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Ver productosDespués de las elecciones parlamentarias celebradas el pasado 18 de marzo en la República Democrática Alemana, selladas con el gran triunfo de la oposición de centro-derecha, la vía para la reunificación de Alemania está abierta merced al dictado del pueblo y pese a las reticencias de algunos vecinos. Miguel Angel Gozalo, miembro de nuestro Consejo Editorial, vivió los acontecimientos en Berlín, siguiendo paso a paso uno de los grandes cambios políticos del Siglo XX.
1 de abril de 1990 - 16min.
Desde la ventana de la habitación del hotel se ve la ruina majestuosa de la «Iglesia del Recuerdo», conservada como un símbolo del pasado bélico de la antigua capital del «Reich». Esta mañana de sol, al otro lado del muro que durante casi treinta años les ha mantenido separados, los berlineses del oeste han podido recorrer esa parte de su ciudad en la que, por primera vez desde hace sesenta y siete años, se van a celebrar elecciones libres. Serán unos comicios limpios, de pronóstico incierto, los primeros que un país del Este de Europa, bajo el soplo de la «perestroika» de Gorbachov, celebra con todas las de la ley, sin red alguna para los anteriores dueños de las urnas.
En «Unter der Linden», esos «Campos Elíseos» de Berlín Oriental, en un puesto al aire libre en el que se venden baratijas y libros, he comprado, por unos pocos marcos occidentales, una estatuilla del político Vicente Lombardo Toledano, un revolucionario mexicano que, como escribió Octavio Paz, «logró, al mismo tiempo, ser partidario de Miguel Alemán y José Stalin». Lo que más me ha llamado la atención del bronce ha sido la inscripción, escrita en castellano, de la peana: «Los revolucionarios estamos condenados a la victoria». Cuando la revolución comunista se desmorona estrepitosamente sobre el suelo alemán, el pasado, que estas elecciones van a liquidar del todo, hace almoneda de sus recuerdos y cambia su historia por marcos fuertes, la inminente moneda de todo el país.
En «Deutschmarks» se venden también los trozos del muro que, desde el 9 de noviembre, muchas personas se dedican a transformar en pequeños recuerdos de un ayer ya vencido. Estos fragmentos de cascotes, extraídos de una pared odiada, son las nuevas monedas de la nueva historia. Junto al «Checkpoint Charlie», lugar de paso de los extranjeros, los chicos han levantado un rastrillo de piedras, de todos los colores, tamaños y precios, arrancadas de la formidable barrera de hormigón que hacía de Berlín Oeste un territorio cercado y de la República Democrática Alemana una prisión.
A lo largo del muro, que tiene un perímetro de 130 kilómetros en total, el sonido de cinceles y martillos es inconfundible. Es como si los símbolos que decoran el emblema de la «Deustche Demokratische Republik», el martillo y el compás, hubiesen sido tomados por la población para derribar con ellos una barrera que les ha identificado en la crónica dolorosa de estos años.
Los turistas y los berlineses del Oeste se acercan a la Puerta de Brandeburgo, el otro emblema de la ciudad dividida, que luce en lo alto una gran bandera de la República Democrática Alemana. Los jóvenes se encaraman a la muralla, como hicieron una noche singular, hace cuatro meses, el 9 de noviembre, cuando la población de ambos sectores se dio la mano sin miedo, escribiendo, entre gritos de alegría, la página probablemente más emocionante de la moderna historia alemana.
Esta historia ya no hay quien la pare. Alemania, a la que la derrota de la última guerra había troceado en dos Estados, convertidos, respectivamente, en los mascarones de proa de dos navíos enemigos, ha tomado sin titubeos las riendas de su destino. Inmensas manifestaciones en Leizpig, en Dresde y en Berlín encendieron la mecha de una protesta imparable. Fue como una «Blitzkrieg» sin armas: sólo pancartas, gritos y la voluntad de sacudirse de encima a la vieja «nomenklatura» del poder marxista.
