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Ver productos1 de junio de 1990 - 22min.
El teniente de «El Poder y la Gloria» ahogado por el calor tropical pensaba con tristeza en el enfriamiento que habrá de sobrevenir cuando el sol, al quedarse sin aliento, se extinguiera. El final de un sistema físico consiste precisamente en eso, en la entropía, en el «todo igual», todo insignificante. Nos hallamos en un punto de la cosmogénesis en el que pensamos que el riesgo no es inmediato y que la humanidad habrá desaparecido ya cuando el sol, dentro de cinco mil millones de años y antes de convertirse en una «enana blanca», entre en una fase de excitación tal que, si todavía estuviéramos en la tierra, literalmente nos asaríamos, para helarnos enseguida después y hundirnos en las noches. Los riesgos que nos amenazan son a plazo notablemente más corto.
A plazo más corto, y desde un punto de vista menos estrictamente occidental de lo que puede creerse, me siento tentado a evocar, entre otras varias, tres cuestiones que enfrentan a nuestro destino con nubarrones de naturaleza y dimensiones muy diferentes: las sacudidas del mundo islámico, el proceso iniciado en el mundo comunista y -una amenaza verdadera- la implosión demográfica planetaria. Si ésta se prolongara siguiendo las tendencias actuales, conduciría prácticamente al fin del fenómeno humano hacia el año 2450, según cálculos míos de 1979, confirmados por Jean Bourgeois-Pichat en 1988. Salvo que una catástrofe, en el sentido que dan al término los matemáticos (los griegos decían metanoia), destruya a tiempo las estructuras de la implosión y nos dé una nueva oportunidad, que es la hipótesis más verosímil. La demografía, en efecto, no es más que una consecuencia de lo que pasa en nuestros cerebros. La única referencia que cuenta es la referencia a Dios.
El comunismo y el islam es lo que está más cerca. Los sistemas comunistas no son más que una perversión del sistema occidental. Raymond Aron lo había analizado con pertinencia. Estaba pensando en un Marx del que nos ha privado la muerte. Lo sorprendente no es la reacción ante el elevado coste de la revolución industrial en su fase de despegue. Si a la larga la ventaja es enorme, en lo inmediato el crecimiento se paga. De ahí la idea de romper el mercado y de controlar los flujos de recursos mediante un sistema burocrático centralizado. El sistema establecido en Rusia es tan absurdo, tan contrario al buen sentido y a la experiencia, y su fracaso global tan aplastante que uno se pregunta cómo ha podido crear ilusiones en el Oeste. Porque donde no ha producido ilusión nunca es donde detenta el poder de sumir a la gente en la miseria y en la esclavitud.
Un conjunto de razones históricas -los agravios por las insoportables injusticias de algunos momentos del siglo XIX, las heridas de dos guerras y la intolerable aberración nazi en el curso de la segunda, más una hábil utilización de estas listas de agravios- es lo que explica lo inexplicable. Lo inexplicable no es el mantenimiento y la penetración de lo irracional por la fuerza de la policía y del ejército, por la propaganda, la pereza, la impunidad y la deseducación. Lo que resulta difícilmente explicable es que esas mentiras hayan podido ser creídas por un sector de intelectuales que tenían acceso a todas las fuentes de información. Ahí es donde reside el misterio insondable de una estupidez que es la única cosa conocida que es capaz de dar una idea de lo infinito. Hasta el punto de que los que se contaron entre los primeros intoxicados desintoxicados se han encontrado sin salida dentro de la ratonera de un viaje sin retorno.
Nunca hay que decir jamás y nunca hay que decir siempre. El sistema comunista está quebrantado. Y todavía hay más: a los que habían apostado por los satélites, por la palabra, por la imagen…, y por el «gap» tecnológico no les ha faltado razón. Solamente les ha faltado razón al omitir al mayor desestabilizador del comunismo, Dios, que, aparentemente, está con mejor salud en el Este que en el Oeste, dentro de la tradición cristiana.
