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Hacia un nuevo modelo de televisión en Europa

Hasta fechas todavía muy recientes, la televisión en Europa era, en líneas generales, estatal, y con muy escasas diferencias de unos países a otros.

Pero la irrupción de las nuevas tecnologías y el cansancio que motivaba el monopolio estatal de televisión, han sido, a nuestro juicio, los dos factores que han propiciado el cambio. El satélite de radiodifusión directa hace posible que se reciban las emisiones utilizando antenas de pequeño diámetro, que resultan muy asequibles en el mercado. Como se encuentran situados a grandes alturas, en algunos casos a 36.000 kilómetros sobre el Ecuador, estos satélites cubren la mayor parte de los países europeos, saltándose alegremente las viejas fronteras políticas.

Los grandes cambios que se producen en la Historia son debidos, como señalaba Ortega, a mutaciones profundas en la sensibilidad humana. Y así puede hablarse de cansancio por un modelo de televisión estatal, en la que conjuntaban dos clases de factores, de un lado la atonía que acecha a cualquier empresa u organismo estatal y de otro la tendencia exacerbada a la politización.

La explosión tecnológica

Hemos hecho referencia al satélite, pero la aparición de pequeños equipos de grabación, los magnetoscopios, que permiten decidir al espectador lo que quiere ver, bien sea alquilando o comprando casetes y videodiscos, o grabando los programas transmitidos por cable o por el sistema hertziano tradicional, han roto el esquema de una televisión única y estatal.

Además, los nuevos sistemas de transmisión, como el MAC (Multiplexed Analogue Component), con múltiples pistas de sonido, facilitarán la superación de las barreras lingüísticas.

Estas son, evidentemente, las tecnologías, que más han propiciado el cambio. Pero existen otras más. Por ejemplo, la codificación de la imagen y del sonido, que permite la introducción de la televisión de abono o la transmisión de determinadas señales, invisibles en la pantalla, que permitirán automatizar la grabación de programas a domicilio y todo ello sin contar con el teletexto, la televisión digital y la de alta definición, que producirá una calidad equivalente a la de las películas de cine de 35 milímetros.

Como tantas veces, la tecnología precede al cambio social y, en algún sentido, es el motor del mismo.

El cansancio de la televisión pública

El Estatuto de la Radio y la Televisión, de 12 de enero de 1980 afirma en su artículo uno, apartado dos, que «la radiodifusión y la televisión son servicios públicos esenciales cuya titularidad corresponde al Estado». En el Preámbulo del Estatuto se explica el calificativo de esencial al afirmarse que la radiodifusión y la televisión se conciben «como vehículo esencial de información y participación política de los ciudadanos, de formación de la opinión pública, de cooperación con el sistema educativo, de difusión de la cultura española y de sus nacionalidades y regiones, así como medio capital para contribuir a que la libertad e igualdad sean reales y efectivas, con especial atención a la promoción de los marginados y a la no discriminación de la mujer».

Como afirma un experto en estas cuestiones, el profesor Eduardo Gorostiaga, «esos propósitos no coinciden luego exactamente con el articulado -parte normativa del Estatuto; quedan más como propósitos que ayuden a la interpretación legal». En este contexto es donde aparece la ley sobre la Televisión Privada. El que cualquier bien o actividad, en este caso unos medios de difusión, se consideren un servicio público de titularidad estatal, significa que sólo el Estado puede, en principio, desarrollarlos. O sea que la propia Administración los gestiona directa o indirectamente o lo hacen determinados particulares en virtud de la figura jurídica de la concesión administrativa. Como ha dicho el profesor de la Universidad de Manchester, George Wedell, «hasta la apertura del mercado, la televisión en Europa Occidental no era tanto una industria, sino más bien una institución pública que proporcionaba información, formación y entretenimiento».

Las frecuencias eran, y lo siguen siendo, otorgadas a los Estados y a sus Gobiernos, a través de conferencias intergubernamentales. Todo ello bajo el alto control de la Unión Internacional para las Telecomunicaciones, un órgano de las Naciones Unidas. Parece lógico que los Gobiernos pongan todo tipo de resistencias a cambiar el modelo de televisión, que dejaba este poderoso medio de comunicación prácticamente en sus manos. Había, como es natural, restricciones a este poder del Estado pero, a pesar de ellas, los Gobiernos las preferían a tener que competir con una serie de particulares. Este es el fondo de la cuestión, el cual ha sido desbaratado por los adelantos tecnológicos.

En toda esta problemática los consumidores de televisión, o sea los teleespectadores, eran los grandes ausentes. Nadie contaba con ellos. El poder de las Asociaciones de Teleespectadores era muy escaso. La Prensa europea ha atacado, en multitud de ocasiones, con gran dureza, a las televisiones estatales. Y no solamente porque cayeran, con mayor o menor frecuencia, en excesos de politización, sino porque se reclamaba una mayor libertad. O sea, porque el modelo estaba agotado. Y, en algunos casos también, hubo intereses bastardos. Por ejemplo, cuando el Parlamento británico, en 1954, acaba con el monopolio de la BBC, mediante la «Televisión Act», si se hubiese dudado de la espontaneidad del proceso de opinión pública favorable a la televisión comercial, estas sospechas no hubiesen sido tenidas en cuenta. Sin embargo, la cuidadosa investigación del profesor norteamericano H. H. Wilson ha demostrado cómo el proceso había sido inducido con fondos de industrias electrónicas y de empresas de espectáculos y de publicidad.

Mirando hacia el futuro

No es fácil hacer predicciones. Pero sí que puede afirmarse que vamos, si no estamos ya, a un sistema de libre concurrencia entre el Estado y la empresa privada. En algunos casos, como en España, el sector público se diversifica entre la televisión central y la de las autonomías. Resulta evidente que, en este esquema, la televisión privada se va a regir por las leyes del mercado. Con lo que la televisión puede convertirse en un vehículo para la publicidad y puede, inclusive, convertirse en un apéndice de la industria publicitaria. De este modo, un programa se considerará bueno si atrae publicidad o si cuesta poco dinero.

Aunque también a la publicidad le han surgido dificultades. Y son, como pasa siempre, o casi siempre, causadas por la tecnología. El mando a distancia está reduciendo, sobre todo, en Estados Unidos, las posibilidades publicitarias. Se calcula en un 65 por ciento los espectadores de un programa de gran audiencia, que eluden los bloques publicitarios. Y así la publicidad se ve obligada a buscar otros cauces, como pueden ser el patrocinio y la publicidad estática. El sistema AD-Time, de origen francés, permite que todas las vallas de una cancha de juego puedan cambiar al unísono su mensaje publicitario y un ordenador tabula el tiempo real de los anuncios en pantalla.

El gran problema es saber cómo va a perfilarse la televisión pública. Aquí surgen dos puntos de vista diametralmente opuestos. Los que piensan que la televisión pública debe financiarse, a través de la publicidad, sin entrar en los Presupuestos Generales del Estado y debe competir con la privada. Y los que piensan que la televisión pública debe ser financiada por el Estado, aunque se ayude, en alguna parte, con los ingresos publicitarios, y que debe cubrir aquellos aspectos de la realidad, a los que no llegará jamás la privada, como pueden ser los espacios culturales, los didácticos y, en algún aspecto, los informativos.

No todo van a ser rosas para los privados. El pastel publicitario habrá de repartirlo con la televisión estatal. Cada vez, un mayor porcentaje de la población preferirá ver, en sus casas, un vídeo que el programa que les puedan brindar las televisiones. La frase de Lord Thompson, cuando afirmaba, en los años 50, al obtener la concesión para una televisión privada que aquel contrato equivalía a «una licencia para imprimir dinero», resulta hoy mucho más problemática. Berlusconi, en Francia, con su «Canal 5» ha perdido, en dos años, 34.000 millones de pesetas. También en Francia, el «Canal Plus» ha recurrido a la pornografía para salvarse económicamente.

Hemos expuesto el problema. Y las posibles soluciones que se ofrecen. Pero sólo el tiempo tiene la última palabra. El tiempo que aquí puede ser extraordinariamente breve.

Nueva política, nueva estrategia para Alemania

Si una vez derruido el muro la reunificación era inevitable, y tan sólo se discutía quién y cómo debía de hacerse, las elecciones del pasado día 18 han decidido en gran parte esta cuestión. Porque la victoria de los conservadores homólogos de la CDU tiene significados y consecuencias válidos para la Alemania unida.

La reunificación

Sin duda, la victoria de la AD que todos los sondeos habían descartado, demuestran la inconveniencia de los prejuicios a la hora de hacer análisis y prospecciones, el inquebrantable techo de las izquierdas en los antiguos países socialistas, la atracción que sobre los recién liberados tiene el poder real y muchas cosas más. Pero, a mi juicio, es evidente que las elecciones de la RDA han impuesto un respaldo a las tesis nacionalistas hábilmente propugnadas por el canciller Kohl. Y ¡cuidado!, decir nacionalista no significa nada más que afirmar, como Kohl lo ha hecho hasta la saciedad, que la evolución de la otrora Mitteleuropa depende del nuevo protagonismo de las identidades nacionales. Una afirmación que pocos discutirían en el seno de la CDU. Y esta tesis, dicha en y para Alemania, tiene una especial significación, preñada de graves consecuencias. Entre otras la aceleración del ritmo de la reunificación y la mayor probabilidad de que los conservadores que ya gobiernan en Bonn y en Pankow sigan gobernando en la Alemania Unida durante los próximos años.

La reunificación que ya nadie discute tiene que ser por ello mismo rápida. El paso constante de germano orientales a la República Federal que ya adquiere magnitudes peligrosas, la presión exterior para alcanzar una solución definitiva, el lógico deseo de los vencedores del 18 de marzo de explotar su victoria de cara a la Alemania unida, todo hace dudar de que las elecciones del próximo diciembre sean sólo para la RFA cualesquiera que hoy sean las declaraciones oficiales al respecto. Eso es lo que han votado los germano orientales al dar una mayoría a quienes propugnaban una unificación rápida por una vía que tanto los comunistas como la social democracia de una y otra Alemania habían motejado de absorción.

De otra parte esta Alemania reunificada es más que probable vaya a ser gobernada por sus reunificadores, los cristiano demócratas en trance de convertirse -así lo han hecho ya en la RDA- en conservadores. Si los resultados les han sido favorables en lo que se suponía tierra de elección del SPD, la Alemania Oriental en general y Turingia en particular, ¿cómo no augurar que sus perspectivas mejoren en lo que hoy es República Federal, celebre o no ésta sus propias elecciones en el próximo diciembre?

