El fin de la pesadilla o la derrota de Marx

El autor considera que los cambios políticos que se han producido a raíz de la "perestroika" en la Europa del Este constituyen algo más profundo que una transformación política, burocrática y social. Se trata de una adaptación provocada por una derrota epistemológica del «socialismo científico» cuyas consecuencias profundas afectan a categorías conceptuales que, a pesar de su inadaptación a los hechos, dominaron el ambiente intelectual durante siglo y medio.

Luis Núñez Ladevéze

El anciano Erich Honecker, ex jefe de Estado de la República Democrática Alemana (RDA), de 77 años, y otros ex altos cargos comunistas cesantes vieron ayer cómo su lujosa ciudad residencial en las afueras de Berlín se transformaba en prisión. Al leer, varios meses después, este párrafo de una información de la primera página del diario El País, no encontrará el lector motivo alguno que le produzca extrañeza. Son tantos los cambios producidos, desde que se publicó el pasado 6 de diciembre esta información, que las zozobras particulares del dictador Honecker no producen curiosidad alguna. Su destino político y personal es cosa juzgada. Lo que inquieta y mueve al asombro es el horizonte que se adivina de una reunificación alemana y de las consecuencias, por descomposición, de la hecatombe del monstruo comunista.

Pero intente el lector hacer una prueba de lo que podría calificarse historia-ficción. Imagínese que hubiera leído este párrafo algunos meses antes de que se produjera el arresto, por ejemplo en las fechas en que la Universidad Complutense condecoraba con una medalla de oro al dictador comunista. No hace falta forzar la conjetura para suponer que hubiera creído que se trataba de un espejismo. Ningún signo externo permitía entonces predecir la catástrofe que aguardaba a la vuelta de la esquina el paso del dictador. Sin embargo, la perestroika había hecho sonar las primeras trompetas hacía algunos años junto a las murallas del totalitarismo soviético.

El párrafo que sirve de entrada a este comentario se publicó el mismo día en que se conmemoraba la Constitución Española. Algo más sugerente todavía que la alusión al arresto del hasta entonces poderoso Honecker merece la atención del glosador. Se trata de esa anodina y leve referencia a la «lujosa ciudad residencial», cuya somera descripción da por sobreentendido que el lector estaba al cabo de la calle en lo relativo a los «lujos» de la clase dirigente comunista. La información presumía que se trataba de un valor aceptado, pero, de hecho, ni ese periódico ni ningún otro que no resultase sospechoso por su tendenciosidad, había explicado ni descrito anteriormente en qué consistía esa presupuesta magnificencia.

Volvamos a la prueba imaginativa. Estímese cómo se hubiera considerado que algún periódico hubiese informado, mientras se condecoraba a Honecker con la medalla de oro de la Complutense, sobre los detalles de esa «lujosa ciudad residencial» que el 6 de diciembre el diario El País presentaba como una obviedad conocida. Para cumplimentar el experimento completaré la escena con otro detalle: pocas semanas antes de que Honecker fuese arrestado, los concejales socialistas del municipio coruñés de Corrubedo también propusieron condecorarle con la medalla de la localidad. El arresto estropeó la fiesta prometida. Repárese ahora en el horizonte de sugerencias que se desprende de la combinación de estas dos anécdotas, sólo en apariencia insignificantes: un presidente comunista al que un claustro universitario liberal condecora, y, posteriormente, un ayuntamiento socialista que propone su homenaje pocas semanas antes de que se produzca su desenmascaramiento definitivo.

Perfil de una actitud

Lo que se advierte tras los ejemplos es algo más que una suma de casos: el perfil de una actitud. Basta hacerse una pregunta casi trivial por su simplicidad. Pero, ¿cómo? ¿es que la «lujosa ciudad residencial» estuvo escondida como la guarida de Hitler?, ¿acaso nació por generación espontánea de la noche a la mañana?, ¿era imposible para los periodistas occidentales advertir los signos externos de esa corrupción que el 6 de diciembre se describía ritualmente? La intención de los interrogantes no puede dejar de ser autocrítica: ¿qué tipo de pusilánime actitud, de ceguera masoquista o de aquiescencia complaciente permitió a los informadores y, sobre todo a los intelectuales, a que pasaran por alto esos indicios, mientras señalaban acusatoriamente con el dedo, no ya a las dictaduras del cono sur, sino a los excesos de los propios países democráticos? Lo menos que se puede decir es que no hubo proporción en el juicio, no hubo igualdad en el tratamiento, no se aplicaron las mismas pesas ni medidas. ¿Cómo es posible que esa ostentosa contradicción entre los principios de igualdad, eficacia y solidaridad a los que el socialismo pretendía servir y la realidad que producía fuese aceptada durante varios decenios, por quienes para hacer honor de su condición de intelectuales eran los más obligados a denunciarla y combatirla?

