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Ver productosLa noticia del Nobel le llegó cuando se encontraba en la habitación 1.605 del hotel Drake de Nueva York. Aunque sea un poco caprichosamente, me parece un símbolo de la obra de Paz: el cosmopolitismo y la tradición. Por un lado, la ciudad que simboliza a la modernidad; por el otro, esa fecha central que marca la salida al mundo de la obra capital de Cervantes, El Quijote. Toda la obra de Octavio Paz puede leerse como un diálogo-tensión, relajación y revelación entre tradición y modernidad. Lo aprendió en los mejores escritores del primer tercio de nuestro siglo, pero también en los pintores que supieron ver en las obras del más remoto pasado (pienso, por ejemplo en Picasso), una dimensión absolutamente actual.
Octavio Paz estaba en Nueva York y en 1.605, sólo que, al juntarse en el espacio de su poesía, nos estaba brindando un nuevo tiempo hecho con las voces del pasado y con una nueva voz que teje en el aire la casa del poema. Este es uno de los rasgos principales del gran escritor mexicano, su capacidad para hacer presente, es decir, para darle cuerpo, la historia y cultura remotas u olvidadas. Su obra es una suerte de puente versátil regido por una de las palabras más hermosas de cualquier lengua y fundadora de nuestra cultura reflexiva, el diálogo. Fue Julio Cortázar quien comparó a Paz con una estrella de mar: tentacular y siempre fiel a un centro. Dialogador insaciable, con los otros y consigo mismo «J’est un autre», es un hombre tocado por una curiosidad inagotable: el detalle del día, la anécdota, el chisme y lo más hondo: las líneas de las culturas, el silencio y el vocerío de las civilizaciones. La mirada afilada y combativa resuelta en respuestas eruditas y coherentes o en paradojas rápidas; la mirada que interroga, escudriña, entra y despierta a toda la casa, y la que se abre a la risa y a las sonrisas. La gravedad transformada en juego, en cordialidad; el saber que se comparte, la amistad que es un compartir. Poco bromista, pero no un hombre serio: se ríe de sí mismo, o más bien: cuando se ríe, sí mismo se desvanece: triunfa el chiste de la poesía, la cualidad de unir lo disparejo, el fondo de la fraternidad sobre la disolución budista. Festín mientras tintinean los vasos: el mundo está lleno de risitas. Ama profundamente a la poesía: la acosa y la venera, y siente predilección por los poetas que saben lo que sus poesías dicen, no lo que van a decir. Erudito como pocos poetas de nuestro siglo, transforma los datos en saber.
Cientos de lecturas se convierten en unas líneas claras. Ejemplo de economía verbal y de orientación personal. Lo ha dicho en alguna parte: no un saber enciclopédico, un saber que nos enseñe a vivir, una sabiduría. Estudió el budismo y sus diversas ramificaciones, pero no para negar este mundo sino para llegar a pensar que, junto a esa dosis de irrealidad de todo lo existente, transcurre una corriente alterna: el mundo es real. Si el silencio es mental (John Cage), real e irreal ¿no son momentos de un mismo latido llamado hombre? Toda su obra está habitada por una visión crítica que ve en las palabras su falla ontológica, y en las cosas -silenciosas y sin nombres- el punto en que oscilan hacia el signo. Las palabras se derrumban y se levantan, se transforman en la artesa de los siglos; no son el sentido, son una búsqueda de sentido. Paz se reconoce hombre no en la respuesta de las filosofías y de las religiones sino en las preguntas que, entre agitación y quietud, el hombre se hace. Un sentido buscado, no sólo en sí mismo sino a través de los otros y de la vasta otredad de los sentidos. No es extraño que en esa búsqueda haya desplegado una obra en la que brilla una extrema fascinación por la existencia femenina: la mujer. Atracción erótica y amorosa. Por lo primero, es un impulso que tiende hacia el sujeto con el deseo de absorberlo, transformarlo; por lo segundo, una lúcida conciencia de perpetuar la presencia. Por otro lado, la mujer en la poesía de Paz es casi siempre la otra orilla, el otro lado de la realidad: vislumbre privilegiado del mundo que, estando más allá de nosotros, es el centro de nuestro ser: somos, más allá de la conciencia y del solipsismo de los espejos, lo otro. El amor y la poesía son «el enterramiento de los espejos», «la abolición de los pronombres». En su obra, jamás la persona amada trasciende por abstracción. El cuerpo se transfigura, pero no se convierte en una idea ni en una esencia, sino en pluralidad de presencias. El eje es la imaginación, el fuego de todos los fuegos.
El 11 de octubre de 1990 se ha premiado a un gran descubridor. No ha inventado continentes, los ha descubierto bajo la piel de la realidad, en el limo de las ciudades, tras las trampas de la fe, en las peras del olmo, abriendo puertas al campo, poniendo el pasado en claro, y haciendo del tiempo un presente perpetuo. Estas palabras me las dictan la alegría y el agradecimiento.