Gracias a las nuevas circunstancias que vive el mundo del Este bajo la batuta audaz de Mijail Gorbachov -que pidió moderación a Honecker cuando empezaron las protestas-, los alemanes orientales han repetido el esquema de transición ya ensayado en otros países: diálogo con la oposición, mesas redondas para encarar el futuro, supresión del monopolio político comunista…
Pero para seguir avanzando se han tenido que echar en manos de su compatriotas occidentales, en una operación que no tiene precedentes históricos. Frente a la incertidumbre que la salida del sistema comunista presenta en otros pueblos, en los que la pérdida de iniciativas individuales va acompañada de bancarrota económica, la República Democrática alemana es como un pariente que vuelve a una casa donde están deseando recibirle. La República Federal ofrece al hermano pródigo la tarjeta de crédito. Pero a cambio deberá acomodarse a las costumbres del receptor, y aceptar que, a la larga, nada es gratis en este tiempo mercantil y materialista.
No es un «Anschluss» (anexión), de tan pésimas resonancias, ni un «Diktat», ni un «Ultimátum». Es, sencillamente, la cristalización de lo inevitable. La política podía mantener separadas a las dos Alemanias, pero, como en Berlín, en cuanto se echa a un lado el muro político y se deja que actúen la lengua, la historia y la geografía, se ve que estamos en una sola ciudad y en un mismo país. Quiénes deberían pilotar esa unidad desde este lado es lo que estaba por ver: o los mismos que dirigen la otra Alemania-la coalición de cristiano-demócratas y liberales- o sus oponentes históricos, los socialdemócratas, o los comunistas reconvertidos. Nada más.
Este es el sentido de las elecciones alemanas del 18 de marzo de 1990, cuando se cumplen veinte años justos del primer contacto interalemán protagonizado en Erfurt por un político de gran aliento, que hoy está aquí, haciendo campaña a favor de la socialdemocracia, y que se llama Willy Brandt.
El hombre de la «Ostpolitik», la política del Este, que fue alcalde de Berlín y canciller de la República Federal hasta que un espía que surgió de aquí, de esta misma plaza en que estaba hablando, le obligó a dimitir, ha vuelto a la escena política a los 76 años para defender, con sorprendente energía, el sueño de la unificación, aunque matizándolo frente a quienes quieren que esa unidad entre los dos Estados alemanes se haga de inmediato. «El tren de la unidad está en marcha. Pero hay que tener cuidado para que nadie caiga bajo sus ruedas», ha dicho Brandt, con su voz ronca entre aclamaciones. El todavía muy popular político advierte del riesgo de ese tren para los asalariados, los jubilados, los ahorradores. «Es más importante que ellos no se caigan, que el confort de los que viajan en primera clase».
La socialdemocracia quiere también la unificación, pero con prudencia
Frente a él, sólo una figura ha sido capaz de poner sombra en su presencia y el mismo entusiasmo en las masas: el canciller Helmut Kohl, recibido con una pita el día en que cayó el muro por algunos jóvenes inconformistas, pero que en los seis mítines de la campaña, en las principales ciudades de la República Democrática, fue acogido con el máximo fervor. Su mensaje ha sido muy simple: la unidad, cuanto antes. Y con la unidad, libertad y prosperidad, como en la otra Alemania.
Durante tres semanas, estas dos opciones se enfrentaron en carteles y mítines. El antiguo partido comunista (SED) salía a la arena electoral con una nueva etiqueta, Partido del Socialismo Democrático (PSD), dispuesto a salvar los restos del naufragio del régimen con dos atractivos líderes, Gregor Gysi, su nuevo presidente, y Hans Modrow, el jefe de Gobierno de la transición. Pero sus recursos materiales, todavía cuantiosos, y el apoyo de los miles de afiliados con que contó antes de la metamorfosis no garantizaban, de antemano, más que una presencia digna en la tabla de los resultados. Su opción nunca podría ser mayoritaria, y ellos lo sabían. «Queremos estar en la oposición. Vamos a ser una oposición leal, pero feroz.»
El problema en esta acelerada transición ha sido improvisar los dirigentes. Por eso, el gasto lo han hecho los propios políticos venidos de Bonn, que, a efectos propagandísticos, han convertido a la DDR en su casa, y se han entrenado para las generales de la República Federal, que se celebrarán el 2 de diciembre. Estas elecciones han sido unas primarias: CDU y SPD se han disputado, al tiempo que la herencia del Primer Estado comunista sobre suelo alemán el futuro de toda la Alemania unida. Helmut Kohl, un canciller que parecía en retirada, quiere pasar a la historia como el «Bismarck de la paz». Y, si las cosas siguen pro-democráticos más del doble del territorio que la socialista -diez «Länder» frente a cinco, 248.000 metros cuadrados por 108.000 del otro lado, se dio a sí misma una Constitución – La ley Fundamental- que consagraba la posibilidad de terminar con la antinatural división del país en el preámbulo que dice: «Se exhorta a todo el pueblo alemán a consumar la unidad y la libertad de Alemania mediante la libre autodeterminación».