A modo de excusa explicativa de lo inexplicable se ha argüido en los últimos meses que la transfiguración del rostro del socialismo «real» se debe a un proceso interno de autocrítica, a una especie de catarsis regeneradora traída a la superficie gracias a la decisiva audacia de Gorbachov. Ese tono de la respuesta, que ha llevado a los Partidos Comunistas a un corrimiento de tierras, y a los partidos socialdemócratas a planificar la invasión del terreno yermo, confirma que no es fácil responder con entereza cuando las respuestas a las preguntas obligan a cuestionarse las más profundas raíces de la ideología.

Observaciones que ahora resultan obviedades, como que Fidel Castro es un dictador o que Daniel Ortega presumía de un apoyo popular del que carecía, desacreditaban a cualquiera que las denunciase ante el coro de los ilustrados. El dogma del progresismo sigue todavía activo a pesar de la fuerza de las pruebas como se dice los telefilmes de importación, de la «evidencia» acumulada. La resistencia a admitir lo obvio se manifiesta cuando todavía muchos insisten en torcer la mirada y justificar el fracaso del socialismo señalando los defectos de la propia sociedad de que se nutren, o de aquélla a la que imitan. Esta inercia o, mejor dicho, esta incapacidad para reconocer el error, permite al intérprete perplejo comprender que la súbita transformación que se ha producido en la Europa del Este tiene todavía más importancia por sus futuras consecuencias en el plano de las ideas que por sus efectos próximos en el plano de la política.

Es relativamente fácil que los comprometidos o los interesados se resignen a aceptar la caída de la urdimbre burocrática tejida durante casi cinco decenios -más de siete en la Unión Soviética en nombre de un paraíso social que siempre resultó improductivo e ilusorio. Al fin y al cabo la crítica a la administración del sistema fue cultivada por los disidentes de dentro y de fuera del régimen. Desde Bloch y Marcuse hasta Adam Schaff o, por hablar de portavoces más próximos, como Tierno Galván, Gustavo Bueno o Manuel Sacristán, muchos criticaron aspectos de la aplicación sin que eso supusiera el rechazo de los fundamentos.

Hace 20 años Gustavo Bueno escribía que el socialismo debería verificarse y refutarse el capitalismo. Pero ahora que los hechos contradicen su tesis no ha abierto la boca para declarar que se ha desmentido la doctrina. Incluso la fundación Pablo Iglesias, presentó a finales de marzo un ciclo de conferencias, como si de gran novedad intelectual se tratara, sobre El marxismo analítico. No basta que se haya corrompido el tronco y descompuesto la corteza para que los jardineros de este huerto estéril se decidan a abrir los ojos y de una vez confiesen contrita y humildemente que el experimento ha fracasado. No un «experimento inocente» realizado a costa de la libertad y la dignidad humana.

Una lid desigual

Toda metáfora tiene valor, decía Aristóteles, mientras nos limitamos a mantener la adecuada proporción entre las correspondencias metafóricas. Si aún queda energía para tratar de defender lo indefendible es porque todavía sobreviven los agentes de la fuente que la nutre. La savia capaz de mover ese tinglado contra natura manaba de la raíz ideológica. De las ilusiones, sentimientos y esperanzas que esa savia alimentó procedía la fuerza que pudo sostener a ese árbol seco que todavía algunos se esfuerzan en regar. El deseo de convertir en realidad los deseos fue más firme que la resistencia de la realidad a dejarse gobernar desiderativamente. Tal vez ahora mientras el desmoronamiento se consuma, el deseo de construir el paraíso terrenal haya quedado desplazado por el resentimiento que produce la conciencia del fracaso. No se trata tanto de negarse a admitir la derrota como de negarse a levantar el brazo del vencedor.

Porque no se puede olvidar que la rivalidad entre las democracias populares y las democracias formales constituyó un combate desigual. Mientras las primeras golpeaban con los dos brazos, en las segundas el brazo izquierdo no seguía el ritmo del brazo derecho. A veces, el izquierdo no sólo dificultaba los golpes sino que golpeaba contra su propio organismo. Por eso, cuando muchos se preguntan o se extrañan de que el contrincante vencido aguantara tanto tiempo el ritmo del combate, hay que contestar que contó con la colaboración del árbitro, del espectador y con los resentimientos emboscados en su propio rival.