¿Quién podría dejar de alegrarse, aunque fuera tímidamente y con prudencia, ante lo que no es más que un retorno a la razón, al derecho, a un principio de sumisión a la soberana y hermosa naturaleza de las cosas? Pero uno puede alegrarse y temer. El debilitamiento del aparato comunista y la reducción de la amenaza ponen a prueba el deteriorado sistema inmunitario de Occidente.
El aparato comunista introducía una oposición, un quiasmo, en el mundo industrial y técnico. Esta oposición puede volver a producir una tensión entre un polo de crecimiento rápido y una periferia que arrastra los pies, entre los que arrastran y los arrastrados.
La debilitación del aparato comunista, la reducción de la amenaza, pone a prueba el sistema inmunitario de Occidente.
No se ha terminado de hacer la suma de los estragos. En el momento de la descolonización, esta tensión ha anticipado, ha precipitado por demagogia veinte, treinta y hasta cuarenta años al deseable curso óptimo de las cosas. El actual deterioro de África es un regalo indirecto de esas tensiones envenenadas. Incluso China, que no ha sido nunca verdaderamente comunista, sin la revolución cultural no se habría visto tentada por el autogenocidio planificado del hijo único obligatorio, un crimen al lado del cual todos los maestros de la materia, todos los Landrús de la política han sido inocentes monaguillos.
Ciertamente no hay que lamentarse. Hay que constatar, sin embargo, que el retroceso del aparato comunista comporta el riesgo de un aumento de entropía en dirección a un mundo que de momento no es capaz de reproducirse, el de la ideología soft del hedonismo del instante.
Afortunadamente queda el islam para dar miedo. Son mil millones, lo reconozco, y serán muchos más mañana, porque en este punto y hora el mundo musulmán es el único que sigue reproduciendo la vida. Después de la deserción de la América latina, del África negra amenazada por la pandemia del «sida», no hay más que esta «media luna» para hacerse cargo de los continentes enfermos.
¿Sobre qué fundamentos se apoya la inevitable potencia del islam? Es la potencia del número. Un hecho único en la historia va a ser que en menos de veinte años y nada puede ya impedirlo- habrá en el mundo más musulmanes que cristianos de todas las confesiones y de todas las tradiciones olvidadas juntas: dos mil millones frente a mil doscientos o mil trescientos.
El fulgurante éxito de la conquista árabe-musulmana no ha dejado nunca de causar asombro. En cuarenta años cayó la mitad de la cuenca mediterránea, el viejo corazón del mundo inteligente. ¡Qué diferencia con la moderada lentitud del cristianismo en sus principios! Es cierto que la expansión del islam, a diferencia de los primeros siglos cristianos, estuvo asociada a una conquista. En relación con los «débiles» imperios bizantino y sasánida, la conquista árabemusulmana procedió como la «Conquista» hispánica de América en el siglo XVI, mediante la decapitatio et captatio de poderosas estructuras preexistentes. Añádanse las dificultades religiosas y el combate duro y a veces doloroso entre la ortodoxia (Trinidad y dos naturalezas) de los griegos y el monofisismo de las poblaciones semitas del Imperio. Era como si la teología de la presencia de lo Trascendente en la inmanencia de la Encarnación repugnara a los que habían sido los primeros, y por mucho tiempo los únicos, portadores del mensaje religioso central de la Trascendencia. ¿Y si el califa se mostraba más clemente que el basileus?
El islam es, por naturaleza, más rígido que el cristianismo, pero también más fácil de asimilar
Vladimir Soloviev veía en el gran retroceso del cristianismo bizantino menos exceso de celo que desazón y concesiones. En el momento en que Heraclio trata de reconciliar ortodoxia y monofisismo en un monoteísmo, es cuando las poblaciones monofisitas se inclinan por el invasor. «Se quería… reconducir a la unidad al Egipto y al Asia, pero Egipto y Asia prefirieron la afirmación árabe al artificial expediente bizantino».
