Los Estados Unidos y Cuba: ¿Qué nos depara el destino?

El propósito de este artículo es analizar algunos de los factores fundamentales que en el presente impiden un reacercamiento entre los Estados Unidos y Cuba, y sugerir adónde es posible que conduzcan.

Mark Falcoff

Las relaciones de los EE. UU. con Cuba, o mejor, la falta de ellas, durante casi treinta años ya, ha constituido una de las mayores anomalías de la historia de la diplomacia reciente. Es una situación todavía más paradójica a la vista del papel de Cuba como la nación latinoamericana más estrechamente alineada políticamente con los Estados Unidos y, también, la más profundamente influenciada por su cultura y el hecho de la proximidad geográfica. La revolución de Castro supuso una sorpresa total para la mayoría de los americanos (y, en su vertiente anti-americana, probablemente para la mayoría de los cubanos también); todavía más inesperada fue la entrada de pleno derecho en la alianza soviética, aunque una vez tomada la decisión de oponerse a los Estados Unidos en todos sus frentes, esto lógicamente -quizá inevitablemente sucedería.

Sin la guerra fría, por supuesto, ahora la revolución cubana sería un episodio más, olvidado en la historia de las relaciones EE. UU.-Latinoamérica, algo parecido al conflicto entre los Estados Unidos y el México revolucionario. La particularidad de Cuba, por supuesto, fue que su revolución no fue en contra (o incluso principalmente en contra) de los derechos de los inversores americanos sobre los yacimientos del subsuelo, sino el papel internacional de una pequeña isla caribeña (o mejor aún, de su dictador y sus seguidores). Al introducir lo que podía haber sido simplemente una cuestión bilateral dentro del conflicto mayor entre Este-Oeste, Castro se aseguró que el antagonismo tendría una extraordinariamente larga vida propia, y de hecho, tan larga que incluso hoy, con el declive de la guerra fría, ha to comunidad política). Este fue el caso respetado una razón independiente de sus orígenes.

Es verdad que, durante muchos años, no ha existido un consenso real entre los dirigentes de la política exterior americana sobre lo que hacer con Cuba. Ha habido diferencias de opinión considerables, por ejemplo, en la importancia estratégica efectiva de Cuba, en Centroamérica y en el resto del mundo, y por consiguiente sobre amenaza que representa para los intereses americanos; intensos debates además sobre los hechos del auténtico compromiso cubano en teatros específicos; y finalmente, si una política de «detente» podría no servir mejor los intereses americanos que una de aislamiento y hostilidad.

Pero el punto importante que un lector de política exterior debe considerar es que esta discusión tiene muy poco que ver con la misma Cuba. Al contrario, las preocupaciones se han resuelto en ideas discrepantes sobre cómo llevar la política exterior americana -la ruptura entre «liberales» y «conservadores», «halcones» у «palomas», entre defensores de la «conciliación y el diálogo» y partidarios del interés nacional- la cual comenzó durante la guerra del Vietnam hace ya más de veinte años y sólo ahora está empezando a aclararse.

Hoy, por supuesto, el ambiente en la política exterior de los Estados Unidos se caracteriza por un grado mayor de consenso del que ha habido en muchos años. No obstante, no es probable que beneficie a Fidel Castro. El que ofrezca esperanza para Cuba como una nación y un pueblo- depende, por supuesto, de acontecimientos cuyo resultado no se puede pronosticar actualmente.

Antes de enjuiciar las relaciones cubano-americanas, para una audiencia española podría ser útil comenzar comentando aquí que en la práctica diplomática americana ningún país posee el derecho automático al reconocimiento. Es cierto que la mayoría de los países son de hecho, reconocidos, incluyendo aquéllos cuyo gobierno es desaprobado de corazón, por los Estados Unidos (o de todos modos, por una gran parte de su to a la España de Franco y el Portugal Salazar en los cincuenta y los sesenta, y, más recientemente con Sudáfrica y Chile. Obviamente, la desaprobación no se puede ejercitar con naciones grandes tan fácilmente como con las pequeñas, pero tal vez valga la pena recordar aquí que, incluso así, no hubo intercambio de embajadores entre la Unión Soviética y los Estados Unidos entre 1919 y 1933, o entre la República Popular de China y los Estados Unidos entre 1949 y 1978. Además de Cuba, los EE. UU. actualmente no mantienen relaciones con Libia, Vietnam y Kampuchea; por el contrario, jamás ha reconocido la «transferencia» de las repúblicas bálticas a la Unión Soviética (las tres mantienen «embajadas» fantasmas con Washington).

