La crisis ecológica latinoamericana

El futuro biológico de nuestro planeta podría verse afectado por las drásticas transformaciones que está sufriendo el medio ambiente latinoamericano, cuya biodiversidad global parece todavía superar con amplitud la de cualquiera de las demás regiones del mundo. América Latina padece por otra parte una crisis estructural, persistente y profunda, sin precedentes en el último medio siglo. En un mundo de creciente interdependencia, los efectos conjuntos potenciales de esta crisis socio-económica y de aquel deterioro ambiental, con frecuencia irreversible, suscitan dramáticos interrogantes y reclaman acciones inmediatas.

Fernando Tudela

En un sólo árbol, un conocido biólogo encontró en el Perú 43 especies de hormigas, diversidad equivalente a la que se ha podido inventariar en toda la Gran Bretaña. En El Salvador, el menor y más deteriorado de los países de la América continental, con una extensión territorial inferior a la de la Comunidad Valenciana, existen más especies de mamíferos y de aves que en toda Europa. El número de especies de aves registradas en Colombia o en el Perú es casi cuatro veces mayor que el correspondiente a Italia, país que disfruta la más variada de las avifaunas europeas. La diversidad de reptiles y anfibios americanos es por lo menos cinco veces superior a la de sus homólogos europeos.

Una biodiversidad excepcional

Algunas estimaciones fijan en 120 mil el número de especies de plantas con flores en América Latina y el Caribe; esta biodiversidad florística sería casi cuatro veces mayor que la detectada en el África tropical. La extensión boscosa correspondiente a las zonas tropicales de América Latina, incluyendo la todavía inmensa selva amazónica, representa casi la mitad de todos los bosques tropicales del mundo. Humedad y biodiversidad van a la par, y América Latina es la región con mayor promedio de humedad del mundo.

La responsabilidad de los países latinoamericanos como custodios soberanos de la porción tal vez más significativa de la biodiversidad del planeta es, pues, sin lugar a dudas, abrumadora. La conciencia de esta responsabilidad se despierta en el momento en que la región se encuentra en las peores condiciones socioeconómicas para enfrentarla.

Hay que replantear con urgencia la relación entre naturaleza y desarrollo.

En las últimas décadas, la diversidad de los recursos biológicos americanos ha sufrido una merma que, si se examina desde una perspectiva temporal adecuada, equivale a un fenómeno de extinción masiva de especies. En los últimos 30 años, los bosques y las selvas de la región han perdido una extensión por lo menos equivalente a la totalidad del territorio mexicano, cuya superficie cuadruplica la de nuestro país. En la región, los procesos deforestadores se han desarrollado durante la década pasada a tasas que se acercan a los 50 mil km² por año, que representan casi el 60 por 100 de la deforestación mundial. No parece que se pudieran rectificar en un corto plazo estas tendencias, cuya persistencia conllevará la desaparición en la década que ahora se inicia, de alrededor del 15 por 100 del acervo florístico que había logrado sobrevivir hasta ahora en esta región del mundo.

Por razones tal vez más culturales que científicas, la atención internacional se ha fijado sobre todo en la Amazonia, y en particular en su sector brasileño, cuyas selvas han perdido ya un 10 por 100 de su extensión inicial, según estimaciones recientes. La magnitud del territorio amazónico — la Europa de los Doce cabría completa en lo que Brasil definió como «Amazonia Legal» — y la intensidad de sus procesos de transformación ecológica y productiva justifican desde luego la preocupación mundial. Pero esta fijación amazónica por parte de la opinión pública occidental ha hecho olvidar otras situaciones, como la destrucción de lo poco que queda de la selva húmeda centroamericana, la progresiva desaparición de los bosques tropicales subhúmedos o la degradación de áreas con notables endemismos, procesos que comprometen al futuro biótico americano tanto o más que la deforestación amazónica.

La atención interanacional se ha fijado sobre todo en la Amazonia, olvidando otras situaciones tanto o más importantes

La drástica reducción de la biodiversidad constituye tan sólo la manifestación de un deterioro ambiental grave y generalizado, que con creciente intensidad compromete la calidad de vida de los propios latinoamericanos y cancela algunas de las opciones para su desarrollo.

