino «ciudadanos de Cataluña».

La relativa prosperidad económica de la década de los sesenta fue el resultado de una pluralidad de circunstancias. Hubo una coyuntura económica positiva en el Occidente, especialmente perceptible en una Europa que ya se había recuperado totalmente de los desastres de la Segunda Guerra Mundial; la acompañó una notable estabilidad política generalizada en los diferentes países de la zona, junto con un incremento del consumo y de la inversión sobre la base de una energía relativamente barata y unas monedas bastante estabilizadas. Y una política económica razonable.

Los españoles se beneficiaron de la demanda de trabajo europeo y por primera vez en nuestra historia el país exportó trabajadores y no sólo políticos desterrados. La experiencia de 10 años de democracia demuestra que esta emigración, principalmente obrera, no experimentó ningún tipo de politización sensible. Los socialistas del exterior sólo existían entre ellos mismos y en condiciones residuales, y los comunistas apenas intentaron algunas captaciones entre los emigrados de la región parisina, y con resultados muy exiguos. El hecho es que tras 10 años de libertades y sistema democrático no han aparecido políticos ni líderes sindicales de izquierdas que hubieran hecho sus armas fuera en condición de emigrantes, ni en el país en que vivían, ni en el seno de los compatriotas de su entorno.

Una consecuencia de los hechos recogidos en estas consideraciones es que las promociones españolas inmediatamente posteriores a la guerra civil, «pasaban» de política; igual se acomodaban a los condicionamientos del régimen de Franco -y eso en todos los escalones sociales- que a las democracias del exterior.

No se puede, sin embargo, por ello acusar de la pasividad a esa generación española, puesto que fueron su esfuerzo, su capacidad y su dedicación al trabajo los que convirtieron las estructuras españolas en las de un país moderno, realizando la industrialización, introduciendo nuevos saberes y tecnologías y modernizando la cultura nacional.

La obra de esa generación contribuyó mucho a la modernización o europeización de la España aislada, como se decía en el primer tercio del siglo. A ella pertenecen los economistas, los hombres de negocios y los ingenieros que renovaron nuestras empresas; los científicos y profesores que colocaron en cotas internacionales muchas de nuestras disciplinas universitarias; los técnicos y los obreros especializados que se adaptaron, quizá fuera de las fronteras españolas, a tecnologías que luego se aplicaron aquí. Pero hay que afirmar, que por lo menos durante los 20 años que transcurren entre mediados de los cincuenta y la mitad de los setenta, que coinciden cronológicamente con la segunda mitad del régimen del general Franco, si bien desde el punto de vista político, y del desarrollo de las libertades no se hicieron progresos perceptibles, sí se produjo una modernización tecnológica, estructural, cultural y científica en España.

Lo dicho basta para concluir que bajo el monolitismo político de un sistema, que más que tal cosa era un andamio administrativo y de mando para garantizar la presencia intranquilizada en su vértice de una determinada jefatura de Estado, había cambiado muy profundamente la realidad española.

La institución nacional de la Corona

Toda esta larga y en ocasiones penosa historia había estado flanqueada por la continuidad de la dinastía española que, sin confundirse con el régimen político y guardando las saludables distancias de que fue tan celoso vigilante el conde de Barcelona, se mantuvo en relación con un número de personas y de instituciones suficiente para que haya que proclamar que no había perdido el contacto con el país.

Don Juan había ido dibujando -desde el año 43- el perfil de una institución que fuera capaz de acoger en su seno la reconciliación nacional al término del siglo y medio de las llamadas guerras civiles. Era un proyecto más ambicioso que el que bajo la inspiración de Cánovas y con la ayuda de Sagasta se produjo en la Restauración del siglo anterior. Porque ésta había dejado fuera del regazo nacional a los republicanos del interior, a los del exilio conspiratorio, por el otro lado, a los carlistas e integristas. Tampoco acertó la Restauración del XIX, a ofrecer espacio a las nacientes izquierdas socialistas, ni a los nacionalismos que emergían primero en Cataluña y enseguida en el País Vasco. Estas nuevas realidades políticas acabarían siendo espinas clavadas en la nación.

