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Ver productos1 Nov 1991 - 5min.
Resulta alentador pero al mismo tiempo extraño que lo que parecía inalcanzable hace muy pocos años, e incluso utópico, sea hoy una posibilidad real. Me refiero a la histórica iniciativa del presidente Bush sobre desarme nuclear. Para los que en la década de los años 70 analizábamos a diario los acontecimientos mundiales -de aquella época en un libro que escribí, y titulé, con pesimismo realista, «El desarme imposible» todo era entonces imposible o casi imposible. Naturalmente, aún no había sonado la hora de Gorbachov, pese a que su nombre ya empezaba a barajarse entre los «kremlinólogos» como uno de los candidatos a la futura sucesión de la acartonada «nomenklatura». No cabe la menor duda que el líder soviético ha sido pieza fundamental en todos los cambios vertiginosos de los dos últimos años y, también, en la decisión del presidente norteamericano. La propia respuesta de Gorbachov, calificada por Bush de «buena noticia para todo el mundo», confirma una vez más que la guerra fría se va convirtiendo poco a poco en un hito histórico del pasado.
Sin embargo, hay que restregarse los ojos para cerciorarse de estar despierto y de que aquello tan imposible, tan lejano, ya no lo es tanto. El desarme nuclear ha pasado de ser una maratón de resistencia y avatares complicados, a convertirse en una carrera de cien metros lisos. Una carrera aún por disputar, no exenta de dificultades, pero ya más viable. Parece como si al aproximarnos al nuevo milenio, los políticos que mueven los hilos del mundo quisieran ser ante todo estadistas. Bush y Gorbachov así lo han entendido. Abrir y desbrozar el camino que nos lleve a un mundo sin armas nucleares ha de suscitar admiración incluso en los más reacios a admitir las virtudes políticas del adversario ideológico.
El presidente Bush, con su iniciativa unilateral, sabe que Gorbachov es aún el interlocutor válido para tratar de las cuestiones nucleares en la nueva Unión Soviética. La ebullición disgregadora de las repúblicas supone al mismo tiempo pérdida del control sobre tanta arma táctica esparcida por todo aquel amplio territorio. Ucrania, concretamente, es la tercera potencia nuclear del mundo. Se hace, pues, más necesario que nunca llevar a la práctica esa constante histórica de intentar «meter el genio en la botella», según la feliz expresión de un columnista del Washington Post. Un esfuerzo que durante la guerra fría era, además, suplicio de Tántalo. Las negociaciones sobre desarme se hacían interminables y la certeza de que era imposible dar pasos sustanciales en tanto callejón sin salida, estaba a la orden del día.
El presidente Bush, con su iniciativa unilateral, sabe que Gorbachov es aún el interlocutor válido para tratar de las cuestiones nucleares den la nueva Unión Soviética.
Ahora es al contrario, y la carrera armamentista se ha convertido en una pugna por el «quién da más». Gorbachov no sólo ha aceptado la eliminación y cese de producción de armas nucleares, según la propuesta de Bush, sino que incluso ha ido más lejos. No nos referimos a su oferta de moratoria de pruebas nucleares, que se siguen efectuando tanto en Nevada como en Novaya Zemlya; propuesta habitual de Moscú, pero que rechaza por ahora Washington. Lo nuevo de la iniciativa de Gorbachov es que por vez primera desde 1983, cuando Reagan dio a conocer la Iniciativa Estratégica de Defensa, más conocida por «guerra de las galaxias», la URSS da muestras de flexibilidad al estar dispuesta «a considerar las propuestas» norteamericanas. Si, además, Gorbachov pretende ser «más» que Bush en la reducción de tropas —500.000 propone Bush, 700.000 es la oferta de Gorbachov—, resulta evidente que la carrera hacia el holocausto es ahora una carrera marcha atrás. Lo cierto es que el miedo a una hecatombe nuclear actuaba de «deterrent» o fuerza disuasoria. ¡Cuántas veces la espada de Damocles o el paraguas nuclear evitaron que prosperase el chantaje para consolidar la invasión ideológica! ¿Quién se acuerda ya de aquellos días dramáticos de la crisis de los misiles, cuando Kennedy frenó en seco la audacia de Khruschev?
Pese a todo, pese a que el panorama es más esperanzador, aún no podemos echar las campanas al vuelo y proclamar «urbi et orbi» que hay desarme nuclear total. Es más prudente afirmar que el desarme es ya posible. No han cesado ciertas reticencias, ni el «sí… pero» del presidente Mitterrand y del «premier» John Major. Washington está a favor de una reducción unilateral de bombas tácticas desplegadas en Europa.
Pero al mismo tiempo comparte la preocupación de los europeos occidentales, que temen el desmantelamiento de todo ese armamento. Argumentan que se podría desembocar en la vieja idea de Moscu de neutralización nuclear de Europa.
Aunque la OTAN parece estar dispuesta a reducir a la mitad su arsenal nuclear en Europa, lo cierto es que Mitterrand no quiere oír hablar de la posibilidad de desmantelar su flota de cuatro submarinos nucleares en funcionamiento, un quinto que está siendo reparado y un sexto en construcción. John Mayor dice que Gran Bretaña estaría dispuesta a eliminar sus misiles de tierra, pero no es partidario de renunciar a los bombarderos que transportan carga nuclear. La otra potencia nuclear, China, va por libre y sólo es capaz de expresar buenas intenciones.
Hay, sin embargo, que felicitarse de la iniciativa de Bush y la positiva respuesta de Gorbachov. Por ejemplo, en el futuro los únicos navíos de guerra norteamericanos con armas nucleares serán los submarinos estratégicos, equipados con misiles balísticos intercontinentales. La iniciativa del presidente norteamericano supone la eliminación de armas tácticas nucleares de los barcos de guerra USA. Se acabarán las manifestaciones de protesta tan habituales cuando la flota de Estados Unidos atracaba en cualquier puerto del mundo. Asimismo, la decisión de Gorbachov de cancelar los nuevos programas de misiles estratégicos y de construcción de misiles de medio alcance para bombarderos, va en la línea de la decisión de Bush de, también, cancelar los programas de un nuevo misil móvil y de una nueva versión del MX.
Hay que felicitarse, en fin, del paso tan grande que Bush primero y Gorbachov después acaban de dar para apartar de la humanidad el peligro nuclear. Un hito histórico más de los muchos que nos ha proporcionado la segunda mitad de la década de los 80 y comienzo de los 90. Ahora, al contrario del título de aquel libro, lo imposible es el rearme.