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Fidel y «Gorbi»

Título: «Castro en la era Gorbachov».
Autor: Carlos Alberto Montaner.
Editorial: Instituto de Cuestiones Internacionales. Madrid, 1990. 105 páginas.
Precio: 700 pesetas.


Todos los caminos conducen inevitablemente al desmantelamiento del comunismo en Cuba pero no todos son pacíficamente transitables», escribe Carlos Alberto Montaner en su último libro sobre Castro y el futuro de la isla antaño «profética». Montaner presenta dos «escenarios» de lo que puede ocurrir a medio plazo en Cuba: una reacción popular de inconformidad, originada por la creciente escasez, con protestas en la calle y tal vez algunos saqueos como ensayo general del gran motín nacional que se avecina y una revuelta palaciega de los altos mandos militares o de la policía política, temerosos de que la obcecación de Castro los arrastre a todos en la caída.

Pero hay un tercer y nada desdeñable «escenario» que Montaner sugiere: Castro, abrumado por problemas económicos insolubles, acosado por las presiones internas y externas en favor de la reforma, temeroso de las conspiraciones, busca y provoca un enfrentamiento militar con Estados Unidos para poner punto final a su gobierno «en medio de una traca de fuegos artificiales de todos los colores y sonidos». Esta última eventualidad le parece más que probable a Montaner que conoce bien al dictador del Caribe: morir mandando aunque eso signifique que la isla se hunda en el mar.

Para evitar esta salida «a la rumana» gentes como el autor de este libro siguen desde un largo exilio la lastimosa evolución del castrismo y llevan proponiendo desde hace meses una solución negociada con las fuerzas reformistas que todavía sobreviven en el régimen cubano. Pero esta solución debe cuanto antes realizarse. «No hay que cruzarse de brazos, dice en uno de los textos de este libro, y esperar que los cubanos empiecen a matarse sin piedad.» La frase va dirigida especialmente a los gobiernos de América Latina y a… Felipe González, durante cuyo mandato con insensata generosidad se ha subvencionado con casi mil millones de dólares a la dictadura caribeña. Esta ayuda y la de todos aquellos que creen en la viabilidad de una reforma protagonizada por el propio Castro debe cesar, según Montaner, porque «la única forma que existe de acelerar las transformaciones en la isla es contribuir a la crisis, no intentar aliviarla procurándole oxígeno a la dictadura».

Castro en la era de Gorbachov es un libro breve y de urgencia donde se recogen media docena de conferencias pronunciadas por Carlos Alberto Montaner ante diversos auditarios de especialistas en España, América Latina y Estados Unidos. A lo largo de más de 100 páginas, el gran periodista y escritor cubano, explica las razones de por qué la «castroika» (es decir, la «reestructuración» castrista) no se producirá y también por qué el divorcio entre Fidel y «Gorbi» es inevitable.

«Orgullosamente solo» y dispuesto a cualquier cosa para sobrevivir en medio de la sangre, todo el mundo debía evitar que Castro se saliera con la suya y concluyese su ciclo castigando todavía más a los cubanos. Obviamente el Gobierno español tiene bastante que decir y hacer en este asunto.

Palmas y pitos

Título: «El desembarco andaluz».
Autor: Víctor Márquez Reviriego.
Editorial: Editorial Planeta. Barcelona, 1990. 270 páginas.
Precio: 1.500 pesetas.


Desde que se concedió por primera vez en 1975 el Premio «Espejo de España» el galardón se especializó en obras sobre la guerra civil o sus consecuencias. Títulos como García Lorca, asesinado (1975), Juan March y su tiempo (1976), La oposición democrática al franquismo (1977), En busca de José Antonio (1980), Mi vida con Ramón Franco (1981), Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo (1982), 1939: Agonía y victoria (1989), marcaban, en efecto, un determinado rumbo. Para algunos este espejo era retrovisor porque miraba más hacia atrás que hacia el presente o el futuro. El siempre astuto José Manuel Lara parece haber sometido ahora al galardón a cierta reconversión tanto de forma como de fondo al haber otorgado el premio de este año a un libro singular escrito por uno de los cronistas más brillantes de la llamada «transición democrática española», Víctor Márquez Reviriego.

Cambio de contenido y de tono, en primer lugar. Márquez habla de lo que pasó ayer por la noche, o de lo que está pasando. Y lo hace en un tono distendido, amable y confiado, como si solicitara cierta complicidad en el lector que debe, obligatoriamente, tener conocimiento de los dimes y diretes de la política, sobre todo madrileña, además de andaluza. Atrás quedaron, pues, las violentas polémicas entre historiadores sobre quién mató a Calvo Sotelo o qué hizo Besteiro al final de la guerra civil. Es todo un síntoma que el pasado común y, a veces, bochornoso, tenga cada día peor venta. ¿Habrá terminado por fortuna ya la guerra fratricida en letra impresa? A más de uno nos gustaría que así fuera.