Durante los años finales del régimen de Franco, los celos políticos y los prejuicios del jefe del Estado respecto de la persona del conde de Barcelona, unidos a la voluntad de muy destacados franquistas de buscar una continuidad imposible y una especie de «caetanismo» a la española, llegaron a producir la falsa impresión de una escisión dinástica o de una rivalidad personal, inconcebibles a la altura de los tiempos actuales. Pero a los pocos días de la muerte de Franco, don Juan Carlos, proclamado Rey, anunciaba su decidida voluntad de aplicar el programa político tantas veces enunciado por su padre de ser el Rey de todos los españoles, respetando en la medida posible las formas de una legalidad respecto de la que esas mismas palabras contenían la promesa de cambiarla inmediatamente. El primer discurso de don Juan Carlos, todavía ante las Cortes Españolas que habían sido las de Franco, fue otra de las claves de la transición.

Los partidarios de la ruptura revolucionaria del curso normal de la Administración y del Estado tuvieron que empezar a adoptar una posición de cautela, al ver que todo el Occidente amparaba con la presencia de sus más altos dignatarios la proclamación del nuevo Rey; que el pueblo se mostraba propenso a aceptarlo en el Trono y las Fuerzas Armadas en el mando, con serenidad y con esperanza; y también que pasaba algo, en cuanto a la legitimidad histórica de la dinastía, que casi nadie sabía bien qué era, pero que significaba claramente que el padre del nuevo Rey contemplaba con simpatía la nueva Restauración. En efecto, a los pocos días de su proclamación como Rey, don Juan Carlos recibía un mensaje reservado y fehaciente mediante el cual el conde de Barcelona ponía en sus manos los derechos históricos y la titularidad de la dinastía, para dar forma y hechura pública a esa transmisión en el momento en que fuera más conveniente para los intereses nacionales de España. Don Juan se convirtió así, inmediatamente, en el más desinteresado colaborador del nuevo Rey. Porque don Juan no fue ni quiso ser nunca el mentor del Rey, ni su inspirador, sino un colaborador más, especialmente significado por su propia condición. El centro de las decisiones estaba en la Zarzuela. La responsabilidad era de don Juan Carlos. Su hijo podría hacer, como preveía el conde de Barcelona, cambios que a él no le hubieran permitido llevar a cabo las resistencias de un sistema político y social que todavía estaba en pie.

Es cierto que al principio dio la impresión de que se perdía tiempo y de que las cosas iban más despacio de lo que hubiera sido deseable. Pero también hay que reconocer que entretanto se empezaron a disipar recelos; se establecieron los primeros contactos directos e indirectos con la otra orilla, la de la España marginada, y a poco más de seis meses de la muerte de Franco era posible cambiar el Gobierno y designar uno nuevo que tenía ya el mandato regio de realizar la transición.

No bastaba en 1976 un pacto de la Corona con una representación popular por auténtica y legítima que ésta fuera. En 1812 la Constitución era presentada como un pacto de esta especie: pero con la singularidad de que no se había contado con una de las partes, en este caso la Corona. En 1876 el pacto fue entre la institución monárquica, sostenida por las Fuerzas Armadas, y los políticos representados por los antiguos de la Unión Liberal como Cánovas, y los también veteranos del sexenio revolucionario como Sagasta, que había gobernado con Amadeo y al que pronto acompañarían antiguos republicanos.

Los tres grandes pactos

En 1976, el pacto era más complejo, porque tenía que estar integrado por una variedad de acuerdos sectoriales distintos. Hacían falta los tres grandes pactos, que yo he enumerado muchas veces ya desde hace 15 años. El Rey alcanzó muy pronto el prestigio y la autoridad para que todos le escucharan y disfrutaba del crédito político personal suficiente para avalar la acción de su Gobierno, y, especialmente, de un Gobierno que había sido designado precisamente para eso.

Los tres grandes pactos serían el pacto social de empresarios y trabajadores, que al principio revistió formas rudimentarias, se institucionalizó en los acuerdos de la Moncloa, se consolidó al tiempo que se reconocían las centrales sindicales y se creaba la patronal y que ha tenido sus versiones sucesivas en los acuerdos sobre salarios y empleo.

