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Crónica de una familia especial

Título: «La luz de Estoril».
Autor: Aquilino Duque.
Editorial: Planeta. Barcelona, 1989. 216 páginas.
Precio: 800 pesetas.


Después de varios años dedicado a publicar libros de poesía, de ensayo y de recopilaciones de artículos periodísticos, Aquilino Duque ha vuelto a la narrativa, campo donde demostrara su valía obteniendo el premio nacional de literatura de 1975, con La luz de Estoril. Esta novela supone una bocanada de aire fresco en el asfixiante panorama literario español, dominado por escritores emperrados en seguir ajustándole las cuentas a Franco, noveles que se estrenan despedazando un personaje histórico, por lo general un rey, profesionales de la juventud que convierten a ésta en su único mérito, hijos de papá y fabricantes de un tipo «standard» de novela de cien folios cuyo contenido se resume sobradamente en la solapa.

Por fortuna, quedan unos pocos novelistas que todavía se dirigen al «curioso lector» y para quienes narrar es contar una historia de forma entretenida, como Juan Perucho y Carlos Pujol entre otros, siguiendo los pasos de Baroja, Sánchez Mazas o Gómez de la Serna. Sus novelas se definen por el aprecio por los detalles; un estilo y un lenguaje pulquérrimos; unos protagonistas que son seres como nosotros, ni superhombres ni infrahombres; un paisaje inédito, ya por lo exótico, ya porque nos lo presentan con otros ojos; el amor como redención de todos los defectos y pecados y, como una melodía que se oye a lo largo del libro, el humor y la ironía. Al terminar la última página nos encontramos con una sonrisa en los labios, una sensación de felicidad y un mayor respeto por nuestros semejantes y hasta hemos aprendido palabras nuevas, mientras que con la otra clase de novelas todo lo que aprendemos es alguna aberración sexual y a mirar al otro como a un enemigo, como pretendía Sartre.

La luz de Estoril reúne todas las virtudes citadas. Es la crónica de una familia aristocrática andaluza desde principios de siglo hasta la posguerra, en la que las sorpresas y los golpes de humor se suceden sin tregua. En mi opinión, lo más logrado por el autor son los ambientes (el señoritismo insolente de la nobleza en los años previos a la República, el miedo de los españoles a una invasión aliada, el síndrome de conspiración que embarga al protagonista en un tren, la omnipotencia de los jesuitas) y, sobre todo, las ciudades. Duque ama a Sevilla, Madrid, San Sebastián, Bilbao y su ría, Ginebra y Lisboa y el modo de demostrarlo es describírnoslas de manera que quienes las conocemos nos volvemos forasteros en sus calles y si no las conocemos nos hace sentirlas como si fuesen la ciudad de nuestra infancia.

Pero no concluye todo aquí. Perucho, Pujol y Duque transmiten en sus obras un mensaje tradicional, en contraste con el vacuo e intrascendente discurso moderno de la literatura hoy imperante. Este mensaje no sorprende en Aquilino Duque, que expuso las entrañas corrompidas de la Modernidad en un libro magistral, por desgracia ya inencontrable, El suicidio de la Modernidad. Si las instituciones tradicionales, la Monarquía, la Iglesia y la Milicia pierden su sentido en la época moderna, la decadencia también alcanza a la Aristocracia.

Las dos familias nobles de la novela, los Aznalgarbe, a la que pertenece el protagonista, Calixto José Simeón de la Columna y de la Santísima Trinidad (el nombre habla por sí solo), y los Zaframagones, ya no saben ni administrar sus fincas; prefieren criar toros enanos. Viven con la única idea de fastidiarse mutuamente. Celebran bodas cursis en las que se cambian las personas de los novios. Las únicas tradiciones que se conservan son del estilo de dormir la siesta en un ataúd a medida.

Calixto José, paradigma de esa aristocracia, es un irresponsable que quiere seguir siéndolo y si participa para divertirse en los motines que derrocan a la Monarquía y luego en la guerra civil, no lo hace por reparar su error, sino por el mismo motivo. Cuando se da cuenta de que él siempre ha hecho lo que querían los demás y, en consecuencia, empieza a actuar a su riesgo, la vida se le manifiesta en toda su plenitud. Esta actitud personal, empero, no se extiende al resto de los personajes, que continúan aplastados por sus miserias. Este es el único contrapunto triste del libro, pero de tal grado que casi empaña el resto, pues parece que si bien los individuos pueden salvarse, las instituciones están condenadas. No es de extrañar, por tanto, que Calixto José, al iniciar una nueva etapa de su vida, prescinda de su título.

Tampoco es de extrañar que la novela no se venda como sería de desear. Ridiculiza a unos personajillos que los posibles lectores han entronizado como modélicos a través de las revistas rosas. De vivir en 1990, Calixto José no elegiría domicilio con la intención de evitar el «qué dirán» de las amistades de su amante (o novia, como se dice ahora). Vendería la exclusiva a alguna revista y a nadie le importaría, ni a los jesuitas de la Universidad de Deusto, donde estudia su hijo putativo.

Doña Violeta amenazada

Doña Violeta está hundida en su silla. La veo profundamente preocupada. Esta vez no es la osteoporosis, ni la maldita rodilla, que duele tanto, ni el desgarrón de la familia dividida, que duele más. Esta vez la abate comprobar la desproporción que existe entre las enormes responsabilidades contraídas y los pocos medios que tiene para enfrentarlas. Los sandinistas se han ocupado de desvalijar minuciosamente al país antes de entregarle la banda presidencial. Se han apoderado de las casas, de los edificios, de las tierras, de los automóviles, de los muebles. Y con un asombroso frenesí caligráfico todo lo han inscrito apresuradamente en los registros públicos a nombre de la dirigencia o de los apparatchik con una codicia acaparadora que no se había visto en el Planeta desde las incursiones de los vándalos en los años más oscuros de la Edad Media (Marx nunca supuso que el peor feudalismo iba a ser la última etapa del peor comunismo).

Pero hay cosas aún más graves que una horda de salamuros y saqueadores en el albur de arranque. Al fin y al cabo, con el trabajo y el sacrificio del sufrido pueblo se pueden reponer los bienes materiales sustraídos a la nación.

Si ése es el coste final para que acaben de largarse, se paga el precio, y hasta se les entregan las campanas de la iglesia, como se hacía con los piratas de «el Drake» cuando exigían el rescate de alguna población aterrorizada.

El problema es que realmente no se van. Estos piratas cobran el rescate y se quedan. Y la tragedia es que doña Violeta aparentemente no tiene cómo controlarlos porque carece de recursos, de tropas leales, y hasta de un sólido respaldo partidista. Doña Violeta no ganó, realmente, unas elecciones al frente de un partido indiscutible, sino triunfó, con toda claridad, en un plebiscito contra el sandinismo, acaudillando un mosaico de grupos e intereses diversos. Y ahora teme, con bastante fundamento, ser una prisionera del adversario a quien venciera en las urnas.

Ella tiene el cetro, pero los sandinistas se quedaron con los guardias, las armas, la garita, la capacidad de intimidación, y además el infinito rencor de los derrotados.

¿Qué hacer? La tentación más inmediata, dictada por la cautela es intentar apaciguarlos con el propósito de irlos reduciendo poco a poco a la obediencia. De ahí la decisión de confirmar en su puesto a Humberto Ortega. Mala cosa. El momento exacto, tal vez el único momento de acabar con el militarismo sandinista es ahora, ya, de inmediato, guarnecida por la cóncava solidaridad de la comunidad internacional, porque nunca doña Violeta tendrá más poder que en el período inmediato a su toma de posesión. Y es la desmilitarización de Nicaragua el gran legado histórico, probablemente el único que doña Violeta podrá otorgarle a sus conciudadanos.

