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Ver productos1 Jun 1992 - 7min.
Siempre que presencio cualquier actitud poco cívica, con un adulto como protagonista, no sé por qué me acuerdo de la escuela primaria. Lo mismo me ocurre cuando soy testigo, o víctima, de esos pequeños y grandes desaguisados a los que nuestra sociedad, tan adelantada en el plano tecnológico, nos tiene acostumbrados. Falla muchas veces la educación escolar, la formación profesional, la capacidad que cabía esperar de una formación universitaria, los valores éticos en el mundo laboral y profesional.
No me sorprende, pues, que toda esta «mala educación» repercuta en el verdadero desarrollo socioeconómico y cultural, y que algunos países estén siempre en la cola mientras otros no sólo avanzan gracias a su inercia original sino que se separan aún más de los que, desgraciadamente, tardaron en reaccionar ante los retos del futuro. Pese a todo, nunca será demasiado tarde para que el Estado y la Sociedad se vuelquen en mejorar un sistema de enseñanza donde no se soslaye la educación, la formación, el aprendizaje en sus múltiples facetas. Siempre es buena la reflexión sobre lo que quizá no se pudo, o no se quiso, hacer y aún es tiempo de remediar.
El presidente Mitterrand, por poner un ejemplo cercano, ha señalado como meta para el año 2000 que los estudiantes franceses alcancen el nivel de sus homólogos alemanes.
Mucho se habla del Mercado Único Europeo y de la fecha clave del 1 de enero de 1993, pero poco o nada de la trascendencia que para la Nueva Europa tiene una política educativa si no idéntica, al menos homogénea. Me refiero a lo que podía llamarse «europeización de la formación educativa». Y en este capítulo, Alemania, al igual que en lo económico —la célebre locomotora que tira de los demás— juega un papel importante. Su sistema educativo, aunque no sea precisamente un camino de rosas y los problemas de toda índole se amontonen, merece al menos que se mire con ese espíritu de reflexión a que antes me refería. Si queremos involucrarnos definitivamente en la CE, no tenemos más remedio que prestar atención al modelo alemán de educación que lógicamente no se puede calcar pero del que se deben extraer interesantes experiencias; sobre todo si queremos que nuestra vocación de país industrializado no sea pura retórica. El presidente Mitterrand, por poner un ejemplo cercano, ha señalado como meta para el año 2000 que los estudiantes franceses alcancen el nivel de sus homólogos alemanes.
Hay en el sistema educativo alemán muchos aspectos encomiables, pero uno sobre todo es clave. Lo decía hace un año el entonces ministro de Educación, el liberal Jürgen Möllemann: «Los éxitos de la economía alemana se deben en gran manera a su excelente formación profesional y a sus especialistas bien cualificados». Los alemanes están con razón orgullosos de lo que llaman «sistema dual» de formación, en la escuela profesional como en la empresa. Los que eligen esta salida, ya que por diversas razones no pueden seguir hacia adelante camino de la Universidad, no sufren frustraciones graves. Son una pieza muy importante de la infraestructura económica y de ahí que se les remunere con arreglo a esa responsabilidad.
El economista británico, Siegbert Jon Prais, atribuye la reducida productividad de la economía inglesa, en comparación con la alemana, al menor número de trabajadores con una formación cualificada. ¿Qué decir de nuestro país, donde la máxima ilusión y ambición de un padre es que su hijo, valga o no valga, se matricule en la Universidad? Aquí entramos en ese camino resbaladizo donde factores de tipo adverso como puede ser el status social, juegan en España aún un efecto notable y que en Alemania no es tan decisivo. El bachillerato elemental abre muchas vías y posibilidades a la verdadera vocación. ¡Cuántos jóvenes españoles malgastan su tiempo y el dinero público, por elegir una carrera que no les llena y que en muchos casos ni siquiera terminan!