Nadie en Alemania se opone ya a la reunificación, pero el programa del SPD para encararla, aparte de ser menos atractivo para los sentimientos nacionales, es mucho más crudo por realista en cuanto al coste económico que dicha empresa supondría para el contribuyente bávaro o renano y eso es un factor, tal vez decisivo, para otorgar al canciller Kohl una nueva mayoría.

Si así ocurriera sería una prueba más, y esta vez decisiva, del giro a la derecha en el centro y el este de Europa y tal vez sea este tipo de gobierno el valladar más seguro frente a cualquier aventurismo. Pero en líneas generales, el color de los gobernantes futuros de Berlín -¿para qué decir su Bonn?- me parece irrelevante a la hora de enunciar los graves problemas que plantea la reunificación de Alemania, en los más diversos campos, entre otros la economía, la política y la estrategia. Unos problemas inherentes al fin de aquella «guerra de sucesión alemana» más atrás mencionada. Una guerra que han ganado los propios alemanes y que supone la afirmación de su poder en el corazón de Europa. A la luz de estas realidades, la economía más poderosa, los intereses nacionales necesariamente más autónomos, la ineludible mutación de la posición estratégica de la nueva Alemania unida, ¿qué significan las palabras de Kohl según el cual «no se intentarán restablecer en el futuro estructuras de Estado nacional que se remontan al siglo XIX»? En el mejor de los casos nada, puesto que la Alemania decimonónica ha sido mucho menos inquietante que la de este siglo.

Pero vayamos a los hechos que son sin duda más importantes que las declaraciones y las cábalas.

La nueva economía

En primer lugar la economía. La gran potencia industrial va a necesitar aún mayores exportaciones, a pesar, incluso, del incremento de la demanda interna que la reunificación y revitalización económica del Este pueda suponer, y esa dependencia del sector exterior llevará a incrementar el librecambismo que a Alemania como a una economía mundial conviene. Para ser más plásticos, la reunificación ayudaría a los alemanes en palabras de Genscher a convencerse de que ya no son un país de agricultores y ello tendrá una incidencia clara en la Política Agrícola Común Europea y su lógica inviabilidad.

Por otro lado la Comunidad e incluso lo que hay fuera de ella, han basado su política monetaria en la firmeza del marco. Más aún, los economistas discuten sobre las ventajas de dejar que el marco se imponga por sus propios méritos en la libre concurrencia de divisas europeas, o de construir la unión monetaria de Europa sobre la fortaleza del mismo marco.

Pero ahora lo que está en tela de juicio es esa misma fuerza, máxime si la unificación monetaria va a suponer el cambio a la par propuesto por Kohl, y con ello la viabilidad misma del SME. Si la reunificación termina dando la razón a la señora Thatcher no sería ésta la menor de las ironías históricas de nuestro tiempo. ¿Y qué decir del ahorro alemán cuyo exceso inundaba el resto de la comunidad? ¿Va a ser insuficiente para el desarrollo acelerado de la hasta ahora República Democrática? ¿No va a resentirse de su reorientación el sur de Europa como ya está siendo el caso de España y la propia Francia donde aumentaban las quejas ante la excesiva inversión germánica? Y ello sin contar con que más al este de la propia República Democrática se desea tanto como se teme la inversión masiva de los alemanes en el ineludible proceso de reprivatización. Las enfáticas afirmaciones de los líderes de los alemanes desplazados del Este tales como Hupna o Kuschyn no son tan significativas al respecto, como los planes inversores de entidades financieras de la República Federal, porque las inversiones en Polonia o Checoslovaquia resultan tan económicamente tan indispensables como políticamente peligrosas desde el punto de vista de tales países.

La construcción europea

Lo dicho no es sino mero ejemplo del inmenso impacto que en la arquitectura europea tiene la reunificación alemana, un impacto que la retórica bienpensante no puede ocultar.

En efecto, cuando se pretende hacer coincidir reunificación alemana o integración europea, se olvida que ésta, tal como se ha concebido, de Monnet a Delors, se basaba en una Europa limitada, orientada hacia el Atlántico, homogénea en cuanto a sus componentes y equilibrada entre las diversas capacidades económicas, políticas y militares de los mismos. La noción del Eje París-Bonn respondía precisamente a esa noción de homogeneidad y complementariedad.

Pero la reunificación y lo que va tras ella, la apertura al este porque sin lo uno no será posible lo otro- impone una ampliación del espacio europeo, centrado en sí mismo y en el que la heterogeneidad de sus componentes exigiría esfuerzos centripetos que son dificultados por la ruptura de los equilibrios que hasta ahora servían de base al funcionamiento de la Comunidad. V. gr. la nueva política presupuestaria que las nuevas necesidades requerían.

Los líderes políticos y sociales alemanes no dejan de enfatizar su lealtad a la idea comunitaria y su compromiso con la construcción europea. Y sin duda son sinceros, pero contradictorios también. Porque a la vez que nadie puede discutir la contribución decisiva de la República Federal a los progresos de la integración comunitaria, y la última presidencia alemana en el primer semestre de 1988 es elocuente muestra de ello, como suelen recordar los prohombres de la CDU, nadie tampoco puede negar que, derruido el muro, los cristiano demócratas reorientan su política hacia objetivos netamente nacionales, que los socialdemócratas propugnan una política de seguridad que bloquea los desarrollos del Acta Unica en este campo, que los liberales equiparan siempre que pueden la CEE con el nonnato futuro intergubernamental de la CSCE, etcétera.

Incluso desde otro ángulo muy distinto -la política de los Ländern federados- se insiste en la vocación europeísta y a la vez se teme que un incremento de las competencias comunitarias erosione la autonomía inherente a un sistema federal. Tal es y será aún más en el próximo futuro la actitud de la CSU bávara.

Lo cierto es que pese a las reiteradas afirmaciones europeístas de los responsables germánicos, tras el endoso dado el pasado mes de diciembre por el Consejo Europeo de Estrasburgo al proceso de reunificación, la Comunidad ha sido testigo mudo del desarrollo de ese proceso, protagonizado lógicamente por los propios alemanes… y las potencias vencedoras en la II Guerra Mundial (proceso de dos más cuatro iniciado en Ottawa).

Ni cuando Kohl propone la unidad monetaria entre las dos Alemanias, o Mitterrand ofrece garantías a Polonia, tienen para nada en cuenta, no ya la CEE, sino la propia Cooperación Política Europea.

Tan sólo los Estados Unidos insisten en considerar a la CEE como la pieza clave para encajar tanto la reunificación alemana como la apertura al y del Este que la liberación de las antiguas democracias populares ha hecho posible, pero sin dejar de hablar de una liga de naciones libres y soberanas que poco tiene que ver con la supranacionalidad y la subsidiaridad propugnadas desde Bruselas. Los recientes discursos del Secretario de Estado, Baker, en las Universidades de Berlín y de Praga, hechos con la declarada intención de moderar a los gobernantes alemanes tienen más ecos de Wilson que de Schumann y, para bien o para mal, empalman más con el tratado de Versalles (1919) que con el de Roma.

¿Es ésta la mejor situación para un relanzamiento institucional de la CEE que haga avanzar la integración comunitaria de concierto con la integración? Así parecerían propugnarlo todos al insistir en que aquélla es inviable al margen de ésta.

Pero la realidad es a todas luces otra y no puede serlo de otra manera, porque el ritmo acelerado del proceso alemán contrasta con la lentitud del proceso europeo; porque sus protagonistas y sus intereses son distintos y tal vez, incluso, el significado que en una y otra perspectiva tengan las palabras.

La autonomía de las metas y las decisiones que el gobierno alemán ha demostrado permite dudar de su disponibilidad a transferir las grandes opciones nacionales, políticas o económicas de hoy o de mañana. Pero eso y no otra cosa es la transferencia de soberanía a una autoridad supranacional.

Ante esta realidad, ¿qué significa la incesante referencia a la unidad europea? Nada más y nada menos que el fin de la división del Continente, la culminación del proceso de Helsinki, el fin de la guerra de sucesión alemana, devolviendo el poder y el protagonismo en su propio espacio a los alemanes. ¿Pero qué tiene esto que ver con la arquitectura europea diseñada en Bruselas y las sucesivas fases de integración propuestas por el Informe Delors en el Consejo Europeo de Madrid, en el ya lejano 1989?

La neutralización

¿Y qué decir de la seguridad? Los antiguos vencedores, después aliados y siempre ocupantes occidentales, quieren a la Alemania unida en el seno de la OTAN; los soviéticos la prefieren neutral y desarmada.

Los socialdemócratas, si ganaran las próximas elecciones, llevarían a Alemania hacia una neutralidad militar sin perjuicio de pertenecer a una Alianza Atlántica estrictamente política. Tal es la tesis que han esbozado en público y explicitado en privado Lafontaine, Vogel o el influyente Voigt.

Pero es el caso que, aun diciendo todo lo contrario, los democristianos y conservadores no podrían hacer algo muy distinto.

En efecto, una Alemania militarmente integrada en la OTAN es inaceptable para los legítimos intereses de seguridad de la URSS, por mucho que la dependencia de la Bundeswehr de los mandos aliados de Bruselas pueda tranquilizar a los polacos. Y tanto vale una Alemania integrada en la Alianza como integrable a través de los controles operativos, como es el caso de Francia o España. Y lo mismo puede decirse de la pertenencia de la Alemania unida a la UEO.

Más aun, una Alemania cuya pertenencia a la OTAN supusiera la paulatina desmilitarización de ésta no sería útil a los intereses de seguridad del Occidente. El pilar europeo, para ser tal, necesita ser sólido y la solidez en este caso debe obtenerse optando por la intensidad frente a la extensión. Tal vez sea posible mantener a la nueva Alemania en una alianza convertida, de aparato militar en referente político, como, desde Malta, ya propugnan que la OTAN es hasta los soviéticos. Tal era hace años la tesis de analistas como Brezerinski. Pero entonces, nombres aparte, será preciso otro aparato de seguridad occidental efectivamente integrado o integrable en términos militares.