Otro pacto, previo a éste, era el pacto político entre la izquierda, el centro y la derecha: se plasmó finalmente en la Constitución del 78, pero se empezó a aplicar casi 30 meses antes, cuando el presidente Suárez se reunía con la «Comisión de los Nueve»; prosiguió después con la Ley para la Reforma Política, que demostró a los partidos que no acababan de creer en ella que la opinión española la aceptaba por una inmensa mayoría, y siguió por unas verdaderas elecciones en que todos tenían derecho a voto y en las que todos los partidos podían presentar candidaturas.

El tercero fue el pacto nacional entre el Estado y las regiones, que encauzaba las reivindicaciones catalana y vasca, y hacía aceptables para el resto de España esas autonomías mediante la extensión del proceso a toda la nación.

Una batalla tan larga y en tantos frentes no podía librarse sin que hubiera bajas. La más penosa, por el vacío generado, ha sido la de la UCD. Pero, en favor de sus responsables, hay que decir que constituía una combinación altamente inestable de intereses políticos diversos y aun opuestos entre sí.

Frente a ella se irguió como oposición el actual partido del Gobierno que ganó por primera vez a los cuatro años de la Constitución.

¿Cuál fue la dimensión histórica del triunfo socialista del 82 y las claves que lo explican?

Estas últimas, a mi juicio, están bien claras. La organización centrista había desmontado el andamio político del Estado heredado, había administrado decorosamente bien, había extendido sobre las viejas heridas históricas de medio siglo o más el benéfico bálsamo de la concordia, y ya, después, carecía de razón que justificara su persistencia o de argumentos para mantener unidos en torno a sí dos apoyos de votos distintos: el de centro, progresista y modernizador, y otro a la derecha, que no dejaba de resentirse, porque en muchos órdenes pensaba que se había ido más allá de lo debido.

Estas y otras circunstancias propiciaban la victoria de la izquierda en las elecciones del 82.

¿Formaba este último episodio parte de la transición o era una consecuencia de que ésta ya estaba terminada?

«Quot capita tot sententiae»

El Partido Socialista obtuvo una mayoría parlamentaria absoluta y casi la mitad de los votos emitidos merced a una buena y hábil estrategia y sobre las alas de un programa utópico, que prometía un horizonte sonrosado de felicidad y paz, igual que las tarjetas de Navidad. Trabajo para todos, o al menos para 800.000 personas; salida unilateral de la OTAN, y casi el final de los males del mundo, más una permisividad social sin ninguna constricción de disciplina pública, para lo que se reformarían los códigos hasta dejar en cuadro las prisiones entre otras muchas cosas más.

El realismo que imponen siempre las tareas de Gobierno ha mantenido los hechos a distancia de las primitivas aspiraciones. No obstante, los años socialistas habrán contribuido grandemente a la consolidación del sistema. Hace algo más de 60 años, en el Reino Unido, que entonces aún era un Imperio, el retroceso de los liberales y la escisión que todavía, hasta después de la crisis del 29, existía en las filas conservadoras, llevó por primera vez a un primer ministro socialista -con Gobierno, de coalición- a la cabeza de un gabinete británico.

Lo que un cuarto de siglo antes era impensable había tenido lugar. En España, entonces, suspendida la Constitución, estaba gobernando el dictador Primo de Rivera. Había ocurrido que el sistema de 1876 no había logrado asimilar las nuevas realidades.

Ahora gobiernan en Cataluña y Euskadi los partidos nacionalistas, en el Estado el PSOE; en varias comunidades autónomas y grandes ciudades también. Pero lo esencial es que haya un sistema y que el sistema funcione: que en las elecciones no sólo haya variedad de papeletas para votar, sino una mínima diversidad de posibles gobiernos para elegir. Así será cómo, bajo el amparo tutelar de la Corona, habrá alternativa y funcionará el país: en el escalón superior del Estado, en las Autonomías y en la Administración urbana.

La suprema institución de la Corona no entra, ni debe entrar en el juego de los partidos, y mucho menos todavía en el de los políticos, aunque éstos sean los que en un momento dado tienen la responsabilidad de dirigir el Estado. Porque una de las claves de la consolidación y de la continuidad de la transición es que los gobiernos son para una legislatura, el Rey para una generación y la dinastía para la historia.