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Ver productosAl terminar la II Guerra Mundial estalló la «Guerra de sucesión alemana», esto es, el conflicto sobre quién debía ocupar el vacío de poder provocado por la desaparición del Reich, un conflicto que incluso se proyectó espacialmente en el solar alemán. Es éste el conflicto que toca ahora a su fin a través de un proceso cuyo hito más espectacular fue la caída del muro de Berlín, pero el más relevante lo son las elecciones en la RDA el pasado día 18 de marzo.
1 de abril de 1990 - 12min.
Si una vez derruido el muro la reunificación era inevitable, y tan sólo se discutía quién y cómo debía de hacerse, las elecciones del pasado día 18 han decidido en gran parte esta cuestión. Porque la victoria de los conservadores homólogos de la CDU tiene significados y consecuencias válidos para la Alemania unida.
Sin duda, la victoria de la AD que todos los sondeos habían descartado, demuestran la inconveniencia de los prejuicios a la hora de hacer análisis y prospecciones, el inquebrantable techo de las izquierdas en los antiguos países socialistas, la atracción que sobre los recién liberados tiene el poder real y muchas cosas más. Pero, a mi juicio, es evidente que las elecciones de la RDA han impuesto un respaldo a las tesis nacionalistas hábilmente propugnadas por el canciller Kohl. Y ¡cuidado!, decir nacionalista no significa nada más que afirmar, como Kohl lo ha hecho hasta la saciedad, que la evolución de la otrora Mitteleuropa depende del nuevo protagonismo de las identidades nacionales. Una afirmación que pocos discutirían en el seno de la CDU. Y esta tesis, dicha en y para Alemania, tiene una especial significación, preñada de graves consecuencias. Entre otras la aceleración del ritmo de la reunificación y la mayor probabilidad de que los conservadores que ya gobiernan en Bonn y en Pankow sigan gobernando en la Alemania Unida durante los próximos años.
La reunificación que ya nadie discute tiene que ser por ello mismo rápida. El paso constante de germano orientales a la República Federal que ya adquiere magnitudes peligrosas, la presión exterior para alcanzar una solución definitiva, el lógico deseo de los vencedores del 18 de marzo de explotar su victoria de cara a la Alemania unida, todo hace dudar de que las elecciones del próximo diciembre sean sólo para la RFA cualesquiera que hoy sean las declaraciones oficiales al respecto. Eso es lo que han votado los germano orientales al dar una mayoría a quienes propugnaban una unificación rápida por una vía que tanto los comunistas como la social democracia de una y otra Alemania habían motejado de absorción.
De otra parte esta Alemania reunificada es más que probable vaya a ser gobernada por sus reunificadores, los cristiano demócratas en trance de convertirse -así lo han hecho ya en la RDA- en conservadores. Si los resultados les han sido favorables en lo que se suponía tierra de elección del SPD, la Alemania Oriental en general y Turingia en particular, ¿cómo no augurar que sus perspectivas mejoren en lo que hoy es República Federal, celebre o no ésta sus propias elecciones en el próximo diciembre?
Nadie en Alemania se opone ya a la reunificación, pero el programa del SPD para encararla, aparte de ser menos atractivo para los sentimientos nacionales, es mucho más crudo por realista en cuanto al coste económico que dicha empresa supondría para el contribuyente bávaro o renano y eso es un factor, tal vez decisivo, para otorgar al canciller Kohl una nueva mayoría.
Si así ocurriera sería una prueba más, y esta vez decisiva, del giro a la derecha en el centro y el este de Europa y tal vez sea este tipo de gobierno el valladar más seguro frente a cualquier aventurismo. Pero en líneas generales, el color de los gobernantes futuros de Berlín -¿para qué decir su Bonn?- me parece irrelevante a la hora de enunciar los graves problemas que plantea la reunificación de Alemania, en los más diversos campos, entre otros la economía, la política y la estrategia. Unos problemas inherentes al fin de aquella «guerra de sucesión alemana» más atrás mencionada. Una guerra que han ganado los propios alemanes y que supone la afirmación de su poder en el corazón de Europa. A la luz de estas realidades, la economía más poderosa, los intereses nacionales necesariamente más autónomos, la ineludible mutación de la posición estratégica de la nueva Alemania unida, ¿qué significan las palabras de Kohl según el cual «no se intentarán restablecer en el futuro estructuras de Estado nacional que se remontan al siglo XIX»? En el mejor de los casos nada, puesto que la Alemania decimonónica ha sido mucho menos inquietante que la de este siglo.
Pero vayamos a los hechos que son sin duda más importantes que las declaraciones y las cábalas.
En primer lugar la economía. La gran potencia industrial va a necesitar aún mayores exportaciones, a pesar, incluso, del incremento de la demanda interna que la reunificación y revitalización económica del Este pueda suponer, y esa dependencia del sector exterior llevará a incrementar el librecambismo que a Alemania como a una economía mundial conviene. Para ser más plásticos, la reunificación ayudaría a los alemanes en palabras de Genscher a convencerse de que ya no son un país de agricultores y ello tendrá una incidencia clara en la Política Agrícola Común Europea y su lógica inviabilidad.
