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Ver productos«América Latina no es todo aquello que hemos importado. No es tampoco Europa, no es el África, no es la América pre-hispánica o las comunidades indígenas, y al mismo tiempo es todo eso mezclado, conviviendo de una manera muy áspera, muy difícil, violenta a veces.» (Mario Vargas Llosa)
1 de abril de 1990 - 11min.
Cada vez que los sociólogos analizan sus trabajos de campo sobre los comportamientos sociales de los latinoamericanos, los resultados suelen ser idénticos: básicamente, aquéllos demandan educación y cultura -antes que otra cosa-, pues se hallan convencidos de que con ambas se consiguen los empleos y se asciende en la escala social. Tan simple y reiterado planteamiento revela la presencia de una necesidad constante e insaciable: la de mejorar, intensiva y extensivamente, la acumulación de capital humano como clave fundamental y estratégica de América Latina; en puridad, su verdadera tabla de salvación cara a un futuro mejor.
No puede extrañar a nadie la persistencia de la demanda educativa y cultural latinoamericana, puesto que el continente padece gravísimas carencias crónicas: analfabetismo real y analfabetismo funcional -la televisión los potencia fuertemente-; absentismo y fracaso escolares en preescolar, primero y segundo grado; docentes mal pagados y no considerados socialmente; instalaciones mal dotadas e insuficientes; y unos presupuestos públicos en educación y cultura ridículos, dadas las elevadas tasas demográficas -¿por qué gasta América Latina tantas divisas en adquirir armamento?-. La deuda cultural latinoamericana viene de lejos y, desgraciadamente, está consolidada. Los efectos negativos de esa pesada losa se manifiestan no sólo en las estadísticas sino que se pueden ver en las calles y los campos latinoamericanos, dramáticamente.
La ciencia, la investigación y la tecnología son los marginados del acervo cultural-educativo de Latinoamérica
Lo más significativo de la cultura latinoamericana contemporánea es, a mi juicio, la falta de muchas materias técnicas y científicas y el que tampoco se emplean los métodos adecuados de aprendizaje de las habilidades y los conocimientos que exigen dichas disciplinas. Así, la cultura latinoamericana, basada principalmente en las Humanidades, al no poseer las herramientas para ensamblar y articular armónicamente presente, pasado y futuro no tiene la menor posibilidad de generar las capacidades y condiciones requeridas para modificar la realidad desajustada y, menos aún, para trascenderla con opciones mejores y más modernas. Por lo general, la cultura latinoamericana se limita a transmitir la herencia humanística recibida.
En América Latina tanto la cultura como la enseñanza propiamente dicha han consistido en vivir de espaldas a la perentoriedad científico-técnica. Un caraqueño eminente, Andrés Bello, ya se lamentó del hecho en el pasado siglo, preguntándose: «¿Estaremos condenados todavía a repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea sin atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales, a darles estampa de nacionalidad?». Es cierto que el legado hispánico se trata de un legado incompleto, trunco. Ortega y Gasset lo dijo en 1911: «España no ha contribuido para nada a la historia moderna de las ciencias fundamentales».
España trasladó a América su bagaje cultural y sus saberes -los del medioevo- y allí han permanecido sin grandes alteraciones, al cabo de los siglos. (Fue únicamente México -menos en Colombia y Chile- donde las ciencias y lo científico alcanzaron cotas considerables y de reconocido relieve.)
Los colegios religiosos y las Universidades de Salamanca y Alcalá impulsaron poderosamente los estudios clásicos, y sus modelos humanísticos y escolásticos fueron trasladados y reproducidos miméticamente en la otra orilla: de literatos, juristas y clérigos está llena la historia latinoamericana. Esta conformación histórico-estructural -con impronta universitaria elitista- ha condicionado decisivamente el desarrollo cultural, político, social y económico de los pueblos que habitan el continente latinoamericano -su gran pariente pobre, la enseñanza primaria, como secuela de una lacerante falta de igualdad de oportunidades-.
La dimensión cultural latinoamericana de hoy -agredidas sus pautas de consumo por miles de estímulos contradictorios muy norteamericanos y por una abrumadora masa de información imposible de digerir- convoca a un urgente replanteamiento: el adecuado a unas sociedades necesitadas de un desarrollo integral, más equilibrado y sostenido. Pero no se trata de eliminar los valores que caracterizan, definen y diferencian, sino de incorporar otros distintos que el mundo contemporáneo, en veloz mutación técnica y con referencias móviles, ofrece.
Alain Touraine, sabedor del agotamiento de los mitos de la razón y de la revolución, manifestó no hace mucho tiempo: «Defiendo la existencia de una nueva modernidad que sea capaz de combinar la razón y la subjetividad». América Latina está muy lejos todavía de esa modernidad.
