Salto de área

Miguel Escudero

Título: «Qué loco propósito».
Autor: Francis Crick.
Editorial: Tusquets. Barcelona, 1989. 209 páginas.
Precio: 1.300 pesetas.


A poco de comenzar la II Guerra Mundial, con apenas 24 años y una licenciatura en Física, Francis Crick se puso a trabajar para el Ministerio de Marina del Reino Unido en el diseño de minas a distancia. Tuvo éxito pues logró un modelo que, según dice, era cinco veces más efectivo que el empleado anteriormente. Al concluir la guerra se calculó que con este procedimiento se «hundieron o dañaron gravemente unos mil barcos mercantes enemigos».

Ahora bien, Crick no se ha hecho famoso por su investigación armamentista, sino por descubrimientos sobre la estructura molecular de los ácidos nucleicos, que le valieron la concesión del premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1962, junto a sus compañeros Jim Watson y Maurice Wilkins. No puede por menos que asombrar la manifiesta capacidad de Crick para adaptarse a diversas áreas científicas. Cuenta que al cesar en sus actividades bélicas y plantearse de nuevo su vida profesional, se aplicó el «test del chismorreo» y se encontró con que los temas que propendía a sacar en sus conversaciones estaban siempre relacionados con la frontera entre lo viviente y lo no viviente y con el funcionamiento del cerebro. De este modo, decidió orientarse hacia el campo de la biología.

Como muchos otros científicos que han adquirido fama, Francis Crick ha escrito un libro en el que poder comunicar algunas de sus más preciadas vivencias, lo ha subtitulado Una visión personal del descubrimiento científico y dice que va dirigido tanto a sus colegas como al público en general. En él se pronuncia contra el estereotipo que fija la imagen de los científicos como seres imperturbables que resuelven problemas con implacable y fría lógica y que se hallan instalados en alejadas torres de marfil.

Crick hace algunas reflexiones acerca del quehacer científico que merecen ser reseñadas por su interés general. Piensa que hay que estar dispuestos a percibir evidencias inesperadas de distinto tipo y tener imaginación para unificar datos que provengan de diferentes enfoques. Cree que si él y sus compañeros no hubieran tenido éxito por cualquier circunstancia, el descubrimiento de la estructura de la doble hélice en las moléculas de DNA por parte de otros investigadores no se hubiera retrasado más allá de tres años. Reconoce, a su vez, la existencia de un elemento azaroso en los descubrimientos, pero también que el azar favorece a las mentes preparadas, con conocimientos amplios.

Opina que hay que aprender a seleccionar problemas adecuados y saber no atascarse en callejones sin salida, pero sin abandonar prematuramente una investigación tras sufrir diversos fracasos. Además de tenacidad hay que cultivar prudencia en la interpretación de resultados y ser sensible a éstos pero sin dejarse impresionar en exceso, evitando así quedar atrapado por las propias ideas equivocadas.

Ferviente partidario de la interrelación entre las ciencias, objeta con dureza la arrogancia y los malentendidos de destacados matemáticos y físicos. Este premio Nobel considera un peligro «creerse demasiado listo» y flotar en la autosatisfacción.