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Ver productos1 Nov 1990 - 4min.
Título: «Dieu en questions.»
Autor: André Frossard.
Editorial: Desclée de Brouwer/Stock-Laurence Pernoud. 1990. 221 páginas.
Precio: 96 francos franceses.
En la Europa occidental hablar de Dios no está de moda, pese a que supuestamente sea ésta el Reino del Cristianismo desde hace 2.000 años, cuya doctrina expandió por el resto del mundo a lo largo de los siglos. Parece como si «el silencio de Dios», por decirlo con la acertada expresión de Charles Moeller, hubiera salido de los cenáculos de una inteligencia secularizada, en sentido anti-cristiano, desde los albores del XVIII para llegar a la mayoría del pueblo, sobre todo a las nuevas generaciones, que «pasan», literalmente, del asunto más trascendental de nuestra vida, es decir, Dios, nuestra relación con el Creador y nuestro destino eterno.
En otras palabras, el mundo moderno ha hecho buena la tremenda frase de Albert Camus, síntesis de un ateísmo cuasi natural, extendido como una plaga sobre la faz del planeta: «Yo no parto del principio de que la verdad cristiana sea ilusoria. Nunca he entrado en ella y eso es todo». (Conferencia a los cristianos, diciembre de 1946.)
Por ello es estimulante que la gran cuestión de Dios sea planteada a estas alturas de nuestro tiempo con la profundidad debida, tal como lo hace André Frossard, de la Academia Francesa, en este libro riguroso e inteligible, donde el ilustre converso -con ascendientes judíos, hijo del que fue primer secretario del Partido Comunista francés hasta 1923, después diputado y ministro durante la III República- responde a más de 2.000 preguntas formuladas por jóvenes alumnos de preuniversitario.
¿Por qué vivir?, ¿qué es la fe?, ¿qué es la verdad?, ¿son compatibles la ciencia y la fe?, ¿por qué los sacerdotes no se pueden casar?, ¿por qué interviene la Iglesia en la vida privada?, ¿por qué hay injusticias en el mundo?, la Iglesia es misógina, la bioética, el pecado original; he aquí, en suma, algunas de las numerosas cuestiones planteadas y respondidas con precisión a lo largo de este libro apasionante.
Como no es cuestión de abordar aquí, punto por punto, los temas planteados, me fijaré en uno de capital importancia, que adquiere en nuestros días una dimensión nueva: el papel de la mujer dentro de la Iglesia.
Para empezar, Frossard llama la atención sobre el siguiente hecho: la Iglesia Católica venera en la Virgen María al más grande de los seres creados. Y aunque es obvio que durante la Edad Media existieron pensadores absurdos obcecados en una pretendida inferioridad de la mujer so pretexto de que ésta, según un célebre pasaje del Génesis, fue creada después del hombre, lo cierto es que la emancipación de la mujer comenzó con el cristianismo, si bien, a pesar de los progresos últimos, no ha terminado todavía. La tan invocada frase de San Pablo conminando a las mujeres que se callaran en las asambleas prueba, en contra de lo que se pretende, que participaban en éstas, algo largo tiempo inimaginable en nuestros parlamentos. En conclusión, la supuesta duda de la Iglesia en reconocer un alma a las mujeres constituye una necedad desmentida por toda la historia cristiana. Las santas y las mártires han sido veneradas desde los primeros siglos, su glorificación brilla en los muros de Ravena, en las iglesias del siglo VI, y siempre ha habido tantas mujeres como hombres en el Catálogo Romano de las Canonizaciones.
Como es obvio, Frossard aborda los asuntos desde los presupuestos firmes de una fe diamantina, integral no integrista, fijada en su esencia cuando el propio autor descubre la realidad de Dios, tal como él nos lo ha referido en su maravilloso testimonio «Dios existe, yo lo he encontrado» (1969).
Pero el libro no es una reiteración pura y simple de los argumentos tradicionales en torno a la existencia de Dios, sino un brillante contraste dialéctico entre las ideas de los creyentes y las de los no creyentes, examinando también las controversias surgidas en el seno de la propia Iglesia.
Por último, en uno de los pasajes sustantivos de este diálogo universal, Frossard se interroga ¿para qué sirve creer?, y, no como buen dialéctico, sino como hombre que ha vivido la doble experiencia personal del ateísmo militante y la fe, responde con una afirmación llena de buen sentido: «Vemos claramente para qué sirve no creer: para estar sólo en la Tierra, que es el menos fijo de todos los domicilios, y no comprender nunca, en respuesta a las cuestiones que el corazón se plantea, otra voz que la suya».