Algunos mitos persistentes

La percepción de los procesos ecológicos latinoamericanos está plagada de mitos que todavía hoy dificultan su comprensión cabal. La opinión pública parece haberse desembarazado ya del antiguo mito de la supuesta fertilidad extraordinaria de las tierras del trópico húmedo, pero se sigue haciendo referencia a la función de la Amazonia como «pulmón del mundo», como si un ecosistema en equilibrio, degradado o no, pudiera proporcionar más oxígeno del que consume. La cuenca amazónica desempeña un papel muy importante como almacén mundial de carbono. No es despreciable su función energética en lo que respecta a la circulación general de la atmósfera, pero no provee de oxígeno al planeta, al menos desde que se estabilizó el crecimiento de sus formaciones vegetales. La quema masiva de su biomasa inyectaría en la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono, que agravarían todavía más el ya preocupante efecto de invernadero.

Otro mito persistente tiende a atribuir la progresiva destrucción de la selva a su aprovechamiento maderero. En América Latina, menos de un 0,5 por ciento de su extensión boscosa o selvática padece algún tipo de manejo forestal, sostenible o depredador. En la región, los bosques y las selvas se eliminan, lisa y llanamente, por considerarse un estorbo para una utilización alternativa del suelo subyacente. Además de perderse el recurso, que se transforma en cenizas, se pierden así las múltiples funciones ecológicas gratuitas que desempeñaban las zonas boscosas.

Algunos mitos persistentes contienen una pequeña parte de verdad. Este sería el caso de la supuesta función depredadora del sector más pobre del campesinado latinoamericano, obligado a agotar los recursos disponibles para no morirse de hambre. Convendrá aclarar que, si bien esta situación se ha manifestado en ocasiones, sobre todo a raíz de la crisis de los últimos años, los campesinos tradicionalmente suelen ser en América Latina muy respetuosos de las condiciones ecológicas que confieren sustentabilidad permanente a sus prácticas agroproductivas. Las arraigadas culturas campesinas resultan ser casi siempre mucho más ecologistas que cualquiera de las empresas modernizadoras del agro.

Un mito peligroso, que podríamos denominar «el mito del Arca de Noé», consiste en confiar en la posible eficacia de los sistemas de áreas naturales protegidas (parques nacionales, reservas de la biosfera, etc.) para preservar en su conjunto la biodiversidad regional. No existe una información actualizada al respecto, pero hacia 1988 las áreas naturales con algún tipo de protección oficial sumaban en todo el subcontinente sudamericano — excluyendo pues, Centroamérica, México y el Caribe — unos 643 mil kilómetros cuadrados, es decir cerca de un 3,7 por ciento de la superficie subregional considerada. Un conocimiento somero de los principios derivados de la biogeografía de islas permite que, aun en el supuesto de que se duplicara la extensión territorial protegida y de que los mecanismos legales de protección adquirieran una milagrosa eficacia, el futuro biológico de América Latina dependerá mucho más de lo que suceda fuera de las áreas protegidas que del manejo conservacionista de estas últimas. El mito del Arca de Noé resulta pernicioso en la medida en que parece suministrar una coartada para barbaridades fuera de las reservas establecidas, con el ilusorio pretexto de que «todas las piezas bióticas sobrevivirían en el museo de las áreas protegidas».

El naufragio de un modelo de desarrollo

En América Latina y el Caribe, como en cualquiera de las regiones del mundo «en desarrollo», las consideraciones medioambientales sólo tienen cabida en el marco del análisis de las perspectivas del desarrollo mismo. La indisolubilidad del binomio ambiente/desarrollo se refuerza en los tiempos difíciles que se viven en la actualidad. En efecto, a principios de la década de los años ochenta se desencadenó en América Latina una crisis que comenzó manifestándose en el ámbito financiero, pero acabó presentando los rasgos de una verdadera crisis de civilización. Esta situación crítica, que todavía no toca fondo, puso en evidencia la insustentabilidad del modelo de desarrollo que logró una implantación casi generalizada en la región al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Las tres décadas que antecedieron al desencadenamiento de la crisis actual fueron de una bonanza no por desigual y selectiva menos real. La crisis de los años ochenta ha dado un nuevo impulso a la miseria latinoamericana, tanto urbana como rural, y ha profundizado las antiguas desigualdades sociales. En los últimos años ochenta, se calculaba que algo más de 160 millones de latinoamericanos, es decir, un 40 por ciento de la población regional, se encontraba por debajo del umbral de la pobreza; de ellos, 60 millones de personas podían considerarse indigentes, es decir, incapacitados para cubrir con efectividad sus necesidades alimentarias.