Título: «La televisión dominada».
Autor: Francisco Iglesias.
Editorial: Rialp, Madrid, 1990, 117 páginas.
Precio: 950 pesetas.
Desde hace ya algunos años, en cuantas «mesas redondas» y conferencias sobre el tema he participado, procuré poner en guardia al auditorio iluso frente a los encendidos panegíricos a la televisión privada. Advertía que era inevitable su llegada, porque no se le podían poner puertas al campo del expansionismo audiovisual. La televisión pública ya no podía por más tiempo mantener numantinamente el monopolio. Pero todo eso no podía ocultar la realidad: la televisión privada, o comercial que es como siempre se le debía llamar, nunca se planteará como objetivo primordial, hacer una programación donde el fenómeno social de la televisión no se confunda interesadamente con una industria más. Berlusconi lo ha dicho con toda claridad en Venecia. La televisión es un vehículo para obtener publicidad; lo demás es secundario.
Viene todo esto a cuento, después de leer el libro de Francisco Iglesias, La televisión dominada, cuyo hilo conductor está impregnado de la lógica desilusión. No sé si esperaba que los Berlusconi, Maxwell, Canal Plus, etc., invirtiesen su dinero en unas cadenas de televisión que eleven el grado de sensibilidad de los espectadores, consoliden los hábitos democráticos y aumenten el sentido crítico de la sociedad. Los promotores de la televisión comercial no tienen más meta que ganar dinero.
Esa realidad la conoce bien Jerry Mander y la ha reflejado en su libro Four arguments for the elimination of television, que Iglesias cita ampliamente como clara muestra de que esos argumentos le han fascinado. Mander lleva toda la razón del mundo porque su enfoque se basa en la televisión comercial norteamericana, desgraciadamente el modelo importado por las televisiones comerciales europeas. En vez de la eliminación que él sugiere, lo han copiado…
Pero Mander, y me parece que Iglesias también, no ha mirado con su objetivo al modelo de televisión pública europea. O al menos no han insistido en lo que la BBC inglesa o la ARD y ZDF alemanas, por poner dos ejemplos que conozco a fondo, han aportado a la televisión con metas muy distintas a sólo ganar dinero.
El libro de Francisco Iglesias llega en un momento clave, pues la función social de la televisión es motivo de discusión o al menos de resquemor por parte de una audiencia, minoritaria por desgracia, que protesta. El tirón que la televisión comercial da de la audiencia potencial repercute, asimismo, en la televisión pública. Ocurre aquí y en todas partes, aunque mucho menos en Alemania donde desde el principio se perfiló una televisión pública de verdad, o sea al servicio de la sociedad, y fuertemente estructurada en su financiación.
De todos estos temas, pero sobre todo de los criterios morales de calidad -pornografía, por ejemplo- habla Francisco Iglesias en su libro. Hay otro tipo de inmoralidad, si es que se le puede llamar así, tan perniciosa como la pornografía. Sus fundamentos están en la «publicidad salvaje» que favorece el lujo desmesurado, el consumismo, la riqueza. Todo esto atasca los conductos que permeabilizan la sensibilidad social y la sensibilidad del espíritu. ¿Hay algo más descorazonador que esos concursos dirigidos desgraciadamente a la familia por las horas en que se emiten?
La televisión dominada es un libro que hay que leer. Vale de reflexión y a mí, al menos, me ha confirmado en mis criterios de que la televisión pública controlada por la sociedad, es la única capaz de cumplir con ese ideal de servicio al individuo, a la persona humana.
Título: «Memorias. El líder de la Nueva URSS»
Autor: Boris Yeltsin.
Editorial: Temas de hoy. Madrid, 1990, 280 páginas.
Precio: 2.300 pesetas.
La opinión pública occidental asocia los extraordinarios y sorprendentes sucesos que rodean la desmembración del Imperio Soviético a una expresión: perestroika, y a un nombre: Mijail S. Gorbachov. Sin embargo, detrás de él —o mejor, frente a él— aparece otro personaje que se hizo famoso en 1989 a raíz de un polémico y espectacular viaje que realizó a Estados Unidos. Este hombre de 59 años, considerado el rebelde del Politburó, es Boris Yeltsin, un político nato que, en busca de fama y popularidad, ha escrito ahora unas Memorias en las que se nombra, sin ningún rubor, como «El líder de la Nueva URSS». Con la ayuda de un joven y aplicado periodista ruso, y de acuerdo con las mejores técnicas de la antes denigrada propaganda «capitalista», Yeltsin cuenta, no su vida real sino aquellos aspectos y aquella versión de su vida que, con la intuición propia de un verdadero conductor de masas, sabe que resultarán más atrayentes para el gran público occidental, al que la obra va primordialmente dirigida.