Por otro lado la Comunidad e incluso lo que hay fuera de ella, han basado su política monetaria en la firmeza del marco. Más aún, los economistas discuten sobre las ventajas de dejar que el marco se imponga por sus propios méritos en la libre concurrencia de divisas europeas, o de construir la unión monetaria de Europa sobre la fortaleza del mismo marco.
Pero ahora lo que está en tela de juicio es esa misma fuerza, máxime si la unificación monetaria va a suponer el cambio a la par propuesto por Kohl, y con ello la viabilidad misma del SME. Si la reunificación termina dando la razón a la señora Thatcher no sería ésta la menor de las ironías históricas de nuestro tiempo. ¿Y qué decir del ahorro alemán cuyo exceso inundaba el resto de la comunidad? ¿Va a ser insuficiente para el desarrollo acelerado de la hasta ahora República Democrática? ¿No va a resentirse de su reorientación el sur de Europa como ya está siendo el caso de España y la propia Francia donde aumentaban las quejas ante la excesiva inversión germánica? Y ello sin contar con que más al este de la propia República Democrática se desea tanto como se teme la inversión masiva de los alemanes en el ineludible proceso de reprivatización. Las enfáticas afirmaciones de los líderes de los alemanes desplazados del Este tales como Hupna o Kuschyn no son tan significativas al respecto, como los planes inversores de entidades financieras de la República Federal, porque las inversiones en Polonia o Checoslovaquia resultan tan económicamente tan indispensables como políticamente peligrosas desde el punto de vista de tales países.
Lo dicho no es sino mero ejemplo del inmenso impacto que en la arquitectura europea tiene la reunificación alemana, un impacto que la retórica bienpensante no puede ocultar.
En efecto, cuando se pretende hacer coincidir reunificación alemana o integración europea, se olvida que ésta, tal como se ha concebido, de Monnet a Delors, se basaba en una Europa limitada, orientada hacia el Atlántico, homogénea en cuanto a sus componentes y equilibrada entre las diversas capacidades económicas, políticas y militares de los mismos. La noción del Eje París-Bonn respondía precisamente a esa noción de homogeneidad y complementariedad.
Pero la reunificación y lo que va tras ella, la apertura al este porque sin lo uno no será posible lo otro- impone una ampliación del espacio europeo, centrado en sí mismo y en el que la heterogeneidad de sus componentes exigiría esfuerzos centripetos que son dificultados por la ruptura de los equilibrios que hasta ahora servían de base al funcionamiento de la Comunidad. V. gr. la nueva política presupuestaria que las nuevas necesidades requerían.
Los líderes políticos y sociales alemanes no dejan de enfatizar su lealtad a la idea comunitaria y su compromiso con la construcción europea. Y sin duda son sinceros, pero contradictorios también. Porque a la vez que nadie puede discutir la contribución decisiva de la República Federal a los progresos de la integración comunitaria, y la última presidencia alemana en el primer semestre de 1988 es elocuente muestra de ello, como suelen recordar los prohombres de la CDU, nadie tampoco puede negar que, derruido el muro, los cristiano demócratas reorientan su política hacia objetivos netamente nacionales, que los socialdemócratas propugnan una política de seguridad que bloquea los desarrollos del Acta Unica en este campo, que los liberales equiparan siempre que pueden la CEE con el nonnato futuro intergubernamental de la CSCE, etcétera.
Incluso desde otro ángulo muy distinto -la política de los Ländern federados- se insiste en la vocación europeísta y a la vez se teme que un incremento de las competencias comunitarias erosione la autonomía inherente a un sistema federal. Tal es y será aún más en el próximo futuro la actitud de la CSU bávara.
Lo cierto es que pese a las reiteradas afirmaciones europeístas de los responsables germánicos, tras el endoso dado el pasado mes de diciembre por el Consejo Europeo de Estrasburgo al proceso de reunificación, la Comunidad ha sido testigo mudo del desarrollo de ese proceso, protagonizado lógicamente por los propios alemanes… y las potencias vencedoras en la II Guerra Mundial (proceso de dos más cuatro iniciado en Ottawa).
Ni cuando Kohl propone la unidad monetaria entre las dos Alemanias, o Mitterrand ofrece garantías a Polonia, tienen para nada en cuenta, no ya la CEE, sino la propia Cooperación Política Europea.
Tan sólo los Estados Unidos insisten en considerar a la CEE como la pieza clave para encajar tanto la reunificación alemana como la apertura al y del Este que la liberación de las antiguas democracias populares ha hecho posible, pero sin dejar de hablar de una liga de naciones libres y soberanas que poco tiene que ver con la supranacionalidad y la subsidiaridad propugnadas desde Bruselas. Los recientes discursos del Secretario de Estado, Baker, en las Universidades de Berlín y de Praga, hechos con la declarada intención de moderar a los gobernantes alemanes tienen más ecos de Wilson que de Schumann y, para bien o para mal, empalman más con el tratado de Versalles (1919) que con el de Roma.