La dinámica original, a la que aludíamos al principio, es en el caso alemán muy clara. Aunque los patrones alemanes del último tercio del siglo XIX temían que la enseñanza teórica de los aprendices fuera de la fábrica podía ser foco de rebeldía, se dieron cuenta muy pronto que la empresa era la primera beneficiada de una formación técnica paralela a la formación práctica. Viene, pues de lejos la idea de afianzar adecuadamente los eslabones medios del sistema productivo; con mirada poco altruista al principio, que sin embargo mucho después ha sido apoyada por los sindicatos como manera de contribuir al bienestar real y no utópico de los trabajadores.
Actualmente existen en Alemania aproximadamente 383 carreras reconocidas de formación profesional, que constituyen la base para ejercer más de 20.000 actividades y oficios.
Este modus operandi del sistema educativo profesional ha permitido, entre otras cosas, a la economía alemana afrontar la evolución y cambios técnicos en los campos de la microelectrónica, técnicas energéticas, biotécnica así como en el sector de los nuevos materiales. Incluso hace falta un mayor número de especialistas y se habla de mejorar aún más la calidad de esta enseñanza dual, pues las exigencias respecto a la cualificación profesional aumentarán en el futuro. Si ahora en Alemania un 30 por 100 de todos los puestos de trabajo corresponden a ocupaciones sin cualificar, en el futuro serán sólo el 20 por 100. Todo esto es lógico de una sociedad donde las modificaciones de la estructura económica se han asumido con la eficacia que proporciona el no tener que improvisar sobre la marcha. Actualmente existen en Alemania aproximadamente 383 carreras reconocidas de formación profesional, que constituyen la base para ejercer más de 20.000 actividades y oficios.
Los éxitos de la economía alemana se deben en gran manera a su excelente formación profesional y a sus especialistas bien cualificados.
El actual ministro federal de Educación Rainer Ortleb, del FDP (Partido liberal), se propone durante su mandato que los jóvenes de ambas partes de Alemania se sientan «atraídos hacia la formación profesional». Ortleb, cuya familia vive en Rostock, en la ex RDA, desea para su hija de diez años una oferta educativa amplia y de calidad, así como el libre acceso a todas las ofertas de formación. Un deseo que comparten todos los padres alemanes.
Adentrándonos ya en los estudios universitarios, me parece importante hacer mención a los estudios de Ciencias Económicas que atraen a miles de estudiantes. Otra cosa es que lleguen todos al final de la carrera. Como decía en cierta ocasión el jefe de personal de una empresa química de Frankfurt, «en las universidades alemanas hay un proceso de selección natural; quien finaliza sus estudios, por ejemplo en la Universidad de Colonia, ha superado un verdadero test de supervivencia y puede considerarse que está preparado para afrontar el difícil reto profesional».
Es notorio que en las Escuelas Superiores universitarias de Alemania, el concepto utilidad está muy presente. Es el salvoconducto que permite lograr la colocación anhelada. Pero no por ello se olvidan otros valores tradicionales. Como ha dicho Meinhard Miegel, director del Instituto de Economía y Sociedad de Bonn: «Necesitamos las universidades como fuente de reflexiones críticas; como sedes de la sabiduría y la moderación». No todos entienden la máxima de que «aprender a pensar» puede ser tan útil como prepararse para competir.
Esto nos lleva, por último, a una experiencia surgida en Munich, en la que participa la Oficina Federal de Trabajo, la Universidad y la Unión de Empresarios de Baviera. Se pretende que los estudiantes de humanidades sean preparados durante sus estudios para poder afrontar los retos de la industria. Se intentan limar las clásicas asperezas entre el mundo de las humanidades y el mundo de las ciencias. Además como ha dicho Günther Opitz, director de formación del Hypo-Bank, «los licenciados en letras tienen a menudo mayor motivación que los propios economistas». Un gran bagaje cultural y una cabeza formada en aquella máxima de aprender a pensar, sin olvidar la adecuada formación profesional y técnica, es algo vital para afrontar los retos del Mercado Único Europeo. Miles de jóvenes, así de «bien educados», son necesarios también; porque la industria no puede permitirse el lujo de dejar inactivo a ese potencial humano y sólo centrar su atención en aquellos que, posiblemente sin vocación, eligen carreras de fácil salida.