Cultura y demagogia

José Luis Colomer

Título: «L’Etat culturel. Essai sur une religion moderne».
Autor: Marc Fumaroli.
Editorial: Editions de Fallois. París 1991, 305 pp.
Precio: 125 Ff.


Hace ya tiempo que el autor de este libro viene llamando la atención sobre una inquietante enfermedad de la vida francesa. Sus calas sucesivas en los males de la cultura de masas están en la memoria de los lectores de la revista aroniana Commentaire, pero también los que leen las páginas de opinión de Le Monde o Le Figaro conocen su pluma elegante y mordaz. Con los años, las facetas de la crítica periodística han

tomado forma global, y así este ensayo viene a ser la consecuencia esperable de una reflexión dispersa, aunque constante, recogida ahora en un contundente y a buen seguro polémico J’accuse contra diez años de política cultural socialista.

Profesor del Collège de France, Marc Fumaroli llega a la historia de las ideas estéticas por la vía de los estudios retóricos y del teatro clásico francés. Sin duda la erudición exigente y el rigor de la crítica literaria han contagiado su observación de la realidad, demasiado aguda para contentarse con la pura actualidad sociológica. De ahí que, aun no dirigiéndose a un público de especialistas, resulte fácil advertir en su aproximación a los hechos la disciplina del estudioso universitario, siempre atento a indagar las causas con mirada retrospectiva. Quizá resida ahí uno de los mayores aciertos de este libro, que no sacrifica la memoria histórica al tema del momento.

Intervencionismo

Como panorama de un paisaje que luego veremos de cerca, comienza Fumaroli por un diagnóstico implacable del Estado cultural, o, si se quiere, de ese nefasto matrimonio de poder y cultura que a su modo de ver ha ido comprometiendo cada vez más las artes y las letras francesas, confundidas hoy con la diversión a gusto de todos y convertidas en un eficaz instrumento de propaganda. Pero si en su complicidad con los grands medios de comunicación nos parece nueva, la cultura de Estado remonta en sus orígenes a fechas menos recientes. Fumaroli invoca como modelo el Kulturkampf bismarckiano, en el que se fijarán luego Lenin y Hitler, y dedica a continuación dos capítulos a sendas experiencias francesas de intervencionismo en este campo: el Frente Popular, todavía prudente y respetuoso de las libertades individuales, y sobre todo la creación por De Gaulle en 1959 del Ministerio de Asuntos Culturales con André Malraux al frente. A éste van dirigidas algunas de las páginas más virulentas del ensayo, como último responsable de una idea de cultura de masas que es enemiga de la auténtica democracia liberal. Malraux, a ojos de Fumaroli, carecía de talante liberal, y de su prêt-à-porter cultural resulta, en gran medida, la confusión contemporánea entre la creación artística y el reparto de mercancías.

El retrato del monstruo estatal cultural, en sus diversas manifestaciones, llena el cuerpo central del libro. Son capítulos de intensa actualidad, en los que más de una vez se apela al mito o a la fábula antiguas para ilustrar con mayor vivacidad las paradojas de una política cultural que pretende despertar al creador que duerme en cada uno de los ciudadanos, sin atender antes a las condiciones que garantizan la verdadera actividad intelectual y artística, o bien para poner de relieve el sinsentido de una Francia que se transforma en gigantesco parque de atracciones «culturales» -Centro Pompidou, Pirámide del Louvre, Opera de la Bastilla, Très Grande Bibliothèque- «cada vez más atractivo para el turismo de masas, pero a la larga cada vez menos acogedor para los amigos de la reflexión, de la invención y del recogimiento» (p. 141).

Supermercado

El tono jocoso alterna con pasajes que sentencian con gravedad la pretendida modernidad de un Estado que se obstina en someter la calidad a la cantidad, la minoría de amateurs a la masa de telespectadores. Fumaroli lanza sus ataques más duros contra una cultura que poco tiene que ver con el desarrollo personal, y mucho más con la manipulación sociológica, al convertirse la administración de una especie de «ventrílocuo de movimientos intestinos» (p. 176): rock, rap, tag, comics… Todo es cultural, todo es susceptible de subvención a cargo de un Estado-providencia que ve en la cultura el sustituto ideal de la religión para los tiempos de la sociedad de consumo. La nueva religión oficial tiene su teólogo en Jack Lang, su pontífice en Mitterrand y su Kremlin en un pomposo ministerio «de la Cultura, la Comunicación, el Bicentenario y las Grandes Obras». Cuenta con una televisión controlada por el poder y acorde con su ideología estética; con fastos conmemorativos y un calendario de fiestas anuales, tales como la Journée des portes ouvertes, la Fureur de lire, la Ruée vers l’Art, la Fête de la musique, al encuentro de la demanda de un público deseoso de llenar su tiempo libre.

Nada más aborrecible para el autor que este supermercado de la cultura, esta cultura de carnaval (p. 143), que tiende a hacer de Francia un Las Vegas del ocio europeo-léanse al respecto algunas de las páginas más divertidas de un libro que va de la ironía al humor negro-, y de París la metrópolis mundial de la modernidad. Siguiendo una vez más los pasos de Tocqueville, al que cita a menudo, Fumaroli insiste en la idea de que una democracia liberal tiene por principal enemigo a tales culturas de masa. En efecto, nos parece escuchar el eco de La Democracia en América al leer: «La verdadera cultura es Usted, somos nosotros, soy yo. No es el Estado» (p. 269). Y la labor de éste no debe consistir en aplastar a las minorías bajo el peso de la mayoría, ni en sacrificar a abstracciones sociológicas tales como el consumidor o el turista la realidad sensible de las vocaciones privadas, ni las elecciones del talento y del gusto personales.

Educación

La conclusión toma más que nunca aires de manifiesto con la defensa de la educación en su sentido más noble, aquella que imparte las disciplinas del espíritu, es decir, las artes liberales que han constituido la esencia de la civilización europea y el fundamento de la moral, el derecho y la ciencia que articulan la sociedad contemporánea. Para Fumaroli, es éste el capital histórico que Francia debe explotar para mantener el rango que le corresponde en el mundo. A una Europa de la cultura de consumo y de gran espectáculo de masas opone, en fin, una Europa del espíritu.

Cabe preguntarse si, tras la lectura de este fulminante alegato, los tecnócratas de la «Cultura» oficial seguirán atreviéndose a emplear este doble término en su acepción polivalente y degradada. A juzgar por el eco que está teniendo desde su aparición reciente, al menos este libro le habrá fijado las comillas del recelo y de la alarma en los medios de las letras y el pensamiento en Francia. Como el Rousseau del Discours sur les sciences et les arts y de la Lettre à d’Alembert sur les spectacles, Fumaroli vuelve sobre el tema de las relaciones entre cultura y sociedad, tema eterno pero de importancia mayor para nuestro tiempo. La prueba es que, hoy como entonces, ya ha saltado la polémica en torno a este ensayo, rica en acentos y réplicas de todas partes. Quizá también desde España, si el modelo culto francés tan añorado por Fumaroli sigue suscitando todavía alguna admiración entre nosotros.