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Ver productosCada vez que los sociólogos analizan sus trabajos de campo sobre los comportamientos sociales de los latinoamericanos, los resultados suelen ser idénticos: básicamente, aquéllos demandan educación y cultura -antes que otra cosa-, pues se hallan convencidos de que con ambas se consiguen los empleos y se asciende en la escala social. Tan simple y reiterado planteamiento revela la presencia de una necesidad constante e insaciable: la de mejorar, intensiva y extensivamente, la acumulación de capital humano como clave fundamental y estratégica de América Latina; en puridad, su verdadera tabla de salvación cara a un futuro mejor.
No puede extrañar a nadie la persistencia de la demanda educativa y cultural latinoamericana, puesto que el continente padece gravísimas carencias crónicas: analfabetismo real y analfabetismo funcional -la televisión los potencia fuertemente-; absentismo y fracaso escolares en preescolar, primero y segundo grado; docentes mal pagados y no considerados socialmente; instalaciones mal dotadas e insuficientes; y unos presupuestos públicos en educación y cultura ridículos, dadas las elevadas tasas demográficas -¿por qué gasta América Latina tantas divisas en adquirir armamento?-. La deuda cultural latinoamericana viene de lejos y, desgraciadamente, está consolidada. Los efectos negativos de esa pesada losa se manifiestan no sólo en las estadísticas sino que se pueden ver en las calles y los campos latinoamericanos, dramáticamente.
La ciencia, la investigación y la tecnología son los marginados del acervo cultural-educativo de Latinoamérica
Lo más significativo de la cultura latinoamericana contemporánea es, a mi juicio, la falta de muchas materias técnicas y científicas y el que tampoco se emplean los métodos adecuados de aprendizaje de las habilidades y los conocimientos que exigen dichas disciplinas. Así, la cultura latinoamericana, basada principalmente en las Humanidades, al no poseer las herramientas para ensamblar y articular armónicamente presente, pasado y futuro no tiene la menor posibilidad de generar las capacidades y condiciones requeridas para modificar la realidad desajustada y, menos aún, para trascenderla con opciones mejores y más modernas. Por lo general, la cultura latinoamericana se limita a transmitir la herencia humanística recibida.
En América Latina tanto la cultura como la enseñanza propiamente dicha han consistido en vivir de espaldas a la perentoriedad científico-técnica. Un caraqueño eminente, Andrés Bello, ya se lamentó del hecho en el pasado siglo, preguntándose: «¿Estaremos condenados todavía a repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea sin atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales, a darles estampa de nacionalidad?». Es cierto que el legado hispánico se trata de un legado incompleto, trunco. Ortega y Gasset lo dijo en 1911: «España no ha contribuido para nada a la historia moderna de las ciencias fundamentales».
España trasladó a América su bagaje cultural y sus saberes -los del medioevo- y allí han permanecido sin grandes alteraciones, al cabo de los siglos. (Fue únicamente México -menos en Colombia y Chile- donde las ciencias y lo científico alcanzaron cotas considerables y de reconocido relieve.)
Los colegios religiosos y las Universidades de Salamanca y Alcalá impulsaron poderosamente los estudios clásicos, y sus modelos humanísticos y escolásticos fueron trasladados y reproducidos miméticamente en la otra orilla: de literatos, juristas y clérigos está llena la historia latinoamericana. Esta conformación histórico-estructural -con impronta universitaria elitista- ha condicionado decisivamente el desarrollo cultural, político, social y económico de los pueblos que habitan el continente latinoamericano -su gran pariente pobre, la enseñanza primaria, como secuela de una lacerante falta de igualdad de oportunidades-.
La dimensión cultural latinoamericana de hoy -agredidas sus pautas de consumo por miles de estímulos contradictorios muy norteamericanos y por una abrumadora masa de información imposible de digerir- convoca a un urgente replanteamiento: el adecuado a unas sociedades necesitadas de un desarrollo integral, más equilibrado y sostenido. Pero no se trata de eliminar los valores que caracterizan, definen y diferencian, sino de incorporar otros distintos que el mundo contemporáneo, en veloz mutación técnica y con referencias móviles, ofrece.
Alain Touraine, sabedor del agotamiento de los mitos de la razón y de la revolución, manifestó no hace mucho tiempo: «Defiendo la existencia de una nueva modernidad que sea capaz de combinar la razón y la subjetividad». América Latina está muy lejos todavía de esa modernidad.
La cultura como propuesta plural y crítica y como tensión de diálogo, no sólo son textos; «son», también, ideas e imágenes. En la cultura de este fin de siglo los contenidos y las ofertas culturales ofrecen una creciente interrelación a causa de los continuos avances científicos y tecnológicos. Pero en el espacio latinoamericano, la ciencia, la investigación y la tecnología son hoy más que nunca los grandes marginados del acervo cultural-educativo. Sus métodos de estudios o están anquilosados o son calcados: se copia -y mal- lo extranjero y se importan las tecnologías foráneas a unos precios abusivos, de escándalo.
La región latinoamericana -tan dependiente de los centros occidentales- padece un subdesarrollo científico-técnico evidente, cuyos elevados costes son insostenibles por más tiempo. Severo Ochoa afirmó que la primera medida a tomar es «crear el clima» para la ciencia. Ese medio ambiente científico no se prodiga en América Latina. A ello se añaden los magros recursos dedicados, la ineficacia en la gestión, la descoordinación global y la dilapidación de esos recursos. Las deficiencias saltan a la vista: en América Latina se gasta poco y mal en formación técnica y en investigación científica y desarrollo tecnológico, aun cuando la solicitud social y laboral está ahí, esperando ansiosa. Responder y atender tan angustiosa llamada parece obligado: contribuiría a quebrar la dialéctica del tenebroso e injusto «Diálogo Norte-Sur».
Ahora bien, la independencia y la madurez culturales no se logran cerrándose los agentes culturales en «numantinismos» trasnochados y provincianos, sino abriendo de par en par las ventanas de la cultura nacional a otras influencias. Con ideologismos absurdos y sectarios, con resistencias administrativas y corporativismos de vieja laya, sólo se llega al paulatino empobrecimiento cultural colectivo y a la mediocridad y pacatería de docentes, creadores e investigadores.
También la cultura política, la cultura militar, la cultura económico-empresarial y la cultura sindical latinoamericanas se ven aquejadas de corruptelas, malformaciones y viciadas querencias, perjudiciales para el conjunto de la sociedad: en casi todas ellas ha primado la controversia ideológica y el control del poder, en lugar de la imprescindible búsqueda de áreas de consenso y de soluciones globales. Las carencias de estas culturas específicas han contribuido decisivamente a engrosar la imponente deuda cultural de América Latina que, para rebajarla, exigirá generosidad y largueza de miras, así como un riguroso y sostenido esfuerzo.
Es lamentable que los dirigentes políticos, militares, empresariales y sindicales latinoamericanos hayan estado apegados, desde la Independencia, a la consecución de beneficios particulares inmediatos en régimen de monopolio, cuya norma básica ha consistido, cuando menos, en la eliminación de la discrepancia o, de no ser ésta suficiente, en el aniquilamiento del contrario. Por su parte, algunos intelectuales supuestamente conspicuos de la región han malgastado -y continúan malgastando- sus conocimientos en abanderar presupuestos ideológicos maniqueos sobrecargados de esquematismos irredentos, y cuya aplicabilidad ha sido y será imposible: las demandas sociales reales son ajenas a las utopías que ellos auguran por medio de discursos mesiánicos, apasionadamente expuestos.
Los fines de la cultura de este fin de siglo no se restringen, sino que se multiplican y ensanchan: tiene vocación de divulgación y democratización, además de presuponer la completa y definitiva realización de los individuos y las colectividades latinoamericanas: la identidad cultural propia, un ámbito de pluralismo ideológico, el ejercicio pleno de los derechos y libertades fundamentales, una política cultural descentralizada, la educación permanente como derecho inalienable y los beneficios que reportan las sinergías y los intercambios culturales para un mejor entendimiento mutuo, incluidos el de los disidentes y las minorías, para un desarrollo más equitativo y enriquecedor de las experiencias respectivas. Además, la democracia se constituye en motor fundamental de la nueva cultura, y ésta, a su vez, colabora a que la democracia no se quiebre ni se prostituya.
De añadidura, con la nueva cultura se pretende avanzar en la resolución de las desigualdades socioeconómicas. Esa es su máxima esperanza y su máxima ambición. Ambas aspiraciones coinciden en que la primera atención de la cultura se centra en reinventar o recuperar al ser humano, ese gran olvidado de la cosificación impuesta por el consumo de masas, alienante y ostentoso en su vulgaridad. Recuperando el ser humano se pone coto a los mitos con pies de barro: la trivialización de la existencia, el etiquetado superficial y anodino, la «tecnolatría» y la eficacia por la eficacia. Una sociedad no es sólo un mercado, es algo más importante y muy complejo. La nueva cultura es integral porque su eje fundamental no es otro que la dimensión humana; y los elementos que emplea para su conformación y desarrollo no adquieren la categoría finalista sino que, simplemente, constituyen una herramienta, un medio. La nueva cultura aspira a ser útil al hombre; la nueva cultura se prefigura como un esquema totalizador puesto al servicio del ser humano, y no al revés.
Los pueblos latinoamericanos cuentan con una base cultural común -americana, europea y africana-, que no es rígida ni homogénea, sino plural y simbiótica. En esto radica su grandeza y su peso específico: es el signo de su otredad. Pero, como escribió Octavio Paz, «si América quiere encontrarse a sí misma debe partir de Europa, porque sólo la cultura europea posee formas capaces de resistir, sin romperse, todos los ingredientes nativos». La nueva cultura que se propone se dirige a reafirmar esa especifidad, a realzar -y potenciar- ese rasgo distintivo y único, el de la síntesis cultural, derivada del mestizaje. Ello, sin embargo, no lleva implícito repudiar el estado avanzado de la ciencia y la tecnología contemporáneas; hay que conjuntar lo humano y lo técnico.
