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Ver productos1 Feb 1992 - 7min.
READ my lips, no new taxes (miradme a los labios: no más impuestos). Estas famosas palabras de George Bush durante la campaña electoral de 1988, incumplidas luego, como tantas otras promesas electorales que suelen hacer los políticos en el curso de la carrera para conseguir el puesto deseado, resuenan todavía en la opinión pública y, por si al pueblo le fallara la memoria, los medios de comunicación se están encargando de refrescársela cotidianamente.
Aludo al asunto de los impuestos como punto de partida de este análisis prospectivo pues considero que la cuestión económica constituirá el punto central del debate político hasta las mismas vísperas del 3 de noviembre próximo, cuando los ciudadanos de los Estados Unidos decidirán quién será el próximo presidente de la primera potencia del mundo.
Aunque Bush es, sin duda, el mejor colocado en todos los pronósticos, de suerte que la mayor parte de los expertos afirman que no necesitará cambiar de domicilio, entre otras cosas porque carece de rivales de talla en el campo demócrata, lo cierto es que la situación económica y social del país ha empeorado en el transcurso de los últimos meses, de manera que introduce un factor de incertidumbre sobre el resultado electoral.
El factor decisivo radica en la propia salud del señor Bush, cuyo desmayo en Japón, después de los diversos achaques sufridos a lo largo de los dos últimos años, siembran la duda sobre su real estado físico.
A este respecto, los principales índice señalan un deterioro notable en capítulos tan sensibles como el déficit público, cuya estimación se fija ahora para el presente ejercicio fiscal (que finaliza en septiembre) en cerca de 400.000 millones de dólares, mientras desde octubre de 1991 hasta enero de 1992 se han perdido 300.000 empleos, aunque la tasa de paro permaneció estable en el 7,1% porque 400.000 personas encontraron trabajos de media jornada. Por otra parte, la producción industrial está estancada, experimentando un mes leves bajas que se compensan al siguiente con ligeras recuperaciones.
Estas cifras pueden, como es obvio, variar en sentido positivo en un próximo futuro, pero el hecho incontestable es que, hoy por hoy, los Estados Unidos viven una etapa de recesión, aunque algunos «gurús» del mundo financiero y económico piensan que el final está a la vista.
Sea de ello lo que fuere, el presidente-candidato Bush es consciente del grave handicap, y ha anunciado una serie de medidas tendentes a la recuperación rápida de la economía norteamericana, como palanca indispensable, a su vez, para la puesta en marcha de unas cuantas acciones de tipo social-sanidad, educación, viviendas, etcétera- en beneficio de las clases menos favorecidas.
Nixon vaticina una lucha ajustada, dando favorito a Clinton para la candidatura demócrata y predice, incluso, una ventaja de la oposición en los Colegios electorales…
¿Demagogia? ¿Medidas electoralistas? En este trance, cualquier decisión poítica de fuste lo es, aunque algunos líderes lo nieguen, siendo así que eso está ínsito en la propia médula de los verdaderos sistemas pluralistas y democráticos, cuya dependencia capital de la voluntad última del pueblo exige, a la postre, atender los requerimientos más perentorios del mismo. ¿Llegará Bush a tiempo y, más aún, son suficientes las reformas anunciadas? Los demócratas piensan, en bloque, que no. Los críticos de la prensa liberal, también. Pero lo grave es que parecido criterio mantienen en el campo republicano el precandidato más sólido y prestigioso-exceptuando, claro esta, al propio Bush-, James Buchanan, el conocido polivalente asesor de Nixon, Ford y Reagan, y, no se asombren, el actual secretario de la Vivienda, Jack Kemp, cuyas aspiraciones presidenciales son notorias.
Otras cuestiones entrarán, asimismo, en el debate electoral, empezando por el aborto, asunto donde Bush sostiene una neta y valiente postura contraria. Como dice el profesor Simon Sefarty, de la Universidad Johns Hopkins, desempleo, impuestos, educación, droga, criminalidad, etcétera, son los puntos básicos de la discusión.
Queda, en definitiva, la consideración de la política internacional, cuyo balance, altamente favorable para el presidente Bush, se ve debilitado por el escaso interés que la opinión pública de los Estados Unidos presta a este ámbito substantivo, salvo en momentos críticos, como las dos guerras mundiales, Corea, Vietnam y la reciente aventura en el Golfo Pérsico.
¿Habrá una nueva guerra, como anuncian medios tan prestigiosos como «Time», «Los Angeles Times», etcétera, para liquidar a Sadam Husein? Aunque la tentación es fuerte, ello supondría reconocer el error de dejarlo con mando en Bagdad, aparte del riesgo que comporta cualquier confrontación bélica en una zona tan convulsa como el mundo islámico, sacudido por la miseria y el fundamentalismo.
Con todo, Bush tiene en su mano la ventaja decisiva. Es el presidente, tiene autoridad y no aparece en el horizonte el candidato demócrata capaz de derrotarlo.
Mario Cuomo, el gobernador de Nueva York, ha manifestado, expresamente, que no se presentará, aunque se lo pida por aclamación la Convención demócrata del próximo Julio. Veremos. De él ha dicho Richard Nixon, en una reciente «reunión privada», que si se enfrentara a Bush, ambos protagonizarían un auténtico combate entre grandes pesos. Más todavía: el ex-presidente Nixon vaticina una lucha justada dando favorite in Felipe el africano ton para la candidatura demócrata, y predice, incluso, una ventaja de la oposición en los Colegios electorales… aunque Bush obtenga la mayoría del voto popular… Según él, California decidirá.
Pero Clinton, como ya le sucediera a Gary Hart en 1988, se ha visto envuelto en un «lío de faldas», y aunque su esposa se ha portado a la altura, echándole un capote oportunísimo e inteligente -demasiado inteligente, puesto que muchos electores preferirían que la candidata fuera ella-, no se olvide que en una sociedad como la norteamericana la vida privada de los políticos es inseparable de su vida públic pública, y cualquier «affaire» reñido con la moral, en su más amplio sentido, puede dar al traste con las aspiraciones más sólidas.
Por si esto fuera poco, The Wall Street Journal ha sacado a relucir que en 1969 Clinton consiguió o recibió una prórroga de dos meses para unirse a un cuerpo de oficiales de reserva, pero no se alistó para la guerra de Vietnam. Posteriormente rechazó la prórroga y se sometió al sorteo… tocándole en suerte el número 311, pero nadie por arriba del 195 fue llamado a filas.
En última instancia, el factor decisivo radica en la propia salud del señor Bush, cuyo desmayo en Japón, después de los diversos achaques sufridos a lo largo de los dos últimos años, siembran la duda sobre su real estado físico, a pesar de las demostraciones atléticas que periódicamente nos sirven los medios de comunicación. Como decía el maestro Moreno Torroba al celebrar su noventa cumpleaños, «la clave de la longevidad estriba en trabajar y no hacer deporte a partir de la juventud, pues el cuerpo es demasiado frágil y hay que tratarlo con mimo».