Historia novelada

José Luis Colomer

Título: La novela del artista.
Autor: Francisco Calvo Serraller.
Editorial: Mondadori, Madrid, 1990.
Precio: 1.200 pesetas.


El profesor y crítico Francisco Calvo Serraller dedica su último libro a elucidar la identidad del artista en la edad contemporánea a partir de su protagonismo en la ficción novelesca. Constata el autor cómo, desde que la novela se impone como género literario preferido por el público lector en la segunda mitad del siglo XVIII, uno de los argumentos más frecuentes es el de las vidas de artistas. La novela se convierte así en fuente histórica y observatorio privilegiado de aspectos psicológicos y sociológicos entonces desatendidos por la ciencia histórica y hoy especialmente interesantes para el retrato del artista moderno. Aunque los caminos de la novela han sido ya muy transitados por historiadores y críticos literarios, sus páginas se encuentran todavía, en buena medida, vírgenes para la perspectiva especializada de los estudiosos del arte. Calvo Serraller propone, pues, unas fuentes, si no nuevas, al menos distintas para trazar la «radiografía del genio, ese héroe épico de la modernidad» (p. 153).

Por más que la nómina de grandes novelistas que en el siglo pasado y en el nuestro han concedido protagonismo a un artista plástico en alguno de sus relatos sea abrumadora, corresponde a Balzac la más completa y profunda exposición literaria del papel del artista en la sociedad contemporánea. Su obra ofrece un riquísimo material sobre el asunto, tratado desde todos los puntos de vista. El libro se centra en la galería de artistas balzaquianos, personajes evocados, los más, mediante trazos breves o la cita de una página traducida del original francés; con atención más detenida, otros, por lo que de revelador tiene su análisis sobre la condición del artista moderno. De hecho, el objeto específico de la investigación de FCS no es otro que las vidas de artistas en las novelas de Balzac. Pero las implicaciones del tema superan el interés concreto por un autor y sus personajes al plantear una reflexión de más largo alcance sobre la naturaleza del arte contemporáneo.

El abundante material humano recogido en los relatos de Balzac —quince novelas incluyen algún artista plástico y seis lo elevan a protagonista principal; once narran la vida de músicos, mientras que sólo dos se dedican a poetas— está repartido en dos grandes bloques, en función de los problemas que, en cada caso, los tipos sirven para ilustrar: en una primera parte, figuran aquellos nombres que mejor encarnan los conflictos relacionados con la profesión artística. Desde esta perspectiva sociológica se abordan asuntos como el de la bohemia —o en contraste, en el fondo, entre la mitificación y la depauperación del artista—, el del suicidio como acto supremo de rebeldía del artista marginado, socialmente incomprendido y fatalmente predestinado a la desdicha, o el del progresivo acercamiento entre sociedad burguesa y arte a partir de 1830, en un clima de compromiso político bien distinto de la concepción romántica que pone al genio por encima de la moral social.

El segundo bloque agrupa a los personajes en los que Balzac dio vida a problemas de identidad y de ideología, o, si se quiere, los que desde una perspectiva psicológica y estética permiten analizar el sentido moderno de la creación artística. Al hilo de la exposición argumental y de la caracterización de los personajes se tratan cuestiones como la difícil armonía entre concepción y materialización, inspiración y ejecución, idea y forma; la no menos conflictiva rivalidad entre naturaleza y arte, saldada en tiempos modernos con el triunfo absoluto de la forma y de un arte ensimismado —como llamó Ortega al de las Vanguardias—, que reclama para sí un lenguaje propio y desvinculado de la realidad; una variante, en fin, de esta misma pugna que divide al creador contemporáneo entre la vida y el arte resulta el conflicto entre la Obra y la Mujer, desgarrador y fatalmente trágico, por cuanto la afirmación de una supone el total aplastamiento de la otra en novelas que, como Gambara, explotan literalmente tan apasionante incompatibilidad.

Cabe preguntarse si, a la vista de tan interesantes rendimientos, la «lectura artística» de las novelas españolas del siglo XIX —Pardo Bazán, Blasco Ibáñez y del 98 —Ganivet, Baroja, Unamuno, Azorín— no resultaría igualmente fecunda en este sentido. La bibliografía crítica utilizada por Calvo Serraller en su estudio es fundamentalmente francesa, como francés es el objeto de su análisis. Lo español queda apenas apuntado en páginas preliminares, y, aunque no pueda reprocharse su ausencia en un libro cuyos límites están, por lo demás, justificados, surge la inmediata curiosidad por comprobar si en nuestro país se dieron acentos semejantes en la reflexión novelada sobre el quehacer estético. Claro está que puede tratarse de otro libro que el autor no anuncia todavía o que quizá se suscite entre nosotros a partir de la lectura de éste.