Pero, paralelamente a la inviabilidad e inconveniencia de una Alemania en la OTAN militar, es impensable que después de reunificada la primera potencia económica de Europa siga militarmente ocupada por sus antiguos vencedores. Si una coalición de SPD y Verdes exigiría la retirada de las tropas extranjeras por mor del pacifismo, un gobierno de la CDU, en pequeña o gran coalición, exigirá la misma retirada por mor de las aspiraciones nacionales. Hoy las tropas extranjeras son impopulares en suelo alemán, para unos por ser tropas, para otros por ser ocupantes, a efectos prácticos para todos. Y ante tal estado de opinión, es indudable que la democracia que ha llevado a la reunificación exigirá la evacuación tanto de rusos como de occidentales.

¿Y una Alemania ajena al Pacto de Varsovia y a la OTAN, libre de tropas extranjeras, puede ser otra cosa que neutral? Una neutralidad capaz de desempeñar un papel positivo en la seguridad europea, si el control de armamentos convencionales avanza, si la CSCE se institucionaliza…

Pero con todo ello, la futura Alemania no podrá dejar de ser una potencia militar europea de primer orden, porque económica, tecnológica, demográfica y geográficamente puede serlo, y hay responsabilidades colectivas en el campo de la seguridad que obligan a serlo. El caso del Japón así lo demuestra.

Imperativo de imaginación

Los problemas planteados por la reunificación son más complicados que la división misma, y el justo apoyo a la superación de ésta no debe ocultar la dificultad de aquéllos. La división era injusta e inmantenible al margen de la fuerza; la reunificación es plausible como fruto de la autodeterminación de un pueblo. Pero obliga a la búsqueda de nuevos equilibrios que, dada la importancia de Alemania, han de ser continentales cuando no mundiales.

Y las cuestiones difíciles no se resuelven ni negándolas ni dilatándolas. La virtud política suprema, la prudencia, no es sino la capacidad de ver la realidad, la imaginación para reinventarla y la habilidad para realizar lo imaginado.Nueva política, nueva estrategia para Alemania

La reforma educativa

«Dejad que hagan la ley, ya haremos nosotros el reglamento». Parece que el ministro de Educación ha seguido este consejo del Conde de Romanones al elaborar el anteproyecto de ley de ordenación general del sistema educativo (LOGSE), sobre el que acaba de pronunciarse el Consejo Escolar del Estado, antes de su presentación al Congreso de los Diputados.

El anteproyecto no recoge el principio del derecho prioritario de los padres a la educación de sus hijos, ni siquiera cuando se regula el primer ciclo de la educación infantil hasta tres años.

El «prudente y reflexivo proceso» que según la exposición de motivos ha precedido al anteproyecto ha terminado en una faena de aliño: el Gobierno ha presentado un texto breve (87 artículos, 15 disposiciones adicionales, 8 transitorias y 2 finales) y escrito con prisa: los plazos previstos en el libro blanco habían sido superados, y ahora es preciso recuperar el tiempo perdido.

Una ley de mínimos

El Ministerio ha preparado una ley de compromisos mínimos, quizá pensando en la dificultad del consenso entre los grupos políticos para lograr más cómodamente votos que no sean del PSOE para su aprobación por las Cámaras.

En el articulado se han evitado algunos temas que pueden originar controversia, y se han pasado a las disposiciones adicionales, que han sido ya las más criticadas.

La redacción apresurada se pone en evidencia en la misma exposición de motivos. En ella se llega a afirmar que «se fundamenta la Ley en que en la educación se decide, en buena medida, la capacidad de los niños y de los jóvenes para desarrollar plenamente su identidad personal…». Craso error, pues la capacidad no se decide sino que existe en cada persona y es el fundamento de la educación. Achacable también a las prisas es el olvido de señalar la lectura entre los aprendizajes básicos de la educación primaria en la formulación del artículo 12.

Un proyecto estatalista

La ideología de fondo que preside la redacción del proyecto es claramente estatalista. Se da por supuesto que es el Estado el que debe asegurar las plazas escolares necesarias, sin mencionar siquiera la iniciativa ciudadana, ni la colaboración de las fuerzas sociales que han promovido los centros escolares privados. El derecho prioritario de los padres a la educación de sus hijos no aparece reconocido ni siquiera cuando se regula el primer ciclo de la educación infantil, para los niños hasta los tres años.

Sin embargo, en el anteproyecto se plantea un principio de autonomía pedagógica de los centros escolares para completar y desarrollar el plan de estudios y para establecer algunas asignaturas optativas. Confiemos en que a la hora de elaborar los reglamentos no se ahogue este germen de libertad, que puede facilitar la mejora de la calidad de la enseñanza y una oferta diversificada a los padres de los alumnos. Incluso debería ampliarse la libertad de los centros a otros aspectos de su organización escolar, como el del horario escolar.

Pero esta autonomía puede verse mermada por la intervención de las autoridades autonómicas, dispuestas a imponer sus propios planes de estudios, por lo que posiblemente el Ministerio se verá obligado a pactar un mínimo que todos han de respetar, de acuerdo con el mandato de la Constitución que deja en manos del Gobierno la programación general de la enseñanza. Las Autonomías completarán el llamado currículum, siendo muy posible que quede para los centros un resto muy pequeño de iniciativa.

La reforma ante Europa

Las ideas aplicadas no están en línea con las que actualmente rigen en otros países de Europa donde caen todos los monopolios del Estado en materia de educación. El Ministerio pretende reformar la estructura general del sistema educativo: un camino del todo equivocado si se compara con las reformas europeas de los últimos años, que más bien se preguntan qué se puede conseguir sin cambiar las estructuras ni las instituciones.

Nuestra reforma intenta compaginar los principios de integración y comprensividad -viejas ideas socialistas- con las nuevas ideas en auge en Europa: el principio de diversidad de contenidos a partir de determinadas edades.

No se respeta el principio de igualdad de oportunidades entre la enseñanza pública y la privada, lo cual puede dificultar el desarrollo e incluso el mantenimiento de los centros de iniciativa social.

Como en anteriores ocasiones, siguen sin estar claros los mecanismos para la puesta en marcha de la reforma: formación del profesorado, evaluación y financiación.

Hasta hace poco tiempo no se ha comenzado a hablar de un aspecto capital de la reforma: que quien ha de llevarla a cabo son los profesores. El profesorado se halla en una situación de desánimo y falta de estímulos, con la que tendrá que enfrentarse a un diseño curricular abierto que puede resultarle penoso y con pocas probabilidades de éxito.

Educación para un modelo de sociedad

El artículo 1.º del anteproyecto, que señala los fines del sistema educativo, omite cualquier referencia a los valores trascendentes. Este punto ha sido denunciado por la Conferencia Episcopal: «los objetivos y características del Anteproyecto de Ley -dice un comunicado hecho público recientemente- reflejan una mentalidad tecnicista y pragmática propia de una visión del hombre y de un concepto de humanidad en los que no se tiene en cuenta la dimensión trascendente y moral de la persona. Esta orientación que se pretende para el sistema educativo encierra muy graves consecuencias porque configurará un tipo de hombre carente de valores fundamentales».

En efecto, los únicos valores a los que se refiere el anteproyecto son los de «tolerancia y la libertad dentro de los principios democráticos de la convivencia» y «la formación para la paz, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos».

Enseñanza de la religión

Otro punto denunciado por los Obispos es el tratamiento dado a la enseñanza religiosa escolar. El derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones, consagrado en el artículo 27.3 de nuestra Constitución, no queda bien reflejado en el anteproyecto: «Al relegar los criterios de ordenación de la enseñanza religiosa escolar a una disposición adicional, apoyada solamente en el cumplimiento de acuerdos con las confesiones religiosas, se omite claramente lo que afirma sobre enseñanza la Constitución Española y lo que proclaman las declaraciones y convenciones universales sobre derechos humanos y libertades».

Lo positivo

Los Obispos mantienen que el derecho fundamental a la formación religiosa y moral y el correspondiente deber de los poderes públicos de garantizar aquel derecho debe ser afirmado en el articulado mismo de la ley, sin relegarlo vergonzosamente a una disposición adicional. En contra de lo que figuraba en el libro blanco, la asignatura de Religión no se menciona en la regulación básica de las enseñanzas anunciada por el anteproyecto.

Señala el anteproyecto: «se incluirá la religión como área o materia en los niveles educativos que corresponda, que será de oferta obligatoria para los centros y de carácter voluntario para los alumnos». Muy criticado ha sido el calificativo «voluntario», que se pide sea sustituido por el de «optativo» con la asignatura de ética, como ocurre en la situación actual, para evitar que lo que se plantee a los alumnos sea la clase de religión o una actividad como el recreo.

Una dudosa libertad de enseñanza

El anteproyecto no respeta el principio de igualdad de oportunidades entre la enseñanza pública y la privada y puede dificultar el desarrollo e incluso el mantenimiento de los centros de iniciativa social: así, en la disposición transitoria segunda se establece que los actuales centros privados autorizados de Enseñanza General Básica y Formación Profesional de primer grado, sólo podrán impartir las nuevas enseñanzas de primer ciclo o de segundo ciclo de secundaria obligatoria con «carácter provisional, excepcionalmente y por necesidades de escolarización».

Esta disposición supondrá en la práctica la desaparición de muchos centros docentes, aunque parece que puede presumirse su inconstitucionalidad por conculcar la libertad de establecimiento de centros docentes consagrada en la Constitución y los derechos adquiridos de muchos centros escolares.

Tampoco se halla suficientemente reconocido el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que prefieren para sus hijos. Este derecho que asiste a los padres debe extenderse a todos, tanto a los que llevan sus hijos a centros públicos como a los que prefieren centros privados.

Formación Profesional

Después del amplio debate sobre Formación Profesional de los dos últimos años, son decepcionantes los artículos que la ley dedica a este nivel educativo.

Se desecha la denominación de Educación Técnico Profesional que figuraba en el libro blanco, que resaltaba el hecho de buscar una nueva concepción de estos estudios, y se mantiene el nombre de Formación Profesional con el único cambio de grado medio por el actual de segundo grado.

La «incardinación como contenido básico en la educación secundaria» que señala en la exposición de motivos ha quedado reducida en el anteproyecto a una asignatura de tecnología en este nivel, quedando la Formación Profesional en un bloque aparte desgajada de la educación secundaria.

Esto podría significar que los problemas de la educación para el mundo del trabajo sigan marginándose y la Formación Profesional continúe siendo el refugio de los que no pasan al bachillerato. Aún se está a tiempo de arreglar este desaguisado; bastará volver a las ideas que figuran en el libro blanco.

