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Ver productos1 de abril de 1990 - 6min.
Perdí las elecciones en Nicaragua. Pero no hice nada que los demás no hicieran. En mi caso fue debido a que el Gobierno sandinista se negó a dejarme entrar. La explicación para los demás es más complicada.
En realidad hubo dos temas en las elecciones nicaragüenses. Uno fue la notable, incluso revolucionaria victoria de la coalición opositora. El otro fue el hecho de que prácticamente todos los eruditos, cadenas informativas y empresas encuestadoras americanas, y los expertos en América Latina daban como cierto que los sandinistas ganarían con un amplio margen. La coincidencia de estos dos sucesos nos dice tanto acerca de Nicaragua como de nosotros mismos.
El 12 de febrero, una vez más, me convertí en un incordio para mis amigos al predecir una derrota sandinista en el New York Times. Ello provocó el habitual aluvión de cartas amargas de los profesores.
No fue mi intuición lo que explica por qué ellos se equivocaban y yo estaba en lo cierto. Las señales estaban allí para cualquiera que tuviera ojos para ver. Los sandinistas habían protagonizado la destrucción económica de Nicaragua: una arruinada economía de exportación; un descenso del 90 por 100 en el nivel de vida; desempleo masivo y hambre; el éxodo de casi una quinta parte de la población, incluyendo la mayoría de los trabajadores especializados y los profesionales (un gran bloque de votantes perdido para la oposición). Pero es un error pensar que la derrota sandinista fue principalmente un asunto de economía.
Hace ya tiempo que se hizo evidente que los sandinistas habían perdido su otrora unánime apoyo popular. Antes de que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca y los contras estuvieran en el campo de batalla, los sandinistas empezaban a extender un gran temor por toda Nicaragua, asaltando e intentando desmembrar todos y cada uno de los elementos de la sociedad civil: los sindicatos, la Iglesia, la prensa, la familia, el sector privado, los pequeños granjeros («kulaks», los llamaban), la comunidad india de la costa atlántica. Los sandinistas se convirtieron en el enemigo del pueblo.
En agosto de 1984, a raíz de un importante y entusiasta mitin en Chinandega en apoyo al potencial candidato opositor Arturo Cruz, parecía que Nicaragua estaba al principio del mismo tipo de reacción política en cadena —un mitin fortaleciéndose en el anterior, a medida que el pueblo vencía sus temores— que produjo la elección, el domingo 25, de Violeta Chamorro. Pero el Gobierno suprimió las noticias del evento y puso obstáculos en el camino de la oposición, obstáculos que algunos políticos de la oposición juzgaron demasiado grandes para ser superados. Esos recalcitrantes, aparentemente sostenidos por la CIA, crearon situaciones que propiciaron a los sandinistas el pretexto para impedir a la oposición ir a las elecciones.
En junio de 1985 cientos de miles de nicaragüenses desafiaron al Gobierno al negarse a dispersarse mientras esperaban el retorno, procedente de Roma, de su recientemente investido cardenal. Su eminencia Miguel Obando y Bravo, el ciudadano más popular de Nicaragua, también había desafiado al Gobierno por la negociación con los contras. En 1984 y, de nuevo, en 1987 antes de que terminase la ayuda militar norteamericana, los contras habían establecido una fuerte presencia a lo largo de todas las zonas agrarias de Nicaragua y estaban recibiendo un amplio apoyo de la población local. Y este invierno los mítines de la oposición aumentaron al tiempo que los campesinos y los trabajadores recorrían a pie millas para apoyar a la candidata de la oposición Violeta Chamorro.
Pero al lector y al espectador en general puede ciertamente perdonársele el haberse visto sorprendido por el éxito de Chamorro. Las pocas noticias que daban cuenta de esos acontecimientos fueron sepultados por informes que atestiguaban la popularidad de los sandinistas y el aislamiento de sus oponentes.