El título de este libro resulta suficientemente ilustrativo para que le ahorre al lector una prolija descripción de su contenido. El fenómeno —la «andalucización» de la política española y de su cultura— es tan obvio como conocido y Víctor Márquez no desea descubrir ningún Mediterráneo al estudiario. Su incursión por la fronda andaluza es sobre todo una excursión por la que podría denominarse la cultura «nacionalpopular del felipismo»: folklóricas, duques, tonadilleras, banqueros, andalucistas de oficio y poco beneficio, alcaldes de pueblo, clérigos, intermediarios, caballistas, peatones, «rocieros», «leperos» y una larga comitiva de diversos pícaros atraviesa estas páginas de ternura y escepticismo que se leen fácilmente y concluyen con un severo varapalo por el caso Juan Guerra.

Márquez viene a decir que todos son o somos Juan Guerra, que el «juanguerrismo» no es sólo una tentación sino, más bien, una consecuencia del «desembarco», un imponderable. «Como ves, puede leerse en el último párrafo de la obra, te has vuelto a equivocar: los de UCD fuimos mucho mejores de lo que creías y éstos del PSOE han salido peor de lo que esperabas. Esto es lo que hay.»

El jamón de Jabugo, la romería del Rocío, la moda de las sevillanas, los chistes de Lepe y otros tópicos son sometidos a inspección y escarnio por el ingenioso Márquez que, además, da prueba de un conocimiento muy serio de la genealogía mestiza del puerco ibérico y conoce por experiencia los matices gastronómicos de los diversos jamones y perniles (Trévelez, Rute, Aracena) dado que su padre, según me confesó un día, se arruinó precisamente intentando promover y popularizar el consumo del Jabugo.

No provocará este libro odios intensos ni querellas judiciales. El fiscal Leopoldo Torres no tendrá que denunciar al autor por desacato, ni el alcalde de Lepe enviarle los padrinos. «To er mundo é güeno» parece sugerir Víctor Márquez. Y añade: «Aunque no perfecto ni a salvo de cualquier sospecha». El tono es lo que vale: en un momento de cierta crispación en la vida española este tipo de textos sirven de bálsamo y solaz para los fines de semana.

Inéditos de Raymond Aron

Título: «Leçons sur l’histoire».
Autor: Raymond Aron.
Editorial: Editions de Fallais. París, 1989. 457 páginas.
Precio: 150 francos franceses


Cuando parecía publicada la ya voluminosa obra del gran pensador francés, uno de los maestros indiscutibles de nuestro tiempo, he aquí una nueva y definitiva reflexión inédita sobre el conocimiento histórico, establecida a partir de las lecciones pronunciadas en el Colegio de Francia durante los Cursos 1972-1973 y 1973-1974.

Las lecciones han sido cuidadosamente transcritas, corregidas y completadas -mediante un laborioso examen de los apuntes que se dejaba en casa el maestro, ya que éste era un gran improvisador y no se atenía a los guiones previos- por una «aroniana» de gran categoría, Sylvie Mesure, cuyas anotaciones a la Filosofía crítica de la historia (edición de Julliard, París, 1987), el primer gran libro de Aron sobre la materia, publicado en 1938, constituyen un ejemplo de interpretación que, a la postre, es el rasgo decisivo de la Historia.

Constituiría una pretensión desorbitada intentar siquiera en tan pocas líneas una síntesis de la monumental obra, comprensiva, como he dicho, de dos cursos, el primero titulado Del historicismo alemán a la filosofía analítica de la historia, y el segundo, La edificación del mundo histórico. Pero, además, contiene las «Gilford Lectures» dadas por el profesor Aron en la Universidad de Aberdeen en 1965 y 1967, publicadas, luego, unitariamente, como La consciencia histórica en el pensamiento y en la acción.

Baste decir, en resumen, que Raymond Aron confronta, con todo rigor, la filosofía analítica de la historia, propia de la escuela anglosajona, con el llamado «historicismo alemán» que, aun no siendo exclusivamente germánico, nace y se desarrolla ante todo en Alemania, extendiéndose después por los países latinos.

Aron parte de la base de que no hay distinción real tanto en el uso corriente como en el filosófico entre historismo e historicismo, refiriéndose inmediatamente a la definición dada por Sir Karl Popper en su libro Miseria del historicismo, el cual considera que el historicismo constituye una manera de contemplar la historia, según la cual ésta estaría determinada por fuerzas irresistibles, y los hombres, consecuentemente, sometidos a las mismas. Aron considera que esta visión del historicismo es singular, poco corriente, y cita a renglón seguido a dos clásicos de la escuela, como Meinecke y Troeltsch, para quienes el historicismo remite a una concepción de la historia humana según la cual el devenir del hombre se define por la diversidad fundamental de las épocas y de las sociedades, es decir, por la pluralidad de los valores característicos de cada sociedad o de cada época. Una de las consecuencias de esta interpretación del pluralismo es el relativismo de los valores, opuesta al concepto de «las luces» que confirmaba la existencia de valores universales de la humanidad, ligados al triunfo de la razón.