Bachillerato

Tras el fracaso, reconocido por el Ministerio, de los planes experimentales de años pasados, se presenta ahora un proyecto indefinido, hasta el punto de que ni tan siquiera establece las materias que lo compondrán. Quedará así para la regulación posterior el establecer la verdadera configuración de este bachillerato que ahora tan sólo atisbamos.

Consejo Escolar del Estado

La comisión permanente del Consejo Escolar del Estado que ha estudiado este anteproyecto ha emitido un dictamen del que entresacamos en el cuadro adjunto los aspectos que valora positivamente y algunas, que no todas, de las consideraciones que someterá al debate del Pleno de este Consejo Escolar.

LO QUE HA DICHO LA COMISIÓN PERMANENTE DEL CONSEJO ESCOLAR DEL ESTADO

Lo positivo

  1. La estructura comprensiva de la enseñanza desde la primera edad hasta los 18 años. La formación personalizada en el desarrollo de la actividad educativa.
  2. La obligatoriedad y gratuidad de la educación de los 6 a los 16 años.
  3. La corrección del actual desfase existente entre la edad en que concluye la escolarización obligatoria y la edad mínima para acceder al mundo laboral.
  4. El proporcionar a los alumnos una educación común de los 6 a los 16 años. La diversificación de contenidos a partir del 2.º ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria al establecer materias optativas.
  5. La implantación de una titulación única al finalizar la Educación Secundaria Obligatoria, válida para acceder al Bachillerato y a la Formación Profesional de grado medio. Se elimina así la doble vía actualmente existente al final de la EGB con el título de Graduado Escolar que permite el acceso al Bachillerato y el Certificado de Escolaridad que tan sólo facilita el acceso a la Formación Profesional de primer grado. Esta doble vía estima que era causa de numerosos problemas de frustración, fracaso y discriminación.
  6. Los criterios que regulan la Formación Profesional cuya finalidad inmediata será la de preparar a los alumnos «para la actividad en un campo profesional, proporcionándoles una formación polivalente».
  7. El diseño y planificación de la Formación Profesional con la participación de los agentes sociales, mundo empresarial, incluyendo en estas enseñanzas la realización de prácticas en las empresas.
  8. La Formación Profesional propuesta estima que podrá:
    • Resultar atractiva para los alumnos por su directa relación con los intereses del entorno social.
    • Estar interconexionada con el resto del sistema educativo.
    • Ser susceptible de adaptarse a las necesidades de las empresas.
  9. La concepción del currículo escolar y de su desarrollo que establece que el Gobierno fijará las enseñanzas mínimas para garantizar la educación común de los alumnos, las Administraciones educativas establecerán el currículo, gozando de autonomía pedagógica.
  10. El tratamiento dado a la regulación de las Enseñanzas Artísticas consideradas como de Régimen Especial.
  11. El desarrollo dado a la Educación Infantil con la extensión de este nivel desde el nacimiento hasta los seis años de edad.

Consideraciones al Pleno

  1. El Gobierno debería comprometerse a incorporar al proyecto una memoria económica y procurar que el gasto en educación crezca de modo progresivo hasta equipararse a la media de los países europeos.
  2. En la Educación Infantil debe buscarse la colaboración de la familia, y propiciar una política de convenios entre centros privados y Administraciones educativas para garantizar los puestos escolares necesarios para asegurar a todos el derecho a recibir esta educación.
  3. Debe aprobarse con urgencia el Programa Nacional de Formación Profesional para coordinar las acciones de los Ministerios de Educación, Trabajo y otros organismos.
  4. Deben aprovecharse los centros de Formación Profesional existentes adaptándolos y dotándolos para poder acometer la reforma.
  5. La preparación tecnológica en la Educación Secundaria debe ser la adecuada para el más eficaz desarrollo de la posterior formación específica. Conviene incluir en el Art. 29.3 una referencia expresa a los contenidos de la formación básica de carácter profesional.
  6. Se considera adecuado modificar la actual denominación de Formación Profesional, por la de Educación Técnico Profesional.
  7. Se recomienda desbloquear, mediante fórmulas flexibles, el acceso desde el ciclo formativo de grado medio al de grado superior de la Formación Profesional.
  8. Solicitar que todos los alumnos españoles puedan cursar obligatoriamente dos idiomas: la primera lengua a los 6 años, la segunda a los 10 años y una tercera en el ciclo de la educación primaria.
  9. Conviene aclarar en qué consistirá la especialización didáctica exigida a los profesores para impartir la educación secundaria obligatoria.
  10. Se considera imprescindible una especial formación psicopedagógica del profesorado que haya de realizar la acción tutorial de los alumnos.
  11. Debe contemplarse la dotación adecuada de profesores de apoyo, tanto en los centros públicos como en los privados concertados.
  12. Es inadecuado que la participación de los padres se reduzca a los niveles de Educación Infantil y Especial, cuando su presencia debe estar garantizada en todos los niveles de acuerdo con el artículo 27.7 de nuestra Constitución.
  13. Las Disposiciones Transitorias deberían tener una redacción más precisa, ya que la actual puede dar lugar a muy diversas interpretaciones y generar notable inseguridad.
  14. Debiera de concederse a los centros concertados un plazo suficiente para su adaptación o transformación.
  15. El profesorado de EGB que actualmente imparte la segunda etapa debería poder seguir con el primer ciclo de Secundaria obligatoria, indefinidamente y como derecho adquirido.

Hacia una sola alemania, deprisa, deprisa…

Desde la ventana de la habitación del hotel se ve la ruina majestuosa de la «Iglesia del Recuerdo», conservada como un símbolo del pasado bélico de la antigua capital del «Reich». Esta mañana de sol, al otro lado del muro que durante casi treinta años les ha mantenido separados, los berlineses del oeste han podido recorrer esa parte de su ciudad en la que, por primera vez desde hace sesenta y siete años, se van a celebrar elecciones libres. Serán unos comicios limpios, de pronóstico incierto, los primeros que un país del Este de Europa, bajo el soplo de la «perestroika» de Gorbachov, celebra con todas las de la ley, sin red alguna para los anteriores dueños de las urnas.

En «Unter der Linden», esos «Campos Elíseos» de Berlín Oriental, en un puesto al aire libre en el que se venden baratijas y libros, he comprado, por unos pocos marcos occidentales, una estatuilla del político Vicente Lombardo Toledano, un revolucionario mexicano que, como escribió Octavio Paz, «logró, al mismo tiempo, ser partidario de Miguel Alemán y José Stalin». Lo que más me ha llamado la atención del bronce ha sido la inscripción, escrita en castellano, de la peana: «Los revolucionarios estamos condenados a la victoria». Cuando la revolución comunista se desmorona estrepitosamente sobre el suelo alemán, el pasado, que estas elecciones van a liquidar del todo, hace almoneda de sus recuerdos y cambia su historia por marcos fuertes, la inminente moneda de todo el país.

En «Deutschmarks» se venden también los trozos del muro que, desde el 9 de noviembre, muchas personas se dedican a transformar en pequeños recuerdos de un ayer ya vencido. Estos fragmentos de cascotes, extraídos de una pared odiada, son las nuevas monedas de la nueva historia. Junto al «Checkpoint Charlie», lugar de paso de los extranjeros, los chicos han levantado un rastrillo de piedras, de todos los colores, tamaños y precios, arrancadas de la formidable barrera de hormigón que hacía de Berlín Oeste un territorio cercado y de la República Democrática Alemana una prisión.

A lo largo del muro, que tiene un perímetro de 130 kilómetros en total, el sonido de cinceles y martillos es inconfundible. Es como si los símbolos que decoran el emblema de la «Deustche Demokratische Republik», el martillo y el compás, hubiesen sido tomados por la población para derribar con ellos una barrera que les ha identificado en la crónica dolorosa de estos años.

Blitzkrieg sin armas

Los turistas y los berlineses del Oeste se acercan a la Puerta de Brandeburgo, el otro emblema de la ciudad dividida, que luce en lo alto una gran bandera de la República Democrática Alemana. Los jóvenes se encaraman a la muralla, como hicieron una noche singular, hace cuatro meses, el 9 de noviembre, cuando la población de ambos sectores se dio la mano sin miedo, escribiendo, entre gritos de alegría, la página probablemente más emocionante de la moderna historia alemana.

Esta historia ya no hay quien la pare. Alemania, a la que la derrota de la última guerra había troceado en dos Estados, convertidos, respectivamente, en los mascarones de proa de dos navíos enemigos, ha tomado sin titubeos las riendas de su destino. Inmensas manifestaciones en Leizpig, en Dresde y en Berlín encendieron la mecha de una protesta imparable. Fue como una «Blitzkrieg» sin armas: sólo pancartas, gritos y la voluntad de sacudirse de encima a la vieja «nomenklatura» del poder marxista.

Gracias a las nuevas circunstancias que vive el mundo del Este bajo la batuta audaz de Mijail Gorbachov -que pidió moderación a Honecker cuando empezaron las protestas-, los alemanes orientales han repetido el esquema de transición ya ensayado en otros países: diálogo con la oposición, mesas redondas para encarar el futuro, supresión del monopolio político comunista…

Pero para seguir avanzando se han tenido que echar en manos de su compatriotas occidentales, en una operación que no tiene precedentes históricos. Frente a la incertidumbre que la salida del sistema comunista presenta en otros pueblos, en los que la pérdida de iniciativas individuales va acompañada de bancarrota económica, la República Democrática alemana es como un pariente que vuelve a una casa donde están deseando recibirle. La República Federal ofrece al hermano pródigo la tarjeta de crédito. Pero a cambio deberá acomodarse a las costumbres del receptor, y aceptar que, a la larga, nada es gratis en este tiempo mercantil y materialista.

No es un «Anschluss» (anexión), de tan pésimas resonancias, ni un «Diktat», ni un «Ultimátum». Es, sencillamente, la cristalización de lo inevitable. La política podía mantener separadas a las dos Alemanias, pero, como en Berlín, en cuanto se echa a un lado el muro político y se deja que actúen la lengua, la historia y la geografía, se ve que estamos en una sola ciudad y en un mismo país. Quiénes deberían pilotar esa unidad desde este lado es lo que estaba por ver: o los mismos que dirigen la otra Alemania-la coalición de cristiano-demócratas y liberales- o sus oponentes históricos, los socialdemócratas, o los comunistas reconvertidos. Nada más.