¿Es ésta la mejor situación para un relanzamiento institucional de la CEE que haga avanzar la integración comunitaria de concierto con la integración? Así parecerían propugnarlo todos al insistir en que aquélla es inviable al margen de ésta.
Pero la realidad es a todas luces otra y no puede serlo de otra manera, porque el ritmo acelerado del proceso alemán contrasta con la lentitud del proceso europeo; porque sus protagonistas y sus intereses son distintos y tal vez, incluso, el significado que en una y otra perspectiva tengan las palabras.
La autonomía de las metas y las decisiones que el gobierno alemán ha demostrado permite dudar de su disponibilidad a transferir las grandes opciones nacionales, políticas o económicas de hoy o de mañana. Pero eso y no otra cosa es la transferencia de soberanía a una autoridad supranacional.
Ante esta realidad, ¿qué significa la incesante referencia a la unidad europea? Nada más y nada menos que el fin de la división del Continente, la culminación del proceso de Helsinki, el fin de la guerra de sucesión alemana, devolviendo el poder y el protagonismo en su propio espacio a los alemanes. ¿Pero qué tiene esto que ver con la arquitectura europea diseñada en Bruselas y las sucesivas fases de integración propuestas por el Informe Delors en el Consejo Europeo de Madrid, en el ya lejano 1989?
¿Y qué decir de la seguridad? Los antiguos vencedores, después aliados y siempre ocupantes occidentales, quieren a la Alemania unida en el seno de la OTAN; los soviéticos la prefieren neutral y desarmada.
Los socialdemócratas, si ganaran las próximas elecciones, llevarían a Alemania hacia una neutralidad militar sin perjuicio de pertenecer a una Alianza Atlántica estrictamente política. Tal es la tesis que han esbozado en público y explicitado en privado Lafontaine, Vogel o el influyente Voigt.
Pero es el caso que, aun diciendo todo lo contrario, los democristianos y conservadores no podrían hacer algo muy distinto.
En efecto, una Alemania militarmente integrada en la OTAN es inaceptable para los legítimos intereses de seguridad de la URSS, por mucho que la dependencia de la Bundeswehr de los mandos aliados de Bruselas pueda tranquilizar a los polacos. Y tanto vale una Alemania integrada en la Alianza como integrable a través de los controles operativos, como es el caso de Francia o España. Y lo mismo puede decirse de la pertenencia de la Alemania unida a la UEO.
Más aun, una Alemania cuya pertenencia a la OTAN supusiera la paulatina desmilitarización de ésta no sería útil a los intereses de seguridad del Occidente. El pilar europeo, para ser tal, necesita ser sólido y la solidez en este caso debe obtenerse optando por la intensidad frente a la extensión. Tal vez sea posible mantener a la nueva Alemania en una alianza convertida, de aparato militar en referente político, como, desde Malta, ya propugnan que la OTAN es hasta los soviéticos. Tal era hace años la tesis de analistas como Brezerinski. Pero entonces, nombres aparte, será preciso otro aparato de seguridad occidental efectivamente integrado o integrable en términos militares.
Pero, paralelamente a la inviabilidad e inconveniencia de una Alemania en la OTAN militar, es impensable que después de reunificada la primera potencia económica de Europa siga militarmente ocupada por sus antiguos vencedores. Si una coalición de SPD y Verdes exigiría la retirada de las tropas extranjeras por mor del pacifismo, un gobierno de la CDU, en pequeña o gran coalición, exigirá la misma retirada por mor de las aspiraciones nacionales. Hoy las tropas extranjeras son impopulares en suelo alemán, para unos por ser tropas, para otros por ser ocupantes, a efectos prácticos para todos. Y ante tal estado de opinión, es indudable que la democracia que ha llevado a la reunificación exigirá la evacuación tanto de rusos como de occidentales.
¿Y una Alemania ajena al Pacto de Varsovia y a la OTAN, libre de tropas extranjeras, puede ser otra cosa que neutral? Una neutralidad capaz de desempeñar un papel positivo en la seguridad europea, si el control de armamentos convencionales avanza, si la CSCE se institucionaliza…
Pero con todo ello, la futura Alemania no podrá dejar de ser una potencia militar europea de primer orden, porque económica, tecnológica, demográfica y geográficamente puede serlo, y hay responsabilidades colectivas en el campo de la seguridad que obligan a serlo. El caso del Japón así lo demuestra.
Los problemas planteados por la reunificación son más complicados que la división misma, y el justo apoyo a la superación de ésta no debe ocultar la dificultad de aquéllos. La división era injusta e inmantenible al margen de la fuerza; la reunificación es plausible como fruto de la autodeterminación de un pueblo. Pero obliga a la búsqueda de nuevos equilibrios que, dada la importancia de Alemania, han de ser continentales cuando no mundiales.
Y las cuestiones difíciles no se resuelven ni negándolas ni dilatándolas. La virtud política suprema, la prudencia, no es sino la capacidad de ver la realidad, la imaginación para reinventarla y la habilidad para realizar lo imaginado.Nueva política, nueva estrategia para Alemania