La cultura como propuesta plural y crítica y como tensión de diálogo, no sólo son textos; «son», también, ideas e imágenes. En la cultura de este fin de siglo los contenidos y las ofertas culturales ofrecen una creciente interrelación a causa de los continuos avances científicos y tecnológicos. Pero en el espacio latinoamericano, la ciencia, la investigación y la tecnología son hoy más que nunca los grandes marginados del acervo cultural-educativo. Sus métodos de estudios o están anquilosados o son calcados: se copia -y mal- lo extranjero y se importan las tecnologías foráneas a unos precios abusivos, de escándalo.
La región latinoamericana -tan dependiente de los centros occidentales- padece un subdesarrollo científico-técnico evidente, cuyos elevados costes son insostenibles por más tiempo. Severo Ochoa afirmó que la primera medida a tomar es «crear el clima» para la ciencia. Ese medio ambiente científico no se prodiga en América Latina. A ello se añaden los magros recursos dedicados, la ineficacia en la gestión, la descoordinación global y la dilapidación de esos recursos. Las deficiencias saltan a la vista: en América Latina se gasta poco y mal en formación técnica y en investigación científica y desarrollo tecnológico, aun cuando la solicitud social y laboral está ahí, esperando ansiosa. Responder y atender tan angustiosa llamada parece obligado: contribuiría a quebrar la dialéctica del tenebroso e injusto «Diálogo Norte-Sur».
Ahora bien, la independencia y la madurez culturales no se logran cerrándose los agentes culturales en «numantinismos» trasnochados y provincianos, sino abriendo de par en par las ventanas de la cultura nacional a otras influencias. Con ideologismos absurdos y sectarios, con resistencias administrativas y corporativismos de vieja laya, sólo se llega al paulatino empobrecimiento cultural colectivo y a la mediocridad y pacatería de docentes, creadores e investigadores.
También la cultura política, la cultura militar, la cultura económico-empresarial y la cultura sindical latinoamericanas se ven aquejadas de corruptelas, malformaciones y viciadas querencias, perjudiciales para el conjunto de la sociedad: en casi todas ellas ha primado la controversia ideológica y el control del poder, en lugar de la imprescindible búsqueda de áreas de consenso y de soluciones globales. Las carencias de estas culturas específicas han contribuido decisivamente a engrosar la imponente deuda cultural de América Latina que, para rebajarla, exigirá generosidad y largueza de miras, así como un riguroso y sostenido esfuerzo.
Es lamentable que los dirigentes políticos, militares, empresariales y sindicales latinoamericanos hayan estado apegados, desde la Independencia, a la consecución de beneficios particulares inmediatos en régimen de monopolio, cuya norma básica ha consistido, cuando menos, en la eliminación de la discrepancia o, de no ser ésta suficiente, en el aniquilamiento del contrario. Por su parte, algunos intelectuales supuestamente conspicuos de la región han malgastado -y continúan malgastando- sus conocimientos en abanderar presupuestos ideológicos maniqueos sobrecargados de esquematismos irredentos, y cuya aplicabilidad ha sido y será imposible: las demandas sociales reales son ajenas a las utopías que ellos auguran por medio de discursos mesiánicos, apasionadamente expuestos.
Los fines de la cultura de este fin de siglo no se restringen, sino que se multiplican y ensanchan: tiene vocación de divulgación y democratización, además de presuponer la completa y definitiva realización de los individuos y las colectividades latinoamericanas: la identidad cultural propia, un ámbito de pluralismo ideológico, el ejercicio pleno de los derechos y libertades fundamentales, una política cultural descentralizada, la educación permanente como derecho inalienable y los beneficios que reportan las sinergías y los intercambios culturales para un mejor entendimiento mutuo, incluidos el de los disidentes y las minorías, para un desarrollo más equitativo y enriquecedor de las experiencias respectivas. Además, la democracia se constituye en motor fundamental de la nueva cultura, y ésta, a su vez, colabora a que la democracia no se quiebre ni se prostituya.
De añadidura, con la nueva cultura se pretende avanzar en la resolución de las desigualdades socioeconómicas. Esa es su máxima esperanza y su máxima ambición. Ambas aspiraciones coinciden en que la primera atención de la cultura se centra en reinventar o recuperar al ser humano, ese gran olvidado de la cosificación impuesta por el consumo de masas, alienante y ostentoso en su vulgaridad. Recuperando el ser humano se pone coto a los mitos con pies de barro: la trivialización de la existencia, el etiquetado superficial y anodino, la «tecnolatría» y la eficacia por la eficacia. Una sociedad no es sólo un mercado, es algo más importante y muy complejo. La nueva cultura es integral porque su eje fundamental no es otro que la dimensión humana; y los elementos que emplea para su conformación y desarrollo no adquieren la categoría finalista sino que, simplemente, constituyen una herramienta, un medio. La nueva cultura aspira a ser útil al hombre; la nueva cultura se prefigura como un esquema totalizador puesto al servicio del ser humano, y no al revés.