El tren de la unidad

Este es el sentido de las elecciones alemanas del 18 de marzo de 1990, cuando se cumplen veinte años justos del primer contacto interalemán protagonizado en Erfurt por un político de gran aliento, que hoy está aquí, haciendo campaña a favor de la socialdemocracia, y que se llama Willy Brandt.

El hombre de la «Ostpolitik», la política del Este, que fue alcalde de Berlín y canciller de la República Federal hasta que un espía que surgió de aquí, de esta misma plaza en que estaba hablando, le obligó a dimitir, ha vuelto a la escena política a los 76 años para defender, con sorprendente energía, el sueño de la unificación, aunque matizándolo frente a quienes quieren que esa unidad entre los dos Estados alemanes se haga de inmediato. «El tren de la unidad está en marcha. Pero hay que tener cuidado para que nadie caiga bajo sus ruedas», ha dicho Brandt, con su voz ronca entre aclamaciones. El todavía muy popular político advierte del riesgo de ese tren para los asalariados, los jubilados, los ahorradores. «Es más importante que ellos no se caigan, que el confort de los que viajan en primera clase».

La socialdemocracia quiere también la unificación, pero con prudencia

Frente a él, sólo una figura ha sido capaz de poner sombra en su presencia y el mismo entusiasmo en las masas: el canciller Helmut Kohl, recibido con una pita el día en que cayó el muro por algunos jóvenes inconformistas, pero que en los seis mítines de la campaña, en las principales ciudades de la República Democrática, fue acogido con el máximo fervor. Su mensaje ha sido muy simple: la unidad, cuanto antes. Y con la unidad, libertad y prosperidad, como en la otra Alemania.

Durante tres semanas, estas dos opciones se enfrentaron en carteles y mítines. El antiguo partido comunista (SED) salía a la arena electoral con una nueva etiqueta, Partido del Socialismo Democrático (PSD), dispuesto a salvar los restos del naufragio del régimen con dos atractivos líderes, Gregor Gysi, su nuevo presidente, y Hans Modrow, el jefe de Gobierno de la transición. Pero sus recursos materiales, todavía cuantiosos, y el apoyo de los miles de afiliados con que contó antes de la metamorfosis no garantizaban, de antemano, más que una presencia digna en la tabla de los resultados. Su opción nunca podría ser mayoritaria, y ellos lo sabían. «Queremos estar en la oposición. Vamos a ser una oposición leal, pero feroz.»

El problema en esta acelerada transición ha sido improvisar los dirigentes. Por eso, el gasto lo han hecho los propios políticos venidos de Bonn, que, a efectos propagandísticos, han convertido a la DDR en su casa, y se han entrenado para las generales de la República Federal, que se celebrarán el 2 de diciembre. Estas elecciones han sido unas primarias: CDU y SPD se han disputado, al tiempo que la herencia del Primer Estado comunista sobre suelo alemán el futuro de toda la Alemania unida. Helmut Kohl, un canciller que parecía en retirada, quiere pasar a la historia como el «Bismarck de la paz». Y, si las cosas siguen pro-democráticos más del doble del territorio que la socialista -diez «Länder» frente a cinco, 248.000 metros cuadrados por 108.000 del otro lado, se dio a sí misma una Constitución – La ley Fundamental- que consagraba la posibilidad de terminar con la antinatural división del país en el preámbulo que dice: «Se exhorta a todo el pueblo alemán a consumar la unidad y la libertad de Alemania mediante la libre autodeterminación».

El último trimestre de 1989, con el éxodo masivo de los jóvenes a la República Federal, la caída de Honecker, su sucesor Krenz y el muro, la renuncia al monopolio del poder por los comunistas y el anuncio de las elecciones ante los alemanes aparecía, por primera vez, como algo realizable, la posibilidad de unificación.

Las elecciones abren nuevos interrogantes, dada la posición de la República Federal en la Comunidad Europea y en la OTAN. Pero cierran, con la perspectiva de la unidad entre los dos Estados alemanes, un capítulo anacrónico dejado en el corazón de Europa por la última guerra mundial. Como ha dicho Willy Brandt durante la campaña, «por grande que sea la culpa de una nación, no se puede liquidar con una división temporal impuesta. Y cuarenta y cinco años después de la guerra, ya no tiene validez la categoría de vencedores y vencidos.»

En esto, Kohl piensa igual. Cuando, en una reciente entrevista, un periodista se refirió a las potencias vencedoras, el canciller le interrumpió diciendo: «No me gusta esa expresión. Utilice otra». Pero ante la polémica desatada por sus ambiguas declaraciones sobre las fronteras con Polonia -cuya inamovilidad sólo aceptó reconocer a regañadientes después de un duro enfrentamiento en el Bundestag con su ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl declaró: «Quienes nos conocen saben que no habrá un cuarto Reich. Nadie tiene que temer a la reunificación alemana».

El doble vencido alemán hacía ya tiempo que, en cuanto a renta y producto nacional, había dejado de serlo. El historiador Golo Mann ha escrito que el Tratado de Versalles, del que salió una nueva guerra, «tal vez no sirvió porque el más débil, Francia, había vencido al más fuerte, y nada sólido podrá edificarse sobre la base de un resultado antinatural».

La división alemana era un hecho antinatural que las elecciones del 18 de marzo liquidan de la manera menos traumática y por la vía más rápida. Porque, al final, la votación ha sido un plebiscito sobre la velocidad a la que el pueblo alemán del Este, dotado durante cuarenta años de una nacionalidad tutelada y artificial, quiere convertirse en uno solo junto a los otros alemanes. Un plebiscito sobre cómo hacer la conquista del Oeste.

La conquista del oeste

El semanario «Der Spiegel», uno de los órganos de prensa más influyentes en la República Federal, ha pasado a venderse ya, como otros periódicos y revistas occidentales que antes eran objeto de angustiosa persecución, en la otra Alemania. Y lo ha hecho con un número dedicado a las elecciones que tiene como portada un féretro sobre el que reposa el emblema de la Alemania del Oeste, con esta leyenda: «El precio de la reunificación, la muerte de la Republica Federal».

Si algunos sectores de Alemania Federal tienen ese sentimiento, la impresión que abriga todo el mundo en la República Democrática es exactamente la misma, pero respecto a su país. Uno de sus escritores, Stefan Heym, ha dicho: «La RDA ya no existirá más. No será más que una nota de pie de página en la Historia».

Aceptada por todos los partidos en liza -que eran exactamente veinticuatro, aunque algunos puramente testimoniales- la lógica de la unificación, sólo quedaba por concretar por qué vía se decidían los votantes. Kohl y su «Alianza por Alemania», integrada por la CDU, la DSU (emparentada ideológicamente con la CSU bávara) y un nuevo grupo, «Despertar Democrático» (DA), propugnan la vía rápida del artículo 23 de la Ley Fundamental. Según él, cualquier territorio puede solicitar el acatamiento constitucional e integrarse en la República Federal: fue un previsor mecanismo, ideado, con más esperanza que otra cosa, por los padres de la Constitución. Hay otra vía, el artículo 146. Pero ésta lleva aparejada la necesidad de someter a referéndum una nueva Constitución, la que puede modificar el estatus de la República Federal en la Comunidad Europea.

La votación del 18 de marzo ha sido un plebiscito sobre la velocidad a la que el pueblo alemán quiere realizar la unificación del país.

Frente a esta fórmula de urgencia -nunca tan rápida como la aplicada por quienes han votado con los pies, pasando a la República Federal y al Berlín Oeste a una media de mil personas por día, el SPD de Brandt, Vogel y Lafontaine recomendaba más calma, más ir por los pasos medidos. «La unidad alemana no quiere decir que nos debamos ir todos al Oeste», gritaba Willy Brandt en la plaza de las Naciones de Postdam, ante miles de partidarios, a los que repitió su mensaje de que la unidad no puede hacerse a cualquier precio, y que tiene que producirse en la solidaridad y en la seguridad social. Bajo el balcón desde el que hablaba, adornado con dos banderolas del SPD, muchas banderas de la DDR y una de ellas desplegada con esta inscripción: «Renovación, pero sin venderse».

El problema es que la impaciencia sigue consumiendo a muchos alemanes orientales, que ven en la unificación la posibilidad de mejorar rápidamente de nivel de vida después de décadas de austeridad, y, a pesar de las recomendaciones que les hacen los políticos, siguen su imparable invasión de la otra Alemania. «Mi mensaje en esta hora -ha dicho Kohl- es que se queden en sus casas, que colaboren con nosotros en sus ciudades, pueblos y comunidades, en sus fábricas, en sus instituciones, para reconstruir este hermoso país».

El día después

Este hermoso país ha vivido la jornada postelectoral en la euforia. Incluso los grandes perdedores, los socialistas, cuyo dirigente Egon Bahr, viejo colaborador de Willy Brandt en la «Ostpolitik», ha sido quien más áspero se ha mostrado tras el resultado -ha llegado a hablar de «métodos de tendencia fascista que le recordaban a Goebbels», en alusión a sus rivales conservadores-, han sentido cierto alivio ante la solución del acertijo. Bonn, para acortar la hemorragia viajera, ha anunciado que a partir de 1.º de julio se suprimirán las ayudas a los tránsfugas, decisión que ya había tomado el Land del Sarre, que gobierna Oskar Lafontaine, futuro rival de Kohl en la carrera por la cancillería, y que aprovechará a partir de ahora, en beneficio propio, todos los fallos que se produzcan en la larga marcha hacia la unidad. Su réplica a ese cartel mortificante que los democristianos exhibían en Berlín Este, en el que aparece sonriente junto a Honecker, con la leyenda «Ni más socialismo», es preguntar todos los días quién paga la factura de la reunificación.

Será una factura costosa, sin duda. La República Democrática alemana está endeudada en cerca de 20.000 millones de dólares, y aunque a ella también le deben dinero, sus deudores deberán ser perdonados, como en el Padrenuestro, porque son de los que no pueden pagar: Angola, Etiopía, Cuba y Afganistán. La Unión monetaria, que se hará enseguida, será inútil, como ha advertido el «Frankfurter Allgemeine Zeitung», sin una economía conjunta. Pero la economía de la DDR presenta retraso tecnológico respecto a la de la República Federal, paro encubierto, baja productividad y todos los hábitos consustanciales con la ausencia de competitividad.