El último trimestre de 1989, con el éxodo masivo de los jóvenes a la República Federal, la caída de Honecker, su sucesor Krenz y el muro, la renuncia al monopolio del poder por los comunistas y el anuncio de las elecciones ante los alemanes aparecía, por primera vez, como algo realizable, la posibilidad de unificación.
Las elecciones abren nuevos interrogantes, dada la posición de la República Federal en la Comunidad Europea y en la OTAN. Pero cierran, con la perspectiva de la unidad entre los dos Estados alemanes, un capítulo anacrónico dejado en el corazón de Europa por la última guerra mundial. Como ha dicho Willy Brandt durante la campaña, «por grande que sea la culpa de una nación, no se puede liquidar con una división temporal impuesta. Y cuarenta y cinco años después de la guerra, ya no tiene validez la categoría de vencedores y vencidos.»
En esto, Kohl piensa igual. Cuando, en una reciente entrevista, un periodista se refirió a las potencias vencedoras, el canciller le interrumpió diciendo: «No me gusta esa expresión. Utilice otra». Pero ante la polémica desatada por sus ambiguas declaraciones sobre las fronteras con Polonia -cuya inamovilidad sólo aceptó reconocer a regañadientes después de un duro enfrentamiento en el Bundestag con su ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl declaró: «Quienes nos conocen saben que no habrá un cuarto Reich. Nadie tiene que temer a la reunificación alemana».
El doble vencido alemán hacía ya tiempo que, en cuanto a renta y producto nacional, había dejado de serlo. El historiador Golo Mann ha escrito que el Tratado de Versalles, del que salió una nueva guerra, «tal vez no sirvió porque el más débil, Francia, había vencido al más fuerte, y nada sólido podrá edificarse sobre la base de un resultado antinatural».
La división alemana era un hecho antinatural que las elecciones del 18 de marzo liquidan de la manera menos traumática y por la vía más rápida. Porque, al final, la votación ha sido un plebiscito sobre la velocidad a la que el pueblo alemán del Este, dotado durante cuarenta años de una nacionalidad tutelada y artificial, quiere convertirse en uno solo junto a los otros alemanes. Un plebiscito sobre cómo hacer la conquista del Oeste.
El semanario «Der Spiegel», uno de los órganos de prensa más influyentes en la República Federal, ha pasado a venderse ya, como otros periódicos y revistas occidentales que antes eran objeto de angustiosa persecución, en la otra Alemania. Y lo ha hecho con un número dedicado a las elecciones que tiene como portada un féretro sobre el que reposa el emblema de la Alemania del Oeste, con esta leyenda: «El precio de la reunificación, la muerte de la Republica Federal».
Si algunos sectores de Alemania Federal tienen ese sentimiento, la impresión que abriga todo el mundo en la República Democrática es exactamente la misma, pero respecto a su país. Uno de sus escritores, Stefan Heym, ha dicho: «La RDA ya no existirá más. No será más que una nota de pie de página en la Historia».
Aceptada por todos los partidos en liza -que eran exactamente veinticuatro, aunque algunos puramente testimoniales- la lógica de la unificación, sólo quedaba por concretar por qué vía se decidían los votantes. Kohl y su «Alianza por Alemania», integrada por la CDU, la DSU (emparentada ideológicamente con la CSU bávara) y un nuevo grupo, «Despertar Democrático» (DA), propugnan la vía rápida del artículo 23 de la Ley Fundamental. Según él, cualquier territorio puede solicitar el acatamiento constitucional e integrarse en la República Federal: fue un previsor mecanismo, ideado, con más esperanza que otra cosa, por los padres de la Constitución. Hay otra vía, el artículo 146. Pero ésta lleva aparejada la necesidad de someter a referéndum una nueva Constitución, la que puede modificar el estatus de la República Federal en la Comunidad Europea.
La votación del 18 de marzo ha sido un plebiscito sobre la velocidad a la que el pueblo alemán quiere realizar la unificación del país.