El prestigio de la ideología derrotada, que todavía persiste, el afianzamiento de ideas que aún se consideran como verdades evidentes, el sentimiento masoquista que impide la aceptación racional de los propios principios, explican esa resistencia absurda y dañina cuyos estragos se miden con cifras de dolor humano. Todavía, a pesar de la hecatombe, resulta activo el supuesto axioma de que la primacía moral del principio de igualdad material exige que los poderes coactivos del Estado colaboren en su aplicación. No hay más que leer el Manifiesto del Programa 2000 para comprobar que los socialdemócratas españoles no desisten de los planteamientos que tienden a emparentar más sus fines con los socialmarxismos derruidos que con los de los partidos no socialistas pero sí democráticos. Inspiradores de este programa, como Quintanilla, Paramio y Vargas Machuca aceptan los métodos democráticos de manera similar a cómo algunos partidos democráticos vascos también los aceptan sin renunciar por ello a la identidad de sus fines con los del terrorismo secesionista. No hago esta comparación con propósito crítico alguno sino para intentar persuadir a los socialdemócratas de que son vulnerables al mismo tipo de censura que ellos hacen a los nacionalistas cuando les advierten de que de algún modo la identidad en los fines acaba convirtiéndose en una confusa aceptación de los métodos.

En todo caso, ese supuesto común, de la socialdemocracia y del marxismo, de que la primacía moral del principio de igualdad material justifica la acción o la intervención del Estado, es lo que condujo y conduce a la colaboración con el idealismo materialista totalitario.

La libre iniciativa, el mercado abierto y la energía empresarial son más eficaces colaboradores con los deseos de redistribución de los bienes materiales que el intervencionismo estatal. Lo que queda por tanto como objeto de la discusión es si la «redistribución general o total de los bienes materiales» puede concebirse como un fin que se pueda conseguir mediante la acción particular de un gobierno, de una clase o de un partido.

No se discute la primacía de la igualdad sobre la desigualdad; se discute que la intervención del Estado sea más eficaz que el mercado libre para equilibrar desigualdades.

El fracaso de los comunismos y la evidente necesidad que experimentan los gobiernos socialdemócratas de modificar sus programas a medida que su aplicación tropieza con dificultades de cálculo económico, constituyen pruebas en contrario rotundas y pertinaces. A la hora de la verdad, el mayor enemigo de los comunismos y de la socialdemocracia no ha resultado serlo las ideologías rivales sino los hechos mismos: la resistencia de los fenómenos económicos a dejarse encauzar conforme a las previsiones totalitarias o moderadas de comunistas y de socialdemócratas. Al fin, lo que hizo tambalearse inusitadamente, para acabar cayendo, como un gigante de pies de barro, al comunismo soviético fue la incapacidad de su energía ideológica para encauzar los hechos según sus pronósticos. Y eso es lo mismo que obliga a los socialdemócratas en Occidente a readaptar continuamente sus programas y a dejar una y otra vez en evidencia la distancia entre sus promesas y sus realizaciones. Hasta ahora los métodos empleados no han servido para acercarse un ápice más a los fines anunciados del igualitarismo social, que la espontánea realización del mercado libre.

La desproporción entre las cosechas prometidas y los frutos recogidos fue tan considerable que una personalidad despierta, como Gorbachov, comprendió que sería preferible derribar controladamente al monstruo que esperar a que se desplomara por su propio peso. En haberse anticipado a lo inevitable constituye todo su mérito. Muchos abren la boca de admiración por el arrojo que demuestra el capitán al botar la lancha salvavidas antes de que el buque naufrague. Pero el mérito de Gorbachov no ha consistido en hundirse con el barco sino en ser el primero en saltar al bote para salvar cuanto pueda del naufragio y gobernar el rumbo de la lancha mientras pueda.

Una muerte anunciada

Para quitar importancia al hecho, también elemental, de que la derrota del sistema comunista consolida la victoria del rival, algunos han confundido la sorpresa que ha producido en ellos la hecatombe con la imprevisibilidad de que pudiera ocurrir algo semejante. Que se produjese inesperadamente no significa, sin embargo, que nadie lo hubiera previsto. Los derrotados, de fuera y de dentro, se afanan ahora cuanto pueden en negar al contrincante el agridulce sabor del triunfo. Pero no se puede ignorar que el fracaso de la organización económica del comunismo, por inesperados que hayan sido el momento y la forma, fue siempre, para los economistas liberales, la crónica de una muerte anunciada.