Helmut Kohl, en nombre de esa Alemania dispuesta a sacar a sus compatriotas orientales del atolladero, no pierde el tiempo. Tras llamar a Bonn a Lothar de Maiziere, se ha decidido a poner toda la carne en el asador. El ministro de Economía de la Alemania Oriental en transición será Elmar Pieroth, ex-consejero del Gobierno de Berlín Occidental que, para acentuar que esto es asunto ya de todos los alemanes, no importa el pasaporte que tenga, ni siquiera posee la nacionalidad del otro lado. Este Erhard de los años noventa, al que se recomienda enderezar la maltrecha economía de la República Democrática, ya ha anunciado que el cambio que se establezca entre las dos monedas alemanas será de uno por uno. Algo, sin duda, gravoso para la República Federal, que deberá canjear 16 millones de marcos en billetes y 170 millones de marcos de ahorro de los alemanes del Este, lo que hará aumentar la masa monetaria en la República Federal en un 15 por 100, y crecer el riesgo de inflación.

Pero, al tiempo, también empezarán las empresas de la Alemania Occidental a invertir fuertemente en la otra parte del país. Las tres grandes del automóvil -Opel, Volkswagen y Mercedes- ya lo han declarado en la Feria Industrial de Leipzig, a la que, en las vísperas electorales, llegó el vuelo inaugural de una nueva línea aérea, compartida por Lufthansa e Interflug, que unirá Leipzig y Frankfurt.

«El día después» un sol espléndido, anticipadamente primaveral, baña los carteles electorales que ya son papel viejo y los políticos hacen el recuento definitivo de los escaños: 193, la Alianza; 87, el SPD; 65, el comunismo renovado; 21, los liberales… Lothar de Maiziere, el descendiente de los hugonotes, quiere una gran coalición, pero los socialistas no están dispuestos a ella, por ahora… «Unter der Linden» mira hacia el otro lado. Pronto será derribado totalmente el muro, y el paseo se prolongará, a través de la Puerta de Brandeburgo, hasta la columnata de la Bismarcks-trasse.

La calle se llena de preguntas y de expectativas. Empieza la transición alemana, pero está primavera de Berlín no avanza entre temores, como hace dos décadas la de Praga. Los tanques rusos han empezado, en Europa, su vuelta a casa. Como ha dicho Vaclav Havel, los países del Este son miembros de una familia que regresan de un largo viaje.

Los alemanes orientales, acostumbradas a cierta sobriedad, empiezan a adelantar lo que le piden a este momento histórico tras el fin de nuestro trayecto. De Maiziere se conforma con poco: «Poder ser el primero en leer mis propias cartas, llamar a mi mujer sabiendo que no va a haber otra persona escuchando…». El líder socialdemócrata Ibrahim Boehme, el gran derrotado de las elecciones, al que las encuestas habían hecho concebir esperanzas incluso de mayoría absoluta, es aún más sobrio: «Lo que deseo es que mañana luzca el sol tan fuertemente como hoy».

Pero para él, los días siguientes iban a ser sombríos. Acusado de colaborar con la «Stasi» (la policía política), renunció provisionalmente a su acta de diputado. Y es que el pasado de niebla no siempre se desvanece sin consecuencias ante el sol del futuro.

¿QUIEN TIENE MIEDO DE ALEMANIA?

En plena campaña electoral en la República Democrática Alemania, Mitterrand recibió al presidente polaco, el general Jaruzelski, para tranquilizarle respecto a todo lo que se viene especulando sobre las fronteras de dos países con experiencias negativas en sus relaciones históricas, Alemania y Polonia. La Francia eterna, que pasa por la Revolución, Napoleón, De Gaulle y, ahora, este François Mitterrand heredero de la «grandeur», quería mostrar su apoyo a los polacos en este conflicto posible -aunque Helmut Kohl acabó reconociendo la inviolabilidad de la línea Oder Neisse como frontera oriental de la futura Alemania unida- y marcar distancias respecto a su socio comunitario. La amistad De Gaulle-Adenauer se ha seguido con diversas parejas de baile -Pompidou-Brandt, Giscard-Schmidt, Miterrand-Kohl- pero ello no quiere decir que no conozca altibajos. Es sabido que el catedrático de griego y ex-banquero que era Pompidou no soportaba, más que a efectos protocolarios, a aquel tosco Willy Brandy que venía de la guerra de España y no había pasado de periodista en su vida profesional. Este Kohl expansivo y orondo, que ocupa siempre más lugar en la mesa del que debiera, tampoco hace especialmente feliz al sinuoso abogado de Jarnac, que es aficionado a la literatura clásica y a pasear por las Landas.

El viejo contencioso franco-alemán -que tiene su expresión literaria más reciente en la frase de François Mauriac, que decía «amo tanto a Alemania, que prefiero que haya dos»- rebrota de vez en cuando por encima de las conveniencias políticas y de las apariencias de buena vecindad. Así, la prensa francesa ha dedicado una atención inusual a los acontecimientos de Alemania, y ha empezado a hacer cuentas sobre lo que se le vendrá a Europa encima cuando los alemanes occidentales hayan conseguido colocar a su mismo nivel la economía de los otros alemanes, que se calcula será en unos diez años. Alemania será un país de ochenta millones de habitantes, que representará el 24 por ciento de la Comunidad Europea.

Ilustres políticos franceses han venido ignorando reiteradamente la posibilidad de reunificación alemana. Tanto el ministro de Asuntos Exteriores, Dumas, como el de Defensa, Chevènement, consideraban hasta este mismo año que ese no era un problema actual. El propio Miterrand dijo en junio de 1979, con ocasión de la campaña para las elecciones europeas: «La reunificación alemana no la creo ni posible, ni deseable, para el equilibrio europeo, la seguridad de Francia y el mantenimiento de la paz».

El fin del imperio soviético

El acontecimiento histórico de la edad moderna más parecido a lo que ocurre hoy en la Unión Soviética, fue la crisis del Imperio turco. Su decadencia y ruina tardaron en producirse más de 100 años, desde el asalto de Napoleón hasta la derrota en la Primera Guerra Mundial y la paz de Versalles con el desmembramiento final. Ahora, con la aceleración de los tiempos y las complejidades económicas y tecnológicas de la época, no es razonable pensar en términos tan dilatados. Aunque de verdad nadie sabe lo que puede suceder ni cuándo, porque la historia se analiza después. Nadie, en efecto, se había atrevido a predecir que el llamado «socialismo real» se iba a desmoronar tan pronto y de manera tan súbita.

Las semejanzas entre los procesos turco y soviético son bien visibles. Ambos imperios se han caracterizado por una sustancial continuidad territorial, a diferencia de los de las modernas potencias coloniales de occidente desde la española y la portuguesa hasta los de Francia e Inglaterra. (En el caso soviético, las excepciones de Vietnam y de Cuba eran fruto de la historia en el primer caso y del azar en el otro. Los dos imperios se edificaron, además, sobre poblaciones que tenían larga historia y arraigadas tradiciones culturales, que ni desaparecieron ni fueron asimiladas nunca. Armenios y caucásicos, egipcios, griegos, eslavos, judíos, etc., eran etnias diferenciadas y culturalmente autónomas en el caso turco, igual que ahora en relación con la URSS lituanos, estonios, ucranianos, armenios (otra vez), georgianos, turcos (o azeríes) y los pueblos del Asia Central, por ejemplo, los que están en torno a la vieja Samarcanda.

La unidad en el seno de ambos imperios venía dada por elementos étnicos, culturales y de poder físico que mantenían bajo su dominio dispersas y heterogéneas realidades sociales. En un caso, los vínculos fueron el Islam (mayoritario, aunque progresivamente desarabizado en términos de lengua y de política); los otomanos y la maquinaria militar -con jenízaros y, en su caso, mamelucos, como tropas profesionales y escogidas-.

Crisis del sistema y las amenazas del secesionismo

En el otro, el sistema ideológico y político del comunismo y su partido, el pueblo ruso, o más precisamente gran ruso, y el Ejército Rojo. El primero no logró arraigar en las provincias del «imperio», la rusificación no ha tenido tiempo, ni medios o posibilidad, ni quizá tampoco verdadera voluntad, de hacerse y al Ejército Rojo, le pasaron dos hechos verdaderamente graves desde el punto de vista militar: que no podía seguir los avances tecnológicos americanos -la iniciativa de defensa estratégica y las tecnologías de punta- y que hubo de retirarse de Afganistán, con el rabo entre las piernas, dejando todo como estaba.

Pero hay que prestar atención a un aspecto muy importante de la gran cuestión que está todavía pendiente. En torno al núcleo o corazón básico de la URSS, que es Rusia desde el Ártico al Mar Negro y desde Leningrado a Vladivostok, había dos periferias, la de los países del Pacto de Varsovia y la de las repúblicas soviéticas. Los primeros, hasta jurídicamente, se hallaban en condiciones de desprenderse del hegemón del imperio, dando paso a una reconstrucción del mapa de la Europa central y oriental del lado de acá de Rusia de antes de la Guerra Mundial. Ni la identidad de la URSS, ni su territorio, ni su orgullo de gran potencia sufren grandemente por ello. En cambio, los secesionismos y la agitación de las repúblicas soviéticas más excéntricas o recientes no puede producirse sin que se generen tensiones de consecuencias insospechadas, que Moscú podría tolerar en el caso de las bálticas bajo ciertas fórmulas de Commonwealth (según postulaba recientemente el internacionalista profesor Truyol), pero que serían insoportables si alcanzaran seriamente a Ucrania.

Los occidentales -y señaladamente los Estados Unidos- están actuando con una prudencia responsable y digna de elogio. El final del imperio soviético puede ser considerado como un hecho, pero la fuerza física -humana, tecnológica, nuclear y, en una palabra, militar- si no se lleva a cabo adecuadamente allí una especie de reconversión o redimensionamiento político, podría desmandarse y conducir al mundo a una situación gravemente peligrosa. No es tan fácil pasar de superpower a potencia ordinaria. Para que la transición sea tranquilamente aceptada por su gente, la URSS, que va a poner cada vez menos satélites en órbita, tiene que ir poniendo, como decía desde el propio Moscú un destacado periodista, más carne y más mantequilla sobre las mesas de su gente.

En España, ruido de papeles

La libertad de información y de expresión son bienes públicos que el poder tiene la obligación de proteger en una sociedad democrática moderna, garantizando la libertad de opinión y la libertad para el ejercicio de la crítica. En el caso español, igual que en muchos otros, el amparo de ese bloque de libertades está recogido en la Constitución de manera suficientemente explícita.