Un historiador alemán, viejo enamorado de la sonoridad de las palabras, el ritmo y la belleza poética, expresa en sus memorias lo siguiente: «En el fondo, en los otros países, como en España, yo buscaba siempre lo familiar; lo totalmente ajeno me asustaba». Basándome en el aserto de Golo Mann considero principal la participación de España en el desarrollo cultural de América Latina: hondas raíces comunes de índole cultural, política, histórica, económica, familiar y amistosa avalan el envite. España es una parte de Europa en América. Y lo americano de España irradia con personalidad propia en la geografía europea. Esa doble condición -y dimensión de lo español y lo americano- refuerza la complementariedad de la cooperación cultural. Además, el ingreso de España en la CEE es un activo adicional de enorme significación a jugar que enriquecerá esa tarea común que en el plano teórico se perfila: para abrir nuevos cauces de cooperación, para facilitar mayores y nuevas oportunidades, para diversificar las acciones y equilibrar las relaciones. Y esto no es un llamado al etnocentrismo sino una proposición radical de solidaridad y encuentro duraderos.
En las memorias diplomáticas del fallecido embajador Pedro de Arístegui -su misión en Managua se extendió de 1977 a 1980- leo una frase reveladora que suscribo: «Hay que ir a América y vivirla con el corazón y la voluntad, para comprobar la verdad que encierra eso de la Hispanidad».
Es cierto que el momento presente de América Latina se dibuja plagado de desajustes sociales -con aterradoras bolsas de marginación y miseria en grandes núcleos urbanos- y desequilibrios económicos básicos -los ingresos reales están a niveles de hace 15 años. No es tiempo de euforia, sino de escasez y sobriedad, en donde destacan negativamente un gasto público lastrado por desmesuradas, corruptas e ineficientes burocracias; y una terrorífica deuda externa y su servicio anual, que devoran insaciablemente los ingresos por exportaciones y paralizan cualquier proyecto de inversión razonable en una coyuntura internacional mejor a la de 1981, pero frecuentada por sacudidas monetarias y atisbos proteccionistas.
No obstante, la fragmentación social de las naciones latinoamericanas -sus sociedades cuentan poco en todo lo relativo a las decisiones políticas y económicas importantes- no puede ocultar el hecho real de la interdependencia en asuntos culturales, comerciales, financieros y tecnológicos.
Por todo ello, una solución política de la deuda externa, acompañada de un renovado flujo de recursos financieros, y unas políticas económicas no voluntaristas ni utópicas -incluyendo, claro está, la disciplina fiscal y el cese de la fuga de capitales- es la única combinación posible para superar la crisis. Las democracias latinoamericanas, con el respaldo internacional obligado, tienen que actuar, gestionar y proyectar con rigor económico-contable y asignar y utilizar los recursos eficientemente, huyendo de las demagogias fáciles -sean populistas, sean revolucionarias- para, así, promover la cultura, la educación, la ciencia y la tecnología latinoamericanas. Es la sola forma para que se consoliden los todavía frágiles sistemas democráticos y se sienten definitivamente las bases del desarrollo económico y social que las mujeres y los hombres latinoamericanos vienen demandando históricamente y con razón y, a veces, de modo excesivamente airado. Pero intentar imponer por la fuerza recetas y modelos mitificados pero fracasados en la práctica que no tienen en cuenta la racionalidad y eficiencia económica es distorsionar la complejidad de las demandas sociales reales y adulterar el concepto del interés general -el beneficio o utilidad social-.
Resulta asunto principal aumentar considerablemente la contribución de la cultura y la educación al PIB de América Latina. No hacerlo es admitir que no hay voluntad política de saldar la enorme deuda cultural, lo que conducirá a perpetuar el subdesarrollo y la dependencia de unos pueblos que no merecen una crisis tan grave, tan profunda y tan prolongada. No habrá visos de erradicar para siempre la deuda externa de América Latina si previamente no se encarrila de modo fluido y permanente la deuda cultural que constriñe -incluso paraliza- cualquier acción de largo aliento. Para llegar a ser realmente autores de su propio destino y hacedores de su propia historia, los latinoamericanos tienen que convertir su deuda cultural en un activo de amplio y profundo espectro. Los españoles estamos obligados a contribuir a este trascendental desafío de América Latina.
Se entiende por fusión nuclear –dice Alvarez Rivas– el proceso que consiste en hacer reaccionar los núcleos atómicos más ligeros de que disponemos, los núcleos de hidrógeno o protones, para que formen uniéndose, fundiéndose, núcleos más pesados. En este proceso la masa del núcleo más pesado, la masa del producto de la reacción, resulta algo menor que la suma de las masas de los núcleos que reaccionan. La diferencia entre estas dos masas se convierte en energía, una cantidad astronómica de energía, que puede liberarse originando una explosión gigantesca (bomba de hidrógeno) o bien mediante sistemas en los que la gran energía que produce se libere de modo controlado, y pueda aprovecharse, consumirse en procesos útiles.
-¿Qué característica de la energía de fusión le parece más importante desde un punto de vista social?
-Que se trata de una fuente de energía inagotable, pues se emplea el agua como materia prima para producir hidrógeno. Por eso podrán utilizar esa fuente los que dispongan de la tecnología precisa, ya que todo el mundo tiene fácil acceso a las materias primas necesarias. Las características que señalo permiten prever, para la energía por fusión, un impacto socioeconómico de primera magnitud, algo parecido a lo que supuso en tiempos anteriores de la humanidad, el descubrimiento del fuego o de la rueda.
-¿Y la colaboración internacional? ¿Quedará malparada por los proyectos de fusión de las grandes potencias?
-Todo lo contrario, usted sabe que, además del europeo, existen en la actualidad tres grandes programas de fusión nuclear: el americano, el japonés y el ruso. En España tenemos una asociación constituida por EURATOM y el CIEMAT que desarrolla el proyecto de fusión español integrado en el europeo. Puedo asegurarle, como dato de experiencia, que tanto el volumen de dinero que se maneja en estos proyectos, como el modo de trabajar de los científicos y técnicos que los ejecutan, llevan de la mano a un clima de solidaridad internacional: todos los resultados se publican o se comunican a los demás: no hay secretos. Y, por referirme a Europa, el desarrollo del programa europeo de fusión ha sido desde el comienzo y continúa siendo una prueba experimental de que la unidad europea, la colaboración leal entre todos los pueblos de Europa, es posible. Los programas actuales de fusión serán en primer término motor poderoso para el avance de la ciencia y de la tecnología en la mayoría de sus ramas, pero también desempeñarán un papel importante en la tarea de acercar a las personas. Les distingue el signo más: no tratan sólo de unir núcleos de hidrógeno para obtener energía ilimitada, sino también de unir voluntades.
-Usted ha vivido desde 1958 la aventura de la investigación en un campo tan próximo al de la física nuclear experimental española. ¿Podría decirnos si hemos avanzado mucho en este campo?
-Sí, me puedo referir a esta cuestión, aunque me temo que no haya habido mucho avance: usted juzgará. Precisamente en 1958 comenzó a funcionar el reactor experimental de la JEN. Entonces se invirtió muy poco para hacer investigación experimental. Durante el tiempo que estuvo en funcionamiento el reactor, trabajó especialmente en la preparación rutinaria de isótopos radiactivos para fines médicos, con unas asignaciones muy bajas para mantenimiento y muy poco personal. La situación llegó a su término a mitad de la década de los 80, cuando se decidió clausurar el reactor. En este momento, por tanto, España no tiene ningún reactor con fines de investigación y el bagaje de conocimiento nuclear que hubo en la JEN durante los años sesenta y setenta ha desaparecido en gran parte del actual CIEMAT. Los científicos españoles que necesitan neutrones para su trabajo pueden acudir, si quieren irradiar muestras, a Petten (Holanda), una instalación del Joint Research Center de la CE, y se ha de pagar el servicio. Cuando están interesados en resolver otros problemas, como la determinación de estructuras cristalinas o magnéticas, por ejemplo, pueden dirigirse al Institut Laue Langevin (ILL), de Grenoble, un centro de servicios sostenido por Alemania, Francia e Inglaterra –también, por una aportación española simbólica–, donde no hay que pagar: sólo es necesario que el comité científico del Instituto acuerde que el problema que se quiere resolver tiene interés.
-¿No considera usted un avance que los científicos españoles que experimentan con neutrones, tengan acceso a esas grandes instalaciones?
-Eso sí es un avance, sin duda. Pero lo que quiero decir es que la física nuclear de bajas energías tiene poco desarrollo en España; y que los investigadores de los demás países de la CE, además de poder acudir a Petten o al ILL, cuentan con instalaciones propias, donde se genera todo el bagaje de conocimiento necesario para el empleo de las instalaciones supranacionales.
-¿No habrá algún otro factor que explique por qué el número de trabajos de investigación españoles en física nuclear de bajas energías sea tan escaso?