El fracaso del comunismoes evidente como evidente es la necesidad de los gobiernos socialdemócratas de rectificar los programas económicos cuando se inspiran en la ideología y no en el cálculo.

Al menos, desde 1927, fecha en que Ludwing von Mises publicó por primera vez Liberalismo, se disponía de los datos intelectuales para comprender que el sistema socialista no podría rivalizar con el sistema de libre mercado. Seguramente Von Mises fue el primero en advertirlo, pero no fue el único en razonar por qué el régimen de producción socialista tendría, tarde o temprano, que arrojar la toalla, bien fuera rindiéndose camufladamente como ha hecho Gorbachov, bien fuera retirándose de la escena, como han hecho los chinos después de la matanza de Tiananmen.

Von Mises mostró que «el cálculo económico es, precisamente, lo que no puede practicar el orden socialista. Los teóricos del socialismo han querido, infructuosamente, hallar fórmulas para regular económicamente su sistema, prescindiendo del cálculo económico y de los precios. Pero, en tal intento, han fracasado lamentablemente».

A la vista del tipo de explicaciones que los ideólogos socialistas y socialdemócratas ofrecen sobre las causas de la ruina del sistema soviético, es conveniente tener en cuenta que estas líneas fueron escritas durante el primer decenio del triunfo revolucionario soviético y que pertenecen a un capítulo provocativamente titulado «La inviabilidad del socialismo». La previsión de Von Mises no pertenece a esa especie de anuncios proféticos del tipo de «la desaparición de las clases» o la «disolución del Estado», sino al género de los pronósticos que, con el tiempo, es posible comprobar si se producen o no. Sea dicho esto de paso, porque el materialista Gustavo Bueno fue quien aseguró que el socialismo es un tipo de doctrina verificable y el capitalismo un caso de práctica refutable por los hechos. Y no dejaba de tener razón cuando lo decía, porque a la vista está que se tra…

Desde sus orígenes, la rivalidad entre socialismo y economía de mercado se libró en términos de «eficacia» o de «funcionalidad práctica». No fueron los economistas liberales quienes señalaron esa zona de juego sino los socialistas quienes se propusieron jugar en ella. La consigna de que la supremacía moral del socialismo se basaba en su mayor consistencia científica, es de raíz socialista, y no liberal. Si el debate se libró en ese terreno, fue porque el retador socialista eligió esa zona del campo para que en ella se celebrara el duelo. El desenlace de la pelea afecta a todos los aspectos que se comprometieron en el desafío. Aceptar ahora que el socialismo, como escribe Peces Barba en su polémica con Rafael Termes, en ABC, no es tan eficaz pero sí más moral que el libre mercado es un modo de pertinacia irracional que consiste en seguir inconsecuentemente en el centro del campo después de haber perdido el partido.

Por eso, no es fácil de entender cómo el profesor Llano Cifuentes insiste en identificar el libre mercado con «un economicismo ciego para sus principios y miope para sus consecuencias»4. La presunta ceguera del mercado libre se basa en el cálculo económico racional de los fines particulares, el único posible en términos económicos, ya que nadie está en posesión de los datos para elaborar un cálculo global, y si este cálculo o mejor combinación de cálculos particulares, no produce todas las consecuencias deseadas, es porque los deseos son libres y las consecuencias son efectos de procesos causales limitados.

Al alborear el tercer milenio, las nuevas generaciones podrán contar entre el elenco de verdades contrastadas por la experiencia con la de que el socialismo constituye una doctrina refutada por los hechos, y con la de que la experiencia socialdemócrata es una constante prueba de repliegue doctrinal, de adaptación y compromiso con exigencias elementales del cálculo económico o cataláctico. La situación, tras la caída del comunismo, es parecida a la que se produjo en el amanecer de los tiempos modernos, cuando la astronomía tolemaica fue desplazada por el giro copernicano. La persistencia de conceptos, métodos y esquemas de explicación geocéntricos, todavía perduró durante decenios, pero el heliocentrismo quedó herido de muerte.

A diferencia de lo que distinguió al debate entre copernicanismo y heliocentrismo, no es un nuevo «paradigma» el que sustituye y reemplaza al anterior, sino que de dos «paradigmas» conceptuales (me sirvo imprecisamente del término propuesto por Kuhn para la explicación del triunfo de ciertas revoluciones científicas), uno ha mostrado, al menos, no ser incompatible con sus propias predicciones mientras el otro, el «socialista», queda «refutado» por la no confirmación de sus pronósticos y porque los hechos contrastados invalidan sus hipótesis fundamentales.