Es cierto que ha heredado un país en ruinas, pero el caudal de su autoridad moral y de su legitimidad interna y externa es hoy mayor que el que tendrá a medida que la desgaste la labor de gobierno.

Las amputaciones no se pueden hacer poco a poco, y el Ejército sandinista es un órgano al que hay que arrancar de cuajo para que la sociedad civil nicaragüense consiga superar la crisis por la que atraviesa. No se trata de pasarle la cuenta a nadie, ni de atropellar a los soldados, sino de retornar la promesa electoral de prohibir los cuerpos militares, como hizo Costa Rica tras la revolución del 48, y como está haciendo el Panamá de Guillermo Endara.

Los países de Centroamérica no necesitan ejércitos aguerridos, sino cuerpos policiacos de silbato y bicicleta. Y el único punto en que eso puede lograrse está en el instante posterior de una sacudida revolucionaria, más o menos como sólo se llega a la decisión de abandonar el alcohol tras el primer cólico del hígado afectado. Ese morning after, pastoso y con dolor de cabeza con el que comienzan todos los propósitos de enmienda.

Es hoy, ahora, cuando doña Violeta puede conseguir más tropas de Naciones Unidas, o de la OEA, o del Ejército de Salvación Democrática de San Jimmy Carter, para desarmar al país —la contra incluida—, y patrullar las calles durante un difícil período de transición. Y es ahora cuando el lobo no se ha quitado todavía la piel de oveja, y quiere que lo admitan en la Internacional Socialista, cuando entregará los fusiles sin ofrecer demasiada resistencia.

Porque el problema no es ya que el sandinismo vuelva mañana al poder para intentar de nuevo la aventura castrista -esa etapa pertenece a un pasado irrescatable- sino que ese ejército desproporcionado, muy corrompido por la rebatiña de última hora, infinitamente mayor que el resto de las instituciones del país, si se mantiene vigente va a convertir a la sociedad civil nicaragüense en su permanente rehén. Ese Ejército, si no lo eliminan, será un vivero del que saldrán los Somoza, los Noriega, o los Velasco Alvarado del futuro. Y los nicaragüenses tienen derecho a algo mejor que a ese miserable destino.

Centroamérica: ¿la última oportunidad?

Una serie de acontecimientos de tipo regional e internacional favorecen el clima de distensión y diálogo, inédito hasta ahora. En tres países al menos (Nicaragua, El Salvador y Guatemala) existen condiciones para el establecimiento de regímenes democráticos plenos, hasta ahora aproximados. La negociación parece haberle ganado la mano a la confrontación con todos los matices e incluso retrocesos que se quieran.

Nicaragua se había convertido por la fuerza de los hechos en el ojo del huracán subversivo, el gran santuario de las fuerzas irregulares izquierdistas de El Salvador y, en menor medida, de Guatemala. El triunfo de la opción democrática en las elecciones generales y presidenciales y la llegada al Gobierno (ya que no completamente al poder) de Violeta Barrios de Chamorro, ha marcado un hito, a mi modo de ver, irreversible en el proceso de pacificación regional. Se trata de prever ahora tanto el ritmo de democratización interna como las repercusiones que puede tener sobre otros procesos vecinos.

Durante la toma de posesión de la presidenta nicaragüense se hizo patente algo que constituye una novedad en la respuesta internacional a los acontecimientos centroamericanos: la creación de un cierto nivel de consenso entre las tres Internacionales (la Socialista, la Liberal y la Democristiana) representada gráficamente con la presencia en el acto de personalidades tales como el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez (Internacional Socialista) Adolfo Suárez (Internacional Liberal) o Giulio Andreotti (incombustible primer ministro italiano, figura emblemática de la Internacional Democristiana). A estas presencias habría que añadir la del vicepresidente Quayle, significativa también del apoyo que Estados Unidos parece dispuesto a ofrecer económica y políticamente al nuevo régimen, por supuesto con todas las limitaciones de presupuesto y de diseño político de sobra conocidas.

Tanto los países europeos occidentales como Estados Unidos coinciden en que para nada serviría aislar los núcleos de subversión guerrillera, aplicar con severidad los acuerdos de Esquipulas II y Tela y reprimir a los sectores favorables a soluciones radicales y violentas si al mismo tiempo no se promueve una política de desarrollo económico y social en el área. La ayuda y la cooperación internacional con los países del istmo y especialmente con Nicaragua, El Salvador y Guatemala constituyen hoy por hoy una condición imprescindible y una oportunidad única para que las favorables circunstancias actuales puedan dar fruto.

EI autor considera, con datos en la mano, que los países centroamericanos están en condiciones de superar la grave crisis que los aflige desde hace varios lustros, a condición de que se logre ¡a pacificación definitiva del área y se establezcan sistemas democráticos sólidos, como el de Costa Rica.

Desde que en noviembre de 1985 se firmó el Acuerdo de Cooperación para el Desarrollo entre la Comunidad Europea y Centroamérica, las cifras de ayuda de la CE se han incrementado regularmente pasando de 42 millones de ecus a 112 en 1988. El descenso no verificado en 1989 (92 millones) se debe a una disminución de la ayuda alimentaria (principalmente a causa del rechazo por las autoridades del área de la leche en polvo, salvo aquélla que proviene de Dinamarca, Reino Unido e Irlanda) pero en modo alguno de la destinada a cooperación financiera y técnica, que aumentó considerablemente. También hay que destacar la contribución europea al «Sistema Regional de Pagos» en América Central cuya primera fase (44 millones de ecus) se aprobó recientemente.

A nivel bilateral, el salto cualitativo y cuantitativo ha sido, también, espectacular. Países como Italia, RFA o España han aumentado considerablemente sus créditos y ayudas a los países con mayores dificultades. Existe la razonable esperanza de que otros, menos concernidos por la crisis del istmo, inicien planes de cooperación más amplios, máxime cuando en el terreno político cualquier ayuda financiera o técnica a estos países empieza a resultar neutra sobre todo si, como parece probable, los procesos de negociación entre los gobiernos y las «fuerzas irregulares» (vocabulario éste de Esquipulas) de Guatemala y El Salvador concluyen con acuerdos de alto el fuego, primero, y de negociación después.

Centroamérica ha sido durante bastantes años en España una de las piedras de la discordia en política exterior entre el Gobierno socialista y la oposición de centro y derecha. El caso nicaragüense, por ejemplo, resultó paradigmático: la ayuda -en muchos casos derrochada por los sandinistas- ofrecida por razones de solidaridad ideológica constituyó motivo de polémica como lo siguen siendo, aunque por razones diferentes, los créditos a Cuba. Pero la llegada al Gobierno de Violeta Chamorro ha servido para despejar ciertos malentendidos: por de pronto el gobierno se ha comprometido a mantener las cifras de cooperación y ayuda de años anteriores (para el ejercicio 1990-91 unos 100 millones de dólares en total), lo que constituye una buena señal y, tal vez, un principio de consenso en temas de mayor envergadura. En último término, lo que se llamó la «cumbre diplomática del avión», es decir, el viaje de Fernández Ordóñez, José María Aznar y Adolfo Suárez Madrid-Managua-Madrid en el 707 de la fuerza aérea española, tal vez presagie un compromiso más amplio de consenso en política exterior, una de las asignaturas pendientes del Gobierno socialista desde su primera instalación.