En el caso de países en desarrollo, el asunto de la desaprobación política es una cuestión particularmente sensible, porque el reconocimiento de los EE. UU. casi inevitablemente transmite una serie entera de especiales beneficios comerciales, así como intercambios educacionales, misiones de ayuda, y así sucesivamente. (En teoría no existe ninguna razón por la cual esto debería ser así necesariamente, pero así son las cosas; es la razón principal por la que muchos países -particularmente países africanos en los que los Estados Unidos no tienen un interés predominante- se salen de la norma al mantener sus misiones en Washington). Desde la perspectiva americana, a menos que uno esté preparado para acreditar algo más que un frío intercambio de notas diplomáticas, es mejor no abrir una embajada en absoluto.

Más aún, en lo que al asunto de la desaprobación política se refiere, la posición de Castro respecto al ciudadano americano probablemente nunca haya estado más baja. Por supuesto, en los Estados Unidos Castro jamás ha sido auténticamente popular (excepto en los primeros días de su régimen, cuando su ideología verdadera no había sido revelada aún), aunque a través de los años ha ejercido cierta fascinación en políticos individuales, figuras de la cultura, periodistas, y clérigos. Durante los rebeldes años sesenta, Castro representó la última figura anti-autoritaria, y, durante un período breve en la década siguiente (cuando «revolucionario» en los regímenes del Tercer Mundo era el máximo de la moda cultural en los Estados Unidos y en otras partes), Cuba se convirtió en el centro de peregrinaje político.

El cambio crucial para Castro no ha sido tanto en el ambiente político de los Estados Unidos el cual, obviamente, se ha vuelto considerablemente más conservador en los últimos diez años- sino en la idea de Cuba sostenida por la comunidad cultural americana y la intelectualidad liberal, cuyas opiniones se filtran a los medios de comunicación y a las instituciones de gobierno. En una palabra, los aspectos represivos del régimen cubano, son ahora generalmente conocidos, y Castro ya no es objeto de admiración por parte de intelectuales y artistas «progresistas». Su decadencia con este sector clave empezó probablemente con el caso Padilla, que se difundió ampliamente en publicaciones literarias, y continuó con el éxodo del Mariel en 1980, la situación en deterioro de los derechos humanos en general, las películas de Néstor Almendros (particularmente Conducta impropia), la publicación de Contra toda esperanza, de Armando Valladares, y para colmo, la negativa de Castro a seguir el camino de Gorbachov en la reforma económica y política.

Esta desilusión es evidente en muchas áreas: el apoyo, por ejemplo, a Radio Martí (y ahora TV Martí) por prestigiosos líderes liberales en la política americana, como los senadores Edward Kennedy, Christopher Dodd y John Kerry; el deseo de editoriales mayorquinas en publicar literatura de escritores cubanos disidentes; un informe muy crítico de los derechos humanos en Cuba por la organización liberal de izquierdas Americas Watch, y, recientemente, el análisis devastador del juicio del general Arnaldo Ochoa en The New York Times Book Review, por Julia Preston. Este artículo, que sugiere que Ochoa fue ejecutado no por tráfico de drogas sino por conspirar un cambio político en Cuba, fue escrito no por un periodista emigrado a Miami, sino por la antigua corresponsal de The Washington Post en Centroamérica, y publicado en lo que correctamente es considerada como el órgano de la izquierda intelectual en los Estados Unidos.

Si el ambiente político e intelectual es desfavorable para Castro, así, también, lo es el económico. La mayoría de las compañías americanas que perdieron propiedades en Cuba, hace ya mucho que se arreglaron con sus compañías aseguradoras y han desechado sus pérdidas. No hay esperanzas en el lobby de corporaciones americanas interesadas en reclamar propiedades en Cuba, o con ansias de comenzar un negocio allí. Ni tampoco los americanos quieren ni necesitan nada que Cuba tiene o produce -ni verduras de invierno, ni las playas, ni la exportación más importante antes de 1959, azúcar.