En función de un profundo conocimiento de la mentalidad de esos lectores, presenta de sí mismo un retrato hábilmente trazado, cuyos rasgos son los de un hombre activo, deportista, incorruptible, emprendedor, que logra continuos éxitos como organizador audaz. Pero sobre todo, volcado hacia el futuro, hacia nuevos horizontes de libertad y democracia. Esta caracterización, que se aproxima a la de un candidato demócrata norteamericano, tiende a demostrar, además, los «puntos débiles» de Gorbachov. Según Yeltsin, Gorbachov es demasiado vacilante en sus reformas, tiene demasiado miedo a cortar con el pasado, y no será capaz de llevar a cabo hasta el final los inexcusable objetivos de la perestroika.
Apareciendo unas veces como triunfador, gracias a la confianza del pueblo, y otras como víctima de las trampas de la nomenklatura inmovilista, acierta a desarrollar la historia de su ascensión política, utilizando los recursos de una trama de «suspense» cuya intriga oculta un cierto desorden expositivo, bastantes ambigüedades fundamentales y algunos difíciles equilibrios para criticar el comunismo, soslayar el análisis del sistema socialista y aludir a la democracia, sin comprometerse demasiado.
Que a Yeltsin no le faltan recursos, lo demuestra tanto el texto de su libro, en el que observaciones y juicios serios y ponderados conviven con evidentes toques de oportunismo y alguna que otra salida pintoresca, alternando con fotos, elegidas de acuerdo con el principio de que una imagen vale por mil palabras. Yeltsin, que por suerte para él es bastante fotogénico, aparece como padre y abuelo cariñoso, haciendo campaña a favor del emblemático Sajarov, como entrenador de un equipo femenino de balonvolea, recibiendo baños de multitud, o desafiando con sus encendidos discursos al poder oficial tiránico, nepotista y en el fondo, antirreformista de la URSS.
Esta autobiografía, escrita con un tono firme, directo y lleno de fuerza comunicativa, además de resultar una lectura entretenida, nos permite conocer datos importantes de la Rusia actual. Es también una muestra de cómo se adelantan a primer plano los políticos que aspiran a suceder a Gorbachov, pero quizá esperando antes a que éste supere lo peor de la terrible penuria en que la economía planificada ha hundido al país. Luego, pasado el momento crítico, Yeltsin y otros como él se aprestarían a tomar el relevo. Por el momento, el astuto y simpático Yeltsin declara su propósito de dedicarse a escribir, porque, como dice al final de su libro: «Un país entero se balancea en el filo de la navaja y nadie sabe lo que le pasará el día de mañana». Tras esa prudente frase, queda, sin embargo, un mensaje subliminal, que cabría expresar más o menos así: cuando llegue ese día de mañana, tan envuelto en sombras, recuerda, lector, que aquí está Boris Yeltsin, preparado y atento para empuñar el timón de la vieja nave rusa.
Título: «Dieu en questions.»
Autor: André Frossard.
Editorial: Desclée de Brouwer/Stock-Laurence Pernoud. 1990. 221 páginas.
Precio: 96 francos franceses.
En la Europa occidental hablar de Dios no está de moda, pese a que supuestamente sea ésta el Reino del Cristianismo desde hace 2.000 años, cuya doctrina expandió por el resto del mundo a lo largo de los siglos. Parece como si «el silencio de Dios», por decirlo con la acertada expresión de Charles Moeller, hubiera salido de los cenáculos de una inteligencia secularizada, en sentido anti-cristiano, desde los albores del XVIII para llegar a la mayoría del pueblo, sobre todo a las nuevas generaciones, que «pasan», literalmente, del asunto más trascendental de nuestra vida, es decir, Dios, nuestra relación con el Creador y nuestro destino eterno.
En otras palabras, el mundo moderno ha hecho buena la tremenda frase de Albert Camus, síntesis de un ateísmo cuasi natural, extendido como una plaga sobre la faz del planeta: «Yo no parto del principio de que la verdad cristiana sea ilusoria. Nunca he entrado en ella y eso es todo». (Conferencia a los cristianos, diciembre de 1946.)
Por ello es estimulante que la gran cuestión de Dios sea planteada a estas alturas de nuestro tiempo con la profundidad debida, tal como lo hace André Frossard, de la Academia Francesa, en este libro riguroso e inteligible, donde el ilustre converso -con ascendientes judíos, hijo del que fue primer secretario del Partido Comunista francés hasta 1923, después diputado y ministro durante la III República- responde a más de 2.000 preguntas formuladas por jóvenes alumnos de preuniversitario.
¿Por qué vivir?, ¿qué es la fe?, ¿qué es la verdad?, ¿son compatibles la ciencia y la fe?, ¿por qué los sacerdotes no se pueden casar?, ¿por qué interviene la Iglesia en la vida privada?, ¿por qué hay injusticias en el mundo?, la Iglesia es misógina, la bioética, el pecado original; he aquí, en suma, algunas de las numerosas cuestiones planteadas y respondidas con precisión a lo largo de este libro apasionante.
Como no es cuestión de abordar aquí, punto por punto, los temas planteados, me fijaré en uno de capital importancia, que adquiere en nuestros días una dimensión nueva: el papel de la mujer dentro de la Iglesia.