El islam es por naturaleza más rígido que el cristianismo y también más fácil de asimilar. La presencia de lo Trascendente, que el cristianismo ve realizada en la persona de Cristo, el islam la obtiene por medio de la letra increada del Corán. Por eso el Corán no puede ser objeto de una exégesis simbólica como la Biblia. El islam introduce un orden político y religioso original. Al principio funda una comunidad de fe, inicialmente árabe, en la que reina la igualdad de derechos entre los creyentes. (Un poco más ventajosa para los árabes que dominan la lengua del Corán, es decir, la única lengua en que es posible dirigirse a Dios). No hay que exagerar la intolerancia, de la que no están exentos los cristianos en régimen de cristiandad, ni la igualdad de derechos entre los creyentes de las tres religiones del Libro. «De hecho, hay tres desigualdades fundamentales que estructuran las sociedades islámicas: la del amo y del esclavo, la del hombre y la mujer, la del creyente y del no creyente», dentro de un sistema que no ha podido hasta ahora concebir ni aceptar la distinción entre los dos reinos (una musulmana, por ejemplo, no puede casarse con uno que no sea musulmán). Hay que partir, pues, de dos sumisiones que se compendian en una sola: sumisión al conquistador y a la regla social y religiosa del islam.
Esta regla gobierna la relación con el exterior. La cruzada es un accidente, un momento. La Yijad, la guerra santa, es la forma normal de relación con los infieles, aunque la práctica pueda aconsejar prudencia. Se ha podido observar que es en el seno de un movimiento europeo salido de la Ilustración, o sea de valores cristianos aunque laicizados, «cuando el mundo musulmán podía esperar hallar el inasequible secreto del poder occidental sin comprometer por ello sus creencias y tradiciones religiosas». Pero, ¿acaso el islam tiene el talento prometeico de robar el fuego sin quemarse?
«La impotencia del islam para adueñarse de ese poder» de que tienen el secreto los occidentales «se explica por la potencia misma del islam». «Ya en vida de su fundador el islam era el Estado.>> Lo que la cristiandad llega a ser difícilmente y de modo provisional, el islam lo es de golpe, desde el principio de su historia. Se comprende, pues, que un hombre haya podido dividir su vida entre una primera fidelidad a Stalin… y después una segunda al islam. A este le faltan el pecado original y las causas segundas… El Dios creador cristiano concede al hombre el don de la suprema dignidad, que es el de ser una libertad creadora, prolongación de la libertad originaria, absoluta, creadora de Dios su creador, pero que es capaz de oponerse a ella.
A la angustiosa pregunta de ¿cómo es posible, y de hecho ocurre, que el infiel sea el más fuerte?, se responde que «Dios, queriendo poner a prueba momentáneamente a sus fieles, ha dado la tierra el rumí pero nos ha dejado a nosotros el cielo». Es la bendita quiebra que puede permitir un momento de fructuosas cohabitaciones, en tanto que el que no puede pretender el cielo sepa que su legitimidad proviene de su fuerza y que la conservará sin complejos para actuar según un principio de justicia. La manifiesta violación de la justicia y la debilidad desencadenarán así y con el mismo título la ruptura conflictiva. La violación de la justicia y el complejo de autoculpabilización del Occidente han sido de modo sucesivo causa de los conflictos de ayer, de hoy y, por algún tiempo todavía, de mañana. Naturalmente siempre pueden producirse encuentros apaciguadores en la cumbre.
El islam fue percibido ayer en Occidente como el aliado objetivo de las fuerzas de la izquierda, mientras lo que éstas trataban de combatir era lo que recordaba y servía de fundamento a la tradición judeo-cristiana en los campos de la cultura, de la sociedad y del Estado, es decir, lo que ha constituido nuestra identidad y ha asegurado nuestro éxito. El frente táctico común de la izquierda atea y de la izquierda cristiana, social y mística en tiempos de los «viajantes» de la descolonización, se ha disuelto. Hoy la izquierda atea militante se inquieta al comprobar que el islam era algo que ellos habían ignorado y a fortiori algo que ellos no pueden comprender ni amar, a saber, el islam, fuerza social y fuerza espiritual capaz de coherencia y con un fuerte potencial de reacción. La ignorancia puede resultar huraña y la estupidez militante. Se ven aparecer extrañas coaliciones. El miedo al islam pudo ser visto como un factor momentáneo de débil cohesión en el Occidente de la ideología soft, con los ojos tapados y algodón en los oídos.