La cuota cubana en el mercado americano hace ya mucho que se ha dividido entre otros países latinoamericanos y las Filipinas. Mientras tanto, el azúcar mismo se ha convertido en algo parecido a una droga en el mercado mundial, e incluso la compra a los países más o menos favorablemente colocados en la política (El Salvador, las Filipinas) está siendo no obstante reducida a medida que el consumo americano continúa bajando. Y finalmente, Cuba ya no representa un potencial mercado importante para las exportaciones americanas, ya que su nivel de vida es varias veces más bajo que en 1959, y ha agotado todas las fuentes de crédito comercial occidentales.

Incluso la base de la Navy en Guantánamo no es necesaria para los Estados Unidos, ya que en principio se construyó para abastecer un tipo de navío que ya no existe, y con toda probabilidad será abandonada, esté o no Castro, cuando el tratado existente expire en el año 2000 (al extremo que Guantánamo se podría ver adicionalmente como una base desde donde proteger los accesos al Canal de Panamá, que, también, será menos relevante después del año 2000, cuando el Canal y su zona adjunta se devuelvan en su totalidad al gobierno de la República de Panamá, como lo acordaron los tratados Carter-Torrijos de 1978).

El incentivo negativo para «dialogar con Castro», a saber, el intentar persuadirle para que desista de su papel como paladín de la revolución en el hemisferio occidental, del mismo modo está desapareciendo. La razón es obvia: Castro ya no representa una amenaza seria para los intereses americanos en Latinoamérica. La respuesta americana a la revolución cubana hace treinta años, fue dictada principalmente por temores políticos, en este caso, a que ciertas variantes del nacionalismo latinoamericano podrían ser utilizadas para los intereses soviéticos en el hemisferio occidental; eso, y la idea de que la revolución cubana se podría extender a otras partes de la región, de nuevo, con implicaciones importantes en el conflicto Este Oeste. En otras palabras, lo que Washington temía en 1959 y 1960 no fue Castro, sino el castrismo -la posibilidad de que el imperio soviético adquiriera nuevos estados por medio de guerrillas latinoamericanas sustitutas del Ejército Rojo. Hoy es fácil ver en qué medida se exageraron estos temores en aquel tiempo: pero una lectura atenta del manual de la guerra de guerrillas de Ché Guevara parecía justificarlas, como también lo hizo las actividades de misiones cubanas y centros de espionaje en el extranjero.

Sin los soviéticos, sin embargo, el «castrismo» se convierte en nada más que una doctrina política bastante desagradable (una combinación de personalismo, fascismo, y una economía de dirección centralizada, algo parecido al sistema de la Rumania de Ceaucescu) practicado en este caso por el gobierno de una isla caribeña. En cuanto a la izquierda armada en Latinoamérica, sus perspectivas actuales son algo menos brillantes, e incluso si ése no fuera el caso, los Estados Unidos ya no tienen una razón convincente para preocuparse sobre la orientación política de cualquier país latinoamericano con la posible excepción de México, el único país de la región cuya soberanía Castro (por razones propias) siempre ha respetado.

Todo esto sugiere que las relaciones de los Estados Unidos con Cuba no tienen ningún futuro, y probablemente no lo tengan, al menos tan lejos como podemos ver en el presente. Ciertamente éste será el caso mientras el mismo Fidel Castro esté a la cabeza del poder, ya que el dictador -que ahora está alcanzando ese punto en la vida de un hombre cuando debe considerar sus hazañas- ha llegado a ver su papel histórico en términos puramente negativos. En este caso, es el haber liberado a Cuba de su dependencia de Estados Unidos. Una vez aceptado esto como un justificante suficiente para todo, no queda nada por discutir. Este por ejemplo, es un extracto de un intercambio entre Castro y un periodista cubano transmitido recientemente en la televisión de allí:

Periodista. «Tal vez pueda decirnos también qué condiciones pone Cuba para la normalización de las relaciones. Ellos no son los únicos que imponen…»

Castro (interrumpe). «No nos importa a nosotros. Todo es un problema de hipocresía y una mentira. No hay nada honrado en ello. No nos creemos nada. No esperamos nada de los imperialistas, no queremos nada de ellos (golpea la mesa una vez). Todos tenemos que esperar sólo cosas de nosotros. Tenemos que creer en nosotros mismos.»

