Al servicio de la persona

Manuel Piedrahita

Título: «La televisión dominada».
Autor: Francisco Iglesias.
Editorial: Rialp, Madrid, 1990, 117 páginas.
Precio: 950 pesetas.


Desde hace ya algunos años, en cuantas «mesas redondas» y conferencias sobre el tema he participado, procuré poner en guardia al auditorio iluso frente a los encendidos panegíricos a la televisión privada. Advertía que era inevitable su llegada, porque no se le podían poner puertas al campo del expansionismo audiovisual. La televisión pública ya no podía por más tiempo mantener numantinamente el monopolio. Pero todo eso no podía ocultar la realidad: la televisión privada, o comercial que es como siempre se le debía llamar, nunca se planteará como objetivo primordial, hacer una programación donde el fenómeno social de la televisión no se confunda interesadamente con una industria más. Berlusconi lo ha dicho con toda claridad en Venecia. La televisión es un vehículo para obtener publicidad; lo demás es secundario.

Viene todo esto a cuento, después de leer el libro de Francisco Iglesias, La televisión dominada, cuyo hilo conductor está impregnado de la lógica desilusión. No sé si esperaba que los Berlusconi, Maxwell, Canal Plus, etc., invirtiesen su dinero en unas cadenas de televisión que eleven el grado de sensibilidad de los espectadores, consoliden los hábitos democráticos y aumenten el sentido crítico de la sociedad. Los promotores de la televisión comercial no tienen más meta que ganar dinero.

Esa realidad la conoce bien Jerry Mander y la ha reflejado en su libro Four arguments for the elimination of television, que Iglesias cita ampliamente como clara muestra de que esos argumentos le han fascinado. Mander lleva toda la razón del mundo porque su enfoque se basa en la televisión comercial norteamericana, desgraciadamente el modelo importado por las televisiones comerciales europeas. En vez de la eliminación que él sugiere, lo han copiado…

Pero Mander, y me parece que Iglesias también, no ha mirado con su objetivo al modelo de televisión pública europea. O al menos no han insistido en lo que la BBC inglesa o la ARD y ZDF alemanas, por poner dos ejemplos que conozco a fondo, han aportado a la televisión con metas muy distintas a sólo ganar dinero.

El libro de Francisco Iglesias llega en un momento clave, pues la función social de la televisión es motivo de discusión o al menos de resquemor por parte de una audiencia, minoritaria por desgracia, que protesta. El tirón que la televisión comercial da de la audiencia potencial repercute, asimismo, en la televisión pública. Ocurre aquí y en todas partes, aunque mucho menos en Alemania donde desde el principio se perfiló una televisión pública de verdad, o sea al servicio de la sociedad, y fuertemente estructurada en su financiación.

De todos estos temas, pero sobre todo de los criterios morales de calidad -pornografía, por ejemplo- habla Francisco Iglesias en su libro. Hay otro tipo de inmoralidad, si es que se le puede llamar así, tan perniciosa como la pornografía. Sus fundamentos están en la «publicidad salvaje» que favorece el lujo desmesurado, el consumismo, la riqueza. Todo esto atasca los conductos que permeabilizan la sensibilidad social y la sensibilidad del espíritu. ¿Hay algo más descorazonador que esos concursos dirigidos desgraciadamente a la familia por las horas en que se emiten?

La televisión dominada es un libro que hay que leer. Vale de reflexión y a mí, al menos, me ha confirmado en mis criterios de que la televisión pública controlada por la sociedad, es la única capaz de cumplir con ese ideal de servicio al individuo, a la persona humana.