Lequerica y Franco

Redacción NR

Título: «Los diplomáticos de Franco. J. F. de Lequerica. Temple y tenacidad (1890-1963)».
Autor: María Jesús Cava Mesa.
Editorial: Universidad de Deusto. Bilbao, 1989. 363 páginas.
Precio: 3.200 pesetas.


Escribe Fernando García de Cortázar en el breve prólogo que abre este libro que si bien «el régimen de Franco ha sido comúnmente denostado sin remilgo alguno por la historiografía, en la parcela de las relaciones internacionales se la ha podido reconocer algunos de sus mejores éxitos». Personalidades como Lequerica, Castiella, Areilza (los tres vascos) algo tuvieron que ver en este éxito. Para el director del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto la tesis doctoral de su discípula, María Jesús Cava Mesa, «ha resistido con oficio a los cantos halagadores del síndrome de Estocolmo para poder ser de esa manera su cronista y su juez».

La primera reacción del lector ante tal sugerencia resulta, desde luego, de sorpresa: nos encontramos en primer lugar ante un trabajo universitario de cierto valor científico, intención hagiográfica y orden caótico en el que, además, sobra al título principal. La autora no escribe sobre «los diplomáticos de Franco». Más bien diseña una biografía entusiasmada de José Félix de Lequerica.

El libro que, desde luego, «no es fruto de desvergonzada improvisación ni de tuerto escarceo sino resultado de años de laboriosidad e información» utiliza, además de un extenso material de archivo «desclasificado», los llamados «papeles de Lequerica», es decir, anotaciones, cartas, informes y, tal vez, agendas del personaje.

Pese a este impresionante «corpus» documental, el resultado es mediocre. No basta con acumular citas a pie de página para elaborar un trabajo científico de cierta entidad. La recopilación de todo tipo de documentos y referencias constituye la primera etapa de cualquier estudio, sea académico o no. Posteriormente el autor o autora debe elaborar y «centrar» este material, construyendo argumentalmente un texto coherente y, sobre todo, interesante, que ofrezca nuevas perspectivas e interpretaciones del personaje o asunto. Nada de esto se vislumbra en Los diplomáticos de Franco. Lequerica, que era un gran personaje, aparece diluido en el apabullante despliegue erudito. Ni siquiera cuando la autora se refiere a los primeros tramos vitales del biografiado en Vizcaya es posible «visualizar» a Lequerica. Todo suena a reseña y huele a naftalina. La razón es clara: en la investigación se ha dejado al margen el marco histórico real para volcarse en la búsqueda documental. Hay que tener cierta capacidad de aguante para llegar hasta el final de un libro donde todo o casi todo era conocido: no hay hallazgos espectaculares ni observaciones turbadoras en sus más de 300 páginas.

Astucia

La peripecia vital de José Félix de Lequerica hubiera merecido, sin duda, otro tratamiento y lo mismo cabe decir de su actuación pública. Parece obvio que el texto de la profesora de Deusto facilitará en el futuro un estudio en profundidad. Porque el sujeto se lo merece. Ahí es nada: Lequerica se presenta como un paradigma de los primeros 60 años del siglo. Procedente de la oligarquía bilbaína, este conservador con ribetes liberales navega siempre en las aguas del poder (casi nunca en la oposición, salvo durante la República) con una astucia insuperable. Su actividad empresarial es marginal aunque brillante. La guerra civil le facilita el gran salto hacia misiones en el exterior: París primero, después Vichy y en los albores de la victoria aliada, el Ministerio de Exteriores, breve y frustrada experiencia que no podrá repetir aunque lo intente en varias ocasiones. Pero será seguramente su misión en Washington, primero como «inspector de Embajadas» y posteriormente como embajador, la que permita a José Félix de Lequerica desplegar su enorme capacidad de trabajo, ingenio, simpatía y sentido común.

El trabajo que se le encomendó no fue precisamente fácil: se trataba de promover apoyos y solidaridad para con un régimen que se hallaba en el «ghetto» internacional a causa de sus características y orígenes. Lo hizo espléndidamente aunque, eso sí, sin pararse en barras y recurriendo a todo tipo de métodos, desde la creación de un «lobby» franquista entre diputados y senadores a «engrasar» con generosidad a políticos, periodistas, abogados y gente de mundo. Todo esto lo hizo el gran bilbaíno con brillante cinismo y con relativa convicción. La autora del libro ha preferido resaltar las convicciones y olvidarse de los métodos utilizados. No hay, por ejemplo, un estudio serio sobre las «grandes maniobras» de Lequerica con los editores y periodistas norteamericanos para moderar sus críticas al dictador español. Las referencias a este asunto clave son ligeras y ya eran conocidas. Lo mismo sucede con otros episodios menos brillantes de la vida pública del biografiado: su participación en la entrega a Franco de Companys y Zuazagoitia (posteriormente condenados a muerte y fusilados) o la tenebrosa historia de los judíos «salvados» por Franco que el profesor Antonio Marquina ha descrito «sine ira et studio» y en la que Lequerica tuvo una participación decisiva por mucho que la profesora Cava intente ignorarlo.

Inquina y admiración

Franco y Lequerica eran temperamentalmente opuestos, intelectualmente se hallaban alejadísimos y su formación tanto cultural como social se situaba a 1.000 millas de distancia. Pero fueron capaces de establecer una curiosa colaboración de la que cada uno sacó tajada, aunque obviamente fue el dictador quien más se benefició. La capacidad de adaptación de ambos a las realidades menos halagüeñas, su desprecio por las ideologías al uso -que les sirvieron apenas de cobertura-, la defensa de ciertos principios generales patrióticos e «inmutables», les aproximaban. Había, sin embargo, no pocas diferencias, tanto en el carácter como en la acción. Franco era un militar ordenancista, astuto y desconfiado, intelectualmente mediocre y con dos o tres ideas fijas, a quien la vida social repugnaba y que sólo rendía culto al mando. Lequerica, por el contrario, fue un intelectual fino, un táctico notable, amaba la buena mesa y, en general, la buena vida. El poder le interesaba sólo en la medida que le permitía hacer lo que quería y debía. Era también un crítico corrosivo, un conversador ocurrente, un simpático contertulio. Nada de esto era el «Generalísimo» ni pretendió serlo a lo largo de su vida.

En determinados momentos Franco utilizó a Lequerica y éste se valió del dictador. Como tantos otros hombres de su época y generación, Lequerica sentía hacia el general una mezcla de respeto, inquina y admiración. Muchos de los problemas que tuvo se derivaron precisamente de su lengua «demasiado suelta». Sus calificaciones lapidarias, sus frases de doble o triple sentido, el tono despegado con que juzgaba a funcionarios, polizontes y próceres despertó en los interesados odios intensísimos. Su vida familiar fue poco convencional (la profesora Cava pasa sobre ella a galope) pero no le impidió brillar con luz propia en los salones de París, Vichy, Washington o Nueva York.

Su escepticismo radical tampoco le dispensó de rendir tributo en ditirambos entusiastas al régimen del 18 de julio, a su fundador y a su ambigua ideología. Lequerica era un «fronterizo»: tenía pocas convicciones inamovibles, se adaptaba a una realidad cambiante y durísima con la sutil habilidad de quienes ganan siempre y no tenía rencores. Con una memoria corta para los agravios, era de natural generoso tal vez porque siempre fue rico. Personaje complejo, apasionante y contradictorio, merecía desde luego una biografía a la altura de su circunstancia. No ha sido el caso. Otra vez será.