Como es obvio, Aron dedica gran parte de sus lecciones al examen de la filosofía analítica, cuya sustancia, simplificando, consiste en un esfuerzo de análisis del lenguaje o, mejor dicho, de los lenguajes, sea el de la vida cotidiana, sea el lenguaje científico, con el objeto de determinar las proposiciones que tienen un sentido y las que no lo tienen, las verídicas y las falsas, etc.

En el fondo, utilizando este contraste entre las dos principales tradiciones intelectuales que han desarrollado la reflexión sobre las ciencias humanas, Aron plantea el gran debate clásico en torno al papel del hombre en la historia y la tragedia de la acción política.

«Poliuto», de Donizetti, en Compact

Con José Carreras encabezando el reparto y otras dos grandes figuras del canto lírico como son la soprano Katia Ricciarelli y el barítono Juan Pons, aparece la primera grabación mundial de Poliuto de Gaetano Donizetti, que, por su escasísima presencia en los repertorios y en los carteles de los teatros de ópera, será bien acogida entre los aficionados.

Basada en la tragedia Polyeucte de Corneille, fue escrita en 1838 cuando el compositor se encontraba en la cúspide de su carrera. Fueron varias las vicisitudes por las que atravesó hasta darse a conocer en su versión original, y es probable que influyeran de algún modo en la difusión de la ópera.

Cuando se ultimaban los detalles para su estreno en el Teatro San Carlo de Nápoles, y parecía que no había inconvenientes con la censura, fue el propio rey Fernando II quien la hizo retirar del cartel por considerar el tema de Poliuto demasiado sacro para la escena. Este hecho supuso un revés artístico para Donizetti, pero también económico. El empresario del San Carlo denunció al músico por ruptura de contrato y al no poder ofrecer en tan corto espacio de tiempo una nueva ópera, Donizetti se vio obligado a pagar una indemnización de 300 escudos. Pero esto no es todo. La retirada de la obra tuvo también consecuencias trágicas: el tenor Adolphe Nourrit, que había colaborado estrechamente con el compositor y con el libretista Salvatore Cammarano en su elaboración, pensaba que con Poliuto podría reconquistar la estimación del público. Decepcionado al tener que renunciar a su estreno y sabiendo que Donizetti emprendía viaje a París con el manuscrito de la obra en su equipaje, perdió las esperanzas de rehabilitar su fama en Italia, y se suicidó.

En la capital francesa y con el célebre libretista Scribe, Donizetti convirtió en cuatro los tres actos de la obra original, insertando el obligado número de ballet y realizando numerosas modificaciones que enfatizaban el carácter religioso. La nueva obra, titulada Les Martyrs, fue pronto traducida al italiano -I Martiri- y al alemán -die Römer in Mitilene- y dada a conocer de esta forma en América y todos los países europeos incluida España.

Cuando en 1848, al poco tiempo de morir Donizetti, el rey de Nápoles se vio obligado a promulgar una constitución, el levantamiento de la censura permitió que se representaran óperas como Nabucco de Verdi, y Lucrezia Borgia y Poliuto de Donizetti.

A principios de este siglo fue muy divulgada y su aceptación y popularidad la situaban entre las cuatro óperas dramáticas mejor consideradas de su autor. Sin embargo, el gusto del público fue desplazando la obra y tras la II Guerra Mundial apenas si se representó dos o tres veces.

En 1960 la gran María Callas, viendo posibilidades de lucimiento en las arias de Paolina, la cantó junto a Franco Corelli con un enorme éxito.

Poliuto es una hermosa obra. Su temática se inserta en el más puro romanticismo. El ideal religioso es el asunto primordial del argumento, a él se subordinan las pasiones humanas, hasta la autoinmolación. Donizetti se mueve con perfecta soltura en estos temas en que la sinceridad religiosa requiere una música muy vital. La facilidad melódica del compositor se pone nuevamente de manifiesto en las arias de los tres protagonistas.

José Carreras realiza un brillante Poliuto; Katia Ricciarelli da muestra de su gran versatilidad en una magnífica Paolina; y Juan Pons, con timbre de gran sonoridad, encarna a un verdaderamente espléndido general romano Severo.

El sonido fue registrado en directo en la Konzerthaus de Viena en 1986 y es de gran calidad.

