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Ver productos1 Sep 1990 - 4min.
Título: «El Conde Duque de Olivares. El político en una época de decadencia.»
Autor: John H. Elliot. Traducción de Teófilo de Lozoya.
Editorial: Crítica, Madrid, 1990, 714 páginas.
Precio: 4.980 pesetas.
Si el nombre de Elliot era ya familiar a muchos como entusiasta de la causa española en los estudios del siglo XVI-XVII europeo y autor de importantes ensayos (Imperial Spain. 1469-1716 (1963); Europe divided. 1559-1598 (1968); The Revolt of the Catalans (1963); Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares (1978-1980); A Palace for a King (1980); Richelieu and Olivares (1984)), la presentación de la versión española de su monumental biografía del Conde Duque de Olivares (1986) le ha valido un reciente homenaje como máxima figura del hispanismo internacional.
Culminan en este libro todos los anteriores y muchos años de larga documentación sobre el personaje. Elliot cuenta en los preliminares su estupor ante la negligencia y la poca generosidad con que la Historia ha tratado al que estuvo durante más de 20 años al mando de una España todavía predominante en el mundo, y el olvido de una figura tan imponente hasta que Cánovas del Castillo lo rescató del montón de condenas y de calumnias que lo habían sepultado tras su caída en 1643. Reconoce también el mérito fundamental de Gregorio Marañón en la recuperación histórica de Olivares, mediante su ya clásico ensayo sobre la personalidad del Conde Duque. Faltaba, sin embargo, una biografía política que presentase al personaje en el escenario nacional e internacional de su tiempo: Elliot subtitula su enorme estudio «El político en una época de decadencia» y emprende un análisis de su mandato que apunta siempre a las intenciones de Olivares, por lo que tienen de reveladoras sobre los problemas del poder y la política del siglo XVII europeo.
El libro se basa preferentemente en fuentes manuscritas de numerosos archivos españoles y extranjeros. Junto a los testimonios de los cronistas de la época y de los embajadores en la corte de Felipe IV, especial atención se presta a los escritos del propio Olivares. A partir de aquí, Elliot pasa revista a las grandes líneas de un proyecto de renovación nacional, acompañando, en cada caso, la exposición de los intentos de reforma con el examen de las causas que determinaron su fracaso. Del mismo modo, la prioridad otorgada por Olivares a la política exterior se corresponde con un minucioso análisis del desarrollo de los asuntos españoles fuera de la Península Ibérica. Elliot se mueve con lucidez en los distintos focos de conflicto, sobre un complejo panorama de guerras europeas contemporáneas que la didáctica histórica ha agrupado con la etiqueta de los Treinta Años.
El retrato del Conde Duque supera los límites de la actividad política mediante el interés por otros aspectos de la vida del personaje. Así, el autor subraya con particular insistencia la filiación intelectual de Olivares, sus amplias lecturas y su gusto por la compañía de hombres cultos. Frente a la imagen del tirano tosco que Marañón también combatió, aparece en estas páginas dibujado con trazo firme el protector de las letras que forma en torno de sí un círculo de adeptos a su causa, una familia intelectual que en diálogo con los clásicos discute los problemas de la política moderna: Alamos de Barrientos, el Conde de la Roca, Baltasar de Zúñiga, Virgilio Malvezzi, Francisco de Quevedo… Elliot reúne datos preciosos para los estudios literarios del siglo XVII español y sus correlaciones europeas, al advertir en la «Academia» de Olivares el parentesco de una generación antimaquiavélica, lectora de Séneca y de Tácito a través de Justo Lipsio, su editor moderno y padre del neoestoicismo europeo.
A la hora de hacer balance de su carrera, destaca el biógrafo lo estimable de su programa de reformas: frente a la escasa o nula previsión frecuente hasta entonces -y tantas veces luego-, estamos ante el primer político que piensa en términos globales. ¿Cómo se explica entonces tan estrepitoso fracaso? Si bien es cierto que las circunstancias le fueron adversas, Elliot atribuye una parte de las causas a sus insuficiencias como gobernante. A pesar de su enorme capacidad de trabajo, Olivares da con frecuencia la impresión de luchar contra lo imposible; junto a la conciencia de lo prioritario, revela una ingenuidad de fondo, como si no advirtiera el alcance y la complejidad de sus proyectos o decisiones: lo que puede implicar, por ejemplo, un bloqueo económico, o el despliegue de tropas y flotas en grandes espacios y poco tiempo. Peca, en fin, de falta de habilidad política en el tratamiento de algunos problemas como el grave levantamiento de Cataluña en 1640, capítulo en el que tanto Marañón como Elliot lo culpan de haber querido imponer a las regiones el modelo castellano como obligación.
No resulta, con todo, negativa la semblanza del valido de Felipe IV, sino que la lectura contagia la simpatía del historiador por el personaje. No por haber caído en desgracia se le debe negar su excepcional dimensión histórica. Elliot le hace justicia en los estudios del Siglo de Oro con una obra fundamental.