Ruptura epistemológica

Esto significa que no sólo ha caído con el derrumbe del comunismo, un orden político concreto y un determinado modelo desviacionista -estalinista- de administración económica como muchos pertinaces insisten en hacernos creer. No se trata sólo de que haya que revisar la aplicación defectuosa del método. Lo que queda refutado es la presunción de cientificidad y de adecuación a los hechos de las categorías conceptuales utilizadas. Asistimos a algo más profundo que a un fracaso político o económico. Se trata de un fracaso epistemológico, si se nos permite una expresión altisonante.

Conceptos tenidos todavía por válidos como apoderamiento de la «plusvalía» del trabajador, o «lucha de clases», o «explotación» económica del proletariado, el mismo concepto de «proletariado» y de «conciencia de clase», por poner ejemplos de una lista interminable que cautivó la controversia intelectual durante más de un siglo, pueden considerarse refutados. Sencillamente no hay «explotación» del trabajo por el capital en la sociedad de libre mercado como pretendía la explicación marxista, y como todavía predica el Manifiesto del esbozo del programa 2000. Que haya «dominación» como expuso Max Weber, no implica que haya «explotación» de una clase por otra. En toda sociedad hay relaciones de dominación, pero la fuente suprema de la dominación, allí donde se convierte en imposición coactiva de la voluntad ajena, es el Estado, la Administración del poder político, de la Policía, del Ejército, del presupuesto público y del Boletín Oficial del Estado.

Pretender disminuir las «relaciones de explotación mercantil» a base de acrecentar el poder coactivo del Estado y de aumentar el presupuesto público para intervenir activamente en la sociedad de acuerdo con criterios particulares, por ascéticos que sean, implica siempre una intromisión en el ámbito de la libertad ciudadana y de los derechos personales. De una manera atenuada o, como se dice ahora, «light», los socialdemócratas contribuyen, aligerando el peso y adaptando los métodos, a mantener vivas esas ilusiones perniciosas cuya realización ha quedado desmentida por los hechos no sin haber conducido antes al matadero a millones de inocentes.

En el caso del régimen soviético la ideología impuso durante siete decenios una organización económica artificial, emanada de los principios de la doctrina misma y no del contraste empírico que obliga a modificar las hipótesis cuando las consecuencias de su aplicación no se compadecen con las predicciones. Lo más sorprendente es que el supuesto teórico de la doctrina fuera que la estructura económica determina la doctrina mientras era la doctrina la que determinaba la estructura económica. Mayor paradoja no cabe.

Hace tiempo que los socialdemócratas aliviaron esa carga doctrinal en lo referente a los métodos, pero siguen imperturbables en lo que a los fines concierne. Pero la presunción de que el «socialismo» es más moral porque se propone aplicar la fuerza coactiva del Estado, su «intervención», al fomento de la igualdad social y la redistribución de la riqueza insiste en el mismo error. No se trata de negar que la «igualdad social» sea más deseable que la «desigualdad», sino de demostrar, por el único método demostrable que es el método empírico, que la intervención del Estado es una fuente de «igualación» social y no de «desincentivación» de la iniciativa y de limitación de las libertades personales. Porque, a fin de cuentas, a la hora de la verdad, ser libre es serlo para tratar de realizar las propias iniciativas y ser socialmente productivo es ser capaz de aplicar las iniciativas propias.

En esta hora en que se reproduce una situación similar a la que provocó el giro copernicano, es fácil comprobar cómo los conceptos se adhieren a las suposiciones de la ideología con más fuerza que las estrellas fijas al cielo tolemaico, y a pesar de que es obvio que las estrellas no pueden sostenerse cuando se desmorona el firmamento al que van adheridas, no es menos obvio que tardaron algunos siglos en desprenderse de la celeste imaginación de los dogmáticos y de los crédulos. Las preguntas razonables que quedan pendientes ya no pueden enfocarse a la rectificación científica del socialismo «científico» sino a situar los contornos de la ideología refutada. El debate futuro habrá de discutir el grado de consistencia de los programas socialdemócratas. El otro debate, el de la supremacía científica del socialismo, ya terminó. Queda para curiosidad de los historiadores. Prolongarlo por más tiempo sería perder el tiempo. Aunque habrá que resignarse a aceptar pacientemente las consecuencias de que a los llamados socialistas científicos, convertidos ahora en socialistas en paro, les quede mucho tiempo libre en adelante para seguir discutiendo.