A los que temen —los más valientes en público y los más numerosos en el fondo de su corazón— una Europa occidental cubierta el día de mañana de una invasión de mezquitas, yo les respondo, ¡ay!, que yo no creo que tengan que temerlo.
Esta observación conduce al peligro más grave, al único peligro que de verdad amenaza realmente a esta bella aventura comenzada ayer que todavía no ocupa más que algunos minutos del tiempo cósmico, el peligro de la implosión generalizada.
Los largos plazos permiten la previsión. Es difícil ser hipermétrope en un mundo miope. El riesgo de una implosión existe en Occidente desde 1960. El vuelco total se produjo en 1964. Hace un cuarto de siglo que algunos tratan de burlarse de mí, porque anuncio, como una cosa segura, lo que hoy es ya visible y que se producirá mañana.
La inversión que rompe todas las amarras con el pasado de sociedades enteras a las que se ha arrojado por debajo del umbral absoluto de la falta de reemplazo (menos de 2,1 hijos por mujer) es irreversible. El umbral de reemplazo de la población está en 2,1 hijos por mujer.
17 millares de nacimientos (1.988 a 2.400, 2,1 hijos por mujer fértil), se produjo en 1967 en Alemania y se extendió en siete años al conjunto del mundo industrial.
Tengo a la vista un sorprendente texto de Charlotte Höhn, directora del Bundesinstitut für Bevölkerungsforschung. Leyéndolo, se comprende inmediatamente cómo el mayor autogenocidio de la historia ha podido perpetrarse sin que nada turbe el sueño de nadie. «La República Federal de Alemania, se nos dice, es un país pionero en materia demográ- fica. Entre 1972 y 1986 ha mostrado la fecun- didad más débil del mundo (enseguida, aña- do yo, Italia se puso por delante y Portugal y España casi a la par), con un indicador co- yuntural del orden de 1,5 en los años 1970, un mínimo de 1,28 en 1985 y una ligera re- cuperación a partir de entonces (1,4 en 1987).» Alemania muestra el camino. El mundo entero, en Europa y fuera de Europa, va detrás marcando el paso detrás, incluso Italia se adelanta. Nótese que este camino es el de la extinción total de la especie en cuatro siglos. La pequeña oscilación de 1987 ha sido objeto de tantos comentarios como la caída anterior de 2,5 a 1,28. «Este retroceso no constituye más que una segunda acelera- ción secular que se esbozó, además, en Euro- pa durante el último cuarto del siglo XIX.»
Difícilmente se puede retorcer más eficazmente la verdad en tan pocas palabras, con tanta tranquilidad. Aunque sea accesorio, hay que preguntar por qué el último cuarto del siglo XIX. En Francia la desaceleración comienza en el segundo cuarto del siglo XVIII. Y es de un carácter completamente distinto. Hasta el fatal vuelco posterior a 1964, los demógrafos pueden hablar de transición, es decir, de un movimiento perfectamente sano de alineación progresiva de un cierto retroceso de la fecundidad con el de la mortalidad.
Este movimiento es totalmente diferente del que se produce por todas partes a partir de los años 1967-1969 y 1972-1975 una vez que se ha franqueado el listón de la total no reproductibilidad (2,1 hijos por mujer). A partir de ese umbral ya no hay convergencias, sino que entran en divergencia todas las curvas. Se produce en ellas un bucle implosivo, que muy pronto es irreversible y no autorregulable. Al actual ritmo europeo, con el que van camino de alinearse por bloques sucesivos y muy rápidamente los demás mundos, la autoeliminación de la humanidad en cuatro o cinco siglos se encadena en un movimiento que hace pensar en el destino de una estrella, de la supernova de agujero negro. Nosotros lo habíamos entrevisto en 1978 y 1980. Jean Bourgeois-Pichat lo ha calculado con más precisión, en 1988.
El caso de la señora Charlotte Höhn no es una caricatura, sino que es representativo de la ideología de «Morgen ist auch ein Tag». ¿Cómo la información, cuando es tan sesgada, puede ser transmitida y aceptada por sabios de esta categoría con un nivel de representación oficial, en el sentido de los deseos tanto del microcosmo de los «medios» como de una gran parte del cuerpo social?