-Sí, y no sólo un factor, sino varios. Aparte de los condicionamientos de la sociedad española que conducen a esa situación, mencionaré un factor que opera no sólo en el ámbito de la física nuclear de bajas energías, sino en toda la física que se hace en nuestro país. Todos los profesionales de esta ciencia estamos de acuerdo en que sólo hay dos clases de física: física buena, bien hecha, válida, y física mala; pero hay una tendencia muy acusada a anteponer los aspectos teóricos a los experimentales, a olvidar de hecho que la base de la creación y del conocimiento científicos está en la experimentación. Y quede claro que me estoy refiriendo a un aspecto de la cuestión, porque si se mira en su conjunto a la física española actual, parece claro que su desarrollo desde los años 60 es muy apreciable. Antes de la Guerra Civil había en España muy poca física, aunque la que había era de muy buena calidad. Al acabar la guerra con lo poco que había, en 1940 hubo que comenzar de cero. Los investigadores jóvenes hubieron de implantarse en otros países. El objetivo de los años 60, publicar en revistas internacionales de índice de impacto elevado, puede considerarse alcanzado en líneas generales. Pero, e insisto, el peso de la física experimental básica debiera ser muy superior al actual.
-Se ha referido usted al objetivo de los años 60. ¿No cabría formular ahora, de cara al comienzo del próximo siglo, nuevos objetivos?
-No sólo cabría, sino que debiéramos definirlos cuanto antes. A mi juicio, habríamos de proponernos mantener y mejorar hasta donde sea posible el esfuerzo investigador actual en física básica; y, además, plantearnos algún programa científico muy ambicioso, de gran envergadura, de impacto social futuro profundo. Programas, como el de fusión, que exigen la cooperación estrecha de ramas muy diversas de la ciencia y la tecnología y que si bien han de proyectar en primer término sus beneficios sobre la sociedad que financia el esfuerzo investigador, pueden estar abiertos, cuando sea oportuno, a colaboraciones internacionales. Habría que elegir, entre todos los campos posibles (medio ambiente, transportes, comunicaciones…). Pero en cualquiera de estos campos hay que tener muy claro que no se trata de repetir lo que hacen otros, de ir a remolque, sino de hacer planteamientos originales. Para eso hace falta mucha imaginación y una gran dosis de audacia. Ninguna de estas cualidades nos falta. Por eso soy optimista.
Cuando abandono el despacho-laboratorio de Alvarez Rivas, queda sonriendo. No sé si tan contento como el ingenioso hidalgo cuando abandonaba la venta tras ser armado caballero, pero en todo caso sonriendo.
El anciano Erich Honecker, ex jefe de Estado de la República Democrática Alemana (RDA), de 77 años, y otros ex altos cargos comunistas cesantes vieron ayer cómo su lujosa ciudad residencial en las afueras de Berlín se transformaba en prisión. Al leer, varios meses después, este párrafo de una información de la primera página del diario El País, no encontrará el lector motivo alguno que le produzca extrañeza. Son tantos los cambios producidos, desde que se publicó el pasado 6 de diciembre esta información, que las zozobras particulares del dictador Honecker no producen curiosidad alguna. Su destino político y personal es cosa juzgada. Lo que inquieta y mueve al asombro es el horizonte que se adivina de una reunificación alemana y de las consecuencias, por descomposición, de la hecatombe del monstruo comunista.
Pero intente el lector hacer una prueba de lo que podría calificarse historia-ficción. Imagínese que hubiera leído este párrafo algunos meses antes de que se produjera el arresto, por ejemplo en las fechas en que la Universidad Complutense condecoraba con una medalla de oro al dictador comunista. No hace falta forzar la conjetura para suponer que hubiera creído que se trataba de un espejismo. Ningún signo externo permitía entonces predecir la catástrofe que aguardaba a la vuelta de la esquina el paso del dictador. Sin embargo, la perestroika había hecho sonar las primeras trompetas hacía algunos años junto a las murallas del totalitarismo soviético.
El párrafo que sirve de entrada a este comentario se publicó el mismo día en que se conmemoraba la Constitución Española. Algo más sugerente todavía que la alusión al arresto del hasta entonces poderoso Honecker merece la atención del glosador. Se trata de esa anodina y leve referencia a la «lujosa ciudad residencial», cuya somera descripción da por sobreentendido que el lector estaba al cabo de la calle en lo relativo a los «lujos» de la clase dirigente comunista. La información presumía que se trataba de un valor aceptado, pero, de hecho, ni ese periódico ni ningún otro que no resultase sospechoso por su tendenciosidad, había explicado ni descrito anteriormente en qué consistía esa presupuesta magnificencia.
Volvamos a la prueba imaginativa. Estímese cómo se hubiera considerado que algún periódico hubiese informado, mientras se condecoraba a Honecker con la medalla de oro de la Complutense, sobre los detalles de esa «lujosa ciudad residencial» que el 6 de diciembre el diario El País presentaba como una obviedad conocida. Para cumplimentar el experimento completaré la escena con otro detalle: pocas semanas antes de que Honecker fuese arrestado, los concejales socialistas del municipio coruñés de Corrubedo también propusieron condecorarle con la medalla de la localidad. El arresto estropeó la fiesta prometida. Repárese ahora en el horizonte de sugerencias que se desprende de la combinación de estas dos anécdotas, sólo en apariencia insignificantes: un presidente comunista al que un claustro universitario liberal condecora, y, posteriormente, un ayuntamiento socialista que propone su homenaje pocas semanas antes de que se produzca su desenmascaramiento definitivo.
Lo que se advierte tras los ejemplos es algo más que una suma de casos: el perfil de una actitud. Basta hacerse una pregunta casi trivial por su simplicidad. Pero, ¿cómo? ¿es que la «lujosa ciudad residencial» estuvo escondida como la guarida de Hitler?, ¿acaso nació por generación espontánea de la noche a la mañana?, ¿era imposible para los periodistas occidentales advertir los signos externos de esa corrupción que el 6 de diciembre se describía ritualmente? La intención de los interrogantes no puede dejar de ser autocrítica: ¿qué tipo de pusilánime actitud, de ceguera masoquista o de aquiescencia complaciente permitió a los informadores y, sobre todo a los intelectuales, a que pasaran por alto esos indicios, mientras señalaban acusatoriamente con el dedo, no ya a las dictaduras del cono sur, sino a los excesos de los propios países democráticos? Lo menos que se puede decir es que no hubo proporción en el juicio, no hubo igualdad en el tratamiento, no se aplicaron las mismas pesas ni medidas. ¿Cómo es posible que esa ostentosa contradicción entre los principios de igualdad, eficacia y solidaridad a los que el socialismo pretendía servir y la realidad que producía fuese aceptada durante varios decenios, por quienes para hacer honor de su condición de intelectuales eran los más obligados a denunciarla y combatirla?
A modo de excusa explicativa de lo inexplicable se ha argüido en los últimos meses que la transfiguración del rostro del socialismo «real» se debe a un proceso interno de autocrítica, a una especie de catarsis regeneradora traída a la superficie gracias a la decisiva audacia de Gorbachov. Ese tono de la respuesta, que ha llevado a los Partidos Comunistas a un corrimiento de tierras, y a los partidos socialdemócratas a planificar la invasión del terreno yermo, confirma que no es fácil responder con entereza cuando las respuestas a las preguntas obligan a cuestionarse las más profundas raíces de la ideología.
Observaciones que ahora resultan obviedades, como que Fidel Castro es un dictador o que Daniel Ortega presumía de un apoyo popular del que carecía, desacreditaban a cualquiera que las denunciase ante el coro de los ilustrados. El dogma del progresismo sigue todavía activo a pesar de la fuerza de las pruebas como se dice los telefilmes de importación, de la «evidencia» acumulada. La resistencia a admitir lo obvio se manifiesta cuando todavía muchos insisten en torcer la mirada y justificar el fracaso del socialismo señalando los defectos de la propia sociedad de que se nutren, o de aquélla a la que imitan. Esta inercia o, mejor dicho, esta incapacidad para reconocer el error, permite al intérprete perplejo comprender que la súbita transformación que se ha producido en la Europa del Este tiene todavía más importancia por sus futuras consecuencias en el plano de las ideas que por sus efectos próximos en el plano de la política.
Es relativamente fácil que los comprometidos o los interesados se resignen a aceptar la caída de la urdimbre burocrática tejida durante casi cinco decenios -más de siete en la Unión Soviética en nombre de un paraíso social que siempre resultó improductivo e ilusorio. Al fin y al cabo la crítica a la administración del sistema fue cultivada por los disidentes de dentro y de fuera del régimen. Desde Bloch y Marcuse hasta Adam Schaff o, por hablar de portavoces más próximos, como Tierno Galván, Gustavo Bueno o Manuel Sacristán, muchos criticaron aspectos de la aplicación sin que eso supusiera el rechazo de los fundamentos.
Hace 20 años Gustavo Bueno escribía que el socialismo debería verificarse y refutarse el capitalismo. Pero ahora que los hechos contradicen su tesis no ha abierto la boca para declarar que se ha desmentido la doctrina. Incluso la fundación Pablo Iglesias, presentó a finales de marzo un ciclo de conferencias, como si de gran novedad intelectual se tratara, sobre El marxismo analítico. No basta que se haya corrompido el tronco y descompuesto la corteza para que los jardineros de este huerto estéril se decidan a abrir los ojos y de una vez confiesen contrita y humildemente que el experimento ha fracasado. No un «experimento inocente» realizado a costa de la libertad y la dignidad humana.
Toda metáfora tiene valor, decía Aristóteles, mientras nos limitamos a mantener la adecuada proporción entre las correspondencias metafóricas. Si aún queda energía para tratar de defender lo indefendible es porque todavía sobreviven los agentes de la fuente que la nutre. La savia capaz de mover ese tinglado contra natura manaba de la raíz ideológica. De las ilusiones, sentimientos y esperanzas que esa savia alimentó procedía la fuerza que pudo sostener a ese árbol seco que todavía algunos se esfuerzan en regar. El deseo de convertir en realidad los deseos fue más firme que la resistencia de la realidad a dejarse gobernar desiderativamente. Tal vez ahora mientras el desmoronamiento se consuma, el deseo de construir el paraíso terrenal haya quedado desplazado por el resentimiento que produce la conciencia del fracaso. No se trata tanto de negarse a admitir la derrota como de negarse a levantar el brazo del vencedor.