AMERICA CENTRAL, INDICADORES SOCIO-ECONOMICOS AÑO 1988

  • Guatemala
    • Superficie (km²): 108.889
    • Población: 8.681.000
    • Natalidad (1980-85) % (por mil): 37,9
    • Mortalidad (1980-85) % (por mil): 7,6
    • Mortalidad infantil % (por mil): 53,6
    • Alfabetismo (1981) %: 57,5
    • Deuda externa US$: 2.768.000.000
    • Exportaciones FOB (US$): 1.073.400.000
    • Importaciones FOB (US$): 1.413.200.000
    • Tasas de crecimiento PIB: 3,5
  • El Salvador
    • Superficie (km²): 20.935
    • Población: 5.032.000
    • Natalidad (1980-85) % (por mil): 36,3
    • Mortalidad (1980-85) % (por mil): 8,4
    • Mortalidad infantil % (por mil): 57,4
    • Alfabetismo (1981) %: 68,1
    • Deuda externa US$: 1.783.400.000
    • Exportaciones FOB (US$): 633.000.000
    • Importaciones FOB (US$): 976.500.000
    • Tasas de crecimiento PIB: 0,5
  • Honduras
    • Superficie (km²): 112.088
    • Población: 4.829.000
    • Natalidad (1980-85) % (por mil): 43,9
    • Mortalidad (1980-85) % (por mil): 10,1
    • Mortalidad infantil % (por mil): 78,6
    • Alfabetismo (1981) %: 59,7
    • Deuda externa US$: 3.331.300.000
    • Exportaciones FOB (US$): 893.000.000
    • Importaciones FOB (US$): 916.600.000
    • Tasas de crecimiento PIB: 3,8
  • Nicaragua
    • Superficie (km²): 130.000
    • Población: 3.622.000
    • Natalidad (1980-85) % (por mil): 44,2
    • Mortalidad (1980-85) % (por mil): 9,7
    • Mortalidad infantil % (por mil): 61,7
    • Alfabetismo (1981) %: 74,0
    • Deuda externa US$: 7.222.200.000
    • Exportaciones FOB (US$): 212.700.000
    • Importaciones FOB (US$): 1.228.400.000
    • Tasas de crecimiento PIB: -8,0
  • Costa Rica
    • Superficie (km²): 50.900
    • Población: 2.866.000
    • Natalidad (1980-85) % (por mil): 30,5
    • Mortalidad (1980-85) % (por mil): 6,3
    • Mortalidad infantil % (por mil): 18,8
    • Alfabetismo (1981) %: 89,8
    • Deuda externa US$: 4.500.000.000
    • Exportaciones FOB (US$): 824.200.000
    • Importaciones FOB (US$): 1.273.300.000
    • Tasas de crecimiento PIB: 3,8

Fuente: Progreso Económico y social en América Latina. Informe 1989. Banco Interamericano de Desarrollo.

El rey «Ton-Ton»

Título: «Le Président».
Autor: Franz-Oliver Giesbert.
Editorial: Editions du Seuil. París, 394 páginas.
Precio: 130 francos franceses.


Hace más de 10 años Franz-Olivier Giesbert publicó un libro titulado François Mitterrand o la tentación de la historia. Se trataba del primer intento biográfico serio sobre el hoy presidente de Francia, cuando eran muy pocos quienes le vaticinaban un destino tan brillante. Su autor era entonces un brillante periodista del semanario «progresista» Nouvel Observateur. Giesbert es hoy director del diario conservador Le Figaro y Mitterrand, por segunda vez, presidente de la República. El destino de ambas personalidades marca significativamente lo sucedido en Francia durante el último decenio.

Giesbert acaba de publicar ahora un nuevo intento o tiento biográfico sobre Mitterrand. Su libro El Presidente es también un éxito de ventas espectacular como fue el anterior. En apenas unas semanas ha provocado reacciones airadas -la primera, la del biografiado- y entusiastas en un país cuya vida política atraviesa ahora momentos de cierta crispación.

Nos hallamos, en efecto, ante un libro turbador e implacable en la línea de lo que en Francia se llama «panfleto» y que en español tiene una significación muy distinta. La nueva obra de Giesbert no es, ni pretende ser, una biografía complementaria ni una crónica de los años Mitterrand». Aunque el autor retoma a su personaje donde lo había dejado en su primera biografía, las intenciones son diferentes aunque el rigor del análisis, la documentación y el anecdotario (en gran parte inédito) se mantengan.

Giesbert escribe desde una perspectiva crítica, a veces implacable, sobre una personalidad por la que siente una mezcla de admiración, animadversión y ternura. Y lo hace utilizando una prosa brillante y un caudal de conocimientos poco común. Es implacable, en efecto, cuando acusa a François Mitterrand de doblez, oportunismo, falta de lealtad, arrogancia, egoísmo, narcisismo o cursilería. Pero lo es más cuando enfoca su objetivo hacia quienes rodean al rey-presidente, sus cortesanos y mayordomos políticos. Los retratos que el autor hace de personalidades tan sobresalientes como Laurent Fabius, Pierre Mauroy, Jack Lang, Jacques Attali o incluso Michel Rocard (por el que, sin duda, muestra cierta debilidad) resultan incomparablemente más duros e inclementes. La «corte» de este monarca republicano, viene a decir el autor, resulta mucho menos presentable que el soberano. Pocos son, en efecto, quienes se salvan de este paisaje catastrófico. Incluido, naturalmente, el impulsivo y, según Giesbert, algo atolondrado Jacques Chirac, el hombre que cumplió la nada fácil aventura de la «cohabitación».

¿Socialista?

Por supuesto no encontrará el lector español interesado por la política francesa ningún descubrimiento espectacular en este libro. La historia del primer septenato de Mitterrand y de los primeros años del segundo es de sobra conocida. Mitterrand pasó del izquierdismo infantil y nacionalizador de los primeros años ochenta a descubrir la economía de mercado y encauzar la reprivatización. Moderó a sus jóvenes lobos marxistas, pero también, y, sobre todo, se moderó a sí mismo tras haber convertido a la economía francesa -como señala tan acertadamente Giesbert- en un «campo de pruebas y en una máquina de desmitificar». Vino después la cohabitación y, más tarde, la casi unánime solicitud de su nueva candidatura a la presidencia de la República. Y, finalmente, su consagración como monarca constitucional, tal vez «de por vida». De la impopularidad, este galápago insumergible pasó, pues, a la «ton-tonmanía». «Ton-Ton», es decir, Mitterrand, constituye hoy ya una referencia inevitable y permanente en la historia contemporánea de Francia. Como De Gaulle, su íntimo enemigo, a quien ha imitado en casi todo.

Lo que resulta curioso de toda esta historia que Giesbert cuenta con pluma maestra es que el actual presidente francés haya construido su carisma sobre fracasos reiterados y, en muchos casos, imperdonables. Fracasos económicos, sociales, políticos y hasta morales, matizados por dos objetivos estratégicos irrenunciables y mantenidos: convertir al partido socialista francés en el representante del «statu quo» (¡cuántas coincidencias con el socialismo español!), reduciendo así el margen de la derecha, y personalizar un proyecto a largo plazo (un partido socialista hegemónico, que gobierna apoyándose en la izquierda o en el centro, según su conveniencia) basado en la aparente neutralidad del líder, por encima de los avatares políticos y de las pequeñas miserias.

