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Ver productos1 de abril de 1990 - 7min.
François Leotard, presidente del Partido Republicano francés, ex ministro de Cultura y uno de los principales líderes del centro-derecha de su país, es tal vez la personalidad que analizó con más tino y profundidad los cambios que para Europa y para Francia representará la unidad alemana. En esta entrevista con NUEVA REVISTA, Leotard hace gala de fe europeísta y de optimismo histórico sobre el futuro del continente.
Nueva Revista. La reunificación o, si se prefiere, la unificación alemana parece próxima e irreversible. ¿En qué medida afectará al proceso de construcción europea? Este proceso, ¿debe acelerarse o modificarse?
François Leotard. Ante cuestión tan precisa tengo la clara impresión de que es necesario acelerar el proceso de unificación europea. Francia y también España deberían pedir que la conferencia sobre la unión económica y monetaria, que debe celebrarse en diciembre de este año, tome decisiones rápidas sobre este tema crucial. No debemos permitir la construcción de una Alemania fuerte —lo que por otra parte, en modo alguno sería negativo— sin construir al mismo tiempo una Europa más fuerte y más integrada.
N. R. Usted dijo recientemente que no debía ofrecérsele a Alemania que escogiera entre la reunificación y la Comunidad…
F. L. En efecto, la peor alternativa para el pueblo alemán y para todos los europeos sería precisamente que se le obligara a escoger entre la reunificación fuera de la Comunidad y la Comunidad sin reunificación. Ambas hipótesis son absurdas y debe hallarse una tercera vía, mucho más razonable: la reunificación dentro del mecanismo comunitario que sirva al mismo tiempo para potenciar el proceso europeo de integración.
N. R. ¿Hasta qué punto el llamado «malentendido histórico» entre Francia y Alemania puede influir sobre la unificación y el futuro europeo?
F. L. Creo que la denominación «malentendido histórico» no es adecuada. A lo largo del siglo XX (que a mi juicio ha concluido ya) hemos sufrido en Europa dos guerras civiles que fueron también dos guerras entre Francia y Alemania. Pero no debe olvidarse que antes de esta época dolorosa, Francia y Alemania mantuvieron relaciones muy fecundas (pienso, por ejemplo, en el siglo XVIII) en el terreno intelectual y en otros terrenos. De modo que creo firmemente en que no existe ninguna fatalidad que lleve a la confrontación entre Francia y Alemania. Ese fue el gran mensaje tanto del general De Gaulle como de Konrad Adenauer. Los franceses deben considerar a los alemanes como un pueblo amigo y reconocerles el derecho a la unificación. El derecho a la autodeterminación es también uno de los mensajes de la Revolución Francesa. Al mismo tiempo debemos avanzar mucho más en el proceso de unificación europea.
He aquí un ejemplo preciso de lo que digo: Europa debe tener su propia defensa y eso exigirá ir más allá del mecanismo económico, es decir, abarcar otros dominios como el defensivo y el diplomático.
N. R. El carácter privilegiado de la «entente» franco-alemana, ¿puede dificultar la unificación?
F. L. Sucede que en las últimas semanas hemos podido asistir a cierto alejamiento entre los dirigentes franceses y alemanes. Espero que se trate de un fenómeno coyuntural. Por supuesto, Helmut Kohl no advirtió a Mitterrand sobre su «Plan de 10 puntos», pero tampoco lo había hecho con su aliado y ministro de Asuntos Exteriores, Genscher. Por otra parte la relación franco-alemana no agota la construcción europea. Europa del Sur tiene un papel fundamental que jugar en este terreno mediante una suerte de solidaridad regional que ayude a potenciar, además de los intercambios económicos, la política social, agrícola, migratoria y, desde luego, una política de defensa. Los países europeos del Sur deben, debemos ser más solidarios.
N. R. Dado que se refiere a la política mediterránea y que es éste un tema que usted conoce bien, ¿cree que deben reorientarse las relaciones intercomunitarias hacia el Sur, y cómo puede hacerse?
F. L. Creo, en efecto, que la comunidad cultural que une a los países latinos debería permitir un mejor y más profundo entendimiento y cooperación entre ellos. Las cuatro potencias europeas del Mediterráneo —Grecia, Italia, Francia y España— deberían establecer relaciones mucho más intensas y afrontar en conjunto temas tales como el futuro del Magreb que será determinante para nosotros en la próxima década. Hasta ahora no hemos sido capaces de tejer un sistema de cooperación regional propio. La imaginación, la creatividad, incluso el desarrollo económico han venido del Sur y los pueblos latinos deberíamos recuperar lo que ha sido nuestro papel durante muchos siglos como foco de cultura y de innovación.