Ningún periodista americano pronosticó la derrota sandinista, si bien algunos, como Mark Uhlig del New York Times, y Juan Vázquez, de la CBS, señalaban a sus lectores y espectadores que las encuestas norteamericanas no estaban contando toda la historia. En la semana anterior a las elecciones un informe de ABC/Washington Post daba a los sandinistas el triunfo con un margen de 3 a 2. Al presentar el informe, Peter Jennings salmodiaba que eso demostraba «el fracaso de la política estadounidense». En los días anteriores a la elección la ABC y la NBC predijeron una victoria sandinista «con un amplio margen».
Una «exclusiva» de la NBC originada en Managua pero «confirmada» en Washington, reveló unas «negociaciones» totalmente ficticias entre la Administración Bush y el Gobierno sandinista. Ted Koppel montó su programa Nightline del viernes por la noche no sobre las elecciones sino acerca de la normalización de las relaciones entre Nicaragua y Estados Unidos tras la victoria sandinista. Su invitado, Jimmy Carter, tuvo que recordarle que todavía no se habían celebrado las elecciones y que las encuestas no eran necesariamente precisas en un país en donde la gente «tiene miedo de expresar sus opiniones a los extranjeros».
Al igual que explicó el congresista Stephen Solarz, uno de los pocos políticos con visión clara y valentía suficiente para ir contracorriente, en el show de MacNeil Lehrer, también muchos americanos parecían pensar que Nicaragua era tan transparente como Iowa, y que en un sufragio nicaragüense, al igual que en uno norteamericano, el candidato que cuenta con el coraje y la organización puede confiar en la victoria. Pero los millones de los sandinistas (procedentes de México y otros lugares) y sus validos no fueron suficientes para convencer a los nicaragüenses por haber destrozado su sociedad. La elección se convirtió en un referéndum sobre una década de dictadura.
Pero lo realmente singular sobre la comparación etnocéntrica de Nicaragua y Iowa fue que afligía a muchos de aquellos que durante años han venido diciéndonos cuán irrelevante es la «democracia al estilo americano» para lugares como Nicaragua. Los medios se equivocaron en este tema porque nunca se molestaron en revisar sus propias presunciones después de lo de Panamá y la Europa del Este. En su lugar lo que prevaleció fue, en palabras de Shirley Christian, «los resultados inevitables del Cuarto Poder».
Christian estaba escribiendo acerca de la descripción de los sandinistas que daban los medios antes de que alcanzasen el poder —como pluralistas, pragmáticos y patriotas en vez de los acérrimos marxistas-leninistas que siempre fueron. Muchos periodistas enfocaron las elecciones en Nicaragua con el mismo espíritu. No era el último episodio de una guerra republicana contra Nicaragua, una repetición de Vietnam.
Pero junto con la nomenklatura sandinista y Fidel, la gran perdedora en las elecciones fue la corriente de «liberalismo» americano post-Vietnam. Legiones de profesores juiciosos dijeron a la prensa que los nicaragüenses culpaban a los Estados Unidos de su situación desesperada, que los nicaragüenses consideraban a la oposición como a una marioneta de los EE. UU. sacada del mismo retrete que los contras mercenarios, etcétera. Pero el mito «liberal» contemporáneo de que los Estados Unidos son detestados universalmente por la gente común de Latinoamérica debería haber sido destrozado por las reacciones hacia las tropas americanas del pueblo de Granada y de Panamá. Y la idea de que la «democracia al estilo americano» sólo es atractiva para países industriales avanzados debería haber sido jubilada por Polonia, Rumanía y la Plaza de Tiananmen.
Los medios de comunicación no acertaron a enfocar este asunto adecuadamente. Pero también debe decirse que sin los medios, las encuestas y los observadores la nueva revolución nicaragüense nunca habría tenido lugar. Ellos transmitieron el mensaje desde la Europa del Este y Panamá. Y ellos pusieron la atención pública en los sandinistas de la cual no pudieron esconderse.