Todo lo anterior explica hasta qué punto resulta un tanto insulso preguntarse -y el autor del libro se abstiene- si Mitterrand es o no socialista. Entre otras razones porque habría que preguntarse y a esa pregunta no hay, por ahora, respuesta- qué diablos es hoy, en las postrimerías del siglo, eso que se llama socialismo y que da tanto para un roto como para un descosido.

Produce, en efecto, cierta envidia leer libros como el de Giesbert, escrito desde la pasión pero también desde la razón y la reflexión. El autor tiene la suficiente generosidad para concluir su retrato en negro con ciertas florituras coloristas. Y reconoce, por ejemplo, que Mitterrand no habrá dejado a Francia tal como estaba, que la modernizó y pacificó, que la reconcilió consigo misma y que con él se cierra la gran disputa histórica iniciada en la Revolución francesa. ¿Podrá algún día decirse algo parecido de Felipe González?

Trompe l’oeil


Un genocidio, un estrago, un crimen y una desilusión sentimental. Puestos a emplearse en cuatro asuntos de magnitud tan diferente, los pintores pensarían en otras tantas técnicas y escalas: el fresco, el óleo, el aguafuerte y la acuarela. No así el marqués de Tamarón. Lejos de murales y miniaturas, hace de ellos cuatro cuadros de tamaño medio, tan pulcros y firmes de trazo que engañan a la vista: justamente, cuatro trampantojos. Planos cortos del mundo y de sus ilusiones ópticas, bodegones con truco, detalles de la vida desmentidos, cual plena vanidad de vanidades, en el espejo fúnebre de la naturaleza muerta. No como el retrato ecuestre de Alejandro por Apeles, que hacía relinchar a los caballos imperiales, sino como las uvas pintadas por su maestro que picaban los pájaros.

Los cuatro relatos de este libro encubren un juego especular. Cuentan historias que traen engañados a sus personajes, cuanto más al lector. Y acaban en el punto en que se desvanece el espejismo. El arte del trompe-l’oeil sólo se aprecia cuando nos desengaña, cuando advertimos que nos dio liebre por gato. Quizá por eso leo al marqués de Tamarón con inevitable inquietud. Voy por sus páginas como si recorriera un claustro a solas y de cuando en vez notara un aliento caliente en el cogote. Sé que me acecha un susto en algún sitio. Aunque el autor sonría irónico, no hay que fiarse de él ni un pelo. Y no digamos ya si parece abatirle las comisuras de los labios una emoción más tierna: entonces es seguro que se esconde con una máscara cruel a la vuelta de la esquina.

En fin, que a fuerza de sobresaltos los dedos se me vuelven huéspedes, y en el último cuento me quedo sin saber si el autor se burla o se compadece de la protagonista, libresca criatura estomagante cuya boca regüelda flatos de un Giraudoux no digerido. Hasta que se la tapa el cheli nacional, rudo y soez, pero más sano.

En cambio el primero no tiene nada de ambiguo. Muere Occidente como su nombre indica, y una escuadra de españoles encabezada por el Rey se dispone al último combate. El argumento, de infrecuente grandeza, no nos angustia con el riesgo de sus vidas sino con el de la Historia, o más bien Metahistoria: ya que ha de acabarse, importa que concluya con decoro. Cerrando el círculo con la vuelta al origen, cual Gesta Dei per francos. Aunque sea un anillo de humo.

El brulote es un cuento de amor y violencia. Pese al trasfondo de ecos paranormales, tiene una sorpresa tan bien construida, que me callo por no destriparla.

Tampoco quiero estropearle al prójimo el enigma de Urraca con algún comentario inoportuno. Para mi gusto, es el mejor cuento que he leído en muchos años. Aquí las personas y las cosas brillan a la luz cruda de la observación directa. Me pregunto si el muy mordaz marqués las habrá conocido, y alguien va a ofenderse. Porque parece pintura del natural, tan verosímil que se sale del cuadro.

Perono, que lo llama trampantojo: será puro artificio. Al fin piqué, y más van a picar las damas que piquen. Trampantojo al revés, antojo de la trampa si remedan la escena de las aves con los frutos pintados. Ellas serán la copia; lo original, la urraca y las cornejas, casi siempre siniestras, del marqués de Tamarón.

De Quincey y los tártaros

Acaba de ver la luz un librito de Thomas De Quincey (Manchester, 1785-Edimburgo, 1859) que vale por muchos volúmenes en folio: La rebelión de los tártaros (Madrid, Alianza Editorial, colección «El Libro de Bolsillo», n.º 1.454). La traducción y el prólogo han corrido a cargo de Luis Loayza. Recuerdo haber leído a De Quincey en las traducciones que Antonio Dorta publicó en la colección «Austral» de Espasa-Calpe: Confesiones de un comedor de opio inglés (Buenos Aires, 1953) y El asesinato considerado como una de las bellas artes y El coche correo inglés (Madrid, 1966). En el catálogo de Alianza figuran esas mismas obras y una tercera, Suspiria de profundis, que estoy deseando leer.

Hacia 1830, en su granja de Rydal, en la región de los lagos, De Quincey escribió a una revista proponiendo varios temas de posibles artículos: Giordano Bruno, los oradores griegos, una historia de la Lógica, la huida de los tártaros calmucos desde Rusia hasta la frontera china. Este último trabajo, titulado Revolt of the Tartars, no aparecería hasta julio de 1837 y en las páginas del Blackwood’s Magazine. Luego se incorporó a las Obras completas de su autor editadas por David Masson (Edimburgo, 1889-1890), y ahora, cien años después de esa benemérita compilación, podemos leer el precioso opúsculo en castellano, gracias a los buenos oficios del mencionado L. Loayza.

En 1771 tuvo lugar la épica huida de los tártaros calmucos, al mando de su jan Oubacha, desde las riberas del Volga -donde eran súbditos del Zar- hasta la región de Mongolia de donde procedían, muy cerca de la frontera con China, de cuyo emperador habían sido tributarios hasta 1616, año en que se alejaron del Celeste Imperio buscando pastos en Occidente. Las terribles penalidades que acompañaron este éxodo, la cruel venganza de Rusia y de sus aliados kirguises y bashkirs, la atractiva y maligna personalidad de Zebek Dorchi, primo de Oubacha, y las circunstancias terribles y románticas que rodearon la fuga de toda una nación, con sus ancianos, sus mujeres y niños, en busca de su hogar ancestral, hacían de este episodio histórico un hecho digno de ser transformado en relato fantástico por la siempre espléndida pluma del escritor y opiómano de Manchester.

La fuente de De Quincey parece haber sido, en su origen, una nota de Gibbon al capítulo XXVI de su Decadencia y caída del Imperio Romano, que trasladara a nuestra lengua el inefable don José Mor de Fuentes (Barcelona, 1842). Cito por esa traducción, reproducida facsimilarmente hace poco por Ediciones Turner (Madrid, 1984): «Esta gran transmigración de 300.000 calmucos sucedió en el año 1771. Los misioneros de China han traducido (Memorias acerca de la China, tomo I, pp. 401-418) la narración original de Kien Long, emperador reinante de China, destinada para la inscripción de una columna. El emperador emplea el lenguaje suave y especioso de Hijo del Cielo y Padre de su pueblo» (vol. III, p. 321).