N. R. ¿Debe ser tal vez esta «política mediterránea» uno de los objetivos de la diplomacia francesa en el seno de la CEE?
F. L. Desde luego. Pero no sólo de Francia, también de España…
N. R. Volvamos a Alemania. ¿Qué piensa de una futura Alemania neutral?
F. L. Constituiría uno de los peores peligros para el continente europeo. Hemos tenido uno de los períodos de paz más largos de nuestra historia gracias precisamente a nuestro compromiso con los valores de Occidente. Si Alemania lo olvidara y se desentendiera de esta historia común, de este compromiso, volvería a suscitar desconfianzas y rencores, como en el pasado. La RFA está en la OTAN. Francia está también en la Alianza. La OTAN es una Alianza de pueblos libres para defender su libertad. El pueblo alemán comprenderá en su conjunto, estoy seguro, que sólo integrándose completamente en un sistema de defensa occidental con los Estados Unidos podrá evitarse la repetición de ciertos acontecimientos dramáticos. La salida de Alemania de la OTAN sería catastrófica para el conjunto del mundo libre —sigo llamándole así, mientras tanto—, aunque desde luego puede contemplarse un estatuto especial para la parte oriental que hoy forma la RDA, lo que permitiría a las tropas soviéticas iniciar la retirada. Pero este estatuto debería ser provisional, no permanente.
N. R. El papel de la OTAN, ¿será en el futuro más político que militar? ¿Se desintegrará el Pacto de Varsovia?
F. L. El Pacto de Varsovia hoy, al menos militarmente, está ya desintegrado. Tiene característica surrealista y nadie en sus cabales cree que sirva para defender o atacar. La OTAN debe, por su parte, interrogarse sobre el futuro. Desde luego abandonar sus funciones militares sería absurdo o suicida, porque la amenaza se mantiene aunque esté matizada o haya disminuido. El papel político de la OTAN puede y debe aumentar. Los países miembros tendrán que reflexionar y buscar nuevos canales de colaboración que no sean exclusivamente militares.
N. R. Las tropas americanas, ¿deben permanecer en Europa?
F. L. En el estado actual de la defensa europea —que casi no existe— sería ilógico que los contingentes americanos abandonasen nuestro continente. Hay que ser sinceros: la defensa europea actualmente no existe fuera de la OTAN. No hay solución de recambio. De lo que se trata es tal vez de reforzar la identidad europea en el seno de la OTAN, pero en modo alguno de prescindir de la Alianza y de las tropas americanas estacionadas en nuestro continente. Compartimos (europeos y americanos) una comunidad de destino que en modo alguno desaparecerá porque en el Este haya habido ciertos cambios.
N. R. Los cambios en el Este, ¿son irreversibles?
F. L. El hundimiento del marxismo es, desde luego, irreversible. Me parece imposible que el marxismo regrese a los países del Este que lo han sufrido. Puede haber todavía sobresaltos, pero el sistema ha caído. En cambio, en todos estos países puede haber convulsiones imprevisibles. No hay que excluir el renacimiento de los integrismos religiosos, de los nacionalismos xenófobos, del antisemitismo y por eso hay que estar atento a todo cuanto pasa allí. La «perestroika» ha fracasado (por cierto, sólo algunos occidentales se obstinan en decir lo contrario…) y puede amenazar a medio plazo a Gorbachov. La evolución en la Unión Soviética marcará el ritmo del cambio en estos países sólo en parte: los pueblos han sido el verdadero motor del cambio y es inconcebible un paso atrás. El papel de los países occidentales debe ser ayudar a los pueblos a que se desembaracen definitivamente de estos regímenes sanguinarios, corruptos e incompetentes.
N. R. ¿Cree que los regímenes residuales de «comunismo crispado» como Vietnam, Cuba, Corea del Norte o Albania están condenados a medio plazo?
F. L. En el caso de Albania, tal vez. En otros casos —algunos países de Asia o África— soy más pesimista a medio plazo. Yo no apostaría un céntimo, sin embargo, sobre la supervivencia del régimen cubano, algo que, por cierto, me alegra.