Para empezar, Frossard llama la atención sobre el siguiente hecho: la Iglesia Católica venera en la Virgen María al más grande de los seres creados. Y aunque es obvio que durante la Edad Media existieron pensadores absurdos obcecados en una pretendida inferioridad de la mujer so pretexto de que ésta, según un célebre pasaje del Génesis, fue creada después del hombre, lo cierto es que la emancipación de la mujer comenzó con el cristianismo, si bien, a pesar de los progresos últimos, no ha terminado todavía. La tan invocada frase de San Pablo conminando a las mujeres que se callaran en las asambleas prueba, en contra de lo que se pretende, que participaban en éstas, algo largo tiempo inimaginable en nuestros parlamentos. En conclusión, la supuesta duda de la Iglesia en reconocer un alma a las mujeres constituye una necedad desmentida por toda la historia cristiana. Las santas y las mártires han sido veneradas desde los primeros siglos, su glorificación brilla en los muros de Ravena, en las iglesias del siglo VI, y siempre ha habido tantas mujeres como hombres en el Catálogo Romano de las Canonizaciones.
Como es obvio, Frossard aborda los asuntos desde los presupuestos firmes de una fe diamantina, integral no integrista, fijada en su esencia cuando el propio autor descubre la realidad de Dios, tal como él nos lo ha referido en su maravilloso testimonio «Dios existe, yo lo he encontrado» (1969).
Pero el libro no es una reiteración pura y simple de los argumentos tradicionales en torno a la existencia de Dios, sino un brillante contraste dialéctico entre las ideas de los creyentes y las de los no creyentes, examinando también las controversias surgidas en el seno de la propia Iglesia.
Por último, en uno de los pasajes sustantivos de este diálogo universal, Frossard se interroga ¿para qué sirve creer?, y, no como buen dialéctico, sino como hombre que ha vivido la doble experiencia personal del ateísmo militante y la fe, responde con una afirmación llena de buen sentido: «Vemos claramente para qué sirve no creer: para estar sólo en la Tierra, que es el menos fijo de todos los domicilios, y no comprender nunca, en respuesta a las cuestiones que el corazón se plantea, otra voz que la suya».
Autor: Alfredo Catalani.
Título: «La Wally». Ópera en cuatro actos con libreto de L. Illica.
Intérpretes: Eva Marton, Alan Titus, Francisco Araiza.
Orquesta: Coro de la Radio Bávara, Orquesta de la Radio de Múnich.
Director: Pinchas Steinberg.
EURODISC BMG Classics RD 69073 DDD.
Es novedad en el mercado discográfico La Wally de Alfredo Catalani (1854-1893), quinta y última ópera del compositor. Con el estreno de La Wally en el Teatro alla Scala de Milán el 20 de enero de 1892, consiguió Catalani el primer gran éxito de su vida. Éxito que no disfrutaría por mucho tiempo, ya que al año siguiente moría en plena juventud, víctima de una tuberculosis.
Alfredo Catalani representa junto a Puccini y a Mascagni la nueva ópera italiana, esto es, se enmarca en la corriente verista, aunque es igualmente notable la influencia alemana y particularmente wagneriana que se percibe en su ópera.
Está basada en la novela Die Geyer-Wally de Wilhelmine von Hillern que apareció publicada por un diario milanés como novela por entregas a lo largo de 1887, y que alcanzaría mucha popularidad. El libreto, elaborado por Illica, libretista habitual de Puccini, alcanza un mayor sentido dramático. Si en la novela queda asegurado un final feliz algo inverosímil, en la ópera una avalancha de nieve impide que los amantes se reúnan: Hagenbach cae al abismo y Wally, siguiendo el modelo de la Senta wagneriana, se precipita tras él.
La soprano Eva Marton está magnífica en esta versión, logrando dar verdadera autenticidad al personaje de Wally, llena de vigor juvenil, pero también de dramatismo y con momentos de gran dulzura como en la escena de amor del último acto.
No existe en esta obra una diferenciación entre recitativos y arias, aunque predomina en general la cantilena y el bel canto. La emancipación de la orquesta es bien visible, y ya no sirve tan sólo de apoyo al canto, sino que tiene un papel igualmente dramático y enriquecedor de la obra en su conjunto. Pinchas Steinberg al frente de la orquesta obtiene un precioso resultado en esta obra llena de poesía y calor.
Se trata de una grabación con muy buena calidad técnica, de gran interés para operófilos y aficionados, que cuentan con pocas ocasiones de escuchar La Wally.
Autor: Varios autores.
Título: «Carreras-Domingo-Pavarotti en concierto». Termas de Caracalla, Roma, 7 de julio de 1990.
Orquesta: Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Orquesta del Teatro de la Ópera de Roma.
Director: Zubin Mehta.
DECCA 430 433-2 DDD.
Las relaciones entre los divos siempre han estado teñidas de cierta rivalidad. Conseguir pues que tres cantantes de primerísima fila se reunieran a cantar juntos, no parecía sino una tarea imposible.