Sobre este hecho, rigurosamente histórico, teje De Quincey su relato mágico, en el que no es difícil rastrear las huellas delirantes del láudano. Loayza define con acierto su método: «En la obra de De Quincey, la parte de ficción es casi insignificante. Lo que abunda es la no-ficción -a saber, las memorias, las biografías, los ensayos históricos-, pero una no-ficción imaginaria: De Quincey dice siempre la verdad, es decir, lo que él imagina que es la verdad, la «verdad sospechosa» que Alfonso Reyes identifica con la literatura».

Debo reconocer que siento una especial debilidad por los pueblos nómadas de la Eurasia, desde los primitivos indoeuropeos hasta sus vástagos los escitas, y, sobre todo, por los mongoles. Recuerdo dos libros de Harold Lamb sobre mongoles que me produjeron un impacto muy duradero: su biografía de Gengis Jan (aquel caudillo a quien invocan hoy los demócratas de Mongolia en su perestroika particular, lo que no deja de ser tan delirante como un ensueño opiáceo, por lo menos), y La marcha de los bárbaros, una maravillosa monografía sobre el desplazamiento hacia el Oeste de los herederos de Gengis Jan (este último libro editado en Argentina por Editorial Sudamericana en 1943). Me fascinan aquellos pueblos que vagaban por las estepas montados a caballo mientras al Sur, a orillas de los grandes ríos, comenzaba a desarrollarse la civilización con sus ciudades y sus murallas protectoras, su agricultura y su ganadería. Siempre he sentido el más vivo interés por aquellos clanes que adoraban al Cielo y se vestían de rudas pieles, y nunca hacían noche en el mismo sitio, y se emborrachaban con leche fermentada de yegua.

Repasando la obra de De Quincey, tropiezo con una obra que me gustaría sobremanera ver pronto en las librerías españolas. Me refiero al ensayo crítico On the Knocking at the Gate in Macbeth (algo así como «Aldabonazos a la puerta de Macbeth»), publicado en el London Magazine en 1823. Si existe un personaje que me inquieta, ése es el sucesor y asesino de Duncan en el trono de Escocia. Y más ahora, después de leer La rebelión de los tártaros, porque pienso que su autor, entre grano y grano de opio, tomó sin duda prestados algunos rasgos del tirano escocés para configurar a Zebek Dorchi, un tártaro dotado de auténtica grandeza shakespeareana.

La contaminación radioactiva en nuestra vida diaria

La radiación natural varía considerablemente de unos puntos a otros de la Tierra y tiene su origen en dos fuentes principales: Terrestre, debido a minerales de uranio y torio y Extraterrestre, procedente de la radiación cósmica. En algunas regiones montañosas, asentadas sobre yacimientos de minerales radiactivos, la contaminación puede ser muy elevada. Dos de estas áreas son la región de Kerala en la India y la región del Espíritu Santo en el Brasil. Pero en general, estamos sometidos a una moderada e inevitable radiación de fondo. La madera, la tierra, los ladrillos, el cemento y casi todos los materiales naturales poseen asociada cierta radiactividad.

Además, la propia Tierra está bombardeada constantemente por partículas de alta energía procedentes del espacio exterior. Es la radiación cósmica o extraterrestre, cuya componente primaria está formada en un 90 por 100 por protones (núcleos de hidrógeno) de alta energía. Al llegar a la atmósfera terrestre chocan con los componentes del aire y producen un espectro de radiación secundaria formado por partículas elementales de menor energía. Estas partículas cósmicas no sólo atraviesan la atmósfera, sino que a veces penetran a grandes profundidades en la Tierra. En su recorrido atraviesan nuestro cuerpo con un ritmo de una o más cada segundo.

¿Cómo se miden las radiaciones?

La actividad de una fuente de radiación es proporcional a su intensidad, es decir, al número de partículas que emite por unidad de tiempo. Como unidad se introdujo en 1910 el curie (Ci), en una época en que no se conocía más que la radiactividad natural y el principal radioelemento era el radio. Al considerar los efectos biológicos, las unidades de radiación utilizadas son el rad y el rem. El rad es la unidad de dosis absorbida, pero es un hecho comprobado que dosis absorbidas iguales, procedentes de diferentes tipos de radiación ionizante, producen daños biológicos muy diversos; es decir, ciertas partículas poseen una mayor efectividad biológica relativa que otras.

Esta eficacia, combinada con la dosis absor- bida, se expresa en rem (Radiation Equivalent Man), unidad que se utiliza para medir las exposiciones que recibe el personal destinado en centros donde se manipulan sustancias radiactivas. Estas personas llevan consigo dispositivos electrónicos o emulsiones fotográficas que registran la radiación recibida durante su trabajo.

Efectos fisiológicos de la contaminación radiactiva

Los efectos del daño por radiación a una persona pueden dividirse en dos categorías:

a) Efectos sobre los individuos expuestos: efectos somáticos.

b) Efectos sobre los descendientes: efectos genéticos. Por el tiempo de exposición hay que distinguir entre:

a) Exposición a largo plazo o crónica (a nivel relativamente constante).

b) Exposición aguda en un tiempo muy corto.

No todo el daño por radia- ción es acumulativo. Así, un individuo puede no presentar efectos somáticos a una exposición de 50 rem distribuidos uniformemente durante un periodo de 50 años. En cambio, si esta dosis fuera recibida en un tiempo muy corto sería altamente peligrosa. De todos modos, no hay un nivel de radiación por debajo del cual el daño sea nulo para el hombre: toda la radiación es dañina en cierto grado. Por ello, aunque no podamos escapar de la radiación de fondo, existen sobradas razones para evitar cualquier crecimiento importante de la radiación a que está sometido nuestro cuerpo.

Efectos genéticos de la radiación

Cuando las partículas emitidas por las sustancias radiactivas atraviesan una célula viva, chocan con los átomos, separan los electrones de los núcleos (ionización) y pueden producir un cambio radical en la química celular. Estos procesos pueden destruir la célula o, lo que es peor, alterar su función y provocar en algunos casos una multiplicación indiscriminada de células cancerosas.

Cuando estas partículas son de alta energía pueden producir mutaciones biológicas y afectar a la evolución de la especie. Una mutación es cualquier alteración de una molécula de ADN (la molécula que transporta la información genética) en un óvulo o una célula de esperma. Si una de estas células alteradas se aparea con otra de sexo opuesto, la descendencia resultante transportará la alteración en toda célula de su cuerpo, incluyendo sus células sexuales. Así tal alteración es transmitida a futuras generaciones.

Se han realizado muchos experimentos con insectos y animales, pero los resultados no son directamente aplicables al hombre, y aunque también se han llevado a cabo estudios extensos con los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki y sus descendientes, todavía no han transcurrido suficientes generaciones para verificar resultados fiables. Las observaciones son difíciles, pues algunos defectos de nacimiento son debidos a causas ajenas a la radiación y también puede influir la radiación natural.

El problema de las explosiones atómicas

Durante muchos años, después del descubrimiento del radio por los esposos Curie, el uso de la radiación en medicina estuvo restringido al uso de esta sustancia y al empleo de los rayos X. Las radiografías en medicina y odontología y la destrucción de células cancerosas eran los objetivos fundamentales. La industria se benefició de estas técnicas para detectar defectos en soldaduras y fundiciones y la ciencia básica determinó con éxito estructuras de moléculas y cristales. Sin embargo, científicos, médicos e industriales recibieron dosis masivas de radiación y muchos (Mme. Curie entre ellos) fueron víctimas de tumores malignos que sólo aparecieron años después de que la exposición se había realizado.

