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Ver productos1 Jun 1990 - 4min.
Título: «Le Président».
Autor: Franz-Oliver Giesbert.
Editorial: Editions du Seuil. París, 394 páginas.
Precio: 130 francos franceses.
Hace más de 10 años Franz-Olivier Giesbert publicó un libro titulado François Mitterrand o la tentación de la historia. Se trataba del primer intento biográfico serio sobre el hoy presidente de Francia, cuando eran muy pocos quienes le vaticinaban un destino tan brillante. Su autor era entonces un brillante periodista del semanario «progresista» Nouvel Observateur. Giesbert es hoy director del diario conservador Le Figaro y Mitterrand, por segunda vez, presidente de la República. El destino de ambas personalidades marca significativamente lo sucedido en Francia durante el último decenio.
Giesbert acaba de publicar ahora un nuevo intento o tiento biográfico sobre Mitterrand. Su libro El Presidente es también un éxito de ventas espectacular como fue el anterior. En apenas unas semanas ha provocado reacciones airadas -la primera, la del biografiado- y entusiastas en un país cuya vida política atraviesa ahora momentos de cierta crispación.
Nos hallamos, en efecto, ante un libro turbador e implacable en la línea de lo que en Francia se llama «panfleto» y que en español tiene una significación muy distinta. La nueva obra de Giesbert no es, ni pretende ser, una biografía complementaria ni una crónica de los años Mitterrand». Aunque el autor retoma a su personaje donde lo había dejado en su primera biografía, las intenciones son diferentes aunque el rigor del análisis, la documentación y el anecdotario (en gran parte inédito) se mantengan.
Giesbert escribe desde una perspectiva crítica, a veces implacable, sobre una personalidad por la que siente una mezcla de admiración, animadversión y ternura. Y lo hace utilizando una prosa brillante y un caudal de conocimientos poco común. Es implacable, en efecto, cuando acusa a François Mitterrand de doblez, oportunismo, falta de lealtad, arrogancia, egoísmo, narcisismo o cursilería. Pero lo es más cuando enfoca su objetivo hacia quienes rodean al rey-presidente, sus cortesanos y mayordomos políticos. Los retratos que el autor hace de personalidades tan sobresalientes como Laurent Fabius, Pierre Mauroy, Jack Lang, Jacques Attali o incluso Michel Rocard (por el que, sin duda, muestra cierta debilidad) resultan incomparablemente más duros e inclementes. La «corte» de este monarca republicano, viene a decir el autor, resulta mucho menos presentable que el soberano. Pocos son, en efecto, quienes se salvan de este paisaje catastrófico. Incluido, naturalmente, el impulsivo y, según Giesbert, algo atolondrado Jacques Chirac, el hombre que cumplió la nada fácil aventura de la «cohabitación».
Por supuesto no encontrará el lector español interesado por la política francesa ningún descubrimiento espectacular en este libro. La historia del primer septenato de Mitterrand y de los primeros años del segundo es de sobra conocida. Mitterrand pasó del izquierdismo infantil y nacionalizador de los primeros años ochenta a descubrir la economía de mercado y encauzar la reprivatización. Moderó a sus jóvenes lobos marxistas, pero también, y, sobre todo, se moderó a sí mismo tras haber convertido a la economía francesa -como señala tan acertadamente Giesbert- en un «campo de pruebas y en una máquina de desmitificar». Vino después la cohabitación y, más tarde, la casi unánime solicitud de su nueva candidatura a la presidencia de la República. Y, finalmente, su consagración como monarca constitucional, tal vez «de por vida». De la impopularidad, este galápago insumergible pasó, pues, a la «ton-tonmanía». «Ton-Ton», es decir, Mitterrand, constituye hoy ya una referencia inevitable y permanente en la historia contemporánea de Francia. Como De Gaulle, su íntimo enemigo, a quien ha imitado en casi todo.
Lo que resulta curioso de toda esta historia que Giesbert cuenta con pluma maestra es que el actual presidente francés haya construido su carisma sobre fracasos reiterados y, en muchos casos, imperdonables. Fracasos económicos, sociales, políticos y hasta morales, matizados por dos objetivos estratégicos irrenunciables y mantenidos: convertir al partido socialista francés en el representante del «statu quo» (¡cuántas coincidencias con el socialismo español!), reduciendo así el margen de la derecha, y personalizar un proyecto a largo plazo (un partido socialista hegemónico, que gobierna apoyándose en la izquierda o en el centro, según su conveniencia) basado en la aparente neutralidad del líder, por encima de los avatares políticos y de las pequeñas miserias.
Todo lo anterior explica hasta qué punto resulta un tanto insulso preguntarse -y el autor del libro se abstiene- si Mitterrand es o no socialista. Entre otras razones porque habría que preguntarse y a esa pregunta no hay, por ahora, respuesta- qué diablos es hoy, en las postrimerías del siglo, eso que se llama socialismo y que da tanto para un roto como para un descosido.
Produce, en efecto, cierta envidia leer libros como el de Giesbert, escrito desde la pasión pero también desde la razón y la reflexión. El autor tiene la suficiente generosidad para concluir su retrato en negro con ciertas florituras coloristas. Y reconoce, por ejemplo, que Mitterrand no habrá dejado a Francia tal como estaba, que la modernizó y pacificó, que la reconcilió consigo misma y que con él se cierra la gran disputa histórica iniciada en la Revolución francesa. ¿Podrá algún día decirse algo parecido de Felipe González?