Por otra parte, el sistema de los «medios» no hace más que reforzar una corriente muy poderosa, lo que los españoles llaman «llevar hierro a Vizcaya». Durante largo tiempo, nuestras sociedades, con sus valores cristianos filtrados por la Ilustración, se han proyectado en el sentido de la duración, orientándose como con avaricia hacia el futuro. Para combatir mejor la incoercible angustia de la muerte, asociaban la esperanza cristiana con el viejo sentido tribal de la continuidad de los linajes: ver a los hijos de sus hijos y saber que después de uno el hogar, (el «ostal» se dice en la lengua de oc), la patria, en una palabra, que fue la tierra amada de los padres, será la de los hijos. La prueba que sufrió el patriarca Abraham es la peor de las perspectivas, morir sin descendencia. Cuando la espera cristiana del presente eterno en la luz (la visión beatífica) se envolvía en brumas, cuando la fe sobrenatural vacilaba, quedaba esa esperanza grosera, terca, de una vida cómodamente asentada en la sucesión de las generaciones.
Las sociedades postindustriales creen asegurado su porvenir material. Deja, por ello, de estar en juego. Se ha recorrido el camino en sentido inverso. Del primer guijarro partido por un hombre hasta el día de ayer, el instante vivido había conquistado la duración. Ahora, de golpe, la duración se ha reflejado sobre el instante. Lo que cuenta es el disfrute de este instante. La información televisada no va más allá; infantiliza la duración y la desarticula en una polvareda de instantes. ¡Qué importa el 2020! La demografía de la señora Höhn es una demografía de adultos que calculan las primeras anualidades de sus pensiones; la que nosotros proponemos es una demografía de padres cuidadosos del porvenir de sus hijos: se comprende sin dificultad que no tiene ninguna posibilidad de deslizarse entre las redes capilares del gran complejo de los «medios».
Añádase, además, que no votan los niños ni a fortiori los fetos, sino los ancianos, los retirados de todas clases cada vez más numerosos. Philippe Bourcier de Carbon, uno de los mejores demógrafos franceses, al que se mantiene apartado por su independencia de espíritu y su preocupación por el bien común, en un libro implacable, irónico y sabio, demuestra cómo todo el sistema social se ha inclinado por los ancianos con detrimento de los niños, que son los más jóvenes, y funciona en provecho de ellos. Con una suerte de humor negro habla de una «ley newtoniana de la gravedad demográfica», y de los «efectos de la dinámica demo-económica» sobre las sociedades industriales del siglo XX.
Al salir de la guerra en 1945 perdimos la ocasión de instaurar el único voto equitativo, el voto familiar, que habría permitido una representación de los niños por medio de sus familias y habría frenado los factores económicos que conducen a «socializar las ventajas del niño y a privatizar su costo», a pagar el aborto, a hacer que el hijo del pobre sin pensión pague la pensión del rico sin hijos, a preferir el niño muerto al niño vivo, porque cuesta aparentemente menos caro matarlo que hacerlo vivir y educarlo.
Hasta ayer, el instante vivido había conquistado la duración. Ahora la duración se ha replegado sobre el instante
Es posible que antiguamente los clérigos de las iglesias hayan hablado mal de la muerte. Es seguro, como prueban las estadísticas, que ahora todos tienen la boca cerrada. Nunca ha sido más perniciosa la angustia de la muerte que cuando cualquier discurso significativo sobre ella se ha visto alcanzado por la interdicción. Rechazada, hace más daño. Pero resulta que más allá del gozo del instante, el niño evoca el implacable curso de la duración. El niño, por tanto, recuerda que más allá de este instante viene el instante de la caída eterna en lo que es totalmente «Otro», en la sima de lo Desconocido, Dios o la Nada. ¿La Nada? Esa palabra inconcebible, ese algo cuyos lazos ha desmontado Bergson. El niño, pues, amenaza perturbar lo que la sociedad «liberada» cree haber encontrado para ocupar el instante, el placer sexual, estrechamente asociado antes a la transmisión de la vida, que las nuevas técnicas han mutilado del riesgo de dar la vida.