Con el advenimiento de los aceleradores de partículas en los años treinta, el número de materiales radiactivos disponibles se incrementó ampliamente, pero la humanidad no apreció realmente el peligro de la radiación hasta el final de la II Guerra Mundial (1945) cuando las bombas atómicas destruyeron Hiroshima y Nagasaki y causaron cientos de miles de muertos y de heridos graves por radiación.

Una consecuencia directa de las explosiones nucleares es la lluvia radiactiva o fallout. La mayor parte de los isótopos ra- diactivos producidos en la ex- plosión son transportados a la atmósfera en forma de partículas de polvo. Estas partículas vuelven gradualmente a la Tierra en forma sólida o arrastradas por la lluvia. Naturalmente el proceso es más severo en las primeras horas después de la explosión y su incidencia mayor en la dirección de los vientos dominantes.

El estroncio-90, uno de los componentes más importantes de la lluvia radiactiva, se fija en los huesos cuando es ingerido por el hombre. Este proceso es grave porque los glóbulos rojos de la sangre se generan en la médula ósea y el estroncio radiactivo es causa de la leucemia o cáncer de la sangre. El depósito de este producto sobre la piel causa poco daño, pues si se elimina por lavado en un plazo de unas horas, sólo una pequeña fracción de los núcleos del estroncio se desintegran en ese tiempo (el periodo de semidesintegración es de 30 años), pero si se ingiere y se fija en los huesos, allí permanecerá muchos años produciendo daños irreversibles.

El fallout ha decaído en los últimos años y seguirá disminuyendo si se mantienen los tratados de no proliferación de las fuerzas nucleares; actualmente puede ser del orden de 5 rem por año e individuo.

Las centrales nucleares

Los peligros radiactivos de las centrales nucleares son muy pequeños comparados con los peligros potenciales de las armas atómicas. Incluso es posible que estas centrales liberen a la atmósfera menos radiactividad que las centrales de carbón, fuel oil y gas natural. Sin embargo, deben tomarse precauciones rigurosas en la localización, diseño y supervisión de las centrales nucleares en función de los materiales altamente radiactivos que existen en su núcleo.

El mayor inconveniente de la explotación de la energía nuclear es la radiactividad de los productos de fisión del uranio. La fisión completa de 1 g de este combustible da lugar a la emisión dentro del reactor de 9,9 x 10th desintegraciones/segundo, lo que equivale a una radiactividad superior a 200.000 curies. Esto complica notablemente los procesos de tratamiento del combustible utilizado. Las barras de combustible deben retirarse periódicamente, purificar y reciclar parte del material y eliminar las cenizas radiactivas, enterrándolas en minas profundas de sal o lanzándolas al mar envasadas en recipientes herméticamente cerrados, lo que provoca serios problemas sociológicos.

Sin embargo, el mayor peligro del reactor nuclear es el accidente imprevisible. En el momento del accidente de Tchernobyl (25 abril, 1986) existía sobre Ucrania un régimen de alta presión atmosférica con vientos casi nulos a nivel del suelo. Un ligero viento del SE arrastró el penacho radiactivo a una altura inicial de 1.200 m en forma de nube hacia Polonia, Finlandia y Suecia. Dos días después de la explosión se registraba en Suecia la primera elevación anormal de radiactividad del aire con la presencia de elementos volátiles de vida breve. La presencia del bario hacía presagiar la del estroncio-90.

Poco después y siguiendo la dirección de los vientos dominantes la nube pasó por Dinamarca, Alemania, Suiza y SE de Francia y posteriormente alcanzó Yugoslavia, Bulgaria y Turquía. Excepto Inglaterra, Portugal y España, toda Europa fue afectada por la nube radiactiva, si bien fuera de la URSS las dosis fueron débiles y no provocaron daños inmediatos. En las zonas próximas al reactor los daños radiactivos afectaron a 75 millones de habitantes. Se ha estimado que la dosis individual media adicional recibida por estas personas, aunque apenas sobrepasa la dosis natural recibida en un año en una región granítica, puede suponer en los próximos 70 años un número de cánceres suplementarios del orden de 4.000. Las consecuencias económicas fueron enormes: traslado de 135.000 personas, descontaminación en un área de 1.000 km², 800.000 exámenes médicos, construcción de alojamientos, graves daños en la agricultura y el ganado, etc. Fuera de Rusia se tomaron medidas preventivas respecto al consumo de leche, verduras, aguas superficiales, etc. El accidente de Tchernobyl es una prueba evidente de que el uso de esta energía conlleva la necesidad de un mayor rigor y control en la construcción y funcionamiento de los reactores nucleares.

EFECTOS DE DOSIS AGUDAS DE RADIACION (TODO EL CUERPO)

Dosis (rem)EfectosObservaciones
0-25No detectables
25-100Alteraciones en la sangre levesDaños leves en la médula ósea
100-300Disminución importante de glóbulos blancosTratamiento con antibióticos
300-600Infección, hemorragias y esterilidad temporalAntibióticos, transfusiones y a veces transplantes de médula
600Graves daños en el sistema centralHasta 1.000 rem, muerte en dos meses. De 1.000 a 5.000 rem, muerte en dos días

Resumen de los efectos de una dosis sobre todo el cuerpo en un tiempo muy corto, basados en observaciones sobre las víctimas de los bombardeos de Hiroshima, Nagasaki y el atolón de Bikini, accidentes en reactores nucleares y extensos estudios sobre animales expuestos a la radiación.

DOSIS DE RADIACION RECIBIDAS EN UNA EXPOSICION DE DIAGNOSIS CON RAYOS X

DiagnosisDosis (mili-rem)
Dental (toda la boca)10-30
Tórax5-35
Cerebro20-50
Vesícula biliar25-60
Serie gastrointestinal (inferior)90-250
Serie gastrointestinal (superior)150-400
Mamografía250-300

Aproximadamente la tercera parte de la dosis anual de radiación recibida por un ciudadano procede de diagnosis médicas con rayos X. Esta contribución podría ser sustancialmente reducida eliminando o restringiendo las técnicas de rayos X a los casos verdaderamente necesarios. Durante los años cuarenta en los almacenes de zapatería se utilizaban (¡legalmente!) aparatos de rayos X para comprobar el ajuste de los zapatos en el pie del comprador, especialmente cuando se trataba de niños.

así todos los materiales naturales llevan asociada cierta radiactividad

Un examen radiológico puede suponer la absorción de una dosis de radiación del orden de 50 mrem. Fuente: Electricité de France.

VALORES MEDIOS DE DOSIS DE RADIACION ABSORBIDOS EN NUESTRA VIDA COTIDIANA

OrigenConceptoMili-rad/año
Origen naturalRayos cósmicos45-50
Terrestre (exposición externa)55-60
Radionuclidos (exposición interna)
TOTAL NATURAL125-135
Origen artificialRayos X (diagnosis)50-60
Ocupacional
Pruebas nucleares
TOTAL ARTIFICIAL
TOTAL ABSOLUTO
50-60175-195 mili-rad/año

ACTIVIDADES DE ALGUNAS FUENTES RADIACTIVAS

(Valores aproximados)

Mineral de uranio al 10%3,5 x 10-6 Ci/Kg
Fuente utilizada en gammagrafía0,1-1 Ci
Bomba de Cobalto-60 en tratamientos médicos2.000-5.000 Ci
Fuentes para estudios químicos100.000 Ci
Bomba A (fisión) equivalente a 20 kton de TNT (Bombas de Hiroshima y Nagasaki, 6 y 9 agosto 1945, un minuto después de la explosión)2 x 1012 Ci

DOSIS MAXIMA PERMISIBLE

(Ocupacional)

Exposición En un año
Todo el cuerpo (Límite anual)5 rem
Piel15 rem
Manos75 rem
Antebrazos30 rem
Otros miembros del cuerpo15 rem
Mujer embarazada (respecto al feto)0,5 rem
Media de la población (no ocupacional)0.17 rem

Recomendaciones sobre la dosis máxima permisible en exposiciones recibidas por causa del trabajo ocupacional.

