El desgaste del poder

Sucre Alcalá

Título: «Le Pouvoir et la Vie – L’Affrontement».
Autor: Valéry Giscard D’Estaing.
Editorial: CIE 12, París 1991, 486 pp.
Precio: 129 francos franceses.


He aquí el segundo tomo de las Memorias del que fuera presidente de Francia durante el septenato 1974-1981, superior, por múltiples conceptos, al primero, publicado hace tres años por la misma casa editorial. Digo esto porque, si bien el estilo se mantiene en el nivel propio de uno de los grandes maestros de la lengua francesa, el contenido resulta a todas luces más interesante, ya que aborda asuntos de Estado al tiempo que ofrece una reflexión personal, profunda y a veces patética sobre la cruda realidad del desgaste inevitable que produce el ejercicio del poder, aunque muchos políticos se empeñen en disimularlo.

Dentro de los capítulos de política francesa destacan sus relaciones con los dos primeros ministros que tuvo bajo su presidencia, Jacques Chirac y Raymond Barre. Con el primero —aliado ahora en la lucha por la recuperación del poder perdido a manos socialistas—, destaca la relación tormentosa, casi de amor-odio, y el desplante final de Jacques Chirac, que se marchó de Matignon sorpresivamente, a pesar de los ruegos del propio Giscard para que permaneciera al frente del Gobierno hasta agotar la legislatura. De Barre —elegido tras la negativa del gran Alain Peyrefitte—, a quien tras su nombramiento se presentó oficialmente como «el mejor economista de Francia» —siendo así que lo que Giscard dijo, economista también él y de los buenos: «Barre es uno de los mejores economistas,»— el expresidente elogia su competencia y capacidad de gestión en unos momentos difíciles, de suerte que cuando Mitterrand llega al Elíseo se encuentra con una economía saneada… que el Gobierno social-comunista, con su famoso programa común de la izquierda, se encargaría de estropear rápidamente.

A título anecdótico, Giscard relata el desvanecimiento de Barre durante una copiosa comida en la Embajada de China, regada abundantemente con vino y alcohol de arroz caliente, cuyos efectos son, por supuesto, explosivos, incluso entre complexiones tan sólidas como las del robusto lionés.

En el ámbito de las relaciones internacionales, Giscard, en la más pura tradición gaullista, asumió las funciones con total autoridad. Y a fe que lo hizo con notables resultados, como lo evidencian algunas de las operaciones apuntadas en el presente tomo, en cuya virtud mejoró ostensiblemente las relaciones con los Estados Unidos en este sentido, constituye una revelación autorizada la guía científica que los Estados Unidos suministraban a Francia en pro de su mejor y más barato desarrollo nuclear; reforzó más aún los lazos con la Alemania gobernada por Helmut Schmidt, de quien se hizo amigo personal; mantuvo la entente con los británicos, y se entendió, asimismo, con los soviéticos a este respecto, Giscard relata con minucia la importante y controvertida reunión que mantuvo con Breznev en Varsovia, después de la invasión de Afganistán, la cual sirvió para que el líder comunista comprendiera los riesgos de la aventura y se tentara la ropa antes de dar otro desafortunado paso contra Polonia.

En este amplísimo repertorio de acciones políticas internacionales se echa de menos alguna referencia de fondo a España, sobre todo si se tiene en cuenta el papel crucial desempeñado por Francia durante el septenato relatado. Por último, cabe resaltar el gran despliegue de todo tipo hecho por nuestros vecinos en África, especialmente en los países francófonos, donde han consolidado su presencia política, económica y militar.

Fue, paradójicamente, esta acción en el continente africano, el cual tiene para Giscard D’Estaing un atractivo insospechado, lo que le llevó a establecer una relación personal con el dictador centroafricano Jean Bedel Bokassa, cuyo regalo emponzoñado de unos cuantos diamantes —el valor real se exageró, de modo que a unas piedras estimadas en 4.000-7.000 francos se les atribuyó el precio de un millón— sirvió de base para que Le Canard Enchaîné, secundado por Le Monde, montara una campaña de desprestigio contra el presidente, campaña que a la postre contribuyó poderosamente a su derrota en las elecciones de 1981 frente a François Mitterrand.

Gran libro, en suma, en la tradición memorialista de los grandes políticos franceses, que no esperan al fatal desenlace para ofrecer al pueblo un testimonio auténtico, con lo cual se evitan las elucubraciones al uso en nuestros lares, donde, salvo contadas excepciones, se publican numerosas banalidades con pretensiones históricas.