En el marco incomparable de las Termas de Caracalla en Roma, el 7 de julio de este año, tenía lugar el recital conjunto de José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti con una orquesta de 200 instrumentistas a las órdenes de Zubin Mehta. Los tres grandes tenores han dejado bien sentado que mantienen unas estupendas relaciones de perfecta camaradería, y son capaces de hacer verdaderos equilibrios con sus abultadas agendas y compromisos para hacer posible iniciativas de este estilo.
El concierto fue retransmitido por todas las televisiones del mundo y registrado en directo. La grabación está consiguiendo ser uno de los discos más vendidos en este año 90. El disco atestigua la emoción del concierto, y nos muestra a los tres grandes tenores en espléndida forma. El recital, de repertorio muy popular, con arias y romanzas muy conocidas, concluye con un pot-pourri de canciones populares de fácil concesión hacia ese público cada vez más numeroso al que se deben.
Título: «Qué loco propósito».
Autor: Francis Crick.
Editorial: Tusquets. Barcelona, 1989. 209 páginas.
Precio: 1.300 pesetas.
A poco de comenzar la II Guerra Mundial, con apenas 24 años y una licenciatura en Física, Francis Crick se puso a trabajar para el Ministerio de Marina del Reino Unido en el diseño de minas a distancia. Tuvo éxito pues logró un modelo que, según dice, era cinco veces más efectivo que el empleado anteriormente. Al concluir la guerra se calculó que con este procedimiento se «hundieron o dañaron gravemente unos mil barcos mercantes enemigos».
Ahora bien, Crick no se ha hecho famoso por su investigación armamentista, sino por descubrimientos sobre la estructura molecular de los ácidos nucleicos, que le valieron la concesión del premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1962, junto a sus compañeros Jim Watson y Maurice Wilkins. No puede por menos que asombrar la manifiesta capacidad de Crick para adaptarse a diversas áreas científicas. Cuenta que al cesar en sus actividades bélicas y plantearse de nuevo su vida profesional, se aplicó el «test del chismorreo» y se encontró con que los temas que propendía a sacar en sus conversaciones estaban siempre relacionados con la frontera entre lo viviente y lo no viviente y con el funcionamiento del cerebro. De este modo, decidió orientarse hacia el campo de la biología.
Como muchos otros científicos que han adquirido fama, Francis Crick ha escrito un libro en el que poder comunicar algunas de sus más preciadas vivencias, lo ha subtitulado Una visión personal del descubrimiento científico y dice que va dirigido tanto a sus colegas como al público en general. En él se pronuncia contra el estereotipo que fija la imagen de los científicos como seres imperturbables que resuelven problemas con implacable y fría lógica y que se hallan instalados en alejadas torres de marfil.
Crick hace algunas reflexiones acerca del quehacer científico que merecen ser reseñadas por su interés general. Piensa que hay que estar dispuestos a percibir evidencias inesperadas de distinto tipo y tener imaginación para unificar datos que provengan de diferentes enfoques. Cree que si él y sus compañeros no hubieran tenido éxito por cualquier circunstancia, el descubrimiento de la estructura de la doble hélice en las moléculas de DNA por parte de otros investigadores no se hubiera retrasado más allá de tres años. Reconoce, a su vez, la existencia de un elemento azaroso en los descubrimientos, pero también que el azar favorece a las mentes preparadas, con conocimientos amplios.
Opina que hay que aprender a seleccionar problemas adecuados y saber no atascarse en callejones sin salida, pero sin abandonar prematuramente una investigación tras sufrir diversos fracasos. Además de tenacidad hay que cultivar prudencia en la interpretación de resultados y ser sensible a éstos pero sin dejarse impresionar en exceso, evitando así quedar atrapado por las propias ideas equivocadas.
Ferviente partidario de la interrelación entre las ciencias, objeta con dureza la arrogancia y los malentendidos de destacados matemáticos y físicos. Este premio Nobel considera un peligro «creerse demasiado listo» y flotar en la autosatisfacción.
Dos instituciones culturales importantes para la vida universitaria y la historiografía española deben su existencia al empuje creador del profesor Vicente Rodríguez Casado, que ha fallecido el 3 de septiembre de este año: la Universidad Hispanoamericana de Santa María de la Rábida y la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. Vicente Rodríguez Casado ha sido durante más de 40 años catedrático de Historia Universal Moderna y Contemporánea en la Universidad de Sevilla y en la Complutense de Madrid. En 1943, recién llegado a la Facultad sevillana, dando pruebas de la notable capacidad de trabajo y de organización que le distinguieron siempre, puso en marcha ambas instituciones.