El PSOE gira a la izquierda

La dirección socialista se ha visto muy pronto obligada a elegir entre atender a las demandas ideológicas y políticas de su electorado de centro, con el riesgo de perder base social por su izquierda, o bien satisfacer posiciones netamente socialistas, con el riesgo de perder el apoyo de parte de su electorado ilustrado y moderado. El Manifiesto 2000, segunda entrega del Programa 2000, ha tenido la mala fortuna de aparecer en fechas críticas para Alfonso Guerra y el PSOE, con lo que su efecto de propaganda se ha reducido considerablemente. Pero los que realizamos alguna reflexión en el terreno de las ideas, sabemos que éstas no se pliegan a la coyuntura y que su efecto forma parte de lo profundo, del medio y largo plazo. Pues bien, a mi juicio, lo más relevante del Manifiesto es el notable giro a la izquierda dado por la dirección del PSOE, en comparación con las propuestas ideológicas contenidas en los anteriores Cuadernos para el Debate. Ahora se propone intervencionismo «ad nauseam», economía mixta (bajo la que se enmascaran anteriores propuestas de nacionalización), redistribución y reparto, burocratización de todos los ámbitos sociales y permanentes controles y limitaciones de la libertad.

Este giro programático a la izquierda no es sólo ideológico, también se advierte en iniciativas políticas como el «Pacto social» recientemente rubricado por el Gobierno y los sindicatos (por el mismo gobierno que se negó a firmarlo hace apenas un año) y el acuerdo sobre control de contratación de nuevos empleos en las empresas por parte de la burocracia sindical. Este último acuerdo no es más que el adelanto de todo un conjunto de medidas que el Manifiesto propugna bajo el título de «profundización de la democracia», «democracia económica» y «control social de los mecanismos del mercado». La burguesía ilustrada, los profesionales, etc. que hasta ahora habían visto en el PSOE un instrumento adecuado para la modernización del país, muy difícilmente podrán defender que este conjunto de recetas políticas e ideológicas «años cincuenta» sirva para algo positivo ante los retos, no ya del siglo XXI, sino de la presente década.

Desde el punto de vista de la aportación teórica la decepción ha sido tan grande como la expectación. El 18 de enero pasado, Alfonso Guerra llegó a decir, en el acto de presentación del Manifiesto, que «estábamos ante la mayor aportación ideológica al socialismo desde el austromarxismo »; en otras palabras, que la contribución de los intelectuales orgánicos del PSOE era la elaboración teórica más importante del socialismo europeo desde principio de siglo.

Apenas una semana después, el editorial de un periódico madrileño afín al Gobierno criticaba el Manifiesto por su reducida extensión, apenas 50 páginas, y por su pobre contenido ya que podía haber sido redactado sin dificultad «por un bachiller de buena pluma».

La reducida extensión del Manifiesto no debería ser objeto de crítica. Baste recordar que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, de 1848, apenas tiene esas cincuenta páginas y con seguridad se trata de un documento clave en la historia de las ideas y de extraordinaria influencia política posterior. La decepción del Manifiesto del PSOE procede de su contenido: es un programa netamente socialdemócrata sin aportación propia alguna, que mira mucho más (a veces, con nostalgia) a los años cincuenta o sesenta que al presente. Se trata de un programa que incluye todos los tópicos y temores de los socialistas hacia el libre mercado y la libertad política, lejos de esa pretendida innovación, «sin precedentes desde el austromarxismo».

La Historia, reescrita

La propensión del PSOE a reescribir la Historia es algo que sabemos desde la célebre «pizarra de Suresnes». El Manifiesto comienza con la siguiente frase: «Por primera vez en su historia contemporánea, España avanza de forma decidida por el camino de la modernización». Tal afirmación se realiza constatando las siguientes novedades: «apertura al mundo», «el estado del bienestar», el «dinamismo de la economía »… No cabe duda de que muchos de estos aspectos son ciertos en los últimos 15 años pero lo que resulta una falsedad absoluta es que acontezcan, conjunta o separadamente, «por primera vez» en España: el protagonismo europeo de la España de Alfonso XIII, en un contexto bastante más desfavorable, no tiene nada que envidiar al presente; la modernización económica,  demográfica y social fue espectacular entre 1900 y 1931; el estado del bienestar y el desarrollismo (impulsado por un régimen autoritario) fue notable en la década de los sesenta… Y eso sin remontarnos a nuestra dilatada y positiva tradición constitucional y parlamentaria decimonónica que, junto a Francia e Inglaterra, fue pionera en relación al resto de Europa. Otra sorprendente mistificación histórica: gracias al Manifiesto ahora sabemos que el socialismo protagonizó «la lucha contra la barbarie del fascismo y el despotismo estalinista, (que hizo) del socialismo el movimiento político defensor de la democracia política representativa como único camino hacia el cambio social». Precisamente la socialdemocracia no fue el movimiento clave ni, mucho menos, el único en la oposición al totalitarismo. Ni Churchill, ni Roosevelt, ni De Gaulle fueron socialistas; además la ampliación de los derechos democráticos y el cambio social forman parte también de proyectos liberales, conservadores, socialcristianos, etc. Pero el anterior argumento sirve para reivindicar, con cierta imprecisión histórica, la dorada era socialdemócrata europea, 1945-1973: «Este es el modelo de organización social que se generalizó en Europa tras la segunda guerra mundial, marcando una época de libertad y prosperidad sin precedentes». Hoy no es patrimonio exclusivo de los historiadores saber que el siglo XX, sobre todo los últimos cincuenta años, marcan la mayor crisis y decadencia europea, que pasó de ser el continente hegemónico en el mundo en  1914 a configurarse como continente protegido después de 1945 por los USA o sometido, en su parte Oriental, por la URSS. Considerar estos años como una era de «libertad y prosperidad sin precedentes» está bien lejos de la realidad. ¿Qué habría que decir del apogeo de Europa entre 1880 y 1914? ¿Y qué de París o Viena en 1900? y ¿los «felices años veinte»? Sin duda el anónimo redactor de esta parte del Manifiesto confunde la nostalgia de un dominio político e ideológico socialdemócrata, que finalizó en los años setenta, con la realidad gris de una Europa que en los dos últimos lustros ha recuperado el pulso, precisamente cuando el liberalismo y el conservadurismo han recuperado la hegemonía en el terreno de las ideas.

Filosofía socialista sin filósofos

Cualquier liberal se reconocería deudor de pensadores como Adam Smith, Lord Acton, Von Mises, Hayek, Popper por citar sólo algunos de los más significados. Pues bien, de acuerdo con el Manifiesto, el socialismo no tiene paternidad filosófica alguna.

