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Ver productos1 Jun 1990 - 4min.
Acaba de ver la luz un librito de Thomas De Quincey (Manchester, 1785-Edimburgo, 1859) que vale por muchos volúmenes en folio: La rebelión de los tártaros (Madrid, Alianza Editorial, colección «El Libro de Bolsillo», n.º 1.454). La traducción y el prólogo han corrido a cargo de Luis Loayza. Recuerdo haber leído a De Quincey en las traducciones que Antonio Dorta publicó en la colección «Austral» de Espasa-Calpe: Confesiones de un comedor de opio inglés (Buenos Aires, 1953) y El asesinato considerado como una de las bellas artes y El coche correo inglés (Madrid, 1966). En el catálogo de Alianza figuran esas mismas obras y una tercera, Suspiria de profundis, que estoy deseando leer.
Hacia 1830, en su granja de Rydal, en la región de los lagos, De Quincey escribió a una revista proponiendo varios temas de posibles artículos: Giordano Bruno, los oradores griegos, una historia de la Lógica, la huida de los tártaros calmucos desde Rusia hasta la frontera china. Este último trabajo, titulado Revolt of the Tartars, no aparecería hasta julio de 1837 y en las páginas del Blackwood’s Magazine. Luego se incorporó a las Obras completas de su autor editadas por David Masson (Edimburgo, 1889-1890), y ahora, cien años después de esa benemérita compilación, podemos leer el precioso opúsculo en castellano, gracias a los buenos oficios del mencionado L. Loayza.
En 1771 tuvo lugar la épica huida de los tártaros calmucos, al mando de su jan Oubacha, desde las riberas del Volga -donde eran súbditos del Zar- hasta la región de Mongolia de donde procedían, muy cerca de la frontera con China, de cuyo emperador habían sido tributarios hasta 1616, año en que se alejaron del Celeste Imperio buscando pastos en Occidente. Las terribles penalidades que acompañaron este éxodo, la cruel venganza de Rusia y de sus aliados kirguises y bashkirs, la atractiva y maligna personalidad de Zebek Dorchi, primo de Oubacha, y las circunstancias terribles y románticas que rodearon la fuga de toda una nación, con sus ancianos, sus mujeres y niños, en busca de su hogar ancestral, hacían de este episodio histórico un hecho digno de ser transformado en relato fantástico por la siempre espléndida pluma del escritor y opiómano de Manchester.
La fuente de De Quincey parece haber sido, en su origen, una nota de Gibbon al capítulo XXVI de su Decadencia y caída del Imperio Romano, que trasladara a nuestra lengua el inefable don José Mor de Fuentes (Barcelona, 1842). Cito por esa traducción, reproducida facsimilarmente hace poco por Ediciones Turner (Madrid, 1984): «Esta gran transmigración de 300.000 calmucos sucedió en el año 1771. Los misioneros de China han traducido (Memorias acerca de la China, tomo I, pp. 401-418) la narración original de Kien Long, emperador reinante de China, destinada para la inscripción de una columna. El emperador emplea el lenguaje suave y especioso de Hijo del Cielo y Padre de su pueblo» (vol. III, p. 321).
Sobre este hecho, rigurosamente histórico, teje De Quincey su relato mágico, en el que no es difícil rastrear las huellas delirantes del láudano. Loayza define con acierto su método: «En la obra de De Quincey, la parte de ficción es casi insignificante. Lo que abunda es la no-ficción -a saber, las memorias, las biografías, los ensayos históricos-, pero una no-ficción imaginaria: De Quincey dice siempre la verdad, es decir, lo que él imagina que es la verdad, la «verdad sospechosa» que Alfonso Reyes identifica con la literatura».
Debo reconocer que siento una especial debilidad por los pueblos nómadas de la Eurasia, desde los primitivos indoeuropeos hasta sus vástagos los escitas, y, sobre todo, por los mongoles. Recuerdo dos libros de Harold Lamb sobre mongoles que me produjeron un impacto muy duradero: su biografía de Gengis Jan (aquel caudillo a quien invocan hoy los demócratas de Mongolia en su perestroika particular, lo que no deja de ser tan delirante como un ensueño opiáceo, por lo menos), y La marcha de los bárbaros, una maravillosa monografía sobre el desplazamiento hacia el Oeste de los herederos de Gengis Jan (este último libro editado en Argentina por Editorial Sudamericana en 1943). Me fascinan aquellos pueblos que vagaban por las estepas montados a caballo mientras al Sur, a orillas de los grandes ríos, comenzaba a desarrollarse la civilización con sus ciudades y sus murallas protectoras, su agricultura y su ganadería. Siempre he sentido el más vivo interés por aquellos clanes que adoraban al Cielo y se vestían de rudas pieles, y nunca hacían noche en el mismo sitio, y se emborrachaban con leche fermentada de yegua.
Repasando la obra de De Quincey, tropiezo con una obra que me gustaría sobremanera ver pronto en las librerías españolas. Me refiero al ensayo crítico On the Knocking at the Gate in Macbeth (algo así como «Aldabonazos a la puerta de Macbeth»), publicado en el London Magazine en 1823. Si existe un personaje que me inquieta, ése es el sucesor y asesino de Duncan en el trono de Escocia. Y más ahora, después de leer La rebelión de los tártaros, porque pienso que su autor, entre grano y grano de opio, tomó sin duda prestados algunos rasgos del tirano escocés para configurar a Zebek Dorchi, un tártaro dotado de auténtica grandeza shakespeareana.