Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Jun 1990 - 4min.
Título: «La luz de Estoril».
Autor: Aquilino Duque.
Editorial: Planeta. Barcelona, 1989. 216 páginas.
Precio: 800 pesetas.
Después de varios años dedicado a publicar libros de poesía, de ensayo y de recopilaciones de artículos periodísticos, Aquilino Duque ha vuelto a la narrativa, campo donde demostrara su valía obteniendo el premio nacional de literatura de 1975, con La luz de Estoril. Esta novela supone una bocanada de aire fresco en el asfixiante panorama literario español, dominado por escritores emperrados en seguir ajustándole las cuentas a Franco, noveles que se estrenan despedazando un personaje histórico, por lo general un rey, profesionales de la juventud que convierten a ésta en su único mérito, hijos de papá y fabricantes de un tipo «standard» de novela de cien folios cuyo contenido se resume sobradamente en la solapa.
Por fortuna, quedan unos pocos novelistas que todavía se dirigen al «curioso lector» y para quienes narrar es contar una historia de forma entretenida, como Juan Perucho y Carlos Pujol entre otros, siguiendo los pasos de Baroja, Sánchez Mazas o Gómez de la Serna. Sus novelas se definen por el aprecio por los detalles; un estilo y un lenguaje pulquérrimos; unos protagonistas que son seres como nosotros, ni superhombres ni infrahombres; un paisaje inédito, ya por lo exótico, ya porque nos lo presentan con otros ojos; el amor como redención de todos los defectos y pecados y, como una melodía que se oye a lo largo del libro, el humor y la ironía. Al terminar la última página nos encontramos con una sonrisa en los labios, una sensación de felicidad y un mayor respeto por nuestros semejantes y hasta hemos aprendido palabras nuevas, mientras que con la otra clase de novelas todo lo que aprendemos es alguna aberración sexual y a mirar al otro como a un enemigo, como pretendía Sartre.
La luz de Estoril reúne todas las virtudes citadas. Es la crónica de una familia aristocrática andaluza desde principios de siglo hasta la posguerra, en la que las sorpresas y los golpes de humor se suceden sin tregua. En mi opinión, lo más logrado por el autor son los ambientes (el señoritismo insolente de la nobleza en los años previos a la República, el miedo de los españoles a una invasión aliada, el síndrome de conspiración que embarga al protagonista en un tren, la omnipotencia de los jesuitas) y, sobre todo, las ciudades. Duque ama a Sevilla, Madrid, San Sebastián, Bilbao y su ría, Ginebra y Lisboa y el modo de demostrarlo es describírnoslas de manera que quienes las conocemos nos volvemos forasteros en sus calles y si no las conocemos nos hace sentirlas como si fuesen la ciudad de nuestra infancia.
Pero no concluye todo aquí. Perucho, Pujol y Duque transmiten en sus obras un mensaje tradicional, en contraste con el vacuo e intrascendente discurso moderno de la literatura hoy imperante. Este mensaje no sorprende en Aquilino Duque, que expuso las entrañas corrompidas de la Modernidad en un libro magistral, por desgracia ya inencontrable, El suicidio de la Modernidad. Si las instituciones tradicionales, la Monarquía, la Iglesia y la Milicia pierden su sentido en la época moderna, la decadencia también alcanza a la Aristocracia.
Las dos familias nobles de la novela, los Aznalgarbe, a la que pertenece el protagonista, Calixto José Simeón de la Columna y de la Santísima Trinidad (el nombre habla por sí solo), y los Zaframagones, ya no saben ni administrar sus fincas; prefieren criar toros enanos. Viven con la única idea de fastidiarse mutuamente. Celebran bodas cursis en las que se cambian las personas de los novios. Las únicas tradiciones que se conservan son del estilo de dormir la siesta en un ataúd a medida.
Calixto José, paradigma de esa aristocracia, es un irresponsable que quiere seguir siéndolo y si participa para divertirse en los motines que derrocan a la Monarquía y luego en la guerra civil, no lo hace por reparar su error, sino por el mismo motivo. Cuando se da cuenta de que él siempre ha hecho lo que querían los demás y, en consecuencia, empieza a actuar a su riesgo, la vida se le manifiesta en toda su plenitud. Esta actitud personal, empero, no se extiende al resto de los personajes, que continúan aplastados por sus miserias. Este es el único contrapunto triste del libro, pero de tal grado que casi empaña el resto, pues parece que si bien los individuos pueden salvarse, las instituciones están condenadas. No es de extrañar, por tanto, que Calixto José, al iniciar una nueva etapa de su vida, prescinda de su título.
Tampoco es de extrañar que la novela no se venda como sería de desear. Ridiculiza a unos personajillos que los posibles lectores han entronizado como modélicos a través de las revistas rosas. De vivir en 1990, Calixto José no elegiría domicilio con la intención de evitar el «qué dirán» de las amistades de su amante (o novia, como se dice ahora). Vendería la exclusiva a alguna revista y a nadie le importaría, ni a los jesuitas de la Universidad de Deusto, donde estudia su hijo putativo.