«El socialismo nació como un movimiento de emancipación de las clases trabajadoras ante la destrucción de sus formas tradicionales de vida.» Lo cierto es que el socialismo es una doctrina (al igual que el liberalismo y el nacionalismo), elaborada por pensadores bien conocidos y no pertenecientes a las clases trabajadoras. Sin embargo, en las 53 páginas del Manifiesto, no hay una sola referencia a Marx ni a ningún otro pensador de la izquierda. Más que una aceptación tácita de principios de la filosofía liberal, se trata de una ocultación, de una renuncia a mencionar un producto de difícil venta hoy día como es el marxismo, origen a la vez del socialismo totalitario y del reformista. Sobre ese pasado común, el documento pasa sobre ascuas cuando en realidad todavía hoy el socialismo reformista es deudor de buena parte de la doctrina igualitaria, redistributiva y estatalista del marxismo. Veamos algunos ejemplos:

El racionalismo constructivista es el fundamento del totalitarismo. Consiste en la idea de que es posible operar sobre la realidad para transformarla según un diseño previo, elaborado por medio de la razón, del conocimiento científico de la realidad.

Por más que la experiencia demuestra que, aun con todos los recursos del poder como en la URSS, ése es un camino que lleva a la pobreza y al despotismo, el socialismo reformista insiste en la virtualidad del constructivismo, de origen roussauniano y marxista:

«Además, ejercemos nuestra acción política de un modo racional: optamos por conocer a fondo la realidad para transformarla con medidas adecuadas, de acuerdo con los ritmos y los plazos que la propia realidad permite. Nos basamos en el conocimiento de la evolución de la realidad social y en sus posibilidades de cambio para encauzarla de acuerdo con nuestras convicciones, sobre la base de la participación y el diálogo racional como vía para ir definiendo los objetivos de vida colectiva».

De este racionalismo constructivista se deriva el concepto instrumental del Estado, que se define y valora por su capacidad de intervención para poder operar sobre la realidad: «El estado democrático es el instrumento básico de avance en las reformas que se precisan para realizar nuestro proyecto de cambio social».

En la misma línea están las referencias a la redistribución de las rentas, el «control democrático» ajeno al Parlamento: «Extender la democracia representativa a todas las esferas de la vida donde existan desigualdades de poder»; el «reparto del poder» en contraposición a la clásica división de poderes:

«Apostamos por una nueva sociedad española. En ella el poder estará más repartido y el Estado más abierto a los nuevos valores y demandas sociales». Igual sucede con el izquierdismo militante del PSOE, que suele aflorar en campañas electorales en las referencias a la lucha de clases, a los «descamisados»: «Los elementos de desigualdad económica y el reparto desigual del poder económico que existen en las sociedades de nuestros días hacen que el conflicto de clases continúe siendo uno de los problemas básicos hacia cuya superación se dirige el proyecto socialista».

Miedo a la libertad

Por último, el miedo a la libertad, por utilizar el título del famoso ensayo de Erich Fromm, define perfectamente la actitud socialista en torno a la libertad. La libertad constituye el eje positivo de la mejor tradición occidental, en el arte, la cultura, la política, las actividades económicas… Pero la libertad choca frontalmente con el concepto del racionalismo constructivista ya que una razón superior, diseñadora de la nueva realidad social, debe imponerse a las iniciativas y deseos individuales que no se ajusten al proyecto socialista. «Socialismo es libertad » señala un epígrafe con el que se comienzan a enumerar «los valores básicos del socialismo». Después de leer detenidamente las cuatro páginas en las que se exponen dichos valores la conclusión que se obtiene es justamente la contraria: el socialismo limita la libertad en aras del igualitarismo.

De las cuatro páginas, tan sólo en el primer párrafo se expresa una opinión positiva del principio de la libertad; el resto son prevenciones, profusas definiciones restrictivas de una libertad que se supedita a «intereses superiores» como la razón constructivista, el proyecto socialista de cambio social, los efectos «muy negativos» de la libertad del mercado o la necesaria intervención del estado. Todas estas afirmaciones configuran un programa socialdemócrata, muy alejado de los elementos innovadores y revisionistas, parcialmente neoliberales, presentes en los Cuadernos para el Debate. Parafraseando a Lenin, aunque ahora (o precisamente, porque ahora) ya no se lleve, el Manifiesto constituye, en el camino de la renovación del pensamiento socialista «un paso adelante y dos pasos atrás». ¿De verdad piensa el PSOE que con este recetario socialdemócrata «años cincuenta» se puede hacer frente a los retos del siglo XXI? Pero no todas las propuestas contenidas en el Manifiesto son rechazables desde el punto de vista de una crítica liberal o de centro-derecha como la presente. Hay algunas en las que el acuerdo es absoluto, salvo la pequeña objeción de que el PSOE no las cumple: «Separación nítida entre la esfera política y la administrativa» o «es necesario revitalizar las instituciones básicas de la democracia, y muy especialmente, el Parlamento»…

Ideas y propaganda

Una última reflexión sobre el inexistente debate ideológico del centro-derecha en España. Felipe González hizo mención a este tema en el discurso de presentación del Manifiesto el pasado 18 de enero en el Palacio de Congresos de Madrid y es un tópico recurrente cuando se destaca la vitalidad ideológica, de debate, de la izquierda frente a la derecha, incluso cuando el PSOE «tiene que estar mucho más volcado en el día a día para hacer frente a las responsabilidades de gobierno. Otros pueden hacerlo y no lo hacen».

Un resultado del excelente aparato de propaganda socialista es que, cuando la iniciativa, la vitalidad de las ideas no la tiene la izquierda (crisis galopante del comunismo o simple repetición de las recetas socialdemócratas), exista la impresión de que el socialismo lleva la iniciativa en este terreno.

Desde luego un programa al estilo 2000 está fuera del horizonte político de cualquier formación liberal, de centro-derecha por cuanto el punto de partida de la concepción filosófica de la derecha, a diferencia de la izquierda, no es el constructivismo racionalista.

No existe una razón absoluta, desde el punto de vista de la derecha política, que pretenda, ni  por medios democráticos, diseñar e imponer «una nueva sociedad española ». Los liberales no creemos que la razón humana pueda alcanzar un conocimiento científico de la realidad para transformarla posteriormente. El racionalismo liberal es humilde, aspira a interpretar pero no a transformar la realidad, es decir, las demandas, necesidades y deseos de millones de personas. Es absurdo buscar un sustituto al mercado como medio de información de las demandas y valoraciones sociales.

Más aún, es inútil tratar de sustituirlo. Por ello, un eventual proyecto político liberal ha de ser mucho más abierto, menos programático y diseñador que el Programa socialista que se anuncia en este Manifiesto. Pero además no es cierto que no exista debate en el centro-derecha español. Lo que no existe, por el momento, es un debate impulsado por los partidos hacia fuera, hacia la sociedad. Pero la renovación evidente del centro-derecha en España ¿qué es, sino fruto de un debate? Suzanne Berger señalaba el pasado 21 de junio de 1988 en la Fundación Juan March que la ofensiva del neoliberalismo en Occidente había sido posible por la existencia de una sólida doctrina liberal, pero su influencia política y social era obra de divulgadores, de «opinion makers»: periodistas de prensa escrita y de radio y televisión, economistas, escritores, historiadores, profesores… Pues bien, en España hace años que asistimos a una ofensiva liberal del mismo tipo por medio de una notable producción editorial (prensa, libros y revistas) y de los medios de comunicación.

Y eso sí que es un debate que está comenzando a incidir en la opinión pública y en las nuevas orientaciones políticas y organizativas del centro-derecha.