El primer curso de La Rábida tuvo lugar en aquel mismo verano, cuando aún no estaban de moda las Universidades estivales. «Don Vicente» rigió la Universidad de La Rábida durante 30 años, habiendo dejado un vivo recuerdo de admiración y afecto en los varios miles de estudiantes y profesores españoles e hispanoamericanos que asistieron a esos cursos durante aquellos tiempos, que todavía hoy en gran parte se agrupan en la «Asociación de La Rábida». La Escuela es hoy un prestigioso centro de investigación y de publicaciones científicas, que ha editado más de 400 volúmenes entre libros y «Anuarios». Como investigador de la historia de España y de América, Rodríguez Casado cultivó principalmente el siglo XVIII. Sus libros y trabajos acerca de la política exterior, militar y religiosa del reinado de Carlos III, sobre la colonización y establecimiento de la Luisiana, el Perú del virrey Amat, y otras numerosas monografías, constituyen una copiosa obra científica a la que hay que agregar notables ensayos también de carácter histórico, como las «Conversaciones de Historia de España». Asimismo ocupó puestos políticos de relieve en los años sesenta, preferentemente de tipo cultural o de promoción social, como la dirección de Información (luego Cultura Popular y del Libro) y la del Instituto Social de la Marina.
Durante los últimos tiempos dedicó especial atención a varios países americanos en los que desarrolló cursos y conferencias, en particular Perú, donde era profesor extraordinario de la Universidad de Piura. Como buen conocedor de la realidad peruana, y al tiempo que elogiaba el número dos (marzo) de NUEVA REVISTA, cuya «cover story» era una larga conversación con Mario Vargas Llosa, comentó a un miembro de nuestro Consejo Editorial que el ilustre escritor no ganaría las elecciones presidenciales, aunque fuera el favorito entonces de todas las encuestas. ¿Quién ganará, pues? Respuesta: «un chinito llamado Fujimori».
A orillas del Arno, en la coqueta Galería Il punto, muestra estos días su obra el pintor Xurxo Alonso, perteneciente a esa hornada que en la última década ha revitalizado el quehacer plástico en Galicia.
En esta exposición de Florencia, ciudad paradigmática en relación con el hecho artístico, el creador gallego mantiene intactas las estructuras que hasta ahora definieron su trabajo, esto es, rotundidad expresiva, soltura de trazo, gesticulosidad contundente y un sofisticado gusto por el misterio, aunque ahora celebremos un mayor registro en los trazos, un decir más pausado, y en fin, una mayor sabiduría en la concepción global de la obra. El sutil giro no viene dado tanto por dejarse arrastrar por el oleaje de la propia producción, como por una, aunque solapada, férrea voluntad de cambio en sus planteamientos estéticos, a lo cual es ajena la utilización —donde otrora sólo había pintura acrílíca— de barnices y aceites junto a la pintura de agua, o la introducción en sus obras del pastel al óleo y del collage de papel.
Con una pintura que ejerce la seducción por la vía de la sugerencia, sus naturalezas muertas son como sueños vividos pero malamente recordados, y a lo cual hacen alusión algunos de sus títulos: Seduto a lavóla con un amare lento e difficile o Gran desayuno en el norte.
Una nueva ocasión de ver la obra de Xurxo Alonso y de contrastar su trabajo la tendremos durante la muestra que abrirá a mediados de octubre en la sala García Castañón de Pamplona.
El tan traído y llevado modelo sueco, que constituye para muchos socialdemócratas el desideratum, atraviesa una grave crisis, como se ha puesto de relieve durante el reciente XXXI Congreso del SAP celebrado a mediados de septiembre en Estocolmo.
En efecto, las cifras son elocuentes: crecimiento del P1B equivalente a la mitad de la media de los países de la OCDE, inflación superior al 11 por 100 anual y paro previsto de un 3 por 100 para 1991, tasa esta última moderada, pero alia, si se considera que hace tres años era sólo de un 1,5 por 100.
Según fuentes diplomáticas de los Estados Unidos, el embargo en verdad, un bloqueo irregular por múltiples causas contra Irak dará sus frutos y no será necesaria una intervención militar directa contra el régimen de Saddam Hussein, la cual, por otra parte, se considera acarrearía unas consecuencias políticas muy negativas para el Occidente y para los propios Gobiernos árabes que ahora se enfrentan a Bagdad.
No obtante, el impresionante despliegue militar se justifica por las propias exigencias del bloqueo impuesto, con el fin de que no sea burlado; por la seguridad de Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Arabes Unidos y Omán; y, en última instancia, por la eventualidad de recurrir a la guerra si se producen nuevas agresiones de Irak o si el bloqueo fracasa porque algunas naciones incumplen el mandato de la ONU y sostienen subrepticiamente a Saddam.
Irak ha ofrecido financiar las obras de la gran mezquita de Lyon, uno de los proyectos más ambiciosos del Islam en Francia, cuyos centros de diverso tipo hasta ahora eran generalmente costeados por Arabia Saudí y Kuwait.