Frente a esta fórmula de urgencia -nunca tan rápida como la aplicada por quienes han votado con los pies, pasando a la República Federal y al Berlín Oeste a una media de mil personas por día, el SPD de Brandt, Vogel y Lafontaine recomendaba más calma, más ir por los pasos medidos. «La unidad alemana no quiere decir que nos debamos ir todos al Oeste», gritaba Willy Brandt en la plaza de las Naciones de Postdam, ante miles de partidarios, a los que repitió su mensaje de que la unidad no puede hacerse a cualquier precio, y que tiene que producirse en la solidaridad y en la seguridad social. Bajo el balcón desde el que hablaba, adornado con dos banderolas del SPD, muchas banderas de la DDR y una de ellas desplegada con esta inscripción: «Renovación, pero sin venderse».
El problema es que la impaciencia sigue consumiendo a muchos alemanes orientales, que ven en la unificación la posibilidad de mejorar rápidamente de nivel de vida después de décadas de austeridad, y, a pesar de las recomendaciones que les hacen los políticos, siguen su imparable invasión de la otra Alemania. «Mi mensaje en esta hora -ha dicho Kohl- es que se queden en sus casas, que colaboren con nosotros en sus ciudades, pueblos y comunidades, en sus fábricas, en sus instituciones, para reconstruir este hermoso país».
Este hermoso país ha vivido la jornada postelectoral en la euforia. Incluso los grandes perdedores, los socialistas, cuyo dirigente Egon Bahr, viejo colaborador de Willy Brandt en la «Ostpolitik», ha sido quien más áspero se ha mostrado tras el resultado -ha llegado a hablar de «métodos de tendencia fascista que le recordaban a Goebbels», en alusión a sus rivales conservadores-, han sentido cierto alivio ante la solución del acertijo. Bonn, para acortar la hemorragia viajera, ha anunciado que a partir de 1.º de julio se suprimirán las ayudas a los tránsfugas, decisión que ya había tomado el Land del Sarre, que gobierna Oskar Lafontaine, futuro rival de Kohl en la carrera por la cancillería, y que aprovechará a partir de ahora, en beneficio propio, todos los fallos que se produzcan en la larga marcha hacia la unidad. Su réplica a ese cartel mortificante que los democristianos exhibían en Berlín Este, en el que aparece sonriente junto a Honecker, con la leyenda «Ni más socialismo», es preguntar todos los días quién paga la factura de la reunificación.
Será una factura costosa, sin duda. La República Democrática alemana está endeudada en cerca de 20.000 millones de dólares, y aunque a ella también le deben dinero, sus deudores deberán ser perdonados, como en el Padrenuestro, porque son de los que no pueden pagar: Angola, Etiopía, Cuba y Afganistán. La Unión monetaria, que se hará enseguida, será inútil, como ha advertido el «Frankfurter Allgemeine Zeitung», sin una economía conjunta. Pero la economía de la DDR presenta retraso tecnológico respecto a la de la República Federal, paro encubierto, baja productividad y todos los hábitos consustanciales con la ausencia de competitividad.
Helmut Kohl, en nombre de esa Alemania dispuesta a sacar a sus compatriotas orientales del atolladero, no pierde el tiempo. Tras llamar a Bonn a Lothar de Maiziere, se ha decidido a poner toda la carne en el asador. El ministro de Economía de la Alemania Oriental en transición será Elmar Pieroth, ex-consejero del Gobierno de Berlín Occidental que, para acentuar que esto es asunto ya de todos los alemanes, no importa el pasaporte que tenga, ni siquiera posee la nacionalidad del otro lado. Este Erhard de los años noventa, al que se recomienda enderezar la maltrecha economía de la República Democrática, ya ha anunciado que el cambio que se establezca entre las dos monedas alemanas será de uno por uno. Algo, sin duda, gravoso para la República Federal, que deberá canjear 16 millones de marcos en billetes y 170 millones de marcos de ahorro de los alemanes del Este, lo que hará aumentar la masa monetaria en la República Federal en un 15 por 100, y crecer el riesgo de inflación.
Pero, al tiempo, también empezarán las empresas de la Alemania Occidental a invertir fuertemente en la otra parte del país. Las tres grandes del automóvil -Opel, Volkswagen y Mercedes- ya lo han declarado en la Feria Industrial de Leipzig, a la que, en las vísperas electorales, llegó el vuelo inaugural de una nueva línea aérea, compartida por Lufthansa e Interflug, que unirá Leipzig y Frankfurt.