Lorin Maazel

La cita anual de la Orquesta Filarmónica de Viena cuenta con un público adicto que escucha la encantadora música de valses y polkas vienesas como si se tratara de un verdadero rito. Si le añadimos el número siempre creciente de nuevos aficionados que se incorporan, el Concierto de Año Nuevo retransmitido por radio y televisión desde la sala del Wiener Musikverein es el programa de música clásica de mayor audiencia mundial.

Desde hace algunos años cada edición del concierto corre a cargo de un director de orquesta distinto. A juicio de muchos, una de las mejores batutas invitadas ha sido Lorin Maazel, que dio muestras de una enorme gracia y maestría en la interpretación de este repertorio con música de Joseph Lanner, y los distintos miembros de la familia Strauss. En un doble compacto -140 minutos de música- se recoge una selección de lo mejor de aquellos conciertos protagonizados por la Filarmónica de Viena y Maazel desde 1980 hasta 1983. Se trata de una preciosa selección de música siempre alegre y refrescante en una interpretación llena de entusiasmo, gracia y vitalidad. Indudablemente se trata de una grabación que va a obtener mucho éxito entre un público muy amplio.

La competencia entre Domingo y Pavarotti

Un muy reciente anuncio formulado por Luciano Pavarotti, en el sentido de que interpretará el Otello de Verdi el próximo año, ha vuelto a desatar la millonaria campaña publicitaria de la supuesta competencia entre Plácido Domingo y Luciano Pavarotti para sostener el cetro de la mejor voz del mundo.

La supuesta competencia se traducirá, en la práctica, en un río de dinero para ambos tenores. Los teatros se los disputan y aumentarán el precio de las localidades, ya de por sí muy elevadas.

Sin embargo, no está claro que Pavarotti vaya a cantar Otello ante el público. La noticia ha tomado dimensión internacional a raíz de su visita a Londres para interpretar L’elisir d’amore, de Donizetti, pese a que en España lo desmintiera días antes.

Pavarotti dijo en España que grabará Otello con Solti, y negó expresamente que tuviese intención de interpretarlo ante el público. Al parecer, en Londres dio el paso que faltaba.

Otello es la anteúltima ópera que escribió Verdi, a sus 73 años. Está considerada una obra maestra de muy difícil factura interpretativa. Es un lugar común recordar que los tenores se preguntan si conseguirán cantar las notas altas de esta obra y, en el supuesto de que lo consigan, si sobrevivirán al esfuerzo. También es un lugar común señalar que Otello modifica la voz de algunos tenores, porque exige un dramatismo que oscurece la capacidad lírico-ligera de estos intérpretes.

Luciano Pavarotti es un tenor lírico-ligero que acostumbra a decir que prefiere Verdi, aunque a su voz le gusta más Donizetti. Y así, vuelve una y otra vez con gusto al personaje de Nemorino de L’elisir d’amore, uno de sus mayores éxitos de los años sesenta. Y de toda su carrera.

Merece también recordarse que Pavarotti es uno de los tenores que, junto con Alfredo Kraus, mejor ha sabido cuidar su carrera de intérprete. Han quedado en la pequeña historia musical sus insistentes negativas a interpretar Guillermo Tell o Tosca, siguiendo el ejemplo de Giuseppe di Stefano.

Así, en los años sesenta sólo cantó papeles lírico-ligeros (Arturo en I puritani, Tonio en La fille du regiment, Nemorino…). En la década de los setenta interpretó papeles de spinto (Rodolfo en Luisa Miller, Riccardo en Un ballo in maschera y el Idomeneo de Mozart, entre otros) y en los ochenta se diversificó en recitales. En los noventa nada impide que acceda al Otello de Verdi, excepto quizá su temor a oscurecer innecesariamente su voz.

También es cierto que en estos momentos comienza a dejar a sus espaldas la época de oro de sus facultades líricas…, aunque esto apenas se pueda decir.

Con Boito

Verdi mantuvo hasta el día de su muerte el propósito de poner música a El rey Lear, según la obra de Shakespeare, cuyo libreto llegó a escribirse. Este autor le inspiró obras juveniles y de madurez, y a él permaneció fiel hasta el final con su Falstaff, ópera cómica basada en Las alegres comadres de Windsor y en Enrique IV.

En una época de confusión musical, de pugna popular entre wagnerianos y antiwagnerianos, el libretista de Otello fue Arraigo Boito, compositor de Mefistófeles, de antecedentes wagnerianos.

¿Significa esto que Otello fuese una obra wagneriana? En modo alguno…, aunque la cuestión se discutiera en su momento. Hoy se dice que esta obra abrió el camino de Puccini y de Britten, y se recuerda que Boito cambió de maestro. Tampoco fue ésta la primera vez que Boito y Verdi colaboraron juntos, aunque con frecuencia se olvida.