Las declaraciones recientes de Castro en sus visitas a Ecuador, Venezuela y Brasil sugieren, de hecho, que está volviendo al nacionalismo continental latinoamericano del cual se salió con objeto de convertirse en marxista-leninista. Esto se debe en parte, sin duda, al colapso de la idea marxista en Europa del Este y su atenuante radical en la Unión Soviética, pero también representa un intento por hallar para sí mismo un lugar nuevo en el escenario mundial. Por ejemplo, en Brasil dijo recientemente a los entrevistadores de televisión:

«Hemos dicho muchas veces que el problema número uno de América Latina no es la construcción del socialismo. El problema número uno en América Latina es la independencia y la soberanía de los países latinoamericanos…»

«Si no unimos nuestras fuerzas… no tendremos ningún futuro en el año 2000… volveremos a ser indios… Aunque nos pongamos trajes, aunque nos pongamos ropa, y tengamos unas pocas cosas modernas, los Estados Unidos nos tratan como indios. Cualquiera que esté informado sabe el tipo de relaciones que los EE.UU. han desarrollado con América Latina. Nos desprecian… ni siquiera se acuerdan de nosotros».

Esta es la voz de un Fidel Castro joven que pilló a Latinoamérica por sorpresa en 1959, ahora con un filo ligeramente más malévolo, y tan intransigentemente antiamericano como para desechar toda posibilidad de diálogo. La diferencia es significativa; en 1959, a pesar de todas su críticas a los Estados Unidos, solicitaba un ambicioso programa de ayuda económica para la región; hoy aconseja a los latinos que corten sus lazos con los Estados Unidos juntos y creen su propio bloque económico. De nuevo, en el contexto actual éstos no son ideales que con probabilidad vayan a asustar a los Estados Unidos, pero claramente establecen que Castro no desea, y probablemente no pueda permitir, normalizar las relaciones con los Estados Unidos. (Como dice el embajador Vernon Walters, que ha tratado con él frecuentemente: «No tenemos nada que quiera; si tuviéramos unas relaciones normales con él, no sería de mayor relevancia en el mundo que el presidente de la República Dominicana»).

Por supuesto, el mismo Castro no es eterno, y algún día otro líder cubano estará en su lugar. Una vez que esto ocurra, ambos países tendrán que echarle otro vistazo a su relación, o mejor, a su relación, o mejor, a su «no-relación». Pero esto podría tardar veinte años más; los dictado- res tienen una duración notablemente larga, y un Castro de ochenta y uno u ochenta y dos años gobernando Cuba todavía no es, de ningún modo, algo impensable. Además, la sucesión establecida con el hermano de Fidel, Raúl, jefe de las fuerzas armadas cubanas, el siguiente en la línea por el poder- no inspira mucha confianza en las posibilidades de aplicarse allí el «pensamiento nuevo» de Gorbachov. Esto es así porque se sabe que Raúl es mucho más estalinista que su hermano, y con razón carece de cualquier atractivo político independiente propio.

Presumiblemente, la actual línea de sucesión se podría romper con algún acontecimiento inesperado -un asesinato, o un golpe de palacio-. Pero el mismo Castro obviamente lo ha pensado, y ha tomado precauciones para prevenir cualquiera de los dos. Además, la mayoría de las personalidades con posibilidad para desafiar su liderazgo o están muertas (Camilo Cienfuegos, Ché Guevara, general Arnaldo Ochoa) o están en el exilio (Huber Matos, general José del Pino). De hecho, la mera proximidad de la isla a los Estados Unidos, y el fácil acceso que cualquier desertor de alta graduación tiene (a los EE.UU.), provee automáticamente de una ruta conveniente para escapar, la cual elimina al mismo tiempo la perspectiva de un desafío serio al sistema desde dentro.

Las posibilidades de una versión cubana glasnost bien sea bajo otro líder, son en cualquier caso problemáticas

Las posibilidades de una versión cubana de la glasnost, bien sea bajo Castro o bajo otro líder, son en cualquier caso bastante problemáticas. No hay aspectos especiales en la relación cubano-americana que hagan pensar en suave una transición dulce más difícil que lo que podría ser en otras partes del mundo socialista. Considerando, por el contrario, la situación en Europa Oriental: Polonia, Alemania del Este y Hungría no se convirtieron en países socialistas porque quisieran evitar el caer en, digamos, la esfera de la influencia alemana. El punto de la reforma allí fue (y es) eminentemente político y económico en vez de cultural. El caso de Cuba está complicado por la incompatibilidad de una reforma política y económica con el propósito de Castro de independencia total de los EE.UU.

