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Conocí a Juan Pablo cuando fichó a mi mujer, Ángeles Oregui, para hacerse cargo de las páginas de bolsa en el nuevo diario Expansión, hace ya casi 25 años. Como primera medida, Ángeles y Juan Pablo se pusieron a la tarea de diseñar el cuadro de bolsa, que querían que fuera «el mejor de la prensa nacional». Este no fue un objetivo difícil, porque los cuadros de bolsa españoles eran muy elementales, con sota, caballo y rey. Más complicado resultó crear (quizá) el mejor cuadro de la bolsa europea, porque aquí la competencia era mayor. En este intento, se dieron una buena panzada de análisis bursátil que, a lo tonto a lo tonto, en un plazo inferior a un año dio como resultado que Expansión superara la tirada de su principal diario de la competencia. La sección de bolsa fue el motor del éxito del periódico, cuando menos en su origen.

A Juan Pablo le gustaba la bolsa y tenía dinero invertido en ella, pero el dinero, el dinero por el dinero, nunca fue su objetivo. Es más, el dinero por el dinero no le importaba nada. Le divertía la bolsa y le divertían los negocios; era un empresario. Un emprendedor. Hasta la última cena que compartimos en los primeros días del mes de octubre, Juan Pablo hablaba recurrentemente de sus proyectos. Descargaba en ellos todo su entusiasmo, con las mismas ganas y la misma vitalidad que a los veinte años. Ponía los labios en forma de chupete, sacudía los brazos como si espantara a las moscas, y abría la espita de la corriente de ideas. Mejor dicho, del torrente de ideas.

Era un periodista todo terreno, con una vocación absoluta. Y con una virtud profesional por encima de cualquier otra: respetaba al periodismo y a los periodistas. Frente a los «poceros» periodísticos que nos maltratan —a lectores y redacciones—, Juan Pablo era un ejemplo de respeto. De madurez intelectual. Se creía lo que hacía. Creía en el medio periodístico y en el fin del buen periodismo. Nunca la soberbia. Nunca la verdad torticera, ni la mentira; que son lo mismo. Nunca el atajo, sino el trabajo. Nunca el pim-pam-pum, sino la razón. Nunca una crítica esquinada. Nunca una censura ideológica, política o mediopensionista ¡Qué envidia! Nunca una mala palabra. Nunca una mala cara. Hoy que está de moda la bipolaridad, hay que decir a su favor que era un hombre moderado y controlado.

Durante el tiempo que trabajé con él, tras la marcha de Ángeles a sus aventuras extraperiodísticas, nuestra relación fue de cordialidad. No de amistad. O no con la plenitud amistosa que llegamos a alcanzar después, aunque para entonces ya tomábamos cigalas en Motrico, en vacaciones, con Paco Gómez Antón, y me invitó a participar en un retiro espiritual del que no saqué ningún provecho. Quizá yo estaba a la defensiva. Fue más tarde, a raíz de su marcha de Expansión —abandonado por todos y hasta por el gallo que no cantó tres veces, ni dos, ni una—, cuando fuimos armando nuestra amistad, paso a paso, sorbo a sorbo, chipirón a chipirón, confidencia a confidencia. Negocio a negocio; ruinosos. Nunca gané un euro con Juan Pablo y, en cambio, perdí algunos. La aventura de La Gaceta de los Negocios desplumó buena parte de mis ahorros. En cuanto a los que le abandonaron, «allá con su conciencia», decía.

Le gustaban los chipirones y Ángeles se los preparaba con cariño cuando venía a casa. Al final, sin chipirón, salíamos a cenar a una taberna próxima con alguna frecuencia. Comía y bebía con afición, aunque cada vez menos. Cuando hace unas semanas estaba en Pamplona, en el hospital, nos citamos para otra nueva cena, que no pudo ser. Yo nunca supe que tenía leucemia, ni lo adiviné porque no sé, ni quiero saber nada, de medicina. «Me han dado un tratamiento de choque», me dijo poco antes de morir. El martes. «Pero físicamente me encuentro bien», añadió, ¿Bien? «Me encuentro bien», repitió. «Si me dejan, el viernes voy para Madrid». Y nos vemos. Pero el viernes, ¡ay!, ya estaba tocado de muerte. «¿Y después, qué? », le pregunté. «Lo que digan».

Cuando colgué, le mandé un abrazo. Y él, como siempre, me respondió: «Un abrazo muy fuerte», con voz clara. Había tenido peor voz en las últimas semanas. Y yo me creí lo del abrazo; era como si te lo diera de verdad. Así que, cuando me enteré de su muerte, me enfadé mucho por su ausencia y entré en mi coche dando voces: «¡Juan Pablo, Juan Pablo!», grité, o casi grité, como si le llamara, y entonces sentí que se había sentado a mi lado, y me tranquilicé. No era una aparición. No estaba junto a mí, no, naturalmente que no, pero tuve la sospecha de que me había oído. Le llamé y vino, es lo que pensé. Le sentía. Ahora, al alcance de la mano, de la amistad profunda, ya tengo de quien echar mano en los tragos difíciles. Estoy seguro de que me ayudará en lo que él sabía, y en lo que no sabía y ahora sabe.


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