El libreto de Boito es, en cualquier caso, una de las virtudes de Otello, al que los especialistas conceden casi tanta importancia como a la música.

A propósito de esta ópera, el muy renombrado comentarista Alfred Einstein escribe: «Verdi seguía siendo el mismo, pero ahora tenía 70 años y, tras él, la experiencia de toda una vida. La parte vocal domina aún sobre la orquesta, pero ya no utiliza la melodía expresiva, y sí en cambio la declamación plástica y expresiva. Y la orquesta se ha hecho más rica, más fina, más llena de vida secreta, sin haberse convertido ni un ápice en wagneriana».

Y añade: «En Otello, Verdi dijo, a no dudarlo, la última palabra sobre la ópera seria. Dicho en términos wagnerianos, redimió la ópera seria que había producido a principios de siglo el Otello de Rossini, dándole la solución de dramma in musica sin menoscabar la continuidad del desarrollo operístico italiano. Otello se destaca al final de toda una serie que habría empezado con el Orfeo de Monteverdi».

Domingo

Entre las voces más populares en el registro de Otello cabe recordar a Lauri-Volpi, Mario del Mónaco, John Vickers…, y Domingo.

Plácido Domingo es, hoy por hoy, el intérprete más prestigioso y más prestigiado de este papel. Sin competencia alguna. Todos los teatros del mundo se disputan su colaboración, que concede con extremada prudencia. Domingo cuida con esmero sus interpretaciones de tenor dramático, pese a que un sector de la crítica le exige una mayor profundización en este registro, en tanto que otro sector hace sentir su alarma por el deterioro de sus facultades.

Domingo es, en los primeros meses de la década de los noventa, el intérprete mejor preparado para papeles como los de Otello, Sansón, Los cuentos de Hoffmann, o don José que, en apariencia, son los que le interesan más en esta etapa de su madurez. Con anterioridad ya ha demostrado que fue un excelente Nemorino (lírico-ligero), y un excelente Rodolfo (lírico), y un excelente Alvaro (spinto)…, aunque los registros discográficos permiten a los aficionados inclinarse a favor de sus versiones o de las de Pavarotti.

Los medios de comunicación han abierto hostilidades entre uno y otro. Sin embargo, comparar a Domingo con Pavarotti no tiene mucho sentido, ya que su repertorio no es exactamente el mismo. Domingo se introdujo sin temor -pero con reservas- en el registro de tenor dramático, en tanto que Pavarotti se mantiene aún fiel a sus grandes personajes líricos; y de él se puede decir, con razón, que es el «rey del do de pecho».

Hostilidades

Este reinado no lo disputa, en cualquier caso, Luciano Pavarotti con Domingo, sino quizá con José Carreras, de quien se asegura que tiene el tono de voz más hermoso de entre los tenores. Y Herbert von Karajan lo confirmaba.

Pero la polémica no tiene sentido. Cada uno de los grandes tenores es grande en el repertorio que domina. De forma que Carreras es grande en Andrea Chenier, Turandot, La Boheme, etcétera, mientras que -por ejemplo- Kraus es grande en Rigoletto, La traviata, Los pescadores de perlas, etcétera, etcétera.

¿Polémica?

Ninguna.

La única que merece la pena alimentar, y que sería objeto de otro comentario más mordaz, es la que discute la existencia o la inexistencia de intérpretes verdianos. ¿Se canta bien a Verdi en nuestros días? Lamentablemente, hay una cierta coincidencia de opiniones sobre su inexistencia. «No -dicen-, se canta mal a Verdi.» Pese a Pavarotti, pese a Domingo, pese a Kraus y pese a Carreras.

Con matices. Porque la reedición discográfica de los viejos mitos musicales está poniendo de manifiesto que, en muchos casos, era más el ruido que las nueces.

La agonía de Kant

No es Madrid, ya lo he escrito en estas mismas páginas, la capital del teatro que llegó a ser hace 15 y 20 años ni un festival internacional de teatro en Madrid es lo que fue un festival madrileño cuando una representación de Grotowsky pudo llenar el Palacio de los Deportes de aficionados a la musa Melpómene más densamente que un encuentro internacional de atletismo (lo cual, dicho sea de paso, no es para enmudecer de admiración). Sin embargo, repasando la cartelera madrileña puede el aficionado tropezar con interesantes ejercicios de inspiración. Servirá de ejemplo Los últimos días de Emmanuel Kant contados por Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann, de Alfonso Sastre, obra que suscitó mi curiosidad tanto por su título como por el hecho de que acababa de participar en un simposio internacional conmemorativo del bicentenario de la primera edición de la Crítica del Juicio.