Porque no se puede olvidar que la rivalidad entre las democracias populares y las democracias formales constituyó un combate desigual. Mientras las primeras golpeaban con los dos brazos, en las segundas el brazo izquierdo no seguía el ritmo del brazo derecho. A veces, el izquierdo no sólo dificultaba los golpes sino que golpeaba contra su propio organismo. Por eso, cuando muchos se preguntan o se extrañan de que el contrincante vencido aguantara tanto tiempo el ritmo del combate, hay que contestar que contó con la colaboración del árbitro, del espectador y con los resentimientos emboscados en su propio rival.
El prestigio de la ideología derrotada, que todavía persiste, el afianzamiento de ideas que aún se consideran como verdades evidentes, el sentimiento masoquista que impide la aceptación racional de los propios principios, explican esa resistencia absurda y dañina cuyos estragos se miden con cifras de dolor humano. Todavía, a pesar de la hecatombe, resulta activo el supuesto axioma de que la primacía moral del principio de igualdad material exige que los poderes coactivos del Estado colaboren en su aplicación. No hay más que leer el Manifiesto del Programa 2000 para comprobar que los socialdemócratas españoles no desisten de los planteamientos que tienden a emparentar más sus fines con los socialmarxismos derruidos que con los de los partidos no socialistas pero sí democráticos. Inspiradores de este programa, como Quintanilla, Paramio y Vargas Machuca aceptan los métodos democráticos de manera similar a cómo algunos partidos democráticos vascos también los aceptan sin renunciar por ello a la identidad de sus fines con los del terrorismo secesionista. No hago esta comparación con propósito crítico alguno sino para intentar persuadir a los socialdemócratas de que son vulnerables al mismo tipo de censura que ellos hacen a los nacionalistas cuando les advierten de que de algún modo la identidad en los fines acaba convirtiéndose en una confusa aceptación de los métodos.
En todo caso, ese supuesto común, de la socialdemocracia y del marxismo, de que la primacía moral del principio de igualdad material justifica la acción o la intervención del Estado, es lo que condujo y conduce a la colaboración con el idealismo materialista totalitario.
La libre iniciativa, el mercado abierto y la energía empresarial son más eficaces colaboradores con los deseos de redistribución de los bienes materiales que el intervencionismo estatal. Lo que queda por tanto como objeto de la discusión es si la «redistribución general o total de los bienes materiales» puede concebirse como un fin que se pueda conseguir mediante la acción particular de un gobierno, de una clase o de un partido.
No se discute la primacía de la igualdad sobre la desigualdad; se discute que la intervención del Estado sea más eficaz que el mercado libre para equilibrar desigualdades.
El fracaso de los comunismos y la evidente necesidad que experimentan los gobiernos socialdemócratas de modificar sus programas a medida que su aplicación tropieza con dificultades de cálculo económico, constituyen pruebas en contrario rotundas y pertinaces. A la hora de la verdad, el mayor enemigo de los comunismos y de la socialdemocracia no ha resultado serlo las ideologías rivales sino los hechos mismos: la resistencia de los fenómenos económicos a dejarse encauzar conforme a las previsiones totalitarias o moderadas de comunistas y de socialdemócratas. Al fin, lo que hizo tambalearse inusitadamente, para acabar cayendo, como un gigante de pies de barro, al comunismo soviético fue la incapacidad de su energía ideológica para encauzar los hechos según sus pronósticos. Y eso es lo mismo que obliga a los socialdemócratas en Occidente a readaptar continuamente sus programas y a dejar una y otra vez en evidencia la distancia entre sus promesas y sus realizaciones. Hasta ahora los métodos empleados no han servido para acercarse un ápice más a los fines anunciados del igualitarismo social, que la espontánea realización del mercado libre.
La desproporción entre las cosechas prometidas y los frutos recogidos fue tan considerable que una personalidad despierta, como Gorbachov, comprendió que sería preferible derribar controladamente al monstruo que esperar a que se desplomara por su propio peso. En haberse anticipado a lo inevitable constituye todo su mérito. Muchos abren la boca de admiración por el arrojo que demuestra el capitán al botar la lancha salvavidas antes de que el buque naufrague. Pero el mérito de Gorbachov no ha consistido en hundirse con el barco sino en ser el primero en saltar al bote para salvar cuanto pueda del naufragio y gobernar el rumbo de la lancha mientras pueda.
Para quitar importancia al hecho, también elemental, de que la derrota del sistema comunista consolida la victoria del rival, algunos han confundido la sorpresa que ha producido en ellos la hecatombe con la imprevisibilidad de que pudiera ocurrir algo semejante. Que se produjese inesperadamente no significa, sin embargo, que nadie lo hubiera previsto. Los derrotados, de fuera y de dentro, se afanan ahora cuanto pueden en negar al contrincante el agridulce sabor del triunfo. Pero no se puede ignorar que el fracaso de la organización económica del comunismo, por inesperados que hayan sido el momento y la forma, fue siempre, para los economistas liberales, la crónica de una muerte anunciada.
El fracaso del comunismoes evidente como evidente es la necesidad de los gobiernos socialdemócratas de rectificar los programas económicos cuando se inspiran en la ideología y no en el cálculo.
Al menos, desde 1927, fecha en que Ludwing von Mises publicó por primera vez Liberalismo, se disponía de los datos intelectuales para comprender que el sistema socialista no podría rivalizar con el sistema de libre mercado. Seguramente Von Mises fue el primero en advertirlo, pero no fue el único en razonar por qué el régimen de producción socialista tendría, tarde o temprano, que arrojar la toalla, bien fuera rindiéndose camufladamente como ha hecho Gorbachov, bien fuera retirándose de la escena, como han hecho los chinos después de la matanza de Tiananmen.
Von Mises mostró que «el cálculo económico es, precisamente, lo que no puede practicar el orden socialista. Los teóricos del socialismo han querido, infructuosamente, hallar fórmulas para regular económicamente su sistema, prescindiendo del cálculo económico y de los precios. Pero, en tal intento, han fracasado lamentablemente».
A la vista del tipo de explicaciones que los ideólogos socialistas y socialdemócratas ofrecen sobre las causas de la ruina del sistema soviético, es conveniente tener en cuenta que estas líneas fueron escritas durante el primer decenio del triunfo revolucionario soviético y que pertenecen a un capítulo provocativamente titulado «La inviabilidad del socialismo». La previsión de Von Mises no pertenece a esa especie de anuncios proféticos del tipo de «la desaparición de las clases» o la «disolución del Estado», sino al género de los pronósticos que, con el tiempo, es posible comprobar si se producen o no. Sea dicho esto de paso, porque el materialista Gustavo Bueno fue quien aseguró que el socialismo es un tipo de doctrina verificable y el capitalismo un caso de práctica refutable por los hechos. Y no dejaba de tener razón cuando lo decía, porque a la vista está que se tra…
Desde sus orígenes, la rivalidad entre socialismo y economía de mercado se libró en términos de «eficacia» o de «funcionalidad práctica». No fueron los economistas liberales quienes señalaron esa zona de juego sino los socialistas quienes se propusieron jugar en ella. La consigna de que la supremacía moral del socialismo se basaba en su mayor consistencia científica, es de raíz socialista, y no liberal. Si el debate se libró en ese terreno, fue porque el retador socialista eligió esa zona del campo para que en ella se celebrara el duelo. El desenlace de la pelea afecta a todos los aspectos que se comprometieron en el desafío. Aceptar ahora que el socialismo, como escribe Peces Barba en su polémica con Rafael Termes, en ABC, no es tan eficaz pero sí más moral que el libre mercado es un modo de pertinacia irracional que consiste en seguir inconsecuentemente en el centro del campo después de haber perdido el partido.
Por eso, no es fácil de entender cómo el profesor Llano Cifuentes insiste en identificar el libre mercado con «un economicismo ciego para sus principios y miope para sus consecuencias»4. La presunta ceguera del mercado libre se basa en el cálculo económico racional de los fines particulares, el único posible en términos económicos, ya que nadie está en posesión de los datos para elaborar un cálculo global, y si este cálculo o mejor combinación de cálculos particulares, no produce todas las consecuencias deseadas, es porque los deseos son libres y las consecuencias son efectos de procesos causales limitados.
Al alborear el tercer milenio, las nuevas generaciones podrán contar entre el elenco de verdades contrastadas por la experiencia con la de que el socialismo constituye una doctrina refutada por los hechos, y con la de que la experiencia socialdemócrata es una constante prueba de repliegue doctrinal, de adaptación y compromiso con exigencias elementales del cálculo económico o cataláctico. La situación, tras la caída del comunismo, es parecida a la que se produjo en el amanecer de los tiempos modernos, cuando la astronomía tolemaica fue desplazada por el giro copernicano. La persistencia de conceptos, métodos y esquemas de explicación geocéntricos, todavía perduró durante decenios, pero el heliocentrismo quedó herido de muerte.
A diferencia de lo que distinguió al debate entre copernicanismo y heliocentrismo, no es un nuevo «paradigma» el que sustituye y reemplaza al anterior, sino que de dos «paradigmas» conceptuales (me sirvo imprecisamente del término propuesto por Kuhn para la explicación del triunfo de ciertas revoluciones científicas), uno ha mostrado, al menos, no ser incompatible con sus propias predicciones mientras el otro, el «socialista», queda «refutado» por la no confirmación de sus pronósticos y porque los hechos contrastados invalidan sus hipótesis fundamentales.