No sólo es admisible, sino razonable y además ocurre en todas partes, que los gobiernos por razones de interés general, puedan acotar algunas materias y reservarse el conocimiento de ellas, particularmente en los campos de la defensa nacional y, en determinadas circunstancias, en asuntos de política exterior e incluso de orden público. Son los llamados secretos oficiales, que suelen estar regulados por disposiciones aprobadas por los parlamentos.

También es habitual, y a nadie le parece mal, que, por razones de oportunidad, se acuerden entre periodistas y políticos ciertos silencios y se respeten las condiciones en que se ha accedido a una información concreta. Se trata de un pacto que puede afectar a los contenidos o sólo a las fuentes de ciertas noticias. Se dice entonces que se aplican las fórmulas del «off the record» y de la «background information», cuyos mismos nombres, internacionalizados ya, revelan su raigambre anglosajona, lo cual significa que se han generado en una cultura política en que se rinde culto a la libertad.

En relación con el marco de las libertades de expresión y de crítica existen también, como en todas las relaciones interpersonales, unas leyes penales que amparan los derechos de los individuos e instituciones y los defienden de las agresiones de que puedan ser objeto. Pero no se entiende por qué esos posibles abusos habrían de ser considerados de naturaleza distinta que los que se hacen sin prensa. Ya los códigos reconocen circunstancias que agravan o atenúan responsabilidades, entre las que suele contarse la publicidad.

No tocar las leyes penales

En todo caso se trata de preceptos que jueces y fiscales han de manejar con tanto cuidado y pericia como las armas de fuego, para evitar que se produzcan efectos no deseados, por decirlo con un eufemismo, y para no contribuir a una irritación innecesaria entre gobernantes, periodistas y público. Pero es casi más peligroso todavía tratar de meterse a remendar el código penal, para enfrentarse con problemas transitorios. El código penal es una pieza jurídica, que debe poseer una estructura homogénea armónicamente organizada en torno a unos principios filosóficos, sociológicos y jurídicos coherentes. Hace poco más de 20 años, precisamente aquí en España, se introdujeron en el código penal en forma de artículos «bis» unos preceptos de la Ley de Prensa con la consecuencia de que se invalidaban los no muy generosos márgenes de libertad abiertos poco antes.

Bastante más tarde, ya bajo el presente régimen democrático, se aprobó una mal concebida ley para la defensa del honor y de la intimidad frente a posibles agresiones de la prensa y de los medios. No ha sido ciertamente la más eficaz de las normas emanadas de aquel parlamento, ni la más venturosa en su aplicación. Se pensó, en un principio, para que con ella se pudieran incluso confiscar periódicos, en casos señaladamente graves. Es a todas luces evidente que no ha servido prácticamente para nada, salvo como cauce de reclamaciones o querellas de algún particular sobre asuntos particulares, o para que alguien invocara su amparo al dirigirse a un periódico con una rectificación o un desmentido que casi siempre se habría publicado sin necesidad de semejante norma.

La prensa no es una cuestión pendiente de la transición española, y desde luego no necesita ninguna legislación especial. Los «medios» son una industria, el periodismo una profesión y el universo de la información una de las piezas capitales -y la más visible del sistema de comunicación de una sociedad.

Como industria, como profesión y como hecho social ha de estar sometida a las leyes generales del país y a aquellas disposiciones que vengan exigidas por la naturaleza de un medio, por razones técnicas o compromisos de estado, como ocurre por ejemplo con las frecuencias de radio y de televisión, o para prevenir fraudes al público o acciones antisociales por medio, por ejemplo, de la publicidad. Pero no debe ser declarada oficialmente bajo sospecha como se hacía con elementos sociales marginales en las antiguas leyes de vagos y maleantes.

La prensa, y en general los medios, el periodismo y el universo de la información deben estar presididos, en todas sus realizaciones, por principios éticos, y deben ser los profesionales y la industria misma quienes los impongan, y la aprobación y el rechazo de una sociedad sana quienes los sancionen.

Observatorio: Abril 1990

LAS LIRAS DE BERLUSCONI

La batalla de la televisión es, en todas partes, una batalla por la publicidad. En España, también. Cuentan los que saben de esto que al magnate por antonomasia de la TV, «Su Emittenza» Silvio Berlusconi, lo que más le perturbaba en los retrasos de la concesión española, para la que se había venido preparando con la adquisición de los Estudios Roma y la puesta en marcha de su propia productora, agravados por las peleas internas entre los diversos socios de Tele 5, era que se perdían horas de programación publicitaria. «¿Y mis liras, qué? Estamos tirando liras todos los días», se le oía comentar con su fiel Lazarov, antes de ir a hacer de Lazarillo sumiso con «el otro Berlusconi», el presidente de la ONCE, Miguel Durán.

Pues bien, la reciente medida del Senado italiano, impidiendo que haya más de un corte publicitario en las películas que se emiten por televisión en Italia, ha agravado las quejas de Berlusconi. Si la cámara confirma el proyecto, perderá al menos 40.000 millones de pesetas en anuncios en su país, y se habrá abierto un peligroso precedente para sus intereses en otros lugares. En España, concretamente, los creadores cinematográficos vienen clamando desde hace tiempo por una normativa como la propuesta en Italia, que no consienta que las películas sean interrumpidas por una incesante colección de anuncios que convierten el llamado «séptimo arte» en un simple soporte de publicidad.

GENERALES SOVIÉTICOS QUE SE QUEJAN

Hay signos de insatisfacción en algunos altos oficiales del Ejército soviético, aunque las fuerzas armadas en general han apoyado a Gorbachov. Pero el ministro de Defensa, general Yazov, se queja de que hay 170.000 oficiales sin viviendas, y de que haya habido 12.000 oficiales que han renunciado a sus empleos buscando un mejor nivel de vida. Otro general, Moiseev, jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, lamentaba los sentimientos antimilitaristas que advertía en las repúblicas periféricas -no rusas- de la URSS. Otro general, Sergeev ha dicho en declaraciones al servicio de información Moscow News que la retirada de tropas soviéticas de las antiguas repúblicas populares del Pacto de Varsovia erosiona la paridad estratégica con la OTAN.

VIOLINISTA Y HUGONOTE

Lothar de Maizière (49 años), el candidato democristiano vencedor en las elecciones del pasado 18 de abril en la República Democrática de Alemania, desciende de hugonotes franceses refugiados en Prusia. Su padre era abogado, y él lo es también, aunque primero probó fortuna como violinista, profesión que ejerció en la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín, y que abandonó a causa de una enfermedad. Hasta el pasado mes de noviembre había permanecido al margen de cualquier función pública, aunque sí era un activista notable en el seno de la Iglesia protestante. Se trata de un hombre prudente, cercano a los planteamientos del prestigioso presidente de la República Federal, Richard von Weizsacker.

GOBIERNO EN ENTREDICHO

Las elecciones parlamentarias del 29 de octubre de 1989, que dieron, en principio, la mayoría absoluta al PSOE, han vivido después un proceso singular y complejo, entre impugnaciones, recursos y fallos judiciales de diverso signo. Pues bien; al cabo de cinco meses, resulta que el PSOE no tiene la tan pregonada mayoría absoluta, sino una gran mayoría minoritaria; suficiente, sin duda, para conseguir la confianza del Congreso dada la ausencia de los diputados de HB y el apoyo de algún parlamentario suelto o la abstención de ciertos grupos minoritarios.

Sin embargo, eso no quiere decir que González tenga ahora igual poder para gobernar. Y no nos referimos sólo a una cuestión elemental de números, es decir, de diputados en la Cámara, sino a una pérdida de autoridad ante la opinión pública. Por tanto, cualquiera que sea la maniobra inmediata, estamos ante un Gobierno en entredicho.

TAMBIÉN EN ESLOVENIA, PRIMAVERA ELECTORAL

El 8 de abril, en Eslovenia, tendrán lugar las primeras elecciones yugoslavas con pluralidad de partidos desde el fin de la guerra mundial. Se piensa que una alianza opositora, Demos, puede alcanzar el 30 por 100 de los votos, detrás de ella quedarían los liberales, y los comunistas, maquillados allí también con otro nombre, ocuparían el tercer lugar. Eslovenia y Croacia estarían dispuestas a permanecer en una federación menos unitaria que la actual Yugoslavia. El enfrentamiento sería, como siempre, con los servios.

AGENDA

  • Conferencia de Felipe González ante el Pleno del Congreso para someterse a la moción de confianza (5 de abril).
  • Elecciones presidenciales y parlamentarias en Perú (8 de abril).
  • Elecciones parlamentarias en Grecia (8 abril).
  • Reunión entre los representantes del Congreso Nacional Africano, presididos por su líder histórico Nelson Mandela, y el Gobierno de Sudáfrica, encabezado por el presidente Frederik W. de Klerk (11 de abril en Pretoria).
  • Congreso confederal de UGT (Madrid, 2-15 de abril).
  • Viaje oficial del Papa a Checoslovaquia (21-22 de abril).
  • Toma de posesión de Violeta Barrios viuda de Chamorro y de Virgilio Godoy como nuevos presidenta y vicepresidente de Nicaragua, respectivamente (Managua, 25 de abril).
  • Cumbre de los jefes de Gobierno y de Estado de los países miembros de la CEE (28 abril en Dublín).

BOFETÓN CHINO A CASTRO

El Gobierno de la República Popular China anuló una invitación que había hecho a Fidel Castro para que visitara oficialmente Pekín el pasado mes de febrero. Esta decisión ha producido un gran malestar en el tirano caribeño, que consideraba a China el único país marxista-leninista, junto, claro está, con Cuba. La diplomacia cubana trata ahora, por todos los medios, de que la invitación sea cursada de nuevo.

DEFORESTACIÓN

Durante el decenio de los 80, más de un millón de km² de bosques tropicales ha sido destruido. Causas: agricultura itinerante o sedentaria, extracción de leñas, explotaciones madereras inadecuadas. Esta cifra representa en términos absolutos aproximadamente el 10 por 100 del total; en términos relativos, equivale a dos veces la superficie de España en el decenio, a la superficie de la provincia de Madrid, en un mes, a la de Vizcaya en una semana, o a 300 km² diarios.

Física cuántica. ¿Ilusión o realidad?