De moda Kant, por razones ocasionales pero también profundas —el gran debate intelectual sobre el fin de la modernidad es, en el fondo, una discusión sobre el declive o, más precisamente aún, sobre la agonía de la interpretación kantiana de la historia y del mundo—, resultaba atractivo, al menos en el papel, qué podría expresar sobre ese particular un ya desdentado león del teatro español como Alfonso Sastre. Así que prescindí de la oferta del X Festival Internacional de Madrid y opté por el Retorno a Kant del viejo Sastre.

La curiosidad fue recompensada a medias. La agonía de Kant en el escenario del María Guerrero apenas tenía relación consciente con la agonía de Kant en los escenarios de la historia del mundo (si se permite esta expresión pomposa, tan acorde con los gustos de Kant por dar pomposidad a su prosa). Es más, del largo título de la obra de Alfonso Sastre podría prescindirse, sin perder por ello un ápice de interés, de las referencias a Kant y a Hoffmann. Lo que se vio, entre la desenvoltura de las candilejas, apenas no tenía otra relación con Kant ni con Hoffmann que los nombres utilizados, inútiles reclamos a filósofos curiosos (digo «inútil» porque el número de filósofos curiosos es tan escaso que ni se me ocurre sospechar que Alfonso Sastre haya instrumentalizado el título para atraer a tan parca clientela).

Relación entre Hoffmann y Kant

¿Qué relación podría establecerse entre Hoffmann y Kant que pudiera servir de inspiración a un dramaturgo? El parentesco establecido por Sastre es muy genérico y abstracto, y lo mismo podría aplicarse a una hipotética representación teatral de las relaciones entre Andersen y Hegel. Si no me equivoco mucho, la intención podría describirse así: Kant es el tipo o modelo o la culminación del gran «sabio» ilustrado. Su obra se distingue por ser el más monumental esfuerzo del pensamiento por comprender y explicar mediante el ímpetu exhaustivo, pero exclusivo, de la razón, los misterios del hombre y de la naturaleza.

En el momento en que el espectador contempla su agonía, todo ese esfuerzo del hombre para comprender y dominar los límites que le circundan se viene abajo, se desmorona junto al propio desmoronamiento de su vida. Al fin y al cabo, sus propias construcciones racionales, al ser contrastadas en el supremo instante de la muerte, con la fisonomía de un ser miserable y exhausto, se convierten en marionetas sin vida y en ilusiones sin control.

No creo que Alfonso Sastre pretenda sugerir que los hombres son, al fin y al cabo, ilusiones o mecanismos de una narración incontrolable. Más bien lo que se desprende de la confrontación entre el pensador que muere y las marionetas y ensueños que pueblan su espíritu en ese definitivo instante en que el gran sabio se convierte en un despojo sin vida, es que la naturaleza es inaccesible al esfuerzo humano por comprenderla, lo cual no deja de ser una conclusión escéptica del latente escepticismo kantiano. Kant trata de ser un Deus ex machina, pero en el instante de su óbito queda reducido a natura naturata.

Trama y diálogo

En realidad, tanto los nombres de Kant como de Hoffmann son excusas de la representación. Por fortuna para el experimento de Alfonso Sastre lo que interesa de su empeño son «los últimos días» (de un gran hombre) y no los aspectos filosóficos y biográficos que sirven de pretexto a la intriga. El dramaturgo es eficaz al contraponer la imagen de una gran inteligencia humana con el momento en que aparece desfallecida, doblegada, vencida por el ciclo de la vida.

La trama y el diálogo, de una agilidad que manifiesta las «tablas» del ya experimentado dramaturgo, se convierten en motivo de reflexión sobre la contingencia del ser humano en general y el patetismo particular que invade cuando se experimenta que ese acontecimiento tampoco perdona los esfuerzos del gran hombre. A la hora de la muerte se manifiesta la miseria de toda criatura y su más desabrida finitud. No hay héroes, ni mitos, ni sabios, sino pequeños mecanismos bajo aquel «cielo estrellado» que siempre fue motivo de admiración y de inspiración para Kant y que sirve de impresionante decorado a una puesta en escena imaginativa, minuciosa y sugerente, ideada por Josefa Molina.

A pesar de la aspereza y el desafío que puede significar el presentar, sin concesiones al espectador, el proceso de una agonía senil y demente y su desenlace, Sastre sale triunfador del experimento. La obra tiene, no obstante su patetismo, humanidad y gracia, a veces humor. La ayuda de una interpretación exigente, en especial de José Pedro Carrión (Kant) y de Reixach (Wasianski), y de una dirección artística y técnica laboriosas y eficaces que confirman el buen hacer de Josefa Molina, son parte inherente de un espectáculo que mal dirigido o desenfocado haría agua desde la primera escena. Un aforo semivacío de un jueves de marzo no creo que sea suficiente compensación al meritorio esfuerzo.

