Octavio Paz: Hotel Drake, habitación 1.605

Juan Malpartida

La noticia del Nobel le llegó cuando se encontraba en la habitación 1.605 del hotel Drake de Nueva York. Aunque sea un poco caprichosamente, me parece un símbolo de la obra de Paz: el cosmopolitismo y la tradición. Por un lado, la ciudad que simboliza a la modernidad; por el otro, esa fecha central que marca la salida al mundo de la obra capital de Cervantes, El Quijote. Toda la obra de Octavio Paz puede leerse como un diálogo-tensión, relajación y revelación entre tradición y modernidad. Lo aprendió en los mejores escritores del primer tercio de nuestro siglo, pero también en los pintores que supieron ver en las obras del más remoto pasado (pienso, por ejemplo en Picasso), una dimensión absolutamente actual.

Octavio Paz estaba en Nueva York y en 1.605, sólo que, al juntarse en el espacio de su poesía, nos estaba brindando un nuevo tiempo hecho con las voces del pasado y con una nueva voz que teje en el aire la casa del poema. Este es uno de los rasgos principales del gran escritor mexicano, su capacidad para hacer presente, es decir, para darle cuerpo, la historia y cultura remotas u olvidadas. Su obra es una suerte de puente versátil regido por una de las palabras más hermosas de cualquier lengua y fundadora de nuestra cultura reflexiva, el diálogo. Fue Julio Cortázar quien comparó a Paz con una estrella de mar: tentacular y siempre fiel a un centro. Dialogador insaciable, con los otros y consigo mismo «J’est un autre», es un hombre tocado por una curiosidad inagotable: el detalle del día, la anécdota, el chisme y lo más hondo: las líneas de las culturas, el silencio y el vocerío de las civilizaciones. La mirada afilada y combativa resuelta en respuestas eruditas y coherentes o en paradojas rápidas; la mirada que interroga, escudriña, entra y despierta a toda la casa, y la que se abre a la risa y a las sonrisas. La gravedad transformada en juego, en cordialidad; el saber que se comparte, la amistad que es un compartir. Poco bromista, pero no un hombre serio: se ríe de sí mismo, o más bien: cuando se ríe, sí mismo se desvanece: triunfa el chiste de la poesía, la cualidad de unir lo disparejo, el fondo de la fraternidad sobre la disolución budista. Festín mientras tintinean los vasos: el mundo está lleno de risitas. Ama profundamente a la poesía: la acosa y la venera, y siente predilección por los poetas que saben lo que sus poesías dicen, no lo que van a decir. Erudito como pocos poetas de nuestro siglo, transforma los datos en saber.

Cientos de lecturas se convierten en unas líneas claras. Ejemplo de economía verbal y de orientación personal. Lo ha dicho en alguna parte: no un saber enciclopédico, un saber que nos enseñe a vivir, una sabiduría. Estudió el budismo y sus diversas ramificaciones, pero no para negar este mundo sino para llegar a pensar que, junto a esa dosis de irrealidad de todo lo existente, transcurre una corriente alterna: el mundo es real. Si el silencio es mental (John Cage), real e irreal ¿no son momentos de un mismo latido llamado hombre? Toda su obra está habitada por una visión crítica que ve en las palabras su falla ontológica, y en las cosas -silenciosas y sin nombres- el punto en que oscilan hacia el signo. Las palabras se derrumban y se levantan, se transforman en la artesa de los siglos; no son el sentido, son una búsqueda de sentido. Paz se reconoce hombre no en la respuesta de las filosofías y de las religiones sino en las preguntas que, entre agitación y quietud, el hombre se hace. Un sentido buscado, no sólo en sí mismo sino a través de los otros y de la vasta otredad de los sentidos. No es extraño que en esa búsqueda haya desplegado una obra en la que brilla una extrema fascinación por la existencia femenina: la mujer. Atracción erótica y amorosa. Por lo primero, es un impulso que tiende hacia el sujeto con el deseo de absorberlo, transformarlo; por lo segundo, una lúcida conciencia de perpetuar la presencia. Por otro lado, la mujer en la poesía de Paz es casi siempre la otra orilla, el otro lado de la realidad: vislumbre privilegiado del mundo que, estando más allá de nosotros, es el centro de nuestro ser: somos, más allá de la conciencia y del solipsismo de los espejos, lo otro. El amor y la poesía son «el enterramiento de los espejos», «la abolición de los pronombres». En su obra, jamás la persona amada trasciende por abstracción. El cuerpo se transfigura, pero no se convierte en una idea ni en una esencia, sino en pluralidad de presencias. El eje es la imaginación, el fuego de todos los fuegos.

El 11 de octubre de 1990 se ha premiado a un gran descubridor. No ha inventado continentes, los ha descubierto bajo la piel de la realidad, en el limo de las ciudades, tras las trampas de la fe, en las peras del olmo, abriendo puertas al campo, poniendo el pasado en claro, y haciendo del tiempo un presente perpetuo. Estas palabras me las dictan la alegría y el agradecimiento.