He ahí por qué, salvo que sobrevengan profundos desgarros, nada humanamente previsible parece capaz de modificar el curso implacable del destino que nosotros hemos escogido sin verlo.
Yo he seguido desde hace un cuarto de siglo las reacciones de los responsables de la economía y de la política en Francia. Se alegraron de la primera inflexión de la fecundidad. No vieron en ella más que un alivio inmediato de las cargas. En todo caso, los comienzos de la informática y las ilimitadas perspectivas de la inmigración de los países pobres les aseguraban una mano de obra abundante y dúctil.
Pero después la inmigración ha dado miedo. Se ha entrado en la era de la máxima apertura de las tijeras: implosión por un lado, explosión por el otro. Los inmigrantes son numerosos, vienen de lejos, se infiltran. Y sus estilos de vida y lo que les queda de creencias son difícilmente compatibles con nuestras tranquilas jubilaciones. Ese era el peligro de ayer, pero yo constato que todavía hoy la conciencia de los peligros no va más allá del temor a la astenia y a la sumersión.
La resistencia no puede venir de fuera. Hay que buscarla alrededor de nosotros. Todavía queda hidrógeno en el sol so implacable del destino que nosotros hemos escogido sin verlo.
El cabo siguiente será difícil de franquear. Y la sumersión es un riesgo serio: lo concedo. Pero es un riesgo muy pequeño al lado del que las tendencias actuales han programado ya. Antes de quince años, al ritmo actual, América latina estará por debajo del nivel de reemplazamiento de la población. La política oficial china es la del autogenocidio. Los cálculos de Jean Bourgeois-Pichat son irrefutables. Jean Legrand y yo los habíamos esbozado en un libro de 1979 y yo había introducido precisiones en otro de 1980. Lo que está en vías de realizarse es la hipótesis más sombría de la implosión generalizada que yo había entrevisto en esos libros. Añado ahora que ninguna proyección ha tomado en cuenta los espantosos efectos de la pandemia del «sida», sobre todo en África, contra la cual la ideología soft prohíbe el elemental reflejo defensivo, a la espera del fruto de una investigación todos azimuts.
El islam inquieta no sin razón: es la única masa que está todavía en crecimiento demográfico rápido. El islam es tanto más agresivo cuanto más enfermo está. Desde hace tres o cuatro años se ha iniciado en él la fase preliminar de la inversión. Esto es particularmente claro en la segunda generación de las colonias de inmigrantes en territorio francés. Las mujeres que habían venido a Europa tenían más hijos que las que se habían quedado en su país por la mejor higiene. Pero la generación nacida en Europa es frecuentemente más estéril que la población ambiente. Con unas estructuras familiares parecidas a las de la Italia del sur, se puede prever una evolución comparable a la que ha conducido de la Mamma a la Cicciolina. Se me permitirá que no me alegre de ello.
Está claro que la yuxtaposición de los dos polos demográficos opuestos durante algún tiempo todavía, contribuye a la incomodidad en el espacio mediterráneo.
Hoy, en efecto, se ve brotar, franca o inconfesadamente, el temor de un ascenso del Sur y el de una sumersión del Norte. Es claro que las condiciones para una buena integración de los inmigrantes están sobrepasadas en todas partes. Hoy se dan juntos todos los indicios que permiten afirmar que las amenazas de implosión existen ya en tierras del islam y que sin duda se desarrollarán todavía más rápidamente que en los otros lugares donde se desencadene el proceso.
En efecto, hace diez años las colonias musulmanas infiltradas en Europa mantenían su fecundidad. Se dilataban grandemente, pero con la segunda generación, como ya he dicho, no es igual. Las sociedades que se infiltran no construyen una sociedad islámica en el seno de las mallas de nuestras ciudades; vienen a engrosar un subproletariado de desarraigados. Pesan sin enriquecer. La hipótesis del choque frontal es la menos probable de todas. La más favorable sería la de un proceso de evolución que produjera un poco lo que fue la emancipación del judaísmo en Europa a fines del siglo XVIII y a principios del XIX. Para eso sería preciso un islam en buen estado de salud capaz de soportar el choque. La llamarada del integrismo chiita hace pensar en el reflejo defensivo de una conciencia atormentada que se siente insidiosamente seducida.