En otras palabras, la única manera que Cuba tiene de preservar su aislamiento de la influencia americana, es mantener su economía de dirección centralizada y su represivo aparato policial. La glasnost, en cualquier forma, amenaza con socavar el sistema, que está basado en el racionamiento, la escasez, y la disciplina militar; una mayor libertad de movimiento es posible incluso que lleve a un nuevo éxodo de cubanos a los Estados Unidos. Como mínimo, representa una amenaza a la moral del régimen, y también a la razón fundamental de su misma existencia. Una vez comience el progreso, no se puede decir dónde podría parar. Castro reconoce el hecho y, desde su estricto punto de vista propio, su rigidez permanente tiene sentido.

Guantánamo ya no es necesaria para los Estados Unidos y con toda probabilidad será abandonada

Hay otra diferencia por la que Cuba no se parece a Europa Oriental, y es la existencia justo al otro lado del Estrecho de Florida de una comunidad de emigrantes numerosa, bien organizada y próspera centrada en la ciudad de Miami y en sus alrededores. En la prensa americana ha habido recientemente mucha especulación sobre el posible papel que esta comunidad podría desempeñar en una Cuba post-Castro, y de hecho han circulado incluso algunos informes de que se está formando allí un nuevo gobierno en el exilio (pero con planes para regresar pronto a la isla).

La mayoría de los observadores consideran estas expectativas cuando menos prematuras. Ciertamente desde el punto de vista de los recursos económicos, la existencia de esta comunidad podía ser de bastante importancia en una Cuba post-Castro. Pone al país en una condición mucho más favorable que Panamá, Nicaragua o El Salvador, en realidad, que la mayoría de los países latinoamericanos, en el sentido de que por sí misma podría disponer de un fondo privado para la reconstrucción, en vez de tener que competir con Europa del Este, etc., en el Congreso de los Estados Unidos. También tendría una comunidad política bien organizada en posición de presionar para la restauración de al menos la antigua cuota cubana en el comercio de los EE.UU.

Por otra parte, la mayoría de los niños cubano-americanos no tienen recuerdos de la isla, y tampoco deseo de regresar allí (excepto de visita). Por lo tanto la idea de un desplazamiento en masa de la población (o para este asunto, la transferencia de las clases dominantes) no parece probable. Pero de nuevo, Castro no se equivoca al ver su propio régimen amenazado por esta gente, y el mundo de prosperidad que representan, o incluso más, su capacidad obvia para negociar un nuevo entendimiento entre su viejo país y uno nuevo.

A la luz de la reducción reciente de la ayuda de Europa Oriental a Cuba (y la posibilidad de que la URSS siga eventualmente el mismo camino muchos analistas políticos han comenzado a especular si es posible que el régimen de Castro se colapse por la falta total de recursos. Ciertamente, el propio Castro ha sido franco con su pueblo sobre las perspectivas severas que afrontarán en el futuro; al mismo tiempo, ha extendido la posibilidad de una represión intensificada para los disidentes. Por otra parte, la supervivencia política del régimen jamás ha estado condicionada por el éxito económico; de haber sido así, habría desaparecido hace tiempo. Por supuesto, nadie conoce con exactitud cuál es el nivel de tolerancia del pueblo cubano; ¿se les puede comparar con Rumania o Corea del Norte? Es un problema interesante de ciencia política que lleva a valiosas consecuencias humanas. Uno sólo puede esperar que se resuelva pronto, y para el beneficio del pueblo cubano. A uno no le gusta la perspectiva de que Castro se convierta en lo que ya le ha llamado el ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias: «El Kim II Sung del Caribe».

El porvenir, entonces, de la relación cubano-americana es prácticamente el mismo de hoy. Si hay un cambio de liderazgo, o en la naturaleza del régimen (es difícil imaginar lo uno sin lo otro), entonces por supuesto, otros muchos factores entrarían en juego-la historia, la geografía y la existencia de una enorme comunidad cubana en Florida del Sur-. Incluso así, la nueva Cuba cualquiera que sea su configuración política real- tendría que competir con Panamá, Nicaragua, El Salvador y otros países de la cuenca del Caribe en el proceso de pérdida de interés norteamericano en toda el área. Por lo tanto, la revolución cubana, un drama que alcanzó su punto más alto con el enfrentamiento nuclear entre las dos grandes superpotencias, puede terminar eventualmente de una forma bastante banal. Pero hasta que su protagonista abandone la escena, podemos esperar que el futuro de las relaciones cubano-americanas continuará en su mayor parte recordando al pasado.