«El día después» un sol espléndido, anticipadamente primaveral, baña los carteles electorales que ya son papel viejo y los políticos hacen el recuento definitivo de los escaños: 193, la Alianza; 87, el SPD; 65, el comunismo renovado; 21, los liberales… Lothar de Maiziere, el descendiente de los hugonotes, quiere una gran coalición, pero los socialistas no están dispuestos a ella, por ahora… «Unter der Linden» mira hacia el otro lado. Pronto será derribado totalmente el muro, y el paseo se prolongará, a través de la Puerta de Brandeburgo, hasta la columnata de la Bismarcks-trasse.
La calle se llena de preguntas y de expectativas. Empieza la transición alemana, pero está primavera de Berlín no avanza entre temores, como hace dos décadas la de Praga. Los tanques rusos han empezado, en Europa, su vuelta a casa. Como ha dicho Vaclav Havel, los países del Este son miembros de una familia que regresan de un largo viaje.
Los alemanes orientales, acostumbradas a cierta sobriedad, empiezan a adelantar lo que le piden a este momento histórico tras el fin de nuestro trayecto. De Maiziere se conforma con poco: «Poder ser el primero en leer mis propias cartas, llamar a mi mujer sabiendo que no va a haber otra persona escuchando…». El líder socialdemócrata Ibrahim Boehme, el gran derrotado de las elecciones, al que las encuestas habían hecho concebir esperanzas incluso de mayoría absoluta, es aún más sobrio: «Lo que deseo es que mañana luzca el sol tan fuertemente como hoy».
Pero para él, los días siguientes iban a ser sombríos. Acusado de colaborar con la «Stasi» (la policía política), renunció provisionalmente a su acta de diputado. Y es que el pasado de niebla no siempre se desvanece sin consecuencias ante el sol del futuro.
En plena campaña electoral en la República Democrática Alemania, Mitterrand recibió al presidente polaco, el general Jaruzelski, para tranquilizarle respecto a todo lo que se viene especulando sobre las fronteras de dos países con experiencias negativas en sus relaciones históricas, Alemania y Polonia. La Francia eterna, que pasa por la Revolución, Napoleón, De Gaulle y, ahora, este François Mitterrand heredero de la «grandeur», quería mostrar su apoyo a los polacos en este conflicto posible -aunque Helmut Kohl acabó reconociendo la inviolabilidad de la línea Oder Neisse como frontera oriental de la futura Alemania unida- y marcar distancias respecto a su socio comunitario. La amistad De Gaulle-Adenauer se ha seguido con diversas parejas de baile -Pompidou-Brandt, Giscard-Schmidt, Miterrand-Kohl- pero ello no quiere decir que no conozca altibajos. Es sabido que el catedrático de griego y ex-banquero que era Pompidou no soportaba, más que a efectos protocolarios, a aquel tosco Willy Brandy que venía de la guerra de España y no había pasado de periodista en su vida profesional. Este Kohl expansivo y orondo, que ocupa siempre más lugar en la mesa del que debiera, tampoco hace especialmente feliz al sinuoso abogado de Jarnac, que es aficionado a la literatura clásica y a pasear por las Landas.
El viejo contencioso franco-alemán -que tiene su expresión literaria más reciente en la frase de François Mauriac, que decía «amo tanto a Alemania, que prefiero que haya dos»- rebrota de vez en cuando por encima de las conveniencias políticas y de las apariencias de buena vecindad. Así, la prensa francesa ha dedicado una atención inusual a los acontecimientos de Alemania, y ha empezado a hacer cuentas sobre lo que se le vendrá a Europa encima cuando los alemanes occidentales hayan conseguido colocar a su mismo nivel la economía de los otros alemanes, que se calcula será en unos diez años. Alemania será un país de ochenta millones de habitantes, que representará el 24 por ciento de la Comunidad Europea.
Ilustres políticos franceses han venido ignorando reiteradamente la posibilidad de reunificación alemana. Tanto el ministro de Asuntos Exteriores, Dumas, como el de Defensa, Chevènement, consideraban hasta este mismo año que ese no era un problema actual. El propio Miterrand dijo en junio de 1979, con ocasión de la campaña para las elecciones europeas: «La reunificación alemana no la creo ni posible, ni deseable, para el equilibrio europeo, la seguridad de Francia y el mantenimiento de la paz».