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Ver productos1 Nov 1991 - 6min.
Título: «Hernán Cortés».
Autor: José Luis Martínez.
Editorial: Fondo de Cultura Económica, México 1990, 1.009 pp.
Precio: 6.200 pesetas
La figura legendaria de Hernán Cortés, considerado como uno de los grandes capitanes de la historia, sirve de eje para esta obra monumental que abarca todos los pormenores de la gigantesca acción desplegada por los españoles para la conquista del entonces poderosísimo Imperio Culhúa-Mexica. Aunque la bibliografía sobre este acontecimiento capital de la obra de España en América es, a estas alturas de nuestro tiempo, vasta, exhaustiva y, en algunos casos, rigurosa, este libro, que, sin duda, tendrá una difusión extraordinaria, ahonda en la investigación del asunto, aflora nuevas fuentes, las contrasta de forma ordenada, y aporta, en suma, una visión novedosa y completa.
Como es obvio, tratándose de la conquista española -pues de las acciones imperiales de otras naciones europeas apenas se dice algo o se corre un tupido velo- la controversia sigue en pie, alimentada no sólo por la desinformación histórica puesta en marcha con habilidad y cinismo por las potencias enemigas de España, sino también por el eco que las duras denuncias han tenido en nuestra patria, incluso ahora cuando la luz sobre la conquista y colonización hispana se ha hecho, de suerte que junto a las atrocidades de la guerra aparece la magnitud de un proceso de transculturación único, sellado íntimamente por los lazos de la sangre.
Por otra parte, a pesar de la confrontación y del amor, del que México constituye el mejor ejemplo. Porque Cortés inicia su empresa -partiendo de la base de una rebeldía inicial contra el organizador de una pequeña flota de exploración y rapiña, Diego Velázquez, gobernador de Cuba- por medio de la persuasión, de la diplomacia, de las alianzas y, en último extremo, de la fuerza. Su acción no obedeció al impulso suicida de un aventurero alocado, codicioso y sin ningún género de prejuicios, sino al plan inteligente y audaz de un hombre polifacético y experimentado, que sabía latines, se fue a los 19 años a La Española, pasó luego a Cuba y, desde allí, a los 34 años, emprendió la conquista del imperio azteca, con el fin material, por supuesto, de toda conquista, pero, en este caso, con el propósito de transmitirle los valores de todo tipo que él representaba, empezando por el cristianismo.
Cortés enraizó en aquella tierra asombrosa, descrita con ternura en sus relaciones a Carlos V -muchos mexicanos, generalmente entre los criollos, reniegan aún de una memoria sin la cual no se explica su existencia, confirmando el aserto de Bartrina: «Y si habla mal de España es español-, debe ser considerado el fundador del México moderno. Pues bien; este dato axial, que no implica desconocer el valor de ciertos logros de la cultura prehispánica, fundamentalmente maya, y su pervivencia secular en función de un tipo de conquista y colonización como la española, que no fue de exterminio sino de integración paulatina en los principios básicos de la civilización occidental, es reconocido, como no podía ser menos, en una obra de esta categoría.
Es así como se forja ese Nuevo Mundo, fruto doloroso de la crueldad implícita en toda guerra, resulta probado, como dice Lewis Hanke, que «ningún otro pueblo europeo, antes o desde la conquista de América, se lanzó a una lucha por la justicia como la que se desarrolló entre los españoles poco después del descubrimiento y continuó a través del siglo XVI». Así lo certifica también el historiador escocés del siglo XVIII William Robertson: «Los monarcas españoles -escribe-, habiendo adquirido una especie de dominio desconocido anteriormente, formaron, para llevarlo a la práctica, un plan con el que no existe semejanza en la historia de los humanos».
En un libro prolijo y bien documentado, el autor se detiene en una serie de incidentes ya míticos en la historia de la conquista de México, precisando, por ejemplo, que Cortés no quemó las naves, sino que las barrenó; que Alvarado no dio el famoso salto de pértiga con su lanza (como dicen Pérez Embid y Morales Padrón, «lo mismo da». el hecho es que las naves se hundieron y que Alvarado salvó la brecha, junto con su columna hispano-india, huyendo velozmente en la célebre Noche Triste), etcétera.
Veamos: ¿qué importa que Cortés no quemara las naves, sino que las barrenara, si a los efectos bélicos y políticos de su empresa significaba lo mismo, es decir, jugarse literalmente la vida, sin posibilidad de escape en un territorio hostil, superpoblado, para vincularse -el extremeño no era un turista-, fusionarse vitalmente con la nueva tierra y sus habitantes, con todas sus consecuencias? De ahí su entendimiento rápido con los indígenas de Tabasco, después de una batalla enconada, y su relación amorosa con Malintzin (bautizada Marina), a la cual llegó a querer, siendo madre de su hijo Martín; sus negociaciones con los tlaxcaltecas -aviesos primero, sumisos después, tras comprobar la inteligencia, audacia, resistencia y valentía del conquistador-, y, finalmente, la entrada triunfal en Tenochtitlán, el encuentro con Motecuhzoma -quien se somete a Cortés, como enviado de Quetzalcóatl-Carlos V-, su posterior «custodia», la matanza del Templo y la huida fatídica de la Noche Triste, para afrontar, al día siguiente, averiados y disminuidos, la gran batalla de Otumba, donde el genio del capitán español brilla a gran altura.
El resto ya es sabido: Cortés vuelve a la capital mexicana, la asedia y la conquista, destruyéndola casi por completo, para rehacerla según nuevos planos. Todos estos episodios están narrados con precisión y abundancia de datos, así como los posteriores sucesos que culminaron con la muerte del emperador azteca y la nueva rebelión del joven Cuauhtémoc, sobrino de Motecuhzoma.
Como no es cuestión de detenerse en cada uno de ellos, pasemos a otro punto. José Luis Martínez piensa que Cortés triunfó por la conjunción de los siguientes factores: la debilidad y engreimiento de Motecuhzoma, el apoyo tlaxcatelca, la astucia de la Malinche y la superioridad de las armas españolas.
Opina, asimismo, que si el poder hubiera estado desde el principio en manos de Cuauhtémoc, México no hubiera caído. Sin entrar en futuribles, lo cierto es que el autor no valora como se debe, en primer lugar, el factor determinante: la capacidad excepcional de Hernán Cortés.
Por último, conviene destacar un aspecto que suele pasarse por alto: el México de entonces tenía una extensión aproximada de 500.000 kilómetros cuadrados. Cortés, merced a su gran visión geopolítica, engrandece el territorio y pone los cimientos institucionales, económicos y culturales de una nación nueva. Merced a una serie de exploraciones, conquistas y asentamientos en el norte, proseguidas durante el Virreynato, el México que proclama y obtiene la independencia en 1821 abarca una extensión comparable a los actuales Estados Unidos. Cabría preguntarse: ¿qué se hizo de esa herencia? La respuesta no puede ser otra: se dilapidó en gran parte. ¿Por qué causa? Quizá por la propia juventud del Virreynato, que en un tiempo muy corto en la perspectiva histórica, generó una nueva raza mestiza y, dentro de lo mestizo, variado a su vez, la famosa «raza cósmica», en expresión acuñada por el ilustre pensador mexicano don José Vasconcelos. Virreynato reemplazado por sucesivos gobiernos inestables en una sociedad dividida, presa fácil de la que ya se perfilaba como la gran potencia del futuro: los Estados Unidos de América.