Los teólogos del islamismo contrarios a Saddam Hussein han desplegado una gran actividad en las principales capitales de la Europa occidental explicando, entre otras cosas, que las mujeres del Ejército USA no van en «short» a menos de 1.500 kms. de La Meca…
Los Estados Unidos advirtieron directamente a Fidel Castro que el petrolero que éste dijo iba a enviar al Golfo Pérsico para recoger el petróleo ofrecido gratuitamente por Irak llegaría a las lindes de la zona, pero, en virtud del embargo-bloqueo, tendría que dar la vuelta y regresar a casa vacío.
Los periódicos han dado cuenta recientemente del nombramiento del diplomático Fernando Arias Salgado como embajador de España ante los organismos de la ONU en Viena. Es un gran destino para un jefe de misión joven, que sustituye en el puesto vienés a otro ilustre diplomático, trasladado a París, Eloy Ibáñez. Pero, sorprendentemente, nadie ha recordado la ejecutoria centrista, con el gobierno de UCD, de ambos personajes. La vida española, acelerada por tantos acontecimientos, parece haber consagrado como principio de buena convivencia el hecho de tener mala memoria. Así se llega a sostener, como algunos pretenden, que realmente la democracia empieza con la llegada del PSOE al poder, y todo lo demás es prehistoria.
El caso de Fernando Arias es especialmente digno de ser recordado, como uno de los hitos a los que se llegó en España en la lucha política.
Arias, nacido en plena guerra civil en Valladolid, donde su padre era director del periódico Libertad, es hijo de Gabriel Arias Salgado, primer ministro de Información del franquismo-un nombre que tampoco dice nada ya a las jóvenes generaciones periodísticas, algunos de cuyos componentes creen que Fraga ha sido siempre presidente de la Xunta-, pero, como su hermano Rafael, tiene vida política propia.
Primer director general de RTVE tras el Estatuto del Ente consensuado entre las fuerzas políticas, Fernando Arias fue víctima de una de las maniobras más sectarias que se recuerdan en la lucha por el control de la TV en España: fue acusado de apropiación indebida y malversación de caudales públicos, en una denuncia firmada por Felipe González, Alfonso Guerra, Gregorio Peces Barba, Federico de Carvajal y «tutti quanti» eran algo en el PSOE, cuando este partido estaba en la oposición y la ejercía de la manera más desgarrada…
Naturalmente, la querella no prosperó, Arias fue absuelto con todos los pronunciamientos favorables y, ahora, ese episodio lamentable debe ser piadosamente olvidado.
El profesor Juergen B. Donges, catedrático de Ciencias Económicas en la Universidad de Colonia y director del Instituto de Ciencia Económica de esta ciudad, antiguo presidente del Instituto de Economía Mundial de Kiel, en un reciente opúsculo publicado en España por el Instituto de Estudios Económicos, saca las siguientes conclusiones de la apertura de los mercados del Este:
«Los cambios en la Europa del Este pueden constituir un hito en la evolución de la división internacional del trabajo. Los procesos de globalización de mercados e internacionalización de la producción pueden extenderse a una amplia región (con 425 millones de habitantes supera la población de la CEE), hasta ahora marginada por decisión propia. Para la CEE, de hecho ya se ha extendido el mercado hasta la frontera occidental de Polonia. Para toda Europa se abre la perspectiva de que se integrarán mutuamente las diferentes agrupaciones económicas supranacionales existentes, es decir, la CEE, la EFTA y el CAEM; no tiene que tratarse de una integración institucional, pues para cosechar los beneficios de una división internacional del trabajo eficiente basta con que se produzca una integración funcional, es decir, a través del mercado, lo que implica la eliminación de las trabas al libre comercio de bienes y servicios y a la libre circulación de capitales y tecnologías.
Aún queda mucho camino por recorrer hasta que quede configurada la nueva Europa con mercados abiertos. En el Este, son numerosas las incógnitas que se ciernen sobre el proceso de ajustes internos (emprendidos o previstos); incluso en el caso de Alemania Oriental, donde no hay dudas sobre la irreversibilidad del cambio, el modelo aplicado para el rápido tránsito a la economía social de mercado es inédito y por lo tanto cabe la incertidumbre en cuanto a sus implicaciones específicas. En la Europa Occidental, concretamente la CEE, subsiste la resistencia a abolir las barreras proteccionistas frente a los países del Este, en su mayor parte selectivas y de tipo no arancelarío, incluso después de los acuerdos comerciales alcanzados recientemente.
Todo esto significa que desde la óptica occidental las oportunidades que los mercados del Este suponen para las exportaciones e inversiones son más potenciales que reales y surgen más a medio plazo que a corto (habida cuenta del caso especial alemán). Lo dicho significa también que la competencia desde el Este a la producción nacional no se hará sentir de inmediato.»
Los plásticos tienen mala prensa en materia de Medio Ambiente. Pero conviene saber que si se restringiera su uso, como algunos pretenden, se seguirían algunos problemas ambientales: por ejemplo, si dejasen de emplearse como envases, los residuos aumentarían el 400 por 100 en peso y el 250 por 100 en volumen, y el consumo de energía se duplicaría.