Los pueblos latinoamericanos cuentan con una base cultural común -americana, europea y africana-, que no es rígida ni homogénea, sino plural y simbiótica. En esto radica su grandeza y su peso específico: es el signo de su otredad. Pero, como escribió Octavio Paz, «si América quiere encontrarse a sí misma debe partir de Europa, porque sólo la cultura europea posee formas capaces de resistir, sin romperse, todos los ingredientes nativos». La nueva cultura que se propone se dirige a reafirmar esa especifidad, a realzar -y potenciar- ese rasgo distintivo y único, el de la síntesis cultural, derivada del mestizaje. Ello, sin embargo, no lleva implícito repudiar el estado avanzado de la ciencia y la tecnología contemporáneas; hay que conjuntar lo humano y lo técnico.
Un historiador alemán, viejo enamorado de la sonoridad de las palabras, el ritmo y la belleza poética, expresa en sus memorias lo siguiente: «En el fondo, en los otros países, como en España, yo buscaba siempre lo familiar; lo totalmente ajeno me asustaba». Basándome en el aserto de Golo Mann considero principal la participación de España en el desarrollo cultural de América Latina: hondas raíces comunes de índole cultural, política, histórica, económica, familiar y amistosa avalan el envite. España es una parte de Europa en América. Y lo americano de España irradia con personalidad propia en la geografía europea. Esa doble condición -y dimensión de lo español y lo americano- refuerza la complementariedad de la cooperación cultural. Además, el ingreso de España en la CEE es un activo adicional de enorme significación a jugar que enriquecerá esa tarea común que en el plano teórico se perfila: para abrir nuevos cauces de cooperación, para facilitar mayores y nuevas oportunidades, para diversificar las acciones y equilibrar las relaciones. Y esto no es un llamado al etnocentrismo sino una proposición radical de solidaridad y encuentro duraderos.
En las memorias diplomáticas del fallecido embajador Pedro de Arístegui -su misión en Managua se extendió de 1977 a 1980- leo una frase reveladora que suscribo: «Hay que ir a América y vivirla con el corazón y la voluntad, para comprobar la verdad que encierra eso de la Hispanidad».
Es cierto que el momento presente de América Latina se dibuja plagado de desajustes sociales -con aterradoras bolsas de marginación y miseria en grandes núcleos urbanos- y desequilibrios económicos básicos -los ingresos reales están a niveles de hace 15 años. No es tiempo de euforia, sino de escasez y sobriedad, en donde destacan negativamente un gasto público lastrado por desmesuradas, corruptas e ineficientes burocracias; y una terrorífica deuda externa y su servicio anual, que devoran insaciablemente los ingresos por exportaciones y paralizan cualquier proyecto de inversión razonable en una coyuntura internacional mejor a la de 1981, pero frecuentada por sacudidas monetarias y atisbos proteccionistas.
No obstante, la fragmentación social de las naciones latinoamericanas -sus sociedades cuentan poco en todo lo relativo a las decisiones políticas y económicas importantes- no puede ocultar el hecho real de la interdependencia en asuntos culturales, comerciales, financieros y tecnológicos.
Por todo ello, una solución política de la deuda externa, acompañada de un renovado flujo de recursos financieros, y unas políticas económicas no voluntaristas ni utópicas -incluyendo, claro está, la disciplina fiscal y el cese de la fuga de capitales- es la única combinación posible para superar la crisis. Las democracias latinoamericanas, con el respaldo internacional obligado, tienen que actuar, gestionar y proyectar con rigor económico-contable y asignar y utilizar los recursos eficientemente, huyendo de las demagogias fáciles -sean populistas, sean revolucionarias- para, así, promover la cultura, la educación, la ciencia y la tecnología latinoamericanas. Es la sola forma para que se consoliden los todavía frágiles sistemas democráticos y se sienten definitivamente las bases del desarrollo económico y social que las mujeres y los hombres latinoamericanos vienen demandando históricamente y con razón y, a veces, de modo excesivamente airado. Pero intentar imponer por la fuerza recetas y modelos mitificados pero fracasados en la práctica que no tienen en cuenta la racionalidad y eficiencia económica es distorsionar la complejidad de las demandas sociales reales y adulterar el concepto del interés general -el beneficio o utilidad social-.
Resulta asunto principal aumentar considerablemente la contribución de la cultura y la educación al PIB de América Latina. No hacerlo es admitir que no hay voluntad política de saldar la enorme deuda cultural, lo que conducirá a perpetuar el subdesarrollo y la dependencia de unos pueblos que no merecen una crisis tan grave, tan profunda y tan prolongada. No habrá visos de erradicar para siempre la deuda externa de América Latina si previamente no se encarrila de modo fluido y permanente la deuda cultural que constriñe -incluso paraliza- cualquier acción de largo aliento. Para llegar a ser realmente autores de su propio destino y hacedores de su propia historia, los latinoamericanos tienen que convertir su deuda cultural en un activo de amplio y profundo espectro. Los españoles estamos obligados a contribuir a este trascendental desafío de América Latina.