Esto significa que no sólo ha caído con el derrumbe del comunismo, un orden político concreto y un determinado modelo desviacionista -estalinista- de administración económica como muchos pertinaces insisten en hacernos creer. No se trata sólo de que haya que revisar la aplicación defectuosa del método. Lo que queda refutado es la presunción de cientificidad y de adecuación a los hechos de las categorías conceptuales utilizadas. Asistimos a algo más profundo que a un fracaso político o económico. Se trata de un fracaso epistemológico, si se nos permite una expresión altisonante.
Conceptos tenidos todavía por válidos como apoderamiento de la «plusvalía» del trabajador, o «lucha de clases», o «explotación» económica del proletariado, el mismo concepto de «proletariado» y de «conciencia de clase», por poner ejemplos de una lista interminable que cautivó la controversia intelectual durante más de un siglo, pueden considerarse refutados. Sencillamente no hay «explotación» del trabajo por el capital en la sociedad de libre mercado como pretendía la explicación marxista, y como todavía predica el Manifiesto del esbozo del programa 2000. Que haya «dominación» como expuso Max Weber, no implica que haya «explotación» de una clase por otra. En toda sociedad hay relaciones de dominación, pero la fuente suprema de la dominación, allí donde se convierte en imposición coactiva de la voluntad ajena, es el Estado, la Administración del poder político, de la Policía, del Ejército, del presupuesto público y del Boletín Oficial del Estado.
Pretender disminuir las «relaciones de explotación mercantil» a base de acrecentar el poder coactivo del Estado y de aumentar el presupuesto público para intervenir activamente en la sociedad de acuerdo con criterios particulares, por ascéticos que sean, implica siempre una intromisión en el ámbito de la libertad ciudadana y de los derechos personales. De una manera atenuada o, como se dice ahora, «light», los socialdemócratas contribuyen, aligerando el peso y adaptando los métodos, a mantener vivas esas ilusiones perniciosas cuya realización ha quedado desmentida por los hechos no sin haber conducido antes al matadero a millones de inocentes.
En el caso del régimen soviético la ideología impuso durante siete decenios una organización económica artificial, emanada de los principios de la doctrina misma y no del contraste empírico que obliga a modificar las hipótesis cuando las consecuencias de su aplicación no se compadecen con las predicciones. Lo más sorprendente es que el supuesto teórico de la doctrina fuera que la estructura económica determina la doctrina mientras era la doctrina la que determinaba la estructura económica. Mayor paradoja no cabe.
Hace tiempo que los socialdemócratas aliviaron esa carga doctrinal en lo referente a los métodos, pero siguen imperturbables en lo que a los fines concierne. Pero la presunción de que el «socialismo» es más moral porque se propone aplicar la fuerza coactiva del Estado, su «intervención», al fomento de la igualdad social y la redistribución de la riqueza insiste en el mismo error. No se trata de negar que la «igualdad social» sea más deseable que la «desigualdad», sino de demostrar, por el único método demostrable que es el método empírico, que la intervención del Estado es una fuente de «igualación» social y no de «desincentivación» de la iniciativa y de limitación de las libertades personales. Porque, a fin de cuentas, a la hora de la verdad, ser libre es serlo para tratar de realizar las propias iniciativas y ser socialmente productivo es ser capaz de aplicar las iniciativas propias.
En esta hora en que se reproduce una situación similar a la que provocó el giro copernicano, es fácil comprobar cómo los conceptos se adhieren a las suposiciones de la ideología con más fuerza que las estrellas fijas al cielo tolemaico, y a pesar de que es obvio que las estrellas no pueden sostenerse cuando se desmorona el firmamento al que van adheridas, no es menos obvio que tardaron algunos siglos en desprenderse de la celeste imaginación de los dogmáticos y de los crédulos. Las preguntas razonables que quedan pendientes ya no pueden enfocarse a la rectificación científica del socialismo «científico» sino a situar los contornos de la ideología refutada. El debate futuro habrá de discutir el grado de consistencia de los programas socialdemócratas. El otro debate, el de la supremacía científica del socialismo, ya terminó. Queda para curiosidad de los historiadores. Prolongarlo por más tiempo sería perder el tiempo. Aunque habrá que resignarse a aceptar pacientemente las consecuencias de que a los llamados socialistas científicos, convertidos ahora en socialistas en paro, les quede mucho tiempo libre en adelante para seguir discutiendo.
Durante los tres o cuatro últimos decenios se ha hablado y escrito mucho sobre los problemas del medio ambiente y de la conservación de la Naturaleza, en su conexión o confrontación con el desarrollo económico; se ha discutido tanto, a partir de posturas radicalizadas unas veces y de intentos de acercamiento otras, que ha sido necesario progresar en el alcance y en la definición de los términos, a menudo confusos.
Una prueba de tal equivocidad es el espectro de agresiones al medio ambiente, de incidencias negativas sobre la Naturaleza, que ha tomado protagonismo en diversos momentos y para distintas gentes. Algunos pusieron el acento en la protección de ciertas especies animales o vegetales, por lo general de las más visibles y vistosas, pero hoy ya se conviene en que esto era una minusvaloración del problema; el acento ha de trasladarse desde las especies a los ecosistemas, de éstos a los paisajes y finalmente al territorio «in genere», con sus complejas redes de interacciones.
En otras ocasiones, se insistió en la calidad del aire y del agua, la gestión de los residuos, el ruido y otra serie de inconvenientes o molestias que acompañan al ambiente urbano tal como se ha configurado generalizadamente, y este sesgo hacia lo urbano está presente en muchas de las legislaciones nacionales, que se han centrado en las consecuencias directas sobre la salud humana y en ciertos parámetros pretendidamente integrantes de la calidad de vida; falta en este enfoque una atención paralela a las consecuencias indirectas, con frecuencia más graves, ligadas a la gestión de los recursos y a la utilización del suelo.
Progresivamente, la condición de protagonismo se fue concediendo a problemas de más entidad y de mayor ámbito territorial, íntimamente ligados a la destrucción de los recursos y a la alteración de los procesos naturales, hasta que ha llegado a reconocerse que estamos ante un problema con múltiples facetas, pero de dimensiones universales, porque afecta a la totalidad del planeta, a la totalidad de la población humana, al conjunto de las actividades que llevamos a cabo, y por lo tanto al modelo o modelos de desarrollo que estamos siguiendo.
Si la definición del problema tiene un reconocimiento bastante general, no ocurre lo mismo con la percepción: hay cuestiones trascendentales que «llegan» al público y otras que no, y hay cuestiones de menor relieve que «llegan» más.
Entre las primeras, deben citarse el calentamiento global de la atmósfera -cambio climático, efecto invernadero y el agujero en la capa de ozono, que afectan a la biosfera como un todo; también son muy conocidas la lluvia ácida y la destrucción o degradación de los bosques tropicales, que afectan directamente a enormes superficies.
Entre las segundas, es decir aquéllas que resultan menos llamativas para la opinión general, aunque tengan la misma o mayor entidad y proyección territorial, se encuentran, por ejemplo, las cuestiones relativas a la diversidad biológica y a la desertización.
La pérdida de diversidad biológica, se refiere tanto a los ecosistemas y a las especies como a la diversidad genética dentro de las especies, fundamental para mantener y mejorar la producción agrícola, ganadera y forestal. La diversidad genética está amenazada por la consolidación de los monocultivos de alto rendimiento de unas pocas especies que constituyen la base de la alimentación humana y de los animales domésticos.
La degradación y pérdida de suelos, a causa de prácticas agrarias inadecuadas y de la erosión, con sus secuelas de inundaciones y salinización, constituyen una continua catástrofe; no se conocen con exactitud las superficies afectadas, pero se sabe que son muy grandes. Por ejemplo, la FAO estima que la mitad de los regadíos del mundo están deteriorándose por el anegamiento o la salinización.
El impacto económico de estas cuestiones, simplemente no es mensurable; habría que buscar unidades paralelas a los años-luz en las distancias, para expresarlos con pocas cifras. Una idea de su magnitud puede extraerse de la comparación con la que se ha calculado para perjuicios medibles en la RFA, superior a los 100.000 millones de marcos anuales.
Las causas últimas pueden buscarse paradójicamente en dos polos opuestos, la prosperidad y la pobreza. La prosperidad del mundo desarrollado, que ha multiplicado por más de 50 su industrialización a lo largo del presente siglo en un vertiginoso proceso. (El aumento anual de la producción industrial equivale a la producción total de Europa antes de la II Guerra Mundial.) La pobreza del mundo en desarrollo, que fuerza prácticas de explotación desordenada de los recursos y actitudes igualmente inadecuadas bajo el punto de vista ecológico (la agricultura itinerante es responsable del 70 por 100 de la deforestación en África y del 35 por 100 en América).
A un problema global, una solución global. La función reguladora de los ecosistemas naturales, la diversidad biológica, los ciclos biogeoquímicos, la capa de ozono, la capacidad del aire y del agua para asimilar residuos, los paisajes naturales, son activos del capital de la humanidad, indispensables para el sostenimiento de la vida.
Cuando un grupo de personas aumenta su bienestar a expensas de esos activos, que pertenecen a todos, debe compensar. Los precios de los bienes producidos deben reflejar su costo real, completo, que comprende el costo ambiental (por ejemplo, la contaminación del agua debida a los residuos mineros; la erosión del suelo, la pérdida de diversidad y el riesgo de incendios debidos a las explotaciones forestales monoespecíficas).