Gilgamesh el Rey

Gilgamesh (o Gilgamés), rey de Uruk (en el país de Sumer, al sur del actual Irak), parece haber gozado de ese precario don de los dioses que es la existencia, pues así lo atestiguan las listas de reyes sumerios que han llegado hasta nosotros. Se trata, pues, de un personaje histórico que vivió hacia 2500 antes de Cristo. Fue, sin duda, en el tiempo que le tocó vivir, un rey fuerte, seguro de sí mismo, lo suficientemente rico en virtudes y lo bastante plagado de defectos como para que luego, en el futuro, muchos siglos después de muerto, gozara y goce todavía de esa otra existencia menos precaria y, a todas luces, más real que otorgan a los héroes las leyendas fantásticas y las mitologías.

Hasta el final de las civilizaciones mesopotámicas independientes, 2.000 años más tarde, Gilgamesh fue siempre considerado como un prototipo del gran conductor de pueblos, guerrero y estadista más allá de toda medida y de toda comparación. Y a su alrededor crecieron, como árboles de vida, los mitos. Se convirtió en un legendario héroe cultural que combinaba en su persona los mejores rasgos de héroes futuros, como Heracles, Ulises y Prometeo. Protagonizó una de las epopeyas más hermosas que existen, el llamado Poema de Gilgamesh, compuesto más de 1.000 años antes que los poemas homéricos.

El cantar se nos ha conservado en varias formas que han sobrevivido por mero azar entre las ruinas de la Antigüedad. La versión más larga conocida fue encontrada en el siglo XIX en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, en Nínive. Fue escrita en 12 tablillas de arcilla de escritura cuneiforme datables en el siglo VII a. C., y ha sido modernamente editada, entre otros, por R. Campbell Thompson (Oxford, 1930). Poseemos, además, una versión fragmentaria más de un milenio más antigua, escrita en la lengua de los babilonios que dominaron Mesopotamia entre la época de Sumer y la de Asiria (período hammurabiano), y algunos -escasísimos- vestigios de la versión sumeria primitiva. Existe también un Gilgamesh hitita (traducido al castellano por Alberto Bernabé), lo que indica que la historia del rey Uruk se extendió generosamente por todo el Creciente Fértil, trascendiendo el ámbito racial semítico.

El Poema de Gilgamesh no ha sido todavía traducido a ninguna de las lenguas ibéricas directamente del original. Pueden leerse las versiones castellanas de Agustí Bartra (Barcelona, Plaza & Janés, 1972), Gastón Blanco (Buenos Aires, Galerna, 1977), y la más reciente y erudita del historiador Federico Lara Peinado (Madrid, Editora Nacional, 1980, reimpresa en los «Clásicos del Pensamiento» de Tecnos, Madrid, 1988).

Sin dejar de ser una apasionante secuencia de aventuras maravillosas, el cantar es una inquietante meditación acerca de la necesidad de la muerte y de la vanidad de los esfuerzos humanos para evitar lo inevitable.

Gilgamesh aparece en ella como una figura consciente de sus propios méritos personales, arrogante y jactancioso, a punto siempre de estallar en el ímpetu sobrehumano de su tremenda vitalidad, su magnetismo y su poder. Sin embargo, a raíz de la muerte de su querido amigo Enkidu, el temor a su propia condición mortal hace que emprenda un desesperado peregrinaje en busca de Ziusudra (Utnapishtim en la versión asiria), el único superviviente del Diluvio, para que le revele el secreto de la inmortalidad. En la tablilla XII, aparentemente no relacionada con las anteriores, Endiku, desde el mundo de las sombras, dicta a Gilgamesh, animae dimidium suae, la ley inexorable de la muerte: todo lo que el hombre ha querido, todo lo que ha alegrado su corazón termina muriendo y se convierte en polvo, en detritus, en sobras de las que se arrojan a la calle. Y hay que aceptarlo.

Si el Poema de Gilgamesh cuenta la historia de un héroe fabuloso, capaz de enfrentarse a monstruos fantásticos y de rechazar los favores de la mismísima diosa Inanna-Ishtar, la novela Gilgamesh el Rey de Robert Silverberg (traducción española de Domingo Santos, Barcelona, Destino, 1988) es la biografía de un héroe real. Silverberg, nacido en Nueva York en 1936 y conocido por su amplia y variada narrativa fantástica y de ciencia-ficción, ha actuado en esta ocasión por excelencia, y lo ha hecho con una elegancia y una maestría rayanas en la perfección.

La figura legendaria del rey de Uruk se convierte, por obra y gracia de Silverberg, en un personaje conmovedoramente humano, con todos sus miedos, ansias y flaquezas. Escrita en primera persona, Gilgamesh el Rey tiene a un tiempo la fuerza del cantar épico que está en su base y la profundidad de un inimitable estudio psicológico. Se lee con avidez, con temor de que vaya a acabarse, con el placer moroso y enfermizo que produce en el adicto a la buena literatura el contacto con un texto bien planeado y mejor escrito.