Las grietas de la fecundidad ya en tierras del islam y la contaminación de los inmigrantes por nuestro sistema permiten prever un proceso, tan rápido y tan destructor por lo menos que el de América latina y que el que hará vacilar a China sobre un pie de barro carcomido si se mantiene el autogenocidio del hijo único obligatorio en la parte del territorio efectivamente controlada por uno de los poderes más demenciales jamás aparecidos sobre la superficie de la tierra.
Si se prolongan las tendencias actuales, 17 mil millones de seres humanos vendrán a añadirse a los 89 mil millones que han existido ya, y la trayectoria, calcada sobre la de una estrella, se acabaría en cuatro u ocho siglos, tras la explosión de la supernova, no en una «enana blanca», sino en un agujero negro. De todas las hipótesis, la de la implosión generalizada, en la medida en que está en vías de realizarse, es la menos probable. Eso no es una prospectiva, sino la proyección matemática de lo que hemos hecho y celebrado como si fuera una victoria desde hace veinte años.
No se producirá, porque la sociedad técnica y prometeica que lleva dentro de sí ese retrovirus de muerte será rápidamente aniquilada -el germen, junto con los portadores del germen-, antes de que desaparezca la especie. La única amenaza verdadera es la de una inmensa regresión. Nuestros escasos descendientes sólo habrían perdido la memoria. Siempre habrá en un rincón una cepa resistente y la tentación de volver a empezar.
He dicho que no se puede esperar la corrección más que de un cambio radical, una metanoia, es decir, una «catástrofe» en el sentido que da a este término el matemático René Thom.
La sociedad de resistencia no puede venir de fuera. Hay que buscarla alrededor de nosotros. Tal vez está en trance de formación en los intersticios de esos tejidos fofos en estado de putrefacción de nuestras sociedades «mortícolas», en el esbozo de un rechazo radical del asesinato del sentido de la vida y de la felicidad.
En el momento de la implosión del Occidente, que arrastrará por bloques a los otros mundos, durante esa implosión se continuará sin saberlo, porque triunfa y triunfará por histéresis durante varios decenios más.
El salmista dice: «Levanto mis ojos hacia las montañas. ¿De dónde me vendrá el socorro?» No me vendrá de otra parte, porque no existe esa otra parte.
El Occidente es un Occidente sin orillas. Ha extendido su cultura por el planeta en- tero. Jamás ha sido tan elevada la entropía cultural. Una sola cosa es absolutamente segura: será más fuerte mañana. Los viajeros de otras regiones arrojan sus equipajes al agua para venir a juntarse más pronto con nosotros. Acaban por no tener nada más que lo que nosotros abandonamos en nuestros cestos de basura.
¿Es razonable todo lo que se ha produci- do durante tres millones de años en el ter- cer planeta de nuestra «enana amarilla? De seguro que no. Que no se me pida entonces una conclusión razonable. A corto plazo to- do está comprometido. Todo ha estado siempre comprometido. Lo que las técnicas de la comunicación ha deshecho pueden a fortiori ellas mismas rehacerlo.
Entre todos los pensamientos que han ali- mentado nuestras inteligencias y nuestros corazones, ¿hay alguno más esencial que el de una Trascendencia, presente por obra de la memoria en todos los instantes que nos ha sido dado vivir? Algunos dirán que se nos ha escapado. Tal vez éste es el momento de recobrarlo. Salvo que esa Trascendencia nos haya atrapado ya.
¡Y si la vida tuviera un sentido, lo que implica un más allá de la apariencia y del tiempo, la posibilidad de apostar por la du- ración, la amistad de los padres para con los hijos! Los que hayan recuperado la raíz del sentido sobrevivirán. «Afortunadamen- te la esterilidad no es hereditaria.» Todavía queda un poco de hidrógeno en el sol. Yo tengo la convicción de que es en el interior del más viejo de los mundos, en el interior de nuestras ciudades, donde se construye la nueva ciudad, igual que, a partir de este instante, Dios está labrando el instante eter- no de su reino.