Y sin embargo, no es así. Los mecanismos o las estructuras económicas favorecen el despilfarro o la prodigalidad de unos en el uso de los recursos, porque pueden transferir los costos a otros, hoy o en el futuro. En cambio, los mecanismos o las organizaciones que operan en favor del medio ambiente están generalmente coartados, en apartheids bajo control y mucho menos dotados que los que alientan el desarrollo sin fronteras. Efectivamente, no es así. Y hay más, porque la argumentación para no poner en marcha la consideración de los factores medioambientales es, sarcásticamente, que la pobreza de muchos lugares no lo permite, que la conservación es para ricos; de acuerdo con este razonamiento, la Conservación de la Naturaleza, la protección del medio ambiente, se sectorializan, se definen unos espacios que proteger y se entiende que en los demás puede hacerse lo que se quiera.
Tal argumentación ha dejado de ser creíble; tal tipo de medidas, lejos de contribuir a resolver los problemas ambientales y socioeconómicos, conduce a una perpetuación de la pobreza del mundo en desarrollo (y del mundo rural en algunos países desarrollados, como el nuestro) y a una insuficiente protección de los recursos naturales. Así lo pone de manifiesto el informe Brundtland, Nuestro futuro común, redactado en 1987 por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo presidida por la primera ministra Noruega: «Muchas tendencias del desarrollo actual hacen que sea cada vez mayor el número de personas pobres y vulnerables, y el deterioro del medio ambiente… hace falta un nuevo camino de desarrollo que sostenga el progreso humano no solamente en unos pocos lugares y durante unos pocos años, sino en todo el planeta y hasta el distante futuro».
La extinción de especies es un proceso inquietante. Tanto o más lo es la erosión genética de las especies más importantes económicamente: en Grecia se han perdido en los últimos 40 años el 90 por 100 de las variedades de trigo autóctonas; en Sudáfrica, el sorgo de Texas ha acabado con casi todas las especies locales.
Fuente: FAO, 1989
La deforestación y las prácticas agrícolas inadecuadas inducen erosión y aumentan el riesgo y volumen de las inundaciones.
Fuente: FAO, 1989
El crecimiento industrial es vertiginoso. El 80 por 100 del crecimiento habido a lo largo de este siglo se ha producido en los últimos 40 años.
La mayoría de estas pérdidas tiene su origen en acciones artificiales y se produce en las regiones áridas y semiáridas de países en desarrollo.
Fuente: FAO, 1989
Perjuicios medibles, estimados como cifras mínimas anuales para la República Federal de Alemania. Se comprenden en ellos riesgos para la salud humana, pérdidas de productividad y degradación de ecosistemas.
Fuente: RICS, 1989
La lluvia ácida termina con los bosques y con la vida acuática. Los óxidos de azufre y de nitrógeno que dan lugar a este tipo de precipitación proceden principalmente de las centrales de producción de energía y de los automóviles.
La degradación de los suelos constituye una catástrofe permanente.
Cuando Menéndez y Pelayo escribió su monumental Historia de los heterodoxos españoles no imaginó que con el tiempo podría nacerle un rival que pusiera a prueba su colosal trabajo. El enciclopédico polígrafo apenas llegó a considerar al socialismo como una de las distintas variantes de la heterodoxia, pero el cambio de los tiempos siempre deja un margen a la sorpresa. El socialismo del futuro será un socialismo heterodoxo, según aseguró Felipe González durante el acto de presentación de una nueva revista socialista titulada precisamente con ese rótulo que invita a pensar en el inquietante porvenir del socialismo.
La nueva revista viene a sumarse a una larga ristra de publicaciones socialistas, de cuya difusión en el mercado no se cuenta con datos fiables. Sistema, Leviatán, Cuadernos de Alzate, otras publicaciones de la fundación Pablo Iglesias, son parte de ese repertorio que responde al desafío de mantener en estado de vigilia las ideas socialistas. El enorme despliegue de medios y energías aglutinado en torno al proyecto del denominado Programa 2000 es la máxima expresión de ese gran esfuerzo de los socialistas que ahora descubren la «heterodoxia» como el camino más seguro de su porvenir. No tan heterodoxos, sin embargo, que en lo que a El socialismo del futuro se refiere, renuncien al recurso a la publicidad pública como vía más idónea de financiación.
El esfuerzo por mantener vivas las ideas socialistas, aunque sea a través de alentar la heterodoxia, no debe menospreciarse. Sólo el Programa 2000, iniciado en 1987, ha motivado más de medio millón de personas, de entre las cuales más de 60.000 ponentes han intervenido en más de 10.000 encuentros. Fruto de esa impresionante actividad es un Manifiesto del Programa 2000 que en 70 páginas resume en una prosa de ligereza difícilmente emulable el resultado de esa gran confrontación que a su vez servirá de «borrador» y punto de referencia para nuevos debates. El camino de la heterodoxia debería, con todo, asegurarse mediante la publicación de una nueva revista que viniera a sumarse a esa producción intelectual.
El sociólogo Werner Sombart, profesor de la Universidad de Berlín antes de la Primera Guerra Mundial, enumeró más de dos centenares de especies de «socialismo», un género que, en su gran variedad reproductora debió ser previsto por el infatigable Linneo, y cuyo olvido demuestra que hasta las más minuciosas clasificaciones no están aseguradas contra el error. No incluyó Sombart la nueva variedad prevista para El socialismo del futuro, que es el «socialismo heterodoxo», destinada a dar muchas nuevas variedades, porque la «heterodoxia» es el camino seguido por los discrepantes de un pensamiento original.
Para colmo, a esa numerosa especie de socialismos, hay que añadir la ya clásica acuñada por el ingenio propio de los «brasileiros», versión ortodoxa, del «socialismo o izquierda festiva», más la reciente del politólogo francés Jean-François Revel, muy propia de nuestra época y de España, a saber, «la gauche-caviar».
No estaba Ricardo García Damborenea entre los participantes en el acto aunque el porvenir de esa «heterodoxia» estuviera asegurada con la presencia del vicesecretario del Partido Socialista, Alfonso Guerra, a cuya pluma se debe una de las principales aportaciones de la nueva revista.
Por los vericuetos de la heterodoxia el socialismo puede llegar a comprenderse a sí mismo y producir frutos que cooperan a sedimentar la felicidad espiritual y material de los hombres mejor que hasta ahora lo había venido haciendo por el camino de la ortodoxia, como lo demuestra el gran cambio experimentado en los países socialistas del Este. El capitalismo, por lo demás, como es sabido es una actitud en sí misma ortodoxa, razón por la cual Felipe González aseguró en el acto de presentación de la nueva revista que «dejemos la ortodoxia para la derecha que se cree en posesión de la verdad». Se le olvidó añadir que no sólo lo cree sino que además la tiene para confirmar que el nuevo socialismo es tan consecuentemente heterodoxo como merece serlo.
Tras un congreso extraordinario, el partido comunista italiano ha decidido abrir un proceso constituyente al final del cual surgirá un nuevo partido, que abandonará el nombre de comunista y solicitará el ingreso en la Internacional Socialista. Para salir del aislamiento político, el mayor PC occidental ha tomado una decisión arriesgada y dolorosa. Pero aún no se sabe si será el dolor del parto o de la agonía.
A diferencia de los PC del Este, el italiano ha querido abandonar su identidad con la cabeza alta. Nadie cantó nunca el himno Bandera roja con tanto entusiasmo para celebrar un harakiri ideológico. Ni nunca hubo abrazos tan emotivos entre los líderes de las facciones opuestas, que después de un enconado debate siguen con las espadas en alto. Dos tercios del PCI han apoyado la propuesta del secretario general Achille Occhetto. Pero, aun derrotado, el otro tercio no ha renunciado a dar la batalla a la hora de definir un proyecto político todavía inconcreto.
Este nuevo paso culmina una larga marcha de revisionismo doctrinal y práctico del PCI. Si bien esta evolución le ha acercado a la izquierda democrática europea, su filiación ideológica le ha confinado en la eterna oposición. Los cambios económicos y sociales han ido minando la base tradicional del PCI. También su irradiación en la cultura ha menguado a la par que el marxismo. De este modo, su respaldo electoral ha bajado desde un máximo del 34,4 por 100 en 1976 hasta el 27,6 por 100 en las elecciones europeas del pasado año. Es cierto que, por su mayor flexibilidad ideológica y su aceptación de la democracia, el PCI se ha ido distinguiendo cada vez más de los otros partidos comunistas; pero, ante la desbandada del comunismo en el Este, el PCI corría el riesgo de seguir enarbolando una bandera hoy desacreditada.
En esta coyuntura, Occhetto ha propuesto a sus compañeros una refundación del partido, que, según sus adversarios, es más bien una liquidación. Las diferencias entre ambas posturas pueden sintetizarse en torno a dos ejes: la vigencia del ideal comunista y el nuevo tipo de partido que debería nacer sobre las cenizas del PCI.
La propuesta de Occhetto se presenta como la culminación de la vía propia seguida por el comunismo italiano, que progresivamente le ha alejado de los países del socialismo real. Ahora, declara Occhetto, «hemos de liberarnos por completo de un envoltorio ideológico que desde hace tiempo hemos superado con nuestra política, pero que ha pesado sobre ella». Sin decirlo explícitamente, reconoce que el comunismo no es reformable y que no tiene sentido ya invocar un comunismo «ideal».
Esto es lo que rechazan los adversarios del cambio, aglutinados por viejos líderes históricos como Pietro Ingrao. A su juicio, los regímenes del Este han traicionado los ideales comunistas. Por lo tanto, su caída no afecta al comunismo en cuanto tal. Y como el PCI ha sostenido siempre «posturas opuestas», lo que sucede en el Este no desmiente sino que confirma la validez de su posición.
Ambas posturas exageran sin duda la peculiaridad del PCI. A poco que se repase la historia, es fácil denunciar las complicidades del PCI con posturas concretas y planteamientos de los hoy denostados países del socialismo real. Y si es cierto que el PCI no ha incurrido en los desastres de los partidos comunistas del Este, en buena parte se debe a que no pudo llegar al poder en la época en que defendía las mismas soluciones que aquéllos.
