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Ver productosLa revista francesa Diapason Harmonie publicaba el pasado mes de abril un suplemento sobre la situación de «La música en 13 países de Europa», en el que figuraba un texto sobre nuestro país bajo el título de Espagne: genie et chaos.
1 de mayo de 1990 - 6min.
El comentario español estaba escrito por Antonio Moral, director de la revista Scherzo. La idea del artículo se podía resumir en la siguiente frase: «La fachada es bella: algunos de los mayores cantantes internacionales son españoles y las iniciativas espectaculares son numerosas. Pero más allá, ¡qué desorden!».
Conviene advertir, en favor de este suplemento, que los textos relativos a otros países eran igualmente críticos, aunque al otro lado de los Pirineos la cultura musical esté más ordenada, con interesantes ejemplos sobre lo que se debería y no se debería hacer en España.
La lectura atenta del suplemento produce un considerable sonrojo, porque resulta evidente que en todas partes hay lagunas, que en todas partes se realizan esfuerzos, que en todas partes hay un creciente apetito de música…, pero que España no se termina de tomar en serio esta asignatura, pese al empuje de muchas individualidades y grupos.
Por los datos que aporta el estudio se advierte que en España existen cuatro teatros de ópera y 14 orquestas sinfónicas para una población de 40 millones de habitantes. Esto es un teatro por cada 10 millones de personas y una orquesta por cada 2,8 millones de españoles.
De estas cifras se desprende que en todas partes hay una notoria insuficiencia musical. Queda un largo camino por recorrer, ya que la música está afortunadamente condenada a recibir la atención de un número cada día más numeroso de buenos oyentes. Pero de los datos anteriores se desprende asimismo que España ocupa una de las posiciones menos aventajadas de toda Europa.
La aparente peor situación de Italia o de Gran Bretaña se subsana, a favor de estos últimos, gracias a la calidad de las orquestas y de sus directores, con nombres de la categoría de la Academy of Saint Martin-in-the-Fields y Neville Marriner, la English Chamber Orchestra y Jeffrey Tate, la London Classical Players y Roger Norrington, la Academy of Ancient Music y Christopher Hogwood, la London Symphony Orchestra y Michael Tilson-Thomas, la Philarmonia y Giuseppe Sinopoli, etcétera, etcétera.
Los españoles somos muy críticos con nosotros mismos. Extraordinariamente críticos, hasta el punto de que en ocasiones las críticas no se corresponden con la realidad.
¿Se puede ser menos crítico con la situación actual de nuestra música y de nuestros músicos? ¿Se debe?
La tentación es grande, pero no merece la pena caer en ella. Cuando menos, no hoy en estas líneas. Quizá mañana.
Los aficionados están de vuelta de las grandes promesas y de las pequeñas promesas. Aunque la situación ha mejorado. Pero también está mejorando la de Europa, de modo que existe un riesgo real de que aumente la diferencia de calidad/cantidad con otros países, ya que nadie cesa en el empeño de la mejora.
Jesús Aguirre, el duque de Alba, publicó hace algún tiempo sus memorias musicales, fruto de su paso por la dirección general de Música. El libro se lee de un tirón porque el pequeño volumen está salpicado de anécdotas y de despropósitos.
Se le leería mejor al duque si escribiera mejor o, por decirlo con mayor elegancia, si escribiese con un estilo menos barroco. Sujeto, verbo y predicado, como enseñaban en la escuela (y las filigranas para los maestros). Pero no es posible. Se ha dicho que cada hombre es su estilo…, aunque ésta no sea una verdad necesaria; es más un escudo que una verdad, con perdón. La lectura del libro, en cualquier caso, deja un regusto amargo, que no lo dulcifica el entretenimiento. El rosario de dislates, la autocomplacencia de algunos y la impotencia de otros causa finalmente un infinito fastidio al entretenido lector.
También hay una posición crítica a las casas discográficas por el abandono en que tienen a la música española en general y a las nuevas creaciones en particular. Con las excepciones de rigor y no se me ocurre ninguna en este momento, apenas se edita nada de la obra musical de nuestros compositores, y apenas se defiende su difusión en el extranjero.
El desinterés mayoritario por la música contemporánea es un fenómeno incontestable a nivel internacional. Sin embargo, en todos los países se está impulsando a unos pocos privilegiados cuyos nombres traspasan las barreras geográficas y son reconocidos por algunos sectores del (gran) público.
En nuestro país apenas merecen presentación compositores de la talla de Boulez, Messiaen, Maxwell Davies, Benjamin, Gubaidulina, Lutoslawski, Arvo Pärt o Robert Simpson…, quizá porque sus discos les anteceden. Pero, ¿qué se conoce de verdad de Bernaola, Marco, Halffter o…? ¿Cuál es la apreciación de nuestros compositores en el extranjero?
A este propósito -y finalizo estas líneas con una anécdota-, recuerdo que hace un par de años la revista Ritmo concedió uno de sus premios anuales a la grabación del Concierto número 2 para violonchelo de Cristóbal Halffter en la versión de su inspirador Mstislav Rostropovich. La composición era verdaderamente excelente. Formidable.
Un par de meses más tarde, la prestigiosa revista británica Gramophone comentó el mismo disco y, contra todo pronóstico puramente musical, desestimó la obra como carente de interés.
En aquellas mismas fechas, Gramophone concedía uno de sus valiosísimos premios a tres obras de Harrison Birtwistle (Silbury Air, Secret Theatre y Carmen Arcadie Mechanicae Perpetuum), de muy difícil factura.
Pues bien, con dos años de retraso Birtwistle ha encontrado la horma de su zapato en la revista española Compact, a propósito de su obra Punch and Judy editada recientemente en CD. El comentarista discográfico, Jesús García Pérez, escribía el pasado mes de abril: «Musicalmente es una sucesión de llantos, aullidos, chillidos, bramidos, carcajadas sardónicas, encuadrados por suspiros estentóreos de los instrumentos… Esos climas de iluminismo falso poco o nada tienen que ver con la música. Al tiempo».
Componer es llorar. También. De forma que no es de extrañar que ni nos comprendan, ni comprendamos.