Gilgamesh el Rey

Luis Alberto de Cuenca

Gilgamesh (o Gilgamés), rey de Uruk (en el país de Sumer, al sur del actual Irak), parece haber gozado de ese precario don de los dioses que es la existencia, pues así lo atestiguan las listas de reyes sumerios que han llegado hasta nosotros. Se trata, pues, de un personaje histórico que vivió hacia 2500 antes de Cristo. Fue, sin duda, en el tiempo que le tocó vivir, un rey fuerte, seguro de sí mismo, lo suficientemente rico en virtudes y lo bastante plagado de defectos como para que luego, en el futuro, muchos siglos después de muerto, gozara y goce todavía de esa otra existencia menos precaria y, a todas luces, más real que otorgan a los héroes las leyendas fantásticas y las mitologías.

Hasta el final de las civilizaciones mesopotámicas independientes, 2.000 años más tarde, Gilgamesh fue siempre considerado como un prototipo del gran conductor de pueblos, guerrero y estadista más allá de toda medida y de toda comparación. Y a su alrededor crecieron, como árboles de vida, los mitos. Se convirtió en un legendario héroe cultural que combinaba en su persona los mejores rasgos de héroes futuros, como Heracles, Ulises y Prometeo. Protagonizó una de las epopeyas más hermosas que existen, el llamado Poema de Gilgamesh, compuesto más de 1.000 años antes que los poemas homéricos.

El cantar se nos ha conservado en varias formas que han sobrevivido por mero azar entre las ruinas de la Antigüedad. La versión más larga conocida fue encontrada en el siglo XIX en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, en Nínive. Fue escrita en 12 tablillas de arcilla de escritura cuneiforme datables en el siglo VII a. C., y ha sido modernamente editada, entre otros, por R. Campbell Thompson (Oxford, 1930). Poseemos, además, una versión fragmentaria más de un milenio más antigua, escrita en la lengua de los babilonios que dominaron Mesopotamia entre la época de Sumer y la de Asiria (período hammurabiano), y algunos -escasísimos- vestigios de la versión sumeria primitiva. Existe también un Gilgamesh hitita (traducido al castellano por Alberto Bernabé), lo que indica que la historia del rey Uruk se extendió generosamente por todo el Creciente Fértil, trascendiendo el ámbito racial semítico.

El Poema de Gilgamesh no ha sido todavía traducido a ninguna de las lenguas ibéricas directamente del original. Pueden leerse las versiones castellanas de Agustí Bartra (Barcelona, Plaza & Janés, 1972), Gastón Blanco (Buenos Aires, Galerna, 1977), y la más reciente y erudita del historiador Federico Lara Peinado (Madrid, Editora Nacional, 1980, reimpresa en los «Clásicos del Pensamiento» de Tecnos, Madrid, 1988).

Sin dejar de ser una apasionante secuencia de aventuras maravillosas, el cantar es una inquietante meditación acerca de la necesidad de la muerte y de la vanidad de los esfuerzos humanos para evitar lo inevitable.

Gilgamesh aparece en ella como una figura consciente de sus propios méritos personales, arrogante y jactancioso, a punto siempre de estallar en el ímpetu sobrehumano de su tremenda vitalidad, su magnetismo y su poder. Sin embargo, a raíz de la muerte de su querido amigo Enkidu, el temor a su propia condición mortal hace que emprenda un desesperado peregrinaje en busca de Ziusudra (Utnapishtim en la versión asiria), el único superviviente del Diluvio, para que le revele el secreto de la inmortalidad. En la tablilla XII, aparentemente no relacionada con las anteriores, Endiku, desde el mundo de las sombras, dicta a Gilgamesh, animae dimidium suae, la ley inexorable de la muerte: todo lo que el hombre ha querido, todo lo que ha alegrado su corazón termina muriendo y se convierte en polvo, en detritus, en sobras de las que se arrojan a la calle. Y hay que aceptarlo.

Si el Poema de Gilgamesh cuenta la historia de un héroe fabuloso, capaz de enfrentarse a monstruos fantásticos y de rechazar los favores de la mismísima diosa Inanna-Ishtar, la novela Gilgamesh el Rey de Robert Silverberg (traducción española de Domingo Santos, Barcelona, Destino, 1988) es la biografía de un héroe real. Silverberg, nacido en Nueva York en 1936 y conocido por su amplia y variada narrativa fantástica y de ciencia-ficción, ha actuado en esta ocasión por excelencia, y lo ha hecho con una elegancia y una maestría rayanas en la perfección.

La figura legendaria del rey de Uruk se convierte, por obra y gracia de Silverberg, en un personaje conmovedoramente humano, con todos sus miedos, ansias y flaquezas. Escrita en primera persona, Gilgamesh el Rey tiene a un tiempo la fuerza del cantar épico que está en su base y la profundidad de un inimitable estudio psicológico. Se lee con avidez, con temor de que vaya a acabarse, con el placer moroso y enfermizo que produce en el adicto a la buena literatura el contacto con un texto bien planeado y mejor escrito.

«Temí a la muerte más de lo que ningún hombre la haya temido – dice el héroe al final de la novela, y fui hasta el extremo del mundo para escapar de ella, y fracasé en el empeño; pero cuando regresé, dejé de temerla… Y cuando dejamos de temer a la muerte, no existe la muerte.»

Silverberg ha utilizado como base las versiones del Poema llevadas a cabo por A. Heidel (Chicago, 1946) y E. A. Speiser (en los Ancient Near Eastern Texts de Pritchard, Princeton, 1955), además de los insustituibles trabajos de S. N. Kramer sobre el ciclo sumerio de Gilgamesh. El novelista neoyorquino demuestra encontrarse a sus anchas en el remoto mundo de Sumer. Y exhibe también una habilidad narrativa extraordinaria. Hacía tiempo, mucho tiempo, que no disfrutaba tanto como con esta versión evemerista de la saga fantástica y doliente del rey de Uruk.