«Temí a la muerte más de lo que ningún hombre la haya temido – dice el héroe al final de la novela, y fui hasta el extremo del mundo para escapar de ella, y fracasé en el empeño; pero cuando regresé, dejé de temerla… Y cuando dejamos de temer a la muerte, no existe la muerte.»

Silverberg ha utilizado como base las versiones del Poema llevadas a cabo por A. Heidel (Chicago, 1946) y E. A. Speiser (en los Ancient Near Eastern Texts de Pritchard, Princeton, 1955), además de los insustituibles trabajos de S. N. Kramer sobre el ciclo sumerio de Gilgamesh. El novelista neoyorquino demuestra encontrarse a sus anchas en el remoto mundo de Sumer. Y exhibe también una habilidad narrativa extraordinaria. Hacía tiempo, mucho tiempo, que no disfrutaba tanto como con esta versión evemerista de la saga fantástica y doliente del rey de Uruk.

Surrealismo de ambos mundos en Madrid

Desde que la revista Littérature (1919-1923) dio a conocer las poesías hasta entonces inéditas de Lautréamont y la idea surrealista se fue desgajando del antecedente dadá, el clima de fervor sacralizante hacia lo misterioso y el viaje mágico que de la mano del sueño habría de llevar a un puñado de escritores y artistas a una «segunda vida» como la aludida por Nerval, tuvo, sin duda, por epicentro a la ciudad de París. El mismo Breton, en Nadja y en otros textos, nos habla de la busca y del encuentro con lo maravilloso a través del Pasaje de la Opera, del «Pont des Suicides» o de la atmósfera del bar Certa.

Pues bien, el surrealismo, visto hoy acaso como la quiebra más considerable en el desarrollo lineal de las formas estéticas modernas, tuvo, a partir de ese inicial magma europeo, una expansión de la que quizá su trayectoria atlántica, su viaje solar hacia tierras americanas nos parece ahora -a la luz de la exposición «El Surrealismo entre Viejo y Nuevo Mundo» que se muestra en las salas madrileñas de la Fundación Mapfre- uno de sus más intensos y fértiles derroteros.

En 1935, André Breton, Benjamin Péret y Jacqueline Lamba arribaban a las playas de Tenerife por iniciativa de la Gaceta de Arte que dirigía Eduardo Westerdahl con todos los bártulos del bagaje surrealista. Canarias es así la primera escala del itinerario que habría de llevar aquel inicial impulso fantástico a los oscuros horizontes y a los selváticos paraísos americanos donde sin duda encontró tierra propicia. Además de Canarias, Nueva York, Méjico y el Caribe son los escenarios que recorre la exposición bajo la advocación del viejo libro de Juan Larrea cuyo título sirve de cabecera para la muestra.

En ella se reúnen algunas pinturas mayores de la ola surrealista americana centrada en la década de los cuarenta, muchas otras, como los cuadros del poeta peruano César Moro o los hallazgos surreales en la producción de pintores como Jackson Pollock y Mark Rothko que recomponen la época y el ambiente de Nueva York, donde después se desarrollaría el trabajo de los «action painters»; de Méjico, otro de los escenarios del duro exilio, y del Caribe, donde Wifredo Lam o nuestro Eugenio Fernández Granell ejecutaron su obra. Además, dibujos, esculturas, fotografías, cartas y manuscritos debidos al erudito afán exhumatorio del comisario de esta celebración, Juan Manuel Bonet. A su mano se debe que la reconstrucción del concierto surrealista no se vea como precedente o como epígono de otros sucesos culturales -tendencia frecuente cuando se habla de un movimiento de la vanguardia- sino como nuevo territorio descubierto para la imaginación por una confluencia de aconteceres políticos (el destierro procedente de la Europa nazi…), detonantes estéticos (el contacto de la premonición de «lo sagrado» con su propio y epifánico encuentro en una nueva tierra dorada) y por el concilio de muy diversas y prolíficas sensibilidades visionarias. También la invitación a ser seducidos por viejos papeles, catálogos, bocetos y astillas que deja el paso de un tiempo tan de «sociedad secreta» como el surrealista.

Se trata de la recomposición de un espacio disperso, de una interesante y oscurecida bisagra histórica en la que las formas surrealistas dieron lugar a nuevas conmociones estéticas -cuando habitualmente se da por muerto al movimiento- al contacto con ámbitos lejanos. La exposición escapa al agudo comentario reciente de Rafael Santos Torroella sobre el curso acelerado de arte moderno que los comisariados públicos y privados nos proponen últimamente. Por lo demás, una huella, el espléndido catálogo es el último de los ideados por Diego Lara.