Los plásticos constituyen una gran familia de materiales diferentes, con multitud de usos en los que es difícil o imposible sustituirlos. Por ejemplo, entre sus predecesores figuran el marfil y las conchas de tortuga; los colmillos de elefante fueron el único material utilizado para bolas de billar hasta que se consiguió fabricar los polímeros que hoy los sustituyen.
Querido director: Ya te decía yo que en el Comité Editorial de NUEVA REVISTA hay muchos de Letras y pocos de Ciencias. En apoyo de esta hipótesis puedo aducir la «Clave para determinar la letra del NIF» publicada en esta sección el mes pasado.
Por un lado, hacer una división con tres decimales, seguida de una multiplicación, un misterioso cambio de signo y una resta de dos números larguísimos, constituye una serie de operaciones olvidadas, acaso felizmente, por la mayoría de nuestros lectores; como además no cabe ya el recurso a los hijos pequeños, que tampoco saben hacerlas con tanto ordenador que manejan, temo que se hayan producido grandes quebraderos de cabeza.
Por otro, el cálculo de ese número z que da entrada a la clave es algo más sencillo: basta hallar el resto, entero, de dividir por 23 el número del DNI.
Aliquando dormitat Pitágoras…
Angel Ramos
(Ingeniero de Caminos. Miembro del Consejo Editorial de NR)
Nuestro colaborador Ricardo Paseyro, uruguayo nacionalizado francés, ha sido premiado por la Academia Francesa con la «Medaille de Vermeil du Rayonnement de la Lanque française», dentro de los galardones dispensados por la ilustre institución en 1990. NUEVA REVISTA felicita efusivamente al señor Paseyro por tan merecida distinción.
Título: Le voile du silence.
Autor: Djura.
Editorial: Edition n.º 1. Michel Lafon. Paris, 1990. 175 páginas.
Precio: 89 francos franceses.
En las listas francesas de éxito un libro singular acaparó los primeros puestos este verano, El velo del silencio. Su autora es «Djura», simplemente. A quienes ignoren quién se oculta tras ese exótico nombre les diré que se trata de la más famosa cantante de música bereber o «kabyle», fundadora y animadora del grupo «El Djurdjura», cuyas actuaciones en directo concentran a miles de personas tanto en Francia como en otros países europeos donde existe una importante emigración argelina, magrebina o árabe en general.
«El Djurdjura» recrea los ritmos seculares de la Kabilia argelina en lengua bereber. Solamente eso les valió la prohibición durante largos años en Argelia donde el «derecho a la diferencia» fue fulminado por la llamada «revolución popular». Hace algún tiempo los estudiantes de Tizi-Uzu, capital de la Kabilia bereber, fueron ametrallados por haber reivindicado simplemente la creación de una cátedra de lengua bereber, su lengua y la de sus padres. Tal vez ahora, con la particular «perestroika» argelina, las cosas hayan empezado a ser diferentes…
Djura no narra, sin embargo, en su libro ni la lucha de sus paisanos por una cultura diferente ni la historia de las brutalidades y persecuciones que desde Ben Bella (hoy reconvertido al pluralismo democrático tras un largo cautiverio…) a Benjedid, pasando por el feroz y fanático Bumedien, sufrieron los bereberes argelinos. No, esa historia está sin contar y algún día alguien deberá hacerlo. Lo que Djura cuenta en este libro singular es su propia historia, la de una niña que emigra con sus padres a Francia, se integra —mal— en la cultura de la ex metrópoli y sufre, como si estuviera en Argelia, las leyes del patriarcado más retrógrado y del machismo más agresivo.
Todo empieza cuando Djura decide construir su propia vida, estudiar, emanciparse. Sobre ella cae, como una espada, la intransigencia del padre y los hermanos que recurren a todo tipo de métodos (desde la paliza cotidiana al encierro) para hacerla entrar «en razón», una razón que se traduce en un matrimonio negociado con alguien a quien nunca conoció, la prohibición terminante de ir a la Universidad o el «velo» tradicional cuando regresa coyunturalmente a la Argelia independiente, liberada desde luego del yugo colonial, pero sometida, todavía hoy (¡y por cuánto tiempo!) a los demonios familiares del Islam.
Testimonio tremendo, implacable y emocionante. Djura habla en nombre de todas las mujeres que «desde el Atlántico al Mar Rojo» sufren la discriminación, la violencia, la arbitrariedad y el desconsuelo de un sistema de valores atribuido —erróneamente, sin duda— al Islam. Pero habla, sobre todo, de un estado de cosas que se produce en nuestra propia casa, en Europa, donde la emigración de la otra orilla del Mediterráneo no siempre ha podido sacudirse el peso de la tradición. Y cuando pudo, tal vez no quiso, intentando así guardar las señas de identidad que la tierra de promisión les negaba.
Nada de cuanto se narra en este texto singular puede resultarnos a los españoles ajeno. En primer lugar, porque algunos de los usos y costumbres aquí narrados nos resultan extrañamente familiares todavía.