La singular «Mariposa Monarca» es capaz de emigrar desde el Sur de Canadá hasta el estado mexicano de Michoacán, recorriendo 5.000 Km. a una velocidad entre 16 y 18 Km/hora con seis horas diarias de vuelo

La relación que se establece con tanta frecuencia entre el aumento de la pobreza y el deterioro ambiental o el desgaste de la base de recursos suscita un posible malentendido. Desde nuestro punto de vista, miseria y deterioro ambiental constituyen efectos paralelos e interactuantes, derivados de un mismo proceso de desarrollo deformante que ha mediado entre el medio social y el biofísico, en perjuicio de ambos.

Algunas visiones alarmistas cargaron el acento sobre los efectos destructivos de la crisis sobre el espectro de los recursos naturales de la región, en función de las nuevas presiones exportadoras. A pesar de cuatro décadas de sustitución de importaciones y modernización industrial, las materias primas siguen desempeñando un papel preponderante en las exportaciones latinoamericanas. Sin embargo, la condición de frecuente saturación de los mercados mundiales se ha encargado de evitar, por la vía del desplome de precios, la tentación de salir de la crisis a costa del saqueo de los recursos propios; el caso del petróleo resulta paradigmático al respecto. Incluso se podría pensar que la crisis del modelo de desarrollo podría haber dado un respiro a los recursos naturales, a costa de agobiar a los recursos humanos, en la medida en que obligó a archivar muchos megaproyectos destructivos y a congelar o limitar las inversiones depredadoras previstas.

La realidad de la crisis es bastante más compleja, y el enfriamiento forzoso de una orientación económica insostenible ha desencadenado también procesos que hipotecan el futuro de la región, entre los que cabría destacar el posible desmantelamiento de los incipientes sistemas de educación superior e investigación científica, así como el decaimiento generalizado de la infraestructura construida.

La nueva oportunidad de diseñar el futuro

La crisis obliga a replantear con urgencia los términos de la relación entre la base de los recursos naturales y los procesos de desarrollo, para conferir a estos últimos una sustentabilidad ambiental de la cual carecían. Por primera vez desde la crisis de los años treinta, aparece en América Latina la necesidad y la oportunidad de replantear su futuro, diseñando un modelo de desarrollo más racional y menos depredador que el actual.

La crisis del modelo de desarrollo podría haber dado un respiro a los recursos naturales a costa de agobiar a los recursos humanos

En el ámbito del ordenamiento ecológico del espacio rural, algunos rubros merecen una atención especial. Este sería el caso del alarmante proceso de ganaderización regional, que asume aquí la mayor cuota de responsabilidad en la destrucción de las selvas tropicales. Se estima que cerca de un 60 por ciento de la superficie regional está hoy sometida a algún tipo de utilización ganadera, generando conflictos por un uso del suelo del cual tienden a beneficiarse tan sólo los sectores urbanos más favorecidos.

Las áreas urbanas latinoamericanas, que protagonizaron en los años sesenta y setenta el crecimiento más dinámico que se haya registrado en el mundo, necesitan un replanteamiento urgente en función de un deterioro socioambiental sin precedentes, que afectará en el año 2000 al 75 por ciento de la población regional.

Hace falta una cooperación internacional

La región no contará con solución mágica alguna que provenga del exterior. Entre otros factores, las marcadas diferencias entre el conjunto de los sistemas naturales latinoamericanos y los de las regiones de mayor industrialización proscriben de antemano cualquier ingenua transferencia de modelos de otra índole. La superación de la crisis dependerá pues, sobre todo, de la inventiva y de los esfuerzos que desarrollen los propios latinoamericanos, pero la ingente tarea de diseñar un nuevo desarrollo que sea sustentable tanto desde el punto de vista social como ambiental, constituye un desafío que reclama la máxima confluencia de esfuerzos de cooperación internacional.