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Ver productos1 Abr 1990 - 5min.
Pere Gimferrer ocupa una posición singular, privilegiada y «rara», entre los ex-Novísimos. Vive en una cuadrícula privilegiada del Ensanche barcelonés. Tres manzanas al norte tiene la Filmoteca, para sumergirse en los mundos de celuloide; una al este, la Librería Francesa; una al sur, Edicions 62, donde asesora las colecciones de poesía y de traducciones de literatura universal al catalán; una manzana al oeste, más editoriales: Ariel, Seix-Barral y Planeta. El imperio de papel. Al sur, el mejor videoclub de la ciudad y las librerías de viejo donde encuentra pasto para sus lecturas que rehúyen la normalidad. Vive en un cubículo provisto de televisión, forrado de libros, y escribe en la cama como, naturalmente, Marcel Proust.
Y, de forma parecida al «flaneur» que en tiempos de Baudelaire tenía su mesa de trabajo en los cafés, su biblioteca en los quioscos, su negocio en el deambular de la gente; ahora Gimferrer también fisga y husmea, desde el puesto de observación privilegiado de su hogar (TV y biblioteca), o desde los centros de poder de la comunicación (editoriales, revistas y periódicos, librerías). En consonancia con el mundo que le ha tocado vivir, se siente atraído por muy diversos y heterogéneos medios de expresión: cine, literatura, pintura abstracta. Ello facilita la constitución de su actividad pública a partir de un personaje, polifacético y multiforme, compartimentado en diversos «yoes».
Es característico de Gimferrer un uso de la personalidad como pantalla; tras la multiplicación de voces, adivinamos un ejercicio de heteronimia, pero sin cambiar los nombres: sabemos que estamos leyendo a autores diversos, y complementarios, según la materia del libro. Además, esta compartimentación en distintas personalidades está regida por una sintaxis muy efectiva. En ella privan las opciones lingüísticas -español o catalán-; de género y técnica literarias -verso o prosa, poesía, narrativa o ensayo-; y cronológicas: se puede seguir su evolución, a través de esta alternancia de sus distintas personalidades: desde la rebeldía del poeta «novísimo» hasta la seriedad y empaque del flamante «académico de la lengua» que aboga ante los poderes públicos para obtener un poco de clemencia ante la crueldad impositiva del temible «IVA». Pasando, claro está, por el cinéfilo incorrompible, o el comentarista distinguido de arte abstracto. Todo ello le permite introducir sutiles diferencias en su uso de la literatura, a través del ejercicio de sus distintos personajes. Es su contribución a la reconstrucción del ser, esa indagación de la personalidad, como expresión de la «otredad», en la que, como indicó Octavio Paz, está inmerso el poeta contemporáneo.
Nos sorprende una aparente dispersión. Pero es una dispersión centrípeta, que en círculos concéntricos nos aproxima a un núcleo central. La obra de Gimferrer se construye a partir de una recomposición de fragmentos, esas piezas aparentemente dispares que encuentra el lector ante sí. Es un autor «de obra», más que «de obras», lo cual supone una dificultad distinta a la que presentan otros escritores para su captación global. El lector se ve forzado a un esfuerzo de reconstrucción para poder captar en toda su intensidad el resultado de este inmenso puzzle literario. La incorporación de voces ajenas, la aparente dispersión contribuye a la consideración del conjunto como un atractivo, y peligroso, juego de espejos. En su obsesión por las vanguardias y en la atención por el instante y lo fragmentario ha aprovechado la lección de los mejores maestros de las letras peninsulares: J. V. Foix y Vicente Aleixandre.
Gimferrer no se limita a una consagración de su instante, sino que manifiesta una predilección por captar otros instantes, por su carácter revelador intrínseco. La tarea del escritor en la adaptación de este principio no se limita a una tarea de memorialista tout court, sino que indaga en la constitución multidimensional del instante, en las facetas poliédricas que le deparan una interpretación fenomenológica del problema del ser, como reflejos de un espejo inmenso del que ha/hemos podido reconstruir algunos fragmentos.
Obra poética y en prosa, en español y catalán, desde una perspectiva impersonal o con accesos a la intimidad, son fragmentos de ese espejo fragmentado, esquirlas en las que se atisba a sí mismo -Narciso, y a nosotros lectores, copartícipes en el gran drama del ser y del conocimiento.
Enric Bou es doctor en Filosofía y letras por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha enseñado literatura en Francia y Estados Unidos. Actualmente es profesor titular en la Universidad de Barcelona. Se interesa por la literatura castellana y catalana, de los siglos XIX y XX. Su último libro se titula Poesía i sistema. La revolució simbolista a Catalunya (1989).
Un monstre d’or, una mascara
al pom de laca de la nit:
un drac de sofre guixa el llit
amb la bengala que no para
de sebollir l’espurnegi: ara,
violentament, el crit
dels dos cossos en creu a l’ara
on el goig cremarà el sentit.
Un estaborniment d’esclats.
als pavellons incendiats
de la pell que el plaer arrasa:
als cossos molt temps enllaçats,
com a la pira encesa als blats,
la llum hi dibuixa una espasa.
(De El vendaval)
Versión de Justo Navarro
Monstruo de oro, trazo oscuro
sobre laca de luz nocturna:
dragón de azufre que embadurna
sábanas blancas en un puro
fulgor secreto de bengalas.
Ahora, violentamente, el grito
de dos cuerpos en cruz: el rito
del goce quemará las salas
del sentido. Torpor de brillos:
la piel -hangares encendidos-,
por la delicia devastada.
Fuego en los campos amarillos:
en cuerpos mucho tiempo unidos
la claridad grabó una espada.
I no poder ja mai més dir
la copa, el casc, aquella cosa
llençada als vidres, una nosa
d’imatges inútils d’ahir.
Cap estavellament de lli
no dirà el color de la rosa
que aixafa a la pupilla closa
el triomf de llum d’un clarí.
No poder ja dir aixó mai més,
no poder veure a l’inrevés
el tremolar de la pell clara,
el llavi, els sucs, el ventre, el bes,
l’assalt dels cossos, i després
no poder dir tot això encara!
(De El vendaval)
Versión de Jaime Siles
Y no decir más, no poder,
la copa, el casco, aquella cosa
arrojada a los vidrios, traba umbrosa
de imágenes inútiles de ayer.
Ni el estallido de ningún jardín
dirá el color de aquella rosa
que aplasta en la pupila ansiosa
el triunfo de luz de algún clarín.
¡No poder nunca más ya decir eso,
no poder ver en el revés
el temblor claro de la piel,
el labio, el jugo, el vientre, el beso,
el asalto de los cuerpos, y después
no poder decir aún todo eso!