Algo que se echa en falta en las dos posturas es un análisis de por qué las experiencias comunistas han conducido siempre al fracaso. La postura minoritaria sigue refugiándose en la idea de que el verdadero comunismo está aún por realizar. Occhetto quiere salir del comunismo de puntillas, sin levantar acta de defunción.
Quizá no podía hacer otra cosa, si quería obtener un apoyo mayoritario para su proyecto de refundación del partido. En unión con otras fuerzas de izquierda, se trataría de crear una nueva formación política, en la que el PC confluiría despojándose del nombre y del símbolo.
El principal interlocutor en este proyecto sería el partido socialista, con el que el PCI ha mantenido siempre relaciones polémicas. Los socialistas descalificaban a los comunistas por no haberse desprendido por completo de un bagaje ideológico fracasado; los comunistas acusaban a los socialistas de haberse conformado con un «reformismo débil» y de impedir una alternativa de izquierda por participar en el gobierno con la DC.
Los socialistas -con un 15 por 100 de votantes- han ido reduciendo su distancia electoral con los comunistas, a la espera de dictar sus condiciones para la unión de la izquierda. Ahora siguen con interés el giro del PCI, que a su juicio será positivo si desemboca en la «unidad socialista». Pero la mayor parte de los comunistas ven esta «homologación» como una entrega sin condiciones a los socialistas. De ahí que Occhetto prefiera presentar su proyecto como una reconstitución de la izquierda, que permita adoptar nuevas posiciones a todos los partidos de esta sensibilidad.
Los comunistas que se oponen a Occhetto ven en su iniciativa «el grave peligro de anulación del PCI». Pues falta por determinar qué ideas se van a vender bajo la nueva marca, con qué socios y en qué tipo de empresa política: ¿una confederación de partidos, de movimientos, un nuevo partido? Sin duda, abandonar la tradición de la hoz y el martillo es un trauma. Pero la resistencia es aún mayor si este gesto se ve como un salto en el vacío.
La primera prueba de fuego que deberá sufrir el PCI son las elecciones administrativas del próximo mayo. En la campaña se verá si se mantiene el deshielo con los socialistas. Y los resultados demostrarán hasta qué punto es rentable el abandono de una herencia que era su capital electoral.
Hasta ahora, Occhetto ha pilotado con acierto la maniobra. Pero el éxito de la operación depende de un acuerdo con las otras fuerzas de izquierda, sin lo cual no romperá el cerco político que rodea al PCI. Es posible que la larga marcha del PCI hacia el campo socialdemócrata altere un día el actual equilibrio político italiano, que no permite una alternativa de poder. Pero habrá sido al precio de abandonar su proyecto de cambio radical de la sociedad. Es el signo paradójico de un partido que creía encarnar el sentido de la historia y que hoy se ve obligado a cambiar para que la historia no le deje en la cuneta.
François Leotard, presidente del Partido Republicano francés, ex ministro de Cultura y uno de los principales líderes del centro-derecha de su país, es tal vez la personalidad que analizó con más tino y profundidad los cambios que para Europa y para Francia representará la unidad alemana. En esta entrevista con NUEVA REVISTA, Leotard hace gala de fe europeísta y de optimismo histórico sobre el futuro del continente.
Nueva Revista. La reunificación o, si se prefiere, la unificación alemana parece próxima e irreversible. ¿En qué medida afectará al proceso de construcción europea? Este proceso, ¿debe acelerarse o modificarse?
François Leotard. Ante cuestión tan precisa tengo la clara impresión de que es necesario acelerar el proceso de unificación europea. Francia y también España deberían pedir que la conferencia sobre la unión económica y monetaria, que debe celebrarse en diciembre de este año, tome decisiones rápidas sobre este tema crucial. No debemos permitir la construcción de una Alemania fuerte —lo que por otra parte, en modo alguno sería negativo— sin construir al mismo tiempo una Europa más fuerte y más integrada.
N. R. Usted dijo recientemente que no debía ofrecérsele a Alemania que escogiera entre la reunificación y la Comunidad…
F. L. En efecto, la peor alternativa para el pueblo alemán y para todos los europeos sería precisamente que se le obligara a escoger entre la reunificación fuera de la Comunidad y la Comunidad sin reunificación. Ambas hipótesis son absurdas y debe hallarse una tercera vía, mucho más razonable: la reunificación dentro del mecanismo comunitario que sirva al mismo tiempo para potenciar el proceso europeo de integración.
N. R. ¿Hasta qué punto el llamado «malentendido histórico» entre Francia y Alemania puede influir sobre la unificación y el futuro europeo?
F. L. Creo que la denominación «malentendido histórico» no es adecuada. A lo largo del siglo XX (que a mi juicio ha concluido ya) hemos sufrido en Europa dos guerras civiles que fueron también dos guerras entre Francia y Alemania. Pero no debe olvidarse que antes de esta época dolorosa, Francia y Alemania mantuvieron relaciones muy fecundas (pienso, por ejemplo, en el siglo XVIII) en el terreno intelectual y en otros terrenos. De modo que creo firmemente en que no existe ninguna fatalidad que lleve a la confrontación entre Francia y Alemania. Ese fue el gran mensaje tanto del general De Gaulle como de Konrad Adenauer. Los franceses deben considerar a los alemanes como un pueblo amigo y reconocerles el derecho a la unificación. El derecho a la autodeterminación es también uno de los mensajes de la Revolución Francesa. Al mismo tiempo debemos avanzar mucho más en el proceso de unificación europea.
He aquí un ejemplo preciso de lo que digo: Europa debe tener su propia defensa y eso exigirá ir más allá del mecanismo económico, es decir, abarcar otros dominios como el defensivo y el diplomático.
N. R. El carácter privilegiado de la «entente» franco-alemana, ¿puede dificultar la unificación?
F. L. Sucede que en las últimas semanas hemos podido asistir a cierto alejamiento entre los dirigentes franceses y alemanes. Espero que se trate de un fenómeno coyuntural. Por supuesto, Helmut Kohl no advirtió a Mitterrand sobre su «Plan de 10 puntos», pero tampoco lo había hecho con su aliado y ministro de Asuntos Exteriores, Genscher. Por otra parte la relación franco-alemana no agota la construcción europea. Europa del Sur tiene un papel fundamental que jugar en este terreno mediante una suerte de solidaridad regional que ayude a potenciar, además de los intercambios económicos, la política social, agrícola, migratoria y, desde luego, una política de defensa. Los países europeos del Sur deben, debemos ser más solidarios.
N. R. Dado que se refiere a la política mediterránea y que es éste un tema que usted conoce bien, ¿cree que deben reorientarse las relaciones intercomunitarias hacia el Sur, y cómo puede hacerse?
F. L. Creo, en efecto, que la comunidad cultural que une a los países latinos debería permitir un mejor y más profundo entendimiento y cooperación entre ellos. Las cuatro potencias europeas del Mediterráneo —Grecia, Italia, Francia y España— deberían establecer relaciones mucho más intensas y afrontar en conjunto temas tales como el futuro del Magreb que será determinante para nosotros en la próxima década. Hasta ahora no hemos sido capaces de tejer un sistema de cooperación regional propio. La imaginación, la creatividad, incluso el desarrollo económico han venido del Sur y los pueblos latinos deberíamos recuperar lo que ha sido nuestro papel durante muchos siglos como foco de cultura y de innovación.
N. R. ¿Debe ser tal vez esta «política mediterránea» uno de los objetivos de la diplomacia francesa en el seno de la CEE?
F. L. Desde luego. Pero no sólo de Francia, también de España…
N. R. Volvamos a Alemania. ¿Qué piensa de una futura Alemania neutral?
F. L. Constituiría uno de los peores peligros para el continente europeo. Hemos tenido uno de los períodos de paz más largos de nuestra historia gracias precisamente a nuestro compromiso con los valores de Occidente. Si Alemania lo olvidara y se desentendiera de esta historia común, de este compromiso, volvería a suscitar desconfianzas y rencores, como en el pasado. La RFA está en la OTAN. Francia está también en la Alianza. La OTAN es una Alianza de pueblos libres para defender su libertad. El pueblo alemán comprenderá en su conjunto, estoy seguro, que sólo integrándose completamente en un sistema de defensa occidental con los Estados Unidos podrá evitarse la repetición de ciertos acontecimientos dramáticos. La salida de Alemania de la OTAN sería catastrófica para el conjunto del mundo libre —sigo llamándole así, mientras tanto—, aunque desde luego puede contemplarse un estatuto especial para la parte oriental que hoy forma la RDA, lo que permitiría a las tropas soviéticas iniciar la retirada. Pero este estatuto debería ser provisional, no permanente.
N. R. El papel de la OTAN, ¿será en el futuro más político que militar? ¿Se desintegrará el Pacto de Varsovia?
F. L. El Pacto de Varsovia hoy, al menos militarmente, está ya desintegrado. Tiene característica surrealista y nadie en sus cabales cree que sirva para defender o atacar. La OTAN debe, por su parte, interrogarse sobre el futuro. Desde luego abandonar sus funciones militares sería absurdo o suicida, porque la amenaza se mantiene aunque esté matizada o haya disminuido. El papel político de la OTAN puede y debe aumentar. Los países miembros tendrán que reflexionar y buscar nuevos canales de colaboración que no sean exclusivamente militares.