Título: «Física cuántica. ¿Ilusión o realidad?».
Autor: Alastair Rae.
Editorial: Alianza Universidad. Madrid, 1989. 163 páginas-
Precio: 1.800 pesetas.


Una serie de dificultades aparecieron en el campo de la Física microscópica, que no podían ser explicadas por la Mecánica clásica. En principio, se puede definir la escala microscópica como la de los fenómenos atómicos o subatómicos en los cuales las longitudes que intervienen son, como máximo, de algunos angströms (1A = 10-8 centímetros). Estas dificultades se hacen especialmente patentes, cuando se estudia, con profundidad, la interacción entre la materia y la radiación. Fue Planck el primero en darse cuenta de estos hechos cuando estudiaba el cuerpo negro, que es, por definición, un cuerpo que absorbe la totalidad de la radiación que recibe. Desde entonces hasta hoy, se ha desarrollado la Física cuántica, con un gran éxito, en la explicación del micromundo.

Un conjunto de físicos de este siglo, Bohr, Schrödinger, Broglie, Heisenberg, se encargaron de desarrollar esta teoría, cuyos conceptos básicos se encuentran todavía en discusión. La Física cuántica, que utiliza el formalismo general, necesita el apoyo de un aparato matemático, cuyo carácter abstracto corre el riesgo de ocultar la propia realidad física que representa.

Siempre que ha sido posible realizar el cálculo cuántico de una magnitud física, éste ha estado en perfecto acuerdo con los resultados experimentales. De todos modos, el autor no pone un especial énfasis en este aspecto, realmente fundamental para cualquier teoría científica, sino que lo que más le preocupa es explicar las implicaciones filosóficas que la teoría cuántica puede tener en la explicación del mundo. Por eso, el problema de la medida es descrito con una especial atención. En toda medida cuántica, el estado del objeto observado es, de alguna manera, afectado por los aparatos de medición, que son necesariamente macroscópicos y que, en principio, no deben entrar en la Física cuántica.

Por otro lado, subyace el deseo de conservar la teoría cuántica como la teoría general fundamental del universo físico, capaz, en consecuencia, de explicar tanto las propiedades de los átomos y del mundo subatómico como las del mundo macroscópico. Pero, ¿es ello posible? Por ello, analizando el valor de la Física cuántica, el profesor Garrido ha podido escribir que «la mecánica cuántica es poesía, creación humana, bellísima poesía que, además de sus valores estéticos, pone en manos del hombre una llave maestra para dominar el átomo y, de la misma forma, todo el mundo del microcosmos. Sólo se capta científicamente en la mecánica cuántica un lado de la naturaleza: el más abstracto, el matemático».

El autor de este libro, Alastair Rae, analiza, con una claridad admirable, las ideas básicas de la Física cuántica así como los problemas epistemológicos a que da lugar. La obra se ha pensado para un lector con conocimientos físicos y matemáticos muy elementales. Sólo se mencionan una parte de los grandes éxitos que la Física cuántica ha conseguido a lo largo del siglo XX.

Lequerica y Franco

Título: «Los diplomáticos de Franco. J. F. de Lequerica. Temple y tenacidad (1890-1963)».
Autor: María Jesús Cava Mesa.
Editorial: Universidad de Deusto. Bilbao, 1989. 363 páginas.
Precio: 3.200 pesetas.


Escribe Fernando García de Cortázar en el breve prólogo que abre este libro que si bien «el régimen de Franco ha sido comúnmente denostado sin remilgo alguno por la historiografía, en la parcela de las relaciones internacionales se la ha podido reconocer algunos de sus mejores éxitos». Personalidades como Lequerica, Castiella, Areilza (los tres vascos) algo tuvieron que ver en este éxito. Para el director del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto la tesis doctoral de su discípula, María Jesús Cava Mesa, «ha resistido con oficio a los cantos halagadores del síndrome de Estocolmo para poder ser de esa manera su cronista y su juez».

La primera reacción del lector ante tal sugerencia resulta, desde luego, de sorpresa: nos encontramos en primer lugar ante un trabajo universitario de cierto valor científico, intención hagiográfica y orden caótico en el que, además, sobra al título principal. La autora no escribe sobre «los diplomáticos de Franco». Más bien diseña una biografía entusiasmada de José Félix de Lequerica.

El libro que, desde luego, «no es fruto de desvergonzada improvisación ni de tuerto escarceo sino resultado de años de laboriosidad e información» utiliza, además de un extenso material de archivo «desclasificado», los llamados «papeles de Lequerica», es decir, anotaciones, cartas, informes y, tal vez, agendas del personaje.

Pese a este impresionante «corpus» documental, el resultado es mediocre. No basta con acumular citas a pie de página para elaborar un trabajo científico de cierta entidad. La recopilación de todo tipo de documentos y referencias constituye la primera etapa de cualquier estudio, sea académico o no. Posteriormente el autor o autora debe elaborar y «centrar» este material, construyendo argumentalmente un texto coherente y, sobre todo, interesante, que ofrezca nuevas perspectivas e interpretaciones del personaje o asunto. Nada de esto se vislumbra en Los diplomáticos de Franco. Lequerica, que era un gran personaje, aparece diluido en el apabullante despliegue erudito. Ni siquiera cuando la autora se refiere a los primeros tramos vitales del biografiado en Vizcaya es posible «visualizar» a Lequerica. Todo suena a reseña y huele a naftalina. La razón es clara: en la investigación se ha dejado al margen el marco histórico real para volcarse en la búsqueda documental. Hay que tener cierta capacidad de aguante para llegar hasta el final de un libro donde todo o casi todo era conocido: no hay hallazgos espectaculares ni observaciones turbadoras en sus más de 300 páginas.

Astucia

La peripecia vital de José Félix de Lequerica hubiera merecido, sin duda, otro tratamiento y lo mismo cabe decir de su actuación pública. Parece obvio que el texto de la profesora de Deusto facilitará en el futuro un estudio en profundidad. Porque el sujeto se lo merece. Ahí es nada: Lequerica se presenta como un paradigma de los primeros 60 años del siglo. Procedente de la oligarquía bilbaína, este conservador con ribetes liberales navega siempre en las aguas del poder (casi nunca en la oposición, salvo durante la República) con una astucia insuperable. Su actividad empresarial es marginal aunque brillante. La guerra civil le facilita el gran salto hacia misiones en el exterior: París primero, después Vichy y en los albores de la victoria aliada, el Ministerio de Exteriores, breve y frustrada experiencia que no podrá repetir aunque lo intente en varias ocasiones. Pero será seguramente su misión en Washington, primero como «inspector de Embajadas» y posteriormente como embajador, la que permita a José Félix de Lequerica desplegar su enorme capacidad de trabajo, ingenio, simpatía y sentido común.

El trabajo que se le encomendó no fue precisamente fácil: se trataba de promover apoyos y solidaridad para con un régimen que se hallaba en el «ghetto» internacional a causa de sus características y orígenes. Lo hizo espléndidamente aunque, eso sí, sin pararse en barras y recurriendo a todo tipo de métodos, desde la creación de un «lobby» franquista entre diputados y senadores a «engrasar» con generosidad a políticos, periodistas, abogados y gente de mundo. Todo esto lo hizo el gran bilbaíno con brillante cinismo y con relativa convicción. La autora del libro ha preferido resaltar las convicciones y olvidarse de los métodos utilizados. No hay, por ejemplo, un estudio serio sobre las «grandes maniobras» de Lequerica con los editores y periodistas norteamericanos para moderar sus críticas al dictador español. Las referencias a este asunto clave son ligeras y ya eran conocidas. Lo mismo sucede con otros episodios menos brillantes de la vida pública del biografiado: su participación en la entrega a Franco de Companys y Zuazagoitia (posteriormente condenados a muerte y fusilados) o la tenebrosa historia de los judíos «salvados» por Franco que el profesor Antonio Marquina ha descrito «sine ira et studio» y en la que Lequerica tuvo una participación decisiva por mucho que la profesora Cava intente ignorarlo.

Inquina y admiración

Franco y Lequerica eran temperamentalmente opuestos, intelectualmente se hallaban alejadísimos y su formación tanto cultural como social se situaba a 1.000 millas de distancia. Pero fueron capaces de establecer una curiosa colaboración de la que cada uno sacó tajada, aunque obviamente fue el dictador quien más se benefició. La capacidad de adaptación de ambos a las realidades menos halagüeñas, su desprecio por las ideologías al uso -que les sirvieron apenas de cobertura-, la defensa de ciertos principios generales patrióticos e «inmutables», les aproximaban. Había, sin embargo, no pocas diferencias, tanto en el carácter como en la acción. Franco era un militar ordenancista, astuto y desconfiado, intelectualmente mediocre y con dos o tres ideas fijas, a quien la vida social repugnaba y que sólo rendía culto al mando. Lequerica, por el contrario, fue un intelectual fino, un táctico notable, amaba la buena mesa y, en general, la buena vida. El poder le interesaba sólo en la medida que le permitía hacer lo que quería y debía. Era también un crítico corrosivo, un conversador ocurrente, un simpático contertulio. Nada de esto era el «Generalísimo» ni pretendió serlo a lo largo de su vida.

En determinados momentos Franco utilizó a Lequerica y éste se valió del dictador. Como tantos otros hombres de su época y generación, Lequerica sentía hacia el general una mezcla de respeto, inquina y admiración. Muchos de los problemas que tuvo se derivaron precisamente de su lengua «demasiado suelta». Sus calificaciones lapidarias, sus frases de doble o triple sentido, el tono despegado con que juzgaba a funcionarios, polizontes y próceres despertó en los interesados odios intensísimos. Su vida familiar fue poco convencional (la profesora Cava pasa sobre ella a galope) pero no le impidió brillar con luz propia en los salones de París, Vichy, Washington o Nueva York.

Su escepticismo radical tampoco le dispensó de rendir tributo en ditirambos entusiastas al régimen del 18 de julio, a su fundador y a su ambigua ideología. Lequerica era un «fronterizo»: tenía pocas convicciones inamovibles, se adaptaba a una realidad cambiante y durísima con la sutil habilidad de quienes ganan siempre y no tenía rencores. Con una memoria corta para los agravios, era de natural generoso tal vez porque siempre fue rico. Personaje complejo, apasionante y contradictorio, merecía desde luego una biografía a la altura de su circunstancia. No ha sido el caso. Otra vez será.