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Ver productosHerbert von Karajan tardó diez años en dejarse convencer para dirigir Un ballo in maschera de Verdi. Una vez persuadido, sus adversarios temían que la versión que el director pudiera preparar para Salzburgo fuese un peldaño más en la degradación de este festival. Sin embargo, la grabación que Karajan llevó a cabo antes del montaje pone de manifiesto que su visión del Ballo era muy profunda y muy enriquecedora.
1 de enero de 1970 - 4min.
Ballo fue la última ópera que grabó Karajan. Es su testamento. Y en cierto modo cierra con innegable fortuna una larga carrera musical que abarca prácticamente todo el siglo. También ayuda a recordar a los olvidadizos que era un buen conocedor de Verdi, según se puede comprobar en sus lecturas de Don Carlo, Aida o Il trovatore.
La crítica está de acuerdo en que lo mejor de esta versión del Ballo es el trabajo de Karajan sobre la orquesta -la Filarmónica de Viena- y sobre los intérpretes. Desde las primeras notas, el Preludio descubre una transparencia musical poco usual, que permite penetrar en cada una de las notas del pentagrama. Pocas veces la interpretación de una obra resulta tan clara, lo que ayuda a interiorizar en el contenido dramático de la acción.
Por lo que se refiere a la elección de los intérpretes, Karajan acertó absolutamente con la designación de Sumi Jo para el personaje de Oscar, en tanto que continúa la discusión sobre el acierto o desacierto de la voz de Josephine Barstow para el personaje de Amelia.
Los tiempos lentos con los que Karajan aborda algunos de los pasajes de la partitura permiten a Sumi Jo ofrecer la mejor versión del paje real que se guarda en el registro discográfico. Alguien ha dicho que interpreta a Oscar con «una ligereza casi mozartiana», y verdaderamente infunde a su papel una alegría y un humor que merecen destacarse entre las mayores virtudes de esta grabación.
Sumi Jo goza en estos meses de uno de los momentos más satisfactorios de su carrera artística. Coincidiendo con su excelente presencia en el Ballo, ha destacado también en su magnífica aportación al Le Comte Ory de Rossini, que los expertos consideran como uno de los mejores discos publicados en 1989.
Por lo que se refiere a la soprano inglesa Josephine Barstow, las apreciaciones son muy desiguales y en ningún caso entusiásticas…, si se exceptúan los desmedidos elogios chauvinistas del Financial Times de Londres. Fue una imposición de Karajan y, a mi juicio, no es la mejor ni la peor elección posible. De hecho, cabe reconocerle su capacidad para vivir el papel de Amelia, lo que se traduce en una interpretación muy veraz de la enamorada del rey (o de la enamorada del gobernador de Boston, una vez pasada por la censura de la época).
Por supuesto, no todos los comentaristas coincidirán conmigo en esta semi-favorable apreciación de la Barstow. Y así, Pedro González Mira escribe -con gracia- lo siguiente: «está fuera de estilo, siempre desafina, no apiana, la voz está descolorida, emite mal, respira a destiempo y mal, la pronunciación es desastrosa, interpretativamente es amanerada…, en fin, sencillamente no sabe cantar».
No. La frase no es de justicia. Con una dosis de amabilidad podría escribirse que Josephine Barstow sigue en esta grabación las huellas de María Callas, aunque la buena voluntad no consiga finalmente su propósito. (El legado discográfico de María Callas es magnífico en el Ballo, acompañada de Di Stéfano, Gobbi y Barbieri, bajo la dirección de Antonino Votto.)
Por lo que se refiere a Plácido Domingo, ésta es la tercera ocasión en la que aborda en disco el personaje del rey Gustavo (anteriormente con Muti y Abbado), y el resultado sigue siendo muy bueno. Quizá la voz resulta un poco seca en algunos momentos, pero, paralelamente, su versión del personaje es excelente, ofreciendo un sinnúmero de matices desde la frivolidad de la primera escena hasta el dramatismo sereno de la última.
Domingo -a quien se recomienda insistentemente que no se exceda con el Otello- se encuentra en uno de los mejores momentos de su carrera. Coincidiendo con el Ballo, ofrece en estos días un magnífico Tannhausser y (al parecer, según comentarios adelantados) unos inmejorables Cuentos de Hoffmann.
En definitiva, el Ballo in maschera de Karajan es una grabación superior a la que auguraban sus adversarios, de una calidad sonora desbordante. El aficionado puede situarla, sin demérito, próxima a la de Votto y a la (segunda) de Solti (con Pavarotti, Price, Bruson y Ludwig).
La despedida de Karajan está a la altura de su prestigio. A mediados del pasado mes de diciembre, la Filarmónica de Berlín interpretó el primer concierto con su sustituto: Claudio Abbado. El programa incluyó la Inacabada de Schubert, Dämmerung de Rihm y la Primera de Mahler. Los bravos y aplausos se prolongaron durante 12 minutos.
El legado está vivo.