N. R. Las tropas americanas, ¿deben permanecer en Europa?
F. L. En el estado actual de la defensa europea —que casi no existe— sería ilógico que los contingentes americanos abandonasen nuestro continente. Hay que ser sinceros: la defensa europea actualmente no existe fuera de la OTAN. No hay solución de recambio. De lo que se trata es tal vez de reforzar la identidad europea en el seno de la OTAN, pero en modo alguno de prescindir de la Alianza y de las tropas americanas estacionadas en nuestro continente. Compartimos (europeos y americanos) una comunidad de destino que en modo alguno desaparecerá porque en el Este haya habido ciertos cambios.
N. R. Los cambios en el Este, ¿son irreversibles?
F. L. El hundimiento del marxismo es, desde luego, irreversible. Me parece imposible que el marxismo regrese a los países del Este que lo han sufrido. Puede haber todavía sobresaltos, pero el sistema ha caído. En cambio, en todos estos países puede haber convulsiones imprevisibles. No hay que excluir el renacimiento de los integrismos religiosos, de los nacionalismos xenófobos, del antisemitismo y por eso hay que estar atento a todo cuanto pasa allí. La «perestroika» ha fracasado (por cierto, sólo algunos occidentales se obstinan en decir lo contrario…) y puede amenazar a medio plazo a Gorbachov. La evolución en la Unión Soviética marcará el ritmo del cambio en estos países sólo en parte: los pueblos han sido el verdadero motor del cambio y es inconcebible un paso atrás. El papel de los países occidentales debe ser ayudar a los pueblos a que se desembaracen definitivamente de estos regímenes sanguinarios, corruptos e incompetentes.
N. R. ¿Cree que los regímenes residuales de «comunismo crispado» como Vietnam, Cuba, Corea del Norte o Albania están condenados a medio plazo?
F. L. En el caso de Albania, tal vez. En otros casos —algunos países de Asia o África— soy más pesimista a medio plazo. Yo no apostaría un céntimo, sin embargo, sobre la supervivencia del régimen cubano, algo que, por cierto, me alegra.
Hasta fechas todavía muy recientes, la televisión en Europa era, en líneas generales, estatal, y con muy escasas diferencias de unos países a otros.
Pero la irrupción de las nuevas tecnologías y el cansancio que motivaba el monopolio estatal de televisión, han sido, a nuestro juicio, los dos factores que han propiciado el cambio. El satélite de radiodifusión directa hace posible que se reciban las emisiones utilizando antenas de pequeño diámetro, que resultan muy asequibles en el mercado. Como se encuentran situados a grandes alturas, en algunos casos a 36.000 kilómetros sobre el Ecuador, estos satélites cubren la mayor parte de los países europeos, saltándose alegremente las viejas fronteras políticas.
Los grandes cambios que se producen en la Historia son debidos, como señalaba Ortega, a mutaciones profundas en la sensibilidad humana. Y así puede hablarse de cansancio por un modelo de televisión estatal, en la que conjuntaban dos clases de factores, de un lado la atonía que acecha a cualquier empresa u organismo estatal y de otro la tendencia exacerbada a la politización.
Hemos hecho referencia al satélite, pero la aparición de pequeños equipos de grabación, los magnetoscopios, que permiten decidir al espectador lo que quiere ver, bien sea alquilando o comprando casetes y videodiscos, o grabando los programas transmitidos por cable o por el sistema hertziano tradicional, han roto el esquema de una televisión única y estatal.
Además, los nuevos sistemas de transmisión, como el MAC (Multiplexed Analogue Component), con múltiples pistas de sonido, facilitarán la superación de las barreras lingüísticas.
Estas son, evidentemente, las tecnologías, que más han propiciado el cambio. Pero existen otras más. Por ejemplo, la codificación de la imagen y del sonido, que permite la introducción de la televisión de abono o la transmisión de determinadas señales, invisibles en la pantalla, que permitirán automatizar la grabación de programas a domicilio y todo ello sin contar con el teletexto, la televisión digital y la de alta definición, que producirá una calidad equivalente a la de las películas de cine de 35 milímetros.
Como tantas veces, la tecnología precede al cambio social y, en algún sentido, es el motor del mismo.
El Estatuto de la Radio y la Televisión, de 12 de enero de 1980 afirma en su artículo uno, apartado dos, que «la radiodifusión y la televisión son servicios públicos esenciales cuya titularidad corresponde al Estado». En el Preámbulo del Estatuto se explica el calificativo de esencial al afirmarse que la radiodifusión y la televisión se conciben «como vehículo esencial de información y participación política de los ciudadanos, de formación de la opinión pública, de cooperación con el sistema educativo, de difusión de la cultura española y de sus nacionalidades y regiones, así como medio capital para contribuir a que la libertad e igualdad sean reales y efectivas, con especial atención a la promoción de los marginados y a la no discriminación de la mujer».
Como afirma un experto en estas cuestiones, el profesor Eduardo Gorostiaga, «esos propósitos no coinciden luego exactamente con el articulado -parte normativa del Estatuto; quedan más como propósitos que ayuden a la interpretación legal». En este contexto es donde aparece la ley sobre la Televisión Privada. El que cualquier bien o actividad, en este caso unos medios de difusión, se consideren un servicio público de titularidad estatal, significa que sólo el Estado puede, en principio, desarrollarlos. O sea que la propia Administración los gestiona directa o indirectamente o lo hacen determinados particulares en virtud de la figura jurídica de la concesión administrativa. Como ha dicho el profesor de la Universidad de Manchester, George Wedell, «hasta la apertura del mercado, la televisión en Europa Occidental no era tanto una industria, sino más bien una institución pública que proporcionaba información, formación y entretenimiento».
Las frecuencias eran, y lo siguen siendo, otorgadas a los Estados y a sus Gobiernos, a través de conferencias intergubernamentales. Todo ello bajo el alto control de la Unión Internacional para las Telecomunicaciones, un órgano de las Naciones Unidas. Parece lógico que los Gobiernos pongan todo tipo de resistencias a cambiar el modelo de televisión, que dejaba este poderoso medio de comunicación prácticamente en sus manos. Había, como es natural, restricciones a este poder del Estado pero, a pesar de ellas, los Gobiernos las preferían a tener que competir con una serie de particulares. Este es el fondo de la cuestión, el cual ha sido desbaratado por los adelantos tecnológicos.
En toda esta problemática los consumidores de televisión, o sea los teleespectadores, eran los grandes ausentes. Nadie contaba con ellos. El poder de las Asociaciones de Teleespectadores era muy escaso. La Prensa europea ha atacado, en multitud de ocasiones, con gran dureza, a las televisiones estatales. Y no solamente porque cayeran, con mayor o menor frecuencia, en excesos de politización, sino porque se reclamaba una mayor libertad. O sea, porque el modelo estaba agotado. Y, en algunos casos también, hubo intereses bastardos. Por ejemplo, cuando el Parlamento británico, en 1954, acaba con el monopolio de la BBC, mediante la «Televisión Act», si se hubiese dudado de la espontaneidad del proceso de opinión pública favorable a la televisión comercial, estas sospechas no hubiesen sido tenidas en cuenta. Sin embargo, la cuidadosa investigación del profesor norteamericano H. H. Wilson ha demostrado cómo el proceso había sido inducido con fondos de industrias electrónicas y de empresas de espectáculos y de publicidad.
No es fácil hacer predicciones. Pero sí que puede afirmarse que vamos, si no estamos ya, a un sistema de libre concurrencia entre el Estado y la empresa privada. En algunos casos, como en España, el sector público se diversifica entre la televisión central y la de las autonomías. Resulta evidente que, en este esquema, la televisión privada se va a regir por las leyes del mercado. Con lo que la televisión puede convertirse en un vehículo para la publicidad y puede, inclusive, convertirse en un apéndice de la industria publicitaria. De este modo, un programa se considerará bueno si atrae publicidad o si cuesta poco dinero.
Aunque también a la publicidad le han surgido dificultades. Y son, como pasa siempre, o casi siempre, causadas por la tecnología. El mando a distancia está reduciendo, sobre todo, en Estados Unidos, las posibilidades publicitarias. Se calcula en un 65 por ciento los espectadores de un programa de gran audiencia, que eluden los bloques publicitarios. Y así la publicidad se ve obligada a buscar otros cauces, como pueden ser el patrocinio y la publicidad estática. El sistema AD-Time, de origen francés, permite que todas las vallas de una cancha de juego puedan cambiar al unísono su mensaje publicitario y un ordenador tabula el tiempo real de los anuncios en pantalla.
El gran problema es saber cómo va a perfilarse la televisión pública. Aquí surgen dos puntos de vista diametralmente opuestos. Los que piensan que la televisión pública debe financiarse, a través de la publicidad, sin entrar en los Presupuestos Generales del Estado y debe competir con la privada. Y los que piensan que la televisión pública debe ser financiada por el Estado, aunque se ayude, en alguna parte, con los ingresos publicitarios, y que debe cubrir aquellos aspectos de la realidad, a los que no llegará jamás la privada, como pueden ser los espacios culturales, los didácticos y, en algún aspecto, los informativos.
No todo van a ser rosas para los privados. El pastel publicitario habrá de repartirlo con la televisión estatal. Cada vez, un mayor porcentaje de la población preferirá ver, en sus casas, un vídeo que el programa que les puedan brindar las televisiones. La frase de Lord Thompson, cuando afirmaba, en los años 50, al obtener la concesión para una televisión privada que aquel contrato equivalía a «una licencia para imprimir dinero», resulta hoy mucho más problemática. Berlusconi, en Francia, con su «Canal 5» ha perdido, en dos años, 34.000 millones de pesetas. También en Francia, el «Canal Plus» ha recurrido a la pornografía para salvarse económicamente.
Hemos expuesto el problema. Y las posibles soluciones que se ofrecen. Pero sólo el tiempo tiene la última palabra. El tiempo que aquí puede ser extraordinariamente breve.